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Foto: Oscar Martínez

22 de diciembre de 2016

Lobos de Nuestro Escudo


Portada


¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del Infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor
Luzbel o Belial?
El gran lobo, humilde:
¡Es duro el invierno, y es horrible el hambre!
En el bosque helado no hallé qué comer;
Y busqué el ganado,
Y en veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor...........
Y recomencé a luchar aquí,
A me defender y me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tiene que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
Déjame existir en mi libertad

Los motivos del lobo (extr.). Rubén Darío (1867-1916) 



01



En la Navarra pirenaica del siglo XVII no existía hombre alguno que desde los quince o dieciséis años, además de sus ocupaciones habituales, no fuera un experto cazador. La vida era dura en una región tan montañosa y los oficios escasos: leñador, carpintero, pastor, molinero, cantero, herrero y pocos más. No hace falta mencionar a clérigos y militares, tan abundantes en las grandes poblaciones como Sangüesa o Pamplona, ya que ambos oficios estaban reñidos con el carácter de aquella gente, y difícilmente se podía ver por el Valle de Aezkoa una sotana o un uniforme. La mayoría se ganaba la vida trabajando en el campo, cazando palomas, conejos y jabalíes y pasando contrabando por la frontera cercana.

Afortunadamente los bosques de aquellas montañas eran inagotables, el agua abundante y la tierra fértil. Robles, hayas, abetos y encinas cubrían como un manto tupido el abrupto paisaje y abundaban los frutos silvestres y los animales más diversos. Sin embargo, pocos de aquellos cazadores se animaban a adentrarse por aquellas espesuras al caer la tarde, porque entre sus sombras se escondían las bestias más peligrosas y los genios más perversos. Se necesitaba ser un hombre especialmente fuerte y atrevido para ser cazador de osos y lobos, y, todavía más templado de espíritu, para enfrentarse con el Señor Rojo y sus enanos de largas barbas, el Jaungorri de las antiguas leyendas vascas al que los creyentes identificaban con Lucifer. No pasaba un año sin que una tragedia sacudiese el Valle y sin que los rebaños de ovejas y vacas quedasen diezmados. Lobos y demonios se repartían la autoría en la mente de pueblo.
                  En la pequeña población de Aribe, de no más de diez caseríos y menos de cincuenta vecinos, vivía el cazador de lobos más famoso de todo el Pirineo navarro. Medía casi dos metros de altura y tenía la fuerza de dos hombres. Normalmente iba a medio afeitar y con una pelambrera larga e hirsuta de color pajizo; él mismo hubiese parecido el Jaungorri de las leyendas si no fuera por su carácter, aunque rudo y de pocas palabras, bonachón y apacible. Ahora bien, cuando se metía en el bosque se transformaba en un ser temible, especialmente si andaba detrás de un lobo asesino; entonces caminaba encorvado, con los músculos en tensión como cables de acero y un brillo de animal salvaje en sus ojos de color gris azulado. Su nombre era Pedro y en el pueblo lo llamaban Pericón el Alimañero; en el pueblo y en toda la comarca, porque sus servicios eran requeridos y bien pagados desde el Valle del Roncal hasta el de Elizondo. Su obsesión era la caza del lobo; también mataba osos, zorros y jabalíes, pero lo hacía en cumplimiento de su trabajo y a muchos de estos últimos los dejaba escapar para que los cazasen sus vecinos ya que eran parte de su sustento. Para ellos eran como los cerdos para los pueblos del sur, un regalo de la Naturaleza, y así lo celebraban en los escudos y dinteles de sus casonas grabando un jabalí bajo una encina. Solo unos pocos sabían la historia de esa obsesión por los lobos, de la que había hecho su forma de vida durante los últimos años, y que había dado fama a Pericón hasta convertirlo en un personaje legendario.
............................
La tragedia había ocurrido años antes en los bosques próximos al pueblo, una fría tarde de primavera en que las nieves tardías del invierno todavía cubrían de blanco aquel paisaje montaraz. Pedro había quedado con su amigo Miguel en la venta del pueblo cercano de Garralda para merendar y hablar de un tema que les tenía preocupados: el reclutamiento para la leva forzosa que se estaba llevando a cabo por todos los pueblos navarros. España estaba en guerra con Francia y, según decían, la inscripción de soldados voluntarios y de mercenarios no era suficiente para cubrir sus necesidades militares. Ambos tenían diecinueve años y no querían saber nada de guerras y, menos aún, de tener que pelear contra los jóvenes del otro lado del Pirineo, que eran también navarros y, muchas veces, compañeros de peligrosas aventuras de contrabando, cuando escapaban de gendarmes y alguaciles de uno y otro lado.
Eran dos verdaderos amigos que salían juntos desde la niñez. El de Aribe era un mocetón fuerte y callado, en tanto que Miguel tenía menos corpulencia pero era más despierto, comunicativo y alegre. Hablaron largo y tendido de todas las formas posibles de librarse del reclutamiento, incluidas las más peregrinas, como, por ejemplo: casarse, romperse un brazo o meterse curas; y finalmente tomaron la decisión de que si venían a por ellos marcharían juntos fuera del país.
Anochecía pronto en esa época del año y además se estaba extendiendo por todo el Valle una niebla baja pegada a los árboles por lo que, terminada la merienda-cena, decidieron irse poco a poco para casa. Miguel se empeñó en acompañar a Pedro hasta Aribe para terminar de comentar otros asuntos como la marcha de sus respectivos trabajos: Miguel en el molino con su padre y Pedro como leñador y aprendiz de carpintero. El camino seguía una antigua senda de carros que atravesaba el bosque junto al río Irati, hasta llegar a la entrada del pueblo. En media hora ya estaban allí y con ellos también había llegado la noche y la oscuridad. No era una hora muy recomendable para andar solo por aquel bosque casi impenetrable por lo que Pedro, al ir a despedirse, pensó que su amigo se podía perder por aquella senda oscura que no conocía tan bien como él y decidió acompañarle de vuelta a Garralda. Él no tendría pegas en volver luego solo. A Miguel le agradó la idea (según venían ya había pensado varias veces en la vuelta con cierta aprensión) y se lo agradeció a Pedro aliviado aunque, paradójicamente, era de los que disfrutan con los cuentos de aparecidos y sucesos terroríficos que cuentan las viejas junto al fuego.
Así que, mientras regresaban de nuevo a Garralda, se entretuvo en ir recordando los relatos de muertes misteriosas, apariciones de demonios, genios y almas en pena que había oído desde la niñez; y caminaba riendo y temblando de miedo a la vez, sacando voces de ultratumba cuando el personaje lo requería e intentando asustar a Pedro con estas historias que, según él, habían ocurrido en aquellos mismos bosques. A este no le hacía gracia tal mezcla de placer y miedo y seguía el camino impasible con el cuello de la cazadora bien subido para oír lo menos posible aquella perorata. Sabía que Miguel era de los que no se metían en el bosque ni a coger setas y que tanto su miedo como su regocijo eran producto de su fantasía y de su sentido del humor un tanto macabro, pero él se pasaba media vida en la selva de Irati y conocía de cerca el peligro de las alimañas y de los espíritus que merodean por las noches. No es que hubiese visto alguno de estos genios aceptados y dados forma por la imaginación popular, pero más de una vez los había sentido cerca, acechando, exactamente igual que los lobos.
La niebla se había ido cerrando más y más y la oscuridad era negra y tenebrosa en las zonas impenetrables de bosque; blanquecina y fantasmal cuando la senda se acercaba al río siguiendo la cinta pálida que la nieve hacía visible. Avanzaban con cautela y el ruidoso crujido de sus pisadas convertía las palabras y la risa de Miguel en una jerga de brujas y demonios en pleno aquelarre, creando un fondo adecuado a sus cuentos de miedo. No tardó Miguel en callarse y ambos continuaron el camino en silencio, intentando espantar los terrores imaginarios que los relatos habían puesto en marcha. Atentos, mirando a los lados con el temor a una aparición, avanzaron pegados hombro con hombro. Las repentinas caídas de la nieve de los árboles, aquí y allá, deslizándose por las ramas como siseos de gnomos y golpeando el suelo como pisadas de gigantes, llenaban la noche de sonidos amenazadores y movimientos fantasmales que acabaron por meterles más todavía el miedo en el cuerpo.
Llegaron finalmente a la casona-molino de Miguel, escondida junto al río en el fondo del barranco, alejada del pueblo que se alzaba peñas arriba. Se la podía adivinar entre la niebla por dos pequeñas luces de halo amarillento, una en el portalón y la otra posiblemente en una ventana. No era, en ese momento, el rincón más acogedor del mundo, con aquellos árboles enormes inclinándose sobre ella y el estruendoso rugir de las aguas de los primeros deshielos, pero se sintieron aliviados al acercarse a sus gruesos muros y un poco avergonzados por el miedo pasado en el camino. Se desearon buenas noches y ya se alejaba Pedro de vuelta a su pueblo cuando Miguel le pidió que esperara. La noche estaba avanzada y la oscuridad era total. Había oído antes unos aullidos lejanos y su alarma y preocupación estaban a flor de piel. Se lo dijo a su amigo e incluso le aconsejó que se quedase a dormir en su casa. Pedro le contestó que no tuviese cuidado, que él conocía muy bien el camino y no le importaba volver solo. Miguel se quedó pensativo y no quería despedirse, hasta que se le ocurrió una idea. Cogerían de casa dos grandes lámparas de aceite, harían juntos la mitad del camino y allí se separarían, yendo cada uno a su casa con su farol correspondiente. Con las lámparas y el camino ya conocido no tendrían ningún problema, pues los lobos no se acercarían viendo las luces. Pedro iba a protestar pero vio a Miguel decidido y al final aceptó la idea. Grande y fuerte como era, valiente como se tenía y acostumbrado a vagar por aquellos bosques sombríos, él también, a su pesar, empezaba a sentir cierta aprehensión e inquietud.
Esta vez el trayecto, sin los cuentos de miedo de Miguel, fue mucho más agradable aunque, con la espesa niebla, los dos faroles parecían flotar sin que nadie los sujetase y bambolearse envueltos en un resplandor blanquecino creando con sus luces y sombras una cohorte de fantasmas que los iba acompañando. Era una escena, como decía Miguel entre risas, que pondría los pelos de punta a cualquier caminante que se cruzase en su camino. Ahora se lo tomaba a broma. Así era el hijo del molinero: pasaba del miedo al buen humor en un instante, sin esfuerzo y sin motivo. Fueron hablando de las chicas que más les gustaban, tema que les absorbió por completo, y en poco tiempo hicieron la mitad del recorrido. Se separaron finalmente, como habían quedado, y cada uno se dirigió hacia su pueblo llevando consigo uno de los faroles y la mitad de los fantasmas.
Antes de llegar a su casa, en la explanada junto al río, Pedro oyó en la dirección de Garralda nuevos aullidos de los lobos que le produjeron escalofríos, y pensó en Miguel, envuelto en aquellas tinieblas y con la luz de su farol temblando en su mano levantada. Su amigo era muy impresionable y fantasioso, y con bastante pavor a las siniestras imágenes que le pasaban por la imaginación. Y ahora que se había quedado solo... “Todos esos cuentos de demonios y aparecidos son para ocultar el miedo que siente por dentro”. “Seguro que ahora no se ríe”, pensaba preocupado. Intentó acallar sus negros presentimientos y a duras penas lo consiguió pensando en las idas y vueltas que acababan de hacer cruzando el bosque, lo cual explicaba la buena amistad que los unía. Era una gran suerte contar con un amigo como Miguel. En el fondo eran muy parecidos, pero Miguel sabía expresar sus emociones y él se las guardaba. No tardó en meterse en casa silenciosamente e irse a dormir sin hablar con nadie. Se despertó de madrugada, intranquilo y desvelado. Los aullidos de los lobos se colaban cada cierto tiempo por las rendijas de la ventana como cuchillos de viento helado que le hacían encogerse bajo las mantas. “¿No dicen que las fieras huelen el miedo de sus víctimas impulsándolas a atacar?”. Se quedó mirando fijamente el pálido resplandor que dibujaba la ventana empañada en la oscuridad de la alcoba.
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El cuerpo de Miguel fue encontrado a la mañana siguiente por dos leñadores de Garralda, a menos de media legua en el camino de Aribe. El cadáver yacía boca abajo, el suelo estaba revuelto y a dos pasos aparecía el farol apagado. Tenía la garganta desgarrada y el brazo y el costado izquierdos prácticamente en el hueso. Varios hilos de sangre habían derretido la nieve  junto al cuerpo. Los leñadores lo reconocieron inmediatamente pues lo habían visto cien veces en el molino trabajando con su padre. Comprobaron horrorizados que estaba muerto y lo cargaron a lomos de la mula tirando la leña que acarreaba. Llegaron corriendo al molino con el corazón angustiado y lo depositaron en el portalón de entrada, llamando a gritos a los padres del joven. Luego subieron al pueblo a dar la terrible noticia.
Por las huellas que encontraron junto al cuerpo y por las heridas que este presentaba, el alguacil que revisó la zona llegó a la conclusión de que los lobos habían acabado con la vida del hijo del molinero. “Una horrible desgracia, sin duda, pero no era la primera vez que los lobos atacaban a algún humano, sobre todo al final de un invierno de nieves en el que no habían encontrado otro alimento”. Sin embargo, pronto se extendió por la comarca la noticia de la tragedia y no tardaron en surgir preguntas y versiones que trataban de explicar los misterios que rodeaban a esta muerte. ¿Qué hacía el joven molinero a esas horas de la noche en aquellos parajes? ¿A quién pertenecían las pisadas de otra persona que se veían por el camino junto a las del muerto? ¿Por qué las pisadas de los dos iban en un sentido y en el otro? Para las mujeres más viejas del lugar no había duda de que el causante había sido el Jaungorri al que acompañaban sus secuaces del Infierno en forma de lobos. Algunos pensaban que las segundas pisadas —de pies tan grandes— eran las del propio Lucifer que había adoptado la forma humana.
No se dejó de hablar del suceso durante mucho tiempo, pero las pesquisas llevadas a cabo no dieron con ninguna explicación. Cuando se supo que Pedro, el joven leñador de Aribe, había estado con Miguel la tarde del suceso, merendando en la venta del pueblo, y al no aparecer en su casa, todo el mundo pensó que los lobos (o el Jaungorri) habían matado también al amigo llevándose sus restos.
No era así. La noticia había llegado a oídos de Pedro al día siguiente y el efecto fue tan demoledor que a partir de ese instante su vida cambió para siempre. Sin decir nada a nadie cogió un caballo de la cuadra, sus útiles de leñador, una ballesta vieja con varias saetas, algo de comida y se marchó de casa.
Pasó por el lugar del ataque y estudió minuciosamente las huellas. El punto donde había caído su amigo estaba pisoteado y en la mezcla de barro, sangre y nieve no se distinguía nada, pero en la estrecha senda, que enseguida encontró, por donde se habían acercado las fieras, y por donde habían escapado, se apreciaban perfectamente las pisadas. Calculó que habían sido por lo menos cuatro las bestias atacantes y comprobó que una de ellas era más grande que las otras y que le faltaba la garra exterior de una de las manos delanteras, seguramente perdida tiempo atrás en alguna pelea. Sobre la sangre de su amigo que todavía teñía de rojo los restos de nieve pronunció su juramento y prometió no volver al pueblo sin haber dado muerte al animal. Luego, siguió el rastro bosque adentro con la mirada fija en aquella huella especial del que intuía era el jefe de la manada.
Durante años se estaría preguntando por qué había dejado volver solo a Miguel o por qué los lobos habían atacado a su amigo y no a él en su vuelta a casa. Su muerte ya no tenía remedio pero sí reclamaba venganza. El hueco que dejaba la ausencia de Miguel, antes lleno de la luz de sus risas, de su ingenio y de sus planes futuros, se convirtió en un pozo negro que oscureció su alma. Toda una vida de sueños y esperanza destrozada por la negra y miserable boca de un lobo. Se juró que la partiría a hachazos algún día. Aquel día dejó de ser leñador para convertirse en cazador de fieras.
Tardó cinco años en volver a su hogar.
Así dio comienzo la historia de Pericón, el alimañero de Aribe.

02

Aquellos años de vida salvaje por los bosques del Pirineo vasco forjaron su leyenda. Aprendió a vivir al ritmo de los lobos, persiguió a sus mismas presas a caballo y a pie para estudiar sus costumbres. Localizaba a las manadas por sus aullidos y a veces por el gruñido de sus peleas y, durante el día, cuando las fieras se sentían sin la protección de la oscuridad y vagaban sigilosas por sendas ocultas, las vigilaba con paciencia y aprendía sus caminos a través del bosque. Al llegar la época de la reproducción seguía a los lobeznos y tomaba nota de sus guaridas. Buscaba constantemente rastros de su paso y al localizar las pisadas se echaba de rodillas en busca de la huella incompleta de aquella bestia salvaje a la que había jurado matar.
Conocía a los pastores y dormía en sus bordas, comía con ellos, protegía sus rebaños mejor que los perros, pues no había lobo que se acercara (tal vez le conocían ya, tal vez le temían y le odiaban pues mató a muchos de ellos), y les daba las pieles de los animales que cazaba, para curtirlas como las de sus ovejas. Los pastores las vendían en el pueblo y se repartían las ganancias. A cambio, ellos le preparaban provisiones para sus correrías y le dejaban queso y carne ahumada para los meses de invierno. Le hicieron ropas de su talla con las pieles de los animales y entre ellas una zamarra de piel de lobo con capucha que en lo más crudo del invierno le permitía pasar la noche en el bosque y acercarse a las manadas, pues ya olía como ellos y su mirada era tan temible como la del lobo más feroz.
Cuando a finales del otoño los rebaños bajaban al pueblo, los pastores contaban historias increíbles de sus hazañas. Decían que era huraño y de pocas palabras pero que estaba siempre dispuesto a echarles una mano. Más de una vez les había traído alguna oveja perdida y continuamente les estaba ayudando a reparar las bordas dañadas por las tormentas, y cuando tras el invierno volvían con sus rebaños a los pastos de la montaña, encontraban las vigas podridas del tejado sustituidas por nuevas o una puerta reforzada y grandes pilas de troncos apiladas junto al hogar. Demostraba tal fuerza y habilidad con el hacha que en vez de un leñador o un carpintero parecía un genio protector. Y así lo consideraban. ¡Pobre del lobo que se le acercara! Una vez, contaban, apareció en la borda con un desgarro sangrante en el muslo izquierdo y amarrados en la grupa de su caballo tres cadáveres de lobo que presentaban tales hachazos en la cabeza y en el lomo que parecían a medio descuartizar por un carnicero. Otra vez le vieron volver con el pelo, el suyo y el del chaquetón, ligeramente chamuscados y al día siguiente dedicarse a grabar cruces con su cuchillo en todas sus armas: la ballesta, el mango de sus hachas, el puñal y las jabalinas, y a tallarse una pequeña cruz de madera de tejo para colgársela con un cordoncito al cuello. No había dicho nada, pero el pastor que lo contaba estaba seguro de que había tenido un encuentro con el Jaungorri y había salido ileso. Todavía olía a azufre, decía el pastor. En todo era como un salvaje: en sus gestos, en sus movimientos y en su mirada. Pero su corazón era generoso y noble. Muchos de los pastores estaban convencidos de que les protegía contra el Maligno.
Cuando él les preguntaba por las noticias del pueblo, los relatos que le llegaban venían envueltos en la imaginación más calenturienta, cuando no en la mentira y la maledicencia. Algunos del Valle lo acusaban de haber abandonado a su amigo cuando les atacaron los lobos y que había huido a la montaña para escapar de la vergüenza. Otros contaban que al pasar por el lugar de la muerte de Miguel se oían gritos lastimeros del más allá, señal de que su espíritu no había encontrado la paz. Decían también que el alcalde de Aribe —enemistado con la familia de Pedro por razón de lindes y tierras— había asegurado que se dedicaba a robar ganado y a pasarlo a Francia y que pronto irían en su busca con guardias armados. Una beata del pueblo había oído a su sobrino, que era pastor, que Pedro tomaba parte en los aquelarres de las brujas y que se apareaba con las ovejas…
Las leyendas se alimentan de las creencias del hombre y en su imaginación se agolpan espíritus malignos o bondadosos según la versión o intencionalidad de sus relatos. Y en aquellos tiempos, así como la Iglesia ponía de su parte las apariciones de la Virgen, el Ángel de la Guarda, las almas del Purgatorio, Satanás y su ejército de demonios, el pueblo llano recurría a los genios de la Naturaleza, los espíritus de los antepasados y los dioses ancestrales para componer sus relatos. De esta forma la leyenda de Pedro el leñador de Aribe se fue extendiendo por todo el Valle de Aezkoa, ya fuese como brujo y bandido o como genio protector del bosque. Sin duda que a él le preocupaba lo que pensaran sus padres y hermanos de tales habladurías y hubiese querido estar con ellos para desmentirlas. Más de una vez estuvo a punto de bajar al pueblo y moler a palos a los que le acusaban, pero tenía un juramento que cumplir y se contenía.
Únicamente los dos o tres pastores que lo conocían bien, porque eran sus socios en el contrabando y sus compañeros en las majadas, sabían cómo era la vida normal del mejor cazador de alimañas del Pirineo. Por ejemplo, no ignoraban que en la venta de Ezterenzubi, al otro lado de la montaña, tenía siempre una cama reservada y que la hija del posadero, Elisabete, estaba suspirando por tenerlo en su casa. La citada venta era el depósito principal de los productos de contrabando que los pastores subían hasta las bordas y él bajaba a los pueblos del otro lado. El negocio era más que provechoso y los dueños de la posada estaban muy a gusto trabajando con él y no miraban con malos ojos los escarceos del joven con su hija. En una ocasión, Pedro le regaló a la moza un caballo medio silvestre de poca talla que había capturado por los montes de Ibañeta y acostumbraban a ir los dos a caballo hasta Donibane Garazi para disfrutar del ambiente de aquel bullicioso lugar de encuentro de peregrinos, recorrer el mercado, comer y beber hasta hartarse y comprar algunos caprichos que Elisabete no había visto en su vida.
No tenían problema de comunicación porque en aquella época las fronteras entre España y Francia no estaban bien delimitadas y para los habitantes de uno y otro lado de las montañas el país era igual, con su mismo idioma, el euskera, y sus mismas costumbres, como había sido desde siglos atrás, pero las mugas y los diferentes productos de uno y otro lado, propiciaban el contrabando. A Pedro (ya entonces le empezaron a llamar Pericón por su gran estatura y sus proezas) le gustaba esta parte “francesa” del norte de Navarra donde había menos curas, menos alguaciles y menos impuestos, con lo cual el trasiego de todo tipo de mercancías, desde caballos y vacas hasta cacao, tabaco, aceite, vino y harina, en ambos sentidos, estaba al alcance de la mano, aunque eso sí, solo reservado para gente valiente y acostumbrada a recorrer los montes por vericuetos impracticables y en durísimas condiciones, como lo era él sin duda. También le atraía la zona porque allí había encontrado un amor como llovido del cielo. La joven Elisabete se había enamorado de aquel rudo cazador que había empezado a frecuentar la posada llevando unas preciosas pieles de lobo y de zorro para vender y que entre negocio y negocio acabó haciéndose gran amigo de los posaderos. Le gustaba, no tanto su corpulencia y su aspecto físico, como su carácter noble y reservado y su mirada misteriosa. A él le atraía de ella su alegría, su aire animoso y decidido y aquellos ojos luminosos a juego con sus trenzas largas de color miel de brezo. Además le recordaba a Miguel porque era también inteligente y sensible y junto a ella sentía fundirse el hielo endurecido de su corazón y volver a ser tal como era antes de su trágica muerte. Ella conocía aquel terrible suceso y se propuso curar la herida de su alma; y cuando él le contestó que la herida le tenía sin cuidado y que lo importante, lo sagrado, era cumplir el juramento que se hizo a sí mismo y al espíritu de Miguel, prometió ayudarle a buscar a la feroz alimaña.
Así que cuando le trajo el pottoka —el pequeño caballo asilvestrado—, empezaron a cabalgar los dos juntos por las inmensidades de la selva de Irati, recorriendo durante el día los lugares donde el ganado abrevaba y donde los lobos acostumbraban a acechar a sus presas. En esos recorridos no iban de caza sino de reconocimiento, buscando y revisando atentamente las pisadas en las zonas fangosas o nevadas próximas a los remansos de agua y a las sendas de paso de los rebaños, y señalándolas con ramas rotas o piedras apiladas. De día los lobos huían del hombre, porque se quedaban sin sus principales sistemas de ataque: la emboscada y la sorpresa; era por las noches cuando estaban al acecho y merodeaban por las majadas. Por eso Pericón, cuando iba solo, siguiendo las señales dejadas en aquellas excursiones, aprovechaba las noches claras de luna para luchar con sus mismas armas: perseguirlos, acercarse sin ser visto y acabar con ellos.
Su leyenda fue acrecentándose más y más, sobre todo con el paso de los peregrinos del Camino de Santiago que elegían la zona de Roncesvalles para cruzar las montañas y que atravesaban su territorio de caza, pues por su boca las historias reales o imaginadas sobre Pericón llegaban a todos los pueblos. A unos, les había ayudado a encontrar el camino cuando estaban perdidos; otros, lo habían visto cabalgar entre la niebla junto a una lamia de gran belleza y melena rojiza; incluso alguno aseguraba que le había visto aullar a la luna en algún altozano con el hacha alzada en su mano diestra…
Desde que conoció a Elisabete pasaba más tiempo en la posada de Ezterenzubi que en las bordas de los pastores, sobre todo en la temporada fría en que las cabañas quedaban abandonadas y las tormentas y ventiscas se apoderaban de los pastos de verano. Al principio le gustaba aquella soledad, su vida salvaje y la ausencia de freno alguno a su espíritu de venganza, pero poco a poco empezó a agradecer el ambiente cálido y la buena comida de la posada y a echar en falta, cuando se quedaba en la montaña por las noches, el lecho acogedor de su amada. Cada vez le gustaba más aquella tierra. La guerra se sentía allí bastante más alejada que desde Aribe, aunque había un batallón de soldados franceses en Donibane Garazi; él no figuraba en ningún registro, ni temía ningún reclutamiento. Ganaba mucho más dinero que de leñador o carpintero y, aunque la vida en la montaña seguía siendo dura, sobre todo cuando seguía una pista durante varias semanas casi sin dormir, comiendo poco, mojado y medio muerto de frío, su ardor de venganza se fue apagando y su buen carácter se fue recomponiendo. De  aquel fuego ardiente solo quedaban algunos rescoldos.
Sin embargo, no por eso los lobos respiraron más tranquilos; la ausencia de aquella obsesión le había dejado a Pericón la mente despejada y fría. Su misión estaba más clara que nunca: tenía un juramento que cumplir y no volvería a su pueblo sin llevarlo a cabo. Había perdido la pasión vengativa, pero había ganado en astucia y determinación. El gran lobo Satán (así lo llamaba) caería tarde o temprano bajo las flechas de su ballesta. Seguía sin encontrar sus huellas, pero ahora estaba más convencido que nunca de que algún día regresaría a Garralda con la cabeza del lobo en la punta de su lanza y la dejaría clavada ante la tumba de su amigo.


03

El alcalde de Aribe estaba muy satisfecho de la hermosa casa con escudo heredada de sus padres, de su familia —mujer y dos preciosas hijas— y del poder que su cargo le permitía ejercer sobre sus convecinos (con los que se llevaba francamente mal, lo cual le tenía sin cuidado, a excepción de la media docena de desgraciados que se quitaban la gorra al pasar, esto es, que le besaban los pies para lograr alguna que otra rebaja en las tasas municipales o conseguir un puesto de trabajo en el Ayuntamiento). Entre ellos estaba un joven protegido, sobrino lejano, decía, que algunas veces acompañaba a los pastores que llevaban sus ovejas a las altas praderas del norte, Orbaizeta arriba, donde coincidía con Pericón y sus amigos. A este elemento enclenque y con cara de aguilucho, (al que llamaban Mingorra seguramente por su parecido con esta avecilla conocida como agachadiza en Castilla, de patas cortas y largo pico), lo tenía Don Ramón prácticamente a su servicio porque le servía de espía en las actividades de los contrabandistas y le tenía al corriente de las andanzas de Pericón a cambio de algunos favores. De todos era sabida la inquina que el alcalde le profesaba al leñador —alimentada por la enemistad con la familia, la envidia y los celos que la fama del joven le producían— y como el recuerdo de este le rondaba continuamente en la cabeza como un moscardón debajo del sombrero, se pasaba el día maquinando alguna maldad para darle un escarmiento.
Ocurrió que aquel otoño se encontraba fuerte físicamente, a pesar de las gorduras de sus cincuenta años, y decidió subir, acompañado de tres alguaciles con sus arcabuces, a los pastos de la montaña, donde los pastores estaban preparando ya la bajada al valle en una época del año en que muchas de las mercancías de contrabando acumuladas en las bordas eran trasladadas a los pueblos junto con los rebaños. Bien sabía el hipócrita que muchos de aquellos bultos acababan en el zaguán de su casa y que puestos a detener contrabandistas podía esperarlos tranquilamente sin moverse del pueblo, pero lo que él quería era atrapar a Pericón con las manos en la masa y tenerle una temporada en los calabozos del Ayuntamiento. Ya se imaginaba su saludo de todos los días al pasar por delante de la celda: “¿Cómo va eso Pericón?”.
Pero le salió el tiro por la culata y el escarmiento se lo llevó él con todos los honores. El día se presentaba espléndido. La ruta de ascenso seguía el curso del Irati y atravesaba uno de los parajes más bellos del Pirineo, con sus bosques multicolores de hayas y abetos, arroyuelos saltarines, hongos y frutas silvestres por doquier y pájaros disfrutando de todo ello; no así los cuatro representantes de la ley que subían sudando y maldiciendo, ajenos a semejante belleza. Todo fue mejor cuando llegaron al paso de Arnostegi desde donde siguieron la senda que bordea las cumbres en dirección a Roncesvalles, hasta dar con las bordas de los pastores en el collado de Ondarbide. Les salieron los perros-pastor a recibir, ladrando enfadados como si de verdad los conociesen o simplemente como hacían siempre con los guardias, y no tardaron en localizar a Mingorra, escondido en una de las cabañas, que se hizo el sorprendido aunque el traidor ya sabía de antemano el día y la hora en que iban a llegar. Lo llevaron aparte de los demás y simularon interrogarlo sacudiéndolo de malos modos y él les fue explicando por qué senderos y a qué hora de la tarde subiría Pericón con su caballo y seguramente con alguna mula bien cargada de contrabando para aprovechar la marcha de los rebaños. Alcalde y sabuesos se quedaron a descansar un buen rato después de confiscar a los pastores un queso bien curado, un pan recién salido del pequeño horno comunitario y una bota de vino llena, que liquidaron sin respirar. Luego se fueron hacia la zona señalada para estudiar el terreno y preparar la emboscada.
El alcalde estaba contento como un chico con zapatos nuevos e iba dando saltos y gritos, y lo cierto es que toda la ropa que se había puesto para la “gran batida” era medio nueva en una rara mezcla de leñador, arriero y barrendero del pueblo, que él consideraba como de experto cazador. Los guardias le seguían riéndose por dentro y permitiéndole disfrutar de aquellos momentos de gloria, “lástima que no me ven los amigos del Valle”, pensaba, como si fuese el guía de una partida contra los franceses.
La senda por donde subía Pericón con sus dos caballerizas sujetas por las riendas era empinada y escabrosa. La mula iba cargada con dos grandes sacos de castañas, que se daban mejor en aquella parte más suave y cálida de los Pirineos y de harina de maíz del molino de Eiheralarre, y la marcha era lenta y el calor del viento sur sofocante. Cerca ya del collado Pericón paró a descansar, beber agua fresca y abrevar a los animales en un pequeño barranco que terminaba en una cascada medio seca que conocía desde hacía tiempo. No llevaba ni cinco minutos recobrando fuerzas cuando le llegaron grandes voces de entre los árboles aguas arriba del arroyo. Por puro instinto arrimó las bestias a la pared de la cascada y él se escondió detrás de un grueso abeto. Las voces se fueron acercando y vio aparecer por un pequeño claro del bosque a los tres alguaciles con el alcalde a la cabeza. Este seguía dando saltos, más altos y largos que antes, pues venía cuesta abajo y gritaba que ya lo había visto y que lo tenían cercado. Pericón, después de la sorpresa de ver al alcalde vestido de aquellas trazas y haciendo el ridículo al mando de la tropa, lo primero que pensó es que no tardarían en darse un buen trompazo al llegar al barranco. Lo cierto fue que los cuatro perseguidores desaparecieron del paisaje como por arte de magia, como si los poderes ocultos del cazador de lobos fueran reales. Pericón no pensó ni por un momento que tal cosa pudiese suceder y pronto se dio cuenta de lo que había ocurrido: “¡elurzulo!”, dijo, como si realmente fuese un conjuro. “Se han caído en el nevero”.
Los elurzulo, o pozos de nieve, eran uno más de los inventos de la gente de la montaña para satisfacer sus necesidades y ganar dinero, como los hornos de cal, las pilas de carbón vegetal, las almadías para el transporte de troncos, o la caza de palomas con redes. La nieve caída durante el invierno se acumulaba en grandes hoyos de más de cinco metros de diámetro y cerca de diez de profundidad excavados en zonas en cuesta para dar salida al agua fundida, y donde la presión convertía las capas inferiores en hielo. El gran agujero se practicaba en zonas de sombra y de frecuentes nevadas y una vez colmado se cubría con ramas y hojas para evitar su evaporación durante los meses cálidos; al llegar de nuevo las nieves se volvían a retirar las ramas para que se llenase otra vez. El hielo se extraía por un acceso en la parte inferior cortándolo en bloques y se transportaba en burros y mulas hasta los pueblos del Valle desde donde se repartía en carros hasta ciudades tan distantes como Logroño, Iruña, Olite o Sangüesa. En esos tiempos el hielo era una mercancía valiosa, tan utilizado como la sal para conservar los alimentos.
Los alguaciles, con el señor alcalde a la cabeza, cayeron de bruces en uno de estos hoyos que se había quedado casi vacío debido a la poca nieve del último invierno y a los calores del verano. Enseguida se empezaron a oír unos gritos lastimeros y entre ellos la voz aguda de Ramón pidiendo auxilio. Pericón volvió a cargar la mula que había disfrutado con el descanso más que él y tiró cuesta arriba, pensando que aquella gente se lo tenía bien ganado. Al de poco rato se lo pensó mejor y regresó hasta llegar al borde del pozo. Allí vio las ramas rotas que fue retirando y en la penumbra distinguió sus figuras desparramadas por el suelo blanco-azulado de la nieve vieja. El alcalde era el que más gritaba, no solo porque era el más cobarde sino porque parecía tener la pierna rota. La primera reacción de los alguaciles fue la de coger sus arcabuces y apuntar a Pericón.
—¡Date preso! —gritó uno de ellos en castellano.
El joven se retiró del borde lanzando tales carcajadas que hasta los cuervos del abeto volaron asustados. Tras unos minutos de silencio, que Pericón les concedió para que se diesen cuenta de su situación, se volvieron a oír las voces congeladas del foso:
—¡Vuelve Pericón! —gritaron los guardias— no te vamos a hacer nada. Don Ramón necesita ayuda porque se ha roto una pierna. “Pues que se pudra”, pensó el cazador.
—Dentro de unas horas se hará de noche, les dijo asomando de nuevo, y ahí estaréis más seguros —con un poco de frío pero más seguros—. A no ser que a algún oso o algún lobo le dé por tirarse de cabeza como vosotros. Ya os vendrán a recoger.
—¡Por favor, ayuda! —gemía el alcalde… “maldito sea, ya me las pagará”, añadía en voz baja. Estaba pálido porque solo de pensar que iba a pasar la noche sobre la nieve y con aquellos dolores le daban mareos.
Pocas veces había disfrutado Pericón del mal ajeno como en aquel momento. Acabó de retirar con mucha calma todas las ramas que tapaban el nevero y se sentó en el borde a contemplar el espectáculo como si se tratase de un circo.
—Vamos a hacer una cosa —les dijo—, y sin poneros nerviosos. Primero me vais lanzando los arcabuces por si os da por liaros a tiros... Hicieron lo que les dijo y Pericón guardó las armas bien escondidas debajo del saco de castañas. Volvió de nuevo al borde.
—Ahora le vais a entablillar la pierna al alcalde con unas ramas y vuestros cinturones.
—Hace mucho frío Pericón, nos estamos quedando helados —dijo uno de los alguaciles—, ¿por qué no lo hacemos fuera?
—Tranquilos, porque antes necesito otra cosa del señor Alcalde: me va a jurar por sus muertos y por la Virgen de Roncesvalles que antes de fin de año va a devolver a mis padres la franja de tierra que su abuelo les robó a los míos. Y vosotros tres seréis los testigos. ¿Estáis de acuerdo? ¿Qué me dice usted, Don Ramón?
Tras unos segundos en que el alcalde consiguió tragar la bilis producida por la rabia y el último mareo, dio finalmente su conformidad con una voz apagada acompañada de un profundo lamento.
—De acuerdo —gimió— lo juro por la Virgen. Llevadme a casa.
Salieron los alguaciles escalando la pared con unas cuerdas que llevaba Pericón y sacaron al alcalde, le amarraron fuertemente la pierna y lo subieron sobre el caballo del joven cazador iniciando la marcha hacia las bordas de los pastores, a donde llegaron en una escena irrepetible que estos no olvidarían nunca y que hizo crecer la fama de Pericón hasta la altura de los héroes legendarios: un contrabandista salvando a los alguaciles y al alcalde del pueblo, lo nunca visto.
La noche se había echado encima y en el cielo azul oscuro brillaban las estrellas. El viento del sur era templado y de los bosques llegaban los aromas de las hojas secas y los suelos húmedos. Junto al fuego, Pericón y sus dos amigos bebían vino y asaban castañas, comentando entre risas la aventura, mientras en un rincón apartado junto a la cabaña, el alcalde, y los tres guardias, con las cabezas bajas, rumiaban en silencio su derrota. Mingorra el espía disimulaba una sonrisa pícara al lado de ellos. Los perros dormitaban junto al fuego y las ovejas estaban calladas. De vez en cuando una de ellas sacudía la cabeza por algún mal sueño y hacía sonar el pequeño cencerro como la campanilla de un cuento de hadas. Reinaba la paz en las cumbres pirenaicas. No muy lejos, en el círculo de piedras sagrado que coronaba el collado, los espíritus de los antepasados velaban por ellos. Todo estaba en armonía, la luna llena, la bendición de los dioses, la quietud de los lobos.
Al día siguiente a primera hora los borricos que ya tenían preparados los pastores con todos sus pertrechos de verano recibieron en sus espaldas los sacos que había traído la mula, ahora encargada de llevar al alcalde con su pierna entablillada. Pericón guardó los arcabuces en un rincón de la borda. Las ovejas empezaron a balar y a moverse inquietas presintiendo la marcha y los perros brincaban y corrían por los alrededores. Otros pastores de las cercanías ya habían iniciado el descenso con sus rebaños. Se abrieron las cercas de las ovejas y la gran riada de lana de puso en marcha cuesta abajo entre el bullicio de los cencerros, los ladridos de los perros y el grito de los pastores. Detrás trotaban los burros, les seguían sus parientes los alguaciles, y el último en partir fue el alcalde que continuaba gimiendo a lomos de la mula. El mocetón de Aribe permaneció inmóvil, erguido sobre un peñasco como un héroe de tiempos remotos, contemplando la marcha de la comitiva.
—¡Hasta el año que viene, Pericón! —se despidieron los pastores—.Ya pasaremos por tu casa para poner al día a tus padres. Recuerdos a la dama de Esterenzubi.
—¡Adiós contrabandistas!, tener cuidado que puede haber alguaciles por el camino— les gritó Pericón.
Al quedar solo y ver desaparecer a los rebaños camino de Orbaizeta, Pericón sintió en su corazón una sombra de nostalgia y se quedó pensativo sentado sobre una piedra. "Qué hago yo aquí solo, sin trabajo, lejos de la familia, atrapado por una quimera, mientras toda esta gente, desde el más humilde pastor hasta el más bruto alguacil, corre a su hogar donde le esperan padres, mujer o hijos, buena comida, nuevos afanes... ".
Le dio por repasar los casi cinco años de vida asilvestrada transcurrida por aquellos montes. ¡Cuánto padecimiento y esfuerzo! Caminatas agotadoras, noches inmóvil esperando a una presa; tormentas, ventiscas y temperaturas heladoras; hambre, frío y soledad. Y en verano soportando calores sofocantes, mosquitos y culebras; herido varias veces en la lucha con los lobos; perseguido por más de un oso furibundo o un jabalí herido; un sinfín de caídas, infecciones y fiebres… Y todo por dar caza a un animal que no conocía y que ni siquiera sabía si estaba vivo...
Sin embargo tenía el presentimiento de que el final estaba cerca. Intuía que después de aquellos cinco años en la montaña un ciclo de su vida estaba a punto de cerrarse. Se había hecho un hombre, había encontrado un amor y se había convertido en parte integrante de una Naturaleza sobrecogedora, dura y espléndida, que se reflejaría para siempre en su carácter. Solo le faltaba enfrentarse a Satán y derrotarlo: como si fuese una misión divina. Y así era para él el juramento pronunciado ante la sangre de su amigo.
Se sacudió los recuerdos de encima y miró en derredor a los hayedos que cubrían el paisaje. ‘Tienes que estar por ahí dentro, hijo de Satanás”. 

04

Pericón volvió a la cabaña que compartía con los pastores y repasó las provisiones que sus amigos habían dejado para cuando las tormentas le obligasen a refugiarse. Había una buena cantidad de nueces y avellanas, tocino, carne seca y legumbres. Junto a la chimenea vio varios recipientes de latón, un montón de leña y unos trozos de pedernal y eslabón de hierro para encender el fuego. El jergón de paja y hojas secas donde solía dormir ocupaba la esquina del fondo y escondidos debajo tenía los arcabuces de los alguaciles. Los estuvo revisando con curiosidad pues era la primera vez que tenía uno en la mano y no se atrevió a manipularlos por miedo a que se disparasen. Se le ocurrió que al padre de Elisabete le podían interesar para cazar algún oso o quizá para venderlos a los franceses. Dejó todo ordenado, cogió unas nueces, atrancó la puerta, montó a caballo y marchó hacia los montes pelados del oeste. Tenía una idea en la cabeza.
Hasta ahora había buscado la pista de los lobos a ras de suelo, esto es, por senderos, barrancas y espesuras; algunas veces había trepado a la rama de un árbol o a la cresta de un peñasco para estudiar el posible camino que había tomado la manada de Satán después del ataque. Necesitaba una perspectiva más amplia, una cumbre lo suficientemente alta para visualizar esos caminos que desde el mismo Garralda conducían a sus guaridas, que suponía seguirían siendo las mismas porque los lobos no cambian de madriguera mientras no la descubra el hombre. Se dirigió por tanto por Lepoeder hacia Ortzanzurieta, el monte más alto de la zona. Desde sus laderas desprovistas de bosques se podía contemplar claramente los distintos arroyos y barrancos que bajaban hasta el pueblo. Se hizo rápidamente una idea de la senda que él mismo había seguido al día siguiente de la tragedia, desde el camino de Aribe hasta el punto donde perdió las huellas de los lobos. A los animales del bosque les gusta moverse por el fondo de los barrancos donde normalmente tienen agua y se sienten más escondidos. Siguió por tanto con la vista todo el recorrido del barranco a partir del lugar donde había llegado aquel día y estudió detalladamente la zona, marcando en la memoria árboles especiales o algún peñasco sobresaliente como puntos de referencia. Una vez que se aseguró de la ruta que debía seguir y se fijó un plan sistemático para hacerlo dio por terminada la inspección. Se dirigió de nuevo hacia el norte y, alcanzado el collado, enfiló el descenso hacia la casa de Elisabete. Tenía más un mes por delante hasta que llegasen las primeras nieves, el momento ideal para estudiar las pisadas, localizar la maldita huella y emprender la caza definitiva. Sentía que el momento estaba próximo y se dedicó a preparar meticulosamente todo lo necesario.
La parafernalia que usaba Pericón cuando sus salidas de caza auguraban un posible enfrentamiento con los lobos era especial y complicada; y esta vez la estuvo revisando a conciencia. Al chaquetón de piel de lobo que le habían preparado los pastores añadió una especie de tubo o manga de piel de oso que le cubría todo el brazo hasta el hombro izquierdo. Lo mismo hizo con la pierna y el muslo izquierdos. Esta vez se preparó también un collarín de cuero con remaches de hierro para proteger el cuello porque sabía que cuando atacan los lobos muerden lo primero que tiene delante (para eso era lo de la piel de oso) pero a donde dirigen instintivamente sus colmillos es a la garganta de las víctimas. Luego estaban las armas: cambió la cuerda de la ballesta por otra más dura, de tripa retorcida, que solo un forzudo como él era capaz de tensar. Podía atravesar a un lobo a cincuenta pasos de distancia. Preparó un juego de diez saetas con punta de hierro que le forjó el herrero de Mendibe, así como un hacha nueva con el mango más corto que la de leñador para manejarla con más rapidez y precisión. Una lanza con punta de hierro y un cuchillo de monte completaban el atuendo lobero que le daban un aspecto tan fiero que parecía más un samurái medieval o un guerrero vikingo que un cazador pirenaico. Cuando, después de tantos preparativos que le llevaron un mes, se presentó un día con todo el equipo delante de Elisabete y sus padres, de poco se mueren del susto. “¡Parece el Basajaun!”, dijo la madre horrorizada. El padre lo miró apreciativamente como sopesando el poder de toda aquella maquinaria de ataque y defensa y su hija lo contempló inquieta y al tiempo orgullosa e ilusionada, porque Pericón le había prometido que se casarían cuando terminase con aquella pesadilla.
A fines de noviembre llegaron los vientos del norte; las lluvias y el frío empezaron a adueñarse del paisaje. Pericón se dedicaba todas las mañanas a entrenarse con el hacha, aprovechando para partir troncos que arderían todo el invierno, y a afinar la puntería con la ballesta disparando sobre una vieja piel de lobo que tenía clavada en un árbol junto a la posada. Esta permanecería cerrada hasta la primavera y ni un solo peregrino se acercaba ya por aquellos lugares. En el pequeño pueblo de Esterenzubi todos sabían lo que Pericón preparaba y en los hogares junto al fuego las mujeres rezaban y los hombres discutían las dificultades de la empresa.
La primera gran nevada cayó el tres de diciembre, día de San Francisco, el misionero de Xabier recién nombrado patrón de Navarra. “Es una buena señal”, comentó Pericón cuando se lo dijo la madre, mientras ensillaba el caballo y contemplaba los penachos blancos de las cumbres lejanas. No era muy creyente —aunque estaba bautizado y tuviera nombre de santo—, y por la Iglesia solo aparecía cuando “había que ir”: funerales, bautizos y bodas. Sin embargo, en su fuero interno, en su comportamiento ético, se mezclaban creencias dispares procedentes tanto de las enseñanzas de la religión como de de los antiguos ritos y creencias de los antepasados. Así la idea cristiana de la vida después de la muerte convivía con toda naturalidad en su mente con la creencia en los espíritus de los antepasados; y a la presencia amenazante del Demonio la contrarrestaba con el poder de los genios protectores de la Naturaleza. Por eso había jurado venganza ante el espíritu de su amigo y por eso soñaba o creía soñar con la encarnación del Maligno en el cuerpo de un lobo. Por eso, también, confiaba en la cruz de tejo que llevaba al cuello como si fuera un amuleto y pensó que el santo navarro también podría echarle una mano.
Elisabete amarró en la grupa dos mantas enrolladas y dos alforjas llenas de vino y comida; y unas raquetas de tiras de cuero para caminar sobre la nieve blanda. Le dio un gorro de piel de zorro que había cosido ella misma y un beso interminable. Montó Pericón en su caballo pardo y partió al trote en dirección a las montañas, saludando con el brazo en alto y el puño cerrado. Desde algunas ventanas lo despidieron al pasar. No solo era el valiente cazador que cortejaba a la hija del posadero: era un héroe legendario. La partida a la guerra de un hijo predilecto no hubiera despertado hasta ese punto la emoción del pequeño pueblo.
Esta vez Pericón llevó la búsqueda de las pisadas de lobos de forma sistemática a partir del punto más bajo del trayecto que se había dibujado en la mente. La nieve estaba blanda y de un blanco inmaculado, y las huellas —si las hubiera— serían muy recientes y visibles a mucha distancia. No vio ninguna, quizá estaba demasiado cerca del pueblo, por lo que siguió adelante animando al caballo barranco arriba. Pronto empezaron a aparecer pisadas de diferentes animales como el zorro y el tejón y el terreno a hacerse más escabroso y complicado. Bajó del caballo y siguió andando con las riendas en la mano y sin dejar de mirar al suelo. El aliento de hombre y caballo formaba nubecillas de vapor porque el frío era intenso y también intenso era el silencio, excepto el crujir de sus pisadas y el canto de alguna torrentera. De vez en cuando el vuelo de un ave rapaz los sobresaltaba. Cuando llegaron casi al final del barranco, cerca del haya grande que había señalado como referencia, Pericón vio las primeras huellas de lobo. Se acercó rápidamente y las estudió con detalle, pero la nieve estaba tan blanda que las pisadas se veían hundidas a dos palmos de la superficie y desdibujadas, por lo que se hacía imposible saber el dibujo de sus garras. Esto contrarió a Pericón que vio una dificultad más en la búsqueda de Satán. No había pensado en ese detalle y tendría que esperar a que la nieve se endureciese. De todas formas siguió aquellas huellas que correspondían a tres animales adultos, uno de ellos más grande y pesado que los otros dos. Se puso las raquetas y se pasó todo el día detrás de la pequeña manada que no paró de dar vueltas dejando por el camino muestras de su paso, como restos despedazados de una ardilla y lo que podía haber sido algún conejo o una comadreja. No llegó a verlos y acabó agotado. Se hizo un pequeño refugio retirando la nieve en el centro de un claro del bosque para evitar el ataque de una fiera escondida entre los arbustos y se cubrió con una de las mantas tapando al caballo con la otra.
Los días siguientes siguió nevando; la capa blanca continuó creciendo y el aguante del cazador y de su montura, fue mermando; era duro acampar a la intemperie con aquel tiempo, por lo que Pericón decidió recurrir a la borda de los pastores que estaba a una hora de camino. El instinto le decía que tenía localizado el territorio del gran lobo y que solo era cuestión de tiempo esperar las condiciones favorables. Esperaría. Estaba completamente solo en más de cinco leguas a la redonda; incluso la ventisca estaba a punto de cubrir la cabaña como si no existiera. Tumbado en el jergón sin otra cosa que hacer, le sobraba tiempo para dejarse llevar por todos los pensamientos, imaginaciones y recuerdos que la Naturaleza sugiere cuando se abandona uno en sus brazos. Estaba satisfecho consigo mismo. Era joven, fuerte y se sentía identificado con todos los seres vivos de aquel universo prodigioso. Para él, el hombre era tan solo una más de las especies que lo habitaban; lo de “Rey de la Creación” le parecía una expresión ridícula y sin ningún sentido. Lo mismo le atraía imaginar que era uno de aquellos enormes abetos sintiendo el abrazo de la tierra y el soplar de los vientos, que ser un pequeño hurón haciendo madrigueras en esa misma tierra y mordisqueando las raíces del árbol poderoso. Casi sentía cosquillas pensando en eso. Y luego podía ser un oso forzudo y torpe persiguiendo al hurón al que nunca alcanzaba. O uno de los hombres y mujeres que cavaban esa tierra dura para sembrar las semillas que los pájaros robaban. Y las aves majestuosas que oteaban los rebaños entre el sonar de las campanillas de las ovejas. Y los zorros y los lobos que… Aquí Pericón detuvo el hilo de sus divagaciones mientras tiraba nuevos trozos de leña al fuego y daba un largo trago de la bota de vino. Él había sido siempre un lobo solitario, no es solo que se hubiese identificado con ellos: había vivido como viven los lobos. Sabía lo que comían y había comido lo mismo. Había recorrido el bosque por sus mismos senderos y dormido en cuevas y rincones como el lobo en su guarida. Los conocía y los entendía y por eso se preguntó por qué Satán había roto las leyes de la Naturaleza y había atacado al hombre ¿No tenía acaso mil otros alimentos para saciar su hambre? Por algún motivo el altivo señor de la noche había roto el equilibrio natural de la vida salvaje. ¿Estaría poseído de verdad por el Maligno como decían las comadres? ¿Sería la encarnación más fiera del Jaungorri? ¿Debía ser aniquilado y era él el señalado para hacerlo?
Estas preguntas le abrieron el camino a nuevos planteamientos y temores: quizá se estaba enfrentando a fuerzas sobrenaturales para las que no valían nada el hacha y las saetas. La caza que tenía preparada con tanta estrategia adquirió de repente un sentido más complicado y tenebroso. Ya una vez le abrió la cabeza de un garrotazo a un enano de barba roja que, saliendo de detrás de un árbol, se le echó encima blandiendo un hacha y que al instante se convirtió en una llamarada. Luego resultó que era un zorro, pero la zamarra chamuscada ¿era por aquella historia o porque se la dejó junto al fuego?… Tenía la cruz de tejo en el cuello y a su madre rezando a San Francisco, pero ¿qué haría cuando Satán y él se encontrasen frente a frente? ¿Rezar o apuntarle con la ballesta? No albergaba ninguna duda: lo atravesaría sin miramientos ni jaculatorias. Quizá, simplemente, se estaba proponiendo a sí mismo una justificación para exterminar a la fiera sin ningún remordimiento. Pero, por encima de toda creencia y justificación, ¿no debía prevalecer el juramento?
Al echarse a dormir le pareció escuchar una voz que provenía de debajo de las tejas de la borda (o quién sabe si del fondo de su mente) que decía: “¿No se te ha ocurrido pensar que tu amigo fue castigado por reírse de la existencia del Gran Lucifer?”
Fuera de las madrigueras de los lobos y de las viviendas de los hombres, seguía nevando. En su interior muchos corazones seguían latiendo, unos con impaciencia, algunos con miedo, otros rezando.
Rezaba Elisabete sin mucha fe pero con gran esperanza (si es que es posible la una sin la otra) y angustiada por la impaciencia. Más de una vez, cuando el tiempo seguía pasando y no dejaba de nevar, intentó convencer a su padre para subir hasta las bordas con mantas y comida, pues pensaba que Pericón seguramente estaría allí refugiado. Su padre le contestaba que el muchacho estaba preparado para aguantar eso y más y que ellos lo único que harían sería estorbar y preocuparlo. En ese aspecto el padre tenía más fe que la hija. Cierto es que si llegan a subir hubiesen espantado a los demonios que daban vueltas alrededor de la borda, hablando en voz alta para que les oyese el cazador, lanzando blasfemias y defendiendo los motivos del lobo, buscando así atemorizar y desmoralizar al joven. “¿Por qué los diablos se ponen del lado de lobo asesino?”, se preguntaba Pericón, cuando le asaltaban los malos sueños, “¿será por el nombre de Satán que le he puesto?”.
Una noche en que la tormenta arreciaba y el viento del norte pasaba aullando entre las tejas, sonó un fuerte golpe en la puerta de la cabaña y se oyó una voz entrecortada pidiendo permiso para entrar. Se levantó Pericón asustado del tronco que le servía de asiento y acudió a abrir, quitando la tranca que la sujetaba. “¿Será el demonio?”. Estaba obsesionado. En la entrada un peregrino con largas barbas y una capa negra hasta más debajo de las rodillas y con capucha que parecía un hábito de fraile, le miraba sonriente con sus ojos azules. Le pidió cobijo por una noche y algo de comer. Pericón lo observó admirado porque el individuo no parecía cansado, ni mojado, ni llevaba zurrón o macuto alguno. Le hizo pasar, le señaló otro tronco para sentarse y le ofreció queso y vino. El peregrino le preguntó por su presencia en aquella borda en pleno invierno (en vez de explicar qué hacía él, que era lo lógico) y cuando Pericón le contó un poco sus actividades de caza y su persecución de un lobo especial (no sabía por qué pero se sentía impulsado a hablar con aquel desconocido, sería porque no tenía con quién), el viajero se interesó vivamente por los motivos y por las características del animal. Luego, sin venir a cuento se puso a hablar del Demonio y de sus distintas apariencias al presentarse ante los humanos. Habló de las apariciones de machos cabríos, de lamias, de serpientes y otros animales… y a veces de señores distinguidos y damas de gran belleza. Se veía que era entendido en leyendas y apariciones diabólicas. Añadió:
“Debes fijarte en una cosa. Todos ellos tienen algún defecto físico, porque a Lucifer le está prohibida la perfección a la que aspiraba cuando fue derrotado y expulsado del Cielo. Quería ser como Dios. Recuerda a las lamias con un pie de gallina o de pato, a los gnomos con su deformidad, a los machos cabríos con sus cuernos retorcidos…, todos son demonios disfrazados. Ese lobo tiene un defecto en la pata, ¡cuídate de él!”.
Al despertar a la mañana siguiente el peregrino había desaparecido. Se quedó Pericón perplejo con la visita de aquel extraño personaje y con sus consejos, y le pareció el asunto tan irreal y extraordinario que llegó a la conclusión de que todo había sido un sueño. Sin embargo la puerta estaba entornada y del queso y el vino solo quedaba unos restos. Supuso que se le había olvidado poner la tranca de la puerta la noche anterior y que el queso y el vino que faltaban se los había tomado él. De todas formas recordaba claramente las advertencias sobre el lobo. Estaba claro que, dormido o despierto, lo de la relación de Satán con Belzebú también él lo tenía asumido, desde que le puso el nombre.
La tempestad estaba cediendo y el cielo se veía nublado pero sin viento. Hacía frío y la nieve parecía congelada y dura. Eso era bueno. Un poco de nieve encima y quedaría el suelo como una placa de arcilla para marcar las pisadas; y por el aspecto de los negros nubarrones no tardaría en volver a nevar. Tenía que darse prisa. Se puso las ropas completas de su “armadura” de caza, cogió las armas, sacó el caballo de su pequeño refugio y marchó hacia el barranco donde había visto las huellas de los tres lobos. Cuando llegó estaba empezando a caer una nieve blanda de copos grandes. No había sombras ni sonido alguno. No había, tampoco, ningún rastro reciente. Siguió el recorrido de la vez anterior y al de pocos pasos le llegaron nítidos en el silencio del bosque los aullidos inconfundibles de un lobo joven a menos de cien pasos de distancia. Le contestaron otros aullidos mucho más alejados. En seguida vio las huellas. Esta vez eran cuatro los animales de la manada. Allí estaba la huella de la pata mutilada, claramente dibujada. Con el corazón saltándole en el pecho, Pericón dejó el caballo sujeto a un árbol y estudió de cerca las pisadas: el padre, la madre y dos lobeznos, estaba claro, contaba con eso. Desde el principio sabía que se tendría que enfrentar con varios atacantes porque los lobos van casi siempre en manada, pero tuvo la suerte de que dos de ellos eran jóvenes inexpertos.
Comenzaba la batalla. Como obedeciendo al toque de un cuerno, sus dos metros de altura se encogieron hasta menos de metro y medio; agachado y atento comprobó que las protecciones estaban bien ajustadas, la lanza adelantada, el hacha al alcance de la mano, la ballesta atravesada en la espalda ya tensada y una saeta en el disparadero. Había llegado el momento esperado durante cinco años y resuelto en su imaginación mil veces a su favor. No podía fallar. Solo tenía miedo a una cosa: al instante en que él y Satán se mirasen a los ojos. Al pensarlo sacó del cuello la crucecita de tejo y la dejó a la vista. Caminó silenciosamente. Ni un copo de nieve, ni una aguja de pino, ni una hoja seca se movían en el aire. Aquella zona del bosque era cerrada y propicia para una emboscada. Pronto los vio a unos treinta pasos avanzando los cuatro en fila entre la espesura de un bosquecillo de encinas enanas. Ellos también lo vieron y se giraron hacia él.
Tensó los músculos del cuerpo y adoptó una postura ligeramente inclinada hacia delante, tan dispuesta al ataque como a la defensa. El jefe de la manada (allí estaba él, amenazante, más grande de lo que había supuesto, vigilante, con la mirada amarillenta clavada en Pericón, la boca entreabierta, las orejas hacia atrás, un ejemplar magnífico) se fue separando de la loba y los lobeznos y se comenzó a alejar, seguramente para despistar al cazador y proteger a los suyos del peligro, y le fue llevando por senderos retorcidos entre árboles y peñascos, sabiendo por sus repetidas miradas de soslayo que era seguido. La madre y los cachorros desaparecieron entre los arbustos. Les separaban veinte pasos y lobo y cazador iban caminando y parándose igual de silenciosos, igual de tensos, igual de salvajes. De improviso, la fiera se volvió y le mostró sus dientes de plata y sus ojos de fuego. Él se paró y aprestó su ballesta. Esperó a que el lobo se acercara pero el animal no se movió y se quedó expectante, sin un solo movimiento, observando, esperando. Un ruido de hojas y jadeos hizo volverse a Pericón hacia un costado. Los dos lobos jóvenes se lanzaron sobre él con roncos gruñidos y los colmillos relucientes. Pudo soltar la ballesta y agarrar la lanza, con la que atravesó por la ingle a uno de los atacantes, que se alejó cojeando. Se partió la lanza en el ataque y cogió el hacha de su cinturón. Luego se enfrentó al otro que daba vueltas a su alrededor buscando un punto de ataque lejos de aquel brillo de acero. Pericón levantó el hacha, se ajustó la protección del brazo izquierdo hasta tapar la mano y la ofreció a aquella máscara de ojos amarillos, pelos encrespados y dientes con cercos de espuma que se clavaron en la piel gruesa. Descargó el golpe con fuerza y la alimaña aflojó los dientes y cayó rodando con un ladrido lastimero. Se incorporó sangrando por la cabeza y desapareció entre las ramas bajas del bosque.
El lobo grande dio un pequeño paso hacia delante con un sordo gruñido y se paró de nuevo, encogiéndose levemente, preparándose a saltar. Otra vez se quedaron solos mirándose fijamente. Todos estos gestos los conocía el joven a la perfección. Pero aquellos ojos… parecían querer decir algo que no entendía. Dejó el hacha en el suelo, cogió la ballesta y comprobó de nuevo que la saeta estaba en su sitio y el arma tensada, sin dejar de mirar a los ojos de su enemigo. Se fue acercando lentamente con la ballesta apuntando al pecho del lobo, luego se agachó rodilla en tierra para tener un tiro directo al corazón, lanzó un grito terrible de desafío envuelto en el vapor de su aliento y esperó el ataque. El lobo se movió como un resorte ante el grito, dio cuatro pasos como un rayo y saltó desde una distancia de más de tres metros. Pericón disparó y se tiró de costado. El animal cayó a su lado fulminado.
Se levantó y cargó rápidamente otra saeta. Comprobó que Satán estaba muerto, pero sabía que la loba estaría al acecho. Oyó ruidos de ramas en la espesura y permaneció atento. La loba se alejaba con los dos lobeznos heridos. Unos segundos después se extendió por todo el bosque un aullido largo y quejumbroso. Pericón se sentó junto al lobo y lo estuvo mirando durante largo rato y, sin saber por qué ni por quién, sintió más deseos de llorar que de gritar y saltar celebrando la victoria.

05

Sería muy difícil describir lo que pasó por la mente de Pericón cuando permaneció junto al lobo muerto. Ni él mismo lo pudo explicar con claridad a Elisabete al llegar al pueblo con el cuerpo del animal amarrado en la grupa del caballo. Descargó el cadáver junto a la puerta de la posada, no dijo nada al entrar y se sentó junto al fuego, con el rostro ligeramente pálido y la mirada perdida entre las llamas. Elisabete, que le había oído llegar, se acercó, se sentó a su lado y esperó a que hablara. En un principio pensó que la expresión que tenía era producto del frío y del cansancio, pero luego vio algo extraño en sus ojos y no se atrevió a decir nada. Salió a la puerta y contempló el cuerpo mojado, ensangrentado y sin vida del fiero animal y le recorrió el cuerpo un profundo escalofrío. Volvió adentro silenciosa, puso la mano en el hombro de Pericón y se volvió a sentar pensativa.
“Cuando estuve contemplando al lobo muerto y su sangre se fue extendiendo por la nieve —comenzó a decir Pericón como si hablase con las llamas—, tuve la sensación de estar junto al cuerpo de Miguel y sentí una tristeza profunda, como cuando vi su sangre en el camino de Garralda. Siempre había imaginado que al llegar este momento iba a saltar de alegría, a dar gritos de triunfo, a bailar alrededor del cadáver como en una danza ancestral y guerrera: ¡por fin, el juramento cumplido!..., pero no fue así. Asociaba la muerte del lobo a la de Miguel, pero una vez cumplida la venganza, después de la saña con que había perseguido al animal, era absurdo que me doliese la muerte de ambos. Sin embargo, en parte era verdad aunque fuese irracional. En ese momento los veía junto a mí en una confusa imagen —a ratos veía a Miguel, a ratos a Satán— y me sentía culpable de ambas muertes. A uno lo había abandonado solo en el bosque, al otro lo acababa de matar. Y todo ello me parecía injusto y cruel. Cinco años de mi vida los he sacrificado luchando contra mi sentimiento de culpa y contra el Mal personificado en el lobo. Y cuando creía haberlos vencido, mi alma no ha encontrado la paz. Algo de mí ha muerto con el lobo. Llegué a pensar que quizá el gran animal ya sabía desde un principio que lo perseguía y que su destino era morir a mis manos (¡cuántas veces durante estos cinco años nuestros caminos se habrán cruzado y pudiendo haberme sorprendido en cualquier emboscada no me ha atacado!). Y después de tanto tiempo, en un acto inconcebible para un ser irracional tan fiero y poderoso, se ha enfrentado en una lucha noble a plena luz del día, sin ampararse en la oscuridad y la sorpresa... Yo, en cambio, me he dejado llevar por la venganza y hasta por un gesto de fanatismo religioso, influido por ángeles o demonios que se me habían acercado en momentos de cansancio y soledad. Había llegado, incluso, imaginar al demonio en la piel del lobo y me vi a mí mismo clavando su cabeza en una pica sobre la tumba Miguel para que la gente del pueblo la escupiera al pasar.”
Elisabete no conseguía interpretar estos sentimientos y tenía miedo a que una sombra permanente se instalase en el corazón del joven. Aquella confusa imagen que le había descrito de Miguel muerto a sus pies…; aquella tristeza profunda ante la muerte del animal, no podía asimilarla por mucho que se esforzara y su pleno significado se le escapaba.
—Pericón —le decía—. Has hecho lo que tenías que hacer y has cumplido tu juramento. Quédate con eso y olvídate de los malos sueños.
Ella era una joven animosa, despierta y práctica. Toda la vida en una posada, lugar de paso de peregrinos y contrabandistas, le había enseñado más que si hubiese viajado por medio mundo. Por allí habían pasado personajes de todo tipo: desde frailes mendicantes y pecadores arrepentidos hasta soldados mercenarios y asesinos a sueldo. Pero había aprendido a defenderse bien y a sacar partido de toda aquella enciclopedia humana que pasaba por delante de su puerta. Por lo tanto, no se preocupó excesivamente por el estado de ánimo de Pericón. Cinco años en la soledad de la montaña con una idea fija y a base de sacrificios sin cuento, tenían que hacer mella a cualquiera, y al llegar repentinamente el final y abandonar esa idea obsesiva, el vacío que quedaba en su mente le podía crear más de una confusión. Se armó de paciencia y esperó a que se fuesen aclarando las ideas en la mente del cazador.
Cosa que ocurrió en poco tiempo, por lo menos en apariencia, porque, como resultado de la presencia inesperada del cadáver del lobo delante de la posada, se montó un gran revuelo en el pueblo y hubo que dedicarse a otras labores urgentes antes que a profundas reflexiones. Al día siguiente no se hablaba de otra cosa en toda la comarca y la noticia se extendió como la pólvora hasta Donibane Garazi por el norte y hasta el valle de Aezkoa por el sur. Todo el mundo quería ver al famoso animal, como si fuese un asesino que acababan de ahorcar. Fueron llegando gente de todos los pueblos de alrededor, e incluso desde Aribe y Garralda, al otro lado de los montes, vinieron muchos, entre ellos algunos familiares de Miguel y los hermanos de Pericón. Hubo peregrinos, que normalmente seguían la ruta de Roncesvalles para cruzar las montañas, que se desviaron del Camino de Santiago tradicional para contemplar aquella alimaña que según decían había estado poseída por el Demonio, había matado a un joven del lugar y había hecho perder la razón al cazador que lo había perseguido durante cinco años. Era una buena ocasión para pedir perdón por los pecados y hacer penitencia, como dijo el cura de Esterenzubi, que fue uno de los primeros en llegar con un monaguillo detrás y el hisopo de agua bendita en la mano para limpiar los restos de la posible ponzoña de Lucifer en el cuerpo del lobo, en las armas y vestidos de Pericón e incluso en el caballo y los alrededores de la casa.
La modesta posada de Elisabete aprovechó la avalancha de visitantes para abrir rápidamente sus puertas, aunque estaban en temporada invernal. Los nombres de Pericón y Satán corrían de boca en boca y todos querían ver y oír al héroe de la historia. Este, como todavía continuaba ensimismado y como ausente, cumplía muy bien el papel, y con sus dos metros de estatura y la barba y el pelo largos y alborotados, infundía pavor y admiración, especialmente a los niños que veían en él a un auténtico basajaun o genio del bosque.
Los padres de Elisabete estaban encantados con el acontecimiento por diversas razones. Por un lado tenían de repente la venta a rebosar y calculaban que a partir de ahora sería un punto de parada obligado para los viajeros y, en consecuencia, se adaptaron rápidamente. La casona, que no tenía ni nombre, así de pequeño era el pueblo, se llamaría a partir de ahora “Otsobenta” (La Posada del Lobo), y de acuerdo con la hija y con Pericón, la cabeza del animal (había cierta expectación en la zona sobre qué se iba a hacer con el cadáver) se mandaría a disecar y se colocaría en la fachada encima del cartel. Protestaron los de Garralda cuando se enteraron, porque decían que el cuerpo de la fiera les pertenecía moralmente; y también los de Aribe porque el héroe del pueblo debía tener un homenaje y pensaban que el animal disecado y puesto en un lugar destacado del Ayuntamiento, con una placa y un texto recordando la efeméride, era lo menos que podían hacer por su paisano, a pesar de algunas pegas de D. Ramón, el Alcalde, que todavía tenía varias espinas de Pericón clavadas, entre ellas una promesa pendiente sobre aquellos terrenos de la familia. Algunos vecinos más prácticos proponían que se hiciesen dos esculturas de Satán en piedra, que durarían para siempre, una de cuerpo entero y otra solo de la cabeza para el posadero, o incluso tres, con lo cual no habría discusiones; se daría trabajo al cantero y ambos pueblos se repartirían la fama.
La segunda razón que tenía contentos al posadero y su mujer era que una vez terminado aquel calvario de la caza del lobo, podían ir pensando en la próxima boda de la hija con el cazador. Los padres ya tenían pensado algunos detalles como la iglesia, el banquete y demás, que no discutían delante del joven por respeto, pero, como le dijo Pericón a Elisabete cuando estaban solos en su alcoba, todavía tenían muchas cosas que hacer antes de pasar por la Iglesia.
—¿Qué “cosas” tenemos que hacer? — le preguntó Elisabete con el ceño fruncido.
—Pues la primera terminar el asunto del reparto del lobo. Lo de la cabeza para colocarla sobre la puerta se encargará tu padre; la piel he pensado en curtirla y entregársela a los padres de Miguel para que la quemen, la pongan en la pared o se hagan unas botas; y la carne regalársela a algunos necesitados del pueblo. La segunda: me gustaría poner una piedra funeraria en el punto donde cayó muerto Miguel. Para eso ya tengo alguna idea de la que nos encargaremos los dos. Y la tercera es que quiero que vayamos a Aribe para presentarte a mis padres y arreglar el asunto de las tierras que el Alcalde robó a ni abuelo. Si Dios quiere, en esa tierra construiremos nuestra futura casa.
—Al oír esto, Elisabete dio un salto desde la silla donde estaba cosiendo y se fundió en un abrazo con Pericón, le dio mil besos y dijo:
—¡Ay!, querido, parecía que estabas atontado y mira lo que pensabas. Nos has engañado a todos.
Y diciendo esto, lo empujó sobre la cama y empezó a meterle mano por todas las esquinas del cuerpo, tirando la ropa por los rincones…, lo cual contribuyó a que se aclarasen las ideas en la cabeza del cazador bastante más que otras profundas reflexiones.
El reparto de los despojos de Satán fue todo un acontecimiento. Aprovechando que estaban cerca de la fiesta de San Martín, avisaron a una vecina que criaba cerdos en un caserío cercano, y que todos los años hacía matanza para ella y para los vecinos, con el fin de que se ocupase del animal. Así que a la vista de un sin fin de curiosos —muchos de Garralda y Aribe—, colgaron el cuerpo cabeza abajo de un gancho de la pared y lo fueron despellejando con gran expectación por parte del personal y a cierta distancia, por si salían de su interior las llamas del Infierno. Al final se había decidido que Pericón se quedase con la piel para llevarla a curtir a los pastores de la montaña y que de la cabeza se ocuparían los padres de Elisabete para encargar una reproducción en madera y ponerla junto al cartel. Lo de las esculturas en Aribe y Garralda quedó reducido a unos tableros gruesos de roble que los hermanos de Pericón grabarían en relieve con la silueta del lobo, la fecha y una leyenda a decidir por los Ayuntamientos respectivos: la de Garralda en memoria de Miguel y la de Aribe en homenaje a Pericón. Los colgarían en la pared del salón principal de reuniones. La carne —más de cuatro arrobas— se fue desollando con la idea de repartirla entre la gente necesitada y los huesos se tiraron a un rincón para que se los llevasen los perros. No hubo vapores de azufre ni sangre de color verde saliendo de las entrañas de la fiera, sino buenas tajadas de carne roja que como nadie quiso declararse lo suficientemente pobre en el pueblo, se repartieron amistosamente entre los menos supersticiosos.
La historia de Satán el lobo asesino no acabó así de humillante para el pobre animal, como un gorrino cualquiera, sino que terminó como debía terminar en una época de creencias oscuras y supersticiones. La gente de Mendibe, Eiheralarre y Esterenzubi organizó una gran celebración el domingo siguiente que, además de contar con misa y banquete popular, disfrutó de una procesión en la que se paseó por todo el pueblo, entre cantos y danzas populares, un grotesco muñeco de trapo imitando la figura del lobo, sujeto en el extremo de un largo palo, con un capirote en la cabeza y un montón de cintas de colores colgando de la cintura. En un letrero cosido al cuerpo se leía “Satán”. Cerrando el desfile figuraron el alcalde, tres curas y un par de alguaciles. Fue quemado al llegar la noche, entre el griterío y los insultos de los vecinos y la mirada complaciente de las autoridades. Quién sabe si se estaba creando un nuevo personaje para incorporarlo a las tradiciones populares. Pericón no participó en la fiesta, por mucho que le insistieron —se quedaron los curas sin la alegoría de San Jorge y el Dragón—, y contempló la escena desde la ventana de la posada con un gesto triste en la mirada. Elisabete, junto a él, dijo indignada:
—¿A quién se le ocurre semejante payasada?
Al día siguiente todo había vuelto a la normalidad en Esterenzubi. Se limpiaron los restos de sangre, el posadero metió la cabeza del lobo en un saco y se fue en busca de un carpintero que se dedicaba a hacer muebles con molduras decorativas, para ver si hacía una buena imitación, y Pericón se dedicó a lavar a fondo la piel a base de agua con sal, dejándola preparada para llevársela a los pastores. Cuando barría los restos que habían dejado para los perros, se fijó en que entre ellos estaban las patas del animal. Por curiosidad buscó la que tenía el defecto que le había ayudado a identificar a Satán por sus huellas. Observó que la falta de la garra no era fruto de una herida o una pelea —no había cicatrices—, sino que parecía una anormalidad de nacimiento. Probablemente sus hijos también la tendrían. Quizá en el futuro las volvía a encontrar.
Ese mismo día Pericón y Elisabete fueron a Mendibe. El joven quería encargar una piedra funeraria para colocarla en el lugar donde murió su amigo, según una vieja costumbre de los pueblos del Pirineo mantenida a lo largo de los siglos. Allí trabajaba el mejor cantero de la comarca que, entra otras muchas, había labrado las estelas discoidales del cementerio de Aribe, de Eiheralarre y del mismo Mendibe. Pericón quería encargar una de ellas pero, en vez de una con las clásicas cruces cristianas, prefería otros signos más acordes a la manera de pensar de Miguel. Le gustaba una que había visto junto a la iglesia de Mendibe que tenía unos grabados enigmáticos por un lado y una estrella de cinco puntas por el otro. El cantero dijo que la familia que le dio el dibujo para grabar era algo extraña y que había tenido problemas con los jesuitas y con la Inquisición a cuenta de algunas prácticas de alquimia que según los inquisidores rozaban la hechicería. No tenía ni idea de lo que significaban aquellos símbolos extraños. Sabía que por el resto de Navarra se estaban retirando aquellas piedras (hilarriak) de los cementerios, porque las tumbas habían pasado al interior de las iglesias, pero en su pueblo, así como en todo el Valle de Aezkoa, seguían en pie las viejas estelas de siglos anteriores. Después de mirar los diversos dibujos que tenía el cantero, Pericón y Elisabete eligieron la de los signos raros y apalabraron con el artesano el tamaño y el precio de una igual y cuándo vendrían a recogerla. El cantero les prometió que él mismo se la llevaría un mes más tarde.
Una vez cerrado el trato, la pareja aprovechó el día para acercarse hasta Donibane Garazi y celebrar de alguna forma el fin de la historia de Satán que, sin duda, habría de perdurar en la memoria colectiva de aquella zona del Pirineo. Eligieron el mejor mesón del pueblo y estuvieron comiendo y bebiendo hasta el anochecer. Al salir, Pericón ya tenía menos adusto el gesto y más alegre la expresión y Elisabete se colgaba de su brazo y contemplaba con la ilusión de una nueva vida los picos nevados que la luna hacía brillar en la lejanía. Al otro lado estaba el futuro: para él, la vuelta a su casa natal tras cinco años de ausencia; para ella, un pueblo que no conocía, un nuevo hogar y una nueva familia…

06 –

La cabeza de madera de Satán parecía la de un oso en vez de un lobo, pero allí estaba, ofreciendo su fiera mirada sobre la puerta de la posada Otsobenta, empotrada en la pared. La piel del célebre animal la habían curtido finalmente los pastores de Esterenzubi y colgaba de un clavo detrás de la puerta de entrada, y la estela funeraria en recuerdo de Miguel permanecía apoyada junto a la cuadra. Ya solo faltaba organizar el viaje a Aribe. Pericón envió un mensaje a sus padres con unos contrabandistas conocidos, avisándoles de su llegada. Sabía que estarían esperando sus noticias y que para ellos y para el pueblo entero sería un acontecimiento. Les anunciaba también la visita de la familia Ithurburu, es decir, Elisabete y sus padres. Su intención, aparte de las presentaciones, era formalizar el compromiso de boda y dejar que las madres, según la costumbre, acordasen los términos, tema importante a discutir entre las dos etxekoandres. Luego los Ithurburu regresarían a Esterenzubi y prepararían la boda —cura, iglesia, banquete, invitados y demás— para la próxima primavera y él se quedaría en Aribe intentando recuperar los lazos perdidos tras cinco años de ausencia.
Pericón era un buen organizador y tal como planificaba la caza así también quería organizar la boda. No es que enfocase el matrimonio como una cacería, le decía a Elisabete de broma, sino que le gustaba preparar bien los detalles y este viaje era un primer paso necesario. Lo primero eran los asuntos de familia. Luego vendrían los relatos del lobo, las visitas de los conocidos, las charlas con los amigos en la taberna y los comentarios en las casas junto al fuego, porque sí, Pericón de Galarza volvía con novia y se iba a casar, una gran noticia, pero a los habitantes del valle de Aezkoa les interesaba más verle de cerca y escuchar las andanzas del famoso personaje, contadas de primera mano, que sus futuros esponsales.
Lo primero que hizo Pericón fue pedir prestado un carromato tirado por dos mulas al cantero de Mendibe con su carretero incluido. A cambio le permitió llenar la mitad del carro con mercancías de contrabando, dejando el resto para las que el posadero tenía preparadas, pues su futuro suegro no perdía ocasión para hacer negocio. Extrañamente los alguaciles habían dejado de perseguir a los contrabandistas —a partir de cierto episodio en un nevero en el que perdieron los arcabuces y los nuevos no acababan de llegar al pueblo— y como consecuencia recibían más participación en el contrabando que cuando los perseguían. Una vez estuvo la carreta delante de la venta con su carga bien distribuida, subieron la estela funeraria con la ayuda de dos hombres, y los padres de Elisabete se acomodaron entre almohadones y mantas. Todo quedó cubierto bajo un fuerte toldo sujeto por cerchas de hiero en forma de arco que los protegerían de la lluvia y de la nieve. Pericón y Elisabete irían en sus caballos y en caso de ventisca se meterían dentro. La ruta que iban a seguir era el “Camino francés” principal acceso de la Ruta Jacobea a la Península, que cruzaba la montaña por el paso de Orreaga, único posible para el tránsito de carruajes. No se olvidó Pericón de la piel de Satán bien cepillada y lustrada, ni Elisabete de los regalos que llevaba para quedar bien con la familia de Pericón: delicias que compraron en Baigorri y Garazi, como palomas torcaces en escabeche y dulces diversos. Faltaban pocos días para la Navidad.
Iniciaron la marcha muy de mañana un día frío y con niebla, que los pastores habían anunciado sin nieve ni tormentas. Pensaban hacer el recorrido de unas seis leguas antes de que llegara la noche. La subida hasta el puerto se hizo larga y muy lenta. Cruzaron los pueblos fronterizos de Arnegi y Luzaide sin ningún problema. Los padres iban dormidos en la carreta y los jóvenes trotaban felices adelantándose cuesta arriba. De lejos parecían Don Quijote y Sancho Panza, más que nada por la alzada del caballo de Pericón y el pequeño tamaño del pottoka de Elisabete. Después de muchas paradas para desatascar el carro de los múltiples agujeros del camino, para lo que tenían que empujar entre todos, llegaron al alto junto a la Colegiata. La madre se empeñó en que tenían que visitar a la Virgen de Roncesvalles y pedir su protección. Por suerte, las guerras de religión entre protestantes y católicos que asolaban Europa quedaban muy lejos de este rincón de los Pirineos y aunque la Navarra de Ultrapuertos era protestante bajo el reinado de Juana de Albret y luego de su hijo Enrique, rey también de Francia, y la Navarra del sur era católica a ultranza, la devoción a la Virgen se mantenía con la misma intensidad a ambos lados del Pirineo, especialmente ante aquella imagen antigua de Nuestra Señora toda ella revestida de plata. Pararon, por tanto, y visitaron la iglesia, admirados de la nave de arcos más altos que tres abetos, como decía Pericón, y grandes vidrieras multicolores. Elisabete no había visto nunca nada tan grandioso y dijo al salir que ella se quería casar allí. El padre estuvo de acuerdo, pero la madre dijo que ni hablar, que aquello quedaba lejos de los dos pueblos, que podía hacer mal tiempo y que no iba a ir nadie. Estuvieron discutiendo entre ellos un buen rato. Como, además, pararon a comer en la posada de peregrinos, Elisabete y Pericón aprovecharon el descanso de la comitiva para marchar a caballo hasta el collado de Organbide, donde esperaban encontrar el conjunto megalítico que el cazador ya conocía de sus veranos con los pastores y donde tenía planeado celebrar su propia ceremonia. El tiempo se había cerrado con una bruma espesa pegada a los montes y no se perdieron por aquellos parajes gracias al sentido de orientación de Pericón que se movía como uno más de los animales del bosque.
Cuando llegaron allí, las piedras del círculo sagrado parecían flotar en un mundo irreal y mágico, sobresaliendo del manto de niebla que alcanzaba hasta el horizonte, pues los picos de alrededor y los valles que se extendían a sus pies habían desaparecido de la vista. Pericón ya le había explicado a Elisabete el motivo de la visita que, según él, formaba parte del rito pagano de su matrimonio. Los dos jóvenes se sentaron en el centro, en el punto donde tres mil años antes se habían enterrado las cenizas de los primitivos pastores de la Edad de Hierro y cogidos de la mano se dejaron impregnar por el espíritu de los antepasados. Ellos dos solos, sentados en una nube en mitad del Universo. El silencio húmedo del lugar se interrumpía a ratos con el grave sonido del cencerro de algún caballo invisible, como un gong que anunciara la salida a escena de los habitantes del más allá... En realidad, ninguno de los dos sabía si estaban cumpliendo un rito ancestral o no. Pericón lo hacía por intuición, porque era muy dado a ver símbolos y significados ocultos en todo y creía en estas cosas; y Elisabete, creyente o no, porque le gustaban los prodigios y las aventuras fantásticas de los libros de aventuras que algunos peregrinos ilustrados contaban en la venta.
De pronto oyeron unos roces y siseos que brotaban del círculo donde estaban sentados; la niebla a su alrededor vibró durante unos instantes y una extraña luz pareció iluminar los monolitos. Brotando de la nada, pudieron ver a los espíritus del lugar —unas figuras de barbas largas y ropas antiguas— apareciendo junto a las piedras y sentándose en ellas, como sabiendo el sito que le correspondía a cada uno. Los cencerros dejaron de sonar y se hizo un gran silencio. No corría una brizna de aire. Elisabete y Pericón apretaron con fuerza sus manos. Uno tras otro los espíritus fueron pronunciando sus nombres con voz sentenciosa y vieja según se sentaban. Luego empezaron a recitar palabras confusas repetidas  en una letanía monótona e interminable que parecía decir:
Ura-Lurra... Ura-Lurra... Ura-Lurra...Ura-Lurra...
Y mientras lo hacían, alzaban el rostro al cielo al decir Ura (agua) y los bajaban hacia el suelo cuando decían Lurra (tierra). Así durante largo rato. Luego, levantaron a un tiempo los brazos y con un dedo huesudo y blanco señalaron a los dos jóvenes, sin dejar de cantar: Urra, Lurra... Al fin, se oyeron unos sonidos de campanas, como de una ermita muy lejana, y los espíritus fueron disolviéndose en la niebla; la letanía de sus voces graves se fue apagando y desapareció con ellos por el centro del círculo.
Pericón y Elisabete permanecieron largo tiempo como hipnotizados, envueltos en un halo de energía espiritual, hasta que un bando de cientos de palomas cruzando ruidosas el aire, camino del sur, les hizo regresar a la realidad.
—¿Ha sido un sueño, Pericón?
—No, que yo sepa.
—¿Tú has oído lo del Agua y la Tierra?
—Claro
—¿Y qué querían decir?
—Pues que tú eres el agua y yo la tierra.
—¿Y eso qué puede significar?
—Que la lluvia regará la tierra y hará crecer las plantas. Que nos necesitamos.
—¿Entonces no lo hemos soñado?
—Creo que no.
—¿Y ha sido como una boda?
—Claro.
—¡Vaya!
Volvieron a Ibañeta todavía impresionados y la comitiva se puso en marcha continuando el viaje, también ellos, hacia el sur. Ahora la carreta rodaba ligera cuesta abajo y en pocas horas llegaron al Valle de Aezkoa. En Auritz se desviaron del Camino de Santiago para coger la calzada hasta Garralda y al atardecer atravesaron el pueblo sin llamar la atención, todos metidos en el carro bajo los toldos y las monturas atadas detrás. Tomaron el empinado camino que descendía hasta el río en dirección a Aribe y cuando llegaron a la zona donde los lobos habían atacado a Miguel cinco años atrás, Pericón se bajó del caballo. A pesar de que no había nieve y de que los arbustos de las cunetas habían crecido mucho no le costó localizar el punto exacto. Allí es donde pensaba colocar la estela conmemorativa. Notó una sensación extraña y a pesar de que la niebla lo envolvía todo le pareció que se movían las ramas. Miró a todos los lados y pensó en los lobos con un escalofrío, pero no dijo nada y volvió al caballo. Siguieron adelante y poco tiempo después entraron en el patio de carruajes de la casona de los Galarza en Aribe, y las grandes puertas del portalón se cerraron tras ellos.
Los días siguientes estuvieron plagados de emociones, ceremonias y aglomeraciones en torno a Pericón, totalmente excesivas para su espíritu solitario e introvertido, acostumbrado a la soledad del bosque y a la paz de los espacios abiertos. Acababa agotado por las noches; no así Elisabete, que se movía encantada entre la gente del pueblo, hablaba con todos con su alegría y desparpajo de mesonera, excepto con las dos hijas del alcalde de Aribe, Ximena y María, dos jovencitas que la miraban con odio, en parte por tradición familiar y en parte por la indiferencia con que las trataba Pericón del que estaban enamoradas. De ellas habían partido las habladurías de que Pericón participaba en los aquelarres y se apareaba con las ovejas.
El recibimiento al cazador fue apoteósico. Los paisanos se agolpaban a su paso, todos querían oír sus hazañas y lo acompañaron a todos los lugares donde acudió. Lo siguieron al molino de la familia de Miguel y aplaudieron cuando entregó a la madre la piel del lobo; visitó la tumba de su amigo y todos rezaron cuando el cura recitó un responso. Luego acudieron al Ayuntamiento donde se descubrió el relieve con la silueta del lobo y el alcalde de Garralda pronunció un breve discurso en recuerdo del hijo del molinero y Pericón fue vitoreado y aplaudido. En el Ayuntamiento de Aribe se celebró una comida en su honor, en ausencia del alcalde que al parecer se encontraba indispuesto, y se descubrió también la otra placa, esta vez sin discurso. La alegría reinaba en los dos pueblos.
Más tarde, Pericón con sus hermanos y los hermanos de Miguel subieron a la carreta que llevaba la piedra y se dirigieron todos (la gente andando detrás) camino del bosque a colocar la estela en su sitio. Los vecinos se reunieron en círculo alrededor del punto señalado por Pericón y contemplaron la maniobra en respetuoso silencio.
La enorme piedra, de más de diez arrobas, estaba diseñada para quedar enterrada en sus dos terceras partes, dejando asomar solamente la cabeza circular y una parte del cuello. Los jóvenes que llevaron palas y azadas hicieron un hoyo de casi dos brazas de profundidad. Lo hicieron rápido porque la tierra estaba blanda por las lluvias caídas y según iban cavando se fue formando en el fondo un pequeño charco de agua de color rojizo debido a las filtraciones de algún manantial de hierro cercano. En el momento en que los hermanos dejaban deslizar la estela del carro y la embocaban en el agujero, un vecino que se acercó al hoyo para ayudar dio la voz de alarma: ¡Hay sangre!, gritó horrorizado. Del susto los jóvenes soltaron la mole de piedra que cayó dentro del agujero salpicando sus camisas y su rostro con chorretones de líquido rojo. ¡Es sangre!, repitió el vecino, con la cara “ensangrentada” dirigida al gentío. Un grito de espanto brotó de la garganta de los paisanos, que huyeron despavoridos en todas direcciones. Llegaron a Aribe, llegaron a Garralda y la alarma y el miedo se extendieron por todo el vecindario. Corrieron los alguaciles hasta el lugar con sus arcabuces, corrió el cura con la cruz al hombro y el monaguillo detrás con el hisopo, y el último, ¡cómo no!, llegó el alcalde de Aribe, sofocado, con el bastón de mando en la mano y el chivato Mingorra detrás, que lo acompañaba siempre que había un problema. Los guardias revisaron los alrededores y se fueron rápidamente sin decir palabra; el cura bendijo la piedra y se marchó santiguándose y murmurando un Ave María con cara de espanto; y el alcalde miró y dijo: “Ándate con cuidado Pericón, que los inquisidores están buscando brujos por Sara y Zugarramurdi y no tardarán en caer por aquí.” Y se fue, llevando a rastras a sus dos hijas, que se habían apuntado al espectáculo por su cuenta y permanecían junto al hoyo sin inmutarse.
Si no hubiese sido por las circunstancias tan emotivas para los jóvenes de las dos familias que allí se quedaron, se habrían muerto de risa ante la reacción de la gente. Terminaron de colocar la estela en posición correcta mirando hacia el camino y rellenaron el agujero apisonando fuertemente la tierra alrededor de la piedra. Saludaron a aquel monolito, clavado allí para el recuerdo, se abrazaron unos a otros y se fueron en la carreta.
Se había hecho de noche y en todos los hogares de Aribe y Garralda, las conversaciones junto al fuego se alargaron hasta altas horas de la madrugada. Los rumores de pactos con el diablo, hechicerías y milagros se fueron extendiendo como un fuego voraz en la imaginación del pueblo. Se decía que la sangre que había aparecido en el hoyo era la del joven Miguel, que nunca se secaría. También contaban que los del molino de Garralda habían quemado la piel de Satán en una ceremonia en la que rezaron el Padre Nuestro, con una cruz y dos candelabros delante del fuego y que habían tirado las cenizas al estercolero de las vacas. Al día siguiente la rueda del molino se había parado sin ninguna explicación.
Elisabete, ajena a todo este revuelo, se dedicaba a preparar los detalles de la boda con su madre y su futura suegra. Se pensaban quedar más días porque había empeorado el tiempo en la montaña y los aprovecharon para ir preparando el ajuar de la novia y adaptando una de las habitaciones de la casa a las necesidades de la pareja después de casados. El alcalde, cumpliendo su indeseada promesa, recordada por las miradas de los alguaciles cada vez que se cruzaba con ellos, había arreglado los papeles para la devolución de los terrenos a los Galarza y la casa nueva se iba a construir en ellos pero no estaría terminada hasta el año siguiente. Todas aquellas habladurías le llegaban a Elisabete con cuentagotas, lo poco que le contaba Pericón, y no les daba la menor importancia, pero algunos acontecimientos que empezaron a ocurrir pusieron a ambos jóvenes en estado de alerta y a los vecinos cada vez más atemorizados.
Ocurrió que un arriero que volvía con dos mulas de Aribe a Garralda después de asistir a una feria de ganado, al pasar delante de las estela discoidal de Miguel, había contemplado aterrorizado que estaba cubierta de sangre de arriba abajo. Corrió donde el alguacil, se lo contaron al alcalde, fueron los tres a comprobarlo, inspeccionaron los alrededores, la limpiaron bien y quisieron mantenerlo en secreto, pero en seguida se corrió la noticia por el pueblo, y cuando al día siguiente volvieron a aparecer las manchas, cundió el pánico y las habladurías empezaron a saltarse los límites vecinales y llegaron hasta poblaciones cada vez más grandes y alejadas. Al cuarto día en que las manchas que se limpiaban volvían a aparecer a la mañana siguiente, llegaron al pueblo un presbítero exorcista del obispado de Calahorra y un inquisidor de Zaragoza. Inspeccionaron el lugar e interrogaron a medio pueblo, entre ellos a Pericón y a los hijos del molinero, pero no pudieron encontrar nada que probase la intervención del Demonio, porque cuando ellos llegaron la estela estaba limpia.
Con grandes aspavientos y con algunos vecinos mirando desde lejos, el exorcista llevó a cabo los rezos y demás prácticas acostumbradas por la Iglesia para la expulsión de los demonios y tras regar bien la piedra y los alrededores con agua bendita regresó a al pueblo con su ropaje sacerdotal; abrían la marcha el inquisidor, el cura del lugar y un acólito con la cruz procesional, y los seguían los vecinos. El inquisidor redactó un informe en el que se destacaba el hecho de que el monumento funerario no llevase grabado ningún símbolo cristiano y se ordenaba el grabado de una cruz bien visible en el pié de la estela. Aquellos signos le parecían hebreos, posiblemente con enseñanzas secretas de la Cábala, y tomó nota del cantero de Mendibe y del propio Pericón para incluirlos en su lista de sospechosos de herejía.
Dos día más tarde volvieron a aparecer las manchas, esta vez de color negro, como de humo y hollín. El proceso anterior volvió a repetirse. Aparecían las manchas, las limpiaban y al día siguiente volvían a aparecer. Si antes se decía que eran de la sangre de Miguel, ahora aseguraban que eran los rastros del Demonio. Se quiso montar una guardia que vigilara continuamente la estela, pero los ruidos que se oyeron la primera noche en el bosque, como rasponazos, siseos y voces agudas de brujas, atemorizaron de tal manera a los guardianes que se negaron a volver, y a partir de entonces nadie del pueblo se atrevía a pasar por allí, y menos a quedarse por la noche. Se desvió el camino más de cincuenta pasos hacia un lado y se llegó a hablar de romper la estela en pedazos y tirarla por el barranco. Pericón y los hijos del molinero se opusieron firmemente e incluso Don Ramón, el alcalde de Aribe, rechazó la idea; este por motivos más retorcidos, pues pensaba que mientras la piedra poseída por el diablo estuviese allí, Pericón permanecería bajo sospecha de brujería. No estaban lejos en la memoria del pueblo los procesos de hechicería de Pierre de Lancre en Lapurdi y el de las brujas de Zugarramurdi en Logroño, cuando la Inquisición había quemado en la hoguera a unas cuantas mujeres acusadas de brujería.
A Pericón, por tanto, le tenían amargado todas estas historias de apariciones y magia negra que no hacían sino aumentar sus dudas sobre la influencia de los espíritus malignos en el comportamiento humano y el de los animales, metidas en su mente tras la muerte del lobo. Historias que de la noche a la mañana habían transformado su imagen de héroe del pueblo a un personaje al que se miraba con miedo. Estaba convencido de que no había magia ni hechicería en aquel asunto de las manchas y estaba dispuesto a desentrañar el misterio. Con la disculpa de que quería cazar algún ciervo o jabalí para las fiestas de Navidad, se lanzó una mañana al bosque con su ropa de cazador, su ballesta, una manta y el macuto con comida. Dijo a la gente que iba de cacería (Elisabete ya sabía su propósito), y se dirigió a la vista de todos hacia Orbaizeta y la selva de Irati. Una vez lejos del pueblo giró a la izquierda y regresó pausadamente hacia el lugar de la estela donde se apostó sigilosamente a unos cinco pasos entre los arbustos. Antes comprobó que la piedra estaba limpia. Pensaba vigilar día y noche hasta que apareciese el falso demonio. Había pensado en Mingorra, que podía actuar por encargo del alcalde (le iba perfectamente ese papel), y estaba deseando que fuese él, para dejar a ambos en evidencia delante del pueblo.
Pasó el día sin que viese nada sospechoso. Hacía frío. Un zorro con el rabo entre las patas cruzó cerca de él olfateando el aire, sin inmutarse con su presencia, y unos grajos levantaron el vuelo cuando el zorro pasó por debajo del árbol donde estaban apostados. Llegó la noche. El cielo tenía nubes y claros y una luna menguante como de escudo moro iluminaba a ratos la oscuridad y hacía destacar el camino, los árboles y la estela sobre las sombras siniestras del bosque. Se oyeron ruidos durante la noche que Pericón identificaba sin dudar: alguna comadreja, otra vez el zorro y algún búho o lechuza buscando ratones. La vida nocturna que tan bien conocía. También le llegaron unos aullidos muy lejanos de las zonas altas del barranco que él recorrió no hacía mucho tiempo. Los lobos seguían teniendo allí sus guaridas y se acordó de la loba y sus lobeznos. Ahora serían ya unos animales grandes como su padre…
Nada extraño ocurrió durante la noche. Desde luego, el que estuviese llevando a cabo la broma macabra que tenía en vilo a toda la comarca tenía que ser, según pensaba Pericón, o muy valiente o un loco para atreverse a andar en la oscuridad en aquel paraje y arriesgarse a que lo descubrieran. Al amanecer fue a mirar la estela y comprobó que estaba igual de limpia y sin rastros de pisadas alrededor. Estaba seguro de que el autor de las manchas actuaba al atardecer, cuando tenía la seguridad de que nadie osaría meterse en el bosque y teniendo la suficiente luz para no trabajar en la oscuridad.
En vista de eso dedicó todo el día a buscar algo de caza, para lo cual se dirigió de nuevo a la selva de Irati, siguiendo el curso del río. Aunque las hayas habían perdido ya sus hojas con las últimas nieves, desde el suelo embellecían el paisaje junto con los abetos y la mayoría de los robles que seguían manteniendo su ropa de otoño. Las aguas del Irati bajaban desbordadas y ruidosas, y algunas urracas y arrendajos que cruzaban los claros, graznaban con gran ruido al pasar. Al mediodía encontró las huellas de una familia de jabalíes junto al río, los siguió hasta dar con ellos y no le costó mucho abatir de un flechazo al último de la fila, el más gordo de aquellos jabatos ya crecidos. Pesaría unas dos arrobas. Cargó con él al hombro e inició la vuelta. De regreso vio a lo lejos un oso pardo que seguramente estaba localizando una buena madriguera para pasar el invierno. Dio un gran rodeo para evitarlo, pero tomó nota del lugar para futuras excursiones.
Llegó al camino de Garralda todavía de día y lo primero que hizo fue mirar la estela. Seguía tan limpia como las piedras del camino, relucientes con la lluvia que empezaba a caer. Volvió a su punto de observación y se dedicó a esperar. Se le ocurrió de pronto una idea: colocaría el jabalí detrás de la estela sostenido por unas ramas como si estuviese vivo; incluso podría imitar perfectamente su gruñido. El farsante de las manchas se quedaría paralizado al verlo cuando se acercase a la piedra y él lo cogería fácilmente por la espalda. Con aquellas manazas y su fuerza no le hacían falta aquellas trampas, pero Pericón era un cazador consumado y no dudaba en ponerlas en práctica para asegurarse. Siguió a la espera vigilante y en tensión. Los primeros ruidos no le llegaban del camino como esperaba sino de la espesura a su izquierda. No eran sonidos sigilosos de un animal del bosque ni los de un furtivo pintor de estelas. Eran como el ruido de una gallina intentando volar a través de unos helechos, torpes y ruidosos. Quien se acercaba no sabía andar por el bosque. La luna, penetrando a duras penas entre los árboles, no le dejó ver más que unas sombras agachadas que se acercaban. Eran dos y estaban encapuchados. Desaparecían y volvían a aparecer. Parecían enanos, lo que le produjo un ligero escalofrío por las historias que se contaban. Luego salieron al camino y se aproximaron a la estela. Ahora los veía mejor: eran menudos como el espía Mingorra. Pericón se preparó para saltar y permaneció observando. El primero de ellos llevaba un frasco con un líquido rojo en la mano (“la sangre”, se dijo el cazador), y cuando se colocó junto a la estela dispuesto a quitar la tapa y verter el líquido, se fijó en el jabalí que lo miraba fieramente gruñendo a dos palmos de distancia. Se le cayó el frasco al suelo y soltó un chillido tal que todas las aves a punto de dormirse en los árboles cercanos salieron disparadas. El compinche también empezó a gritar como un poseso, ambos clavados en el sitio. Pericón se puso de dos saltos juntos a ellos, barbudo y gigantesco como un basajaun, lo que provocó más chillidos histéricos, y agarrándolos del cuello los tiró contra el suelo y les puso las manos y las rodillas encima. Ya antes de caer se dio cuenta, por su peso y fragilidad, de que aquellas personas no eran hombres hechos y derechos. Les quitó el capuchón y se quedó estupefacto: eran dos niñas, ¡las hijas del alcalde!

07 –

En el portalón de la casa del alcalde no se podían creer lo que estaban viendo: las dos hijas encapotadas y llorosas y el hombretón de los Galarza con un jabalí al hombro y mostrando en la otra mano lo que parecía ser un frasco lleno de sangre. Un cuadro como para desmayarse, cosa que hizo la madre de las criaturas sin esperar a ver más. La cara ya de suyo rubicunda de Don Ramón se empezó a poner morada cuando Pericón se le acercó amenazador.
—Aquí tienes a tus dos aprendices de demonio. Pregúntales qué hacían a las tardes en el camino de Garralda. No voy a denunciarlas porque son menores de edad, pero no quiero volver a verlas por el pueblo. Tú sabrás lo que haces con ellas.
Esto lo dijo Pericón con voz de trueno delante de las barbas del alcalde, tirando el frasco al suelo y dando un portazo al salir. La sangre fue escapando entre los cristales rotos y extendiéndose por el suelo de zaguán, mientras al jefe de la Alcaldía se le fue tornando a verde el rostro congestionado por la ira. En aquel momento estuvo a punto de emprenderla a palos con las hijas, dejar a la esposa tirada en el suelo y marcharse de casa para no volver, pero finalmente optó por serenarse un poco, ordenar a Mingorra que encerrase a las jóvenes en la cuadra, ayudar a su mujer a levantarse del suelo y sentarse junto al fuego con una botella de vino, maldiciendo a media voz: “¡Toda mi vida al garete!..., mi fama, mis negocios, mi poder… todo a la mierda por culpa de este par de idiotas y el maldito de Pericón. Ya solo falta que me venga la Inquisición a pedir cuentas…”.
Algunos vecinos que habían visto llegar a Pericón, le preguntaron qué les pasaba a las hijas del alcalde y el les contestó que las había encontrado perdidas en el bosque cuando volvía de cazar, sin entrar en más detalles. Pero la gente ataba cabos y cuando, unos días más tarde, las manchas dejaron de aparecer y se supo que las hijas del alcalde habían ingresado en un convento de monjas de clausura de Sangüesa, concluyeron rápidamente que aquellas dos niñas mal criadas y presumidas eran las responsables de la historia de diablos y apariciones que les había mantenido con el alma en vilo. Dieron por terminada la pesadilla de la sangre en la piedra funeraria y se fueron olvidando del lobo endemoniado, devolviendo a Pericón la buena fama que siempre había tenido. De todas formas, aquellos hechos, convenientemente adornados, pasaron a ser una de las historias preferidas que contaban los mayores junto al fuego en las largas noches de invierno, manteniendo la vieja costumbre de narrar cuentos de terror a los niños. El antiguo camino de Aribe a Garralda, donde permanecía inamovible la estela de Miguel, siguió siendo un reto para los valientes que se atrevían a recorrerlo de noche.
Cuando aquel anochecer llegó Pericón a casa y contó lo sucedido, se quedaron boquiabiertos.
—¡Dios bendito! —exclamó la madre de Pericón, santiguándose dos veces—, seguro que su padre o ese demonio de Mingorra que vive en su casa, les obligó a hacerlo.
—Es lo último que me podía imaginar —dijo Elisabete—. ¿Cómo se les puede ocurrir esa fechoría a dos niñas de trece y quince años? Y no solo pensarlo sino también hacerlo. ¡Hay que ser atrevidas!
—A mi no me extraña —contesto Pericón—. Esas mocosas no han trabajado en su vida y se pasan las horas inventando maldades, que es lo que han aprendido de su padre; y como la mayor debe estar enamorada de mí y yo no la he mirado siquiera, se le ocurrió lo de las manchas de sangre por puro rencor.
—En buena hora les has descubierto —dijo el padre—, porque en el pueblo nos estaban empezando a mirar con miedo.
Pasado aquel terremoto que conmovió a las dos poblaciones del valle, la vida de los vecinos volvió a la normalidad y la actividad se centró en la preparación de las fiestas navideñas. Y se celebró por todo lo alto, porque una cosa era contar sucesos terroríficos junto al fuego y otro tenerlos cerca de casa.
En los pueblos de Aezkoa se conmemoraba con gran solemnidad y bullicio el solsticio de invierno y se hacían solemnes y ruidosos pasacalles con la figura de trapo del Onentzaro, un gigante medio salvaje que, según la leyenda, bajaba de la montaña en esas fechas a comer y beber, y que luego era quemado representando al tiempo viejo que se iba. Celebraban así con gran jolgorio la llegada del tiempo nuevo y el renacimiento de la Naturaleza. El invierno era largo y duro en aquellos lugares de la montaña, los más fríos de Navarra, y el pueblo celebraba con alegría que las noches empezasen a ser más cortas, aunque muchas veces quedasen aislados por las nevadas. Por lo tanto, comía, bebía y cantaba esa noche hasta hartarse. Luego venía la Nochebuena y una semana más tarde la Nochevieja... Eran días señalados en el calendario de por sí monótono y difícil de la vida campesina.
Los padres de Elisabete habían decidido quedarse en Aribe, invitados por los Galarza. Las nieves habían blanqueado ya las cumbres y tampoco se podría pasar por el alto, ni siquiera a caballo, por lo que las dos familias se dispusieron a disfrutar juntos de las fiestas. Tenían buenos motivos para hacerlo porque, además de la retirada de Lucifer a sus calderas y de la llegada del Onentzaro, con todo su simbolismo, aunque Pericón aseguraba que no lo había visto nunca, tenían cosas importantes que celebrar: la vuelta del hijo, su futura boda con Elisabete y la devolución de los terrenos por parte del alcalde. Era para estar más contentos que nadie.
Fueron unos días de alegría como hacía tiempo no se disfrutaba en el Valle. La excitación y el miedo de los últimos acontecimientos dieron paso a una explosión de expresiones de afecto y de júbilo infrecuentes en aquellas gentes normalmente cerradas e introvertidas. Intercambio de regalos, abrazos, invitaciones, cantos y borracheras llenaron las calles de Aribe y Garralda. Pericón y toda la familia estuvieron paseando, mezclados con la gente; los vecinos lo saludaban y le daban la enhorabuena, olvidándose de los sustos pasados. Del brazo de su novia, parecía el nuevo alcalde. Podía serlo, sin duda, porque ya se decía que a Don Ramón había que sustituirlo, y lo más probable era que él mismo hubiera renunciado, pues la Alcaldía estuvo cerrada a cal y canto aprovechando las fiestas y no se volvió a ver a nadie de su familia. Hasta Mingorra parecía feliz, como si se hubiese librado de un gran peso, y, realmente, solo él sabía lo que significaba de verdad la desaparición de aquel personaje que lo había maltratado y atemorizado desde pequeño. No sabía quiénes habían sido sus padres y únicamente le habían dicho que se llamaba Daniel y era huérfano cuando Ramón Esparza lo recogió del hospicio de Sangüesa. A base de golpes de pequeño y humillaciones de mayor, obligándole a trabajar de recadero y chivato, el alcalde había hecho de él un joven retraído y acobardado. Solo el servir como monaguillo en la iglesia —también obligado— le había dado la oportunidad de instruirse bajo la protección del párroco, con quien aprendió a leer y escribir correctamente, incluso latín, y a formarse con los libros que llegaban a la Sacristía y que el cura le iba dejando. Sí, realmente estaba feliz. Únicamente echaría en falta a las dos hijas, a cual más bellas, especialmente a Ximena la mayor, a pesar del desprecio con que lo había tratado, siempre riéndose de él. La había visto crecer desde la infancia y el tenerla tan próxima y tan atractiva bajo el mismo techo le había quitado el sueño más de una noche en que siguiendo su tendencia al espionaje y otros instintos más inconfesables acostumbraba a observarla desde algún rincón cuando se vestía. Si cerraban la casona, como parecía, tendría que buscarse cobijo en alguna casita más humilde del pueblo pero eso no le importaba en absoluto.
Pasó la Navidad y el pueblo volvió a su rutina. Los contrabandistas, siempre atentos y sabios previsores del tiempo, anunciaron un período corto de viento sur y sin nieve en los caminos y se arreglaron con el padre de Elisabete para llevar un buen cargamento a Esterenzubi, aprovechando el viaje de vuelta de la carreta que habían traído los Ithurburu con la famosa piedra. Otra vez los posaderos se acomodaron a bordo entre la mercancía compuesta por barricas de aceite, vino y sal y todo el ajuar preparado por la hija. No podían regresar a casa con más satisfacción. El amo de Otsobenta se frotaba las manos y pellizcaba a su mujer en las nalgas de lo contento que estaba. Pericón los acompañó hasta la posada cabalgando junto a Elisabete y les ayudó a descargar. Los padres de Elisabete tenían que pensar en buscarle una sustituta y organizar el negocio para la próxima primavera en que los peregrinos comenzarían a recorrer de nuevo la ruta jacobea. Pericón llevó la carreta a Mendibe para devolverla al cantero y se quedó unos días en la posada. Cuando le llegó la hora de volver a Aribe, la pareja de jóvenes se despidió en la puerta de la posada, con cara triste por la separación de varios meses, pero con el corazón alegre por el año nuevo, que para ellos significaba una nueva y larga aventura.
En el camino de vuelta, subiendo entre la nieve por el camino que accede directo hasta el collado de Ongarbide, Pericón iba pensando en el futuro. Los cinco años en la montaña se le habían pasado volando y a pesar de tantas horas de soledad o en las bordas con los pastores, nunca se había dedicado a imaginar su porvenir; cuando estaba solo, porque únicamente le preocupaba un tema (no hacía falta recordarlo) y si estaba con los pastores porque no paraban de hablar de las ovejas, de sus partos y preñeces, de los quesos y del tiempo: el que venía del cielo y el que faltaba para bajar los rebaños al valle.
Era leñador y había empezado el oficio de carpintero, pero nunca pasó de usar el hacha, la sierra y el cepillo. Si hubiese seguido, ahora estaría tallando dibujos artísticos de temas solares, como los que hacían en Donibane Garazi para los armarios y las kutxas. Pero eso ya no lo atraía. El tiempo transcurrido en las montañas había dejado su huella y no concebía su vida lejos de aquel entorno. Amaba los bosques y ríos de su tierra y cuando subía a los altos picos sentía que era libre y dueño de su vida. Podía seguir de leñador pero no ganaría cuatro reales y la nueva familia iba a necesitar algo más…
El tiempo que había empleado en cazar a Satán le había enseñado muchas cosas. En un principio solo le había preocupado buscar a la fiera y cumplir su venganza, pero con el tiempo el alma del bosque se fue metiendo más y más en su piel y la llamada de la Naturaleza salvaje se convirtió en parte integrante de su vida. Aprendió a conocer la montaña, el bosque y sus habitantes.
—Seré cazador —dijo en voz alta—. Es lo que mejor sé hacer y lo que más me gusta. Soy parte del bosque y de la montaña, no me asustan el viento ni la nieve, me conocen por toda Navarra, me llamarán de un sitio y de otro para proteger el ganado y limpiarles los montes de alimañas, me pagarán bien y si hay que cazar lobos ¿quién podría hacerlo mejor que yo? Lobos... Se le cruzó por la mente una sombra teñida de recuerdo: “Aquel sí que tenía claro el futuro” —se refería a Miguel, sin duda—, “escribía mejor que nadie en el pueblo y le solía pedir al cura que le trajese libros de Leire y de Sangüesa; decía que iba ser escribano o poeta. ¡Malditos lobos!”
—¡Seré cazador de alimañas! —volvió a repetir, esta vez más fuerte.
Y lanzando un aullido retador, como si lo oyesen todos los lobos del bosque, arreó el caballo cuesta arriba con la melena al viento y el gesto desafiante. Hasta ahora había sido Pericón el vengador de la muerte de su amigo. Había nacido Pericón el Alimañero.

08 -

La boda de Elisabete y Pericón se celebró finalmente en la iglesia de Santa María la Real de Sangüesa por decisión de las respectivas madres; y no porque estuviese más cerca de Esterenzubi y de Aribe que Roncesvalles, que se encontraba en medio de los dos pueblos, sino porque de la frontera hacia el sur todo el mundo había oído hablar de Pericón, los caminos eran más fáciles para los coches de caballos y, sobre todo, porque en Sangüesa, que era cabeza de una de las cinco Merindades de Navarra, abundaba la nobleza, y las buenas señoras querían lucir a los novios y demostrar que ellos también eran hidalgos con blasones en las fachadas de sus casas, aunque el de unos era un jabalí debajo de un árbol y el de los otros la cabeza de un lobo mal tallada. Otra de las razones no confesada era que, como decía la dueña de la posada, así no tendrían que aguantar la presencia de tanto peregrino sudoroso y mal vestido como en Roncesvalles.
Los ricos de Sangüesa tenía mucho que agradecer a los habitantes de aquellos pequeños pueblos del Pirineo, porque de allí venían suministros tan importantes como la piedra y la madera para las construcciones, la carne de cordero y de caza, el carbón, la cal y el hielo, y, sobre todo, las preciadas mercancías que les llegaban de Francia a través del contrabando. Había, por tanto, estrechas relaciones entre las buenas familias de ambas comarcas. Si a esto se añade que la fama de Pericón llegaba hasta el río Ebro se podrá entender que la iglesia románica de Santa María estuviera a rebosar y que Graziane y Felisa, las madres de Elisabete y Pericón, y no digamos nada la novia, rozasen la gloria, también ellas vestidas con los ropajes de moda y los tocados como cuernos de la abundancia de la buena sociedad. A Pericón no hubo quién le pusiera aquel cuello de lechuguilla que usaban entonces los caballeros, pero no le hacía falta porque, de todas formas, parecía el rey Sancho el Fuerte a falta de la corona. Elisabete no estaba en absoluto celosa por las damas que lo rodeaban con admiración. Ella no era famosa ni siquiera conocida más allá de Esterenzubi y puede que no se sintiese la más bella, pero también es posible que no le importase lo más mínimo.
Únicamente se veían en la iglesia dos figuras que desentonaban en aquel ambiente ceremonioso y festivo: dos monjitas del convento de clausura, arrodilladas en la última fila. Las novicias —de nombres Ximena y María—iban vestidas con hábitos negros y velos que les cubrían el rostro y si estaban allí era porque gozaban de un permiso especial para asistir a la boda gracias a las influencias de su padre, el antiguo alcalde de Aribe, ahora devenido en asistente del Corregidor de Sangüesa. No habían escarmentado las dos aprendices —antes de brujas y ahora de monjas— con su encierro, ni aprendido nada en el virtuoso recinto del convento, sobre todo la mayor, Ximena, que no cejaba en su empeño de planear alguna venganza contra Pericón o mejor aún contra Elisabete (María, la pequeña, hacía lo que le decía su hermana y siempre permanecía en silencio. Nadie podía adivinar lo que cavilaba por dentro). No perdieron ni un detalle de la magnífica ceremonia, se escurrieron entre la multitud hasta llegar cerca del altar y para lo único que le sirvió a Ximena contemplar de cerca la belleza de la novia fue para crear más bilis en el estómago y más inquina en su corazón.
Las cumbres blancas del Pirineo lucían espléndidas bajo el sol primaveral cuando toda la comitiva de los pueblos de la montaña regresó a sus hogares. Ahora tocaba trabajar. Había nieve en los montes, pero ya estaba próximo el tiempo en que los rebaños subirían a los pastos de altura. Pericón y Elisabete se instalaron en la casona de los Galarza y empezaron con los planes para la nueva casa en el terreno recuperado al alcalde. La familia tenía una carpintería de las más solicitadas del valle y los hermanos de Pericón —uno mayor y dos menores que él— trabajaban en ella con el padre, y volvieron al trabajo ya que a ellos correspondía la parte más importante de la nueva construcción.
Los padres de la recién casada volvieron a su flamante posada de Otsobenta con la intención de ampliarla y colocar la cabeza del lobo en el centro de un escudo de piedra como Dios manda. Tenían que contratar alguna criada más y el jefe de los Ithurburu ya tenía echado el ojo a una mesonera de Donibane Garazi de largas trenzas y corpiño a reventar, sin hacer de menos por ello a su hija, que también había atraído a sus admiradores a celebrar sus juergas en la venta en sus años mozos.
El único que no tenía trabajo era Mingorra, ahora que se había quedado sin patrón. Por muchas vueltas que le daba, solo se le ocurría ser contrabandista; pero hacerlo a pie atravesando las montañas (¿con cuánta mercancía podría acarrear él?... necesitaría comprar un burro) se le hacía mucho más cuesta arriba que el alto de Ibañeta. A Pericón le daba cierta lástima este hombre desgraciado. Era joven como él y no carecía de atractivo. La vida lo había arrastrado al lugar donde ahora estaba porque era huérfano. El alcalde lo recogió del hospicio y luego se lo apropió como criado. De ahí le venía su papel de espía, en el que lo manejaba a su antojo. A él le habría gustado dedicarse a las letras, escribano por ejemplo, pero carecía de medios y de libertad para pagarse unos estudios.
Mingorra siempre había sido un muchacho algo débil y triste, que hacía vida aparte de los demás jóvenes del pueblo; la malicia que le atribuían seguramente habría que agradecérsela a los encargos y enseñanzas de Ramón Esparza, el amo rico que acabó mandando en el pueblo. Era un joven instruido y más de una vez se le había visto con un libro bajo el brazo saliendo de la sacristía. ¡Quién sabe lo que la apariencia de canalla de Mingorra escondía en su interior! Por eso, cuando le vino un día a casa a pedir trabajo en la construcción de su nuevo hogar, Pericón, después de pensarlo un rato, lo admitió de jornalero.
Elisabete de poco lo mata al enterarse del arreglo entre el antiguo confidente y Pericón. Fue la primera discusión entre ellos.
—¿Cómo se te ocurre meter a un chivato del alcalde en tu propia casa? ¿Dónde tienes la cabeza?
—Ya no hay chivato porque ya no hay alcalde —contestó Pericón sentencioso—, y lo que vea ese hombre trabajando lo va a poder ver igualmente sin trabajar, poniéndose a mirar desde la cerca. Además hay que dar a las personas una oportunidad en la vida. Y por si fuera poco, así lo tendremos controlado trabajando con nosotros. ¿Vale?
Accedió a regañadientes la nueva señora (ya tenía Pericón dos jefas en casa), pero siguió diciendo:
—Cuando se termine la obra no quiero verlo por aquí ni un segundo más.
¿Aprovechó Mingorra la oportunidad? Se diría que sí, haciendo caso a los mirones del pueblo que contemplaban los trabajos de la nueva casa. Provisto de una pala, una azada y una carretilla, el antiguo espía no paraba quieto cavando y acarreando tierra de un lado para otro. Parecía contento y hasta se le veía mejor color en la cara. Al que se acercaba a él, cosa que antes nadie se atrevía, le contaba episodios de su desgraciada existencia, desde que sus padres murieron en un alud al pasar contrabando por la montaña, eso le habían dicho, hasta caer bajo las garras de Ramón Esparza. De pequeño le pegaba y de mayor lo explotaba. Eso no lo sabía nadie. Él no era un chivato, el alcalde lo amenazaba constantemente si no le llevaba información. Después de que el mandamás desapareciera del pueblo y viéndole trabajar con tanto interés, la gente empezó a considerar que no era tan mala persona como parecía. Así era el pueblo: en el plazo de unas semanas el alcalde Esparza había pasado, de ser un “Don Ramón” importante y respetado, a ser un personaje vengativo y sinvergüenza; sus hijas, que por los últimos acontecimientos parecían de la piel del demonio, eran ahora dos piadosas monjitas del convento de Sangüesa; Pericón había vuelto a ser el héroe de siempre después de haberse convertido en un personaje embrujado; y Mingorra, el chivato a la fuerza, era ahora un honrado y feliz jornalero.
En cambio, la siempre alegre Elisabete no estaba últimamente de buen humor. Había transcurrido más de un mes desde la boda y lo cierto es que no sabía a qué dedicarse, aparte de ayudar a su suegra a lavar la ropa y limpiar la casa. Tenía que buscarse un trabajo como fuese. El ajetreo de la posada le mantenía despierta y en forma; en cambio aquí se sentía cada vez más inútil y aburrida. Tenía su papel en la sólida pareja que formaba con Pericón y se consideraba lo suficientemente fuerte para aguantar todo lo que viniese, fuesen hijos, soledad o infidelidades. A veces sí que llegaba a echar en falta el ambiente alegre y animado de la posada, pero ya se acostumbraría. Pericón llevaba varios días dedicado a poner a punto su equipo de caza. Pronto empezaría sus excursiones cada vez más lejos y sus ausencias serían cada vez más largas. Algo tenía que hacer y lo primero que se le ocurrió, después de considerar los oficios de curandera, sacristana o partera, todos a cual más horribles, fue ser tejedora. No lo pensó dos veces. En todas las casas había una rueca y los utensilios necesarios para hilar; la lana la tenían gratis en el pueblo y el telar lo compraría en Sangüesa. ¿Se preguntaba por qué no se le habría ocurrido antes?
Como si abriera la compuerta de un molino, una vez puesta en marcha la idea, la rueda no paró de moler proyectos para el futuro. Al principio haría mantas para los caballos con el fin de ir cogiendo oficio; la primera sería para su pottoka y las dos siguientes para el equipo de caza de Pericón. Serían mantas fuertes y de color crudo, sin teñir, porque eso era lo más difícil. Luego llenaría la casa de mantas y alfombras de colores y las enseñaría a las vecinas ofreciéndolas a mitad de precio que las de Sangüesa. Las más elegantes las mandaría a su padre para venderlas en la posada. Más adelante haría tapices, como los que cuelgan en las paredes de los palacios franceses, que debían ser carísimos... Podría pasarlos de contrabando...; eso es, contrabando de tapices, era un tema que dominaba; cada vez le sonaba mejor lo del trabajo de tejedora.
Una vez decidida, se sintió más relajada y feliz. Le salía a relucir el espíritu negociante de su padre, lo cual, a pesar de las críticas que siempre le había hecho de comerciante sin escrúpulos, le hacía sentirse orgullosa y satisfecha de sí misma. Compró un telar de segunda mano en Aoitz y momtó su taller en la primera planta de la casona de los Galarza. Ya se imaginaba cómo sería el que instalaría en su propio hogar. Comentó sus nuevos planes con Pericón, que se quedó encantado y admirado de las dotes emprendedoras de su mujer. En esto eran el más puro contraste. A él le gustaba ser metódico y planificar las cosas a corto plazo, por ejemplo sus cacerías, pero respecto al futuro a menudo andaba por las nubes o perdido en los vericuetos complicados de su mente.
A primeros de mayo los pastores reunían los rebaños de ovejas de todo el valle y se dirigían a los artaldebideak (caminos de rebaños, ya definidos por cientos de años de uso) en dirección a los prados de Mendilatz y Ortzanzurieta, donde tenían las bordas y majadas. Era el momento en que los servicios del alimañero entraban en acción. Las ovejas estaban gordas y torpes por los meses sin ejercicio y por el contrario los lobos y osos estaban flacos, ágiles y hambrientos debido al ayuno del invierno. Los perros no daban abasto defendiéndolas y algunos de ellos caían también muertos o heridos.
Pericón estaba ya preparado, incluso se diría que estaba impaciente y, cuando llegó el día, se fue cañada arriba con los pastores. En su nuevo cometido no se trataba de salir a la caza de un animal determinado, como antes, sino de proteger los rebaños, y si eso significaba estar horas y horas vigilando sus movimientos y sin perder ojo de los corderos recién nacidos o de las ovejas tullidas; lo aguantaba sin aburrirse ni descuidarse. Ahora bien, si se producía un ataque repentino de una manada de lobos o de algún zorro atrevido, salía en su persecución y no cejaba hasta darles caza y acabar con ellos, aunque tuviese que pasar días y noches lejos de las bordas. Le gustaba más el nuevo trabajo que el de cazador furtivo; ahora ayudaba a los pastores, participaba en su vida, cantaba con ellos (Santxo, uno de sus amigos era improvisador de versos y guardaba una guitarra en la cabaña); como consecuencia, su carácter se fue haciendo más abierto y comunicativo.
Esto, sin duda, lo agradecía Elisabete que vio cómo sus ausencias no eran tan largas como en un principio se temía y cuando Pericón bajaba de la montaña a pasar unos días lo encontraba cada vez más atento y cariñoso. Le hizo feliz el día que le trajo en un burro de los pastores un gran bulto de lana de las ovejas recién esquiladas y una bolsa con bayas, raíces, cortezas y líquenes que se usaban para teñir las madejas y que los pastores le habían enseñado a recoger. Tenía ya Elisabete su taller de tejedora en marcha (la suegra le había enseñado a hilar y le ayudaba en la rueca) y estaba a punto de acabar la manta para su pequeño caballo.
Pericón aprovechaba estas visitas para darse una vuelta por las obras de la casa nueva y solía charlar con Mingorra. Por alguna razón le recordaba a Miguel, quizá por su aparente fragilidad comparado no solo con él sino con los demás forzudos del pueblo (la mayoría), o quizá por ese rasgo de cultura que le daban los libros y a la que ni Elisabete ni él habían tenido la oportunidad de acceder. De vez en cuando Mingorra le contaba alguna historia curiosa o divertida que había leído en un libro y Pericón decidió sacar provecho de aquella ocasión de instruirse, terminando de aprender a escribir bien y a leer con la facilidad suficiente para meterse con los libros que había en casa y los que traía el cura. Un día llegó a un arreglo con Mingorra. Subiría con él a las cabañas de los pastores y se llevaría unos cuantos libros, permaneciendo allí hasta la bajada de los rebaños.
—¿Y mi trabajo en la obra? ¿Y mi jornal? —preguntó Mingorra con los ojos brillantes de ilusión y mirándose de reojo los callos de las manos, un tanto avergonzado, como si no fuesen las suyas.
—Tendrás el mismo jornal y la obra seguirá adelante sin echar en falta tus manos delicadas. Ahora es el momento de los carpinteros. Nosotros aprovecharemos la temporada de buen tiempo. Durante el día ayudarás a cuidar de las bordas y los rediles y por las tardes leeremos juntos y me enseñarás gramática y demás, porque los días son cada vez más largos. Vivirás con los pastores hasta que llegue el otoño. A cambio te ayudaré a conocer los secretos del bosque y la montaña. En invierno, cuando bajemos al valle, yo me dedicaré a cazar alimañas que es mi obligación y tu me enseñarás a escribir. Espero que para entonces hayas aprendido a moverte por barrancos y cañadas y me puedas acompañar en alguna cacería.
Mingorra no pudo contener su alegría y no le dio un abrazo a Pericón porque no llegaba a su altura, pero se deshizo en palabras de agradecimiento y vigorosas sacudidas de la mano de su protector. Aquel “nosotros” le llenaba de orgullo.
El espíritu organizador del alimañero así como su buen corazón seguían dando sus frutos y el verano se presentaba para ellos pleno de actividades de provecho y de novedades atractivas. El siguiente viaje a la montaña ya lo hicieron juntos, con un burro prestado para Mingorra y unos cuantos libros en las alforjas. Elisabete estuvo observando su marcha desde la ventana y pensó, apoyando la mano en el bastidor del telar y frunciendo el ceño: “¿qué estará tramando ese chivato?”.

09 –

No era la primera vez que Mingorra subía a las bordas de los pastores. Más de una temporada había acompañado al rebaño de ovejas del alcalde para, con esa disculpa, espiar a los contrabandistas que cruzaban por aquellos pasos. Y entonces lo hacía medio a escondidas con la mala conciencia del chivato que denuncia a sus compañeros. Ahora, en cambio, se paseaba entre ellos, orgulloso y ufano en compañía de su nuevo patrón, el más famoso de los cazadores de la frontera. Tenía un trabajo honrado que hacer y se esforzaba en ello con el máximo empeño, incluso ayudando en labores ajenas. Demostró, por ejemplo, que era muy habilidoso con las grandes tijeras de esquilar y se pasó muchos días pelando ovejas y amontonando la lana en las carretas. Pericón lo contemplaba satisfecho sentado en un altozano. Por alguna razón difícil de explicar tenía confianza en él y se veía cada vez más convencido de que no se había equivocado al hacerlo. Pensaba, con disgusto, cómo el miedo y el sentido de inferioridad podían llegar a hacer ruines a las personas, y, con satisfacción, cómo al librarse de tales cadenas esas personas recuperaban su dignidad y sus virtudes naturales. De este modo se explicaba a sí mismo la evolución de Mingorra y se alegraba de haber contribuido a ello.
Desde donde estaba, Pericón vigilaba a los pequeños corderos recién nacidos fácil presa de las alimañas del bosque. Muchos animales carroñeros no habían quitado el hambre del invierno al no disponer de la carne del ganado muerto a la intemperie porque la montaña seguía cubierta de nieve, y los rebaños no habían salido de sus refugios de invierno y los pequeños animales como las ardillas y los conejos eran difíciles de coger. Ahora, en cambio, tenían a su alcance carnes más sabrosas como la de los indefensos corderillos, terneros y potros recién nacidos. Entre esos carroñeros estaba el mayor enemigo de Pericón después de los lobos: el buitre. Su ballesta nada tenía que hacer contra colonias de más de cincuenta de aquellas rapaces gigantescas que, todas juntas, podían descuartizar a una vaca en un minuto y que se reían de las diez saetas que llevaba Pericón en bandolera. Ni los perros podían con ellos. Anidaban en los desfiladeros de Arbaiun y Burgi y cuando los rebaños subían a la montaña los seguían desde las alturas y se mantenían al acecho.
Esos ataques, junto a los de los lobos y otras razones como el frío, la soledad o la incomodidad de las cabañas, hacían la vida del pastor realmente dura, bastante más de lo que había supuesto Mingorra, que, no obstante, aprovechaba el aire libre, la buena comida y el ejercicio (prácticas poco habituales en su vida) para fortalecerse física y anímicamente, ganándose poco a poco la confianza de los pastores. A ello contribuía su espíritu servicial adquirido a palos en casa del alcalde. Los momentos más agradables de aquella vida eran los atardeceres, cuando después de largas y agotadoras jornadas de sol a sol, de correr de un lado para otro, siempre vigilantes, los pastores se juntaban en las bordas o en el exterior alrededor de un gran fuego y comían, bebían y charlaban hasta la hora de dormir. A veces cantaban algunos madrigales y coplas con temas de amor que los artistas ambulantes solían traer al pueblo, procedentes de los ambientes cortesanos del reino, junto con otras canciones populares que Santxo, el amigo de Pericón, el que tenía una guitarra, cantaba con buena voz; y los demás oían, disfrutaban y aprendían. También alguno entre ellos sabía tocar la flauta o la txirula. El cazador estaba dotado de un vozarrón grave y sonoro pero de un oído musical bastante deficiente, y de su registro solo conseguía sacar dos o tres notas que hacían temblar el tejado de la cabaña, y que resultaban apañadas para hacer de acompañamiento como si fuesen un tambor, pero que tapaban las voces de los demás. Por lo tanto, solo le dejaban cantar cuando cenaban fuera en las noches cálidas de viento sur. En cambio Mingorra tenía una voz de tenor preciosa y mucho gusto cantando, por lo que su presencia era cada vez más apreciada. Otra cosa sería si los contrabandistas que empezaban a pasar por allí le echaban la vista encima y le reconocían. Ahora que no estaba el alcalde para protegerle, lo molerían a palos.
Pero las noticias volaban como la niebla y el viento, de los montes al valle y del valle a la montaña, y tanto los contrabandistas y los pastores por un lado como las familias y la gente del pueblo por el otro, estaban al día de lo que sucedía en los respectivos lugares. Además las campas donde pacían los rebaños estaban a menos de dos horas a caballo del valle y sería exagerado pensar que aquellos hombres vivían en el destierro. Así que tanto los traficantes como Elisabete ya sabían de la reforma del antiguo chivato. Y como Pericón, que se movía con mayor libertad, bajaba muy a menudo a casa, la dama del telar estaba bastante satisfecha de como se desarrollaba su nueva vida. Nada que ver con la historia de Penélope y Ulises que algunas beatas instruidas, las fuerzas cultas y ocultas de Aribe, habían augurado que se repetiría en los recién casados. Nada amenazaba la felicidad de la joven pareja.
Una noche de confidencias Pericón le contó a Elisabete que Mingorra estaba enamorado de la hija mayor del alcalde. Al parecer, según él mismo le dijo, el espía había practicado el oficio vigilando sigilosamente a la jovencita en los últimos tiempos de criado del alcalde, desde rincones y rendijas de la vieja casona, y la moza, que con sus quince años era ya una belleza de cabello negro, ojos oscuros y un cuerpo bien desarrollado, y que seguramente se había percatado de aquel seguimiento, lo había seducido una noche de tormenta en la casa vacía. Luego se habían citado más de una vez.
Pericón se quedó esperando alguna reacción de sorpresa por parte de su mujer y un sin fin de preguntas, pero esta se limitó a comentar secamente: “Seguramente se ha escapado del convento. Dile a tu amigo que no se lo tome en serio. No tiene nada que hacer con esa bruja”.
—Pero, ¿cómo te has atrevido a poner tus ojos pecadores en una niña diez años más joven que tú? —le preguntó una tarde el cazador a Mingorra, medio en broma medio en serio.
—Los ojos y las manos, Pericón—contestó el amigo—, pero no los míos. No te lo vas a creer pero fue ella la que se metió en mi cama una noche en la que, buscando libros, me quedé a dormir en la casona de los Esparza, que ya entonces estaba deshabitada. Yo tenía la llave pero ella también dormía allí algunas noches. No sé lo que andaba buscando por los arcones de la casa.
—Te colgarán de una viga si se entera su padre—dijo el cazador—. Creo que estaba mejor en el convento. ¿Estás seguro de que ella te quiere? Pero, si es como un pequeño demonio. ¿Te has olvidado del asunto de la estela de Miguel?
—No sé si es bruja o no, pero lo cierto es que de día es como una escultura de mármol, fría y hermosa, pero en la oscuridad de la noche es tan seductora como una lamia de los bosques.
Y como Mingorra hablaba con aquel entusiasmo de la bella Ximena, Pericón no tuvo más remedio que aceptar los amores del antiguo criado, que quedaron incorporados a sus charlas de los atardeceres, mientras contemplaban al sol ocultarse tras las cumbres más altas del Pirineo. No obstante, estaba de acuerdo con la opinión de Elisabete: haría bien en olvidarse de ella.
Mientras, en la montaña, seguían adelante las actividades acostumbradas de los pastores, que ahora estaban centradas en la recogida de la leche de las ovejas y en la elaboración del queso. Cumpliendo los deberes que se habían propuesto, Pericón y Mingorra, ajenos a esas tareas, se juntaban muchas tardes en alguna zona apartada y leían sin parar durante horas, uno leyendo y el otro corrigiendo, los librotes del cura. Tuvieron la fortuna de que uno de ellos era una copia del Quijote de la Mancha, con lo que las lecciones se las pasaban riendo y comentando aquellas juiciosas reflexiones y disparatadas aventuras. Sus Dulcineas respectivas no se parecían en nada a la del manchego, pero de su amor hablaban como dos caballeros andantes. La dama del cazador era juiciosa y llena de coraje, digna esposa de un luchador. La del espía era bella y misteriosa, como la furtiva amante de un poeta.
Lo que más gustaba a Mingorra de la vida en la montaña era la música de los bosques, especialmente en mitad de la primavera, cuando las gotas del deshielo que el sol convertía en cristal repicaban aquí y allá como pequeñas campanillas o como las cuerdas de un arpa, y el canto de los arroyos se sumaba al de los pájaros. En cambio a Pericón le gustaban los sonidos atronadores de las tormentas de otoño, cuando los vientos huracanados levantaban las tejas de las bordas y tumbaban árboles centenarios, y las rachas de lluvia arrancaban las hojas ocres de las hayas y robles. Cada uno sintonizaba con la música de la Naturaleza según su forma de ser, sus cualidades físicas y su voz.
Y así fue pasando la primavera, el verano y el otoño. La nueva casa de Pericón presentaba ya la estructura tradicional de las casonas navarras con gruesas vigas de roble y piedras grises de caliza, que iban dando forma, una sobre otra, a las recias paredes. El tejado a cuatro aguas era de pendiente acusada y presidía la fachada un amplio portal de grandes sillares, al igual que las esquinas de la casa, con el escudo de Aribe grabado en la clave del arco de entrada.
Las mantas y tapices de Elisabete se iban amontonando en el zaguán y los lobos, zorros y jabalíes que cazaba Pericón, seguían llegando a las plazas de los pueblos del Valle y a zonas cada vez más lejanas; y él seguía llenando la bolsa de monedas que entregaba religiosamente en casa. Para rematar la temporada en la montaña solo le faltaba cazar un oso. Era un capricho con el que quería obsequiar a Elisabete para compensarle de sus largas ausencias: una hermosa piel que debía ser curtida en el aire seco y frío de los altos antes de bajar al valle. Luego vendría el viaje que quería hacer con ella a la costa de Lapurdi. Elisabete no se había quejado nunca, pero lo había echado en falta en muchos momentos de soledad mientras él estaba con los pastores. Ahora quería estar junto a ella, compartir sus sentimientos y planear el futuro. Y habían hablado de ir a ver el mar que no conocían…
Pero primero tenía que capturar al rey de las fieras del Pirineo. Pericón solo había cazado un oso en su vida. Fue en la época en que perseguía a Satán y su hazaña paso entonces desapercibida. Lo mató con la ayuda de los perros de Santxo, el pastor, y aprovechando que el animal, gordo y medio dormido, estaba buscando la madriguera para el sueño invernal. Recordaba que las últimas saetas que acabaron con su vida las disparó desde la rama de un roble con el animal arañando el tronco con sus garras. El oso era una fiera muy peligrosa. Pasó miedo y uno de los perros resultó herido en el acoso. En compensación y agradecimiento le regaló a Santxo la enorme piel marrón y brillante, que ellos mismos curtieron.
Ahora tenía una idea nueva. Recordaba los arcabuces que quitó a los alguaciles cuando cayeron en el nevero. Estaban en la posada del padre de Elisabete y los pensaba utilizar. Lo habló con su mujer y una mañana de otoño, después de pasar dos días en Aribe, salieron los dos camino de Esterenzubi. Es fácil de imaginar la ilusión que le hizo a Elisabete este viaje inesperado para estar con sus padres, a los que no veía desde la boda, y recorrer los montes con su marido. Llevaban los dos tapices más hermosos que había tejido para que decorasen la posada remozada. Tenía también curiosidad por conocer a la criada que había ocupado su lugar (los contrabandistas no paraban de hablar de sus “virtudes”) y revivir de alguna manera los irresponsables y felices años de mesonera en su juventud. Fueron por caminos que no conocía, siguiendo los estrechos senderos de los caballos salvajes y atravesando oscuros arbolados de abetos y luminosos bosques de hayas, robles y abedules. Se bañaron bajo una cascada, comieron junto a un manantial, recogieron setas y moras, corrieron trotando tras un ciervo y llegaron finalmente al pueblo, felices como nunca lo habían sido.
La posada lucía espléndida toda blanqueada de arriba abajo y con las vigas a la vista pintadas de rojo oscuro. El cartel y el escudo con la cabeza del lobo llamaban la atención desde lejos y atados a las argollas se veían diversas cabalgaduras: mulas, caballos y burros; unos de contrabandistas con riendas de cuerda y grandes alforjas de cáñamo y los otros de peregrinos ricos, vistosamente enjaezados. Parecía que el negocio iba viento en popa. Elisabete entró como una tromba en la casa y se dio de bruces con una moza de trenzas rubias, ojos azules y unos pechos que parecían salirse del corpiño. Ambas se quedaron paradas sin saber qué decir hasta que aparecieron los padres de Elisabete y pasaron a los abrazos y besos, en tanto que Pericón se quedó en el umbral mirando con ojos pícaros alternativamente al padre y a la ruborizada criada.
Los arcabuces estaban relucientes y, según el posadero, listos para disparar. Conocía a algunos soldados franceses que pertenecían al destacamento destinado en Donibane Garazi, donde estaban construyendo la Ciudadela, que solían venir al mesón. Ellos le habían enseñado a manejar el arma y le dieron una bolsa de balas, pólvora y trozos de pedernal. Estuvieron practicando durante varios días disparando a un árbol seco, hasta que Pericón cogió la suficiente soltura. Mirando los agujeros en el tronco se quedó impresionado. “Aquello” podía atravesar la piel de un oso perfectamente. Solo le veía al arma un defecto: que se tardaba en recargar más que una ballesta. Si llevaba los tres arcabuces tendría la oportunidad de hacer tres disparos. Podría ser suficiente, o no. Ahora bien, si llevaba un ayudante que le cargase el arcabuz disparado, mientras seguía con los otros dos disponibles tendría una gran ventaja. Entonces fue cuando decidió que Mingorra lo acompañaría.

10 –

Pericón marchó de Otsobenta dos días más tarde con sus arcabuces al hombro y su ilusión en forma de piel de oso, dejando a Elisabete disfrutando de la compañía de sus padres y de ver a la criada regordeta hacer el trabajo que le había tocado a ella hasta hacía bien poco. Ahora, ella era una dama elegante que estaba casada con un personaje famoso y que hacía unos tapices dignos de figurar en los aposentos de una reina. Eso es lo que pensaban los vecinos de Esterenzubi, orgullosos de su paisana, especialmente las mujeres, que no perdían ocasión de pasar por la venta para charlar con ella y admirar sus dos obras de arte colocadas en la pared del comedor principal a ambos lados de la gran chimenea.
Ocurrió que días más tarde unos soldados franceses destacados en Donibane Garazi y que solían acudir al mesón para beber sin testigos, comentaron su existencia al comandante de la Ciudadela, Gaston Dubois, oficial muy bien visto por el rey Luis XIII, rey también de Navarra, que era gran admirador de los tapices y gobelinos que estaban de moda en ese tiempo en París. Deseoso de agradar al rey, o quizá más a la reina, el comandante se presentó un día en la posada con su pequeña escolta, bebieron y comieron a gusto y se quedó admirado de la belleza de los tapices. Llamó al posadero, se identificó y le propuso la compra de uno de ellos. Al astuto Ithurburu le empezaron a relucir los ojos con el brillo de la codicia y fue a buscar una botella de su mejor vino, llamó a Elisabete y se sentaron los tres en una mesa del rincón.
Pero Elisabete no quería vender aquel tapiz porque le recordaba los primeros meses de recién casada en Aribe, cuando mirando por la ventana esperaba impaciente ver aparecer a Pericón por la senda de Orbaitzeta; recordaba, incluso, un par de nudos mal hechos en el borde de una de las flores debido a su distracción y a la ansiedad por verlo regresar sano y salvo de sus cacerías. El padre quiso convencerla diciendo que siempre podía hacer otro igual o mejor y el comandante Dubois les dijo en voz baja, como si fuese un secreto, que el tapiz estaba destinado al gabinete de la Reina y que lo pagaría generosamente. Dijo esto y al tiempo depositó diez luises de oro sobre la mesa (una pequeña fortuna) y esperó a ver el efecto que producían.
—O estas monedas o una yegua de las caballerizas reales que está junto a la puerta, podéis elegir, señora—, ofreció dirigiéndose directamente a Elisabete.
A esta el dinero no le importaba mucho, por lo menos en ese momento, aunque no dejó de quedar impresionada, más que nada porque ya sabía que se lo iba a quedar su padre. En cambio sí se le pasó por la cabeza el viaje que pensaba a hacer con Pericón a la costa y no se imaginaba cabalgando por el país en su pottoka en plan Sancho Panza como si fuese la criada, de modo que, tras pensárselo un poco, se decidió a escoger la yegua a cambio del tapiz. Estaba a punto de aceptar la oferta cuando su padre puso la mano sobre las monedas y dijo, mirando a los ojos a Dubois: “La yegua y cinco luises, monseigneur”. El comandante sonrió, levantó la copa para brindar y dijo: “De acuerdo” y añadió “¿no será usted contrabandista por casualidad maese Ithurburu? Brindemos por la joven artista”. Bebieron los tres y salieron a ver el precioso ejemplar, marrón y brillante como la piel de una castaña, que sin saberlo había cambiado de dueño y se había librado del olor de la soldadesca y del ruido de los cañonazos.
—¿Cómo se llama?” —preguntó Elisabete.
—No tiene nombre, que yo sepa —contestó Dubois—, es joven.
—Bien, le llamaré Gaztain por el color de su piel—dijo la joven, explicando al militar que en vasco significaba castaña. La conversación se había desarrollado en francés porque el comandante no conocía el euskera, idioma que se hablaba normalmente en el pueblo.
Marchó el militar con su tapiz enrollado y Elisabete se quedó el resto del día dando vueltas alrededor de la yegua, sin parar de acariciarla. El padre se embolsó los cinco luises como estaba previsto y se fue en busca de su mujer, dando un buen azote a la criada al pasar de puro contento que estaba. Luego, a la hora de la cena, dijo a Elisabete:
—Tú y yo tenemos que hablar de este asunto de los tapices. ¿Cuántos crees que puedes hacer en un mes?
—Ni hablar —contestó ella—, no quiero hacer negocios contigo porque eres un tramposo y estafarías a tu propia hija. Prefiero venderlos en Sangüesa. Además, ¿quién ha dicho que me voy a dedicar a vender tapices? Haré lo que me venga en gana—. Todavía no había cogido suficiente nivel como para tener una buena producción y organizar el trasiego por la frontera, y prefería que su padre no metiese la nariz en sus planes.
—Bueno, bueno, vamos a dejarlo por ahora, pero quizá llegue un día en que me necesites.
—Lo que tienes que hacer —continuó Elisabete— es abandonar las actividades de contrabando, que ya eres mayor, y llevar una posada digna y prestigiosa comme il faut… y dejar a la criada en paz.
“Esta moza, desde que se ha casado, se está volviendo cada vez más mandona”, murmuró el padre según se marchaba. “Como su madre”.
Entre tanto Pericón había llegado a la bordas de los pastores y allí se encontró con sus amigos, Mingorra y el pastor Santxo preparando la cena. Se sentó junto al hogar y les mostró los arcabuces que parecían nuevos al brillar con el fuego. Mientras cenaban les expuso su plan de cazar un oso antes de terminar la estancia de los rebaños en la montaña. Quería regalarle la piel ya curtida a Elisabete. Explicó a Mingorra que necesitaba que lo acompañase y a Santxo que le harían falta dos buenos perros para seguir la pista y acosar al animal. Pidió también al pastor que preguntase entre las bordas si alguien había visto merodear algún oso por las cercanías.
Era difícil localizarlos, eso lo sabía bien Pericón. Los osos, excepto en la época de celo, se mueven en solitario recorriendo grandes distancias por lugares escondidos e inaccesibles. Se alimentan con cualquier cosa y rara vez se acercan a los rebaños a no ser que estén muy hambrientos, por ejemplo, al salir del período de letargo invernal. Entonces hacen estragos. Son terriblemente poderosos, el animal más fuerte del bosque, y sin embargo no son agresivos, prefiriendo antes alejarse del hombre que lanzarse al ataque. Pero cuando se ven acorralados su fiereza hace temblar al cazador más valiente. No estaban especialmente perseguidos, aunque todos los pueblos del Pirineo ofrecían buenos premios por su captura.
Cenaron los tres amigos hablando de este tema y pronto se acostaron en sus jergones de paja.
Durante la noche se desató una fuerte tormenta. Las rachas de lluvia se colaban por las rendijas de la puerta y el viento aullaba entre las tejas. Las descargas eléctricas y los truenos cercanos despertaron a media noche a los tres durmientes que se quedaron con los ojos abiertos, atentos a los golpes de la Naturaleza y sin pronunciar palabra, cada uno con sus pensamientos.
En realidad, Mingorra no había dormido nada. Sentía una opresión extraña desde que Pericón le había anunciado su participación en la caza del oso. Hasta ahora no había acompañado al cazador en sus correrías tras los lobos, únicamente en sus paseos. Tampoco había matado en su vida ningún animal, ni siquiera una lagartija. Por otro lado, había leído que, según antiguas creencias, el oso era un animal sagrado entre los vascos, protector del espíritu de los muertos, representado desde tiempos remotos en las paredes de las cuevas. Aquello no era como perseguir al demonio en la piel de un lobo dañino, donde uno se sentía del lado de los buenos luchando contra el mal. Ahora ellos se ponían al otro lado, intentando dar muerte a un ser protegido por los dioses. Se pasó el resto de la noche dándole vueltas a este pensamiento, acompañado por la música dramática de la tormenta.
Pericón también pensaba en el oso, aunque no como un genio de los bosques (no tenía ni idea de ese carácter sagrado del animal, a pesar de sus creencias a veces animistas) sino como la fiera a abatir para conseguir su piel, contentar a Elisabete y cobrar la recompensa. Admiraba al animal por su fortaleza y por su carácter independiente y solitario. Se lo imaginaba corriendo entre los árboles, esquivando los rayos, y a él detrás en taparrabos y con una lanza en la mano, azuzado por los tambores de guerra de la tempestad, en una escena salvaje de la prehistoria. Se volvió a dormir… o quizá esta imagen la había visto en sueños.
Santxo, el pastor, no se andaba con melodramas en su desvelo. Su preocupación era el rebaño, pues más de una oveja había muerto alcanzada por un rayo, y había oído que alguna vez la descarga se había extendido de unas a otras causando estragos. Estuvo a punto de salir a comprobar que todo estaba bien, pero pensó que la chispa eléctrica le podía caer a él y que las ovejas ya sabrían buscarse el mejor cobijo por instinto; dio media vuelta y se quedó dormido.
Al día siguiente los pastores dijeron a Pericón que se había visto un gran oso en las laderas del monte Mendilatz, en los bosques frondosos que descienden hasta el río Irati. Conocía el terreno pero nunca había penetrado por las zonas más intrincadas. Preparó la marcha con su acostumbrada meticulosidad y pronto se dio cuenta de que Mingorra con su burro no podría seguirle si tenían que salir al trote detrás o delante del oso. Además necesitaban un animal de carga para transportar el cuerpo de la fiera si la cazaban. Así que pidió prestados a los pastores uno de los caballos que durante el verano dejaban sueltos y ahora estaban en el cobertizo y un par de perros bien seleccionados. A cambio, ellos le pidieron los dientes y las garras del oso para colgarse unos collares como solían hacer los hombres rudos de la montaña.
Salieron los dos amigos al mediodía montados a caballo con sus arcabuces y demás armamento encima y el burro con el resto de pertrechos, en dirección al Orhi, el pico más alto de la comarca, visible entre la bruma. El tiempo era desapacible y el ánimo de Mingorra todavía más. No se había atrevido a contarle a Pericón sus aprensiones respecto al oso. Al cazador se le veía contento y cabalgaba cantando —con sus tres únicas notas—una canción irreconocible, que hacia levantar el vuelo a las sordas y mingorras (estas de verdad) mucho antes que los sabuesos.
Negros nubarrones fueron acortando con rapidez el día y cuando se adentraron en la selva de Irati parecía de noche. Los graznidos de los cuervos buscando su rincón para dormir en lo alto de los abetos, cruzaban el aire como gritos de brujas y arpías, que ponían con carne de gallina al antiguo chivato y hacían ladrar a los perros. Buscaron una oquedad entre los riscos y decidieron acampar allí. Con un pequeño fuego que encendieron y colocando las cabalgaduras y los perros a la entrada como protección, se sintieron menos nerviosos e inquietos. Oyeron algunos aullidos lejanos. La noche, en aquellas frondosidades nunca exploradas de grandes hayas y peñascos cubiertos de musgo, prometía ser larga y amenazadora, noche de malos sueños y pesadillas. Sin duda, los genios del bosque los vigilaban atentos, haciendo sentir su presencia con siseos, silbidos y el ruido de pisadas en la hojarasca.
Mingorra intentó dormir sin conseguirlo, temblando de miedo y de frío. Otra noche más desvelado y angustiado. Le dio por pensar en la vida miserable que había sufrido hasta entonces. Se agolparon en su mente pensamientos tristes y oscuros presagios. ¡Qué extraños caminos lo habían llevado hasta la selva de Irati! ... ¿Quién era él y qué hacía allí jugándose la vida junto a un hombre al que hasta hacía poco había espiado y temido? Ni siquiera sabía cómo se llamaba a ciencia cierta. Creía que su nombre era Daniel, pero nunca había vuelto a oír aquel remoto recuerdo de la primera infancia. Según el cura de Aribe había sido recogido por los Esparza en un Hospicio de Tudela. Tampoco sabía quiénes fueron sus padres, pero algo le decía por dentro que eran judíos. Su procedencia, su nombre y sus rasgos, por lo que había leído, parecían confirmar esta suposición, pero, claro está, eso no lo sabía nadie, ni con nadie lo había comentado. Seguramente había recibido el bautismo cristiano en el Hospicio, pero en los duros años vividos ni Cristo ni Yahvé se habían preocupado de él y en justa correspondencia él tampoco sentía apego hacia creencia alguna. Sin familia, sin religión que lo consolase, sin amigos, su vida había sido realmente triste. Y ahora, ¿qué hacía allí?... temblando de miedo, con el presentimiento de su próxima muerte clavado en el corazón. Había leído en el Antiguo Testamento que le dejó el cura, que al profeta Daniel lo arrojaron al pozo de los leones. ¿Acabaría al día siguiente en las garras de gran oso sagrado o algún milagro lo salvaría en el último momento? Se quedó contemplando cómo las lágrimas del bosque resbalaban por las ramas y caían sobre las hojas muertas. Todo era muy triste para Mingorra aquella noche de vigilia.
Pericón tampoco dormía. Estuvo mirando al fuego con la mirada perdida entre las llamas. Al final, su amigo le había contado lo que se decía en los libros sobre el animal protector de los antepasados y por primera vez desde que se le ocurrió cazar un oso también estaba intranquilo. ¿Era realmente el oso un animal sagrado? ¿Acaso iba a enfrentarse contra el espíritu de la Naturaleza por un simple capricho? ¿Lo hacía para agradar a Elisabete y, de paso, demostrar que era el mejor alimañero de Navarra? ¿Qué azar dirigía sus pasos que lo mismo le hacía enfrentarse con un lobo endemoniado que con un oso sagrado?
No muy lejos de allí, el gran oso de los montes pirenaicos dormitaba a la entrada de su guarida, con la cabeza apoyada en el suelo y los ojillos medio cerrados. Miraba al fondo del barranco, porque los espíritus del bosque ya le habían avisado de la llegada del hombre, y esperaba pacientemente su destino.

11 -

Nadie podría negar a Mingorra la valentía que parecía no tener. Dos veces intentó, a la mañana siguiente, convencer a Pericón de que abandonasen la caza del oso sin lograrlo, y otras dos veces estuvo a punto de coger el caballo y salir disparado hacia las bordas de los pastores; pero al final decidió quedarse allí, más por lealtad que por otras razones. Aguantaría su miedo y llegaría hasta donde hubiera que llegar.
A Pericón, en cambio, le había sentado bien aquella noche de presagios y amenazas. Sería porque nada había sucedido mientras dormía, ni siquiera un mal sueño, o porque el sol de la mañana se filtraba como la gracia divina en el bosque enmarañado; o quizá porque el vino de la víspera había inyectado calor en sus venas. Además, era propio de su naturaleza de navarro de la montaña empujar con más fuerza cuanto más obstáculos se le ponían enfrente, por lo que se dispuso a continuar la marcha con nuevos bríos.
Recogieron todo y siguieron su camino hacia las zonas más inaccesibles del bosque. Pericón sabía que los osos no se alejan mucho de los rincones escarpados, abundantes en grietas y cuevas, pues en ellas es donde se refugian en las tormentas y que en invierno utilizan para hibernar. Siguiendo una senda ascendente se dirigieron hacia las laderas rocosas del monte, con claros cada vez más extensos entre grupos de hayas y robles. Pericón se paró y estuvo observando detenidamente las estribaciones de la sierra. Alguna grieta profunda, una sombra acusada, podía ser indicio de una caverna. No se veía nada especial y siguieron avanzando. El cielo estaba de nuevo cubierto con nubes de tormenta y no tardaría en llover. Los perros estaban tranquilos corriendo de aquí para allá. Llegaron a una hondonada frondosa con un riachuelo que tuvieron que cruzar y ascendieron por la otra ladera. El arbolado se volvía a aclarar y Pericón se bajó del caballo y subió a uno de los robles. La hondonada se prolongaba monte arriba y se transformaba al final en un pequeño desfiladero encajonado y sombrío. Al fondo del mismo se divisaba la mancha oscura de una oquedad.
—Creo que ya estamos, Mingorra —dijo Pericón bajando del árbol—. Hay una cueva en el fondo de la garganta. Estoy seguro de que es la guarida del oso.
Siguieron adelante, subiendo con dificultad, pero empezó a llover con fuerza y se tuvieron que refugiar bajo un grupo de tupidos abetos. Pronto necesitaron descabalgar y cubrirse con las mantas. Tenían que pensar bien cómo llevar a cabo el ataque. Una vez llegados a la entrada del pequeño desfiladero el oso quedaría encerrado, lo cual podía ser bueno si le acertaban con los disparos al primer intento, o terriblemente malo si fallaban y para escapar les tenía que pasar por encima, doblemente furioso. La lluvia en principio los favorecía porque podrían acercarse hasta tenerlo a tiro sin que los detectase por el ruido o por el olor, pero por otra parte podría ser fatal si se mojaba la pólvora de los arcabuces y no salía el disparo. Demasiadas incertidumbres para seguir adelante. Pericón decidió quedarse allí hasta que escampase. Amarraron el burro y los caballos a un árbol y sujetaron también a los perros. Pasaron así las horas sin que parase de llover y no tuvieron más remedio que fabricarse un pequeño cobijo con unas ramas y las mantas encima y esperar. Aprovecharon para comer y secar bien los arcabuces. Finalmente decidieron dormir en aquel refugio porque seguía lloviendo y cada vez se veía menos.
“Otra noche más”, pensaba Mingorra, con el alma y el corazón encogidos por la lluvia y el miedo. Y no solo porque lo atemorizase el sentir a la fiera tan cercana, pues ya se veía despedazado sin remedio a pesar de su total confianza en la habilidad de Pericón como cazador, sino por la sensación de estar haciendo algo prohibido, como un sacrilegio. Se preguntaba si siempre sería así cada vez que un cazador se dispone a matar a un animal salvaje o le estaba ocurriendo a él por ser la primera vez. Se lo preguntó a Pericón quien, sin pensarlo demasiado, le contestó que el hombre ha necesitado matar animales desde siempre para alimentarse; también lo ha hecho para defenderse y en algunos casos por el placer de la caza. El tema les sirvió para discutirlo hasta después de cenar y luego dedicarse a pensar en ello hasta dormirse.
Al amanecer les despertó un rugido espeluznante que pareció salir de detrás del árbol. Lo perros empezaron a ladrar furiosos y los caballos a tirar de las riendas que los sujetaban. Había cesado de llover y el oso los había olido. Para un animal del bosque con un sentido del olfato tan desarrollado como el de un oso, el aroma de perros, burro, caballos y hombres, tuvo que ser como un golpe en el hocico. Los dos cazadores se levantaron como resortes y se quedaron a la escucha. Ya no cabían las sorpresas ni el acercarse sigilosamente como habían planeado; solo quedaba un camino: ir directamente a su encuentro y pelear.
Dejaron las cabalgaduras atadas y los perros también, pues ya no los necesitaban para seguir las huellas ni para arrinconar a la fiera. Por el contrario, podían interponerse al disparar. Otro rugido más bajo y prolongado les sirvió para saber que el oso permanecía atento en la cueva. Cargaron los arcabuces, Pericón colocó una saeta y tensó la cuerda de la ballesta y se la cargó a la espalda; luego puso el hacha en su cinturón al alcance de la mano, cogió su arcabuz, Mingorra los otros dos, y comenzaron el ascenso. Los dientes de este repiqueteaban en la boca, mientras los del gigantón de Aribe estaban bien apretados marcando los músculos del rostro a través de la piel. Fueron entrando en el desfiladero lentamente, arrimados a una de las paredes. Ni los más leves murmullos del agua ni del viento rompían el silencio.
Habían quedado en que al llegar a unos treinta metros del oso dispararían a la vez y luego Mingorra pasaría el tercer arcabuz a Pericón y recargaría los otros dos ya disparados. Estaban a unos cincuenta metros del fondo de la garganta cuando al doblar un pequeño recodo vieron la cueva y al oso tumbado en la entrada. Él también los vio y se levantó sobre sus cuatro patas, enseñando los dientes y avanzando un par de pasos. Se quedaron parados, dejaron uno de los arcabuces y la ballesta en el suelo y se echaron las dos armas al hombro, esperando que el oso se plantase sobre las patas traseras antes de atacar con el fin de aterrorizarlos con su aspecto fiero, como pensaba Pericón. Pero de repente, el animal se lanzó a correr hacia ellos a una velocidad increíble. Eran doscientos kilos llenos de dientes y garras los que se les venían encima.
—¡Fuego!, gritó Pericón —acercando la chispa a la pólvora.
Sonaron dos disparos a la vez y la fiera hizo un quiebro como si hubiese tropezado, pero continuó corriendo. Mingorra estaba en el suelo por el golpe de retroceso e intentaba meter la bala en el cañón de su arcabuz y tirar la pólvora del cuerno a la cazoleta. Pericón cogió el arma que estaba a su lado y disparó de nuevo sin pensarlo. Esta vez el oso cayó sobre un costado pero se incorporó de nuevo y siguió adelante. Miró el cazador a su amigo y vio que no acababa de cargar por el temblor de sus manos. Tampoco le quedaba tiempo para coger la ballesta. Empuñó el hacha y esperó la envestida. Con su misma estatura y el doble de peso, el oso se puso de pie, abrió las patas delanteras en cruz, rugió y se lanzó hacia Pericón.
Mingorra que permanecía enredado con sus balas, pólvora y pedernales, al ver aquello tuvo una reacción insólita: cogió el arcabuz por el cañón y se tiró de cabeza contra el cuerpo de la fiera dándole golpes y empujones en el pecho. Pericón no pudo golpear con el hacha al tener a Mingorra delante. El oso empezó entonces a dar zarpazos y dentelladas terribles hasta dejar a los dos cazadores tendidos en el suelo y ensangrentados. Luego se quedó unos instantes contemplando y olfateando sus cuerpos, dio la vuelta y marchó de nuevo a su guarida, dejando un pequeño reguero de sangre por el suelo del desfiladero.
Los ladridos lastimeros de los perros despertaron a Pericón. A duras penas se pudo poner en pie. Tenía cortes en la cabeza, los brazos y el cuerpo y no sabía el tiempo que llevaba desvanecido, pero las heridas ya no sangraban, excepto las de la cabeza que le hacían sentir un hilillo bajando por el cuello. Mingorra estaba a tres metros de distancia retorcido contra las rocas y parecía muerto. Se acercó rápidamente a su lado y le tomó el puso temblando de angustia. Parecía muy malherido pero estaba vivo…
Como pudo, deshizo las camisas de ambos en jirones, con los que vendó las heridas de su amigo y de su propia cabeza, tras limpiarlas con agua y ponerles hojas de abedul para evitar la hemorragia. Luego, hizo lo mismo con una manta de lana que bajó a buscar al pequeño refugio y envolvió firmemente el costado de Mingorra. El traslado hasta Aribe se le antojaba imposible de soportar para un cuerpo destrozado como el de su amigo. Por eso decidió llegar hasta las bordas como pudiese y desde allí los pastores sabrían cómo organizar el traslado del herido hasta el pueblo. Esto le llevó mucho tiempo, herido como estaba él también. Los perros y las monturas tiraban de sus cuerdas aterrorizados, ladrando y relinchando sin parar. Pericón miró al cielo y vio una gran manada de buitres que sobrevolaban los altos picos en círculos cada vez más bajos. Veían sin duda los tres cuerpos heridos y se acercaban al festín.
La vuelta a las cabañas de los pastores fue uno de los momentos más duros de la vida de Pericón. El panorama que se le presentaba era desolador, con su amigo gravemente herido y un camino impracticable para salir de allí; y aún más doloroso era su sentimiento de culpa. “Soy un salvaje insensible y egoísta. Lo convencí para que viniera sabiendo que no quería. Luego ha intentado dejarlo y no le he hecho caso. Y al final se ha tirado sobre el oso para salvarme la vida.”, se decía con un nudo en la garganta, mientras colocaba a Mingorra sobre un lecho de hojas secas.
Mingorra tenía un desgarro profundo en el costado que parecía el más grave, aparte de otros muchos por el cuerpo. Seguramente el haber sido arrojado por el oso a varios metros de un manotazo le había hundido las costillas pero lo había salvado. Ni él ni Pericón habían sufrido ninguna dentellada, por lo que el cazador dedujo que la fiera no se había ensañado con ellos y que prácticamente les había perdonado la vida, porque un animal salvaje sabe exactamente cuando su víctima está muerta. A su vez estaba seguro de que el oso había recibido un disparo o quizá dos de su parte. Algo mágico había ocurrido en aquella pelea. Dentro de la violencia de una lucha a muerte, el gesto de Mingorra arrojándose contra las zarpas del oso para darle tiempo a defenderse y la actitud del animal retirándose herido sin rematarlos, eran actos que le sorprendían y emocionaban. Su amigo ya le había dicho que algo estaban haciendo mal desde el principio y, ahora, al final de aquella batalla, tenía que reconocerlo.
La llegada de la pequeña caravana de los dos caballos con el cuerpo de Mingorra atravesado sobre uno de ellos, el burro y los perros detrás, causó conmoción entre los pastores. Enseguida se corrió la voz y pronto aparecieron los amigos de Pericón y trasladaron al herido a una de las cabañas. Tumbaron a Mingorra en uno de los camastros y comprobaron que estaba semiinconsciente y con fiebre. Sacaron rápidamente una caja con sus plantas y ungüentos medicinales. El herido abrió un momento los ojos vio a Pericón junto a él y sonrió. Luego volvió a cerrarlos con un gemido. Le dieron una infusión para el dolor y otro brebaje contra la fiebre. Mientras, improvisaron unas parihuelas para trasladarlo a una carreta con dos mulas y sin perder un segundo marcharon cuesta abajo por la cañada de los rebaños, Santxo con las bridas y Pericón sujetando a Mingorra. No hablaron por el camino pero, para el pastor, estaba claro lo que había ocurrido. Al final del traslado, cuando el pastor volvió a la carreta para subir a la montaña, le preguntó a Pericón:
—¿Has matado al oso?
—No creo, quedó herido y volvió a su guarida.
—Cuando estés listo, iremos a ver. Os habéis librado por poco.
Mingorra fue trasladado al Hospital de Peregrinos de Sangüesa, el más importante de la Merindad, y la familia Galarza se encargó de todo. Pericón estuvo a su lado hasta que lo vio bien atendido y luego marchó al galope hacia Roncesvalles a coger el camino para Esterenzubi. Seguía sangrando y le dolía la cabeza pero no quería que la noticia llegase a Elisabete antes que él. No paró hasta llegar a la posada. Se bajó en la puerta agotado, entró tambaleándose y cayó desvanecido.
Se armó un enorme revuelo en Otsobenta. Viajeros, traficantes y peregrinos que estaban en el comedor rodearon a Pericón y empezaron a dar gritos pidiendo ayuda e intentando reanimar al cazador. Elisabete apareció en la escena pálida y se arrodilló angustiada junto a su esposo. Los padres también se acercaron al oír los gritos y retiraron a empujones a los curiosos. Había un médico entre los viajeros que tras identificarse inspeccionó al herido y pidió que lo trasladaran a su cama en la primera planta, cosa que hicieron entre cuatro forzudos. Le quitó el vendaje de la cabeza, le cosió la herida y se la volvió a vendar. Según él, Pericón estaba agotado, había perdido mucha sangre y tenía bastante fiebre. Reposo y limpieza, recetó. Le dio a oler de un frasquito y el joven despertó enseguida. Se sentó aturdido y al ver a Elisabete junto a él le dijo:
—El oso nos ha vencido. Mingorra está gravemente herido en el hospital de Sangüesa por culpa mía… y tú te has quedado sin la piel.
—Con tu piel curada me basta, Pericón. Cuidaremos de ti y de Mingorra.
—Me salvó la vida, Elisa…
—Ya me contarás. Tú ahora descansa.
“Este yerno es una mina”, comentaba el padre con su mujer. “Por una cosa o por otra —y no vayas a pensar que me alegro de que esté herido—, siempre atrae clientes a la posada”. Y esto lo decía porque, cuando se corrió la voz, hubo muchos vecinos que vinieron a verle, incluso algunos contrabandistas que seguían haciendo negocios con el posadero a pesar de las recomendaciones de su hija. Y también gente del otro lado de la montaña, como sus hermanos.
En cuatro días ya estaba Pericón en pie y preparando su traslado a Aribe con su esposa. Su fama de gran cazador se había extendido aún más por toda la comarca, aunque esta vez no había trofeo que enseñar ni cabeza de oso para colocar en la pared de la posada. Cuando Elisabete le enseñó la yegua Gaztain y le contó la historia del tapiz y el comandante francés, se quedó admirado, por un lado del hermoso caballo y los luises de oro que la madre sacó de una cajita esmaltada, y por otro de las habilidades de Elisabete; aquellos tapices que a él le habían parecido hasta ahora unas bellas mantas de flores, quizá un poco ásperas, parece que tenían su valor. Estaba contento, además, al comprobar que ella no había heredado el espíritu avaro de su padre prefiriendo el caballo a las monedas.
Por esos juegos del destino, tras el accidentado episodio del oso, los dos jóvenes se sintieron más enamorados que nunca. El susto, como el soplido del fuelle del hogar, había avivado el fuego que les unía. Dos días más tarde, según subían en sus muras por el camino de Luzaide con sus capas al viento, parecían, no don Quijote y Sancho Panza como la primera vez, sino el caballero Lancelot y la dama de Shalott de las leyendas celtas. En esta ocasión el pequeño pottoka iba detrás cargando con el equipaje de la “princesa”. Cuando alcanzaron el alto, entraron en la Abadía de Roncesvalles a instancias de Elisabete, para agradecer a la Madonna de plata su protección. Luego siguieron el camino hasta llegar a Aribe.

12 -

En el Hospital de San Nicolás en Sangüesa, entre visitas y papeleo, el enfermo conocido como Mingorra, era el centro de atención. Hubo una gran confusión a la hora de hacer el registro. Era obligatorio para el ingreso, pero el herido estaba inconsciente y ninguno de los acompañantes que lo habían trasladado sabía su nombre y apellidos reales, ni ningún dato más de su origen o familia, solo su apodo. Preguntaron a unos y a otros e incluso mandaron un mensajero a Aribe para preguntar al cura, pero dijeron no tener ni idea. Únicamente consiguieron enterarse de que había trabajado en Aribe a las órdenes del anterior alcalde. Por suerte se pudo localizar a Ramón Esparza, que precisamente ejercía de ayudante del Corregidor de la ciudad, y que acudió al hospital a cumplimentar los datos de Mingorra. No fue de buen grado porque ya sabía que su espía le había traicionado, además con su enemigo el alimañero; y después de una visita rápida al enfermo al que ni miró, les dio unos datos incompletos sobre su origen, diciendo que solo sabía su nombre y que era un chiquillo miserable al que había rescatado de un orfanato y al que había cuidado casi como un hijo. Sabía que se llamaba Daniel y en el Ayuntamiento no constaba ningún documento sobre su familia. Como era más pequeño que los de su edad, explicó, y tenía la nariz aguileña, en el pueblo le llamaban Mingorra y con ese nombre se había quedado Finalmente se le registró como Daniel Mingorra, natural de Sangüesa, de padres desconocidos, y se olvidaron del asunto.
Ocurrió, también, que las enfermeras que cuidaban a los pacientes eran las monjas del Convento de las Religiosas Agustinas, contiguo al hospital, del que las novicias podían salir a cuidar enfermos, aunque fuese de clausura, y que una de las que atendían a Mingorra era María, la hija menor de los Esparza. Y ella no se olvidó del asunto. Conocía al joven, con el que solía charlar a menudo en la casa de sus padres. Se entendía bien con él y se entristecía cuando el alcalde lo insultaba y castigaba y le obligaba a llevar a cabo los espionajes y falsificaciones que le dieron su mala reputación.
María no era una joven tan bella como su hermana, pero sus rasgos eran dulces y su expresión bondadosa. Ella también era víctima del mal carácter de su padre y por eso intimaba con Mingorra. Hablaban mucho del amor y de la diferencia entre unas personas y otras dentro del mismo pueblo e incluso en la misma familia, como entre ella y su hermana mayor. Sabía que el joven había andado detrás de Ximena, pero estaba convencida de que la instigadora y seductora había sido su hermana y que en realidad le importaba Mingorra bien poco. A este también se le había ido diluyendo la imagen de su “dulcinea”, sobre todo al comprobar, tras convivir con Pericón, todas las mentiras y calumnias que había divulgado contra él. Ahora pensaba que el hecho de acostarse con ella, aparte del mero placer, había sido, sobre todo, un acto de posesión y de venganza contra su padre.
Cuando despertó dos días más tarde y vio a María vestida de monja junto a su lecho, creyó que estaba a punto de recibir la Extremaunción. Luego, al no ver al cura, se quedó más tranquilo y pudo fijarse en la cara de la novicia. La reconoció enseguida a pesar del hábito y la cofia, y entonces es cuando pensó que había pasado ya al otro mundo y que estaba en el Cielo. Tener a su lado a la amiga de la niñez, que le miraba con dulzura, era para él como un milagro y fue la mejor de las medicinas.
El fracasado aprendiz de cazador no recordaba nada a partir del momento en que intentó cargar inútilmente el arcabuz y vio al enorme oso abalanzarse sobre Pericón. María le fue contando el resto de la aventura, pues lo sabía ya todo el mundo desde Sangüesa hasta el último pueblo de la montaña.
—Salvaste la vida de Pericón, Daniel —le dijo la novicia con cariño, poniendo su mano sobre la de él con delicadeza. Eres un héroe.
—¿¡Daniel!? —exclamó el joven con cara de asombro—. No había oído mi nombre desde pequeño. ¿Cómo lo sabes?
—Lo pone en el registro de ingreso. Como nadie sabía tu nombre, le preguntaron a mi padre.
—¿Y qué más pone en el registro?
—Que te recogió de un orfanato. Nada más.
—¿Ningún apellido? ¿Ninguna familia?
—No.
Unos días más tarde, Pericón recibió una visita inesperada. Se anunció como Ximena de Esparza. El cazador estaba ya residiendo en su nueva casa y la recibió en la gran sala de la primera planta. La elegante dama vestida de negro no se parecía en nada a la niña a la que había aplastado contra el suelo junto a la estela de Miguel. Sus ojos oscuros, llenos de deseo, se clavaron en los de Pericón y luego recorrieron la estancia. Empezó preguntando al joven por sus heridas, por su esposa y admirando los muebles y tapices de la nueva casa. Cuando vio que Pericón se impacientaba, pasó a exponerle el motivo de su visita. Quería que Mingorra se instalara en su antigua casa cuando le diesen de alta en el hospital, como lo había hecho en el pasado. Ella pensaba volver a vivir en el pueblo, le gustaba su compañía y sin duda iba a estar bien cuidado. No ignoraba que el antiguo ayudante (así lo llamó) de su padre ahora trabajaba con él y por eso había venido a contar con su opinión. Seguirían siendo vecinos.
Pericón se quedó un largo rato en profunda meditación: “¿Qué estará tramando esta damisela que, por cierto, tiene el mismo gesto de superioridad de su padre? Si piensa volver a vivir en Aribe es que cuenta con su conocimiento y autorización, de donde nada bueno puede venir. ¿Querrán seguir utilizando a Mingorra en contra mía o es ella la que piensa adoptar el papel de espía?”
—¿Por qué quieres que vaya a tu casa y no a esta donde tiene ya un aposento reservado?
—Porque nos queremos —mintió descaradamente Ximena—. Pregúntaselo a él.
En ese momento entró Elisabete en el salón y se quedó de piedra al ver a Ximena.
—¿Qué hace esta bruja aquí? —preguntó a Pericón.
—Quiere que Mingorra se quede a vivir con ella en casa de los Esparza —contestó este.
—Pues que se vaya a su casa a vivir con el demonio, porque Mingorra vendrá aquí —exclamó airadamente Elisabete. Y dirigiéndose a ella le dijo:
—¿Cómo te atreves a venir aquí después de estar media vida murmurando y calumniando a mi marido? ¡Fuera de mi casa! Y la echó sin contemplaciones dando un portazo detrás de ella, no sin antes tener que aguantar cómo la bella Ximena dejaba caer unos cuantos granos de cizaña diciéndole a Pericón: “Gracias por todo, querido. Ya nos veremos”.
Mientras, en el hospital, el tiempo no pasaba para Daniel y María. Tardaron un mes en cicatrizarse las heridas y en soldarse las costillas rotas, y las horas y los minutos transcurridos fueron intensamente vividos por los dos jóvenes que no pararon de hablar con creciente admiración y aprecio mutuo; así que la relación entre ambos se fue estrechando más y más hasta convertirse en un amor apasionado. Y como la novicia estaba todavía en un período de prueba en el convento, hicieron planes para salir de allí y casarse. Llegados a este punto, surgía el tema de la identidad desconocida de Daniel, pues en el Ayuntamiento de Aribe no estaba empadronado ni siquiera con su apodo, lo que significaba que carecía de cualquier reconocimiento y derechos. María pensaba que su padre, aunque mantuviese su origen en secreto por alguna oscura razón, debía tener algunos documentos, como el acta de nacimiento o el ingreso y salida del orfanato, en los cuales se mencionase al niño adoptado. Recordó que en su casa había varios arcones antiguos y en el más viejo y estropeado, que no se usaba, sabía que se guardaban pergaminos y papeles carcomidos, mezclados con ropa de cien años. Había que mirar allí.
Cuando dieron de alta al herido, tiraron a la basura ella el hábito y él los vendajes y se lanzaron al mundo en busca de su futuro. Lo primero que hizo María fue conseguir la llave de la casona de Aribe pidiéndosela a su hermana mayor con la excusa de coger los vestidos que había dejado allí y alguna ropa de cama. No le dijo nada de la búsqueda de los documentos. Le explicó su relación con Mingorra y, si esperaba que Ximena se enfadase, no fue así ya que por todo comentario le dijo con malicia:
—Ya era hora de que espabilases, sor María. Elige lindos camisones y buena ropa de cama, porque es el mueble que más le gusta a Mingorra. ¡Ah!, podéis quedaros allí todo el tiempo que queráis —añadió, sonriendo satisfecha, al pensar que con ello le devolvía el guante a la presumida de Elisabete.
A Ximena también había pensado volver a vivir en aquella casa por motivos propios de su mente retorcida: aparte de dar celos a su hermana y torturar a Mingorra, le atraía la idea de estar cerca de Pericón para aprovechar la mínima oportunidad de seducirlo, y de paso tenerlo controlado informando a su padre, pero finalmente había decido quedarse con sus padres en la casa de Sangüesa, pues prefería vivir con ellos llena de comodidades y rodeada de la gente elegante de la ciudad que con aquellos pueblerinos de Aribe que olían a oveja. Ya tendría ocasión de vengarse.
María, al salir del convento recuperó la dote que su padre había depositado en pago de su ingreso para ser monja; una buena cantidad de dinero. Así que pudieron alquilar un coche con dos mulas de tiro y cochero que les trasladó cómodamente hasta Aribe sin que las costillas de Daniel se resintiesen demasiado por el pedregoso camino. Llegaron al pueblo en plena nevada, la primera del año. No se veía un alma por la calle y aunque no era de noche, en algunas casas se habían encendido ya las luces y el pueblo con sus casitas de grandes aleros y sus casonas solariegas como castillos medievales parecía salido de un cuento de hadas. Entraron en la casa de los Esparza abriendo en silencio el portalón arqueado y cerraron desde dentro sin que nadie les hubiese visto.
Lo primero que hicieron al entrar fue encender el fuego bajo de la cocina, el del gran salón y de uno de los aposentos, donde pensaban dormir; y dos grandes candelabros, con los que recorrieron toda la casa. La emoción de los dos enamorados se veía en sus ojos, dorados por la cálida luz de las velas, ante la proximidad de conocer el secreto de un pasado escondido y sobre todo por la mágica atracción de pasar la noche juntos por primera vez. Localizaron el viejo arcón en un rincón del desván. Con sus signos solares grabados en el tablero frontal les parecía mágico. Dejaron las lámparas en el suelo y se fundieron en un abrazo apasionado antes de abrir la tapa.

13 -

La vida de Mingorra dio un vuelco extraordinario aquella noche de nieve y frío en que el viejo arcón de los Esparza reveló sus secretos. Tal era la emoción y la tensión con que los dos jóvenes enamorados fueron sacando vestidos apolillados, libros viejos y legajos de papeles carcomidos, que se olvidaron de la cama que les esperaba y se dedicaron a limpiar y leer los documentos encontrados. Los colocaron en el suelo y los fueron ordenando por fechas.
La mayoría eran actas y escritos notariales del concejo de Tudela y en varios de ellos figuraba bien claro el origen de Mingorra y parte de su historia. Su nombre completo era Daniel de Ejea, hijo de Pedro de Ejea y Constanza de Narbarte, naturales de Tudela, donde había nacido, según los cálculos de María, hacía veinticuatro años. Eran descendientes de judíos pertenecientes a una de las familias más poderosas de dicha ciudad, que un siglo antes se vieron obligados a elegir entre la conversión al cristianismo o el destierro, cuando se decretó la expulsión de los judíos del Reino de Navarra.
A pesar de sus riquezas e influencia, o quizá por ello, estos judíos conversos fueron siempre mal considerados por los llamados cristianos viejos, y los llamaron cristianos nuevos o marranos. A principios del siglo XVII llegaron a exponer sus nombres escritos sobre un gran lienzo llamado La Manta de Tudela, que colocaron en la catedral, con el fin de que se supiera qué familias tenían sangre judía. No había mayor descrédito que tener un antepasado mantudo como los llamaron. Los padres de Daniel figuraban en ella. Hubo casos en los que debido a la intransigencia de los cristianos puros, provocada seguramente por la envidia y la codicia, se llegó a denunciar ante la Inquisición a algunos de ellos, acusados de haberse convertido falsamente para escapar de la expulsión, pero que seguían practicando su religión hebrea y sus ritos a escondidas. Esto ocurrió con los padres de Daniel y el denunciante fue Ramón Esparza, uno de los personajes más beligerantes de la ciudad en contra de los judíos y que, aunque nacido en la montaña, tenía propiedades en Sangüesa y Tudela.
En los documentos se mencionaba la expulsión de Pedro de Ejea y su esposa y la confiscación de sus bienes, entre ellos la casa de Tudela. Su hijo de pocos meses, fue entregado al orfanato de la ciudad, donde fue bautizado con el nombre de Daniel, y a los tres años fue recogido por la familia Esparza. Todo ello estaba documentado por escribanos y notarios de Tudela. Por ningún lado aparecía lo que había ocurrido con los desgraciados padres. Seguramente marcharon al extranjero, posiblemente a Baiona, donde se habían refugiado muchos judíos, para no volver jamás a su ciudad natal. El sentido agridulce de aquel descubrimiento dejó sin capacidad de reacción a los dos jóvenes, que pasaban de la amargura por la perversión del padre de María y el drama de los padres de Daniel, a la realidad de los hijos de ambas familias unidos por el amor. Siguieron mirando más papeles sin fijarse en lo que leían, hasta que la aurora, que los miraba con cariño a través de la ventana, envuelta en su manto de nieve, los sorprendió dormidos junto al arcón.
Y así fue como la vida de María y Daniel tomó unos derroteros inesperados. Lo primero que hicieron fue acudir al Ayuntamiento para registrar a Daniel oficialmente en el municipio. Rufino Zubiri, el nuevo alcalde, estuvo a punto de sacar una botella de vino para celebrarlo, porque era el primer empadronamiento que firmaba desde que ocupaba el cargo. Había sido nombrado por el Corregidor de Sangüesa, pero gozaba de la aprobación y las simpatías del pueblo, no en vano era el vinatero exclusivo para todo el valle de Aezkoa. Gordo y colorado, haciendo honor a su oficio, despachaba por todos los pueblos vino y otras bebidas espirituosas que el mismo fabricaba con aguardiente y bayas del bosque, ya que venían a ser un importante complemento en la dieta de la gente de la montaña, donde el invierno era muy largo y las noches muy frías. Además había sido un contrabandista cumplidor que no se había olvidado de los bebedores y comerciantes del otro lado de la montaña, como los de la posada de los Ithurburu, hasta llegar incluso a Donibane Garazi. Sus carretas cargadas de pellejos de vino y barricas de aguardiente formaban parte del paisaje de la frontera. Ahora había tenido que abandonar dicha actividad (por lo menos eso decía) ya que le parecía incompatible con su puesto —no como el anterior alcalde—, pues se consideraba un hombre honrado. Al final, al verlos tan felices, les regaló la botella a los dos jóvenes, a los que conocía de siempre. La fama y el buen nombre de Daniel habían subido como la espuma desde que se supo que había salvado la vida de Pericón y el apodo de Mingorra desapareció para siempre del Valle de Aezkoa.
Una vez empadronado Daniel, lo primero que hicieron fue compartir las buenas nuevas con Pericón y Elisabete y al salir de la Alcaldía se dirigieron a su casa. La sorpresa de estos fue enorme y la alegría aún mayor cuando se encontraron en el portalón con Daniel completamente curado, abrazado a la hija menor de los Esparza y con el nombre y apellido de él bajo el brazo. Organizaron enseguida una gran celebración como si fuese a la vez una boda y un nacimiento. María contó cómo habían encontrado los documentos que demostraban los orígenes de Daniel en el arcón de la casona y la terrible relación de sus padres respectivos. Cómo se habían enamorado al cuidar de él en el hospital y cómo habían decidido quedarse a vivir en la casa de los Esparza, ahora vacía. Terminaron el vino del alcalde y dos botellas más y llegó el momento de los brindis, las confidencias y las explicaciones de los malos entendidos que, en su momento, hubo entre ellos. Así siguieron durante horas, cantando y riendo, hasta que no pudieron tenerse derechos. Algunos vecinos cercanos se durmieron por fin después de haber aguantado los agudos desafinados del gran cazador, que más parecían aullidos de lobos en mitad de la noche.
María y Daniel fueron a su casa sosteniéndose el uno al otro y resbalando en la nieve. Este último empezaba a temer que se le iba a escapar otra noche sin hacer el amor con aquella mujer maravillosa. ¡Quién lo hubiera dicho Mingorra!... pensó.
—Te quiero Daniel —le dijo ella con voz arrastrada al entrar en el portalón... y cayó dormida en sus brazos.
Una vez que Cupido dejó bien atados los nuevos lazos del amor en aquel pequeño pueblo de la montaña, se fue para otros pagos, dejando que la rutina y la vida tranquila se adueñaran de sus vidas. Daniel consiguió al fin hacer el amor, con regularidad y satisfacción por ambas partes, y volvió a los libros que ahora recibía en casa sin necesidad de ir a la sacristía y empezó a preparase para ser el escribano principal del valle de Aezkoa. Como es natural, no se le volvió a ocurrir acompañar a Pericón en sus cacerías, ni a este invitarle.
María, animada por los conocimientos de Elisabete y Pericón sobre el mundo de las plantas, comenzó a estudiar los secretos de las frutas, hierbas y flores del bosque, con las que aprendió a preparar perfumes, maceraciones y filtros medicinales, usando los alambiques de la granja del nuevo alcalde, al que, de paso, ayudaba en la elaboración de sus aguardientes y anisados. Se fue especializando en producir licor de endrinas, que en el invierno se vendía más que el vino, con lo que el alcalde estaba totalmente satisfecho con su ayuda, dado que ahora las carretas que pasaban a Francia llevaban siempre cántaras de patxaran que vendía al doble del precio del vino. Legalmente, por supuesto, como decía a sus clientes franceses maese Ithurburu el posadero de Esterenzubi. Y así María se sacaba unos buenos ducados que falta les harían cuando se le acabase la dote de monja y que Daniel, de momento, no veía más que en los libros ilustrados. Claro que estaba pendiente la recuperación del patrimonio de la familia Ejea, labor harto difícil, porque todas las disposiciones legales relativas al caso estaban en Tudela, fuera de la Merindad de Sangüesa, y un descendiente de judíos conversos no iba a tener muchas facilidades para conseguirlo, si además mediaba en ello la denuncia contra D. Ramón Esparza, hidalgo de reconocido prestigio. Era un tema delicado que Daniel no se atrevía a tratarlo con María, aunque en su fuero interno se le ocurría de vez en cuando la malsana idea de que la casa donde estaban ahora bien podía ser suya. Él seguía practicando la caligrafía y la lectura y lo demás lo dejaba para el futuro.
Elisabete pasó a ser la nueva contrabandista del pueblo ya que, con su yegua Gaztain y la ayuda de Santxo el pastor, sus tapices, cada vez más famosos, pasaban a Esterenzubi una vez al mes; aprovechaba para visitar a sus padres y de vuelta traía vestidos y otras prendas delicadas a la moda de París para las damas de Sangüesa. En eso tuvo que darle la razón a su padre. En la casa nueva de Aribe que se alzaba junto al río estaba encantada con su taller y, sin la suegra al lado y con Pericón cazando en el monte, el telar de Elisabete echaba humo. Ahora estaban de moda en Francia los tapices con paisajes idílicos (hasta ahora los había decorado con flores) y no tuvo más remedio que aprender también a dibujar, lo que no hacía nada mal, de modo que su fama fue creciendo aún más a un lado y a otro de la frontera.
¿Y Pericón?..., pues se puede decir que Pericón fue el único que no varió sus costumbres. Es seguro que las alimañas no lo echaban de menos, pero él a ellas sí, especialmente a los lobos, con los que tendría siempre cuentas pendientes, y a los que estaba deseando empezar a despellejar. Pero sobre todo añoraba la vida en el bosque y en la montaña. Tenían ya la temporada de nieves encima y con él llegaba la nueva campaña de caza. Era su oficio.
Todo estaba en armonía en aquel valle del Pirineo, donde ya estaban acostumbrados a permanecer aislados durante la mayor parte del invierno. El fuego ardía noche y día en todos los hogares y no faltaban historias y novedades que contar, ni tampoco el buen vino del alcalde Rufino, el licor rojo de María y el asado de los jabalíes que cazaba Pericón.
Solo había un corazón que desentonaba en aquella armonía, como una de las ruedas de una carreta que va chirriando por los caminos del campo: el amargado corazón de Ximena. Ya de lejos le venía el rencor porque una “posadera francesa” le había arrebatado a Pericón, al que tenía echado el ojo desde pequeña. Ahora le  fallaba la posibilidad de mantenerse cerca de Pericón, a la espera de una oportunidad de seducirle o, si no, de destruir su matrimonio. Y para rematar su fracaso, su mojigata hermana le había privado de las ventajas y satisfacciones que suponía mantener a Mingorra como amante y confidente. De momento la quitaban de en medio, pero su mente inteligente y pérfida no se daba aún por vencida. Quizá existía una oportunidad escondida en el pasado de Mingorra. Sabía desde pequeña que se llamaba Daniel, pero nada más. ¿Cómo había llegado a parar a la casa de Aribe? ¿Quiénes eran sus padres?... Tenía que investigar... Echó grasa a la rueda que gemía y siguió su camino maniobrando en silencio.

14 –

Pericón se había convertido ya un veterano alimañero solicitado desde todos los pueblos del Pirineo navarro, así como de las sierras de Urbasa y Aralar, pero en invierno, cuando la nieve tapaba las sendas y desdibujaba los barrancos, se limitaba a recorrer el espacio comprendido entre Garralda y Aribe y los picos cercanos que conocía bien, sin alejarse mucho de las cabañas de los pastores. Era peligroso moverse por parajes desconocidos donde los agujeros cubiertos o las avalanchas inesperadas podían sorprender al más avisado cazador. En el mes de diciembre, cuando las nevadas eran ligeras y el monte conservaba aún sus colores otoñales, montaba su caballo y se metía por los rincones más oscuros del bosque donde mejor percibía el paulatino descanso del mundo vegetal. El suelo sembrado de hojas muertas, hayucos y bellotas constituían la alfombra preferida para los cascos de su caballo. Y cuando la nieve se adueñaba finalmente de todo el paisaje, iba siempre andando y usaba las raquetas para no hundirse en su manto profundo; entonces sus pisadas parecían las de Tartalo, el gigante de un solo ojo y las alimañas que acechaban se andarían con cuidado al verlas.
Cazaba zorros, que muchas veces se acercaban a los caseríos apartados en busca de comida, y los jabalíes suficientes para tener abastecidas las despensas de la familia y de los amigos del pueblo. Alguna vez conseguía cazar un ciervo, una cabra salvaje o un urogallo aunque no fuesen alimañas, pues eran como regalos de la Naturaleza muy apreciados en las fiestas de fin de año.
Pero con los lobos era distinto. Su objetivo y su obligación en esta época del año era limpiar de estas fieras las zonas que los rebaños de ovejas frecuentarían al llegar la primavera Por alguna razón desde hacía meses no había visto ninguno, y sin embargo sabía que no andaban lejos, porque por las noches oía sus aullidos, y no se engañaba al pensar que lo vigilaban. Ellos conocían su olor y su silueta inconfundible y sabían moverse en la espesura sin ser vistos. Sus temores se confirmaron cuando una mañana en que siguió la dirección de los aullidos, sin caballo y sin ballesta porque iba de exploración buscando huellas, encontró un rastro reciente. Era una manada de varios animales de buen tamaño que caminaban en fila y sus pisadas se mezclaban, por lo que no podía precisar su número. En una zona de nieve endurecida pudo estudiar sus pasos y se quedó pálido, lleno de asombro y terror: todas las huellas tenían una de las patas con un defecto, la falta de una garra. Lo vio tan claro que se le erizó el vello y se quedó encogido, mirando a todos los lados: eran los hijos de Satán. ¿Cuántos? Por lo menos cinco. De pronto empezó a oír roces y gruñidos cercanos y le entró el pánico. Salió corriendo cuesta abajo, tropezándose y cayendo varias veces, temiendo que de un momento a otro le rodeasen los lobos y lo destrozasen; y no paró hasta llegar a Aribe. Fue consciente de que se había salvado por los pelos y comprendió también que no estaba preparado para enfrentarse a aquella jauría si le atacaban todos a la vez. Lo suyo era aproximarse a ellos sigilosamente con el viento de cara y abatirlos de uno en uno con la ballesta y a poder ser subido a un árbol.
Al llegar a casa, sudoroso y manchado de barro de los pies a la cabeza, lo comentó con Elisabete que se quedó mirándole horrorizada. Dijo que solo no podía volver al bosque donde los lobos lo estaban acechando y le pidió que buscase a más gente que lo acompañase. Pericón estaba de acuerdo pero no se le ocurrió nadie que se atreviese a compartir un riesgo tan evidente. Daniel estaba descartado pues, como él decía, con una vez ya tenía para el resto de su vida. Sus hermanos eran artesanos que solo pisaban el bosque para coger setas. Se acordó de Santxo, su amigo pastor, con el que había hablado de ir juntos algún día hasta la cueva del oso herido. Este sí que era un montañés fuerte y experimentado. Además, el trabajo del alimañero le interesaba porque era fundamental para la seguridad de sus rebaños. Habló con él, le contó lo de las huellas de los lobos y le pidió su ayuda para acabar con ellos antes de la próxima primavera. Santxo se mostró totalmente dispuesto y entre los dos iniciaron los preparativos para una próxima batida. Prepararon nuevas protecciones de piel de jabalí para brazos y piernas, afilaron hachas y cuchillos, fabricaron nuevas saetas y recuperaron una ballesta del arsenal de Pericón para Santxo. Este quería llevar también uno de los arcabuces de los alguaciles, pero el cazador se opuso diciendo que con él solo podrían matar a un lobo, porque el resto de la manada escaparía al primer disparo. “También podría ser el disparo que nos salve”, insistió el pastor: “lo puedo llevar en el caballo y no usarlo más que en caso de necesidad”. Aceptó finalmente Pericón y a la mañana siguiente cogieron sus monturas y marcharon monte arriba en dirección a las bordas de los pastores.
Fue un mes entero en el que se desesperaron buscando huellas por todos los claros y espesuras del bosque, barrancos y pedregales, sin encontrar el mínimo rastro de la manada. Vieron zorros, jabalíes, también algún ciervo, águilas y buitres en el cielo, pero de los lobos ni siquiera oyeron sus aullidos. O estaban en sus guaridas esperando el momento o habían marchado a otras regiones. Los osos ya estaban en sus cuevas durmiendo hasta la primavera. Tuvieron días de intensas nevadas, noches despejadas de hielo y escarcha, intermedios más templados de viento sur y lluvias torrenciales; y pasaron días sin poder salir de la cabaña. Era muy duro de aguantar incluso para dos hombres acostumbrados a vivir al aire libre. Finalmente lo dieron por imposible y decidieron volver a casa, pues la Navidad estaba cerca.
Pasó el solsticio de invierno y con él las fiestas de celebración de la Navidad y Noche Vieja, con sus belenes y onentzaros. No había faltado la buena comida y bebida con las que los de Aribe se abastecían a sí mismos y en cuatro de las casas —la de Pericón, la de Daniel, la de Santxo y la del alcalde— una botella especial ocupó el centro de la mesa en la comida de Año Nuevo. Se trataba de una bebida espumosa especial del norte de Francia, que solo bebían los nobles, y que Elisabete había traído en su último viaje, junto con las últimas modas de París. Que en un pueblo tan pequeño como Esterenzubi estuviesen tan a la última se debía a que el posadero de Otsobenta no perdía ocasión de coincidir con los oficiales del ejército francés destacados en Donibane Garazi (cosa que otros vascos procuraban evitar), entre ellos el comandante Dubois, amigo de la Reina, y a los que vendía los tapices de su hija. Todas las semanas visitaba la ciudad con su esposa y siempre traían alguna novedad. La bebida causó sensación cuando le quitaron el precinto y el corcho salió despedido como un cañonazo. Los productores habían llegado a llamarlo el “vino del diablo” por esta explosión de burbujas. Se pagaba a precio de oro y el posadero había cambiado un tapiz de Elisabete por cuatro de aquellas botellas, en contra de su voluntad. Una de ellas la regalaron a Rufino, el alcalde, para que tomase nota incluyendo aquella bebida en sus futuros contrabandos “legales” con los franceses.
Por lo demás, nada había cambiado en Aribe, salvo que Daniel estaba a punto de conseguir el puesto de escribano del concejo, título que el alcalde tenía la potestad de conceder (de ahí, también, lo del regalo del vino francés que Elisabete puso en manos de María con ese fin).
Los días empezaron a ser más largos y la nieve se había retirado a las alturas, por lo que Pericón y Santxo decidieron aprovecharlos para hacer una exploración en los territorios más allá del pico de Orhi, donde quizá los lobos habían encontrado otros recursos para alimentarse como conejos y tejones, que no abundaban por su zona. Además les cogía de camino para acercarse a la gruta donde se había producido la terrible pelea con el oso.
Salieron del pueblo una mañana de lluvia persistente de finales de enero, bajo la mirada admirativa de algunos vecinos y la menos complaciente de Elisabete, que los había despedido en la puerta del establo. Durante muchos días estuvieron subiendo y bajando por aquellos terrenos tan difíciles para los caballos, durmiendo en alguna cabaña abandonada o en pequeños refugios que se fabricaban al abrigo de los grandes peñascos de la sierra. Atravesaron zonas con nieve y otras sin ella, pero no encontraron aquí tampoco ninguna huella de lobo ni oyeron más sonidos que el gotear de la lluvia y el graznido de algún cuervo. Los robles y hayas del bosque estaban sin una hoja y solo se destacaba en la distancia el verde oscuro de los abetos y las manchas rojizas de los helechos. Le fue fácil, por tanto, a Pericón localizar la cueva del oso no muy lejos del grupo de abetos donde Daniel y él habían sujetado los caballos. Se acercaron silenciosamente y dejaron las monturas en el mismo sitio. Luego subieron hasta la cueva. Sabían que el oso herido, tanto si había sanado como si no, estaría en el fondo de la caverna, dormido o muerto. Subieron por si acaso sin hacer ruido para no despertarlo, pero no se esperaban lo que vieron a la entrada. El oso no había conseguido llegar a su refugio y lo que quedaba de él yacía a la entrada. Prácticamente solo quedaban los huesos y la piel y a su alrededor se podían ver restos de huesecillos y tendones resecos, mezclados con las plumas que los buitres habían perdido en la batalla por sus despojos. Daba pena ver aquel espectáculo y a Pericón se le hizo un nudo en la garganta. No podía olvidar que el poderoso animal no había acabado con ellos, quizá porque estaba herido de muerte o quizá porque un Espíritu superior había dispuesto perdonarles la vida.
Santxo, con mano hábil y el cuchillo de caza bien afilado, se encargó se separar la piel del resto del cuerpo, dejarla en el suelo y rascar a fondo la parte interior. Conservada por el frío y el aire de la sierra, la piel se veía en perfectas condiciones. La enrolló y ató con unas cuerdas y se la dio a Pericón. Tampoco le fue difícil arrancar los cuatro enormes colmillos, que guardó en el bolsillo. Era su parte del trofeo.
Volvieron a casa dando un gran rodeo para cubrir toda la zona montañosa y tampoco encontraron signo alguno de la presencia de los lobos. Era sumamente extraño aunque, como decía Santxo al llegar al pueblo: no nos vamos a quejar, tú tendrás que cazar lobos en otros bosques lejanos, pero nuestras ovejas comerán más tranquilas esta primavera.
Santxo llevaba muchos años de pastor y era juicioso y experimentado, pero esta vez no sabía lo que decía...

15

Ocurrió un atardecer con niebla en las praderas de Organbide, donde los rebaños de Aribe, Iriberri y Garralda pastaban desde finales de la primavera. Era el día en que los pastores se habían dedicado a poner montoncitos de sal sobre las piedras planas de las campas para que las ovejas fuesen lamiendo la cantidad que necesitaban. Por esa razón no estaban encerradas en las majadas ni en los corrales y bastaban un par de perros y un pastor para tenerlas controladas. Santxo se había quedado en su borda preparando la cena y Pericón andaba a muchas leguas de allí persiguiendo lobos por la sierra de Aizkorri, en el centro de Gipuzkoa, contratado por el ayuntamiento de Oñati. La última luz de la tarde creaba un ambiente extraño e irreal al atravesar los espesores cambiantes de los bancos de niebla. De distintas partes de la campa cercana llegaba de vez en cuando el musical sonido de los cencerros.
De repente, como el ataque por sorpresa de un ejército enemigo, empezaron a aparecer los lobos por diversos puntos del collado, acercándose con los colmillos a la vista y los ojos encendidos, saliendo de la niebla como apariciones de una pesadilla, unos acorralando a los perros, otros amenazando al pastor y el resto atacando al rebaño, que empezó a correr despavorido en todas direcciones. En unos momentos se produjo una carnicería. Eran más de veinte las fieras que se ensañaron con ovejas y corderos, y la mezcla de gritos del pastor, balidos de las ovejas, gruñidos de los lobos y ladridos de los perros, fue estremecedora. Acudieron otros pastores con más perros, armados de bastones, hachas y cuchillos, y se lanzaron sobre los lobos en una batalla campal. Los lobos perseguían especialmente a las ovejas y solo cuando los pastores, con su brazo izquierdo protegido por una manta, les cerraban el paso descargando sus palos a diestro y siniestro, se revolvían contra ellos. Así estuvieron largos minutos sin que las fieras dieran tregua en su ataque. Luego, como obedeciendo a una voz de mando, la manada se retiró, desapareciendo entre la niebla. Perros y hombres cubiertos de sangre quedaron exhaustos contemplando los efectos de un asalto inexplicable, mientras el rebaño desperdigado se fue reuniendo por instinto y se dirigió a los corrales.
El ataque había durado menos de diez minutos. La niebla se extendía ahora en silencio hasta ocultar por completo la masacre. De vez en cuando se oía el balido lastimero de una oveja herida. Los pastores se miraban unos a otros consternados. Los lobos no habían venido a comer ni a llevarse alimento alguno: habían venido a matar… y eso era lo terrible e inexplicable.
Pasaron la noche recogiendo a los animales heridos y retirando los cadáveres de ovejas y alimañas, pues no tardaría en aparecer toda la fauna nocturna que se alimenta de la carroña. Y por la mañana llegarían los buitres... Curaron sus heridas sin saber qué decir, mientras Santxo pensaba en Pericón y en el misterio de aquel ataque por parte de unos lobos que habían estado escondidos —quién sabe dónde— esperando el momento oportuno. Montaría en cólera.
Eso es lo que ocurrió cuando el cazador llegó tres días más tarde y en el pueblo le contaron lo sucedido. Hecho un basilisco subió velozmente a las bordas y pudo contemplar los efectos de la matanza: ocho ovejas muertas, otras doce heridas y hombres y perros con dentelladas por todo el cuerpo. Amarradas con unas cuerdas cuatro pieles de lobo colgaban todavía ensangrentadas porque eran los primeros que habían desollado los pastores en su furia. Ahora se dedicaban a retirar la carne de las ovejas y a cubrirla con sal y pimentón para que se conservara.
—¿De dónde demonios han salido estos lobos, si no hemos visto ni uno en dos meses? —preguntó Pericón a Santxo. Parece obra de Satanás.
—Pues mira esto —le contestó el pastor poniéndole una pata de lobo en la mano.
Aquella pata carecía de una de las garras...
—¡Maldito Satán! —bramó Pericón arrojando la pata contra la pared de la borda—. ¿Cuántos hijos engendraste antes de morir? ¿Acaso has pasado el demonio a tu descendencia?
La aparición de una manada de lobos tan numerosa atacando a los rebaños volvió a meter el miedo en el cuerpo a la gente del valle de Aezkoa y a recuperar los viejos cuentos de terror que siempre acompañaron a estos animales. Desde la muerte del hijo del molinero de Garralda no se había vuelto a detectar su presencia en las cercanías, de donde se dedujo que la labor de Pericón el alimañero había dado sus frutos, terminando con su amenaza. Parecía que los lobos que quedaban se habían desplazado a otros parajes, pueblos lejanos de donde llamaban al de Aribe, e incluso algunos llegaron a pensar que su trabajo en el valle ya no era necesario. Ahora en cambio, todas las miradas se volvían hacia el famoso cazador, pues las ovejas atacadas pertenecían a los rebaños del valle y los pastores heridos vivían en los caseríos cercanos. El peligro era real y no un cuento para asustar a los niños.
Rufino Zubiri, amigo de Pericón, además de alcalde del pueblo, le llamó a su casa para discutir el asunto. Los hombres de Aribe, y no digamos los pastores, estaban alterados y con ganas de tomar medidas cuanto antes, y el alcalde quiso saber su opinión respecto a organizar o no una batida con todos los cazadores aficionados del pueblo. Pericón le convenció de que lo único que conseguirían con eso sería obligar a la manada a esconderse o retirarse temporalmente, para luego regresar de nuevo. Además, era su trabajo y él tenía la responsabilidad de lo ocurrido, y la obligación de solucionarlo. Convencido Rufino, le preguntó por lo que le pagaban en otros sitios por cada lobo que mataba y, sin más, a partir de ese momento, le dobló la tarifa a cambio de tener preferencia en el caso de que lo requiriesen en otros lugares. Estuvo conforme Pericón y lo único que pidió fue que a Santxo se le abonase la misma cantidad, cada vez que le pidiese acompañarlo.
La decisión estaba tomada. Había que acabar con los lobos de la marca de Satán, ¡ahora o nunca! En contra de los ruegos de Elisabete y de las recomendaciones de Daniel, Pericón y Santxo salieron de Aribe días después de la matanza con la promesa de no volver hasta que hubiesen acabado con los otros cuatro hijos de Satán, a los que suponían vivos. No había nevado en este tiempo y sus huellas serían fáciles de seguir tras el ataque y la posterior desbandada. Pericón estaba seguro, sin saber el porqué exactamente, que las cuatro fieras habían conseguido juntar para el asalto a todos los lobos de la comarca; el ataque lo habían llevado a cabo como si estuviese planeado de antemano y ahora el resto de lobos habrían vuelto a sus territorios de caza. Era el momento de localizar a los cuatro y matarlos antes que llegase la época de celo y se separasen en busca de pareja para forman su propia manada. Si no los encontraban, el próximo año se podían enfrentar a más de quince lobos descendientes de Satán y quizá con sus mismos instintos.
Esta vez, tras subir el puerto, dejaron los caballos en las bordas y marcharon andando con las ballestas y las raquetas a la espalda, el macuto con comida y unas mantas en bandolera. Santxo llevaba el arcabuz como bastón y Pericón el hacha en la mano. Encontraron rápidamente las pisadas en la nieve vieja y se metieron tras ellas en el bosque, que ya se estaba cubriendo con el verdor de las hojas nuevas. En un principio las huellas de las patas sin garra se cruzaban con las de otros lobos en una y otra dirección, hasta que finalmente llegaron a un claro entre hayas y robles en que solo quedaron ellas, siguiendo en fila india un estrecho sendero. Fueron detrás con más precaución y cruzaron barrancos profundos donde la nieve se había acumulado y peñascos cubiertos de musgo y helechos por donde bajaban torrenteras de agua nacidas con el deshielo. Se habían metido ya en lo más profundo del bosque y tenían que estar cerca de su refugio o guarida. Hubo un momento en que las pisadas se empezaron a cruzar y a ir y volver a los mismos sitios, como si los lobos hubiesen llegado a su destino y se entretuviesen merodeando cerca de la cueva. Era el sitio buscado por Pericón. Sabía que ahora lo que tenían que hacer era esconderse bien, tener paciencia y esperar. Por suerte la brisa seguía soplando en contra y no les habían detectado. Volvieron por la misma senda unas docenas de pasos y se dedicaron a preparar un escondrijo de ramas que también les sirviese de refugio. Tenía que ser en la copa de un árbol y de forma que tuviesen una amplia visión del sendero en un sentido y en otro. Tarde o temprano los lobos pasarían por allí. Escogieron un roble frondoso en el borde del camino y sin hacer el menor ruido fueron subiendo ramas rotas del suelo hasta una altura de unos tres metros, donde construyeron una pequeña cabaña, como las que hacen los niños en sus juegos; sólida y abierta hacia el sendero.
Entre tanto, la luz del día se fue apagando y la bruma empezó a descender entre los árboles como una sustancia blanquecina y pegajosa. No iba a ser una noche para dormir sino para estar alerta. De repente se oyeron los aullidos de la manada, poniendo los pelos de punta a los dos cazadores, pues nunca habían oído a esa distancia sonidos tan terroríficos. Un búho vigilante desde un árbol cercano, completó con su ulular misterioso el ambiente siniestro de aquel paraje solitario. Se encogieron en su puesto, bien abrigados, y se dedicaron a esperar. Finalmente, pararon los aullidos, se marchó el búho, y la oscuridad y el silencio acabaron recostados sobre el lecho del bosque, vestidos de niebla.
—Tienen que salir para buscar comida —dijo Pericón en un murmullo—. Vamos a cargar las ballestas y a estar preparados. Tenemos que disparar lo más rápido posible y no fallar. Si acertamos, antes de que se den cuenta estarán muertos.
—Ahora sería imposible verlos —dijo Santxo—. Habrá que esperar a que amanezca.
—Vigilemos.
Pasaron las horas y ya estaba amaneciendo cuando empezaron a oír, acercándose a ellos, ruidos de gruñidos y roces en la espesura y sobre el fondo blanquecino de la bruma pronto se pudo ver sus sombras negras. Volvían de su cacería nocturna y ahora se paraban en la senda olisqueando el aire y las huellas de los cazadores. Iban hacia atrás y volvían de nuevo, girando y elevando el hocico al viento. Los habían detectado y poco a poco se fueron acercando al roble donde estaban Sancho y Pericón avanzando unos pasos y parando de nuevo. Este hizo un gesto de pausa a su amigo con la mano, señalando primero al cielo y luego a las ballestas. Cargaron las ballestas y dejaron el resto de saetas a su alcance y esperaron. Cuando hubo luz suficiente para ver a los cuatro lobos perfectamente, Pericón levantó poco a poco la ballesta, hizo un gesto a Santxo con el dedo hacia adelante, esperó a que este apuntase y dijo en un susurro:
—¡Ya!
Como las notas de un arpa atravesando el aire, las dos saetas cruzaron la corta distancia y atravesaron limpiamente el cuello de dos de los lobos, que cayeron como fulminados por un rayo. Antes, los dos cazadores habían quedado en apuntar al cuello y que Pericón dispararía siempre al de más a la derecha y Santxo al de la izquierda. Los dos lobos restantes dieron ladridos de miedo y rabia y se metieron entre los arbustos cercanos, sin ver ni saber dónde estaba el enemigo. Al cabo de un rato volvieron a aparecer y se fueron aproximando con tremenda cautela a los dos cuerpos tendidos sobre la nieve, mirando a todos los lados con los lomos erizados y los colmillos a la vista. Dos nuevas saetas los atravesaron y acabaron con sus vidas.
—La leyenda de Satán y sus hijos ha terminado —dijo Pericón a modo de epitafio.
—Que Dios te oiga…
Bajaron del árbol, comprobaron que las fieras estaban muertas, recogieron sus cosas y fueron a buscar los caballos. Cuando volvieron ya estaban los buitres circunvolando el cielo pero, al no poder meterse entre los árboles, graznaban de forma estridente y desagradable. Pericón no pudo contenerse y al primero que se arrimó demasiado a las copas de los árboles lo atravesó de un flechazo. Animado por su puntería le pidió el arcabuz a Santxo, encendió la mecha, apuntó a otro de los buitres y disparó. El ave carroñera dio un volatín en el aire y cayó pesadamente al suelo, dejando un puñado de plumas suspendidas en la niebla. “Estos no comerán cordero esta primavera, Santxo”, dijo secamente. “Tenía ganas de probar este trasto”.
Cargaron dos lobos cada uno y volvieron al pueblo, arrojando los cuerpos en medio de la plaza. Se corrió enseguida la voz y en pocos minutos una multitud rodeaba los cadáveres, con el alcalde y los pastores a la cabeza. La gente esta vez no se anduvo con miramientos, ni con procesiones, ni con esculturas. Todos en corro, alrededor de los lobos muertos, los machacaron con hachas, azadas y palos, hasta dejarlos convertidos en unos restos ensangrentados, y los chicuelos del pueblo se lanzaron rápidamente a conseguir los colmillos como trofeos de una gran batalla. Luego, como suele hacer el pueblo para celebrar sus victorias, sacaron unas mesas a la plaza con chorizos, quesos y cántaras de vino y bebieron y comieron hasta el anochecer, con vivas y brindis por Santxo y Pericón.

Sin duda pasaría tiempo antes de que nuevas manadas se asentasen en el lugar, pues los lobos respetan el territorio señalado por sus congéneres con sus huellas y olores. Finalmente acabarían llegando al valle nuevos lobos, y nuevos rebaños subirían a las campas de Organbide; pero aquellos que tuvieron en vilo a Pericón durante tantos años, dejaron un recuerdo imborrable en las leyendas de pastores y alimañeros. Tal vez el espíritu de Satán quedó vagando por los bosques pirenaicos.

16 –

Con el trágico final de aquella familia de lobos, que según el pueblo de Aribe habían estado poseídos por el demonio, las actividades cazadoras de Pericón bajaron ostensiblemente, limitándose a la captura de zorros, jabalíes y algún lobo solitario en los valles cercanos. Con esas perspectivas, iba a resultar que Elisabete ganaba con sus tapices más que él, lo cual venía ser algo indecoroso e inaceptable para un hombre de la montaña navarra como Pericón.
Por eso, cuando desde la lejana Bizkaia le vinieron a visitar dos enviados especiales de las Juntas de Las Encartaciones para ofrecerle el puesto de Alimañero Mayor de aquella zona y del contiguo valle de Aiara, no se lo pensó dos veces. Las condiciones eran excelentes. Aparte del sueldo fijo y de una prima por cada captura, ponían a su disposición una casona solariega —casi como una torre medieval— y un carruaje de dos caballos; así como la ayuda de los hombres y perros que necesitase en su oficio. De momento la oferta era por un año, que se renovaría al final de cada temporada. Le explicaron que su campo de acción sería la zona de bosques extendida a los pies de la imponente Sierra Gorobel, en la frontera con Araba, donde vivían más de doscientos lobos y que los rebaños que debía proteger eran de ovejas, caballos y vacas. El problema que tenían era grave pues los rebaños eran muchos y pastaban en lugares diversos y los cazadores pocos y mal preparados; y todos los años los lobos se cobraban alguna vida humana y decenas de cabezas de ganado. Había que vigilar también a los buitres que anidaban en la misma sierra, y se convertían en una amenaza si no los mantenían lejos por medio de muladares continuamente renovados. Los dos emisarios se hospedaron en la posada de Garralda esperando su respuesta.
—Aquella es gente de dinero —le decía Pericón a Elisabete esa noche junto al fuego—. Imagínate con un coche de dos caballos como los ricos de Sangüesa. Podríamos ver el mar que está muy cerca y comeríamos pescado fresco. Y conocerías el puerto de Bilbao con todo tipo de mercancías traídas de todo el mundo, no solo de París. Incluso podríamos tener algún criado… —y ya para rematar el zorro de Pericón añadió— y venderías tapices como rosquillas.
Estaba Pericón más que entusiasmado según iba enumerando las ventajas y los placeres que les esperaban, todos ellos encaminados a engatusar a Elisabete, que al principio le escuchaba con el ceño fruncido y una expresión de cierto escepticismo (ahora que tenía bien organizada su vida de tejedora y sus viajes mensuales a Esterenzubi), hasta que al oír hablar del mar y del puerto de Bilbao, le comenzaron a brillar los ojos y, algo más tarde, cuando su imaginación empezó a digerir las descripciones de Pericón y a componer agradables sueños de vida bulliciosa, rodeada de comerciantes y marinos, aquel entusiasmo de su marido inundó igualmente su corazón de aventurera y traficante.
Lo habló Pericón con el alcalde y lo discutió Elisabete con Daniel y María, a los que vanamente intentó convencer de que viajaran con ellos. No era el mejor momento para que la pareja se ausentase de Aribe, ahora que Daniel había accedido al puesto de escribano y la tranquilidad se había instalado en la antigua casa de los Esparza. Quizá el año siguiente. Pericón y el alcalde llegaron en cambio a un acuerdo rápido según el cual se le mantenía el puesto de alimañero, al que atendería en viajes cortos y períodos concretos y, mientras, se apañarían con algún sustituto de confianza como, por ejemplo, Santxo el pastor, que había demostrado su valía en el asunto de los lobos.

Al día siguiente los enviados se volvieron a Bizkaia con el compromiso firme del mejor alimañero del país vasco, Pedro de Galarza, aunque su fama ya le había precedido y se le esperaba simplemente como Pericón el Alimañero y así aparecía hasta en las actas de la Casa de Juntas. El traslado lo harían a lo largo del otoño, con tiempo para preparar la temporada invernal de caza. Entretanto le prepararían la casona donde se iba a instalar que se situaba en un pequeño valle cercano a Artziniega, el valle de Okondo.
Fue un período de nervios y actividad frenética para todos, excepto para Pericón que disfrutó de un tranquilo verano enseñando a Santxo las técnicas del buen alimañero y aprovechando para recorrer los bosques y montañas que tanto amaba. Quién sabe lo que se iba a encontrar en su nuevo destino. En aquellos terrenos ondulados a donde iba, de poco más de mil metros en sus picos más altos, era difícil pensar que existiesen los bosques interminables, los ríos caudalosos y las cumbres rocosas del Pirineo. Ahora bien —solía reflexionar en sus paseos—, si vivían allí lobos en abundancia eso significaba que el paisaje era como a él le gustaba, pues había llegado a pensar que en algunos aspectos de su comportamiento los lobos se parecían a él, o él se parecía a los temidos animales.
—Si a ellos les gusta a mí también — le decía a Elisabete cuando hablaban de su nuevo hogar, refiriéndose claro está a los lobos y al nuevo paisaje.
—Pericón, ¿cómo te puedes comparar con esas bestias que se comen a los corderos.
—Lo hacen por hambre, Elisa. ¿No lo hacemos también nosotros?
Por una cosa o por otra era Elisabete la que vivía agitada y nerviosa, pues estaba convencida de que en poco tiempo su vida iba a cambiar radicalmente. Siempre había soñado con ver el mar y el viaje a la costa del que solía hablar con Pericón nunca había terminado de concretarse. Ahora, de forma inesperada, lo tendría al alcance de la mano. Intuía que su cercanía acabaría influyendo más en su carácter que las montañas de su tierra natal, sobre todo por el atractivo de los grandes puertos marítimos como Castro Urdiales, Santurtzi y Bilbao, de los que había oído hablar a los peregrinos, con su animado trasiego de mil productos exóticos, la llegada y salida de hermosos navíos de países lejanos, el ambiente de marinos, pescadores, corsarios y comerciantes y la posibilidad de algún tipo de contrabando a base de barcos en vez de mulas. Sin duda había heredado el espíritu negociante y pícaro de su padre. En el tiempo que llevaba en Aribe apenas había llegado a relacionarse con más de diez vecinos, en cambio en Bizkaia conocería en seguida a más de cien. Además, tendrían un carruaje propio con el que moverse de un sitio para otro... claro que durante mucho tiempo no podría estar con su amiga María ni tampoco visitar a sus padres, pero merecía la pena el sacrificio. Probarían pescados que no sabía ni que existían y especias y otros productos raros como el café y el cacao traídos de América. Luego estaba el asunto de los tapices. Bilbao era mucho más importante que Donibane Garazi y, aparte de adornar las casas de sus ricos ciudadanos, se podía dedicar a la exportación, y no dudaba de que llegarían a venderse en los puertos de Europa.
Así se dejaba llevar por sus sueños la antigua mesonera, como si fuera la lechera de la fábula, mientras iba recogiendo todo lo necesario para llevarlo en el viaje. Solo el camino por las tierras extrañas que tendrían que cruzar le llenaba de excitación.
Mas excitada si cabe andaba María, moviéndose de aquí para allá. El hecho de que Daniel y ella viviesen juntos en la misma casa se había justificado hasta ahora en el pueblo atendiendo a las circunstancias especiales de los dos jóvenes, pero llegó un momento en que las beatas empezaron a murmurar y el cura les lanzó más de una llamada de atención. Había que casarse. Lo pensaron y lo decidieron. El fin del verano, a mediados de septiembre, fue la fecha elegida. A ella sí que le había cambiado la vida en un abrir y cerrar de ojos. ¡Ay! solía decir, del convento al altar. Y no es que la boda no le hiciese ilusión, pero justo ahora que vivían tranquilos sin ninguna preocupación ni amenaza, ni siquiera —gracias a Dios—una visita inoportuna de su hermana Ximena...
Con los preparativos de la boda y la marcha de sus únicos amigos poco después, el futuro, de repente, se le presentaba lleno de trabajo y responsabilidades, cuando ella misma se consideraba todavía una niña que no tenía ninguna experiencia de nada y que siempre tenía que preguntar a Elisabete lo que había que hacer. En cambio Daniel, repuesto ya de sus heridas, gozaba con su trabajo y sus lecturas. Su mayor preocupación era que María fuese feliz y él estaba a su lado para ayudarle en todo. Lo de la boda no le quitaba el sueño, más bien le hacía soñar, porque se consideraba el ser más afortunado del mundo al haber encontrado una mujer como ella y además le parecía ley de vida. Estaban totalmente enamorados y el que la Iglesia les atase con mil cadenas de rezos y agua bendita le parecía un hecho sin más importancia. Que Pericón se marchase y que Ximena pudiese aparecer en algún momento para vengarse, sí que le tenían más preocupado, aunque eran dos nubarrones que aparecían y desaparecían en el horizonte lejano. Y de recuperar su fortuna algún día, ni se acordaba.
La boda se iba a celebrar en la parroquia de la Inmaculada de Aribe con la intención de ser lo más discreta posible, pero quién iba a evitar que a la iglesia acudiese el pueblo entero. Sin embargo, los invitados al banquete nupcial se contaban con los dedos: Pericón y Elisabete, el alcalde Rufino y Santxo el pastor con sus respectivas mujeres y el cura D. Jacinto, que se invitaba él solo, bien es cierto que había contribuido a la educación de Daniel dejándole sus libros. Los padres y los hermanos de Pericón estaban en la lista, pero de la familia de ella lo que esperaban todos es que no apareciese nadie, aunque se daba por descontado que mandarían algún espía.
Con estos ajetreos y cada uno dedicado a sus quehaceres, pasó el verano sin los agobios de los primeros días. Pericón había decidido devolver los arcabuces que había quitado a los alguaciles en la famosa caída en el agujero del nevero y estos en prueba de agradecimiento y sin ningún resentimiento, pues ahora estaban encantados con el nuevo alcalde con el que tenían el vino gratis, le regalaron uno de ellos. El cazador tenía una cuenta pendiente con los buitres que subían desde Arizkun, y se dedicó a practicar el tiro con ellos. Había descubierto que tanto si acertaba a uno como si no, la manada desaparecía del lugar durante tres o cuatro días, advertidos por el ruido de la explosión y el silbido de las bolas de plomo Decidió incluirlo en su armamento con destino a los buitres de Orduña que, por lo que le habían dicho, eran numerosos y agresivos.
Y mientras Pericón se ponía en forma, preparándose para su futuro, y se despedía de sus bosques queridos caminando por la selva de Irati, Elisabete pasó el mes de agosto ayudando a María a preparar sus vestidos y la ropa de la casa, para lo cual organizaron un viaje juntas a Esterenzubi, en el que la antigua posadera aprovechó para informar a sus padres de su viaje a Bizkaia, y volver cargadas de las delicadas prendas que las damas francesas utilizaban en sus esponsales. También se dedicó a tejer tapices sin parar hasta juntar una buena colección para llevarla a aquel pueblo lejano, Artziniega, del que no había oído hablar nunca.
Se podía decir que la boda se celebró finalmente sin grandes alardes en la fecha prevista, a no ser que alguien se hubiese fijado en la presencia de dos mujeres vestidas de negro con el rostro cubierto, una con mantilla la otra con velo, discretamente situadas por separado en los rincones más oscuros de la iglesia. Por sus siluetas se adivinaba que una de ellas era joven y de buena figura y la otra bastante mayor, ambas elegantemente vestidas. El que se fijó en ellas fue Pericón, cuya vista de alimañero no dejaba escapar una sombra negra en el bosque ni en la iglesia sin identificarlas. A la joven de la mantilla la reconoció enseguida: quién iba a ser sino Ximena que, al parecer, no podía privarse de la morbosidad del momento o, quién sabe, si estaba preparando alguna maldad; pero de la mayor no se le ocurrió ninguna persona que conociese.
Terminada la ceremonia, la joven de la mantilla desapareció mezclada con los asistentes, pero la dama de edad se quedó discretamente esperando a la salida junto a la puerta. Cuando los recién casados pasaron cerca de ella, hizo el gesto de extender la mano, vaciló sobre los pies y se alejó con la cabeza baja. Pericón, que no la había perdido de vista, vio como se dirigía hacia detrás de la iglesia con pasos vacilantes, subía a un coche negro y desaparecía en dirección a Garralda. No comentó con nadie la extraña visita; se imaginó, con ese humor de tendencias macabras que le caracterizaba, que bien podía ser una bruja disfrazada de dama enlutada, la Muerte, o quién sabe qué, y se olvidó de ella. Para qué iba a alarmar a nadie.
Pero quiso el azar que al alcalde Rufino Zubiri, cuando se dirigía a la parroquia para actuar de testigo de la boda junto a Pericón, le llamó la atención un coche señorial que se encontraba detrás de la Iglesia con evidente deseo de pasar desapercibido. Llevado de su celo de máxima autoridad del pueblo y como el tal carruaje no le sonaba de nada, se acercó a donde estaba y le preguntó al cochero por su dueño y procedencia. Venimos de Tudela, contesto el criado, y su dueña es Doña Constanza de Narbarte. Al alcalde aquel nombre no le decía nada, por lo que siguió su camino y entró en la iglesia y como iba ya con la curiosidad metida en la cabeza —¿qué interés podía tener un dama de Tudela en aquella boda?—se fijó en las mujeres elegantes que no estaban en el primer banco y pronto distinguió a las dos siluetas de rostro cubierto medio escondidas tras las columnas. En ese momento se cruzó su mirada con la de Pericón que se dirigía a los mismos puntos e hicieron ambos un leve gesto de entendimiento. A la salida y en medio de las felicitaciones y vivas de las amistades y vecinos, Rufino le llevó aparte a Pericón y le contó lo que le había dicho el cochero. Un poco después Pericón se lo contó a Elisabete y esta no tardó ni diez segundos en contárselo a los recién casados. En un principio la pareja se quedó extrañada y como con curiosidad por saber quién podría ser aquella mujer, pero de repente María se puso pálida y se hubiese caído desmayada si Daniel no la coge en sus brazos. Al recuperarse, camino del pequeño mesón del pueblo donde se iba a celebrar el banquete, María se volvió hacia Daniel, le cogió de los hombros y con voz ahogada por la emoción le dijo: ¡Es tu madre!, y volvió a caer en sus brazos. Esta vez el desmayo fue más prolongado. En el mesón le dieron a oler un paño con amoníaco y a beber un trago del patxaran que ella misma hacía, lo que le hizo volver en sí rápidamente.
—Estaba escrito en los papeles del arcón —es lo primero que dijo, mirando angustiada a Daniel—, ¿no lo recuerdas?, Pedro de Ejea y Constanza de Narbarte fueron expulsados de Tudela y su hijo fue recogido en el orfanato. Son tus padres.
—¿Y por qué no ha querido presentarse? —preguntó Daniel, totalmente confundido por la sorpresa.
—Seguramente quiere saber cómo eres y lo que siente al verte… y de paso saber cómo soy yo. Para ella soy la hija del causante de su desgracia— dijo María con la emoción reflejada en su rostro. No se ha atrevido a darse a conocer delante de todo el mundo.
—¿Y qué será de mi padre? Si ella viaja sola y vestida de negro no hay duda de que es viuda...
—Algún día lo sabremos, Daniel. Ahora lo importante es que tu madre está viva y que reside en Tudela. Iremos en su búsqueda.

 17 –
Dos grandes montones de ropa y mil objetos varios se iban apilando, bien separados, en las esquinas del zaguán. Elisabete y Pericón parecían no conocerse mientras preparaban sus cosas para el viaje a Bizkaia. “Cada uno que separe lo suyo”, había dicho ella, pues era sin duda bastante más ordenada que su marido. Y eso que no pensaban llevar ningún mueble, salvo la kutxa con la ropa de cama, manteles, servilletas y demás, junto con los documentos importantes, el dinero y algunos libros. Pero solo con el equipo de caza de Pericón: chaquetones, gorros, polainas, botas, raquetas, cuerdas, ballestas y otras armas, ya se llenaría media carreta; y la otra media con el telar desmontado de Elisabete, la rueca, los cestos con madejas de lana, los tintes y la colección de tapices. Y como no tenían carreta, tuvo que llegar el momento de empezar a reducir los montones y pasar de lo conveniente a lo necesario y de lo necesario a lo imprescindible, entre nervios y discusiones, como “esto no te hace falta” y “esto otro lo podemos comprar allí”, hurgando esta vez cada uno en el montón del otro; discusiones que, como no podía ser menos, terminaban al acostarse.
El día acordado apareció muy de mañana por el pueblo un carruaje tirado por dos caballos con tres mulas atadas por detrás y un cochero en el pescante, que, después de preguntar a unos vecinos, fue a parar frente a la casona de Pericón. Venía de Balmaseda en la zona occidental de Bizkaia. El cochero se presentó como Martin y les informó que a partir de entonces estaría a su servicio como criado, cochero o lo que fuese necesario. Era un hombre delgado de inteligentes ojos grises refugiados bajo espesas cejas en un rostro arrugado y curtido de expresión entre seria y sarcástica. En sus brazos nervudos se veían varios tatuajes casi borrados, entre ellos un ancla con dos tibias cruzadas debajo. En la oreja izquierda un anillo al parecer de oro. Tenía todas las trazas de ser un pirata retirado o, cuando menos, un marino con más de siete mares a sus espaldas. Usaba una raída txapela negra que como comprobaron con el tiempo no se quitaba nunca. Andaba cerca de los sesenta años y era viudo y sin hijos. Se parecía al padre de Pericón en sus rasgos vascos, aunque el euskera que hablaba era difícil de entender para el de Aribe y más aún para la de Esterenzubi, por lo que poco después de llegar terminaron hablando en castellano.
El asunto de la montaña de trastos ya se lo había imaginado Martín y por eso venía con tres mulas prestadas, a las que fueron cargando hasta que casi no se las veía bajo los bultos. El arcón iba con ellos en la trasera del carruaje. Los dos caballos de la pareja, que Elisabete presentó a Martín como Gaztain y Txikia (así le llamaba Pericón al suyo, seguramente porque era algo más bajo que él), marchaban detrás cerrando la comitiva. Como dijo Daniel al despedirles, parecía el viaje de un Condestable del Reino. María prometió enviarles una carta con sus pesquisas sobre la familia de Daniel y Pericón les aseguró que por Navidad volverían a casa.
Marcharon, por fin, con una mezcla de ilusión y tristeza en la mirada, entre los saludos de los padres y hermanos de Pericón y no pocos vecinos, que se habían levantado para despedirles, junto con el alcalde y el pastor Santxo, sus mejores amigos además de Daniel.
El día era gris, lluvioso a ratos, y en el interior del coche se viajaba confortablemente. Elisabete, bien arrimada al costado de Pericón, comenzaba a disfrutar de su nueva situación de dama importante contemplando con cierta nostalgia, no mucha, las elevadas montañas de su tierra que iba dejando atrás. Un gusanillo en el estómago le auguraba grandes emociones en su nuevo destino, en tanto que Pericón, que parecía imperturbable mirando absorto por la ventanilla, parpadeaba a menudo con los ojos impregnados de melancolía.
El viaje se hizo largo, a ratos peligroso por las grandes cuestas del camino, pero siempre entretenido con las historias que fue narrando Martín en las sucesivas paradas de la ruta hacia Bizkaia. Las que contó de los marinos y pescadores vascos fueron emocionantes, unas divertidas y otras terroríficas, teniendo embelesada a Elisabete que, desde pequeña, había soñado con los relatos de bandoleros famosos que los peregrinos y soldados contaban en la posada de Esterenzubi. Por eso estaba enamorada de Pericón, que además de contrabandista era ya, cuando lo conoció, un héroe legendario. Su sintonía con Martin fue inmediata. Aquel aspecto de filibustero ennoblecido por la edad, así como la gracia con la que contaba sus relatos y el arte que se daba para vestirlos con tintes dramáticos o románticos, según los casos, la tenían hipnotizada. De su vida apenas si contaba nada, pero no había duda de que durante muchos años había sido marino, posiblemente corsario y seguramente contrabandista.
A Pericón aquellas historias le resultaban igualmente atractivas y por primera vez le dio por pensar que no solo en los montes del Pirineo había hombres bravos y duros, capaces de las mayores proezas. Enfrentarse con aquellos gigantes marinos que describía Martín con un simple arpón en la mano y subido a un pequeño barco de madera le parecía algo increíble, como luchar contra un oso con un cuchillo desafilado. Al llegar al alto de Orduña, donde comienza el descenso de la meseta hacia el valle de Aiara, hicieron un alto en el camino para coger aliento viajeros y cochero y observar el panorama, impresionante, en primer lugar, por las vistas que llegaban hasta costa y, sobre todo, por el descenso vertiginoso que les esperaba. A la izquierda y a la derecha la montaña se desplomaba en precipicios cortados a pico y a sus pies el camino se escondía en el bosque, dibujando decenas de curvas superpuestas que aparecían y desaparecían ente las hayas. Estaban en la Sierra de Salbada o Gorobel, la que sería en adelante el territorio de caza de Pericón. La vista era para dejar a lod dos jóvenes sobrecogidos y así estuvieron un buen rato, la una intentando vislumbrar el mar en la lejanía y el otro imaginando el correr de los lobos por aquellos bosques que cubrían los valles. “En Aezkoa”, dijo Pericón, “tenemos un jabalí debajo de un árbol en el escudo; estos vizcaínos han puesto un par de lobos bajo el roble… ¿se los comerán también?”.
Martín revisó el freno del carruaje e iniciaron lentamente el descenso acompañados por el rechinar de las zapatas y el resbalar de las pezuñas de las caballerizas. Cuando alcanzaron el llano respiraron tranquilos y miraron hacia la montaña que dejaban atrás. Los afilados picos que sobresalían a lo largo de la Sierra parecían las proas de barcos enormes que navegaban en un mar de hayas y encinas. Y avanzando por terrenos ondulados, entre bosques y praderas, la pequeña embarcación de la pareja navarra, con un pirata al timón, no tardó mucho en llegar a su destino.
La casa que el concejo les había asignado era un robusto caserón de piedra con tejado a cuatro aguas de grandes aleros y con las esquinas así como los vanos de puertas y ventanas de sillería de piedra caliza. En la fachada, un gran portalón adintelado por una gran viga de roble se abría a un zaguán de grandes dimensiones. Sobre él de extendía un balcón de madera, que daba sombra a la espaciosa entrada y protección contra la lluvia. Por toda la pared crecía una gran parra hasta alcanzar los ventanucos del desván. A un costado una gran puerta de madera daba entrada a la cuadra y los establos. Todo el conjunto presentaba un aire de gran solidez, aunque las hierbas del camino de entrada y la pintura raída de los marcos de las ventanas indicaban que la casa llevaba un tiempo abandonada. En los alrededores se veían restos de una antigua huerta y un grupo de frutales próximos al bosque de robles y castaños que rodeaban la casa. No muy lejos, un pequeño río bajaba a saltos por un barranco que se perdía cuesta arriba por el monte cercano. Parte de sus aguas llegaban a la casa a través de una pequeña acequia construida con losas. No se veía ningún otro edificio en los alrededores. El río daba nombre al lugar y a la casa que, según dijo Martín, se conocía como Minaur.
A Elisabete se le encogió un poco el ánimo al contemplar las dimensiones de la casona y su situación apartada. El día gris y brumoso no contribuía mucho a dar un ambiente alegre a la que parecía más fortaleza que vivienda. Afortunadamente el camino de acceso no tendría más de cien pasos desde la carretera principal. Aquí caben cuatro familias, se dijo, ¡qué hago yo sola en este caserón! En cambio a Pericón el lugar le pareció inmejorable: espacio por todos los lados, un río al lado, bosques y montes cercanos, sin curiosos por alrededor… perfecto. Fueron recorriendo el interior de la casa y las sensaciones de Elisabete empezaron a mejorar, como cuando un vino bueno comienza a hacer efecto. Excepto la cocina, que parecía un mesón, con un gran fuego bajo y asientos de madera, una mesa larga con bancos corridos a cada lado y estantes por todas las paredes, las habitaciones estaban completamente vacías y limpias, y Elisabete las fue decorando todas con la imaginación, asignándolas a cada una su futuro cometido. Al llegar a una de las cámaras de la primera planta que daba a la fachada, por donde se colaban las últimas luces de la tarde, no dudó en nombrarla como el taller de los tapices porque, tan grande como era, ya se veía trabajando en dos o tres telares a la vez, y su colección de alfombras y tapices colgando por las paredes. Por la mañana el sol entraría a raudales atravesando las hojas otoñales de la parra. Esa agradable visión y el ambiente de posada que tenía la cocina hicieron que se sintiera como en casa.
Martín había estado por allí los días anteriores, porque todos los fuegos bajos de la casa tenían una enorme pila de leños junto a ellos y ahora el servicial cochero se dedicaba a encender los hogares, pues la casa estaba húmeda y helada. Había más leña en la cuadra y abundante paja en los pesebres del establo. El Ayuntamiento había tenido el detalle de retirar los muebles viejos y vaciar la casa y mantenía un dinero en reserva para ir amueblándola a gusto de Pericón y su esposa. La comarca era pródiga en madera y carpinteros y no tendrían problema en encontrar lo que quisieran. Mientras tanto, dormirían en casa de Martín que se encontraba en el casco medieval de Balmaseda, a media hora a caballo. Bajaron los fardos a la entrada del zaguán, metieron el carruaje en la cochera y los animales de tiro en el establo y se fueron a conocer el pueblo, llevando un pequeño equipaje y las tres mulas prestadas.
Dejaron la casa calentando sus huesos fríos. Según se alejaban volvieron la cabeza para contemplar de nuevo su futuro hogar. Se iba haciendo de noche y el resplandor vacilante y rojizo de los fuegos daba un aire mágico al interior de la vivienda. Los espíritus del lugar andaban ya buscando un hueco en el desván, interesados en los nuevos intrusos. También los animales del bosque habían detectado su llegada. Los pequeños roedores, asomados en sus madrigueras, se estaban imaginando el caserón lleno de sacos de trigo, queso y otros manjares; los pájaros, prestos a dormir, se mostraron contentos porque confiaban en que la parra y los frutales, bien cuidados por la mano del hombre, les darían hermosos frutos; los zorros se veían corriendo a las noches detrás de gallinas bien cebadas... y más de un lobo solitario se había fijado con recelo en las ballestas, lanzas y saetas que se descargaron de las mulas.
Había expectación en los bosques de Okondo ante la llegada de Pericón el Alimañero.

18 -

Lo primero que hizo Pericón al día siguiente de su llegada fue presentarse a la Junta de las Encartaciones, donde le habían contratado. Allí, aparte de firmar los pliegos de asignación de salarios, exenciones y demás privilegios que le correspondían, como la casa, el criado, el carruaje y demás, le dieron todos los datos necesarios para su cometido de Alimañero Mayor: planos de la comarca que debía cubrir, estimación del número de alimañas existente y su distribución por la zona, avistamientos y ataques producidos en los últimos meses, señalización de las guaridas y madrigueras de osos y lobos, así como los puntos donde se habían construido las loberas en los años anteriores. Innumerables datos, recomendaciones y obligaciones que le hicieron salir confuso y abrumado. Aquello era bastante más serio de lo que creía. Cierto que un sueldo como aquel, con casa propia, criado y coche, no se concede así como así por el hecho de salir al monte a matar cuatro lobos, pero tenía la sensación de que el nuevo trabajo le iba a resultar más complicado que sus alegres excursiones por los montes navarros. Por un lado, con tantos datos le facilitaban el trabajo, pero a él le gustaba actuar según su instinto y por propia iniciativa.
Para empezar, la mención a los osos no le hizo ninguna gracia. La abundancia de los lobos le tenía sin cuidado, cuantos más mejor, pero de los osos no tenía buen recuerdo, pues allí estaba la enorme cicatriz en el costado de Daniel para no olvidarse de ellos. Luego, le dejó intrigado el asunto de las loberas. Según le explicaron los regidores, las loberas eran unas sendas de varios cientos de metros abiertas en el bosque, encajonadas entre dos muretes de piedra por donde los batidores perseguían a los animales hasta que terminaban cayendo en un gran foso de cuatro o cinco metros de profundidad. Y una parte de su cometido incluía el conservarlas en buen estado y utilizarlas. Había oído hablar de estas loberas pero no conocía ninguna. Pericón no veía claro que sirviesen para algo. “Los lobos de aquí deben de ser tontos”, pensaba; “muy altos tienen que ser los muros para que un buen lobo no los salte. Ahora, si las han hecho siempre por algo será”. También sería él quien tendría que organizar a las cuadrillas de batidores y coordinar a los otros alimañeros, conceder licencias, levantar actas, entregar informes... Antes de empezar ya se estaba arrepintiendo.
Mientras, Elisabete iba llenando de muebles la casa con la estimable ayuda de Martín, que no tenía ni idea de muebles ni de la distribución de un hogar, pero que a la hora de regatear se lo tomaba muy en serio, ya que él era el encargado por el Ayuntamiento para llevar la cuenta de los gastos. Desde el principio no hubo ninguna duda de a quién iba a acompañar el viejo pirata cuando Pericón y Elisabete anduviesen por separado. En primer lugar porque, según era costumbre, una mujer decente no podía ni debía andar sola fuera de casa si no era dentro de la iglesia o en el cementerio, y en segundo lugar porque el salitre que circulaba por la sangre de Martín no le permitía alejarse mucho de la costa y menos para dedicarse a escalar riscos y barrancos buscando alimañas; se ponía hosco y gruñón, mientras que subido a una txalupa o bebiendo en una taberna del puerto era como un cascabel hablando y riendo con todos. De modo que los primeros días, unas veces en coche y otras a caballo, ama y criado empezaron a recorrer los pueblos cercanos de la costa con el fin de que Elisabete se hiciese una idea del estilo de vida y de la actividad frenética que en aquella época tenían los puertos dedicados a la pesca y al comercio.
La pesca de la ballena y del bacalao estaba entonces en pleno apogeo y era de ver el bullicio febril y el entusiasmo contagioso que despertaban cuando algunos de estos barcos regresaban al puerto con su carga. Más de quince mil marinos se dedicaban a este quehacer en toda la costa vasca, llegando a faenar hasta Islandia, Groenlandia y Terranova. Si a esto se añadían los ochenta barcos corsarios censados en Bizkaia dedicados a la caza y captura de los navíos ingleses, franceses y holandeses en los mares lejanos, más los cientos de embarcaciones de cabotaje que se dedicaban al comercio con los países europeos del norte, y las pequeñas lanchas de pesca que se movían cerca de la costa para el consumo local, el espectáculo que se desarrollaba en estos puertos era apabullante y sobrecogedor, ideal para buscarse la vida entre semejante confusión y generar un sin fin de oportunidades.
Para Elisabete el descubrimiento de aquel mundo fue como una revelación. No paraba de mirar a un lado y a otro y de preguntar a Martín. Era todo tan diferente, tan ruidoso, tan agitado, tan excitante, comparado con los pequeños pueblos del Pirineo… De momento, lo de “tan sucio y tan peligroso”, que habría que añadir, no se le pasaba por la cabeza a la antigua posadera, ahora, delicada tejedora de tapices. Sí que tomó nota de que en aquel ambiente sus ropas llamaban la atención. Las miradas de los filibusteros eran como para echarse a temblar. Había que vestir de otra forma, faldas largas hasta el suelo, negras o grises y un gran pañuelo al cuello. Nada de tocados ni refajos ajustados. Y si viniese vestida de hombre mejor, pensó.
—Pues aquí bien que veo a las mujeres andando solas de un lado para otro sin que nadie se meta con ellas, Martín —decía Elisabete, caminando a trompicones entre puestos de venta de pescado, mujeres sentadas en el suelo cosiendo redes, otras acarreando grandes bultos encima de la cabeza, todas gritando a voz en cuello.
—Porque estas mujeres son de armas tomar, más fuertes y atrevidas que los hombres —contestó riéndose el cochero—. Cualquiera se mete con ellas; a más de un alguacil han tirado al agua después de discutir.
Sin embargo, entre los hombres no había tanta diferencia: los soldados y contrabandistas de Esterenzubi no se distinguían mucho de los militares y corsarios de Castro Urdiales. Las mismas caras de maleantes y presidiarios o atractivos capitanes de ojos hundidos, barbas negras y aire seductor. De la misma forma, los pastores y leñadores de allí se parecían más a los pescadores de aquí que a los campesinos del sur de Navarra. Gente alta, delgada, de larga nariz y músculos de hierro, más o menos como Pericón.
En uno de esos primeros días, Elisabete y Martín se metieron en un mesón con la idea de comer y beber algo, cosa que en su tierra acostumbraba a hacer con Pericón bastante a menudo y sin ningún problema, pero las miradas que les estuvieron siguiendo desde que entraron, especialmente la de un capitán corsario de ojos grises que no le quitaba la vista de encima, y las de parroquianos de mala catadura que se fueron sentando cada vez más cerca de su mesa, les hicieron salir de prisa y corriendo. Definitivamente, si quería moverse como ella deseaba tendría que venir vestida de hombre. Se lo contó a Martín cuando volvían a casa; este le miró con ojillos astutos y le dijo que difícilmente iba a disimular su carita de ángel y su linda figura a no ser que escondiese su melena rubia debajo de un gorro de marinero y se tiznase la cara con hollín, y luego se pusiese una capa encima. Y lo dijo riéndose pero al mismo tiempo reconoció que no estaba acostumbrado a meterse en una taberna con una dama tan elegante y que lo mismo les podían haber destripado allí dentro para robarles o para raptarla. Lo cual decía para asustarla un poco y rebajarle el atrevimiento, pero a Elisabete lo del rapto (se imaginaba en brazos de uno de aquellos corsarios seductores) no le parecía tan horrible como el viejo pretendía. Y aunque Martín no pudo leerle este último pensamiento, también empezó a temer, como lo hacía Pericón en aquellos momentos, que el trabajo que le habían encomendado le iba a resultar más complicado de lo que creía.
Porque Pericón también se había dedicado a explorar su nuevo entorno. Lo primero era lo primero y antes de ir a curiosear por la costa, ver el mar o conocer los pueblos de alrededor, quería hacerse una idea de su nuevo campo de operaciones. A lomos de su caballo Txikia, con un macuto y una manta a la espalda, y el rollo de mapas con imaginarios dibujos de lobos y osos moviéndose entre las líneas de ríos, montes y caminos, se dirigió hacia el valle de Karrantza. Desde un promontorio contempló el panorama y torció el gesto. El terreno era ondulado y prácticamente repetido en todas las direcciones que se mirase. Las últimas estribaciones de la Sierra se dirigían hacia el sur y todo el paisaje era un damero de bosques y praderas difíciles de diferenciar. El perfecto escondite para los lobos, el perfecto laberinto para el cazador, pensó. Por supuesto que las ovejas y las vacas que pastaban en los prados parecían las mismas, pero el bosque era distinto, más cerrado y oscuro que los hayedos de Irati y aunque hacía un día espléndido y el otoño lucía todas sus galas, la luz y el color eran más apagados porque el arbolado era de robles, fresnos y encinas. Pericón se adentró en el bosque sin miedo alguno a perderse pues, aparte de su instinto, tenía muchos trucos para orientarse. Todo el día deambuló siguiendo primero el curso de los ríos, luego las sendas del ganado y de vez en cuando saliendo a los claros para localizar a algún pastor, darse a conocer y cambiar impresiones. Se encontró con varios de ellos y todos estaban preocupados con el aumento año tras año del número de alimañas, especialmente de lobos, y cada uno tenía una tragedia que contar.
Cuando, cayendo ya la tarde, se fue metiendo por los rincones más alejados y solitarios el bosque, tuvo la sensación de que le estaban vigilando. Vio más de una pareja de lobos desaparecer a lo lejos cada vez que se acercaba y, al hacerse de noche, empezaron a oírse aullidos que se repetían como un eco por muchos puntos del Valle, comunicando seguramente su llegada. No hacía frío y sin buscar más refugio que su manta, ató el caballo a las ramas, se sentó contra un roble al borde de un claro y encendió un hermoso fuego, no por los lobos, pues sabía que no le iban a atacar, sino por los zorros y comadrejas que le podían robar la comida o destrozarle los mapas. Comió y bebió de sus provisiones y se durmió tranquilamente, pensando en que no le extrañaba que la caza de lobos estuviese tan solicitada y bien pagada. No iba a ser tarea fácil moverse por aquellos bosques.
Tuvo un sueño extraño: un lobo le mordía en una pierna y él, con un palo en la mano, no conseguía golpearle en la cabeza por muchas veces que lo intentara, como si no tuviera fuerza. No sentía ningún daño pero le angustiaba su impotencia. Al mismo tiempo, su amigo Miguel estiraba del rabo del lobo con todas sus fuerzas y tampoco conseguía nada. Se despertó incómodo y destemplado e inmediatamente sintió la presencia cercana de un animal. Dos ojos amarillos que brillaban con el último resplandor de las llamas le miraban desde la espesura. Cuando se encontraron con los suyos, el lobo dio un salto hacia atrás y desapareció. “Es el espía de la manada”, se dijo Pericón. “Nos volveremos a encontrar, amigo”, añadió en voz alta, “y la próxima vez tendré la ballesta en la mano”. Sin embargo, acompañada por un escalofrío y contra su voluntad, una pregunta se le coló en la mente: “¿Será el espíritu de Satán?”… porque en el mundo de los espíritus no existe el tiempo ni las distancias…
Al día siguiente se dedicó a localizar alguna de las loberas que tenía señaladas en el mapa. Encontró una bastante bien conservada y después de recorrerla de arriba abajo se dio cuenta de su eficacia y del porqué los lobos no escapaban saltando los muros que eran más bien bajos: simplemente porque la senda entre paredes estaba despejada y en vez de encerrona la consideraban como la vía más rápida de escape, ante aquel ejército de batidores que venían detrás sacudiendo palos y cacerolas. No sabían lo que les esperaba al final. Estuvo viéndolo Pericón y no le gustó imaginarse al animal acorralado en el fondo del foso y a los loberos matándolo con picas o a pedradas.
De vuelta hacia el pueblo, recorrió los bosques de Okondo, un gran espacio entre los ríos Zaldu y Herrerías donde se encontraba su nuevo hogar. Este bosque era más abierto y variado y Pericón pudo disfrutar de la presencia de gran variedad de pajarillos cantores y de familias de jabalíes que escapaban a su paso con sus panzas llenas de bellotas. Había una gran cantidad de riachuelos que también cantaban sus melodías y se paró varias veces para buscar cangrejos y de paso llenar la bolsa de avellanas, castañas y nueces. Era hermoso aquel bosque. Camino de Balmaseda iba pensando en su futuro con una mezcla de orgullo por haber sido seleccionado para aquella tarea, de entusiasmo ante el reto que suponía y de preocupación por las dificultades que veía venir.
Tanto Pericón como Elisabete ardían en deseos de contarse todas estas sensaciones y experiencias, porque estaban asombrados y admirados del cambio que la vida les estaba ofreciendo y querían compartirlo. Y a las noches, cuando se retiraban a dormir, aquellas expectativas, inquietudes y deseos pasaban del uno al otro, como en dos vasos comunicantes, enriqueciendo su relación. Y sin embargo hubo por parte de ambos un secreto que se guardaron de contar: la mirada del lobo de ojos amarillos a Pericón y la del corsario de ojos grises. Casi la misma mirada: la del depredador hipnotizando a su víctima. A partir de entonces, más de una noche, aquellos ojos volverían a aparecer fugazmente en sus sueños, pájaros perdidos de la mente que de forma errática y confusa entremezclan los recuerdos, los miedos y los deseos.

19 -
La primera excursión que Pericón y Elisabete hicieron a la costa fue a las playas y acantilados que se extienden desde Castro Urdiales al monte Serantes. El otoño estaba muy avanzado y ese día las olas golpeaban con furia y estruendo las rocas del litoral, causando una gran impresión a los dos jóvenes cuando algún embate inesperado les salpicaba la cara, pareciéndoles, como dijo Pericón, estar en la mitad de una tormenta permanente, chupando sal como las ovejas. La explosión que las enormes masas de agua producían al entrar como arietes en las grietas de las peñas era para echarse a temblar.
—Imagínate lo que tiene que ser estar a bordo de un barco allá lejos entre las olas —decía Elisabete, abrazada al gigantón de su marido, que con las piernas abiertas aguantaba como podía las ráfagas de viento. Ambos habían oído o leído historias de marinos, ¡tan exóticas para la gente de tierra adentro!, pero una cosa era imaginarse aventuras ajenas y otra estar al alcance del mar embravecido.
—¡Cómo me gustaría viajar en uno de esos barcos de velas enormes llenos de piratas! —siguió diciendo—. Verás qué maravillas de galeones y goletas hay en el puerto de Castro Urdiales.
—Parece que estás aprendiendo rápido con Martín —dijo Pericón, admirado y a la vez celoso de aquel aire marinero que en pocos días se había apoderado de su mujer—. Tendré que ir yo también por allí.
—Antes tengo que comprarme la ropa adecuada. No sabes cómo miran a las mujeres jóvenes esos bucaneros.
—¿Y de qué te vas a vestir?
—¡De bucanero!
Volvieron a los caballos riéndose Pericón de las extrañas vestimentas que Elisabete entendía como de bucanero y de dónde las pensaba sacar (de Martín, por supuesto, dijo) y camino de Balmaseda se dirigieron a la casona de Minaur en el momento en que el cochero estaba descargando mesas y sillones con la ayuda de dos jornaleros.
—Es el último viaje —les dijo—. Solo faltan algunas pieles y alfombras para el suelo, pero esas iremos a buscarlas en Bilbao, que las traen de las Indias, a no ser que Elisabete prefiera poner las suyas.
—No, las mías son para vender y las que pongamos aquí las elegiremos de las buenas, ¿no las paga el Ayuntamiento?
Al día siguiente se instalaron en la nueva casa y la vida de Pericón y Elisabete empezó a coger cierto aire de rutina. Ella volvió a su telar en su espléndido y luminoso taller y él a sus salidas de cacería. Los domingos hacían excursiones juntos a los pueblos del entorno. A unos iban vestidos como hidalgos con carruaje y cochero, a otros a caballo como acomodados hacendados y a los puertos de Castro Urdiales, Laredo y Santirtzi como dos aldeanos, dejando las monturas en las afueras.
Así conoció un día Pericón el puerto de Castro Urdiales, la cueva de Alí Babá de los marineros y contrabandistas. Recorrieron la puebla vieja y subieron a ver la iglesia y el castillo. El ajetreo, el ruido, los olores, la confusión y la suciedad general sacudieron el ánimo, de por sí callado y tranquilo, del cazador como una bofetada. Nunca había visto una cosa así. Ni en los carnavales de Agoitz en los que la gente se emborrachaba, fornicaba y se peleaba sin control. Pero cuando vio los grandes navíos que fondeaban en la ensenada del puerto se quedó deslumbrado. Tenía razón Elisabete: ¡”Qué construcciones de madera tan extraordinarias! ¡Qué mundos y qué historias se imaginaba uno contemplando aquellos galeones y bergantines capaces de dar la vuelta al mundo a través de todos los mares.
Esta vez Elisabete no llamaba la atención, por lo que se acercaron sin miedo a los muelles de atraque donde estaba de verdad el corazón palpitante de aquel mundo variopinto a la vez marinero, comerciante y pescador. Se metieron por todos los rincones, curiosearon por entre los puestos y lonjas de pescado, descubriendo peces casi vivos y de tal variedad, desde atunes enormes como de plata hasta pececillos rojos como corales, que parecían de adorno. Barcos entrando y saliendo, fardos enormes de mercancías cargando y descargando, burros, carros, barriles y sacos, gatos y perros, ratas y marineros, estibadores y carreteros, y de vez en cuando oficiales y contramaestres bien vestidos, dando órdenes por doquier. Los navíos corsarios y otros barcos de guerra no se acercaban a los muelles y permanecían fondeados en las afueras del puerto, comunicándose con tierra mediante grandes lanchas de remos y pequeñas chalupas. Y aunque a primera vista aquello parecía la torre de Babel, sin duda estaba todo bien organizado. Los corsarios utilizaban los muelles de la izquierda, los navíos del comercio con las Indias todo el centro del puerto y los pescadores de ballenas y bacalao los de la derecha. En realidad, todo el mundo sabía lo que hacía menos Pericón y Elisabete que parecían —y eran— de tierra adentro, y se movían completamente desorientados. Y aunque ellos no lo sentían y se creían perfectamente camuflados, estaban bien localizados, como quedó demostrado cuando un personaje singular, de un aspecto apabullante por su altura, su atuendo, sus barbas negras y su mirada gris siniestra, se paró delante de Elisabete y se quitó el sombrero de grandes plumas inclinándose en una profunda reverencia. Unos anillos de oro en sus orejas demostraban que aquel personaje había navegado por los siete mares, cruzando el Cabo de Hornos por el oeste y el de Buena Esperanza por oriente, llegando hasta a Acapulco, Guayaquil y El Callao en la costa del Pacífico. Luego siguió su camino dejando en el aire una sonrisa de superioridad y en el rostro de la joven el color de las cerezas.
—¿Quién es ese fantoche con pendientes? —preguntó Pericón, ignorante de tales méritos, y sorprendido por el repentino ataque de rubor de su mujer—. ¿Lo conoces?
Cuando a Elisabete se le pasó el sofoco, que intentó disimular tosiendo como si hubiese tragado humo de aceite de ballena, que efectivamente lo había por todos los lados, le contó que en su anterior visita, se le había quedado mirando en un mesón y que Martín le dijo que era el Capitán Corsario más poderoso de toda la flota. Se llamaba Don Juan Barrios y tenía fama de feroz y sanguinario. Su navío, el Huracán, era el más grande y más armado de los que estaban fondeados en la bahía.
—No hay duda de que te ha reconocido a pesar del disfraz —dijo Pericón, tratando de digerir aquel nuevo aspecto poco agradable de su relación con Elisabete. Había visto en su rostro una expresión desconocida, como de vergüenza, miedo o confusión y algo más. ¿A qué se debía aquel sonrojo? ¿Sentía celos por ello?... Se quedó un buen rato pensativo, mirando al galeón.
Volvieron para casa y no habrían tenido más trascendencia el encuentro y el sofoco de ese día si no hubiesen ocurrido los hechos trágicos de unos días más tarde.
En su rutina, Elisabete y Martín iban una vez a la semana a Castro Urdiales a comprar pescado fresco y hielo y ella aprovechaba para tomar apuntes de algunas escenas de barcos y marinos que pretendía pasar a sus tapices. Sus gustos debían adaptarse a sus nuevos clientes porque, seguramente, serían distintos a los de flores y jardines franceses de sus trabajos anteriores.
Ocurrió que en la siguiente ocasión en que hicieron este viaje, apareció Martín unas horas más tarde por la casona de Okondo conduciendo como un loco, con los caballos desbocados y el carruaje a punto de saltar en pedazos, llamando a gritos a Pericón. Este, que se encontraba trabajando en la huerta, acudió corriendo a su encuentro, sujetó a los caballos y recibió en brazos a Martín que llegaba empapado de agua, sin su inseparable boina y pálido como un muerto.
—El corsario se ha llevado a Elisabete —fue lo primero que acertó a decir—. Se la ha llevado al galeón.
Aquella noticia fue como un zarpazo de oso en el corazón del cazador.
—Prepara dos caballos, coge las armas que tengas y espera que me vista —le gritó Pericón mientras entraba en la casa con la cara endurecida como la piedra y una feroz determinación en la mirada. Volvió con su equipo de enfrentamiento con osos y lobos al completo, saltó sobre Txikia y marcharon al galope. Llegaron a Castro Urdiales, dejaron los caballos en unas argollas y se dirigieron corriendo a los muelles.
—Cuéntame lo que ha pasado.
—Cuando estábamos Elisabete y yo sentados sobre unos rollos de cuerdas, ella haciendo dibujos con su lápiz de carbón, se ha acercado el Capitán Juan de los Barrios, un personaje siniestro con más poder que el mismo Corregidor de la villa, pues tiene Licencia de Corso concedida por el Rey, y al que conozco de viejas historias de batallas en el mar, y se ha interesado por los dibujos de Elisabete. Han estado hablando de los tapices que ella tejía y de los nuevos motivos que ahora estaba incorporando. Entonces nos ha invitado a visitar su navío para que viésemos de cerca su palacio flotante, gloria de la Armada española y Elisabete pudiera tomar apuntes. Yo no estaba muy de acuerdo porque ya conozco a ese vil seductor, pero la veía a ella tan entusiasmada que hemos aceptado. Nos han subido a una lancha con un marinero a los remos y cuando estábamos a medio camino del Huracán, el Capitán me ha golpeado en la cabeza y me ha tirado por la borda. Estoy vivo de milagro. Cuando he salido a flote y he podido respirar he visto cómo subían los tres a bordo del galeón, dejando la lancha amarrada.
—Bueno, tenemos que conseguir una embarcación y acercarnos al navío por detrás —dijo Pericón, ya con la frialdad y la calma propia del alimañero.
—Yo tengo un pequeño bote en el atracadero de los pescadores.
—Pues vamos. —¿Cuántos hombres habrá en el barco?
—Ahora están todos en tierra. Como mucho tendrán dos de guardia y el marinero de la lancha.
Navegaron en silencio con Martín a los remos y Pericón sujetándose bien las protecciones de piel de oso que le cubrían los brazos y la cabeza y cerrándose el chaquetón de lobo. El viejo cochero llevaba al cinto dos cuchillos y un alfanje corto de sus tiempos de pirata. Dieron un rodeo hasta acercarse al galeón por el costado que daba a mar abierto y treparon silenciosamente por la borda dejando el bote amarrado a los grilletes de las jarcias. El tiempo estaba empeorando, se había levantado un fuerte viento y la nave subía y bajaba al impulso de las olas, provocando en el cazador unos desequilibrios con los que no había contado. Agachados en cubierta a la altura del palo mayor, buscaron a los guardianes. Como era de esperar uno estaba a popa subido en lo alto del castillo y el otro apoyado junto al palo de trinquete, ambos mirando hacia el puerto y con arcabuces en las manos. El marinero que había conducido la lancha dormitaba junto al palo mayor y llevaba una pistola de rueda en el cinturón. Los tres se adornaban las orejas con aros de plata, señal de que también eran piratas curtidos que habían sembrado el terror con su jefe por las Indias Occidentales. Pericón cargó la ballesta y se colocó en situación de tener un tiro directo sobre el bucanero de delante, mientras Martín se acercaba al de popa. El ruido cada vez más intenso del viento y el mar les permitían moverse sin ser descubiertos, a pesar de los bandazos de Pericón; pero al final este consiguió afianzarse contra los rollos de cuerdas, apuntó con cuidado y disparó. El desgraciado guardián dio un grito y quedó colgando de la saeta, clavado contra la madera del mástil. El marinero se levantó de un salto, tardó unos segundos en ver a Pericón y sacó su pistola pero, antes de poder apuntar, una nueva saeta del cazador le atravesó la garganta. Martín con sus dos cuchillos en las manos, se aproximó a menos de cinco pasos del otro bucanero y le lanzó uno de ellos clavándoselo en la espalda. Cuando el hombre se volvió retorcido entre la sorpresa y el dolor, le lanzó el segundo, que le atravesó el pecho. Habían pasado escasos segundos y las rachas de viento seguían barriendo la cubierta como si nada hubiese ocurrido. Truenos lejanos anunciaban la proximidad de una tormenta. Martín fue a recoger los cuchillos y Pericón las saetas, cuando desde la cabina del Capitán llegó un grito angustioso de mujer pidiendo socorro. Pericón se lanzó en tromba escaleras abajo y abrió de golpe la puerta del camarote con el hacha en la mano. Elisabete estaba apoyada en la pared con la ropa medio arrancada y rasguños en la cara y los hombros, mirando horrorizada al corsario, que la sujetaba por una mano. Se giró este rápido al oír la puerta y sonrió con suficiencia al ver a Pericón con aquel atuendo de hombre primitivo. Sacó la pistola del cinto y disparó.
El cazador había levantado instintivamente el brazo izquierdo para protegerse y la bala atravesó la piel de oso pero apenas llegó a golpearle la carne. No así el primer hachazo de Pericón que cercenó limpiamente la mano del corsario. Cayó esta al suelo agarrada todavía a la pistola, como si intentara disparar otra vez y el feroz pirata lanzó un terrible rugido de animal herido mientras con la otra mano sacaba la pistola de repuesto en un vano intento de hacer fuego de nuevo. El segundo golpe le partió el cráneo en dos, el cuerpo reboto en el suelo al caer y quedó tendido con la cabeza ladeada como un muñeco de trapo. En su rostro, aquella sonrisa de unos segundos antes se había transformado en una mueca torcida y horrible y la seducción de sus ojos grises estaba convertida en una mirada de espanto. Elisabete miró a Pericón con ojos extraviados y cayó desmayada.
Desde la puerta, Martín contempló impresionado la escena. Buscó una botella de ron entre los muchos frascos de los rincones y le hizo beber a Elisabete mientras Pericón recomponía sus vestidos. Al recuperarse la joven se acercó a él apoyó la cabeza en su pecho y no se quiso separar hasta que un golpe de mar les obligó a sujetarse en la columna central del camarote. Por indicación de Martín se quedaron los tres allí sentados bebiendo el ron del difunto y esperando a que se hiciese de noche para volver al puerto con la oscuridad. Permanecieron en silencio, sin mirarse. La tormenta estaba ya encima y empezaron a caer los primeros rayos. Temieron por la txalupa que colgaba de un costado y subieron a cubierta. La pequeña embarcación golpeaba con fuerza contra el casco pero se mantenía a flote y apenas se veía el cabo que la sujetaba. Bajaron a bordo con dificultad y en el último momento, Martín tuvo una idea. No habían hablado de qué hacer con los muertos, pero al contemplar los grandes fanales de aceite que alumbraban el barco flotando en el aire como luciérnagas gigantes, se le ocurrió una cosa: cogió dos de ellos y bajó hasta las bodegas arrojando uno junto a la santabárbara y el otro en el camarote del capitán, y esperó a que prendiesen fuego. Luego salió a cubierta y se embarcó en la lancha tomando los remos y separándose rápidamente del navío.
Esa noche Pericón aprendió a bogar. Mirando cómo lo hacía Martín y fallando la mitad de las paladas consiguió ayudar a que el pequeño bote se alejara, dejando al flamante galeón a merced de la tormenta y de las llamas que empezaban a asomar por su cubierta. Cuando llegaban al embarcadero un gran resplandor iluminó los negros nubarrones del cielo. La gran embarcación ardía por los cuatro costados y poco después empezaron a llegar los estampidos de las explosiones. Los mástiles, velas, cañones y maderas del gran buque de guerra saltaban en pedazos envueltos en llamas y junto a ellos cuatro cuerpos carbonizados... Unos minutos más tarde lo que quedaba del Huracán, fiel a su nombre y a su destino, se hundía en brazos de la tempestad.
Esa noche Elisabete aprendió a envejecer. Pálida como un cadáver y agarrada a uno de los bancos para no caer al agua, comprendió el terrible resultado de sus fantasías. Y por primera vez, también, vio en su marido la ira y el furor desatados del cazador enfrentado con las alimañas más crueles y fieras del bosque…

20 –

Causó enorme conmoción en toda la costa el hundimiento del galeón corsario. Pronto se supo que se trataba del Huracán, por el lugar donde tan solo se veían restos humeantes. Sin duda, la gente del pueblo que contempló atónita el espectáculo, creyó que un rayo había alcanzado la santabárbara del buque. No se había visto ningún navío de guerra extranjero a la luz de los relámpagos, ni se habían oído cañonazos antes de la explosión. La idea de un sabotaje era impensable.
Nadie se había fijado en las tres figuras embozadas que al abrigo de la oscuridad y protegidos por la tormenta desatada, abandonaban el embarcadero, montaban en sus caballos y se alejaban del pueblo sin mirar atrás.
A la mañana siguiente la tormenta siguió su camino hacia el Este en búsqueda de nuevos naufragios y el puerto quedó envuelto en una neblina gris, triste y silenciosa. Por toda la bahía se iban extendiendo los restos flotantes del galeón hundido. Así como para el rey de Castilla el hundimiento del navío suponía una pérdida irreparable, para el pueblo llano aquel desastre venía a ser un regalo de la Providencia. Decenas de pequeñas embarcaciones se hicieron a la mar desde primeras horas en una carrera por hacerse con todo lo que fuera aprovechable: trozos de los mástiles y vergas, cuerdas y girones de velas, barriles, sacos de alimentos y, especialmente, las maderas preciosas de las zonas nobles del barco. Algunos buceadores hicieron un intento de localizar el armazón del buque y los más de cincuenta cañones de su armamento así como o las innumerables piezas de hierro y bronce, pero las aguas exteriores eran demasiado profundas y no se pudo ni siquiera ver el pecio hundido. Tampoco apareció ningún resto humano, y cuando se corrió la voz de que el Capitán del navío se encontraba a bordo al explotar el barco, ni una sola lágrima asomó al rostro de los castreños. Desde el Corregidor, el alcalde, los alguaciles y demás autoridades, hasta la más humilde prostituta del puerto, se alegraron íntimamente del desastre, hartos como estaban de los abusos y violencia del capitán Barrios y sus corsarios. Los más de doscientos tripulantes que manejaban aquella máquina de guerra, entre oficiales, marineros, corsarios de abordaje, artilleros y arcabuceros, tendrían que buscarse la vida en otros barcos y otros puertos, librando al pueblo de aquella plaga pendenciera y salvaje.
Eran los héroes de los sueños de Elisabete que desaparecían en la niebla...
En la casona de los bosques de Okondo reinaba el silencio. Martín tenía libertad para quedarse allí por las noches, según las necesidades, o ir a dormir a su casa de Balmaseda, y había optado por desaparecer unos días. “Es cosa de ellos dos”, se dijo. Volvía a llevar puesta una txapela, igual de vieja que la anterior, que tapaba la horrible cicatriz de la cabeza, recuerdo de algún abordaje, pero el ambiente de la casa no estaba para contar historias de corsarios. Precisamente, Elisabete lo primero que hizo al regresar del puerto fue quemar todos los dibujos que tenía hechos de barcos piratas. Luego, se había metido en su taller y pasaba las horas mirando el telar con los hilos colgando y la urdimbre vacía. A veces levantaba la vista a la ventana y miraba las hojas marchitas de la parra a punto de caer. El invierno estaba próximo. “¡Cómo he podido ser tan miserable!”, pensaba… “Nunca me perdonará”.
Pericón también estaba taciturno. Le habían llegado desde el Ayuntamiento algunos avisos de la aparición de manadas de lobos; había salido dos veces en su búsqueda pero volvió de vacío. Se escudó en que hasta que llegasen las nieves al valle no podría seguir bien las huellas y las sendas que todavía no conocía. No conseguía centrarse en su trabajo y vagaba por el bosque pensativo y sin prestar la atención debida. Iba de un lado para otro dentro de su yo, recorriendo sin cesar sus mismas pisadas, como un animal enjaulado. Era la primera vez que había matado a un ser humano, aunque no se arrepentía. “No soy un asesino” se decía, “he matado animales y lo he hecho por necesidad o por obligación. Todos ellos tenían su propio espíritu como estos corsarios. He visto la mirada triste de un lobo al morir, los ojos resignados de un jabalí o los suplicantes de un zorro; eran seres vivos como esos piratas y los he matado porque hacían daño. No podía hacer otra cosa”. Pero a continuación se decía: “¿Por qué he tenido que hacerlo yo? La justicia se habría encargado de colgarlos. Soy un salvaje, y a los ojos de Elisabete me he convertido en un monstruo”. Entonces volvía a recordar el momento en que descargaba el hacha sobre la cabeza del Capitán: “Lo he visto como si fuese Satán. He visto su espíritu en sus ojos.”
Y al pensar en Elisabete, al instante le asaltaba lo que de verdad le tenía atormentado: “¿Por qué se había ido su mujer con aquel Don Juan sanguinario? ¿No sabía a lo que se exponía o es que inconscientemente lo estaba deseando? ¿Por qué?...”.
Y así, los dos jóvenes se encerraban en sus pensamientos, hablando lo justo, sin exponer su sentir, sin aclarar sus dudas, porque eran gente de la montaña, que se encerraba en su dolor. Tenían que hablar algún día, pensaban los dos, pero no lo hicieron durante mucho tiempo, moviéndose por la casa como autómatas sin alegría.
Hasta que llegó un momento en que Martín consideró que debía poner algo de su parte. Apareció una mañana con camisa blanca y boina nueva a la puerta de la casona y después de golpear sonoramente la aldaba, anunció con voz potente:
—Señores de la casa, Bilbao les está esperando.
Pericón y Elisabete se asomaron al balcón medio dormidos y alarmados por los golpes y al ver al cochero todo reluciente y con una sonrisa de oreja a oreja se miraron sorprendidos y dijeron al unísono: ¿ Bilbao? Y bajaron al portalón como animados por una palabra mágica.
Martín les explicó que había llegado a Bilbao un bergantín que hacía la ruta de la Indias Orientales, las Molucas y las Islas Filipinas, cargado de las más exóticas mercancías de Oriente. Entre ellas, las especias más caras, las sedas más maravillosas y… las más hermosas alfombras del mundo. Que ya tenía el dinero del Ayuntamiento para comprar las necesarias para la casa y que se pusieran elegantes porque la descarga prometía ser un acontecimiento social.
Mientras se vestían, preparó Martín el carruaje, enganchó los caballos y se quedó esperando junto a la entrada. Cuando la pareja estuvo dentro se asomó a la ventanilla y les dijo: “Bilbao es muy distinto. En su puerto no entran navíos de guerra ni personajes extraños, ¿me entendéis?” Subió al pescante y arreó a los caballos.
Claro que Bilbao era distinto. El mar estaba lejos y los barcos para llegar a sus muelles tenían que navegar diez millas por una ría sinuosa después de atravesar la barra en la bahía exterior. Los barcos de guerra no se atrevían a entrar porque fácilmente quedaban atrapados o destruidos y las pequeñas embarcaciones de pesca descargaban en los puertos exteriores de Portugalete, Santurtzi, Algorta y Plentzia. Bilbao era un puerto comercial que intercambiaba mercancías con los países del Norte de Europa y el resto del mundo. Compañías inglesas y holandesas se instalaban allí y competían con los bilbaínos en el comercio marítimo. A través de su aduana salían por una puerta hacia Europa el hierro de sus ferrerías y la lana de Castilla, y entraban por la otra la plata y los productos exóticos de Ultramar. Y una o dos veces a lo largo del año los pescadores vascos regresaban de Terranova y Groenlandia con los navíos cargados de aceite de ballena y bacalao salado. La prosperidad se notaba en el centro de la Villa, donde se concentraban hasta cinco iglesias rodeadas de hermosas casas palaciegas alineadas en sus calles estrechas. Por sus muelles no transitaban corsarios, ni soldados, ni pescadores, sino marinos distinguidos, marineros apuestos y comerciantes con sus esposas elegantemente vestidas. Los grandes veleros, donde se concentraba su actividad, eran también estilizados y ligeros, con altos mástiles, grandes velas y sin ningún cañón amenazante, no como aquellos panzudos galeones, a los que dejaban atrás en su carrera hacia las Indias. Elisabete se reconcilió con el mundo marinero al contemplar desde lejos aquellos navíos esbeltos como gaviotas.
Cuando llegaron los Galarza a Bilbao, la goleta El Mar Azul estaba vaciando sus bodegas frente a la plaza del mercado. Habían dejado el carruaje al otro lado del puente junto a la iglesia de San Antón y ahora paseaban por el muelle en medio de un enjambre de estibadores y comerciantes en frenética actividad. Las poleas y cabrestantes del Mar Azul gruñían sin cesar trasladando su carga en grandes bultos que depositaban en los carros preparados en la orilla. Luego, tirados por hombres, mulos o borricos, los cargamentos repletos del misterio de los países lejanos desaparecían en las lonjas de los soportales. Cada lonja tenía su propio afán y su aroma. De unas salían hacia el barco las grandes pacas de lana que las recuas de mulas traían de Castilla y en otras entraban los tejidos de lujo procedentes de Flandes que los holandeses fabricaban con esas lanas. Grandes almacenes con hierro en barras o maderas perfumadas, se alternaban con sótanos llenos de sal y toneles de vino y aceite; otros más pequeños y limpios apilaban en sus estantes sacos de canela, tabaco, café, cacao, pimienta, vainilla, clavo y muchas especias más, de donde salían efluvios desconocidos. Por fin, en unas salas con suelos enlosados y columnas de hierro fundido se almacenaban las sedas, tapices y alfombras, deslumbrantes de color y despidiendo aromas de sándalo y mirra.
Elisabete de poco se desmaya al contemplar aquellos tejidos de Oriente dotados de unos colores intensos que ella ni en sueños conseguía dar a sus tapices. Buscó y encontró en una trastienda los tintes que veía en las telas, también venidos de ultramar: óxidos de cobre y hierro, índigo, púrpura y cadmio, raíz de rubhada y polvo de punica. Cuando llegaron los grandes fardos de sedas y alfombras del Mar Azul, ya se habían juntado en la lonja decenas de señoras de la burguesía bilbaína deseosas de adornar sus salones con aquellas maravillas de Goa, Ceilán y Calcuta. “¡Ah! Esta es la mía”, se dijo Elisabete acercándose al grupo. “Estas son mis futuras compradoras”. Y olvidándose de Pericón y Martín, que andaban entretenidos mirando jaulas con loros, tucanes y otras aves exóticas, se fue arrimando a unas jóvenes de su edad, a las que aprovechó para estudiar de arriba abajo —peinados, sombreros, vestidos y zapatos— y empezó a charlar con ellas haciendo saber lo entendida que era en tramas y urdimbres y comentando con entusiasmo los tapices y alfombras que en esos momentos desembalaban ante sus ojos. Las damas bilbaínas, que no sabían ni lo que era un telar, no tardaron en hacerle un hueco en primera fila y la contemplaban admiradas ante sus comentarios. El acento afrancesado de Elisabete contribuía a que sus sugerencias fueran aceptadas al pie de la letra. Así a la que tenía los cortinones del salón de color azul celeste le recomendaba alfombras con azules y dorados de Ceilán y a la que tenía una casa con suelos de roble encerado le señalaba alguna de aquellas alfombras de tonos rojos y verdes de Persia, procurando que ninguna se fijase demasiado en las que a ella le gustaban. De esa forma eligió dos alfombras y un tapiz, que encargó allí mismo sin preguntar el precio, pidiendo que se las enviasen a la casa Minaur de Artziniega. Su criado pasaría a pagarlo cuando terminasen con los papeles aduaneros. Las damas bilbaínas estaban deslumbradas. Todas querían presentarla a sus maridos que esperaban fuera estornudando con sus cajitas de rape recién llegadas. Fue un momento de orgullo para la joven de Esterenzubi que salió como un pavo real en busca de Pericón con dos de sus nuevas amigas, a las que le presentó como el hidalgo navarro (que realmente lo era, además de alimañero) Pedro de Galarza. Hicieron planes para el futuro y Elisabete dejó caer que en su casa tenían un taller de telares donde fabricaban hermosos tapices que enviaban a Francia. El espíritu comercial de la hija del posadero había recuperado el mando y, según iban de vuelta al coche, se preguntaba cómo una persona tan práctica como ella, digna hija de su padre, se había dejado llevar por aquellas locas fantasías de corsarios y bucaneros. Gracias a Pericón allí estaba de nuevo.
Sí, realmente Bilbao era distinto, y bajo su influjo Pericón y Elisabete se miraron a los ojos, sonrieron y se dieron un largo beso tras la cortinilla del carruaje, dando por olvidados antiguos agravios.
Mientras, el viejo Martín sonreía satisfecho en el pescante y el Mar Azul se balanceaba suavemente en aguas de la Ría, con las bodegas vacías, a la espera de partir de nuevo hacia tierras lejanas, sorteando corsarios y tempestades.

21 –

La primera nevada cayó por sorpresa en Okondo a primeros de diciembre. El peso de la nieve acabó por tirar la última hoja que aguantaba en la parra. Para Elisabete aquello significaba que el invierno se llevaba las hojas secas del pasado y que las próximas que asomarían por la ventana iban a ser verdes y relucientes. Suspiró feliz, como quitándose un peso de encima.
El tapiz que había traído el Mar Azul desde el otro extremo del mundo estaba colgado en la pared y no se cansaba de mirarlo. Era como hipnótico. Los dibujos repetidos, unos curvos y de formas vegetales, otros geométricos repartidos en los bordes y las cenefas, enmarcaban un motivo central en forma de rombo donde las figuras y los colores creaban como un jardín simbólico del Paraíso. Había estudiado el tapiz y las alfombras hasta el último detalle. Los hilos y los nudos eran mucho más finos y los colores imposibles de lograr con los tintes vegetales de los pastores. Por eso había comprado en Bilbao saquitos de las sustancias colorantes de Oriente, pues quería hacer tapices como aquellos con sus propios dibujos. Según expresión de moda de las damas bilbaínas (entre otras muchas palabras que Elisabete no había oído en su vida) aquellos tapices valían un potosí y, por lo tanto, si hacía unos parecidos, se podrían vender en Bilbao y en los países del Norte a mitad de precio y ganando un dineral. Tenía trabajo por delante y estaba contenta. Las escapadas de antes con Martín a Castro Urdiales ahora se dirigían a Bilbao donde, además de comprar el hielo y el pescado, se veía con sus amigas. Y mientras Elisabete estaba con ellas, Martín se dedicaba a buscar contactos en los muelles para introducirse en el negocio de contrabando. Y allí era donde la joven negociante de Esterenzubi tenía pensado volcarse durante la próxima primavera.
—Tejedora y contrabandista, Perico —le decía a este sentados junto al fuego de la cocina—. Si se enteran mis amigas bilbaínas se mueren del susto.
Pericón estaba también contento. La nieve tenía dos efectos beneficios para sus fines. Por un lado le facilitaba la búsqueda y seguimiento de los lobos al quedar marcadas sus pisadas y, por otro, estos se acercaban más a los lugares habitados en busca de comida. En su última batida había cazado cuatro el mismo día, con lo que pudo recuperar la media fama perdida con sus primeros fracasos. Solía juntarse con otros alimañeros para repartirse las distintas zonas y alguna vez habían organizado batidas con ojeadores y perros, pero hasta la fecha no había visto cazar ningún animal con ese procedimiento. La búsqueda en solitario seguía siendo su sistema preferido, porque hacía lo que quería y además le daba oportunidad a la bestia de defenderse cara a cara. De una forma o de otra, las capturas de alimañas habían aumentado de forma notable bajo su dirección y tanto los pastores como las autoridades de las Encartaciones estaban satisfechos con su trabajo.
Martín, entretanto, tampoco paraba quieto. Se dedicó a limpiar a fondo los establos y a reparar los pesebres. Puso a punto el carruaje, reparó algunas goteras del tejado y luego pasó a arrancar los matorrales del huerto, a podar los frutales y a preparar el terreno de la huerta para la siembra. Viendo el espacio y la disposición de las cuadras, en más de una ocasión había dicho que debían comprar algunas vacas para así tener leche fresca en casa y algún ternero todos los años, y a Pericón le había parecido buena la idea porque le gustaban esos animalotes tan pacíficos y la buena carne de sus costillares, pero Elisabete se opuso frontalmente pues, según decía, sus tapices acabarían oliendo a vaca en vez de a hierbabuena que es lo que ella quería.
Pasaron así los días, cada uno a lo suyo, hasta que llegó el momento en que había que pensar en el viaje a Navarra para estar con la familia en las fiestas de fin de año. Además, Pericón tenía el compromiso, y el sueldo que seguía cobrando en el Ayuntamiento de Aribe, de limpiar de lobos la zona antes de que los rebaños subieran a las campas de Organbide y Mendilatz en la siguiente primavera. Solo con su presencia los lobos se irían a otra parte; eso es lo que pensaba la gente de allí, tal era la fuerza de su prestigio. Fijaron la fecha para la semana anterior a la Pascua y durante el tiempo que faltaba el cazador se dedicó día y noche a recorrer los lugares en donde los lobos habían causado más estragos. Junto a otros dos loberos de su confianza consiguieron abatir a dos camadas completas, nueve alimañas en total, con lo que dejó satisfecho a los pastores y a los ediles de Balmaseda, y él se embolsó unos ducados extras para comprar los regalos de Navidad.
Elisabete quería llevar para la familia los nuevos tapetes que estaba haciendo al estilo oriental. Eran igual que las alfombras pero de tamaño pequeño y sus amigas bilbaínas le habían dicho que estaban de moda porque eran ideales para cubrir los arcones y el centro de las grandes mesas del comedor. Eran de menor precio y fáciles de transportar, perfectos para pasarlos de contrabando, asunto que Elisabete no olvidaba nunca, y del que pensaba hablar con su padre. Por su parte Pericón preparó un fardo con una docena de bacalaos secos, unas bolsas con las especias más raras, un paquete de libros para Daniel y unas garrafas de txakolin, todo ello comprado en Bilbao la víspera de marchar. Finalmente, Martín preparó dos enormes besugos frescos envueltos en hielo y arpillera. Con el tiempo frío que se avecinaba les aseguró que iban a llegar al pueblo navarro en buen estado y de paso refrescarían el lomo de la mula en las cuestas del camino.
Martín se quedaría en la casona como dueño y señor, cuidando de mantenerla caliente y con el encargo de comprar un par de vacas y algunas gallinas en la feria de Artzeniega. Eso sí, nada de cerdos, que es lo tenían en casi todos los caseríos, porque impregnarían los tapices de apestosos efluvios, como decía la señora. Al fin, el astuto cochero había convencido a Elisabete para comprar los animales con el dudoso argumento de que el establo de los caballos y el de las vacas olían igual o parecido y a ver si había notado que los tapices oliesen a caballo; además, siempre podía tener la puerta del taller de telares cerrada. Orgulloso de su victoria, se frotaba las manos al pensar en los huevos y la leche fresca que tendría a diario y en el capón bien cebado que llevaría a su casa por Navidad. La única condición que puso Elisabete fue que él se ocupase siempre de los animales, lo cual incluía alimentación, limpieza, acomodo, apareamientos, partos, matanzas y todo lo demás.
Hicieron el viaje a caballo con una mula de carga, esta vez sorteando las montañas por Durango para evitar la nieve y los precipicios de Orduña. Pararon en todos los mesones que encontraron abiertos para quitarse el frío de encima y comieron y bebieron en abundancia de los productos locales, especialmente los derivados del cerdo porque estaban en tiempos de matanza. Hicieron el viaje a gusto porque eran fuertes y jóvenes y el porvenir les sonreía. Y aunque algunas veces un par de lobos, es decir Satán y el Capitán Corsario, salían a su encuentro en el camino de los sueños, habían aprendido a no hacer caso de los fantasmas. Estaban contentos. De lo ocurrido en el Huracán no habían hablado nunca, ni falta que hacía, como dijo una vez Pericón; se querían, se admiraban mutuamente y eso bastaba.
Llegaron a Aribe al atardecer del día siguiente. Los montes cercanos estaban cubiertos de nieve y de las chimeneas de las casas salían hilachos de humo blanquecino que parecían querer entrar en vez de subir hacia las nubes. A través de las ventanas se adivinaban los fuegos encendidos con sus habitantes esperando la cena, pues no se veía un alma por la calle y hacía rato que las ovejas, las vacas y los perros estaban ya dormitando en sus refugios. En medio de aquel silencio recogido que dejaba oír los cuchicheos del río, el ruido de los cascos de los caballos sobre el empedrado sonaba como una tamborrada, según recorrían el pueblo. Algo insólito a esas horas. En algunas ventanas se descorrieron las cortinas y, sin necesidad de tocar ninguna aldaba, se abrió de par en par el portalón de la casa de Pericón, a continuación el de la casa de los Ejea y un poco después el de la casa de Rufino el alcalde. No hacía falta pregonero en Aribe. Segundos después aparecieron en la casa los hermanos de Pericón con sus padres, Daniel y María y Rufino Zubiri con su mujer Isabel. Ayudaron entre todos a bajar a los viajeros, descargaron la mula y se metieron en el zaguán entre besos y abrazos. Mandaron aviso a Santxo que apreció con su mujer y enseguida organizaron la cena, sin parar de preguntar y contestar, relatando sus respectivas experiencias. Nadie de los presentes había visto nunca un besugo. Allí estaban, con dos kilos de peso cada uno, desprendiendo aromas marinos, mientras se asaban sobre la parrilla. El alcalde mandó a su mujer en busca del mejor vino para hacer los honores y rematar la fiesta de bienvenida. Probaron el cacao con agua caliente y azúcar y a unos gustó y a otros no y luego, con el patxaran, más de uno se atrevió a aspirar polvos de rape hasta estornudar como un borrico. La otra gran novedad del día fue que María acababa de saber que estaba embarazada, por lo que la alegría fue completa y la fiesta duró toda la noche.
La tragedia llegó la víspera de Navidad.
Después de pasear por el pueblo el muñeco de trapo del Onentzaro, el personaje mítico de las leyendas, lo habían quemado en mitad de la plaza y la gente se retiraba a sus casas, felicitándose unos a otros, para celebrar la cena de Nochebuena cada uno con su familia. Un extraño viento sur, impropio de aquellas fechas, mantenía encendidos los rescoldos de la gran hoguera y hacía remolinos con las cenizas. La temperatura era más cálida de lo normal. En todas las casas se veía, al otro lado de las ventanas, el ajetreo de los vecinos de un lado para otro, sobre todo en la cocina, y se oía el ruido de las vajillas al ir preparando las mesas. En los hogares todas las lámparas estaban encendidas. Luego, al sonido de los preparativos le siguió el murmullo de las conversaciones, que se alternaban con los momentos de silencio exigidos por el buen comer y beber. Más tarde, con los postres y los licores, empezaron los cantos, en algunas casas con villancicos, en otras con canciones vascas de toda la vida. Poco a poco se fueron acallando las voces, se apagaron las luces y, pasada la medianoche, el pueblo entero quedó en silencio.
Pericón no conseguía dormir. Estaba inquieto. Había oído aullidos de lobos en las cercanías y aquel viento sur le ponía nervioso. Recordó la noche en la que se despidió de Miguel a medio camino de Garralda y en la cama tuvo el presentimiento de lo que iba a ocurrir. Ahora sentía lo mismo. Estaba convencido de que el espíritu de Satán rondaba por el pueblo. Era estúpido, lo sabía, pero no podía evitarlo. Dieron las cuatro de la madrugada en el campanario de la iglesia. Tenía la boca seca y se levantó a beber un vaso de agua. Al pasar cerca de la ventana vio un resplandor rojizo que se colaba entre las cortinas. Olía a quemado. “Serán los restos de la hoguera que ha vuelto a coger fuego con el viento”. Bajó a la cocina y se quedó sentado un rato con el vaso de agua en la mano, a la espera de recuperar el sueño. De repente le llegó un grito terrible seguido de nuevos gritos de socorro, ruidos de puertas y ventanas abriéndose y un clamor cada vez mayor de vecinos que corrían por la plaza. Se asomó a la ventana y vio la casa de Daniel y María ardiendo por el tejado. Subió a despertar a Elisabete, se lo dijo mientras se vestía poniéndose el chaquetón de piel y el gorro, se metió entero en el pilón de agua y salió de la casa con el hacha en la mano. Entró como un vendaval en la casona incendiada, apartando bruscamente a los vecinos que acarreaban baldes de agua. La escalera estaba ardiendo, del desván caían trozos de vigas quemadas y del tejado montones de tejas, provocando un gran estruendo. La puerta del cuarto de sus amigos estaba a medio arder y bloqueada por el calor. Oía golpes al otro lado y los gritos angustiosos de María. Pensó en el hijo que esperaban.... Empezó a dar golpes de hacha con su tremenda fuerza hasta que la puerta saltó en astillas. La habitación estaba llena de humo, cogió a María sobre el hombro y salió disparado. Daniel corrió detrás con un paquete de libros y documentos bajo el brazo. Elisabete estaba esperando angustiada en primera fila del corro de vecinos, que ya habían dejado de llevar agua inútilmente, mientras la casona se iba desplomando. Llevaron corriendo a María a casa de Pericón y la tumbaron en la cama. Estaba pálida y sin parar de toser. Poco a poco se fue recuperando y se quedó dormida con Elisabete a su lado vigilándola. Los hombres bajaron a la cocina y no se acostaron el resto de la noche. “Seguramente unas chispas de la fogata del Onentzaro han entrado en el desván arrastradas por el viento”, dijo Daniel. “No sé”, contestó Pericón, “antes del incendio he tenido el presentimiento de que algo malo iba a suceder. Y una chispa no manda esos mensajes”.
A la mañana siguiente todo el pueblo de Aribe se arremolinaba en la plaza. En medio del corro se veían tirados en el suelo dos cadáveres medio carbonizados. El alcalde y dos alguaciles estaban inspeccionando los cuerpos y apartando a la gente. La casa de Daniel y María estaba envuelta en humo y cada cierto tiempo se oían ruidos sordos de los tabiques y vigas de madera que seguían derrumbándose.
—Es la hija mayor de los Esparza —dijo Rufino a Pericón y Daniel cuando se acercaron—. Seguramente vino ayer a pasar la Nochebuena con su hermana, pero lo raro es que cuando sacaste a Daniel y María no nos dijeran nada. Nadie pensó que podía haber más gente dentro. El otro cuerpo nos sabemos de quién puede ser. En un principio se creyó que podía tratarse del antiguo alcalde pero, luego, por las ropas, hemos visto que se trata de un criado. He mandado a buscar al magistrado de Sangüesa y ya estará en camino. Lo siento, Daniel, sé que os conocíais desde niños. Díselo a María pero no dejes que baje a ver el cuerpo.
Tampoco Daniel quiso mirar. Se retiró pálido y cabizbajo camino de casa, mientras Pericón permanecía pensativo junto al alcalde.
—¿Se sabe cómo vinieron al pueblo Ximena y el criado? —preguntó.
—Sí, hemos encontrado un caballo y una mula atados a un árbol junto al río.
—¿No es extraño que dejasen allí las monturas teniendo establos en las casa?
—Pues sí, pero a lo mejor quería dar una sorpresa a su hermana.
—Voy a echar un vistazo.
Pericón fue al lugar que le indicó el alcalde, a menos de treinta metros de la plaza, y allí estaban los dos animales: Un caballo negro con silla de cuero y bridas negras y una mula aparejada para montar y llevar carga, con un soporte de madera sobre el lomo. Se fijó en que el soporte estaba manchado de aceite y que había goteado por las patas traseras del animal; en el suelo se apreciaba un pequeño reguero en dirección al pueblo. Mojó el dedo, lo olió y se dijo a sí mismo que sí: era aceite de ballena del que se usa para las lámparas. Al buen cazador no le hizo falta ir siguiendo el goteo para saber a dónde conducía. Fue directamente a la plaza y se metió entre las paredes humeantes de la casona incendiada. Tardó más de media hora y al fin salió con la cara y las manos manchadas de hollín. Ya sabía todo lo que necesitaba saber y se dirigió directamente a su casa sin hablar con nadie.
María se encontraba en la cama, pálida y con grandes dolores de vientre y empezando a sangrar, por lo que Daniel marchó a buscar urgentemente a la comadrona del pueblo. Pericón le dijo a Elisabete que luego quería hablar con ella y bajó a la cocina donde se quedó mirando al fuego y preguntando a las llamas qué habían visto la noche anterior en casa de María, aunque, en realidad, no necesitaba preguntar.
Los Egea perdieron el hijo que esperaban. María abortó debido al susto, la angustia y la asfixia sufridos durante el incendio. No supo lo de la muerte de su hermana hasta mucho tiempo después.
Cuando Pericón estuvo a solas con Elisabete le explicó lo que él creía que había sucedido esa noche:
—Ximena y un criado, seguramente un sicario de su padre, incendiaron intencionadamente la antigua casa de los Esparza y habían elegido la noche en que todo el pueblo estaba de fiesta para llevar a cabo su fechoría. Dejaron sus monturas en el río para pasar desapercibidos, el criado cargó con dos cántaras de aceite de quemar y varias teas con resina y, cuando la gente se retiró a dormir, se metieron silenciosamente en la casa con la llave que tiene Ximena. Se escondieron en el desván y esperaron a que los dos jóvenes se acostaran. Luego, Ximena fue al arcón antiguo y lo estuvo vaciando en busca de los documentos que demostraban el origen de Daniel y la maniobra de su padre para que el hijo no fuese nunca reconocido. Pero ya no estaban allí. Es casi seguro que la madre de Daniel ha denunciado a los Esparza ante el tribunal de la Inquisición para recuperar sus bienes y tanto Ximena como su padre necesitan que esos documentos no lleguen a manos de ella s que ya están en manos del juez. Al no encontrarlos y ciega de ira—quizá se le pasó por la cabeza que aquella casa podía pertenecer ya a Daniel—, se dedicó a prenderla fuego con el aceite y las teas que llevaban preparadas. Puede ser que al derramar el aceite por la casa les salpicase la ropa y luego al encenderlo ardieron como antorchas.
—¡Qué horror! —exclamó Elisabete—. ¿Estás seguro de que ocurrió así?
—No hay otra explicación. He encontrado rastros de aceite al pie de sus monturas, los restos del arcón abierto y vacío, manchas de aceite a medio quemar por muchos rincones, una tea sin usar, las cántaras rotas… ¿qué más pruebas hacen falta?
—¿Se lo vas a decir a Rufino y al juez?
—No, eso es otra cuestión. Lo he estado pensando mucho. Esto no tiene que salir de nosotros. Para María y Daniel saberlo sería como llevar un cuchillo clavado de por vida y, si interviene la justicia, el proceso sería doloroso para todos. La versión oficial, que yo apoyaré hablando con Rufino, es que el fuego se inició en el desván por las brasas que levantó el viento de la hoguera del Onentzaro. Ximena había acudido a visitar a su hermana por sorpresa con ocasión de las fiestas y vino con un criado para no viajar sola. Llegaron tarde y se quedaron a dormir en la planta superior en la que hay varios aposentos. El fuego les cogió mientras dormían. Ni siquiera Daniel debe enterarse de la verdad. No quiero que sepan hasta dónde había llegado el espíritu de Satán en el corazón de Ximena.
—¿Dices en serio lo de Satán? ¿Te refieres al lobo? —le preguntó ella horrorizada.
—No lo sé, no sé si es el lobo o el demonio o mi imaginación, pero hay veces en que lo siento presente. Lo vi en Ximena cuando manchaba con sangre la estela de Miguel. Lo vi cuando me enfrenté con Satán en el bosque y lo he visto hace unos días en los ojos del Corsario cuando me disparó riéndose. Es el Mal, Elisa, el Mal... y pienso que me persigue.
—No digas tonterías, Pericón. ¿Cómo puedes creer que el demonio te persigue si no crees en la Iglesia?
—No creo en el demonio. Lo que sé es que en la Naturaleza está poblada de espíritus y que entre ellos los hay malignos. El Mal es como un fallo de la Naturaleza… y ese fallo está más en los humanos que en las fieras.
Permanecieron los dos en silencio mirando al fuego. Al de un rato Elisabete comento algo en un murmullo.
—¿Qué dices? —preguntó Pericón, como saliendo de un sueño.
—Pensaba en María. El mismo día ha perdido a su hermana, a su hijo y la casa en la que nació. Eso no es un fallo de la Naturaleza, es una crueldad del Azar...

22 –

Las actividades de la Inquisición disminuyeron notoriamente en Navarra, después del famoso proceso de Logroño de 1610, en que fueron quemadas varias mujeres de Zugarramurdi. El propio inquisidor Salazar que participó en el Auto de Fe, demostró posteriormente que las ejecuciones se produjeron por acusaciones falsas o confesiones obtenidas bajo tortura. Las falsas denuncias ante los tribunales del Santo Oficio habían servido para que los delatores y muchos miembros de la Inquisición se apropiasen de los bienes confiscados a los supuestos brujos y herejes y, veinticinco años más tarde, se estaban revisando numerosos casos de tales abusos. Esto es lo que había ocurrido con los padres de Daniel en el Tribunal de la Inquisición de Tudela, donde habían sido acusados por Ramón Esparza de falsos conversos y fueron expulsados del país, siendo confiscados sus bienes que pasaron a ser propiedad de los Esparza. Ahora, los estatutos de limpieza de sangre exigidos a los judíos habían sido ya abolidos y muchos conversos estaban recuperando sus antiguos hogares.
Pedro de Egea, padre de Daniel, refugiado en Baiona a raíz de su expulsión como tantos otros judíos navarros había resultado muerto en una revuelta de los cristianos viejos contra los hugonotes que quedaban en la ciudad y los refugiados judíos de su aljama, y su mujer Constanza había vuelto a Tudela, ahora que la persecución había terminado. Una vez allí reclamó al tribunal de la Inquisición la devolución de sus propiedades y exigió la localización de su hijo entregado a un hospicio al nacer. Al juicio tuvo que acudir Ramón Esparza como principal acusado por la apropiación de sus bienes y por el secuestro de Daniel. Esparza intentó sobornar a los magistrados, llevó testigos falsos, maldijo a los judíos y amenazó al juez, pero de nada le valió. Doña Constanza pertenecía a una familia noble de la ciudad y muchos hidalgos conocidos declararon en su apoyo. Del hijo solo se pudo concluir que había estado recogido en casa de los Esparza en la localidad navarra de Aribe. El juicio quedó pendiente del fallo final hasta que se lograse localizar al hijo de los Ejea y traerlo a presencia del tribunal.
Todo esto había ocurrido antes de la boda de Daniel y María. Durante la ceremonia Constanza pudo contemplar a su hijo por primera vez junto a la hija del canalla que antaño les había denunciado, y no se atrevió a darse a conocer. Ximena, la hija mayor, se dedicó a observar con odio a la mujer que le iba a dejar sin herencia, a quien había conocido en el juicio, y a su hermana, que le había arrebatado su antiguo amante. Enferma de rabia y frustración juró venganza. Aprovechó las fiestas de Navidad para intentar hacerse con los documentos que comprometían a su familia en el secuestro de Daniel y acto seguido incendiar la casa que consideraba perdida. Destruyó el que fue su hogar y lo pagó con su vida.
Constanza y su hijo se encontraron por fin en Tudela cuando Daniel y María viajaron para conocerla y presentar ante el juez los documentos hallados en el arcón. El tribunal falló a favor de la madre, permitiéndole recuperar sus bienes y reconoció a su hijo todos sus derechos. Los padres de María fueron desterrados a una isla de las Antillas, Santa Lucía, donde al antiguo alcalde de Aribe le buscaron un puesto en la servidumbre de un sobrino del Virrey de Nueva España.
El incendio de su casa, la muerte de Ximena, que aunque odiosa era su hermana, el destierro de sus padres y finalmente la maternidad frustrada, dejaron a María enferma y debilitada. Apenas si comía y no tenía fuerzas para levantarse de la cama. Nunca olvidaría aquellas navidades. Y cuando pensó en que pronto Elisabete se marcharía de nuevo, se sintió desamparada. Elisabete era para ella más que una hermana. Le había aconsejado y ayudado en todo. Con ella se sentía arropada y protegida, porque había comprobado que, debajo de aquella faceta mercantilista heredada de su padre, Elisabete tenía un corazón de oro y que constantemente se preocupaba por ella y le animaba. Ahora que se había quedado sin nada, necesitaba más que nunca su compañía. ¿Qué iban a hacer? ¿Dónde iban a vivir? Nada les ataba ya a Aribe. Podían ir a Sangüesa a la casa que dejaban sus padres o a Tudela con la madre de Daniel. Sin mucha esperanza habló con este sobre la posibilidad de irse a Bizkaia con Pericón y Elisabete, pero también Daniel tenía sus dudas y contradicciones en la cabeza. Lo estuvieron pensando durante muchos días.
Con la marcha de Pericón también a Daniel se le esfumaban los lazos con Aribe. En realidad, ¿qué apego o qué recuerdos podía tener de un pueblo que desde pequeño se había reído de él, lo habían maltratado en casa del alcalde y había sido tenido por todos como un chivato? Ahora estaba bien considerado, pero ¿qué hubiera sido de él sin la ayuda de Pericón? Si él nos estaba, nada le retenía en el pueblo, ni siquiera su puesto de escribano, que lo podría conseguir en cualquier otro lugar. Decididamente, aunque reconstruyeran la casa, nunca volverían a Aribe, en eso estaban de acuerdo María y él. Lo de irse a Bizkaia con sus amigos también lo descartaron, porque allí no tenían relación con nadie y quizá no fuese tan sencillo ser escribano con otras leyes y otras costumbres. Además no le parecía a Daniel honrado imponer su amistad y su presencia a nadie si no se lo pedían. Pericón y Elisabete tenían ya su trabajo y su vida organizada y era absurdo obligarles a que cuidasen de ellos.
Tudela... quizá a María la ciudad no le decía nada, aunque seguramente algunos de sus parientes vivían allí; sin embargo para Daniel tenía una atracción instintiva, como la nostalgia de algo querido que no has llegado a conocer. Era su lugar de nacimiento y desde que lo supo y con lo que fue leyendo en libros y documentos que pasaban por sus manos, esa atracción fue creciendo en su mente de forma soterrada y todos los libros que hablaban de aquella tierra los leía con avidez. Y cuando tuvo conciencia de ser descendiente de judíos y al saber, a través de las numerosas menciones escritas que encontraba aquí y allá, que Tudela era el resultado de una amalgama increíble de judíos, musulmanes y cristianos, el deseo de conocerla a fondo lo tenía ya instalado en su corazón. Incluso había llegado a soñar que un día escribiría un libro sobre la historia de su pueblo natal. Ahora, parecía que el Azar le estaba empujando a su encuentro.
Por otro lado, Daniel acababa de conocer a su madre. Ella, como María, también había perdido a su hijo pero, a diferencia de su mujer, lo había llegado a tener en sus brazos y ahora lo vería de nuevo a su lado. ¿Era eso suficiente para que el amor de madre-hijo fluyera entre ellos, o se sentirían como dos extraños? ¿Y cómo sería el encuentro entre las dos mujeres tras el terrible daño causado por el padre de María? De todo ello y tras múltiples reflexiones en las que no faltaron las discusiones, las ilusiones y hasta las lágrimas, salió la decisión final que tomaron y que, finalmente, fue la de ir a vivir a Tudela. Alquilarían una casa, conocerían a la madre olvidada y, si ella quería, acabarían viviendo en su casa.
En resumen, lo comentaba Daniel con Pericón, Tudela era su lugar de nacimiento; su madre estaba sola y era mayor, tenían amigos influyentes y no le costaría encontrar un puesto incluso mejor; y María no tardaría en recuperarse y hacer nuevas amistades. Todo, hasta el mismo clima, aconsejaba su marcha hacia el sur.
Así que con el año nuevo, las dos parejas de amigos se despidieron, quizá para no volverse a ver, y Daniel y María emprendieron el viaje a su nuevo destino.
Pericón volvió a sus bosques queridos con el ánimo sobrecogido por aquellos tristes sucesos del año viejo. Buscó la compañía de su amigo Santxo y juntos se perdieron por las sendas de los lobos, siguiendo pisadas recientes sobre la nieve nueva. Pero los lobos huían, pues no querían lucha sino alimento y supervivencia. Aquella mañana había en el aire frío de la montaña una extraña armonía que envolvía el alma, pidiendo sosiego, ofreciendo paz a las criaturas del bosque. Pericón, apoyado en un hermoso roble y mirando hacia el valle, se preguntaba por primera vez si él formaba parte de aquella armonía o era, quizá, el agente destructor de su equilibrio sagrado, el fallo de la Naturaleza, del que los animales salvajes escapaban con miedo, como un nuevo Satán. Más de una ocasión había pensado que el gran lobo asesino y él eran muy parecidos. El jabalí y el zorro y hasta los mismos lobos ¿no gozaban de la paz del bosque hasta que lo veían arrastrarse siguiendo sus huellas y caían atravesados por una saeta? ¿No había matado a los tres corsarios llevado por su instinto de cazador de alimañas? Por primera vez en su vida pensó que quizá era él quien sobraba en aquella paz, que el tiempo de tener que matar para comer, como lo hicieron los antepasados y como la hacían los lobos, había pasado, y que debía ir pensando en colgar sus armas de alimañero y dedicarse a otra cosa.
Lo comentó con Santxo, quien, por supuesto, no estaba de acuerdo con estas reflexiones de Pericón, ahora que él estaba empezando a aprender el oficio. Las consideró como un desahogo de los sentimientos acumulados en los últimos días.
—¿Les vamos a dejar que se coman nuestras ovejas porque el invierno es duro y no hallan qué comer? Según eso, ellos cada vez serán más y las ovejas cada vez menos. ¿Dónde está el equilibrio? Nosotros también cazamos para subsistir, porque es nuestro trabajo, y para que nuestro rebaños vivan en paz.
—Quizá tengas razón, Santxo. Me estaré volviendo blando.
—Se te pasará cuando una de esas fieras peludas te enseñe los dientes a dos pasos de distancia.
Efectivamente se le pasó cuando de Garralda avisaron que una manada de lobos había matado a dos vacas en un prado cercano. Pericón y Santxo salieron en su búsqueda y en tres días de persecución pudieron eliminar a dos de ellos. Sin embargo, una fisura en forma de duda se había abierto en el espíritu endurecido del cazador, dejando asomar su lado menos fiero y quizá insinuando una nueva forma de ver las cosas. ¿Sería el influjo del mar, aquella Naturaleza tan distinta a sus bosques, o quizá la bulliciosa sociedad de Bilbao, ilustrada y comunicativa, que tanto atraía a Elisabete y que él también empezaba a admirar?
Por su parte, Elisabete marchó a Esterenzubi una mañana de niebla y frío para estar unos días con su familia. Se unió a una partida de contrabandistas del pueblo que aprovechaban el relajo de los guardias por las fiestas y las nevadas que estaban cayendo desde primeros de enero, para pasar al otro lado sin esperar a la noche. Las noches de invierno eran peligrosas para los contrabandistas porque se borraban las sendas, las cabalgaduras resbalaban y los lobos los acechaban. Llevaba sobre la yegua unos cuantos tapices y tapetes de la última producción de toques orientales, con los que esperaba iniciar el nuevo plan de contrabando que tenía in mente.
Al llegar a la posada de Otsobenta tuvo la desagradable sorpresa de encontrar a la criada regordeta a punto de dar a luz como consecuencia directa, según supo más tarde, de las atenciones de su padre que, desde que la contrató, andaba detrás de ella.
—¡Solo me faltaba tener un hermano bastardo a mis años! —le dijo a su madre al saberlo—. ¡Será sinvergüenza!
—No te preocupes —le decía la madre más que resignada, mientras revolvía el puchero —, si es niña tendremos alguien que nos cuide cuando seamos viejos. Como tú no nos das nietos…
—¡Claro! —exclamó Elisabete enfadada—, lo que tú y tu marido quisierais es tener media docena de nietas para ampliar el negocio, ¿verdad? Solo pensáis en el dinero.
No obstante, los días siguientes habló largo y tendido con su padre, de negocios, claro, demostrando con ello que lo que le había sentado mal no fue la inclinación de la familia —ella incluida— hacia el vil metal, sino la poco velada insinuación de que ya iba siendo hora de que tuviese descendencia. Era un tema que Pericón y ella lo dejaban siempre de lado, que incluso de mutuo acuerdo habían decidido posponer, considerando su forma de vida, pero con el paso del tiempo y sobre todo días atrás al vivir con María la pérdida de su hijo, se había removido en su interior algo parecido a la nostalgia de la maternidad. Estaba madurando, sin duda, especialmente al recordar su estúpida actitud con el Capitán Corsario que había provocado la tragedia del Huracán. Luego, ese sentimiento se había visto reforzado con la experiencia de los últimos acontecimientos de Aribe. Se estaba haciendo mayor y la vida le estaba exigiendo un cambio de actitud.
Entre los planes para el futuro que Elisabete quería organizar con su padre estaba el contrabando de tapices hacia Francia y otros países del Norte. Pero esta vez no andarían como cabras por el monte cargando fardos sobre recuas de mulas, sino que utilizarían los procelosos caminos del mar. Solo de pensarlo vibraba en su pecho el espíritu de aventura siempre latente a pesar de la madurez. La idea era cargar los tapices escondidos bajo redes y aparejos de pesca en una lancha en el puerto pesquero de Santurtzi y navegar bordeando la costa hasta Donibane Lohitzune, donde los recogería su padre, quien trasladaría la carga hasta Donibane Garazi. Y aquí es donde entraba la jugada maestra de Elisabete: la intervención del comandante Gaston Dubois, jefe de la guarnición francesa que construía la Ciudadela de Garazi (Saint Jean Pied de Port para los franceses); el Dubois que le compró su primer tapiz a cambio de la yegua Gaztain para regalárselo a la Reina. Sabía que continuaba pasando muy a menudo por la posada y que conocía perfectamente las actividades de contrabando de los Ithurburu, de las que siempre sacaba algún provecho. Una vez la mercancía en su poder, él se encargaría de hacer llegar los tapices a París, Burdeos, Toulouse, incluso Amsterdam y Amberes.
Otra de las claves del plan era que, si el comandante estaba de acuerdo, dos soldados escoltarían a su padre para recoger los tapices sin control de los aduaneros y sin miedo a los corsarios que controlaban el puerto. La cadena de operaciones era perfecta, cuatro eslabones sólidos que no podían fallar: Elisabete compraba los tapices en Bilbao e incorporaba los suyos al alijo; Martín se encargaba de conseguir la lancha y algunos marineros en Santurtzi, cargar los tapices y llevarlos al puerto de Lapurdi; el posadero los recogía y los trasladaba a Saint Jean Pied de Port; finalmente, el comandante Dubois los distribuía a través de sus mensajeros. La parte más arriesgada era la travesía por mar, porque para evitar a los barcos piratas, tendrían que navegar pegados a la costa desafiando arrecifes, corrientes y oleajes de aquel mar casi siempre embravecido.
Le enseño a su padre los nuevos tapices de estilo oriental junto a otros originales y el bueno del posadero se quedó maravillado, no sabiendo distinguir unos de otros, claro que no era ningún experto. Pero si los ponían a mitad de precio, se los quitarían de las manos. Se las frotaba lleno de euforia maese Ithurburu, pareciéndole el plan de su hija propio de un obispo, cardenal o algo parecido, por lo bien urdido que estaba. Incluso había pensado en el reparto de las ganancias: tres partes iguales, una para ella, otra para él y la tercera para el oficial francés.
Estaban celebrando el acuerdo padre, madre e hija, delante de un pato asado y una botella de aquel vino francés que hacía ruido al sacar el corcho y ya había alzado el padre la copa para brindar, cuando Elisabete levantó la mano en un gesto claro de alto ahí y dijo:
—Hay una condición.
El posadero eructó una oleada de burbujas del susto y se quedó helado, porque ya conocía a su hija.
—¿Cuál? —dijo bajando la copa y la voz y alzando las cejas.
—Que no des el apellido al hijo de la gorda. No quiero más ithurburus en esta casa.
Tragó saliva el posadero pensando que la cosa iba a ser más grave (qué más le daba a él que la moza tuviese un hijo de padre desconocido) y dijo que de acuerdo, ante la sonrisa satisfecha de las dos mujeres, que seguramente ya lo tenían hablado. Levantaron la copa, esta vez los tres, brindaron y así quedó cerrado el trato de los tapices.
Faltaba el visto bueno del comandante Dubois, cosa que el posadero se apresuró a conseguir viajando el día siguiente a Garazi. Al francés le pareció el asunto una jugada a tres bandas perfecta y solo puso una condición, el también: que a los soldados les pagase de su parte monsieur Ithurburu, con el fin de no verse él comprometido en caso de que los descubrieran. “Aquí todos parecen más listos que yo”, pensó el padre de Elisabete, pero no tuvo más remedio que aceptar, regresando a casa con el compromiso en el bolsillo.
No tenía ya más que hacer Elisabete en Esterenzubi, o sea que esperó tranquilamente a que llegase Pericón en su busca y, mientras, ayudaba a su madre en las tareas de la posada, pues “la gorda”, como la llamaba ella, no cogía una escoba, no paraba de comer y parecía la dueña de la casa. “Ya vendrán las vacas flacas”, le decía Elisabete cada vez que se cruzaban. Apareció Pericón unos días más tarde y juntos marcharon hacia Aribe. El alimañero todavía tendría que permanecer dos o tres semanas hasta acabar matando o espantando a todos los lobos que aullaban por los montes cercanos. A partir de entonces, Santxo quedaría como amo y señor de las altas praderas donde subirían los rebaños en la nueva estación.
A Elisabete se le hizo eterna la espera, porque no tenía con qué entretenerse y porque ver los muros ennegrecidos de la antigua casa de los Esparza la deprimía. Unos cuantos cuervos cogieron la costumbre de merodear por las ruinas buscando ratones o restos de granos que quedaban por los rincones, lo cual hacía el lugar aún más tétrico, sobre todo al atardecer cuando las sombras lo envolvían. Se tapaba los ojos al pasar, sintiendo escalofríos. Solo le faltaba ver al fantasma de Ximena paseando entre los escombros.
Por eso fue un alivio cuando Pericón dio por terminado su trabajo y celebraron una sencilla cena de despedida con Santxo, Rufino y la familia de Pericón. Al día siguiente emprendieron la marcha por el camino de Garralda, hacia la salida del sol para coger la Ruta Jacobea en dirección a Iruña. Colgando de la silla de Gaztain iban dos garrafas del patxaran que había dejado hecho María. “A mis amigas bilbaínas seguro que les gusta”, había dicho Elisabete.
Al pasar junto a la estela funeraria de Miguel, Pericón tuvo un gesto sorprendente de despedida. Echó pie a tierra, se acercó a la piedra y clavó en el suelo una saeta que llevaba al cinto seguramente con esa intención. ¿Era la misma que había atravesado a Satán? Posiblemente, conociendo el espíritu simbolista del cazador. Allí había dado comienzo su cruzada contra los lobos y allí la daba por terminada. Seguiría persiguiéndolos, porque ese era su oficio, pero sin la fatalidad y la saña que había empleado hasta entonces.
La despedida del Valle no tuvo esta vez la atmósfera nostálgica del primer viaje hacia Bizkaia. No miraron ni un momento hacia atrás, aún sospechando que quizá no volverían a ver aquellas tierras. Elisabete y Pericón empezaban a vislumbrar nuevos caminos. Aribe y Esterenzubi parecían irse diluyendo en las nieblas pirenaicas. Nuevos bosques, nuevos negocios, nuevas amistades, en definitiva, nuevos afanes, les esperaban en aquellos pueblos prósperos junto al mar. Volvían al caserón de Okondo dos personas bien distintas de las que marcharon de allí. La mitad de la ruta la hicieron con los penitentes del Camino de Santiago. ¿Iban ellos también arrepentidos, pidiendo perdón por sus errores pasados? “Ni en sueños”, que diría Pericón. “Lo hecho, hecho está”.

23 -

Martín estaba loco de contento con las perspectivas de volver al mar como contrabandista. Los altibajos de la vida y de la fortuna lo habían llevado a vivir en Artziniega y a trabajar de cualquier cosa en el Ayuntamiento, pero él era un auténtico lobo de mar. Había sido pescador, patrón de lancha y contramaestre en todo tipo de navíos y se había enrolado unas veces en barcos piratas y otras en buques de cabotaje. Era nacido en Santurtzi, pero su espíritu aventurero y sus ganas de progresar le llevaron en su juventud al puerto de Castro Urdiales, que era la escuela donde se graduaban los maleantes y filibusteros y, en general, los amigos del enriquecimiento rápido y sin escrúpulos. En uno de sus muchos abordajes, cuando navegaba en un galeón corsario, un marinero inglés le había rebanado el borde de la cabeza con su machete, dejándole yerma una zona donde antes había un matorral enmarañado. De ahí su costumbre de llevar la boina un poco ladeada ocupando su lugar. Conocía la costa cantábrica como la palma de la mano y su reciente encuentro con Lezo le había devuelto la alegría y la vitalidad de los tiempos de pirata, como al perro de caza que después de mucho tiempo se le suelta la cadena. Era el hombre perfecto para los planes de Elisabete.
Una vez que los escuchó con atención, lo primero que hizo fue llevar su txalupa desde Castro al pequeño puerto de Santurtzi, donde era sobradamente conocido y respetado. Intentó localizar una buena lancha con bogadores experimentados entre sus compañeros de cien batallas, pero no lo consiguió porque en los últimos tiempos habían dejado el contrabando con Laredo y Santander y se estaban dedicando a la pesca de la ballena que daba cuantiosos beneficios. La mitad del año ejercían de pescadores enrolándose en barcos balleneros y la otra mitad atendían las solicitudes de ayuda para atravesar la temida barra de Portugalete a los grandes navíos que se dirigían a Bilbao, a los que remolcaban a lo largo de los meandros de la ría. En este afán competían duramente con los marineros de Algorta que, por necesidad o por entrenamiento, eran bastante más rudos y capaces que los de Santurtzi, por lo que allí se fue el bueno de Martín en su pequeña txalupa, cruzando la bahía y los peligrosos arenales de la desembocadura.
El puerto de Algorta era pequeño y, por su orientación, estaba regularmente batido por las olas del noroeste, lo cual limitaba sus actividades obligando a sus marineros a recurrir a la pesca menuda, al lemanaje de grandes barcos en la ría y a la rapiña de los que embarrancaban en los arenales o naufragaban en la abrupta costa cercana; costa que además de los bancos de arena escondía peligrosos bajíos ocultos bajo el agua. En esas tareas aventajaban a la gente de mar de Portugalete y Santurtzi, pues estaban más que curtidos en conocimientos náuticos, fuerza física, coraje y mal carácter. A ellos se dirigió Martín en busca de los contrabandistas adecuados para las intenciones de Elisabete. Le costó dos jarras de vino en la taberna del puerto, a escondidas de la Cofradía de Mareantes, para lograr despertar el interés de aquellos vikingos del país. Revisó con ellos sus lanchas de siete remos y una pequeña vela triangular a popa, que permanecían recostadas sobre la arena de la bajamar. Eran robustas —ellos estaban orgullosos de sus cualidades marineras— y tenían panza suficiente para llevar el delicado cargamento de tapices bien escondido. Para manejarlas se necesitaban seis hombres de los mejores y él sería el patrón al mando del timón y la vela. Llegaron a un acuerdo. En las fechas indicadas pasarían una lancha —quizá más adelante dos— con aparejos de pesca visibles, hasta Santurtzi, a poder ser a la noche según las mareas, donde cargarían el alijo y a partir de ahí Martín se haría cargo de la navegación hasta Donibane Lohitzune.
Parte importante de la operación, pensaba Elisabete, era la coordinación de las fechas: cómo sabría su padre cuándo acudir a recoger la mercancía. Se podía mandar una carta a Esterenzubi cada vez que salía la lancha, pero la estafeta o correo a caballo que transportaba los mensajes y cartas solo la usaban los nobles y gente pudiente. El sistema era, además de caro, arriesgado si caía en manos ajenas, por lo que fue desechado. Elisabete buscó enseguida una alternativa en la que intervendrían de nuevo las habilidades de Martín, para la cual tendría que hacer primero un viaje a Donibane Lohitzune con el fin de organizar el procedimiento a seguir. Luego escribiría a su padre una única misiva con las instrucciones necesarias..
Donibane Lohitzune, era un puerto de gran actividad desde tiempos remotos, habitado por gentes exclusivamente marineras, que empezaron siendo pescadores de cercanías, luego de ballenas y bacalao y, cuando las ballenas empezaron a escasear y el bacalao había que buscarlo en Islandia, acabaron convirtiéndose en corsarios, dejando pequeños a los puertos de Bizkaia y Gipuzkoa. Era, pues, terreno propicio para buscar arreglos y favores entre corsarios y contrabandistas, un terreno que Martín dominaba a la perfección. Su misión en este primer viaje era la de encontrar un lugar escondido y seguro en el puerto de Donibane donde depositar el cargamento, a la espera de que Ithurburu y los soldados de Dubois pasaran a recogerlo en el momento preciso. Un día de viento sur y buena mar, se embarcó en un pequeño barco de cabotaje que hizo la corta travesía sin contratiempo y, después de echar un vistazo a los hermosos bergantines que tanto le gustaban, fondeados en la bahía de Sokoa, se metió nada más llegar por los figones y tabernas de Ziburu en busca de algún contrabandista conocido de los viejos tiempos. Recordaba —e intentó buscarlo— a un viejo pirata de su edad al que llamaban Lezo, por ser de ese pequeño pueblo de Gipuzkoa, y que era hombre de palabra en el que se podía confiar. No le costó dar con él porque era un personaje conocido, y como Martín hablaba euskera y, por su aspecto, parecía un marinero más del pueblo, se pudo permitir preguntar por él en todas las tabernas sin llamar la atención, pues incluso sabía pronunciar las erres al estilo francés, como hacían los vascos de allí.
San Juan de Luz era en ese tiempo la base más importante de los corsarios vascos. Sin embargo el ambiente de la villa no se parecía en nada al de Castro Urdiales: era más distinguido. Ser corsario en Lapurdi era muy distinto que ser pirata o filibustero en los puertos de Castilla. El tener licencia de corso concedida por el rey de Francia, le daba una categoría social importante. De hecho, los más prósperos comerciantes de Donibane Lohitzune —y Lezo era uno de ellos—, fletaban grandes navíos con ese propósito, enriqueciéndose con su parte del botín y convirtiendo al pequeño puerto de pescadores en una villa próspera y segura. Fue entonces cuando se edificaron sus preciosas casas de entramados de vigas rojas con grandes aleros y señoriales mansiones, como las que más tarde ocuparon la infanta Maria Teresa y el rey Luis XIV antes de casarse en la iglesia de San Juan Bautista.
Cuando se encontraron, buscaron un rincón tranquilo donde charlar, pidieron una jarra de vino y estuvieron recordando algunas de las proezas en las que coincidieron cuando eran jóvenes. Luego, Martín le explicó por encima el plan que pensaban llevar a cabo y lo que necesitaban. Lezo se mostró encantado de estar metido en alguna aventurilla que le sacase de su aburrimiento, y no tuvo ningún problema para llevarle por los pasadizos y almacenes más oscuros y abandonados del puerto, donde eligieron un apartado local en desuso en el que se podrían esconder las mercancías sin ningún peligro. Acordaron que los que vendrían a recogerlas se pondrían en contacto con él para organizar la carga y para pagarle el servicio. El antiguo pirata no quiso saber lo que transportaban ni cobrar dinero, y solo pidió que en cada envío le trajesen una barrica de sal. Cerrado el trato, Martín le informó que quien vendría a recoger el cargamento se llamaba Ithurburu y que no se preocupase si le acompañaban dos soldados, porque estaban metidos en el negocio.
De vuelta a casa, Martín contó a Elisabete el resultado de la misión y juntos comenzaron a preparar el primer envío que, por deseo de ella, iba a ser de prueba, con poca carga, a fin de comprobar si todos los engranajes funcionaban correctamente. Se le estaba complicando el negocio, pensaba Elisabete: Martín, los bogadores de Algorta, los soldados franceses, Lezo, su padre, el Comandante Dubois…, mucha gente para coordinar y más todavía para repartir el dinero; pero eso no la asustaba, más bien le llenaba de excitación. Su principal tarea consistía en hacer sus propios tapices, acudir a las subastas de Bilbao a comprar los que venían de Oriente y preparar los alijos que llevaría Martín. Luego, tendría que programar los envíos regularmente mientras existiese demanda y repartir el dinero que su padre le enviara de vuelta. Estaba convencida de que lo tenía todo bien planeado y su entusiasmo era tal que llegó a contagiarle a Pericón, hasta el punto de que en esa primera prueba que se proponía hacer con la llegada del buen tiempo, irían los dos con Martín en la embarcación y así conocerían Donibane Lohitzune, lugar con el que tantas veces había soñado en la posada de Esterenzubi. En ese primer viaje se citaría allí con su padre, anunciándole la fecha en la carta que le pensaba escribir. Tenían varios meses por delante.
Elisabete se encerró en su taller de los telares —ahora tenía dos, uno para los tapices y alfombras y otro pequeño para los tapetes— y no salía de allí más que para comer, hacer el amor y dormir.
Pericón se concentró en su tarea de cazador y tampoco se le veía por casa más que para comer, hacer el amor y dormir, curiosa coincidencia. Lo de hacer el amor no es que fuese una novedad, porque, excepto en la crisis del corsario de Castro Urdiales, siempre se habían dedicado a ello con empeño, pero es que ahora habían dejado de practicar las mil medidas que las viejas recomiendan para evitar el embarazo y el acto había cobrado una nueva dimensión de entusiasmo. Había llegado el momento de tener descendencia.
El práctico espíritu de Elisabete ya había previsto las posibles consecuencias de este cambio y había contratado a una mujer de Artziniega como sirvienta. Se llamaba Juana, tendría unos cincuenta y cinco años, parecía fuerte, bien dispuesta y de carácter alegre. Había tenido seis hijos que ya habían volado del hogar y un marido que también se marchó de casa, pero este para hacer fortuna en las Indias y volver rico. Habían pasado cinco años y no había vuelto, ni rico ni pobre, con lo que Juana se había quedado sola y estaba encantada de tener un nuevo hogar con gente joven y un Martín de su edad con el que hizo buenas migas enseguida. A Elisabete esta situación le alegraba la vida porque los trabajos de hacer la comida y limpiar la casa le recordaban sus años de posadera y le ponían de mal humor y, además, cuando viniesen sus amigas de Bilbao, a las que había invitado a conocer la casa, verían que tenía dos sirvientes, lo que ya era un nivel de categoría. Se estaba volviendo muy presumida la antigua mesonera y con razón. Su figura de por sí esbelta y de buena altura, el pelo y los ojos castaños claros y las mejillas sonrosadas, lucían ahora más que nunca con los vestidos y tocados que traían los barcos holandeses. Estaba muy atractiva y no desentonaba entre las distinguidas damas bilbaínas cuando paseaban por los arenales junto a la iglesia de San Nicolás. Si las estiradas señoritas hubiesen sabido que lo hacían con una aventajada contrabandista se hubiesen desmayado de la emoción. Sus acompañantes, que caminaban diez pasos por detrás de las damas, con sus jubones de terciopelo negro, capas airosas y espada al cinto, no dejaban de fijarse en aquella joven de origen francés que tejía como los ángeles. Sí que presumía la fille de Esterenzubi; ni sus padres la hubiesen reconocido. Ella ya sabía que no era así y Pericón también, pero le gustaba representar ese papel de doble personaje: dama refinada por un lado y contrabandista valiente por el otro, copiado seguramente de alguna obra de teatro o de las marionetas que había visto en Bilbao. De esta forma daba salida a los sueños de aventuras de su niñez, cuando escuchaba desde un rincón de la posada las historias que contaban los peregrinos y juglares del Camino de Santiago. Presumía, pero no le daba importancia al lujo y a las apariencias. Hacía contrabando, pero no lo hacía por dinero. Ya había visto bastante en su casa para saber la felicidad que con él se conseguía. Se lo podían preguntar a su madre. Lo uno y lo otro los hacía como un juego, como un reto, porque lo que sí le gustaba de verdad era vivir la vida intensamente.
Elisabete se hizo popular en los alrededores del puerto, porque aparecía por Bilbao siempre que llegaba un buque de las Indias Orientales. Cuando la mayoría de comerciantes, aduaneros y curiosos se arremolinaban en torno a los grandes veleros que procedían del Nuevo Mundo, ella estaba pendiente de las descargas de alfombras y tapices, acudía a las subastas y se llevaba los más valiosos con la excusa de que los coleccionaba para su taller de telares. Allí los estudiaba, copiaba los diseños y los iba almacenando en un rincón, junto con los que ella fabricaba. No paraba de trabajar. Eran la base de su negocio. Más tarde, cuando llegase el momento, los envolvería en fardos impermeabilizados con la ayuda de Martín, que sería el encargado de llevarlos a Santurtzi para cargarlos en las lanchas algorteñas. Pero todavía no había llegado la fecha prevista para la primera expedición. El final del invierno solía ser duro en la zona costera del país. Lluvias constantes, vientos racheados y mala mar eran el pan nuestro de cada día. Los barcos permanecían muchos días refugiados en los puertos y los que no lo hacían corrían serios peligros. En el tiempo que llevaban Pericón y Elisabete en Bizkaia se habían producido tres naufragios entre Castro Urdiales y Plentzia. Pasarían más de dos meses hasta que los temporales y galernas se fuesen calmando.
Tenían un duro trabajo por delante el alimañero y la contrabandista, ahora convertidos en los señores de Minaur, con dos criados, varios caballos, un carruaje y un taller de telares; y quién sabe si con un heredero en camino...

24 -
En la temporada invernal, de noviembre a mayo, las ovejas del Valle de Aiara pastaban en las praderas que se extendían desde las Encartaciones hasta Orduña, alternando con zonas de bosques que, desde las campas, ascendían hasta las paredes rocosas de la sierra; y en esas espesuras de robles y encinas se escondían los lobos y demás alimañas. Los vientos del norte chocaban contra los murallones de roca de la montaña y, aunque el tiempo era frío, pocos días al año las nieves bajaban hasta el valle. En cambio, y el agua y la bruma empapaban continuamente el paisaje, manteniéndolo siempre verde. Sendas y caminos permanecían embarrados durante estos meses y mil arroyos los cruzaban en su descenso hasta el río Nervión. Todo ese espacio de unas diez leguas era por tanto el terreno de caza de Pericón durante el invierno. Luego, al llegar la primavera, las ovejas, los lobos y los pastores subirían a las prados altos de la meseta y Pericón tendría que ir tras ellos. ¿Por dónde lo hacían?, se preguntaba al contemplar aquellas paredes inaccesibles casi verticales.
Con tiempo soleado había salido esa mañana temprano a lomos de su caballo Txikia con ánimo de recorrer toda la zona hasta el fondo del valle. Atravesó Orduña siguiendo el río Nervión —se sorprendió de su poca anchura al recordar que al pasar por Bilbao navegaban por su cauce carabelas y bergantines—, hasta llegar a un pequeño pueblo llamado Delika, con su iglesia, su casa-torre y diez caseríos agrupados a su alrededor. No se diferenciaba mucho de los pueblos del Valle de Aezkoa. Le habían dicho que siguiendo a pie río arriba podía alcanzar el pie de la cascada y contemplar el agua que caía desde lo alto de la sierra, en un espectáculo digno de verse. Hacia allá se encaminaba Pericón. Amarró a Txikia a la salida del pueblo y fue siguiendo el cauce por estrechos senderos de caballos asilvestrados, vadeando el río por encima de las piedras cada cierto trecho. El paisaje le dejó admirado según avanzaba entre fresnos, robles y encinas. Las paredes de la sierra a un lado y otro del río se iban cerrando en un cañón profundo y estrecho que hacía resonar el ruido sordo de la cascada como un trueno prolongado por el eco. Trepó adelante por la vaguada hasta acercarse al punto donde las columnas de agua golpeaban con fuerza las rocas amontonadas por antiguos desprendimientos, estallando en burbujas y espuma. Se quedó maravillado. Parecía el manantial de un mundo imaginario de gigantes.
Mirando hacia arriba, se podían ver las aguas del río saltando desde la meseta castellana a las llanuras vizcaínas en una impresionante cascada de más de doscientas brazas de altura, que alcanzaba ahora su máximo caudal debido a las fuertes lluvias y los primeros deshielos de final del invierno. Otro salto menor salía por una gruta en la mitad de la pared a la izquierda de la caída principal, dibujando escalones por los salientes del muro. Pericón permaneció sobrecogido y envuelto por aquel ruido ensordecedor, sintiendo la energía del lugar y admirado por la fuerza del agua en la Naturaleza, tan parecida, con aquellas explosiones, al romper de las olas en los acantilados de la costa. Estuvo mucho tiempo recibiendo en el rostro el agradable rocío del agua pulverizada.
Volviendo hacia el pueblo, vio a una manada de buitres que sobrevolaba por encima de su cabeza emitiendo graznidos desagradables. Aunque, por supuesto, no sabía lo que decían, por los planeos cada vez más bajos y los movimientos de sus largos cuellos no tenía duda de que hablaban de él y lo estaban vigilando. Un resbalón, un golpe que lo dejase sin sentido, y se lo habrían llevado en sus garras carroñeras. No le gustaban los buitres. Les hizo un gesto obsceno y regresó poco a poco hasta donde tenía el caballo, con cuidado de no patinar sobre las piedras del río.
De vuelta hacia su casa, fue cabalgando sin prisa, metiéndose por los bosques que rodeaban a los pequeños pueblos del valle, donde se veían ovejas en sus campas verdes: Tertanga, Lendoño, Izoria, Maroño, Agiñiga, Arespalditza, Quexana, Menagarai, todos los que se había aprendido de memoria en los mapas, y así hasta llegar a Artziniega. En las zonas nevadas de las estribaciones de la sierra vio numerosas huellas de lobos que sin duda vigilaban también sus pasos. Cuando llegó a Okondo ya tenía una idea clara de los sitios que habría de recorrer cuando saliese de cacería con su ballesta. Había aprendido también que, ahora, las huellas a seguir las tendría que buscar en el barro y que las fieras estarían acechando en los bancos de niebla  Era distinto que en los montes del Pirineo, pero estaba preparado para la nueva lucha con los lobos de la región.
Aquella noche, resonaron por todo el valle los aullidos de las fieras. Parecían llamar y responderse unos a otros. Se imaginaba Pericón a las diferentes camadas reunidas en un claro del bosque y al gran lobo gris (siempre hay un lobo más grande que los demás al frente) informándoles de la llegada del temido cazador. Le gustaba pensar eso: que las dos fuerzas se preparaban debidamente para su futuro enfrentamiento y a poder ser sin cepos, ni trampas; no como aquellas loberas que usaban por allí. No había visto ninguna por los bosques del valle y las que señalaban los mapas estaban en lo alto de la sierra, y solo se utilizaban en verano con el fin de que los lobos corriesen veloces hacia la trampa. Recordó que había una construida precisamente en el bosque de Santiago muy cerca de la gran cascada del Nervión. Algún día iría a verla. No podía quitarse de la cabeza la imagen de los loberos al borde del foso hostigando a la fiera con sus largas picas, cuando el animal intentaba trepar por las paredes, alargando su agonía, hasta acabar matándolo a flechazos y pedradas, entre gritos, insultos y carcajadas. No podía soportar esa crueldad gratuita.
La campaña invernal resultó fructífera para todos. Pericón llevaba a cabo su trabajo con toda su experiencia y habilidad, pero sin ningún atisbo de venganza o fiereza contra los lobos, como lo había hecho hasta ahora. Los perseguía sistemáticamente, acorralaba a las camadas y cuando los tenía a tiro mataba a los lobeznos adultos, jamás a la hembra de la manada ni a los lobatos. Acabó cazando solo, como él quería, porque los otros loberos se ensañaban con las fieras y lo mismo mataban madres que crías. Así y todo, consiguió cazar más animales que los otros cazadores juntos. La prosperidad de la casa y su prestigio fueron en aumento. Ya nadie sabía su apellido original porque por todo el valle se le conocía como Pericón de Minaur.
También Elisabete producía sin parar. Bien es verdad que no había vendido más que dos tristes tapetes a sus amigas de Bilbao. “Esas señoritas bilbaínas se dan mucho postín pero luego a la hora de soltar un ducado parece que les arrancas un diente” decía Juana la criada. En consecuencia, las pilas de alfombras y tapices caseros y orientales, se acumulaban en la sala de los telares, llegando casi hasta el techo, y parte de lo que ganaba Pericón con su trabajo se iba en las subastas de Bilbao.
—Por un tapiz de estos me darán más que a ti por veinte lobos —le decía a su marido.
Pero lo realmente fructífero de aquella primavera que se acercaba fue el anuncio de que Elisabete estaba embarazada. La noticia entró en la casa como el sol a raudales por el portalón de entrada, como las nuevas hojas de la parra por la ventana de los telares. El día en que se lo dijo a Pericón, Elisabete estaba radiante, con las mejillas como dos manzanas y a la vez confusa por el vértigo de sensaciones que se le acumulaban. “Nacerá en setiembre”, había dicho Juana la criada, que de eso sabía más que nadie después de los seis hijos que había tenido. Y más confuso aún parecía Pericón que no sabía dónde poner las manos cuando, a partir de aquel momento, acariciaba a Elisabete. Hasta bajó el vozarrón un par de notas para no asustar a la criatura, como si ya le estuviese oyendo. A veces la reacción de los hombres aparentemente duros y parcos en sus expresiones, como el rudo cazador de la montaña navarra, sorprende por su candidez y ternura. Miraba a Elisabete como si aquella maternidad fuese un milagro de la Naturaleza y la viera más integrada en ella que lo que él mismo podía sentirse en sus correrías por el bosque.
Aunque ya habían decidido tener descendencia, la emoción del embarazo les cogió tan de improviso que se quedaron como aturdidos durante unos cuantos días, y todo lo demás pareció perder importancia. El viaje por mar hasta Donibane Lohitzune, en el que pensaban ir ellos con la primera entrega de contrabando, quedó suspendido y también la excursión semanal a Bilbao, para evitar los oleajes del mar y el traqueteo de los caminos. Así que Pericón tuvo que introducirse en el mundo de los tapices, tema que hasta ahora había mirado con catalejos desde la distancia, y empezó a acudir a Bilbao cuando atracaba algún bergantín procedente de los remotos puertos de Persia o la India.
Las costumbres de la familia cambiaron radicalmente con la nueva situación y con la nueve jefa de la casa, la criada Juana, que resultó ser mandona y dispuesta a llevar el asunto como se debía, según ella. A Martín le obligaba a llevarla en el coche a Artziniega cuando tenía que comprar algo y, tanto a él como a Pericón, les hacía limpiarse bien las botas antes de entrar en casa, cambiarse de ropa más a menudo y tener mejores modales en la mesa. No paraba quieta y cuando cocinaba no cesaba de cantar como una alondra. Lo mismo rascaba con arena los peroles de la cocina, que daba cera al suelo, que hacía la comida, sin dejar mientras tanto de vigilar a Elisabete “por si hacía alguna tontería” como, por ejemplo, bañarse en la acequia con agua helada cuando tenía algún sofoco. A Pericón lo amenazó con marcharse de casa si volvía a dejar el cuerpo ensangrentado de un lobo en el suelo del zaguán y le obligó a pasar por la cuadra cada vez que volvía de cacería. Martín se preguntaba cuántos años la aguantó el marido antes de marcharse al otro lado del mundo.
Así llegó el buen tiempo sin que Elisabete dejase de tejer, Pericón de matar lobos y Martín de renegar y discutir con la señora Juana. El embarazo no le hizo mella alguna a Elisabete en sus planes de contrabando. Cuando creyó que era el momento escribió una carta a su padre anunciándole para la siguiente luna llena (se fiaba más de la luna que del calendario) la llegada a Donibane Lohitzune de la primera lancha con unos tapices al mando de Martín su patrón de confianza. Le decía que al llegar a la villa costera debía localizar a Lezo, el comerciante y corsario vasco, y juntarse los tres para recoger la carga y organizar los futuros envíos. Más tarde, preparó con la ayuda de Juana un envoltorio impermeable con algunos tapices de su primera etapa, otros con temas orientales y dos tapetes de origen persa y le hizo repetir a Martín tres veces los precios de cada uno antes de quedar con los de la embarcación de Algorta.
Dos días antes del plenilunio Martín y Pericón se dirigieron a Santurtzi con el fardo en el carruaje y lo cargaron en la lancha, que ya estaba preparada en el embarcadero con seis fornidos bogadores sentados a bordo. No se olvidaron de cargar algo de comida y la barrica de sal para Lezo. Metieron la carga bajo las redes y se hicieron a la mar, con Martín de pie y la mano apoyada sobre el remo de popa. En menos de veinte horas llegarían a su destino, el mar estaba en calma, el cielo del amanecer era luminoso y los remos apenas hacían ruido mientras la lancha se alejaba. Pericón los vio marchar con cierta envidia y volvió a casa pensando en cómo se las arreglaría si fuese marino en lugar de cazador. Cada salida al mar le parecía una aventura, como cada salida a la montaña a enfrentarse con los lobos.
Cuatro días más tarde apareció por la casona de Minaur el bueno de Martín de regreso, a lomos de una mula de alquiler, con la cara quemada por el sol y las cejas blancas de salitre. Juana, que estaba barriendo la entrada, dio un grito de alegría y lo recibió con dos sonoros besos ayudándole a bajar las alforjas. De tan contenta que estaba se olvidó de obligarlo a ir a lavarse.
—Cuidado mujer, que están llenas de botellas —dijo Martín abrazando a Elisabete y Pericón que se acercaban en ese momento—. Son de ese vino con burbujas que tanto os gusta. Regalo de monsieur Dubois para el bautizo del niño, aunque no se va a enterar si abrimos una ahora mientras os cuento las novedades.
Se sentaron los cuatro en el fuego bajo de la cocina. Abrió Pericón el vino con sonoro estampido y se dispusieron a escuchar el relato de Martín.
<La travesía ha sido rápida y tranquila pues tuvimos viento del noroeste a la ida y del norte con algunas nieblas al amanecer a la vuelta, lo cual nos ha ayudado mucho con nuestra pequeña vela. Los arrantzales de Algorta son rudos pero conocedores del oficio y no hemos tenido dificultad para navegar pegados a la costa y evitar a los grandes navíos. En unas quince horas llegamos al puerto de Donibae y nos quedamos a dormir en la lancha. Al día siguiente localicé a Lezo, que nos condujo a la esquina apartada del muelle de los pescadores que teníamos elegida, donde descargamos el alijo. Un criado que venía con él nos ayudó a colocar los tapices bien cubiertos con lonas en la lonja y se retiró con el barril de sal en una carretilla. Luego, anduvimos paseando por el muelle hasta que aparecieron dos hombres, uno de ellos militar, preguntando por Lezo. Nos identificamos los cuatro y fuimos a ver el lugar donde estaba la carga para pasar luego a recogerla. El militar era Gastón Dubois, el comandante de Donibane Garazi, y el otro el padre de Elisabete. El oficial había querido venir esta primera vez en persona para conocernos y ver el funcionamiento de la operación. Nos pidió desembalar el fardo y estuvo inspeccionando detalladamente los tejidos. Parecía entender. Al ver los tapices antiguos, recordó, según nos dijo, el primero que le compró a Elisabete a cambio de su yegua. “Ahora estará sin duda en el gabinete de la reina”, añadió. Hablaba en francés y tu padre me traducía. Le pareció todo según lo acordado y nos fuimos a una taberna a cerrar el trato. Después del primer vaso de vino, Lezo se marchó discretamente para dejarnos discutir el importe, que el comandante se empeñó en entregar allí mismo. Le comuniqué los precios que me diste y me pagó sin regateo alguno en luises de oro y ducados de plata y, para que las cosas quedasen claras desde el principio, allí mismo le di a tu padre la tercera parte. Luego, fuimos a ver desde la barra de Ziburu los grandes navíos fondeados en la bahía, tan famosos entre la gente del mar y que yo tenía grandes deseos de conocer: galeones y bergantines, todos ellos imponentes, que hacían estragos entre las flotas inglesas, alemanas y holandesas, al mando de los más famosos corsarios vascos y al servicio del rey de Francia. Nos comentó el comandante que los ingleses llamaban a este puerto “nido de víboras” por lo rápido y mortífero del ataque de sus navíos. Yo estaba maravillado. Finalmente nos fuimos a comer y más tarde los acompañé a cargar los tapices en el carruaje del militar y yo me embarqué en la lancha para emprender el regreso. Al marchar tu padre me dio un recado para ti:
—Dile a Elisabete que la moza que teníamos en la posada se ha marchado con un soldado bretón de los que venían a menudo, llevándose a su hijo. He contratado a dos jóvenes del pueblo sobrinas de mi mujer.
Y el francés añadió desde el carruaje:
—Dile que tapises nuevos merveilleux.>
Tras esta concisa narración de Martín, brindaron los cuatro por el éxito de la empresa, con el brillo de los luises de oro reflejados en sus ojos.
Así, como un juego, dio comienzo uno de los mayores contrabandos de la época. Alfombras y tapices de Persia y la India, tejidos exóticos de Damasco y Cachemira, pasaron sin que nadie supiera cómo, de los navíos que llegaban de Oriente a los palacios de Francia. Se decía que los poderosos corsarios de Donibane Lohitzune, que tenían carta blanca en los negocios del mar, eran los responsables de estos comercios clandestinos. Otros aseguraban que al frente de ellos se encontraba una dama misteriosa de gran belleza, que vivía en su torre de los bosques de Okondo, protegida por un gigante de larga melena y voz de trueno, y rodeada de lobos que aullaban por las noches.
Elisabete temblaba de placer y emoción cuando Martín le contaba estos rumores que corrían por los salones de Bilbao. El hecho de su desaparición repentina de las subastas y las maniobras de Pericón y Martín que al anochecer cargaban fardos directamente del bergantín a su carruaje, contribuyó a aumentar el halo de misterio que rodeaba a la señora de Minaur y, al ritmo de su embarazo crecían también sus ganancias.
Pero el Azar, aburrido, tejía también sus propios tapices en el telar de la suerte. ¿Por qué no jugar un poco con aquellos dos jóvenes a los que la vida les sonreía como si los avatares de la Fortuna no fuesen con ellos? ¿Por qué no añadir algunos hilos o modificar los colores para que el dibujo de aquel tejido no resultase tan monótono y previsible?
Ocurrió, por tanto, algo inesperado que hizo tambalearse al negocio de la dama de Okondo.
Sucedió que los esfuerzos de Gastón Dubois, el apuesto comandante de Saint Jean Pied de Port, en los que se había dejado media fortuna, fueron por fin recompensados. La reina de Francia lo llamó a su lado, sabiendo apreciar el buen gusto y el empeño que demostraba con el regalo de tapices tan bellos traídos de Oriente y le nombró capitán de su guardia en el palacio de Versalles. No pudo haber más felicidad para el bueno de Dubois, que de la noche a la mañana abandonó las visitas a la posada de Esterenzubi, la construcción de la Ciudadela y por supuesto, el negocio del contrabando, y desapareció de la escena sin despedirse. No volvió a ver más tapices de Elisabete que los que colgaban en los salones del Rey Sol.
También Elisabete dejó de ver otros luises de oro que los que guardaba en el arcón de su casa. El nuevo militar que se ocupó de la Ciudadela era un viejo calvinista convertido al catolicismo, estricto e insobornable, que no frecuentaba las tabernas ni pretendía amores con ninguna dama palaciega a la que conquistar regalando tapices y gobelinos. Cuando se enteró del trajín que se traían Dubois y los dos soldados, envió a estos a galeras y se personó en Donibane Lohitzune, amenazando a Lezo con quitarle todos sus privilegios de corso si seguía negociando con los españoles. Tras de lo cual Martín se tuvo que volver con la última carga, que tenía ya en el puerto, y sin dinero, dando por terminado aquel negocio de exportación que había sido más lucrativo y menos arriesgado que los botines de sus años de piratería.
A Elisabete le rechinaron los dientes de rabia cuando se enteró. Discutió el asunto con Pericón y Martín y no tuvo más remedio que aceptar aquel bandazo del Destino. Pero no se dio por vencida. Por un momento pretendió seguir adelante con el envío de alfombras al otro lado de la frontera. Martín viajó de nuevo a San Juan de Luz pero ni Lezo ni ningún otro comerciante de allí quisieron hacerse cargo de distribuir la mercancía; incluso probaron en Biarritz y Baiona pero no hallaron a nadie dispuesto a correr el riesgo. Finalmente, Elisabete decidió cambiar de rumbo. Acordó con la empresa de subastas de Bilbao la venta de los tapices y alfombras orientales que tenía en la casa y justificó con su embarazo el cese del comercio que mantenía con los bergantines de ultramar.
A partir de entonces se dedicó a la producción exclusiva de sus tejidos. Consideró que ya sabía lo suficiente y que con sus diseños podría competir con los productos de Ultramar, tanto en Bilbao como en San Sebastián, sin recurrir al contrabando. Daba por hecho que ganaría mucho menos, pero su vida sería más tranquila y menos arriesgada, más de acuerdo, según pensaban ella y Pericón, con su nuevo papel de madre. Y para consolarse y guardar un buen recuerdo de aquel período de contrabandista, no tenía más que mirar en torno a ella, pues su casa parecía un cuento de las Mil y una noches, forrada de alfombras y tapices de arriba abajo y de vez en cuando abrir el arcón para contemplar el brillo de los luises de oro.

25 -
Los rebaños de ovejas del Valle de Aiara se fueron juntando bajo las faldas del pico Iturrigorri para iniciar la ascensión a los pastos elevados de la sierra. Los pastores terminaban los preparativos para pasar los meses de calor en las alturas de la meseta. Y aunque los más jóvenes subían y bajaban muchos días a sus hogares, la mayoría se despedía hasta finales de setiembre. Había un enorme ajetreo en las campas de Lendoño cuando Pericón se juntó al grupo. Entre balidos, gritos y ladridos, los pastores se movían de un lado para otro despidiendo a los familiares, cargando a las mulas y silbando a los perros, en un afán lleno de excitación y buen humor. En unas semanas las ovejas parirían y les cortarían la lana. Para ellos era el tiempo de la cosecha, de la recolección: lana, leche para los quesos y nuevos corderos; el salario del año. Por eso andaban contentos.
La mañana era agradable. Una suave brisa primaveral procedente del sur facilitaría la subida de animales y personas por aquellas paredes que parecían imposibles de dejarse ascender (Pericón no había conseguido todavía descubrir el más mínimo resquicio de subida). Preguntó por allí cuál era el camino y le dijeron que irían por la Senda Negra, señalando una línea imaginaria que atravesaba los bosques, cruzaba dos barrancos y desaparecían entre las paredes verticales del Iturrigorri. Pericón miraba a las ovejas bien cebadas después de la quietud y la buena hierba del invierno, cubiertas de lana hasta el suelo, y pensaba que iban a sudar la gota gorda para llegar arriba. Él pensaba subir con Txikia aunque todavía no sabía cómo.
Por fin iniciaron la marcha cuesta arriba desapareciendo entra el denso arbolado de encinas y robles. Pericón iba el último, detrás de las mulas y junto a dos pastores y un perro blanco y negro. Pronto el camino de dos brazas de anchura se fue estrechando y acabaron subiendo todos en fila india, incluso las ovejas. Milagrosamente, cuando parecía que ya no se podía avanzar, se abría tras un recodo una estrecha senda llena de pedruscos formada por el paso de caballos y ovejas durante cientos de años. Pericón se bajó del caballo y siguió adelante con prudencia. Preguntó al pastor de dónde le venía el nombre de Senda Negra pero no supo contestarle. “Será por lo negras que se las pasan subiendo”, pensó Pericón. El último repecho fue de cortar la respiración por el cansancio y por el precipicio que se abría a un lado del sendero, pero al alcanzar la cornisa más alta y empezar el llano tuvieron la recompensa de un abundante manantial de agua de hierro que teñía de rojo el suelo del cauce (de ahí el nombre de fuente roja del monte) y en el que hombres y bestias saciaron la sed y reposaron el cuerpo. Mirando hacia el norte, por donde habían subido, se podían contemplar los pequeños pueblos del valle a vista de buitre, como los que vieron acercarse sobrevolando los rebaños al olor de la carne tierna. Mirando hacia el sur, lo que parecía una cima puntiaguda se convertía en una meseta llana y rocosa que desaparecía en el horizonte. Por allí se repartieron los rebaños en busca cada uno de su lugar preferido, allí donde se juntaban unos cuantos árboles, algún pequeño riachuelo, unos pastos verdes y las cabañas de los pastores.
Pericón acompañó a uno de los grupos y estuvo con el pastor hasta que terminó de establecerse, echándole una mano y comiendo en su compañía. Luego, se marchó por la sierra a lomos de su caballo y con todos los pertrechos de caza del buen alimañero. Se había despedido de Elisabete para una buena temporada, porque dos semanas más tarde tenía planeado un encuentro con cuatro loberos y una cuadrilla de jornaleros de los pueblos cercanos de Castilla, para llevar a cabo una gran batida utilizando la lobera del bosque de Santiago. Los pastores del valle de Losa habían avisado de que un enorme lobo al frente de una manada de más de diez animales había hecho estragos durante el invierno en la ganadería de la zona y al ser perseguido se había refugiado siempre en el bosque de Santiago. Al llegar el buen tiempo los alimañeros de ambos lados de la sierra se habían organizado para dar caza al animal, aprovechando la lobera construida allí en años anteriores.
Era el principal objetivo de Pericón. Quería saber si aquel sistema funcionaba, es decir, si realmente servía como engaña-lobos o era el perfecto engaña-bobos que se había inventado algún avispado de la ciudad. Se rió de su juego de palabras y salió al galope hacia la lobera. De paso vería la cascada desde la parte superior. Pronto dio con el comienzo de la rústica construcción: un simple muro de piedras gruesas amontonadas unas sobre otras sin ningún tipo de argamasa que no le llegaba al hombro; a cincuenta pasos a la derecha otro parecido Ambos muros avanzaban hacia el borde de la sierra, cerrándose en forma de cuña. Desde luego, si no eran más altos no sería por falta de piedras porque el bosque en aquella zona se hacía impenetrable entre los árboles y los peñascos sueltos y por eso las hayas y robles del espacio entre los dos muros habían sido talados para facilitar la carrera. Aún así, por aquel terreno no podía andar el caballo, por lo que lo dejó amarrado al comienzo de la construcción y siguió la exploración a pie. Cogió la ballesta y unas saetas por si acaso. Era evidente que los lobos perseguidos elegirían aquel camino despejado en vez de escapar por los lados saltando los muros. Al final del estrechamiento se abría un agujero cuadrado de tres brazas de lado y otras tres de profundidad con las paredes rectas formadas también con piedras, y al otro lado del foso se abría el precipicio que caía a plomo hasta los primeros meandros del río Nervión. No habría más de dos pasos de distancia hasta el borde. La escapatoria resultaba imposible y una vez dentro a la fiera solo le quedaba rezar a San Francisco de Asís.
Terminada la inspección a Pericón le pareció que el sistema podía funcionar, aunque siguió opinando que era una trampa ventajista que no permitía opción alguna de defensa a los animales y eso sin tener en cuenta el cruel final que les esperaba. Estaba ya dirigiéndose hacia la cascada, que se encontraba bastante cerca yendo por el borde del cañón, cuando le llegaron unos gruñidos sordos y los relinchos de su caballo, mezclados con jadeos precipitados y el golpeteo de cascos sobre las piedras Se dio cuenta de inmediato: los lobos atacaban a Txikia. Corrió desesperadamente mientras armaba la ballesta sobre la marcha. A cincuenta pasos vio la escena: tres lobos se lanzaban sobre el caballo intentando morderle las patas. Txikia coceaba con furia alzándose ora sobre las patas delanteras ora sobre las traseras. Un cuarto lobo se retorcía herido en el suelo. Pericón disparó la primera saeta certeramente y otro lobo cayó atravesado. A continuación lanzó un grito atronador, como solo él podía hacerlo, que se extendió por el bosque y los dos lobos restantes salieron huyendo. Luego se acercó cautamente, remató al lobo herido de otro flechazo y tranquilizó a su caballo. El valiente Txikia solo tenía unos desgarros en la patas que Pericón limpió con el agua de un arroyo cercano. Cargó los lobos, que en realidad eran lobeznos ya crecidos y volvió hacia las cabañas de los pastores. Estos se quedaron admirados de la facilidad con que aquel cazador, al que la fama le precedía, había capturado en una mañana lo que a otros les costaba un mes. Curaron las heridas del caballo con hierbas y vendajes y despellejaron a las bestias en un abrir y cerrar de ojos. La carne la tiraron lejos para contentar a los buitres.
El hecho de que fuesen lobeznos indicaba a Pericón que por allí cerca andaba la manada buscada de la que se habrían separado. Un lobo experto no hubiese atacado al caballo.
Este ataque corrió de boca en boca por las cabañas de los pastores y todo el mundo estaba impaciente porque llegase el día de la gran batida. Pericón permaneció sin moverse de la choza del pastor con quien había subido, descansando y meditando sobre los lobos y su relación con ellos durante los últimos años. Las sensaciones que le venían a la mente eran contradictorias. Gracias a ellos se había logrado un prestigio merecido en muchas partes del país y unos ingresos considerables que le habían permitido casarse y vivir como un rey. De otra forma seguiría siendo un leñador y todo lo más un buen carpintero. Por otro lado era consciente de que se había convertido en un matarife en total contradicción con su carácter pacífico y enamorado de la naturaleza y de los animales que la poblaban. Hasta ahora se había justificado, se puede decir que honradamente en su interior, con la muerte de Miguel y la demonización del lobo asesino al que llamó Satán y de sus descendientes. Todo eso le había llevado al oficio de alimañero en el que no solo mataba lobos, objetivos de su particular venganza, sino también osos, zorros y jabalíes, animales a los que admiraba y con los que compartía, en su época de leñador, frutos, ríos y bosques. Con el paso del tiempo, ese oficio le había conducido a una insensibilidad que ahora empezaba a entender como contraria a su forma de ser y que en el fondo le repugnaba. Quizá la lobera era un símbolo y la imagen de los loberos ensañándose con el animal capturado el detonante de ese sentimiento recuperado.
Cuando llegó el día de la cacería acudió al encuentro con los loberos y batidores que habían quedado en juntarse en el collado del Txarlazo, próximo al monte de Santiago. Vistos de lejos, con sus picas, ballestas y palos, parecían un ejército de campesinos desarrapados dispuestos a asaltar el castillo del señor feudal. De allí salieron formando un amplio círculo de una legua de ancho y avanzaron hacia la lobera, bosque adentro, armando todo el ruido posible, sacudiendo el suelo con ramas, golpeando estacas y cacerolas, haciendo sonar cuernos de buey y aullando como lobos.
Pericón no fue con ellos. Se movió hacia la izquierda y cogiendo el sendero que bordeaba los cortados de la sierra en dirección a la cascada, anduvo a buen paso con la idea de llegar a la lobera antes que los posibles lobos y la tropa que los perseguía. No llevaba armas. Al fondo, en el valle, una tupida niebla pegada a las faldas de la montaña le daba la impresión de encontrarse en unos acantilados sobre un mar quieto y silencioso. Una gran paz reinaba en la sierra. Cuando llegó al foso, final de la gigantesca trampa, se situó en el pequeño espacio que quedaba entre el foso y el precipicio, donde los acosadores no se colocarían y desde donde él podía contemplar de frente la llegada de los animales. Alguien había colocado la víspera unas ramas a la entrada del foso para ocultarlo a la vista de los lobos cuando se acercaran corriendo y obligarles a saltar dentro. Estuvo esperando impaciente hasta que se empezó a oír el tumulto de la pequeña pero escandalosa turba de aldeanos que alteraba la paz del bosque, pretendiendo acorralar a los animales. Decenas de pájaros asustados le pasaron a Pericón por encima y dos jabalíes cayeron de cabeza en el foso arrastrando las ramas del borde y soltando agudos chillido al pegar contra el suelo.
Sobre un fondo lejano de picas, caras crispadas y estacas agitándose en el aire, aparecieron en la pista de la lobera unos cuantos lobos brincando sobre las piedras con la boca abierta, la piel encrespada y los ojos fulgurantes. Al frente de la manada un enorme lobo de tamaño doble que los demás volaba más que corría, casi sin tocar el suelo. Al llegar al borde del foso y ver la trampa dio un salto tan extraordinario que vino a caer sobre el cuerpo de Pericón. Este vio alucinado cómo la cara del lobo se iba agrandando hasta pegar contra la suya. No pudo resistir el tremendo empujón y perdió el pie sobre las piedras sueltas. Se agarró al cuerpo del lobo lo más fuerte que pudo y ambos cayeron en el abismo. Los loberos que iban delante vieron cómo Pericón, cuya silueta era inconfundible, se precipitaba al vacío abrazado al terrible animal.
La caída no duró más de seis segundos. En ese tiempo Pericón pudo sentir la agitada respiración del lobo, la humedad y olor de su piel y el extraño vértigo de su propio cuerpo, mientras caían girando en una extraña danza dibujada en negro sobre el fondo blanquecino de la cascada cercana. Luego, hombre y animal desaparecieron en la niebla y lo último que sintió Pericón antes de quedar inconsciente fueron los golpes y latigazos de las ramas de pinos y hayas crecidos en la ladera, que amortiguaron su caída. Cuando recuperó el conocimiento tumbado boca arriba, le pareció estar bajo un gran alud de nieve vaporosa, tan blanco estaba todo a su alrededor; o quizá podía ser también el otro mundo. Tenía roto medio cuerpo, por lo menos la pierna y el brazo derechos, y no se podía mover. Sintió un roce en la cabeza en el punto que más le dolía. Miró hacia un lado y sintió al gran lobo junto a él que le lamía la herida. Apenas consiguió verle los ojos, ojos grandes y dorados. Se miraron fijamente durante un buen rato: sin parpadear, sin miedo, sin ira… Luego el lobo marchó cojeando, perdiéndose en la niebla.
Malherido, con dolores por todo el cuerpo como si hubiese recibido cien latigazos, permaneció tendido en la pinaza del bosque, preguntándose qué hacía allí  inmovilizado y quién sería capaz de encontrarlo con aquella niebla y en un lugar por donde nadie pasaba. Fuese o no verdad, le gustaba creer que el lobo y él se habían salvado mutuamente la vida. La visión de su silueta al otro lado del foso seguramente le había dado al animal la distancia precisa para calcular aquel salto portentoso y evitar la trampa; y, luego, al caer sus cuerpos enlazados, amortiguaron los golpes entre los pinos. Era el mejor final que podía imaginar para su historia de lobero.
Transcurrió un tiempo que no pudo precisar, debido a la niebla que lo envolvía todo, y comenzó a notar frío. Se sentía débil, no era de extrañar por la sangre perdida. Con el brazo y la pierna sanos consiguió arrastrarse hasta el costado de un gran tronco de pino caído y se fue cubriendo como pudo con una capa de agujas secas. Luego, se quedó quieto, tiritando y adormecido. Afortunadamente la niebla y los pinos le protegían de la vista de los buitres, pero en el bosque también había otros animales peligrosos, bien lo sabía él, especialmente las víboras en esa época del año. Finalmente permaneció aletargado y encogido sin tener consciencia del paso de tiempo.
Se acordó de Mingorra, cuando resultó herido por el oso en aquella desgraciada aventura a la que le empujó llevado por su vanidad de cazador invencible. Ahora era un judío próspero (judío, quién lo hubiese dicho en Aribe) y con el tiempo, estaba seguro que acabaría siendo un sabio famoso: Daniel de Ejea, lo echaba de menos. Luego, en su imaginación enfebrecida, fue pasando como en un libro antiguo las páginas de aquella historia de su vida ligada a un animal salvaje tan abundante en aquellas tierras como el lobo; animal de apellidos y blasones, escudos y leyendas; tan fiero, tan peligroso. Abrió la página de Miguel y un nudo de tristeza le subió a la garganta: una vida de diecinueve años llena de promesas. ¿Por qué el lobo se ensañó con él? Todavía se lo preguntaba y aún seguía pensando que Satán estaba endemoniado. Allí empezaba todo, junto a la estela funeraria. Las páginas siguientes eran de caza y muerte. Vida salvaje de soledad y venganza. Como si fuese un grabado de Durero pudo ver al gran lobo con ojos de fuego atravesado por su saeta cayendo a sus pies. Y a partir de esa página aparecía Elisabete. La veía a la puerta de su posada bajo la cabeza de aquel trofeo que le hizo famoso. Fueron desfilando por el libro tiempos felices, de amores y contrabandos, cabalgadas por la montaña y noches con Mingorra y Sancho; de lecturas, charlas y canciones en las madrugadas, oyendo el cencerro de los rebaños y los aullidos solitarios.
Poco a poco las páginas se fueron disolviendo en sueños y lo último que vio antes de quedar dormido fueron los ojos dorados de un lobo amigo. Soñó que él era el gran lobo gris de los ojos claros y que saltaba sobre el foso de la lobera. Al otro lado no había nadie, pero en vez de caer al vacío seguía flotando, volando hasta perderse en el horizonte.
Los cazadores de las Encartaciones que le vieron caer, lo localizaron al día siguiente en las rampas de la sierra, adormecido, con la ropa hecha jirones y una brecha abierta en la cabeza. Organizaron el traslado con angarillas, primero hasta Delika, donde le limpiaron y vendaron la herida, y luego en carreta hasta su casa de Okondo. Por el camino le contaron cómo había acabado la cacería. Al final cayeron en el foso seis lobos y dos jabalíes, y los repartieron a medias con los cazadores castellanos. Quedaron todos satisfechos con el fin de la peligrosa manada y con las piezas logradas, aunque horrorizados por la caída de Pericón, al que dieron por muerto. Cuando lo hallaron herido, y milagrosamente vivo, vieron a su alrededor restos de pelos y sangre que supusieron pertenecían al lobo que cayó con él. Buscaron por toda la zona pero no lo encontraron.
Ahora, Pericón estaba tumbado entre cojines junto al fuego del salón, con la pierna y el brazo entablillados y un aparatoso vendaje en la cabeza. Tenía en sus manos el libro del Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha con el que Daniel le había enseñado a leer y a escribir. Su situación no era muy distinta de la del caballero andante cuando regresaba a casa descalabrado. Leía en voz alta y Elisabete escuchaba sonriente y feliz, mientras hacía calceta para el futuro hijo.
Entre los pastores se contaba que un gran lobo cojo siguió aterrorizando a los rebaños de la comarca durante unos cuantos años. Nadie consiguió cazarlo. Quizá sabía que Pericón nunca lo perseguiría.
Y así era. Pericón, el alimañero famoso, no volvió a cazar un lobo en su vida, y no porque quedase maltrecho en aquella desgraciada aventura, sino porque lo juró en voz alta cuando el gran animal se alejaba entre la niebla.