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Foto: Oscar Martínez

28 de marzo de 2017

Los Cuentos de Bidarán




 LOS CUENTOS DE BIDARÁN


01

Durga llevaba varios meses en una buhardilla miserable de Burdeos, ciudad de Francia donde había llegado como refugiado político. Era escritor (una de las razones de su exilio) y malvivía en un barrio marginal de inmigrantes, sin salir a la calle, casi sin comer, muerto de miedo... Pero, ahora estaba libre y tenía el futuro en sus manos. Después de dar muchas vueltas a su situación, se había decidido por fin a sacar a la luz los hechos extraordinarios ocurridos en el pequeño país de Bidarán —su país— hacía un año, y que no se habían conocido fuera de sus fronteras en parte por la nula relación del país con el resto del mundo y en parte porque fueron considerados por los gobernantes actuales como secretos de estado y prohibida su divulgación. Temblaba, pero estaba decidido. Era consciente de que al contar aquellos hechos se estaba jugando la vida, a pesar de que iba a utilizar un nombre falso cuando lo diese a conocer y de encontrarse en las antípodas de su país. No dudaba de que los agentes secretos de Bidarán acabarían encontrándolo tarde o temprano y pagaría su traición con la prisión o la muerte. Pero se había convencido de que aquellos acontecimientos que vivió de cerca, así como la situación actual de su país, tenían que ser conocidos en el resto del mundo, y pensaba que el peligro al que se enfrentaba valdría la pena si con ello terminaba la locura que atenazaba a sus ciudadanos. Era como si una terrible maldición hubiese caído sobre las montañas de Bidarán. Pensaba en su vida anterior y no podía creer que todo hubiese cambiado de la noche a la mañana de una forma tan radical. El país del bienestar y de una modernidad original y ejemplar envidiada por sus vecinos se estaba convirtiendo en un pueblo controlado y reprimido al estilo de los regímenes comunistas de China o Corea del Norte. Pero no quería acordarse de los tiempos felices porque se le saltaban las lágrimas. El recuerdo de sSus padres, su prometida, sus amigos, estaban ahora guardados en un cofre, porque tenerlos presentes suponía una carga de emotividad excesiva para la tarea que se proponía llevar a cabo. En cambio los recuerdos del último año lo llenaban de rabia y rebelión, que era lo que le empujaba a narrar los hechos.
Mientras iba bebiendo sorbo a sorbo de un vaso de vino, sentado delante de un viejo portátil de segunda mano, Durga no sabía cómo empezar su relato. Dudaba en cómo debería enfocar la narración, si redactarla como una experiencia personal o presentarla como una descripción periodística de los hechos. “Depende de en qué formato quiera sacarla a la luz. Publicarla como un libro ni se me ocurre, pues a cualquier editorial que la presente le parecerá una fantasía oriental sin ningún interés. Si quisiera subirla a la red sería inmediatamente localizado por los hackers de Bidarán. La única opción que veo posible es enviarla en un pen-drive a los principales periódicos, como un testimonio documental de primera mano, pero sin citar los nombres reales de los personajes, pues muchos de ellos serían detenidos”. Pensaba y bebía mientras la luz del día se iba apagando y la pantalla del ordenador iluminaba levemente su rostro de rasgos asiáticos.
De pronto llamaron a la puerta, lo que le hizo dar un salto en la silla. Cerró el portátil, se levantó y se acercó a la entrada asustado.
—¡Durga!, soy Hoshi —, se oyó detrás de la puerta. (Hoshi era el tibetano que vivía en el piso de abajo, también refugiado).
—Hola, Hoshi, me has asustado, ¿qué quieres? (hablaban en chino mandarín).
—Hola, Durga, ¿tienes algo de beber? La soledad y el frío me están encogiendo el ánimo y los malos espíritus me rondan por la cabeza. Necesito un trago.
—Tengo vino, pero si a los espíritus les gusta no los vas a echar de la cabeza.
—Pues los emborracharé hasta que se duerman. ¿Qué estás haciendo?
Durga sacó una botella del armario y un vaso más y llenó los dos hasta arriba. No era la única botella que tenía; había unas cuantas más en el estante para sobrellevar con cierto valor el arriesgado papel de héroe que se había impuesto.
Hoshi era algo más joven que Durga, de unos treinta años, bajo y fuerte como la mayoría de los de su país. Era jefe de obras. Marchó del Tibet, durante la última razia del Partido Comunista Chino, refugiándose en Nepal. Allí fue restaurador de casas antiguas durante unos meses y luego tuvo que huir a Europa porque le perseguían los espías chinos. Ahora trabajaba de gruista en un almacén de maderas.
—Estoy intentando escribir lo que ocurre en mi país. Si consigo terminar antes de que me descubran lo enviaré a los principales medios de comunicación.
—Nunca hemos hablado de eso. En el mundo se conoce más o menos lo que pasa en el Tibet, pero de Bidarán no se sabe nada. ¿Por eso estás aquí exiliado? —preguntó Hoshi con curiosidad.
—Siempre hemos vivido a nuestro aire, en paz con nuestras propias ideas y costumbres, pero el año pasado se cometieron una serie de crímenes en la capital, matando a varios escritores, futuros dirigentes del país, lo que provocó el pánico de la población y condujo a la caída del órgano director y a la toma del poder por los sectores más reaccionarios. A partir de entonces el nuevo gobierno está intentando imponer un sistema político autoritario, a semejanza del de China: censura, detenciones e incluso ejecuciones. Pretendo denunciarlo ante la comunidad internacional.
—¿Y piensas que vas a conseguir algo escribiendo? —dijo Hoshi—. Mira los años que lleva el Dalai Lama fuera del Tibet, publicando libros, haciendo películas, dando conferencias por todo el mundo y ahí seguimos, cada vez peor...
—Sí, porque el Tibet es una nación grande, conocida y poderosa, y China no quiere perderla, pero Bidarán es un estado minúsculo. ¿Qué interés especial puede tener China para apoderarse de él? Un gran escándalo a nivel mundial podría pararle los pies.
—Es posible que tengas razón, pero ¿ya sabes a lo que te expones?
—Sí, a que me peguen un par de tiros cualquier día o a que me congelen vivo si me llevan a Bidarán.
—¿Es verdad eso? Lo de congelar, digo.
—Claro que es verdad. Los bidaranos siempre hemos sido muy originales en todo. Ahora, te duermen con una inyección y te congelan. Te depositan en el cementerio de los glaciares y punto.
—Bueno, una muerte dulce. En nuestros dos países sabemos mucho de muerte por congelación. Dame más vino.
Bebieron otro vaso en silencio. Sus mejillas anchas de pómulos pronunciados fueron tomando un color sonrosado y sus ojos rasgados brillaron con la luz de la bombilla de 40 vatios que colgaba del techo.
—¿Estás seguro de que los chinos están detrás de lo que ha ocurrido? —preguntó Hoshi.
—No, pero no pueden ser otros. A China le interesa duplicar la producción de energía hidráulica de Bidarán, con la que alimenta a sus alejadas regiones del noroeste; y lo quieren hacer a base de construir nuevas centrales por todos los lagos y ríos del país. Nos inundarán de embalses y presas, modificarán los cauces de los ríos, fundirán los glaciares, llenarán el paisaje de hormigón... todo un desastre para la independencia y el futuro de nuestra nación. Claro que los responsables directos de los cambios que se están produciendo allí son los propios bidaranos y entre ellos los más reaccionarios. Son los que nunca se han sentido cómodos con las reformas que se han llevado a cabo en la sociedad, los que nunca han sido capaces de acceder a nuestros órganos de dirección, los que desean un partido comunista, un gobierno fuerte, un ejército...
—Pero esos serán una minoría.
—Sí, no llegarán al diez por ciento. Por eso estoy convencido de que los chinos les apoyan.
—¿Tienen algún líder? —preguntó el tibetano.
—Existe un grupo con esa ideología que se hace llamar “Los soldados de Altai” y su jefe es el director de una de las grandes farmacéuticas de Bidarán llamado Aleksei Kyzyl.
—¿Tú eres periodista, Durga?
—No, soy escritor de novelas y cuentos.
—¿Cómo conseguiste escapar?
—Ayudado por unos guías del norte del país con los que atravesé los pasos entre montañas de más de cuatro mil metros hasta llegar a Rusia. Una vez cruzada la frontera los chinos no me pudieron seguir
—¿Y todo esto vas a contar en el periódico?
—Si, eso y todo lo que yo he vivido en primera persona.
—Me lo dejarás leer, Durga. Yo te ayudaré a vigilar la calle y cuando vea alguien extraño con aire asiático te vendré a avisar.
—Gracias, Hoshi, eres el único amigo que tengo en este país.
—Tú dedícate a escribir y no te preocupes.
—Vale y gracias de nuevo.
—¿Cómo vas a titular el relato?
Durga abrió el portátil y en la pantalla se pudo leer en grandes caracteres: LOS CUENTOS DE BIDARÁN.
—¿No hay nada más?
—No. Cuando te vayas empiezo con ello.
—Suerte, Durga.
—Gracias, Hoshi, buenas noches. Llévate la botella.
Durga se situó en posición de escribir e inició el relato con el ceño fruncido.

02 .

LOS CUENTOS DE BIDARÁN

Cordillera de Altái

El pequeño país de Bidarán, de no más de cien mil habitantes, se encuentra perdido en el intrincado laberinto de montañas de la cordillera de Altái al sur de Siberia, prácticamente en tierra de nadie, en el punto geográfico donde se juntan Rusia, Mongolia, China y Kazakhstán, y ha permanecido oculto a los ojos del mundo desde los terribles tiempos de Gengis Khan y Tamerlán. Afortunadamente ignorado por los grandes invasores de la historia, desde los mongoles a los turcos, los chinos y los rusos, y sin ser arrastrado por las grandes migraciones de los pueblos nómadas de las estepas del Asia Central, podría parecer, debido a su aislamiento secular, que es un país poco desarrollado y anclado en sus viejas tradiciones. Sin embargo, Bidarán es una de las naciones con más alto nivel de vida del planeta. Sus principales fuentes de riqueza son la energía hidráulica (más de mil ríos y lagos que alimentan los cientos de centrales hidroeléctricas del país) y la fabricación de productos farmacéuticos derivados de las propiedades medicinales de los minerales y las plantas, que abundan en sus fértiles valles e inexpugnables montañas. También existen minas de oro en sus montañas de nieves perpetuas.
Ciertamente el nivel de bienestar que disfruta el país no sería posible si esa riqueza no se comercializara de alguna manera a través de la vecina China, con la que existe un acuerdo de Estado Asociado, al estilo del reino de Bután, y que organiza la relación comercial de Bidarán con el resto del mundo, manteniendo no obstante su independencia política y cultural.
La población del país está escolarizada al cien por cien hasta el nivel universitario y todos hablan el bidarano, el chino y el inglés; la atención médica es universal y gratuita, y a partir de los veinticinco años todos los ciudadanos reciben un sueldo mínimo del Estado. No existe presidente, ni rey, ni ejército, ni bancos, ni templos, y el orden y la seguridad se mantienen con un cuerpo llamado de Ayuda Ciudadana, sin armas, especialmente duro con el tráfico y consumo de drogas y el contrabando a través de la fronteras, sobre todo con Rusia que tuvo ocupado el país en tiempo de los zares hasta el año 1922. Existen, en proporción reducida, minorías de rusos, kazajos, chinos y mongoles, la mayor parte de ellos refugiados políticos de dichos países.
La administración y dirección del país se lleva a cabo mediante un equipo colegiado de setenta personas que se van renovando continuamente. El sistema para seleccionar los colegiados es único en el mundo y es algo de lo que los bidaranos se sienten más orgullosos. Todos los años se celebran los que se llaman Concursos Nacionales sobre los temas considerados más importantes para el país y cuyos ganadores pasan a formar parte del Colegio Director sustituyendo a los colegiados de su especialidad que ocupaban ese puesto. Así se renueva continuamente el órgano regente y se incorporan las ideas nuevas que aportan los ganadores. De esta forma, la dirección del país queda en manos de los más preparados de todas las disciplinas. Todo ciudadano, hombre o mujer de más de veinticinco años puede participar en las fases eliminatorias de cada especialidad y acceder a la fase final en la que presentan sus proyectos en el concurso definitivo
Este sistema de concursos para acceder a los puestos de dirección da lugar a una efervescencia cultural y científica que se traduce en una actividad y dinamismo especiales en todos los niveles de la población, tanto en la capital Sigur de veinte mil habitantes, como en los más pequeños y remotos pueblos de las montañas, con menos de cincuenta vecinos. Todos quieren participar, pero, como es lógico, no todos están preparados para ello. Solo los mejores consiguen llegar a ser finalistas, lo que ya de por sí, les da una gran popularidad y prestigio social. Teóricamente son los mejores en Economía y Finanzas, Desarrollo Tecnológico, Administración, Sociedad, Artes, Educación y Patrimonio, las siete ramas en que se divide el Colegio Director.
Así, el año anterior a los hechos que se describen en este documento había tenido gran impacto popular el proyecto sobre la Extensión de Tranvías y Teleféricos a los pueblos más inaccesibles de las montañas. La gente de aquellos pueblecitos antiguos, agarrados al borde de los precipicios escalofriantes de las montañas, exigía medios de comunicación más seguros y modernos que los caminos de los yaks y lo caballos que se utilizaban desde tiempos inmemoriales. Como en el país toda la fuerza motriz es de origen hidráulico, es decir, no se utiliza carbón, ni gas, ni derivados del petróleo, la instalación de tranvías, funiculares o teleféricos dotados de motores eléctricos es de interés prioritario, pero depende del tendido de las líneas de alta tensión, lo cual es sumamente complicado. Ese año los montañeses bajaron a la capital, con su ganado, sus danzas y trajes tradicionales, alegraron el ambiente durante varias semanas, participaron en los coloquios y discusiones que se dieron sobre el tema, presionaron a los finalistas y consiguieron que los proyectos a concurso fueran más ambiciosos y que el que resultó ganador duplicase en presupuesto al que estaba vigente. Otros años los ciudadanos han conseguido mejoras importantes con este procedimiento.
Desgraciadamente todo este sistema se derrumbó hace un año cuando se produjeron los primeros asesinatos de varios finalistas y cundió el pánico entre los participantes. Los Concursos Nacionales fueron suspendidos, se disolvió el Colegio Directivo y se formó un gobierno provisional, sospechosamente constituido por los miembros más conservadores del anterior Colegio y otros personajes de la Administración abiertamente pro-chinos. Se informó a la población que las medidas tomadas eran provisionales y con la excusa de descubrir a los culpables se creó un cuerpo policial armado —con armamento chino—y se restauró la pena de muerte que había sido abolida en Bidarán hacía veinte años. Se cerraron las fronteras y se estableció un régimen de terror que todavía dura. Se habló de un golpe de estado encubierto promovido por China con el fin de que se aumentase la producción de energía hidráulica y que fuese directamente a China y no parte a Mongolia como últimamente se venía haciendo y las protestas fueron duramente reprimidas.
El año en el que tuvieron lugar estos tristes acontecimientos, los proyectos que figuraban en la fase final eran sumamente interesantes para el avance del país pero aburridos para los ciudadanos comunes de Bidarán, que ya sabían que allí se presentarían estupendas ideas para mejorar su bienestar, por ejemplo, en el campo de la medicina, las finanzas o la educación, pero que no tenían ningún atractivo para comentar y discutir a nivel popular. Los nuevos métodos de gestión financiera o la mejora del rendimiento de las centrales hidroeléctricas no eran realmente temas como para ser discutidos con mucho apasionamiento por la población. Por eso los proyectos que ese año atrajeron el interés de la gente, sobre todo en la capital, fueron el de Literatura en su apartado de Cuentos —siempre el más popular aunque no tuviese una repercusión práctica— y el de Administración Pública en su especialidad de Enterramientos y Cementerios. Como los proyectos finales se desarrollaban a lo largo del año y sus avances se iban dando a conocer al público a través de los medios de comunicación, se discutían animadamente por todos los vecinos tanto en la prensa y en las redes sociales como en la calle, en el tranvía o en los bares.
El concurso de los cementerios de ese año no era reivindicativo ni polémico pero sí mucho más próximo para el personal. En el país no existe una religión oficial y ni el budismo ni el lamaismo tienen muchos adeptos. De las religiones tradicionales solo el culto a los antepasados permanece muy arraigado en la sociedad bidarana, acompañado de una cierta identificación filosófica y ética con las enseñanzas de Lao-Tse y Confucio. La creencia en el espíritu de los muertos y el respeto a la memoria de los antepasados ha generado una concepción de las sepulturas y por tanto de los cementerios, sumamente singular (como la mayoría de las cosas en Bidarán), que  en los últimos años está llevando a elegir la congelación y las sepulturas en hielo en lugar de la inhumación. Aprovechando lo cientos de glaciares de la zona se está extendiendo la costumbre de depositar los cuerpos en fosas cavadas en el fondo de los glaciares y cubrirlas con agua dejando el cadáver a la vista cuando esta se congela, como en una urna de cristal. Y mientras el efecto invernadero no llegue a los glaciares la temperatura en su interior se mantiene constante a los largo de los siglos. El dilema ahora era cómo organizar debidamente estos “enterramientos”, creando cementerios subterráneos mediante la excavación de grandes salas iluminadas en el fondo de los glaciares, con galerías de acceso, donde la gente pueda honrar y “ver” a sus difuntos. Fue un tema que mantuvo a la población bidarana en pleno debate durante todo el año.
El concurso de menos efectos prácticos o reivindicativos era el concurso de Cuentos y Relatos. Y sin embargo, fue el más esperado y popularmente seguido por la mayoría de la población ese año, porque durante el proceso, como era de esperar, participaban también los niños y la gente joven y todos seguían con interés y hacían suyas las fantasías de los escritores. Esos relatos tenían luego gran difusión en los medios de comunicación, en las escuelas y en las bibliotecas.
A la final del pasado año habían llegado siete concursantes y, desde el principio, la gente ya estaba impaciente en ir recibiendo las sucesivas muestras de sus escritos, que se publicaban en los periódicos y en Internet, como si se tratara de novelas por entrega. El sistema era bastante despiadado para los escritores, pues se sentían presionados, influidos o simplemente aterrados por toda aquella masa de lectores que comentaba, criticaba, aplaudía o se reía de sus fantasías. Pero ese era el juego. Los bidaranos se divertían, tenían sus favoritos y muchas veces sus ideas se plasmaban en los resultados finales.
Nadie se podía imaginar que el Concurso Nacional de Cuentos y Relatos fuese a tener un final tan trágico, hasta el punto de provocar la caída del Colegio Directivo del país, como se describe a continuación. Para analizar el desarrollo de los acontecimientos es necesario conocer quiénes fueron los escritores finalistas y cuáles fueron los cuentos presentados, pues tuvieron una importancia clave en la secuencia y explicación de los crímenes. Por razones de seguridad, los nombres de los finalistas se mantienen en este relato con los seudónimos con los que participaron en el concurso y que corresponden a los siete primeros números del sistema decimal bidarano.

03 .

Primer concursante: Biuri, licenciado en Historia y Literatura, veintisiete años.
Título de la obra: La leyenda de Munko el pastor.

El pastor Munko estaba asustado por la terrible tormenta que le había sorprendido bajando de los montes Sayanes. Los truenos rebotaban en las paredes rocosas y el agua bajaba vertiginosa por los desfiladeros desbordando ríos y lagos. El rebaño de yaks se había dispersado y él buscó refugio en una cueva próxima al camino, esperando que cesase el aguacero. Como temía más a los rayos de la tormenta que a la oscuridad se metió hacia el interior de la caverna donde las descargas eléctricas no llegaban y los truenos se quedaban apagados en los primeros recovecos. Las cuevas siempre habían tenido para Munko un atractivo especial, mezcla de misterio y temor, provocado sin duda por la lectura de los cuentos y libros de aventuras de su niñez. Cada vez que entraba en una cueva desconocida tenía la sensación de estar a merced de fuerzas ocultas que podrían atraparlo para siempre, pero que al mismo tiempo actuaban sobre él como un imán y le invitaban a aventurarse en sus profundidades. Llevaba una pequeña linterna en el bolsillo porque más de una vez le había cogido la noche en el camino y no tuvo reparo en meterse dentro de la caverna lleno de curiosidad y atrevimiento, hacia la oscuridad y los sonidos propios del mundo subterráneo. Según seguía adelante el eco de sus pisadas se fue haciendo cada vez más ostensible en aquel profundo laberinto, solo roto hasta entonces por el sonido de las gotas de agua y el fluir de pequeños riachuelos transparentes. El juego de las sombras moviéndose con la luz de su linterna y el eco de los ruidos desde rincones invisibles fue haciendo mella en el ánimo de Munko a pesar de ser un hombre de la montaña fuerte y valeroso. Le dio la sensación de que los espíritus del mundo subterráneo estaban despertando con la entrada del intruso. Él no pretendía molestarlos, no obstante les pidió perdón. Se había refugiado allí por la tormenta y entraba hasta las profundidades solo por si encontraba alguno de los yaks perdidos de su rebaño. Siguió metiéndose en la cueva cada vez más adentro. Ni rastro de ganado. Flotaba en el ambiente un aliento mágico y siniestro y le parecía oír siseos por las esquinas ocultas. Para distraerse y alejar los temores le dio por pensar que era un hombre primitivo. “Las ropas se le habían convertido en pieles y la linterna en antorcha y él seguía avanzando por el retorcido pasadizo, cada vez más agachado y receloso, husmeando en la oscuridad profunda. Podía haber un oso de las cavernas en su sueño invernal o un chamán con las manos teñidas de rojo, dejando su huella en las paredes más recónditas. Estaba sólo y la llama se iba reduciendo poco a poco. Miró hacia atrás y hacia delante y estaba todo negro. Empezó a temer que no iba a poder encontrar el camino de salida. Pero, era un hombre valiente y no sabía lo que era la claustrofobia ni la ansiedad”.
Se sentó a descansar un rato. El silencio era total, salvo el ruido de una gota de agua que cada cierto tiempo caía sobre la piedra cerca de él, rítmicamente y sin parar. Las pilas de la linterna estaban a punto de consumirse y el último resplandor iluminaba una pequeña estalagmita como la yema de un huevo donde iba cayendo el agua y a la que se quedó mirando como hipnotizado por su exacta y constante repetición. Finalmente se apagó la luz y en la oscuridad y el silencio imperantes solamente se siguió oyendo, muy espaciado, el sonido de la gota al caer, limpio y cristalino, rítmico, hipnótico, eterno…Se fue quedando adormilado. Poco a poco dejó de sentir el cuerpo, que fue perdiendo consistencia y se empezó a diluir y a evaporar y notó que iba ascendiendo como el vaho de la escarcha al amanecer, impregnando la bóveda negra de la cueva. Fue transcurriendo el tiempo, imposible saber cuánto, y, finalmente, su yo vaporizado empezó a condensarse al contacto con la piedra fría, y, convertido en agua carbónica, fue resbalando lentamente por una enorme estalactita, hasta caer en el vacío y chocar contra el suelo. ¡Clink!... ¡Clink!... En su mente adormecida se fue formando una consciencia nueva, una imagen con el último brillo de una forma cristalina y un sonido musical de fondo, como un mantra, que se repetía eternamente. Pasó el tiempo, sin prisas, y lentamente empezó a coger consistencia y se fue materializando.
Munko se despertó helado de frío. Estaba mojado de arriba abajo y le dolía la cabeza en un punto, como si le hubiesen torturado con la gota china. Un tenue resplandor de un relámpago se coló por un agujero de la bóveda. Justo le dio tiempo para vislumbrar por dónde quedaba el camino de salida. ¿Cuánto tiempo había estado durmiendo? Ni idea. También pudo ver en ese instante de luz que toda su ropa, incluso sus manos, estaban cubiertas por una capa de hielo de color azulado. Así que tenía tanto frío, se dijo. Intentó frotarse el cuerpo y sacudirse pero notó que estaba tan rígido que no podía moverse. Además aquel hielo era especialmente duro, como el cristal, y el color azul debía ser efecto de la luz del relámpago. Era cosa de salir de la cueva lo antes posible, pensó, porque se debía estar congelando y con un poco de aire se le iría enseguida. Cuando se dio cuenta de la verdad, le empezó a entrar el pánico. Aquello que le cubría no era hielo sino carbonato cálcico cristalizado, el material con el que se forman las estalactitas y las estalagmitas. Afortunadamente el agua carbónica en su caída no le había tapado los agujeros de la nariz, los oídos y la boca y en los ojos le había dejado dos ranuras gracias a las cejas y pestañas. También la holgura de la ropa le permitía mover los pulmones y respirar. Mirando de reojo y palpando con la lengua pudo comprobar que la capa de cristal que le cubría podía tener unos tres o cuatro milímetros de espesor. ¿Cuánto tiempo llevaba dormido? No quiso ni pensar en lo que aquello significaba, pero empezaba a temer que estaba bajo los efectos de un maleficio de los genios de la montaña y que lo que parecía un mal sueño era la pura realidad. ¡Estaba envuelto en una coraza de piedra! Lanzó tal aullido de terror que algunas estalactitas débiles se rompieron y cayeron alrededor, con chasquidos siniestros que rebotaron por toda la cueva. “Bueno”, se dijo, “mantengamos la calma. En realidad, esto no es más que una especie de cáscara de calcita y a corto plazo no tiene por qué causarme problemas, solo tengo que arreglármelas para poder moverme y romperla”. Se acordó de pronto de que cuando se despertó estaba sentado y pensó que tensando todos los músculos al máximo y levantándose, la cáscara saltaría por los aires. Pero, no; lo único que consiguió fue despegar todo el bloque del suelo y caer rodando por la pendiente hasta dar con la cabeza en el fondo de una grieta. Le sonó como una campana grande dentro del cráneo, pero no se rompió ni la envoltura ni la cabeza. “Si no llego a ponerme el casco me la hubiese partido”, se rió de sí mismo. Aprovechó el hecho de que estaba tumbado para, moviendo los pies, intentar asomarlos un poco por fuera de la cáscara, cosa que consiguió con mucho esfuerzo y pudo sacar las piernas hasta algo más arriba de las rodillas. Se incorporó apoyándose en la pared y dio unos cuantos pasos. Recordó a los animales que andan sobre las patas sin brazos ni manos. Estuvo bastante tiempo pensando en la forma de liberarse, pero no se le ocurrió nada. Afortunadamente, nuevos relámpagos se colaron por las grietas del techo y eso le dio ánimos y le mostraron el camino de salida de la cueva. Se animó a iniciar la marcha, vacilante y confuso. Una vez de pie parecía una grotesca figura de los carnavales de su pueblo, de los que solo pueden mover las piernas mientras avanzan dando vueltas. Pero podía andar, que era lo importante. Así, por lo menos, intentaría salir de la cueva aunque estuviese inmovilizado de los muslos hacia arriba. Desde luego los golpes contra las paredes no los iba a sentir. Cada vez que tropezaba y se caía, quedaba en el suelo como una tortuga dada vuelta y le costaba ponerse de pie. Más de una vez se lanzó corriendo contra la pared, golpeando con la cabeza para ver si cedía la cáscara pero solo consiguió quedarse medio sordo por el ruido y atontado por el golpe. Por fin, milagrosamente, Munko, la roca viviente, salió al exterior.
Los árboles y la vegetación apenas habían crecido unas décimas durante el tiempo que había estado dentro, de donde dedujo que no había pasado mucho tiempo en el interior. Entonces, ¿cómo se explicaba la formación de la capa de calcita? No quería pensar en los espíritus de la cueva y en un posible encantamiento. Nunca se había metido con ellos ni se había reído de sus poderes. Lo que tenía que hacer era encontrar algún taller de cantero o herrería para romper la pesada envolvente. Había pasado la tormenta y se fijó que la luz de la luna, iluminando las montañas nevadas, le daba a su caparazón un resplandor fluorescente, que casi le iluminaba el camino. Lo que no podía saber era que también lo convertía de paso en un fantasma terrorífico. Lo pudo comprobar cuando se acercó a la choza de un pastor. La zona era muy agreste y estaba prácticamente despoblada. Empezó a sentir miedo. Los aullidos de los perros le pusieron los pelos de las piernas de punta (¿cómo se iba a defender si le empezaban a morder como fieras?); pero cuando salió el pastor de la cabaña y empezó a correr cuesta abajo, como alma en pena, con lo perros detrás, se dio cuenta de que quien causaba más miedo era él. Eso le hizo cambiar de perspectiva. A favor y en contra. Podía aterrorizar a los aldeanos y robarles lo que quisiera, eso por un lado, pero, también, podían seguirle a tiros y no dejarle acercarse a ningún sitio habitado. De momento, aprovechó la choza para descansar y comer lo que había dejado el hombre junto al hogar: pan y queso, a base de mordisquearlos como un ratón, apretándolos contra el suelo. ¡Perfecto!, se lo iba a pensar con tranquilidad, porque el asunto merecía la pena. Estaba seguro de que en el momento que quisiera se desembarazaría de aquella armadura pétrea (había intentado en la cueva golpear la cabeza de frente contra la pared sin resultado, pero quizá dejándose caer de costado desde una buena altura lo conseguiría). Mientras tanto, podía hacer uso de sus ventajas. Se dedicó a imaginar la parte positiva. El chaquetón de piedra era un aislamiento perfecto, sus piernas eran velludas y fuertes, sus pantalones de tela fuerte y las botas de buena calidad de alta montaña, por lo que podía resistir con ventaja todo tipo de condiciones climatológicas adversas, lluvia, viento, ventiscas y granizo. Tenía mucha imaginación, eso sin duda, porque, al pensar en las tormentas, no le costó gran cosa verse en la punta de uno de aquellos riscos, rodeado por los elementos desatados, y comprobar cómo le caía un fulgurante rayo encima, que hacía saltar por los aires los trozos del cascarón y él emergía en medio del fogonazo azul como un héroe de las leyendas de las montañas. Esa imagen le dio bastante moral.
Lo primero que hizo fue dirigirse a su pueblo, situado en uno de los remotos valles del río Ob y acercarse a su casa. De allí lo echaron los perros, que afortunadamente no se atrevieron más que a ladrar y también a base de tiros con escopeta de perdigones; las bolitas de plomo le rebotaban en la cáscara sin hacerle daño, pero se le clavaban en las piernas. Sus propios hijos le dispararon. Por mucho que gritaba ¡soy Munko!, ¡Fariya soy yo, tu marido!, como la voz le salía distorsionada nadie le reconocía, ni siquiera su propia mujer escondida por el miedo detrás de la ventana, y tuvo que huir corriendo. Comenzó así un periplo dramático que se convirtió pronto en leyenda. Estuvo deambulando durante días por las montañas de Altái. Comía lo que se dejaban los pastores en las cabañas abandonadas y algunas verduras de las huertas; si alguna vez se acercó a una cabaña habitada en busca de ayuda, los valientes que no huían lo echaron a pedradas. Se corrió la voz de que un monstruo de cuerpo de piedra, sin brazos y con piernas humanas, se refugiaba en la montaña, ahuyentaba a los rebaños y a los pastores, robándoles la comida (si se agachaba podía agarrar cosas con las manos), incluso había llegado a matar una oveja aplastándola con su cuerpo (en realidad fue porque se cayó encima cuando iba corriendo). Se convirtió en la extraña versión del viejo yeti de los cuentos. Hicieron batidas para acabar con él, pero Munko se refugiaba en el fondo de la cueva que le vio nacer con su nueva apariencia y nadie pudo encontrarlo. Fariya, su mujer, se preguntaba por dónde andaría su marido que llevaba tiempo sin aparecer por casa. Se habrá ido a la capital, pensaba,º y no podrá volver por la nieve.
La situación comenzó a ser desesperante para Munko. Así no podía continuar. Estuvo a punto de sentarse de nuevo en el mismo sitio de la cueva y dejar que la Naturaleza terminase su labor y lo convirtiese definitivamente en una roca más de la cueva, pero le faltó el valor para dejarse morir de hambre y de sed, con una gota resonando constantemente en su cabeza. Aquello hubiese sido una triple tortura. Lo que sí probó fue la solución del rayo. Subió al peñasco más alto de la montaña una noche de tormenta, y se puso derecho apuntando a las nubes, pero las descargas eléctricas parecían esquivarlo. Fue un espectáculo grandioso verlo como un faro de luz azul gritando al cielo en la cumbre de la montaña.
Llegó un día en que ya no pudo más. Buscó un cortado a pico en las laderas del monte Chapchan y se tiró de cabeza al vacío para estrellarse contra el suelo, cincuenta metros más abajo. Saltaron en pedazos los cascotes de aquel pedrusco viviente y rodaron hasta el fondo del valle, mientras el cuerpo de Munko quedaba sujeto entre los arbustos de la base del precipicio. Había muerto.
Unos días más tarde, unos montañeros encontraron el cadáver. Avisaron a su familia y lo enterraron en el cementerio del pueblo. La gente se preguntaba qué andaría haciendo Munko por aquellos parajes. Lo habrá cogido la niebla, decían, pero es raro, porque llevaba tiempo desaparecido y la muerte era muy reciente. ¿Dónde había estado todo este tiempo?
A la leyenda del monstruo de piedra se unió, en las charlas junto al fuego, lo sucedido a Munko, que muchos atribuían a un hechizo del Espíritu de la Montaña que, según decían las viejas del pueblo, tenía su morada en la cuevas, cerca de donde apareció su cuerpo. Nadie asoció las dos historias, excepto su mujer, que ahora recordaba con un estremecimiento los gritos de aquel fantasma que echaron del pueblo.

04 .

La Taberna de los Poetas era el bar más popular de la capital donde se reunían estudiantes, profesores, escritores y artistas para discutir acaloradamente sobre los temas del momento y tomar sus bebidas preferidas el kymis y el arika, leche de yak fermentada y destilada respectivamente. Con uno se acaloraban y con el otro se emborrachaban perdidamente. Era un local muy amplio, decorado como un templo tibetano, y con distintos ambientes, lo que favorecía que los clientes se repartiesen en las diferentes mesas según sus gustos, profesiones y edades, sin ninguna separación entre hombres y mujeres. Porque las bidaranas eran por lo general de fuerte carácter, siempre sonrientes, de voces agudas y que bebían tanto como los hombres. Ideal para aquella taberna donde se discutía de todo a voz en grito.
El relato del pastor Munko fue recibido con gran entusiasmo y generó intensos debates. Unos —los de más edad— opinaban que el pastor no se debía haber suicidado sino que podía haberse caído por el precipicio accidentalmente. Otros —un animado grupo de jóvenes empleadas de las fábricas de medicinas— decían que la mujer del pastor tenía que participar más en la historia. Un profesor de física afirmó que lo del tiempo que tarda Munko en convertirse en piedra no estaba bien explicado, lo que generó una fuerte discusión entre varios estudiantes. Una mujer de cierta edad se levantó de entre un grupo de señoras con aspecto de brujas y dijo que el cuento ganaría mucho más presentándolo como un encantamiento y haciendo aparecer al Genio de la Montaña en algún diálogo con el pastor; intervención que fue aplaudida ruidosamente y las viejas brindaron muy contentas con sus vasos de arika hasta arriba, dando una especie de aullidos como las aldeanas de los pueblos de montañas (que de hecho lo habían sido y no se habían adaptado del todo a la sociedad urbana). En medio de la algarabía se alzó la voz potente de un hombre joven de rasgos asiáticos muy definidos y bigotes lacios y largos al estilo de Gengis Khan:
—¡No tenéis ni idea! —clamó, haciendo acallar las voces— ¿No os habéis dado cuenta de que esta historia es una alegoría? El hombre inmovilizado por la acción sistemática y constante de la educación reaccionaria, endurecido por la rutina, petrificado por la inacción, empujado finalmente al suicidio por...
—¡Fuera! Fuera! —gritó la mayoría de los presentes, sin dejarle acabar—. ¡Vete a Mongolia! (Se trataba del revolucionario oficial de la ciudad, de origen mongol, al que llamaban Ogodei, algo tocado de la cabeza, que acostumbraba a soltar discursos por las plazas de Sigur).
Biuri, el autor del cuento, reunido con sus amigos, en el rincón de los escritores, tomaba nota e incluso algunas veces intervenía, escudado en su anonimato, y se permitía lanzar comentarios para provocar más debate.
Durante dos semanas estuvo la historia de Munko en boca de todos y Biuri volvió finalmente a su retiro lleno de ideas, para corregir el cuento con todo lo oído, antes de entregarlo a los organizadores del concurso.
La gente estaba pendiente ya del escrito del segundo finalista, cuando un hecho trágico conmocionó a los tertulianos de la Taberna de los Poetas y a la ciudad entera. Biuri apareció muerto en un callejón cercano a la residencia donde los finalistas permanecían recluidos mientras duraba el concurso. Tenía la cabeza y el tronco cubiertos por una masa de hormigón casi endurecido, que dejaba únicamente al descubierto las piernas, y cuando el hormigón fue retirado, se le pudo ver una herida mortal en la frente.
El crimen supuso un sobresalto enorme para la sociedad bidarana, especialmente para los ciudadanos de Sigur. Era una situación dramática a la que no estaban acostumbrados. No había crímenes sangrientos en aquella sociedad educada en la no violencia. La única prisión del país estaba llena de ladrones, traficantes y culpables de delitos sexuales y algunas peleas, pero los recluidos por homicidios se podían contar con los dedos. El inspector-Surikov, de ascendencia rusa, jefe de la Ayuda Ciudadana, se encargó de la investigación al mando de media docena de detectives.
La primera idea de Surikov fue que se trataba de un acto de venganza o rivalidad de alguno de los otros finalistas del concurso, dada la pasión con la que se vivían estas competiciones, y quizá debido a un exceso de alcohol o drogas. Además aquella puesta en escena del asesinato, con la clara referencia al personaje del cuento, predisponían a pensar en ello porque indicaban que no estaba preparada de antemano —cuando menos la escenificación— sino que se produjo a sabiendas del contenido del cuento. Pero después de interrogar a los demás finalistas –una novelista famosa, un periodista, tres escritores y una estudiante—, todos ellos horrorizados con lo sucedido, no le quedó ninguna duda de que el asesino o asesinos eran criminales profesionales, que no habían dejado ningún rastro en el lugar del crimen. No se encontraron huellas, ni el arma homicida, ni herramientas para hacer el hormigón, ni restos de cemento... La macabra representación de Munko con su caparazón era sin duda un intento de desviar la investigación en ese sentido.
Pero, a Surikov le parecía más probable que existiese alguna relación del asesinato con el sistema de elección de miembros del Colegio de Directores, pues la víctima era unos de los candidatos a ocupar un puesto en la próxima renovación del órgano directivo, como ocurría con los ganadores de los concursos de otras especialidades. Tendría que investigar en esa línea, pero eso le llevaba a considerar sospechosos nada menos que a los setenta colegiados del gobierno, entre ellos los que le habían nombrado a él. Era un asunto delicado que tendría que llevar con paciencia y suma discreción, al margen de los medios de comunicación y de los comentarios de la gente. También debía tener en cuenta al charlatán de Ogodei que podía haber cometido el asesinato en un arrebato de su radicalismo mongol.
Para la comunidad, el crimen, por tanto, pasó a un segundo plano y el concurso de cuentos siguió adelante, incluso con más pasión que la acostumbrada.
Una semana más tarde se presentó a los medios el segundo de los cuentos a concurso.

05 .

Segundo concursante: Puku. Escritor. Cincuenta y cinco años.
Título de la obra:  Historia de Philippe Dubonier.

En un lejano país de Occidente reinaba un soberano querido y admirado por todos los ciudadanos. Era poderoso en la guerra, implacable con sus enemigos, pero bondadoso y atento con todos sus súbditos. De gran sabiduría y sentido el humor, amaba la música, las artes y los jardines y su reino era la envidia de los países vecinos.
En la capital de este reino vivía el rico comerciante Armand Dubonier con su anciana esposa y un hijo de treinta años llamado Philippe, al que habían educado con mucho esmero pero excesivos caprichos.
Cuando murieron sus padres Philippe heredó una cuantiosa fortuna. Enseguida se rodeó de una serie de camaradas a los que él consideraba amigos nobles y consecuentes. Amante de los convites y celebraciones, el joven se dedicó a organizar grandes fiestas en su palacete, consiguiendo que en pocos meses la fortuna heredada de su padre se fuese disolviendo hasta casi desaparecer. Con la fortuna dilapidada se terminaron también los banquetes y con ellos se fueron los amigos, que se alejaron de su lado uno tras otro.
Herido por la ingratitud de sus falsos camaradas, el desengaño de Philippe fue terrible y derramó abundantes lágrimas, pues ignoraba que los hombres, por lo general, vuelven la espalda a los pobres y desgraciados.
Después de aquello, el joven hijo del comerciante Dubonier juró no volver a invitar a su casa a nadie de la ciudad sino a un forastero cualquiera y solo por una noche para no crear lazos innecesarios. Y como le seguían gustando las celebraciones en compañía, así lo estuvo haciendo a partir de entonces, colocándose a la entrada de la ciudad y eligiendo al invitado de turno.
Una tarde que estaba Philippe como de costumbre en el puente de entrada, acertó a pasar por allí el mismísimo rey del país disfrazado de comerciante, cosa que solía hacer acompañado por un criado, con el fin de conocer de cerca la vida de sus súbditos.
Philippe, creyendo que se trataba efectivamente de un comerciante de fuera de la ciudad, se acercó al rey y le invitó a cenar en su casa, explicándole que solo lo podía hacer esa noche. Aceptó el rey, extrañado por la condición impuesta, y juntos fueron a la mansión del joven donde este le sirvió ricos manjares y contó a su huésped la razón de su proceder. El rey quedó muy impresionado por el desprecio y abandono de sus amigos y aprobó la sabia resolución del joven. Terminada la cena, el monarca expresó su gratitud calurosamente a Philippe y quiso recompensarle de alguna forma, por lo que le ofreció su ayuda en cualquier necesidad que tuviese, haciéndole saber que a pesar de ser un comerciante forastero contaba con poderosas influencias en la ciudad.
—No soy ambicioso y no quisiera abusar de vuestro ofrecimiento —dijo Philippe—, pero hay una cosa que me produce una pena constante. El párroco de la iglesia de mi distrito es un viejo cascarrabias, hipócrita y de mala lengua que con otros cuatros viejos de la parroquia no paran de murmurar y calumniar a los vecinos del modo más indigno. Si fuera el rey durante veinticuatro horas ordenaría que les den cien palos a cada uno de ellos a ver si dejan en paz a los habitantes honrados y pacíficos.
—Me parece justo el escarmiento que propones y no creo que me resulte difícil de conseguir, haciendo uso de mis influencias —replicó el rey.
—No os burléis de mi extravagancia. Es imposible que el monarca acceda a eta ridícula pretensión mía.
—Ya veremos —dijo el falso comerciante—. Debo marcharme ya y agradeceros en gran medida vuestra hospitalidad pero, antes de despedirme, permitid que os sirva algo de vino.
Y el rey con un hábil gesto vertió unos polvos que siempre llevaba consigo en la copa de Philippe. Este bebió el vino con placer y unos segundos más tarde quedó sumido en un profundo letargo. El criado cargó con el joven y fueron al palacio real donde entraron por la puerta secreta que siempre utilizaban sin que nadie se enterara. Mandó el rey al criado y a su ayuda de cámara que le quitaran a Philippe la ropa que vestía y que le colocaran en su propio lecho.
A continuación el rey reunió a todos sus ministros y oficiales de la corte y les explicó que durante veinticuatro horas debían considerar a aquel hombre como si fuese el rey, obedeciéndole ciegamente en todo lo que ordenase. Todos entendieron que el soberano, muy aficionado a las bromas, quería divertirse a costa del joven comerciante y se inclinaron profundamente en señal de respeto y sumisión. El rey pasó la noche en una sala adjunta, separada por una cerrada celosía, para  poder seguir el espectáculo a sus anchas.
A la mañana siguiente, el ayuda de cámara mojó la nariz de Philippe con una esponja untada en vinagre y este despertó de golpe. Lo que vio le pareció un sueño y se dio la vuelta para seguir durmiendo, pero el criado le dijo:
—Majestad, permitidme anunciaros que es la hora de asistir al Consejo de ministros que os está esperando para la reunión de los viernes. Le vistieron con la ropa del rey y acudió aturdido al salón del Consejo sin saber dónde estaba, mirando atónito sus ropajes y los brillantes salones por donde pasaba, y preguntó uno por uno a todos los ministros que quién era él. Todos le contestaron que era el rey Luis XIV, al que se le llama el rey Sol, el amado por sus súbditos y temido por sus enemigos, mientras hacían una profunda reverencia.
Viéndose a sí mismo en un gran espejo, con aquellos vestidos tan espléndidos, rodeado de aquel lujo extraordinario y con semejantes personajes rindiéndole pleitesía, se convenció Philippe de que realmente era el Rey de Francia y que Dios había obrado una maravilla. En vista de eso, se tomó en serio su nuevo papel. Se ocupó de los asuntos del día, que resolvió con notable acierto, ante el asombro del mismo Luis XIV, que seguía observándolo todo desde detrás de una celosía.
Terminado el Consejo, mandó Philippe llamar al jefe de la guardia real y le dijo:
—Id sin pérdida de tiempo a la iglesia de San Eustaquio y apoderaos del párroco y cuatro viejos que siempre están con él. Los montáis en burros vestidos de harapos y los paseáis por el centro de la ciudad. Luego, le dais cien palos a cada uno en castigo por su maledicencia.
Unas horas más tarde volvió el oficial con la orden cumplida y el falso rey quedó satisfecho. El resto del día lo pasó Philippe contemplando los jardines reales y los salones del soberbio palacio con sus esplendidas riquezas. Disfrutó finalmente de un gran banquete al compás de la música y a los postres el primer ministro le presentó una copa de oro con vino preparado de antemano. Philippe la bebió con sumo placer e inmediatamente cayó al suelo como fulminado, igual que la noche precedente. Apareció entonces el rey Luis y ordenó que le vistieran con los mismos vestidos que había traído el día anterior y lo llevasen a su casa dejándolo tendido en su lecho.
Así lo hicieron y cuando el joven despertó al día siguiente, se llevó tal sobresalto al contemplar su modesto dormitorio, que comenzó a dar gritos pidiendo que se acercase inmediatamente su ayuda de cámara y luego el primer ministro. Acudieron no los servidores reales sino los vecinos ante tal escándalo e intentaron calmarlo, pero él seguía dando grandes voces asegurando que era el rey Sol y que le atendiesen como era debido. Quisieron todos convencerle mostrándole la casa y señalando su vestido pero él seguía clamando que era el monarca y se puso finalmente tan violento, dando patadas y puñetazos a los que le rodeaban que tuvieron que sujetarlo y llamar a los loqueros, que sin tardar le llevaron atado de pies y manos a un manicomio donde se encerraban a los lunáticos peligrosos. Allí pasó cierto tiempo en aquellas penosas circunstancias, molido a golpes cada vez que se rebelaba, hasta que el clérigo que le visitaba, le fue haciendo entrar en razón, y finalmente acabó reconociendo que era Philippe Dubonier y que había sido juguete de una ilusión y que el comerciante que había recibido en su casa era la causa de sus infortunios. Con esa confesión y debido a su buen comportamiento consiguió salir de la casa de locos y volvió a sus antiguas costumbres, es decir a invitar a cenar a los forasteros que llegaban a la capital del reino.
Una tarde, estando sentado junto al río, vio venir al Rey disfrazado de comerciante, como en la primera ocasión. El monarca, que ya conocía las penalidades que había tenido que soportar el joven, traía la intención de compensarle generosamente por la broma pasada. Philippe en vez de corresponder al saludo dio la espalda al rey visiblemente enfadado sin decir una palabra.
—¿Qué es eso? —le dijo el rey—, ¿acaso no me conocéis? Soy...
—Sí, ya sé quién sois, el desalmado comerciante que arruinó mi vida con algún hechizo que me hizo creerme Rey. El hombre que me hizo volverme loco hasta el punto de ser encerrado en una jaula como una fiera furiosa. Mirad como tengo la espalda. Y le enseño la espalda y los brazos llenos de horribles marcas de los golpes de los loqueros.
El Rey sintió lástima y horror ante aquel espectáculo y abrazó repetidas veces al joven diciéndole que todo había sido producto de un malentendido y acabó rogándole que le invitase a su casa para beber juntos y consolarle de las penas sufridas.
Philippe consistió al fin y poco después hicieron las paces cenando muy a gusto y celebrando la noticia que circulaba por la ciudad de que al párroco de San Eustaquio el rey había ordenado que le diesen cien palos por dedicarse a la murmuración y la calumnia.
Al acabar la cena, el Rey Luis ofreció a Philippe una copa de vino con los polvos correspondientes diciendo:
—Bebamos a vuestra salud con la promesa que os hago de convertiros en el hombre más feliz de la tierra.
Bebió el vino el ingenuo joven e inmediatamente cayó al suelo dominado por el narcótico. Cargó el criado con el cuerpo inerte y lo llevaron al palacio real depositándolo en la cama del rey que ya había ocupado antes. A la mañana el rey ordenó colocarse a todos los ministros y los principales señores de la corte alrededor del lecho y un conjunto de músicos interpretó alegres melodías cuando el joven Philippe despertó.
—¡Ay! —exclamó el pobre hombre mirando a uno y otro lado con asombro y tristeza—. Aquí estoy de nuevo presa del mismo sueño que tantos palos me ha costado en el manicomio. De todo ello tiene la culpa un mal hombre que anoche recibí en mi casa y que seguramente será un brujo poseído por el demonio que me ha hechizado por segunda vez. Se levantó el joven del lecho y un ministro se acercó a hablarle tratándole de Majestad, Rey Sol y elegido de Dios.
—¡Apártate de mí, Lucifer! —gritó Philippe tapándose el rostro mientras el Rey, detrás de la celosía, se moría de risa.
Los oficiales y cortesanos obedeciendo las órdenes reales se pusieron a bailar al son de la música rodeando al infeliz joven, quien después de dar grandes gritos, decidió sumarse a la fiesta empezando a saltar y contorsionarse con grandes aspavientos.
En ese momento apareció el Rey de detrás de la celosía y con un gesto hizo callar a los músicos.
—¡Philippe Dubonier! —exclamó Luis XIV con voz potente—. Deja ya de bailar porque me va a dar un ataque de la risa.
Dejaron los músicos de tocar y pararon los danzantes, haciéndose un profundo silencio. Philippe volvió la cabeza reconoció al monarca como el comerciante que había invitado y se dio cuenta en seguida de que todo había sido verdad y no había sido víctima de un sueño. Supo mantener la calma y reprochó al Rey la crueldad de su conducta para un hombre que no le había hecho ningún daño.
—Tienes razón —dijo el monarca—, y me arrepiento de mi proceder. Pero ya tenía pensado recompensarte. De ahora en adelante vivirás en el palacio, recibirás cien escudos de oro todos los meses y estaré dispuesto a concederte todo lo que me pidas.
Philippe se inclinó delante del Rey Sol, dando las más expresivas gracias por sus bondad y por bien empleadas las penalidades sufridas.

06 .

Cuando un funcionario del Concurso terminó de leer el borrador del cuento de Dubonier, una salva de aplausos y vítores se desató en la Taberna de los Poetas. Era un lenguaje que entendían todos y el exotismo de las lejanas tierras de Occidente todavía estaba metido en el subconsciente de los bidaranos de cuando leían en la escuela las historias de Carlomagno y Julio César. Parecía que la mayoría de los literatos y otros artistas que abarrotaban el local estaban a favor de la obra si se tenía en cuenta el griterío y los bravos provocados, pero enseguida empezaron a salir del público algunas críticas y comentarios negativos, que no hicieron ninguna gracia al autor Puku, que desde el rincón de los escritores veteranos daba por sentado que su cuento de Luis XIV ganaría el concurso con suma facilidad.
Una joven muy atractiva sentada cerca del pequeño estrado donde el funcionario tenía su mesa y su botella de kimis, se levantó alzando la mano tímidamente y dijo que no le gustaba el cuento porque no salía en la historia ni una sola mujer. A ver dónde estaban la Reina, las cortesanas y las amigas de Philippe. Y se sentó ruborizada aceptando el beso que le estampó en la mejilla su acompañante. Fue abucheada por todos menos por las señoras con pinta de brujas que seguían vaciando vasos de aguardiente a más velocidad que nadie.
—El lenguaje empleado por el autor es grandilocuente, suena muy arcaico —dijo un joven de la cuadrilla de los poetas, cuando se fue apagando el ruido
—Está escrito así a propósito. ¿Cómo crees que se hablaba en el siglo XVII en Europa? —contestó un señor canoso del grupo de Puku.
—¿Lo sabes tú? —siguió el joven poeta de pie con su vaso de akira en la mano. Apuesto a que no sabes ni quién era Moliere. Pregúntaselo al autor, que seguro que se sienta en tu mesa.
Una algarabía de gritos, silbidos y aplausos saludó las palabras del poeta, mientras sus amigos levantaban los vasos y brindaban por él ruidosamente. Iba a contestar el hombre canoso cuando se alzó desde el fondo una voz estentórea que hizo callar a todos los presentes. Quién iba a ser sino el popular imitador de Gengis Khan, el radical revolucionario del pueblo que no podía estarse callado si tenía delante a más de dos personas.
—No tenéis ni idea —empezó como casi siempre el bueno de Ogodei, entre gritos de ¡fuera! y ¡vete a Mongolia!
—Tanto poeta, tanto escritor ¿y ninguno se ha enterado que este cuento es un vergonzoso plagio?—, siguió Ogodei, sin inmutarse.
Hubo un gran revuelo entre los asistentes y de pronto el local se quedó en silencio.
—Dejadle hablar —dijo alguno.
El funcionario de la organización del Concurso, dejó de beber y afinó el oído.
Continuó Ogodei, satisfecho:
—¿Sabéis de dónde proceden muchas de las historias del libro de “Las mil y una noches” que os han leído en las escuelas y que muchos de aquí lo tienen en sus estanterías? Pues de Mongolia, no de Persia como se suele repetir.
Se oyeron murmullos por todo el recinto, afirmando unos y negando otros esta declaración del belicoso mongol.
—Pues bien, uno de los cuentos más conocidos, precisamente el que hemos escuchado esta noche en versión afrancesada procede originariamente de Mongolia en tiempos del Califa Harun al Rashid en el siglo VIII, y transmitido oralmente por todo el Asia Central. Podéis ir corriendo a la biblioteca y confirmarlo y luego seguimos hablando.
—Eso no es un plagio —saltó Puku, en defensa de su obra, aunque nadie podía saber que él era su autor—. Puede ser, en efecto un cuento de “Las mil y una noches” pero no es una copia, es una adaptación; incluso se podría decir que es un homenaje a tan fabuloso libro, sea mongol, persa o indio.
Llegados a este punto de la discusión nadie se atrevió a añadir algo más en público aunque se siguió comentando en todas las mesas hasta que llegó la hora de cerrar la Taberna. No era la primera vez que el Concurso, no solo el de Literatura, se enfrentaba a un caso de plagio y el funcionario de la organización se marchó pensativo, no tanto como Puku, pero sí muy preocupado. Nadie se habría dado cuenta si al mongol no le hubiesen dejado hablar, pensó.
Ogodei salió del local y desapareció entre las sombras con una sonrisa siniestra.
Al día siguiente, la organización informó que efectivamente el segundo cuento presentado a concurso titulado “La historia de Philippe Dubonier” estaba tomada del libro de Las mil y una noches, que la obra presentada se consideraba un plagio y que, por tanto, quedaba descalificada.
Un gran escándalo se produjo en la ciudad con este fallo, pues la mayoría de la gente opinaba que, plagio o no plagio- la obra estaba bien escrita y era divertida y que venía a demostrar que el autor era un hombre cultivado y que podría ser un buen candidato para optar a un puesto en el Colegio de Directores del país. Pero el órgano directivo zanjó la cuestión con una nota de prensa en la que venía a decir que en las bases del concurso quedaba bien explícito que debían ser obras originales y que esta no lo era; y que un hombre que “engañaba” de esa forma difícilmente podía acceder a un puesto de responsabilidad en el gobierno de la nación. Puku, herido en su orgullo ante el rechazo a la que él consideraba una versión ingeniosa  y meritoria de un relato universal, recurrió al jurado del Concurso aduciendo que más del cincuenta por ciento de la población estaba a favor de la obra.
De todas formas, la polémica quedó definitivamente borrada, como arrastrada por un violento huracán, cuando dos días más tarde Puku apareció muerto en circunstancias extraordinarias que dejaron sin habla a toda la ciudad. El cuerpo se encontró en su habitación de la residencia de concursantes, tumbado en la cama sin ningún signo de violencia y con una corona de cartón sobre la cabeza. En la mesita de noche había un vaso de agua con un poso blanquecino que más tarde los análisis identificaron como un veneno letal. La autopsia confirmó que había muerto envenenado.