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Foto: Oscar Martínez

7 de octubre de 2016

Crónicas de Helene




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Crónicas de Helene  
 01 -
La comarca de Urdaibai era durante la Edad Media una de las zonas más prósperas del Señorío de Bizkaia. A lo largo de los lejanos siglos de la prehistoria se había desarrollado con una evolución lenta y natural sin apenas influencias externas ni más sobresaltos que los caprichos de la Naturaleza. La población era escasa, dispersa y autosuficiente. Con la llegada de la religión cristiana, con sus monasterios, ermitas y conventos, la región se fue poblando de monjes, clérigos y predicadores, metiéndose en las casas por las rendijas de la ignorancia. Finalmente, con la implantación del sistema feudal se extendió por toda la zona el ambiente guerrero que dominaba el continente, llenando el paisaje de iglesias y fortificaciones.
Llegaron así las luchas por el poder, las fundaciones de villas, las repoblaciones, las alianzas y  enfrentamientos entre los señores más poderosos del país, que apoyaron a los diferentes reinos vecinos en la disputa de estas tierras. En Bizkaia, antigua parte de Navarra, ocupada ahora por el reino de Castilla, esas luchas de bandos se identificaron como pugnas entre gamboínos y oñacinos, dos familias destacadas de la región, que se pusieron del lado, unos del rey de Navarra y los otros del de Castilla, a cambio de títulos, propiedades y privilegios.
Cerca de cincuenta torres preparadas para la acción militar se levantaron en aquella época en la pequeña zona y durante dos siglos el paraíso que constituía la ancestral “tierra de jabalíes” (urdaibai, río de jabalíes), se convirtió en un hervidero de actividades bélicas, crímenes y venganzas.
En la margen derecha del río Oka —que dividía en dos la comarca formando extensas marismas y arenales antes de llegar al mar—, se encontraba la población rural de Mendata, uno de los enclaves más escondidos y vírgenes de toda la región. Se podría decir que su único contacto con el mundo exterior era el Camino de Santiago que lo cruzaba de este a oeste. Era un reducto tranquilo, inalterado desde siglos atrás. Sin embargo, al llegar estos nuevos tiempos, tres poderosos y amenazantes torreones se alzaron en sendas colinas libres de bosques, dominando los caminos y protegiendo las minas, ferrerías y molinos de sus dueños. Eran los de Albiz, Belendiz y Gareka, grandes señores alineados con los oñacinos. Otros hidalgos, que no apoyaban al rey castellano o eran menos belicosos, habitaban también el lugar en sus casonas tradicionales y disfrutaban de la abundancia de aquellas tierras, ajenos a las peleas y alardes de poder de sus vecinos de las casas-torre.
A mediados del siglo XIV, en pleno apogeo de esta situación convulsa de guerras entre reinos y luchas banderizas, llegó a este lugar recóndito una familia de emigrantes de Occitania, procedentes de la ciudad de Montalban, huyendo del acoso y persecución de la Iglesia de Roma. Eran cátaros, la doctrina considerada hereje por la Iglesia y aplastada a sangre y fuego en el siglo anterior por la Cruzada Albigense, promulgada por el Papa Inocencio III, y que todavía seguía siendo perseguida con saña por la Inquisición. El pensamiento cátaro se había opuesto a las enseñanzas de la fe católica, especialmente al abuso de poder y al enriquecimiento por parte de la jerarquía eclesiástica, lo que le hizo ser visto con simpatía por el pueblo llano y con odio por el Papa y los Obispos.
La persecución de los herejes, dirigida por el sanguinario Simón de Montfort, un noble normando protegido y alentado por el Papa Inocencio III y el rey de Francia Felipe II Augusto, había dejado a su paso terribles episodios, como la batalla de Béziers a comienzos del siglo XIII, donde murieron sus veinte mil habitantes, la mayoría ardiendo dentro de las iglesias. Esta feroz Cruzada fue rematada por la Inquisición a lo largo de los siglos XIII y XIV. La mayoría de los hombres buenos del catarismo, así llamados por la doctrina que predicaban, fueron ajusticiados y muchos de ellos acabaron en la hoguera.
Pero no todos murieron en aquellos funestos tiempos. Unos permanecieron allí escondidos organizando la resistencia contra el poder y otros iniciaron el camino del destierro. La mayoría emigró hacia el Este, con destino a Catalunya y Lombardía, pero hubo algunos que se dirigieron hacia el Poniente, como lo hizo el pequeño grupo que alcanzó la zona de bosques de Urdaibai, situada en la costa del golfo de Bizkaia.
La familia de los Moissac estaba compuesta por el matrimonio Joannes y Constance y sus cuatro hijos Roger, Helene, Blanche y Arnaud. Llegaron a Mendata siguiendo el Camino de Santiago y pidieron asilo y refugio a los habitantes del lugar. Como eran gente adinerada de la nobleza occitana acudieron en un primer intento a los hidalgos de las casas-torre de la zona, pero fueron rechazados por ser extranjeros y herejes, pues estos señores de Albiz, Belendiz y Gareka apoyaban al Rey de Castilla y, en consecuencia, al Papado. Finalmente, tuvieron la fortuna de ser recibidos por un hidalgo dueño de grandes propiedades de la zona llamado Santxo y apodado Zaharra (el viejo) por su aire venerable con sus largas barbas y melenas blancas. Los acogió en su casa solariega de Zarragoiti y les ayudó a construir su nuevo hogar. Y aunque no era amigo de castillos y torreones, él mismo les aconsejó construir una casa fortificada y dónde situarla, como elemento defensivo de los ataques de aquellos vecinos hostiles.
La casa-torre de los Moissac se construyó en lo alto de una de las muchas colinas que daban relieve al paisaje de Urdaibai, donde únicamente en las marismas y arenales de la Ría se podía extender la vista más allá de una legua si se miraba hacia el mar. La fortaleza dominaba la ruta del Camino de Santiago, enlazando las pequeñas poblaciones de Lekeitio, Markina y el monasterio de Ziortza, con Gernika y Bermeo, las nuevas villas florecientes de la comarca. Se levantó con planta pentagonal, lo cual era una completa rareza para este tipo de construcciones, y tal disposición se atribuyó a las prácticas esotéricas que según algunos se asociaban a los cátaros.
Estos occitanos, que llegaron perseguidos a Bizkaia, se adaptaron rápidamente a la forma de organizarse de los vascos y, aunque empezaron comunicándose en latín, pronto aprendieron el euskera, la lengua propia de Urdaibai, integrándose perfectamente entre las casas solariegas de su entorno. A la nueva casa-torre la llamaron Montalban, en recuerdo de su ciudad de origen.
A pesar de que el pequeño grupo de Parientes Mayores de aquel lugar los había acogido de buen grado, incluso ayudándoles a construir la torre, como lo había hecho el señor de Zarragoiti, no lo fue así por parte de los jefes de los linajes vecinos —como los tres ya mencionados— que, con la excusa de su religión y de su no alineación en las luchas banderizas, adoptaron una actitud agresiva contra ellos, haciéndoles la vida difícil a base de desprecios e influencias en su contra en las Juntas de Gernika, donde intentaban perjudicarles. Hubo peleas entre los jóvenes de ambas partes. Incluso se llevaron a cabo robos de ganado, incendios de cosechas y agresiones, que finalmente acabaron en tragedia.
Era costumbre en aquellos tiempos de altanería y competencia entre los jauntxos demostrar quién valía más entre ellos y la conquista —o ultraje, que todo les estaba permitido— de las más bellas doncellas del entorno, era uno de sus más deseados trofeos. El señor de Belendiz, jefe de linaje de las tierras que lindaban con las de Montalban, se había encaprichado de la hija mayor del señor de la torre cátara y no tenía en su cabeza otra obsesión que la de poseerla. Bella, supuestamente virgen y hereje, qué más podía pedir aquel cacique pendenciero para demostrar su valía. Era uno de los señores que dominaban la comarca y entre otros abusos y excesos cometidos impunemente tenía a gala desflorar a las vírgenes de su alrededor. Acostumbraba a marcar una muesca en el filo de su espada por cada una de sus víctimas, de lo cual hacía gala, y se le había oído decir que así destrozaba mejor el cuerpo de sus enemigos, como había destrozado la virginidad de sus hijas.
Helene contaba entonces veinte años y vivía en la casa-torre acompañada siempre de su fiel criada, Benicia, que la cuidaba desde la infancia. Sus padres Joannes y Constance estaban orgullosos de su carácter fuerte, de su inteligencia y de su belleza.
Hubo un día en que el tal señor, saltándose el código del honor y de la caballerosidad que imperaba en las luchas banderizas, mandó espiar los movimientos de los hombres de la casa de Montalban y cuando supo que marcharon de caza para dos días y que sólo quedaban en el castillo las mujeres, varios niños y un viejo criado, se puso en marcha con su escudero de confianza, al que prometió “parte del botín”, llegando al pie de la casa-torre a primeras horas de la tarde de un día de otoño cálido y ventoso. Como la familia de Moissac, debido a sus creencias y a su condición de extranjeros, no participaba en las guerras banderizas que asolaban la región, no temían ataque alguno, pues no creían tener enemigos y, aunque los de Belendiz les habían negado su ayuda al llegar desterrados y posteriormente habían tenido sus encontronazos con los dos hijos de Montalban, fueron recibidos como huéspedes. Dejaron sus caballos al cuidado del criado y se presentaron ceremoniosamente a la señora de la casa. Dieron a entender que venían a negociar un intercambio de tierras que podía ser beneficioso para ambos linajes y fueron invitados a los aposentos nobles de la casa-torre, situados en la segunda planta. Preguntó el de Belendiz si estaba en la casa la hija mayor para presentarle sus respetos, pero Constance les dijo que Helene estaba en su habitación pero que no intervenía en los asuntos comerciales de la familia y que tampoco tenía por costumbre recibir a extraños y menos si venían armados.
Fue entonces cuando los dos rufianes saltaron de sus sillones e inmovilizaron a la dama dejándola amordazada. Subieron por la estrecha escalera y cuando Helene abrió la puerta, al escuchar los ruidos, el señor de Belendiz se abalanzó sobre ella tirándola sobre la cama, mientras el escudero sujetaba a la criada por el cuello. El de Belendiz cerró la puerta con cerrojo y se fue quitando la túnica, las botas y las calzas. No estaba exento de atractivo. Alto y musculoso, con una barba rojiza alborotada y los ojos gris azulados, parecía un guerrero vikingo, descendiente lo más seguro de aquellos que asolaron la costa cuatro siglos antes.
Helene, pálida y horrorizada, saltó de la cama refugiándose detrás de la mesa al tiempo que cogía un gran candelabro.
—No tengas miedo pequeña hereje, que no te va a pasar nada —clamó el caballero, girando en torno a la mesa—. ¿No predicáis los cátaros el amor libre?, pues te ha llegado la hora de demostrarlo. ¿Qué te parece Fabián, ¿no crees que sería algo justo por su parte?
—Totalmente, amo —contestó el sicario riéndose a carcajadas—. Échale mano, que ya me encargaré yo de esta fiera con bigote.
De nuevo se abalanzó el de Belendiz sobre Helene, pero esta vez estaba preparada y le sacudió con el candelabro un buen golpe en el brazo que le hizo blasfemar y retroceder. Helene aprovechó el instante de vacilación y corrió hacia la puerta, pero el jauntxo le puso la zancadilla y cayó sobre ella, aplastándola contra el suelo.
—Ya te tengo maldita. Ahora verás.
Benicia, mientras tanto, no paraba de pisar y patear al llamado Fabián, pero este la tenía cogida del cuello por detrás y estaba a punto de asfixiarla.
Con groseras risotadas y el aire bravucón, el señor de Belendiz comenzó el terrible forcejeo. Empezó a rasgar e intentar apartar las varias capas de túnicas y faldas que llevaba Helene, mientras ésta pataleaba y arañaba con todas sus fuerzas. Llegó un momento en que Helene sintió que iba perdiendo las fuerzas y aparecieron sus muslos en fugaces sacudidas. El escudero, que sujetaba a la criada con una mano, contemplaba excitado el espectáculo y comenzó a masturbarse con la mano libre, sacando el miembro a la vista.
Mientras, el de Belendiz, también con su pene erecto, intentaba consumar la violación con las sacudidas de un perro en celo que no encuentra el camino, sus piernas abiertas, los genitales a la vista. Giró el cuerpo de Helene hasta obligarla a ponerse a gatas y entre jirones de lino y seda quedó finalmente a la vista el sexo de Helene. Con la postura de un animal rabioso, el bruto sujetó con fuerza los muslos de Helene y aproximó el pene para el ataque definitivo. En ese momento entró Benicia en acción. La criada era una mujer de campo con los brazos tan fuertes como los de un hombre y la cabeza tan firme como la de dos. No dudó en agarrar el miembro del escudero, sacudiéndoselo, mientras le decía: “deja que te lo hago yo mejor”, dedicándose a ello con empeño. Entre lo que veía y lo que sentía, Fabián llegó al instante crítico en el que se quedó como alelado, a punto de explotar, aflojando la presa sobre Benicia. Bien sabía ella que era el momento de aprovechar. Se apoderó del puñal que llevaba el matón en la cintura y se lo ensartó limpiamente en mitad del hígado.
El escudero llevó la mano instintivamente al mango del puñal y cayó de espaldas al suelo sin decir una palabra. Benicia no perdió un segundo, se dirigió al fuego bajo, que iluminaba la escena con luz siniestra, y cogiendo un leño con el extremo en llamas, se encaminó a la espalda del señor de Belendiz y lo aplicó con todas sus fuerzas en aquellos testículos bamboleantes, produciéndose un chirrido de grasa fundida y un olor apestoso. El aullido del noble hizo temblar hasta las cortinas de la alcoba. Estaba acostumbrado a los gritos desesperados de sus víctimas, pero este era bastante más terrorífico y salía de su propia garganta. Por un momento miró a Helene con ojos de espanto y sorpresa infinita y cayó hacia atrás desvanecido.
Hubo unos momentos de tenso silencio sólo roto por la respiración agitada de Helene, sentada en el suelo medio desnuda, y el crepitar del leño ardiendo, todavía en manos de Benicia. El caballero estaba tumbado en el suelo, sin conocimiento, con una columnilla de humo blanco subiéndole de la entrepierna, el rostro desencajado. El escudero yacía muerto también boca arriba, sujetando con las dos manos el mango del puñal clavado en su cuerpo. Los dos penes antes tan ufanos y orgullosos presentaban el ridículo aspecto de la derrota.
Como sin querer participar en la terrible escena el sol del atardecer se colaba tímidamente por la ventana y sus últimos rayos teñían de sangre los ribazos de las marismas lejanas. Todo había ocurrido en un instante.
Helene y Benicia se miraron a los ojos y no necesitaron intercambiar palabras. Arrastraron los cuerpos hasta el ventanal y los arrojaron al vacío, oyéndose un chasquido desagradable al chocar contra las losas del suelo. Liberaron a la madre de sus ataduras y bajaron hasta el pie de la torre, comprobando que los dos hombres estaban muertos.
Poco a poco las tinieblas fueron ocultando la macabra escena y en la casa-torre nadie habló, ni comió, ni durmió en toda la noche.
Al día siguiente llegaron el señor de Montalban y sus hijos varones y se quedaron pálidos al contemplar los cadáveres y oír la historia. Decidieron ocultar la tragedia, para lo cual sacrificaron los dos caballos, que conservaron en trozos para comida y los cuerpos de los Belendiz fueron desnudados, quemaron la ropa, y fueron trasladados a lo más profundo del bosque, donde en pocos días fueron pasto de los lobos.
Nunca se supo la causa de su desaparición, que se acabó atribuyendo a alguna represalia de las guerras banderizas que asolaban la comarca.

02 –

La casa solariega de Zarragoiti se alzaba orgullosa en las proximidades de la torre de Montalban. El Pariente Mayor o jefe del linaje, Santxo Zaharra era un personaje popular gracias a su asiento en las Juntas bajo el Árbol de Gernika, a su aspecto imponente debido a su altura, la barba blanca y la melena hasta los hombros y, sobre todo, por sus juicios sensatos y su personalidad fuerte que le hacían ser conocido y respetado en todo Urdaibai. Aunque partidario del rey vasco de Navarra de la que, según él, Bizkaia nunca se debió separar, no se le pasó por la cabeza coger las armas en su apoyo ni buscar privilegios por su defensa. Era independiente y pacífico, pero a la vez enérgico, y así lo había transmitido a sus hijos Eneko y Harri.
Su casa no era una torre defensiva ni con pretensiones de competir con las construcciones singulares de los otros Parientes Mayores de la zona, como las de Albiz o Belendiz, y no crecía a lo alto pretendiendo dominar el paisaje, sino a lo ancho como queriendo integrarse en él. Con un enorme tejado a dos aguas y dos alturas parecía, vista desde lejos, como un águila majestuosa con las alas extendidas para proteger a sus polluelos. Y desde luego que cabían polluelos bajo su techumbre, pues fue la casa que acogió a los cátaros cuando llegaron perseguidos por la Inquisición y en ella vivieron mientras se construía la torre de Montalban.
Cuando los Moissac pasaron a vivir en su nuevo hogar, Joannes y Santxo Zaharra siguieron manteniendo una estrecha relación, pues aunque tenían creencias religiosas dispares (de hecho los Zarragoiti no pisaban jamás la iglesia y seguían creyendo en los dioses de la Naturaleza), su actitud ante la vida era muy similar. Con el tiempo, se hicieron como hermanos. Solían sentarse al atardecer debajo de la gran parra en el portalón de Zarragoiti Etxea bebiendo el vino o la sidra que allí mismo fabricaban y hablaban de los azarosos y violentos tiempos que les había tocado vivir, en los que procuraban no verse involucrados.
Sancho, por su asiento en las Juntas Generales de Gernika, estaba al tanto de las luchas por el poder que se libraban en el vecino reino castellano; no en vano el Señor de Bizkaia que las presidía con todos los honores bajo el árbol sagrado, Don Tello, era hermanastro de Pedro I el Cruel, rey de Castilla,
—He oído cosas terribles de este Don Tello —dijo Joannes—. No te llevas bien con él, ¿verdad?
—No te puedes hacer idea de las barbaridades que este bastardo lleva cometidas. Muchos de por aquí lo tienen en consideración por haber conseguido del rey la carta-puebla para Gernika y Markina con sus derechos y privilegios; pero la lista de intrigas, traiciones y crímenes cometidos es interminable. Hace pocos años mató en su propio palacio de Bilbao al jefe de uno de los linajes más importantes de Bizkaia, Juan de Avendaño, en un acto de chulería inconcebible en un caballero, pues lo arrojó por la ventana de la torre donde comían porque Don Juan lo había dejado en ridículo en un juego de caballos y cerdos salvajes que habían celebrado en la plaza.
Todas estas cosas se las contaba Sancho a Joannes porque al tener una casa-torre tan robusta y bien situada como la de Montalban debía estar preparado contra todas las tropelías que se estaban cometiendo en Castilla y que se prolongaban en Bizkaia con las luchas banderizas.
De lo que nunca volvieron a hablar fue del trágico fin del señor de Belendiz y su escudero tras el intento de violación de Helene. Joannes había contado en su momento a Santxo aquella historia espeluznante porque sabía que guardaría el secreto. No obstante era un tema que guardaban en su fuero interno y les preocupaba, porque aquellos vecinos les odiaban por sus costumbres y su forma de ser independiente.
También nació una gran amistad entre sus hijos mayores Helene y Eneko. Se siguieron viendo todos los días, porque les gustaba pasear por los bosques de alrededor y a veces llegar hasta los arenales de la costa. Ellos hablaban del futuro y no veían amenaza alguna para su felicidad.
—Es lo que tiene el vivir bajo el mismo techo —dijo el viejo Santxo cuando desde su atalaya les vieron marchar hablando en tres idiomas a la vez y riéndose sin parar—. Yo lo llamo “el milagro de las tejas”. Es el efecto del carácter sagrado que tiene la casa por estas tierras. Los que conviven bajo el mismo tejado acaban siendo de la familia.
—Sabio pensamiento —contestó Joannes—. No ocurre lo mismo en las grandes villas como Toulouse o Montalban. Aquí vuestros caseríos son como parte del paisaje. Hermosa pareja la de nuestros hijos, ¿no te parece?
La generosa acogida de Santxo al occitano y su ayuda para edificar la casa-torre en sus tierras, marcó para siempre la relación entre las dos familias, que quedó definitivamente anudada con lazos de sangre cuando Helene y Eneko se casaron. Helene pasó a vivir de nuevo a la casona Zarragoiti, junto con su hermana menor Blanche y la criada Benicia, y en la casa-torre quedaron el matrimonio Moissac, sus otros hijos y el viejo criado. La llegada de las mujeres a la casa fue una bendición para Santxo porque su mujer, Anna, la madre de Eneko, había muerto unos años antes. Helene pasó a ocupar su papel de etxekoandre (señora de la casa) y Benicia su sitio en las labores del hogar.
Tras el matrimonio de los jóvenes herederos de ambos linajes, la vida en aquellos lugares rodeados de bosques, a medio camino entre el mar y la montaña, transcurrió tranquila y próspera durante unos cuantos años. Las luchas banderizas entre oñacinos y gamboínos, que por la zona de Gernika y Busturia estaban asolando la comarca, no tenían repercusión en las dos familias, pues los cátaros por su doctrina y los vascos de Zarragoiti Etxea por su forma de ser —independiente y pacífica— no tomaron partido por ninguno de los dos bandos.
Nacieron nuevos retoños -Helene y Eneko tuvieron dos hijos seguidos, Iñigo y Oier- y cayeron viejas ramas del árbol familiar. Los mayores fueron acercándose al fin de sus vidas y llegó un momento en que Joannes, sintiéndose enfermo, quiso hacer testamento porque, según confesó a su amigo Santxo, había algo muy importante que sus hijos debían llevar a cabo cuando él muriese, algo que tenía guardado en el mayor de los secretos y que nunca quiso contar a sus hijos por el riesgo que suponía.
Dictó el testamento al escribano del concejo de Gernika y quedó redactado en perfecto latín. Este escribano, de nombre Nuño, era un monje franciscano del convento de Bermeo, al que Santxo no podía ni ver porque siempre transcribía al revés sus alegaciones en euskera en las Juntas Generales; pero no había otro escribano hasta Bermeo. Una copia se entregaría a Roger a su muerte y otra a Helene, quedando el original en el archivo de la Casa de Juntas.
Cuando murieron Ioannes y Constance, uno detrás de otro y no muy viejos pero enfermos y desgastados por una vida llena de penalidades, los hijos abrieron el testamento. Todo estaba de acuerdo con lo previsto —la casa-torre de Montalban pasó a manos del hijo mayor Roger de Moissac y el resto de propiedades se repartía equitativamente entre los hermanos—, pero lo que dejó a todos sorprendidos y conmocionados fue la mención por parte de Joannes de una arqueta con monedas de oro —él las llamaba “las monedas de Béziers”—, que eran patrimonio de los cátaros de Toulouse, y habían sido entregadas a los Moissac cuando escaparon para salvarlas de las requisas de la Inquisición. Este tesoro debía ser devuelto a sus dueños al terminar la persecución religiosa. Joannes rogaba a Santxo y a Eneko que ayudasen a sus hijos a protegerlo y devolverlo. El testamento hacía mención expresa a la existencia de cien monedas de oro, pero sin decir dónde estaban depositadas. La única referencia al posible lugar era la frase que aparecía escrita en occitano en el encabezamiento del manuscrito bajo el sello de los Moissac: En lo pentagrama sagrat lo nombre d'aur amaga l'aur.
Nadie de la familia había oído nunca tal sentencia ni sabían lo que podía significar. En romance castellano quería decir: “En el pentagrama sagrado el número de oro oculta el oro”, lo cual tampoco aclaraba nada. Sin duda, Ioannes ingenió este código a modo de divisa del escudo para evitar que alguien ajeno a la familia pudiese localizar las monedas si el testamento caía en sus manos pero, al mismo tiempo, que fuese fácil de interpretar para los suyos.
Durante los días posteriores a la muerte de su padre, Helene y sus hermanos estuvieron buscando el cofre con las monedas de Béziers por toda la torre, pero no fueron capaces de descifrar el mensaje y localizar el escondite. ¿Dónde estaba el pentagrama sagrado? ¿Cuál era el número de oro? Finalmente lo dieron por imposible, quedando los hermanos Roger y Armaud con el encargo de seguir buscando algún posible escondrijo por todos los rincones del castillo, incluidos los establos.
Pasó el tiempo y el asunto perdió la importancia debida, a la espera de que en algún momento de lucidez alguien descifrase el enigma del testamento.
Un día, ocurrió un hecho aparentemente inofensivo que fue la causa de que una terrible tragedia cayese de nuevo sobre la familia Moissac y al mismo tiempo las monedas de Béziers cobraran protagonismo.
Habían transcurrido varios años de la muerte del señor de Belendiz en la torre de Montalban a manos de Helene y Benicia y el desgraciado suceso se había atribuido a una emboscada de los soldados gamboínos. Esto había provocado el aumento de las escaramuzas con los oñacinos pero, ¡tantas batallas se habían librado desde entonces entre las dos banderías, tantas venganzas y disputas!, que aquel siniestro episodio había quedado como un eslabón más en la cadena de las calamidades que sufría la comarca. Excepto, como es natural, para los descendientes de aquel feroz caballero. Los cuerpos nunca habían aparecido y la afrenta seguía latente en el corazón de sus hijos.
Sucedió que al viejo criado de los Moissac, que no era cátaro sino un lugareño de un pueblo cercano, le llegó la hora de la muerte y pidió que llamaran a un cura católico para confesar sus pecados y morir en paz. No fue fácil encontrar un clérigo por aquellos parajes dispuesto a acudir a un lugar considerado medio hereje por los habitantes de la zona, pues todos sabían que los de Montalban llegaron allí perseguidos por la Iglesia. Finalmente, localizaron a un fraile dominico de nombre Simón, que estaba predicando cerca de allí, en Arratzu, y que se aprestó a acudir a la casa-torre de Mendata.
¡Tremendo error!, pero quién iba a saber entre aquellos vascos alejados del mundo que los dominicos se fundaron precisamente en el siglo XIII para luchar contra la herejía cátara, primero en la Cruzada de Inocencio III y posteriormente con la Inquisición. El tal Simón de Folquet, descendiente de un antiguo obispo de Toulouse, había viajado desde Pamplona con la misión expresa de vigilar al grupo de cátaros que los espías de la Orden daban por hecho que se habían refugiado en la comarca de Urdaibai. Cuando le vinieron los aldeanos a pedirle confesión para un moribundo de la casa-torre de Montalban, el dominico Simón se frotó las manos agradeciendo a Dios la ocasión que se le presentaba de fisgar en aquella familia que, según sus datos, eran originarios de la ciudad de Montalban en el sur de Francia, no muy lejos de su Toulouse natal.
El premio para el dominico fue doble. No sólo pudo comprobar que en una de las paredes de piedra del castillo figuraba grabada la cruz de los cátaros, confirmando sus sospechas, sino que el moribundo relató al cura todo lo sucedido el día funesto en que el señor de Belendiz intentó forzar a la hija de su amo y resultó muerto junto con su escudero. Supo, también, lo que hicieron con los cuerpos. Murió el criado tras el perdón del monje y pudo descansar en paz, porque en su conciencia había pesado siempre el ocultar el crimen cometido en aquella casa y el haber ayudado a los de Montalban a deshacerse de los cadáveres.
El siniestro Simón vio clara la oportunidad que se le presentaba de acabar con los herejes, sin correr el riesgo de ser descubierto o denunciado por los paisanos del lugar. Acudió con presteza a la casa-torre de Belendiz y, olvidándose del secreto de confesión, puso al corriente a los hijos de lo acontecido a su padre años atrás en la torre de Montalban, ocultando, por supuesto, el intento de violación de la joven Helene. Descubierto el crimen, ignorado durante años, la venganza fue terrible, propia de aquellos tiempos oscuros de las luchas banderizas.
No tardaron los de Belendiz en organizar el ataque y dos días más tarde, aprovechando la oscuridad de una noche sin luna, llegaron con sus soldados a la cima de la colina donde se asentaba la torre, tiraron abajo la puerta de entrada y pasaron a cuchillo a todos sus habitantes. Luego dieron fuego al torreón y al bosque que lo rodeaba. De nuevo el odio y la crueldad volvían a caer sobre el desdichado linaje de los cátaros de Montalban.
Los de Belendiz, que pertenecían al bando de los oñacinos, justificaron su ataque acusando a los Montalban de apoyar a los gamboínos, a los que ya habían atribuido años atrás la muerte de su antepasado en una emboscada. Nadie dijo ni escribió que los de Montalban no eran gamboínos, no tenían armas ni soldados a su servicio y que fueron por tanto asesinados sin posible defensa.
Pero ni Helene, ni Blanche, ni su criada Benicia estaban entre los muertos en el asalto en el que perdieron la vida sus hermanos con sus familias y criados. Contemplaron impotentes y llenas de espanto la matanza desde una ventana del caserón de los Zarragoiti y les llamó la atención la presencia entre los atacantes del fraile que había acudido unos días antes a confesar al viejo criado en su lecho de muerte. Le vieron recorrer los muros humeantes con una antorcha en las manos, entrando y saliendo de la torre y después marchar entre las sombras con un bulto bajo la capa. ¿Qué hacía aquel clérigo con los asaltantes? Entonces recordó Helene las palabras del criado antes de morir, cuando le dijo que quedaba en paz al haberse confesado de su participación en el antiguo crimen cometido en la torre, y vio claro que el motivo del asalto de los Belendiz era la venganza por la muerte de su padre. El fraile dominico les había informado sin tardar, contando lo relatado por el criado en su confesión. Seguramente le pagarían con treinta monedas de plata como a Judas Iscariote. El miserable aprovechó luego el incendio para robar el dinero y las joyas que había en la casa. Allí mismo juró ella también venganza, trazando el signo de Lucifer en el rocío de la ventana. Sabía el nombre del traidor: Simón de Folquet, occitano como ellos, hijo bastardo de un preboste de Toulouse.
Tras la destrucción de la casa-torre y la muerte de sus herederos, el nombre de Montalban no volvió a aparecer en las crónicas ni registros de Bizkaia y solo quedó para recordarlo el testimonio de la torre cátara de los cinco lados, con sus muros ennegrecidos. Helene y su hermana Blanche, las únicas supervivientes de la familia Moissac, quedaron dueñas del solar de Montalban, pero no quisieron saber nada de reconstruir la hermosa torre y mucho menos de vivir allí algún día. Después de dar sepultura a los cuerpos y recuperar los objetos de valor que pudieron encontrar, la casa-torre quedó abandonada.
Helene siguió pensando en la desaparecida arqueta de Béziers. Estaba convencida de que el lugar donde la guardó su padre tenía que ver con los conocimientos esotéricos que aprendió de joven en Toulouse de sus maestros cátaros, y creía tener una idea para descifrar el sentido de la frase incluida en el testamento.
Partiendo de la idea de que el enigma tenía que ser fácil de descifrar para alguien de la familia, dedujo que “el pentagrama sagrado” se refería a la misma casa-torre; primero, porque la torre era de planta pentagonal y, segundo, porque la casa era un lugar sagrado para ellos. Era lo lógico.
Siguiendo con la frase del testamento, el oro se encontraba oculto en “el número de oro”. También parecía claro para ella que este “número de oro” era el número áureo de la geometría pitagórica, que es la relación entre la longitud de un segmento y una de sus partes cuando se encuentran en una proporción especial y que geométricamente se encuentra definido en los lados del pentágono. Según eso, pensó que el tesoro tenía que estar no dentro de la casa, donde habían mirado la primera vez, sino en el interior de los muros, en los lados del pentágono, en un punto de las paredes de la torre que cumpliera esa proporción. Para los cátaros, familiarizados con el esoterismo, parecía fácil de descifrar, en cambio para alguien ajeno al conocimiento de la geometría o a las ciencias ocultas sería imposible. Era lo que su padre seguramente pensó al idear la frase cuando llegaron a Mendata y construyeron la torre. No podía dejar las monedas a la vista o en el fondo de un arcón fácil de buscar, o en una cántara de aceite, como se le habría ocurrido a ella.
Llena de emoción, habló con Santxo y Eneko y les explicó sus deducciones. Estaba convencida de haber dado con la clave. Los dos hombres se quedaron asombrados de los conocimientos de Helene sobre aquellos enigmas de los que no habían oído hablar en su vida y dedujeron, sin atreverse a decirlo, que la nueva dama de Montalban tenía poderes especiales. Enseguida hicieron planes para intentar localizar aquel punto mágico de los muros.
El problema consistía en encontrar en cuál de los cinco muros de la casa-torre se encontraba el lugar señalado y a qué altura. Podía estar en cualquiera de ellos. Dieron vueltas y revueltas hasta que de repente Blanche, que era tan inteligente como su hermana mayor o, por lo menos, había recibido las mismas enseñanzas, se quedó mirando uno de los sillares de la pared y exclamó:
—¡Ya lo tengo! Tiene que ser este bloque. ¿No habéis visto la cruz cátara que tiene grabada?
En efecto, en una de las piedras de la fachada principal, a la altura de la vista, se veía grabada una especie de cruz de brazos curvos rodeada de doce pequeños círculos, la misma que había visto el dominico cuando fue a confesar al criado. Eneko dio varios golpes con una maza y los comparó con golpes similares en los bloques contiguos. Los sonidos eran diferentes, más graves en la piedra grabada. ¡Detrás había un hueco! En plena agitación miraron todas las junturas para ver la forma de extraer la piedra pero no se apreciaba ninguna rendija ni diferencia con el resto de sillares. Era imposible sacarla. Parecía que el acceso al espacio interior, si lo había, tenía que ser desde dentro de la casa. Pasaron al interior de la torre y se situaron en la misma posición del bloque de la fachada pero con un metro de muro por medio. Los nervios y la excitación fueron en aumento. El interior de la casa-torre era un desastre. Cuando años antes buscaron por toda la casa, los muros estaban cubiertos por muebles, escaleras, paneles de madera, tapices y cortinajes. Ahora, que todo había ardido, el suelo estaba sembrado de restos quemados, cenizas y escombros, y las paredes se veían ennegrecidas pero al descubierto.
Señalaron el lugar entrando y saliendo de la torre, midiendo las distancias con cuerdas, y tropezándose unos con otros, tan acelerados como si temieran que las paredes se fuesen a derrumbar de un momento a otro. A los primeros golpes cedieron las piedras del punto elegido dejando a la vista un hueco oscuro en el que de momento no se veía nada. Corrió Eneko a por unas lámparas de aceite, quitaron más piedras y metieron la cabeza por el agujero. ¡Allí no había arquetas ni monedas por ningún lado!... Santxo metió su largo brazo y recorrió todo el hueco tanteando por ver si había otra cavidad más adentro y sus dedos tropezaron con una especie de palo corto que al sacarlo a la luz resultó ser un rollo de pergamino medio quemado atado con un cordel. Los corazones les saltaron en el pecho. El cordel se deshizo al tirar de él, extendió Helene el rollo sobre una piedra y leyó en voz alta unas palabras escritas en latín que decían:
“Katari amici - Gratias quia caritas - Retribuat vobis Deus - Simón de Folquet.”
… que en vulgar romance significaban: “Gracias por la limosna amigos cátaros - Dios os lo pague - Simón de Folquet.

03 –

Durante toda la noche a Helene le estuvieron resonando en la cabeza las carcajadas siniestras del dominico cuando escapaba de la torre con el cofre. Era como si las estuviese oyendo al otro lado de la puerta y no pudo dormir. Ardía en cólera y en deseos de venganza.
Sabía que su viejo criado había confesado al fraile la muerte del señor de Belendiz en la casa-torre, porque así se lo contó antes de morir, y que era, por tanto, el clérigo el causante de la matanza; pero no podía entender cómo había llegado a sus oídos la existencia de la arqueta con las monedas.
Solo había una explicación: que el escribano del concejo de Gernika, de nombre Nuño, el que se había encargado de redactar el testamento de Ioannes de Montalban, como era fraile franciscano y, por lo tanto, también perseguidor de los cátaros, le había trasladado al dominico el contenido del mismo para que actuase contra aquellos herejes. Folquet había demostrado estar versado en las ciencias ocultas y ser más listo que ella, descifrando rápidamente el enigma. Recordó cuando la noche del incendio lo vio con una antorcha en la mano merodeando por la casa-torre y le dio un ataque de rabia que le hizo reafirmarse en su juramento de venganza. La recuperación del tesoro y la venganza de su familia tenía un solo nombre: Simón de Folquet. Y al evocar su figura siniestra se le hinchaban las venas de las sienes y solo pensaba en estrangularlo.
A la mañana siguiente lo primero que hicieron Eneko y su padre Santxo fue acudir a las Juntas Generales de Gernika, a denunciar el asalto de los Belendiz a la casa-torre, acusándoles del asesinato de todos sus habitantes, del incendio de su casa-torre y del robo de su dinero. Aquella denuncia no surtió efecto alguno porque el escribano, el fraile Nuño, presente en las Juntas, falseó todas las actas, aprovechando que traducía al latín lo que se hablaba en euskera, y procuró que fuera su versión la que llegara al Comendador y al Señor de Bizkaia: una batalla más, terrible eso sí, entre oñacinos y gamboínos, que había terminado con numerosas bajas por ambos bandos. Este Nuño debía favores a los Belendiz, entre otras cosas su nombramiento, ya que el jefe del linaje era uno de los cinco magistrados o alcaldes que participaban en el ordenamiento del Fuero de Bizkaia en las Juntas de Gernika. Gente por tanto muy poderosa y con múltiples influencias.
Tampoco sirvió de nada el prestigio y las atronadoras palabras de Santxo Zaharra bajo el árbol sagrado de Gernika, clamando contra la matanza de inocentes que se había llevado a cabo en sus propiedades, porque nadie se atrevió a salir en defensa de aquellos extranjeros perseguidos por la Iglesia. Los de Zarragoiti volvieron derrotados a sus tierras y decidieron dejar el asunto a la espera de circunstancias más favorables para reclamar sus derechos y el castigo de los culpables.
Pero Helene no se dio por vencida, ni mucho menos. Ahora, ella tenía la obligación de recuperar el tesoro y no cejaría hasta encontrarlo pues el honor de su familia dependía de su devolución. Perseguiría al dominico hasta el fin del mundo. "No me quites la venganza" le dijo a Eneko con gesto airado cuando le pidió una vez más que olvidase lo ocurrido.
Esta búsqueda y el juramento de venganza por la muerte de sus hermanos, la empujaron a emprender de inmediato nuevos caminos por su cuenta. En la cercana iglesia de Arratzu se enteró de que el dominico predicaba en las iglesias de Gernika, Busturia y Bermeo y que vivía acogido en el Convento de los Franciscanos de esta última villa, la más importante de Urdaibai, lo cual le confirmó la sospecha de que el escribano y el dominico habían estado en contacto en el convento. La misión que tenía era clara: denunciarlo ante las autoridades eclesiásticas y alcanzarlo antes de que se alejase de la comarca.
Tanto Eneko como su suegro Santxo la animaron en su empeño y prepararon el viaje tras las huellas del fraile. Los hombres se quedaron en la casa para cuidar de sus tierras y de la familia ante posibles represalias de los de Belendiz, no sin pensar que aquel viaje podía resultar peligroso al tener que cruzar por propiedades de los oñacinos, y Helene organizó la marcha llevando con ella a su criada Benicia, todavía fuerte y experimentada, y al joven Harri, hermano menor de Eneko, alto y duro como una roca, de acuerdo con su nombre, y bravo como un guerrero vascón. Blanche se haría cargo de los niños.
Prepararon tres caballos y una mula para viajar hasta Bermeo y dos días más tarde, en una lluviosa mañana de otoño, salieron de Mendata siguiendo la ruta del Camino de Santiago que une Ziortza con Gernika. Iban los tres cubiertos con capucha y amplias capas de lana para resguardarse de la lluvia y no ser reconocidos, pues debían pasar junto a los terrenos de los Belendiz. También la mayoría de las tierras que debían cruzar hasta llegar a Bermeo estaban dominadas por el bando oñacino. Cruzaron el puente de Artzubi y la calzada romana de Arratzu y cabalgaron cuesta abajo por caminos embarrados. Había estado lloviendo sin parar los días anteriores y la vega aguas arriba del río Oka estaba inundada. Cuando llegaron al puente de entrada a Gernika se encontraron con una actividad inusitada y una gran confusión en el embarcadero de la renteria (aduana), donde se controlaba la carga y descarga de las barcazas de fondo plano que trasladaban el hierro de las ferrerías hasta el puerto de Bermeo.
El comercio del hierro era una de las principales fuentes de riqueza de Urdaibai y las numerosas ferrerías de la zona, junto con los bosques que las alimentaban, pertenecían a los linajes más poderosos del Señorío, lo cual era un motivo más de continuos pleitos y conflictos. Era en estos muelles, en los que el río se convertía en ría y se hacía navegable al subir la marea, donde se organizaban las cargas, se pagaban los impuestos y las embarcaciones navegaban aguas abajo al empezar la bajamar.
Seguía lloviendo y las aguas torrenciales del río camino del mar chocaban violentamente con el flujo ascendente de la marea y sacudían de un lado a otro a las embarcaciones atracadas, amenazando con arrancarlas de sus amarres. En medio de la intensa lluvia, los hombres gritaban como demonios saltando de lancha en lancha, lanzando cabos a los que corrían por los muelles, para evitar que se soltasen. No sería la primera vez en que alguna de ellas había acabado siendo arrastrada por la corriente y apareciendo destrozada a dos leguas de distancia en los arenales de Laida. La suciedad y el mal olor se acumulaban junto al puente, ya que a las aguas de lluvia se sumaban los vertidos fecales del recorrido y el arrastre de ramas, desperdicios y objetos diversos de los caseríos; incluso se veía flotando por la superficie el cadáver hinchado de algunos animales. En dirección al mar, la riada de color rojizo por el barro y el mineral de hierro, se distribuía por las marismas como las venas de un cuerpo gigantesco.
El espectáculo era desagradable y nauseabundo para los tres de Mendata, acostumbrados a las aguas cristalinas del río Golako, que brincaba por sus tierras moviendo fraguas y molinos. Algunos de aquellos carros de bueyes que esperaban la descarga bajo el aguacero podían ser de la ferrería de Arratzu que compartían los de Zarragoiti, pero los viajeros siguieron su camino sin detenerse y sin querer mirar aquel inesperado zafarrancho. No era el momento más adecuado para apreciar unas maniobras que en las tardes tranquilas de verano tendrían, sin duda, verdadero encanto, cuando los hombres se lanzarían bromas en vez de soltar juramentos y las mujeres los verían trabajar, saludándoles desde el puente.
Al tiempo que sonaban las campanas para el rezo del Angelus ya estaban los viajeros a las puertas del convento de las monjas clarisas de Gernika, primer objetivo del viaje. Dejaron las monturas sujetas a una argolla de la pared, llamaron a la puerta y Helene pidió hablar con la Madre Superiora. Se presentó como una dama de la casa-torre de Barrutia, muy cerca de Gernika, deseosa de entrar al servicio de Dios en aquel convento. La recibieron amablemente pero, como las monjas clarisas practicaban la Orden Segunda de San Francisco, le explicaron que la autorización para su ingreso debía proceder del Superior General de la Orden Franciscana que residía en el Convento de Bermeo. No le costó mucho a Helene conseguir de la Madre Superiora una carta de recomendación para presentarse en el Convento de Bermeo, ser recibida por el Padre Superior y solicitar su ingreso, con la promesa de aportar al convento de Gernika una generosa dote. Era lo que ella buscaba, pues allí se escondía el dominico cuando no andaba predicando.
Helene volvió contenta al lugar donde esperaban Benicia y Harri y se pusieron en marcha cogiendo el camino real de Gernika a Bermeo. Pararon a comer en una posada de Forua, próxima a la casa-torre de Urdaibai, declarados oñacinos (todos los de la zona lo eran), pero quién les iba a reconocer con aquellos atuendos. Tenían tiempo para pensar lo que harían si se encontraban frente a frente con el dominico. Los tres escondían entre sus ropajes puñales afilados, sin ánimo de usarlos, claro, — Benicia, el mismo que había ensartado en el cuerpo del zafio escudero de Belendiz—. Helene tenía además colgada al cuello una pequeña bolsa de cuero con una mezcla de polvos de digital y tejo, de efectos mortales según la dosis, con los que había soñado más de una vez dejar seco al maldito dominico, junto con otra bolsa con monedas de plata y cobre. Harri llevaba además a su espalda una ballesta y un canuto de cuero con veinte saetas colgado de la cintura. Componían un ejército poderoso para enfrentarse al fraile endemoniado.
Realmente la intención de Helene no era matarlo, ni mucho menos, sino la de someterlo a un duro escarmiento más terrible que la misma muerte, como podía ser la excomunión, el destierro, la miseria y la humillación pública. Para ello contaba, o creía contar, con el Superior de los franciscanos, cuando le narrara toda la historia. La violación del secreto de confesión o “sigilo sacramental” suponía por parte de la Iglesia la excomunión automática del fraile. Desgraciadamente no había testigos de aquella confesión, porque el viejo penitente estaba ya muerto, pero era de todos sabido que el predicador había acudido a Montalban a confesar al anciano criado y que pocos días después los soldados de Belendiz arrasaron la casa-torre. También apoyaba su versión el hecho de que ella y su hermana habían visto durante la noche del asalto, junto al castillo, la figura de Simón con su hábito blanco y la capa negra de los dominicos y una antorcha en la mano. Eso debía bastar para condenarlo. Solamente si lograba escapar de los mencionados castigos y presentaba batalla o intentaba huir, acabarían con él en alguna emboscada. Antes o después pagaría sus culpas.
No obstante, aún en el caso de que su relato al Prior del Convento provocase la expulsión, encarcelamiento o muerte del dominico, quedaría sin resolver la recuperación de las monedas, pues seguramente no le cogerían con ellas encima. Y aunque se viese a menudo a sí misma con la manivela del torno en la mano y al miserable clérigo en el potro de tortura confesando su escondite, tenía que pensar en algún otro procedimiento. Eso era lo más urgente, encontrarlo antes de que lo cazasen los soldados de la Iglesia.
Por el camino se cruzaron con gente armada a caballo y a pie, caballeros, escuderos, soldados mercenarios y aldeanos con carros escapando de sus hogares. Toda la margen izquierda del río Oka estaba controlada por el bando de los oñacinos con los castillos de sus principales linajes, en tanto que en la margen derecha levantaban sus torres los gamboínos, entre los que se encontraban los Arteaga, Kanala, Barrutia, y Mezeta. Los de Belendiz, que cambiaban de bando según su conveniencia, estaban ahora con los oñacinos, igal que los de Albiz, por lo que circular por aquellos parajes controlados por las torres de Forua, Madariaga, Busturia, Munitiz, Mendeka y Gana era más que peligroso.
En principio, habían decidido hablar solo en euskera como naturales del lugar, pues según pensaba Helene, la gente importante, los clérigos, escuderos y soldados mercenarios al servicio de los señores, incluso los señores mismos, castellanizados por sus matrimonios, solo hablaban romance o latín. El fraile dominico se había hecho famoso en toda la zona con sus prédicas amenazantes y estremecedoras y sin duda tenía espías por todas las esquinas a la caza de algún hereje. No era extraño que el retorcido individuo se hubiera puesto del lado de los oñacinos al servicio del rey castellano y por tanto de la casa de Belendiz. Si algún sicario oñacino los identificaba estaban perdidos. Sin embargo, no perdieron ocasión de preguntar por el fraile, como si necesitasen de sus servicios o deseasen oír sus sermones.
Siguieron con cautela el camino real a Bermeo y llegaron al anochecer a la hospedería adosada al Convento de los Franciscanos. Dejaron las cabalgaduras al cuidado de los criados y se fueron a dormir.
Al día siguiente, mientras desayunaban, se repartieron las distintas tareas a las que se iban a dedicar. Helene se las repitió una vez más: tenían que localizar al fraile antes de que desapareciese con el tesoro. Ella acudiría al Convento a entrevistarse con el Superior y comprobar si estaba allí hospedado. Benicia recorrería el mercado a la búsqueda de alguna pista y Harri se mezclaría con los mercaderes y marineros del puerto; ambos atentos a enterarse de alguna actividad del fraile o de alguna compra hecha con monedas de oro. Las dos mujeres conocían a Simón de Folquet porque le recibieron cuando acudió a confesar al viejo criado. Harri no lo había visto nunca. Le explicaron cómo era el predicador occitano: un hombre alto y fuerte algo encorvado, de nariz y ojos de ave rapaz bajo espesas cejas; de piel pálida y boca cruel. Llevaba el pelo negro corto con grandes entradas y la barba rasurada le dejaba una sombra oscura en la cara demacrada. La tonsura le brillaba como si tuviese una oblea pegada al cráneo. Con esa descripción le debía bastar para localizarlo, aunque se disfrazase de carbonero.
Bermeo, desde que había recibido la carta fundacional más de un siglo antes, se había convertido en un pueblo próspero, la villa más importante de Bizkaia, y uno de los puertos de mayor actividad del Golfo de Bizkaia. Dedicado a la pesca de la ballena en la temporada invernal y durante todo el año a la exportación de hierro, lana y vino hacia los países del Norte de Europa.
El bullicio y la actividad eran intensos aquella mañana lluviosa en el mercado y en los alrededores de los muelles, fuera de las murallas. La mezcla de olores y suciedad era tan fuerte que Benicia y Harri, acostumbrados a los aromas del campo y todo lo más a la cuadra del caserío, casi se marearon antes de separarse para emprender las pesquisas. Las cloacas que descargaban a cielo abierto en las aguas del puerto, los residuos de brea y aceite de ballena, los excrementos de perros y animales de carga, las vísceras y verduras podridas que se acumulaban tras los puestos del mercado, los riachuelos de sangre y escamas que bajaban de la lonja de pescado y los restos de peces descompuestos tirados por las esquinas, componían un escenario repelente por el que se movían y gritaban decenas de personas de un lado para otro, esquivando montones de redes, fardos de mercancías, troncos apilados, barriles de vino y aceite, sacos de carbón y carretas con mineral de hierro. El fantasma de la Peste Negra, que había asolado la zona unos años antes, se estaba frotando las manos viendo aquel espectáculo. También las gaviotas disfrutaban con el decorado y se sumaban a la fiesta chillando y peleándose por los despojos. Chiquillos desharrapados, perros y gatos callejeros completaban la escena.
Las txalupas, pinazas y otras embarcaciones de cascos negros y velas grises soportaban la lluvia amarradas en los muelles de madera, deseando salir a navegar cuanto antes. ¿Quién podía pensar que un fraile dominico con su inmaculado hábito blanco iba a pasear entre semejante inmundicia? Eso es lo que cavilaba el joven Harri cuando se arrimaba a alguna embarcación recién atracada o que se preparaba para salir a la mar. Hablaba en euskera con los marineros y pescadores. Si el fraile Simón pretendía embarcar con su cofre en un barco con destino a algún puerto francés, como Capbreton o La Rochelle, tenía que ser allí mismo. Enseguida pensó que de hacerlo sería bajo algún disfraz o ropa más común. Con gorra para tapar la tonsura y dejándose la barba no iba a ser fácil seguir su pista. Pudo saber que una embarcación de cabotaje cargada de fardos de lana saldría al día siguiente hacia los puertos de Hondarribia y Bretaña. Luego, se dio una vuelta por las dos tabernas que había junto a las lonjas de pescado y las casas del pueblo próximas al mar. Entró en la que se adornaba con unas ramas verdes y una inscripción en el dintel de madera con las palabras Balia Beltza (La ballena negra) y el grabado tosco de una ballena. En una esquina dos marineros de aspecto siniestro, que parecían extranjeros, bebían de una jarra de cerveza. Él pidió un vaso de sidra. Detrás del mostrador una mujerona de larga cabellera negra y pendientes de plata, con los labios y ojos pintados, le puso delante una jarra y le sonrió mostrando un hermoso agujero detrás del colmillo. Preguntó a la dama si había visto por allí algún extranjero con aspecto de fraile y en ese momento salió de detrás de la cortina del fondo una mujer joven de trenzas rubias, labios pintados, amplio escote y hermosas curvas, que se le acercó insinuante. Mirando a las dos mujeres se dio cuenta del tipo de taberna donde se había metido, bebió de un trago la sidra para bajar los colores que le habían subido al rostro y escapó rápidamente, entre las risas de las dos anfitrionas, dejando en el mostrador unas monedas de cobre.
—¡Ja, ja! —oyó que se reía la mayor de las dos—, el monaguillo preguntando por el cura. Pues sí que ha dado con la parroquia!
A la criada Benicia no le fue mejor en el mercado. Estuvo dando vueltas por allí, observando los productos que se ofrecían a voz en cuello, especialmente los pescados frescos que era lo que más envidiaba. Su euskera con acento occitano la delataba como extranjera y cuando empezó a preguntar por el monje francés que predicaba en la iglesia, las mujeres bermeanas, que eran de armas tomar, hicieron chanzas de ella, ofreciéndole ciruelas moradas, de las que llaman “huevos de fraile”, pepinos y otros frutos, “como los que esconde el cura debajo de la sotana”, y muchos comentarios más, subidos de tono, entre risas descaradas. Benicia, que no se asustaba por nada, ni aceptaba de buen grado que le pusieran en ridículo, tuvo un acceso de mal genio y le volcó el puesto a una de ellas, llamándolas aldeanas incultas que olían a pescado pues no se lavaban ni una vez al año. Enseguida se montó el alboroto con todo el mundo gritando, los perros ladrando y las manzanas y las ciruelas dando brincos hacia el mar por el canal de las cloacas. Benicia, perseguida por varios perros, salió corriendo hacia la hospedería, a donde llegó resoplando con las faldas recogidas. Se sentó en un banco de la entrada a descansar y al poco tiempo se le acercó una mujer del pueblo con vestido negro y pañuelo a la cabeza, bien atado debajo de la barbilla, que apenas dejaba verle el rostro. Dijo que le había oído en el mercado y que ella conocía al fraile por el que preguntaba. Que le oyó predicar más de una vez en la iglesia de la Atalaya. Algunos días lo había visto por la zona del puerto, pero sin hábitos y con gorra de marinero, la última el día anterior. Diciendo esto se marchó rápidamente.
Entró Benicia en el refectorio de la hospedería donde había quedado con Helene y enseguida llegó Harri con la sidra todavía en la boca del estómago.
Al otro lado de la pared Helene seguía hablando con Fray Diego Sabatini Superior del Convento de San Francisco, originario de Verona. Estuvo el fraile oyendo la historia que le contaba Helene con los ojos cada vez más abiertos y el ceño cada vez más fruncido. Estaba horrorizado. Conocía a Simón de Folquet por su reputación bien ganada en el sur de Francia persiguiendo a los herejes y porque llevaba dos meses residiendo con ellos a petición del Obispo de Calahorra, del que había recibido una carta pidiéndole que ayudase al clérigo en todo lo que necesitase para localizar a un grupo de cátaros huidos de Occitania, que se suponía que habían buscado refugio por la zona de Gernika. No le caía bien el dominico por lo callado y siniestro que parecía, pero los informes que de él le habían llegado hablaban de su buena oratoria y su fama de santidad.
El asunto planteado por la dama, esposa del mayorazgo de Zarragoiti, como se había presentado Helene, era de extrema gravedad. El faltar al sigilo sacramental era motivo de excomunión fulminante y el hacerlo con un clérigo del prestigio de Simón de Folquet suponía dar un paso de considerable trascendencia. Y más todavía cuando había derivado en unos crímenes execrables contra inocentes en los que estaban involucrados importantes linajes de Bizkaia. La cara rubicunda del prior estaba sudorosa. Se dio cuenta enseguida de que, de alguna forma, debía intervenir sobre todo cuando Helene le informó de la denuncia que Santxo Zaharra había presentado ante el Comendador y de que ella había escrito una carta al Obispo de Toulouse. No mencionó el asunto del cofre con las monedas de oro pero insinuó al franciscano que sería conveniente revisar la celda que ocupaba Simón en el convento por si existía algún documento sobre el tema de la confesión.
El Superior prometió a Helene que escribiría sin tardar una carta a los Obispos de Calahorra y de Pamplona describiendo los hechos, pero que él no podía hacer nada más en tanto que la jerarquía de la Iglesia no interviniese en el asunto. Llamó al hermano lego que cuidaba de la puerta de entrada y le preguntó si el fraile predicador estaba en el convento. Cuando el hermano contestó que llevaba varios días sin verle, se despidió de Helene, enjugándose el sudor del rostro con mano temblorosa y se quedó en la puerta con un gesto de preocupación viendo cómo se alejaba.

04 -

Helene no se quedó satisfecha y al rato volvió sobre sus pasos y se paró a hablar con el joven lego. Le preguntó si había mirado en el cuarto del dominico para comprobar si se había marchado llevando sus cosas. El lego le confesó que había jurado no decir nada al Padre Superior pero que fray Simón había estado el día anterior en el convento; que llegó a la noche con el hábito y el rostro manchados de hollín y con un saco a la espalda; que al cabo de media hora había salido vestido de pescador con la ropa que le encargó y con dos sacos en vez de uno; y como le viera al salir, le dijo que tenía que marchar y le hizo jurar en nombre de Cristo que no dijese nada al Prior. El cuarto estaba vacío y su caballo había desaparecido, lo cual quería decir que no pensaba volver. Se lo contaba a ella porque veía que era persona de buena fe y el dominico le parecía un fraile soberbio y de ojos traidores.
Cuando se juntaron los tres de Mendata en el comedor de la hospedería y se contaron el resultado de sus pesquisas, una sombra de inquietud se reflejaba en sus rostros. El siniestro “confesor” estaba preparando la fuga. Y si estaba vestido de marinero era porque buscaba un barco en el que escapar a Francia y lo más seguro era que lo hiciese en la pinaza de cabotaje que Harri había visto preparándose para zarpar al día siguiente. Pero, ¿dónde estaba metido ahora? ¿Dónde había pasado la noche y dónde tenía el saco con las monedas? Mientras comían un cocido de garbanzos envuelto en los aromas de las cloacas del puerto, estuvieron dándole vueltas al tema y preparando los siguientes pasos. De pronto el joven Harri dejó caer la cuchara y exclamó:
—Ya sé dónde está escondido.
—¡Chist!, baja la voz —dijo Helene susurrando y mirando a las otras mesas—, ¿dónde?
—Hay dos tabernas junto al embarcadero pequeño. Una de ellas es un prostíbulo y qué mejor escondrijo para un fraile que una casa de putas?
—¿Cómo sabes tú que esa taberna es un prostíbulo? —preguntó Benicia con interés.
—Yo creía que era una taberna corriente, he pedido una sidra y cuando he preguntado por el fraile, las dos mujeres que andaban por allí con la cara pintada se han cruzado una mirada y luego se han reído de mí llamándome monaguillo. Estoy seguro que Simón se ha escondido en los dormitorios de dentro y que las bolsas están en algún rincón o debajo de alguna cama.
—Entonces para estas horas ya sabe que lo estamos buscando —dijo Helene.
—Bueno —terció Benicia—, que le ha estado buscando un “monaguillo” algo crecido, al que no conoce de nada—. A nosotras no nos han visto en el puerto.
—Y ¿crees que tú y yo vamos a entrar allí a buscar el cofre delante de unos marineros con ganas de fornicar? —preguntó Helene espantada.
—A mí no me van a asustar esas brujas ni unos marinos borrachos...
—Escuchad —dijo Harri—. Como ya me conocen, puedo ir diciendo que me gusta la joven y que quiero acostarme con ella. Una vez dentro no tengo más que apretarle el cuello y hacerle confesar dónde guarda el fraile sus cosas, dejándola atada y amordazada. Cojo la arqueta y me largo.
—No es mal plan —dijo Helene—, pero tiene mucho riesgo. Al menor grito que se le escape a la manceba te despellejan entre las dos. Creo que mi plan es mejor: tienes que actuar con tacto; entras allí, pides una jarra de sidra y te vas con la rubia dentro, le camelas un poco (sin perder la cabeza) y en un descuido le echas en su vaso unos polvos que yo te prepararé, que la dejarán medio muerta. Buscas el cofre, lo envuelves en la capa para que no lo vea la vieja y te vas.
—¿Y si está el dominico dentro? —preguntó Benicia.
—Pues en ese caso el mozo puede elegir—contestó Helene—, o se queda a holgar con la moza con toda naturalidad esperando a que Simón se marche o se lía a cuchilladas con él.
Harri se quedó sorprendido del desparpajo con que su cuñada lo invitaba a disfrutar de la joven regordeta, hasta que recordó que los cátaros eran partidarios del amor libre y como le gustaba más la primera elección ya se estaba imaginando con la joven en la cama.
—No me importa permanecer con la moza hasta que se marche el cura —dijo con cara de sacrificio.
—Bueno —añadió Helene —, lo que vamos a hacer es vigilar la taberna a todas horas hasta asegurarnos de que no está dentro y luego seguimos con el plan. Terminemos el besugo que se está enfriando.
Comieron del mismo plato y bebieron a gusto. Luego, organizaron la vigilancia. Helene se cambió de atuendo. Los vestidos de dama elegante para impresionar al Prior ya no le hacían falta, más bien llamaban la atención por aquellas zonas del pueblo, y se puso la ropa de diario, con el pelo recogido bajo un tocado de tela gruesa. Harri se puso una gorra de lana negra y una bolsa al hombro, con las mangas de la camisa arremangadas exhibiendo sus brazos musculosos. Era el perfecto bogador que cualquier embarcación contrataría.
No llovía y tampoco hacía frío, aunque unos negros nubarrones tapaban las cumbres de los altos montes que rodeaban el pueblo. Ría adentro, el agua estaba quieta. Había bajamar. Oscuros presagios sacudían los carrizos y cañas de las marismas cuando las últimas bandadas de aves que marchaban hacia el sur levantaban el vuelo. Parecía como si quisieran escapar de una noche de espantos y tormentas que se avecinaban por el norte.
Harri llevó a las dos mujeres hasta enseñarles la taberna y luego se repartieron las zonas desde las que se pudiese ver la puerta. Benicia a la entrada del puerto, Helene al fondo de la dársena y Harri en los muelles, cerca del barco con destino a Francia, a unos cincuenta pasos del Balia Beltza. El local estaba cerrado y seguramente no abrirían hasta el atardecer.
El bullicio de la mañana había disminuido y con la lluvia que empezaba a caer la suciedad y los malos olores se iban escapando por las alcantarillas y marchaban corriendo hacia el mar. Era la hora del paseo. Entre las murallas y los muelles se extendía una zona empedrada cubierta de árboles que llegaba hasta el convento de los franciscanos. Al cabo de un rato Helene hizo una seña con la mano a Benicia, se juntaron a la altura de donde estaba Harri y siguieron el paseo juntas, mezcladas entre la gente del pueblo. A Helene le había parecido que estando solas y en sitios apartados llamaban más la atención. De todas formas iban a seguir vigilando el burdel desde lejos. No paso nada en las tres horas siguientes.
Al caer la tarde, en el barco empezó a notarse actividad. Varios marineros estaban cargando fardos, mientras otros montaban el mástil que soportaría una vela triangular en la popa. Harri se acercó a preguntar si el barco recalaba en Baiona y si admitían algún pasajero a bordo. Le contestaron que no, que la idea era descargar en Hondarribia, (Baiona inglesa, ahora guerra, dijo el marinero francés), y que lo de la tripulación estaba regulado por la Cofradía y que la única forma era la de enrolarse, pero que ya estaban completos. “¿Cuándo zarparán?”, preguntó. “Mañana a las nueve, con la marea”. No obstante fue a informarse a la Cofradía de Mareantes que estaba junto a las dos tabernas. Preguntó por algún puesto de bogador en los barcos que iban a Francia y le dijeron que hasta la semana siguiente en que saldría el próximo barco no lo podrían saber; que solía haber bajas. “¿Y en el que está preparándose para zarpar? Me han dicho que falta uno”, quiso saber Harri que aprovechaba el hablar en euskera para preguntar con confianza. “¿En La Mouette?... faltaba hasta ayer, pero a última hora se presentó un marinero francés mayor y con las manos poco curtidas, pero parecía fuerte y se ha metido en la lista;”. El dominico, pensó Harri.
Corrió al encuentro de Helene y Benicia y les contó las últimas noticias. Ahora ya sabían cuáles eran las intenciones del fraile y dónde iba a pasar la noche. La arqueta y el fraile estaban al alcance de la mano. No se podían escapar. En ese momento dos mujeres se acercaron al Balia Beltza, abrieron la puerta y se metieron dentro. Había llegado el momento de actuar.
Mientras tanto, por los mismos escenarios, el personaje siniestro que buscaban se había estado moviendo sin dar reposo a sus maquinaciones. Las andanzas de fray Simón de Folquet los últimos días habían sido intensas. El día anterior al asalto a la torre de Montalban había conseguido descifrar el enigma de las monedas de Béziers, no en vano era experto en cábalas y esoterismos, en especial los de los cátaros, estudiando el testamento de Ioannes que el escribano Nuño había copiado para él. Posteriormente había acudido a la casa-torre de Belendiz, donde se preparaba el asalto a la torre de los herejes, y allí se pudo proveer de una antorcha, un mazo, una vara de medir y un buen saco de arpillera. Durante el asedio, la matanza y el incendio posterior consiguió localizar el lugar del escondite, coger la arqueta y dejar el manuscrito que llevaba preparado para los cátaros en un estúpido arranque de soberbia. Cuando se retiraron los asaltantes, fue con ellos a la casa-torre de Belendiz y pasó el resto de la noche en vela, cubriendo el cofre con su capa.
A la mañana siguiente el señor de Belendiz le ofreció una buena bolsa de monedas y un caballo en recompensa por sus servicios, más un salvoconducto para atravesar sin dificultad las zonas controladas por los oñacinos. Marchó el clérigo a su refugio en el Convento de Franciscanos, recorriendo el camino real de Gernika a Bermeo sin llamar la atención, con la cara y las manos todavía tiznadas de hollín, con su tesoro a cuestas y haciendo paradas en las torres de Azkunaga y Madariaga, que estaban del lado de los oñacinos. Le dieron cobijo y comida y nadie se metió con él ni necesitó dar ninguna explicación. Afortunadamente, aquellos vascos de las casas solariegas, traidores o no a su rey, no tenían el menor interés en confraternizar con aquel fraile conocido por sus sermones amenazantes.
Llegó a la villa al anochecer un día más tarde y sin hablar con el Superior se metió en su celda. Al hermano lego que guardaba la puerta le dio unas monedas de vellón y le dijo que necesitaba agua y jabón, ropa de marino vieja y un buen saco, porque al día siguiente iba a pescar con un amigo fraile. Luego desenvolvió el cofre y lo colocó encima de la mesa, corrió los cerrojos y lo abrió.
—¡Por la doncella de Orleans! —exclamó extasiado—. En mi vida he visto nada tan hermoso.
No dudó en caer de rodillas agradeciendo a Dios su bondad y riéndose pérfidamente mientras dejaba escurrir las monedas de oro entre sus dedos. Unas cuantas de ellas pasaron a su bolsa y volvió a cerrar la arqueta, envolviéndola en la manta de su cama. Cuando llegó el hermano lego con el encargo le dio dos monedas más y le hizo jurar ante el crucifijo de la pared que no diría una palabra al Padre Superior. Se lavó y se quitó el hábito blanco, que limpió con jabón y un trapo como pudo y lo extendió sobre el camastro. En poco tiempo ya estaba saliendo del convento con dos sacos a la espalda vestido de negro, incluso la gorra de lana, como un auténtico marinero. Con paso seguro y aire despreocupado se dirigió al burdel de al lado del puerto, saludando ruidosamente al entrar. No era la primera vez. De hecho, una vez a la semana se dejaba caer por allí, cuando se cansaba de predicar con ardor los diez mandamientos de la Iglesia, haciendo hincapié en el sexto, en la penitencia y en el infierno. Habló con la vieja y se fueron dentro de la casa para guardar los sacos en un cuartucho oscuro del fondo del pasillo. Luego se plantó ante el mostrador y pidió una jarra grande de cerveza, se bebió la mitad de un trago y soltó un resoplido de alivio que de poco apaga las velas. Estaba contento, se fue a la cama con la joven pelirroja y al de un rato estaba dormido como un tronco.
A la mañana siguiente se levantó fresco y rejuvenecido. El aplastar a los herejes le hacía sentirse bien y el fornicar con una joven le relajaba. Hacía tiempo que no dormía tan a gusto. Se vistió y salió discretamente para no despertar a las damas que seguramente estaban recuperándose del entusiasmo de los fogosos pescadores de ballenas. Tenía cosas que hacer. Su prioridad era dejar a salvo el cofre y para ello nada mejor que poner tierra por medio cuanto antes y, a poder ser, llegar hasta alguna ciudad segura de Francia. Se preguntaba cómo diablos se habían escapado estos Montalban de entre las manos de la Inquisición con semejante tesoro cuando los tenían machacados en sus tierras occitanas. Por otro lado, debía ponerse a salvo él mismo. Estaba seguro de que los gamboínos no se iban a quedar de brazos cruzados y andarían en su busca por todos los rincones.
En primer lugar fue a los muelles a localizar una embarcación que saliese para los puertos del Norte. Enseguida dio con La Mouette, que tenía previsto zarpar al cabo de dos días para Hondarribia con un cargamento de lana y, si tenían suerte y conseguían otra carga allí, seguirían hasta los puertos de Bretaña, evitando la costa de Aquitania, que estaba en manos de los ingleses y se encontraba en plena guerra. Para cargar los sacos no había problema, pero para ir de pasajero la negativa fue rotunda. Solo podían embarcar los de la tripulación y estaban completos. La semana siguiente volverían a pasar por Bermeo con el mismo recorrido. Al marchar se fijó en dos marineros que estaban a proa enrollando unas cuerdas y les llamó. Les ofreció unas cuantas monedas de plata por dejarle el puesto. Eran franceses y se entendieron bien. Regatearon y uno de ellos aceptó el cambio por el doble de monedas. Tenían que arreglar el asunto en la Cofradía, fueron allá y media hora después el dominico estaba paseando por el puerto, todo ufano, con su permiso de bogador en la embarcación de casco negro con destino a Francia. Con su astucia característica, puso en marcha un plan que se le había ocurrido al salir del convento. Volvió al barco que le iba a llevar y habló con el patrón con su bolsa de dineros en la mano. Le propuso hacerse a la mar con la marea de la noche, doce horas antes de lo previsto. Le ofreció la mitad de la bolsa y le preguntó si estaba de acuerdo y si tenía toda la carga a bordo. El patrón abrió como platos sus ojos avaros y dijo que estaba todo dispuesto. El dominico le vació media bolsa en las manos y le dijo que a las nueve de la noche estaría allí con su equipaje. Con esa maniobra pensaba quitarse de encima a los posibles perseguidores que iban tras sus huellas y que podían preguntar en la Cofradía por la salida de un barco hacia Francia.
Ahora sí que se había quedado tranquilo. Tenía tiempo por delante y se le ocurrió ir a comer a un mesón que conocía dentro de las murallas. Se adentró en el pueblo y se dirigió al Arraun donde eligió una mesa en el rincón más oscuro junto a la pared del fondo. Comió y bebió hasta hartarse. “Se acabaron las misas y las novenas” se decía a sí mismo con un brindis tras otro. Finalmente se quedó dormido apoyado en la mesa con la cabeza entre los brazos.
En ese momento Helene, Benicia y Harri, ponían también en marcha su plan. Este último fue hacia la hospedería en busca de los tres caballos y la mula y los trajo amarrándolos cerca de “La ballena negra”. Benicia se quedó a su lado. Helene tenía ya dispuestos dos paquetitos de tela con la dosis suficiente de veneno para dejar a una persona sin conocimiento. Harri guardó los paquetes en el bolso y se dirigió al prostíbulo con paso indolente, mientras Helene se quedaba vigilando junto a la puerta.
Ni qué decir tiene que Harri no había estado nunca en un burdel, excepto la rápida visita de la mañana y casi ni sabía qué tenía que hacer, pero era un joven atrevido y entró en la taberna con aire de conquistador.
—¡Vaya! —exclamó la mujer del mostrador, que en ese momento terminaba de pintarse de negro todo el contorno de los ojos—. Si tenemos aquí al guapo monaguillo. ¿Sigues buscando al cura? ¡Ja, ja, ja!
—Déjate de curas. Yo lo que quería es cobrar lo que me debía y ya lo he conseguido —contestó Harri con el espíritu fanfarrón de un pescador de ballenas, al tiempo que sacaba el bolso lo dejaba encima del mostrador y sacaba unas cuantas monedas de plata.
—¡Vamos a celebrarlo! ¿Dónde está la pelirroja?
—Ahora viene, se está poniendo guapa... No habrás vaciado el cepillo, ¿verdad?
—Saca una jarra de vino bueno y pega un trago, que te va a hacer falta.
—Espera que cierre la puerta y lo vas a comprobar. Te aseguro que no has visto en tu vida unas tetas como las mías, angelito.
La dueña llenó una jarra grande de vino de una garrafa que tenía en el suelo y puso tres vasos en el mostrador. A continuación cerró la puerta de la calle. A la vista de las monedas ya había dado por concluida la jornada de trabajo y pegó un grito a la joven, que apareció contoneándose, vestida con una túnica de gasa medio transparente. A Harri le subieron las pulsaciones. Llenaron los vasos y bebieron un trago tras otro, sobre todo ellas, cosa que Harri procuraba sin que se notase que él bebía la mitad, y hablaron de ballenas y de amores, asuntos que el joven ignoraba por completo y que inventaba lo que se le ocurría. Pero, ¿a quién le importaba? Ahora, tenía que actuar con prudencia y astucia. Se fueron los tres a una habitación provista de una cama grande y se llevaron la jarra y los vasos. Como pudo comprobar enseguida los pechos de la mayor eran efectivamente enormes y les dedicó unas cuantas caricias mientras le hacía tragar más vino, en proporción a su tamaño. Luego se dedicó a la joven, que se mostraba especialmente cariñosa. Pensó que tampoco iba a estropear el plan si se permitía un exceso con la moza, igual hasta sería más fácil cumplirlo, por lo que se volcó en la tarea con pleno entusiasmo. A la veterana no le había dado tiempo ni a quitarse los faldamentos y se había ido deslizando por la pared del cuarto hasta quedar sentada en el suelo, casi dormida, con el vaso en la mano.
Cuando Harri y la rubia terminaron sus sacudidas, y ella se quedó en la cama considerando las virtudes del “monaguillo”, este se levantó y llenó los vasos de vino, vertiendo con disimulo en dos de ellos los polvos preparados por Helene. Le dio uno de los vasos a la joven y cambió el otro de la mano de la mayor, y lanzando un grito de vikingo después de la batalla que despertó a la vieja, brindó por la Ballena Negra. Bebieron los tres y este último empujón sirvió para que la dueña terminara sin sentido, con la cabeza caída sobre un hombro y las manos en el suelo, del que no se levantaría en un par de días. El vino le había dejado un hilillo de color burdeos que le corría boca abajo, pasaba por el desfiladero de sus generosos pechos y desaparecía en el refajo que tanto le había costado deshacer. La pelirroja, por su parte, no tardó en perder el precioso color de sus mejillas, adquirido a base de colorete, vino y sofoco, y quedó desnuda tendida en el lecho, blanca como una muñeca de porcelana.
Harri se vistió rápidamente y abrió la puerta a Helene, que entró con sigilo y cerró de nuevo. Se quedó alucinada cuando vio la escena, tardando en comprender por qué habría tenido que desnudar Harri a las mujeres para envenenarlas, pero cuando se fijó en su rostro todavía sudoroso y acalorado no tuvo ninguna duda. Se rió pero no dijo nada. Se pusieron a buscar por toda la casa y no tardaron en encontrar los sacos del dominico. Uno de ellos contenía los hábitos, una cruz de plata y otros objetos personales y el otro la arqueta de los cátaros envuelta en mantas. Helene suspiró profundamente. Se le ocurrió de repente una idea no desprovista de humor malvado: sacó la arqueta del saco, vació las monedas de oro y las guardó en una caja vieja de madera que buscó por allí, atándola bien con cuerdas. Luego rellenó el cofre de Bréziers hasta arriba con todo lo que encontró de peso en la taberna, llaves de hierro, cubiertos de latón, figuras de bronce y cobre y por encima algunas monedas baratas de su bolsa. La envolvió en la manta y la guardó de nuevo en el saco, dejando todo en su sitio. Una última mirada a los dos cuerpos de las prostitutas le hizo tragar saliva, pensando que quizá estuviesen muertas. Salieron sigilosamente del recinto y cerraron la puerta. A varios pasos les esperaba Benicia con las monturas. Cargaron la caja vieja en una de las grandes alforjas de la mula y enfilaron poco a poco hacia la salida del pueblo. Lo principal era la recuperación de las monedas. La venganza sobre el dominico quedaba pendiente en manos del cielo.
Camino de Mundaka, subieron lentamente la cuesta que bordeando la costa llegaba a una curva desde donde se veía la villa en penumbra, y pararon a descansar y a mirar lo que ocurría en el puerto. Vieron la embarcación negra que tenía encendidas unas luces a proa y a popa y con varios marineros a bordo, preparando la salida. Estaba anocheciendo y el tiempo amenazaba tormenta.

05 -

Mientras, en la posada del interior de las murallas, un gran estruendo despertó a Simón de Folquet de sus dulces sueños. Entraron aparatosamente media docena de soldados de la Hermandad con lanzas en la mano y espada al cinto, mirando en las mesas y por todos los rincones.
—¡Buscamos a un fraile acusado de robo y asesinato!—clamó el jefe de ellos dirigiéndose al posadero—. Es un predicador dominico al que algunos conoceréis. La Iglesia de Roma lo ha excomulgado y tenemos orden de prenderlo.
Se hizo un pesado silencio, mientras las miradas de los parroquianos se dirigían con disimulo a la siniestra figura de Simón. Un perro que dormitaba en una esquina empezó a ladrar al recibir una patada de uno de los soldados.
—De aquí pocos van a la iglesia, señor —dijo el posadero, limpiándose las manos con un trapo—. Todos son pescadores o marineros. No hemos visto a ningún clérigo que, por cierto, no necesitan venir a esta humilde posada para comer y beber bien.
El dominico había palidecido y no sabía si escurrirse debajo de la mesa o calarse la gorra hasta los dientes. Se quedó quieto como un muerto. Los soldados le miraron, dudaron —con aquella pinta era imposible que fuese un fraile—, terminaron el registro y se fueron.
Simón esperó un tiempo prudencial y salió, después de pagar, con el corazón acelerado. ¿Robo, asesinato? ¿Quién podía haberle denunciado? ¿Alguien le había visto participar en el asalto y llevarse la arqueta? ¿Cómo que alguien? ¿No era él mismo quien había dejado la firma en el pergamino llevado por su estupidez? ¿Excomulgado? Los de Belendiz le habían asegurado que todos los de Montalban habían muerto, pero quizá alguno se había salvado y lo estaban siguiendo. “¡Excomulgado!, eso son palabras mayores”, se dijo. En la iglesia de la Atalaya tocaron las campanadas para el rosario y su sonido le provocó un intenso escalofrío. Pensó en su futuro. “Adiós mis sermones… y mis diezmos. Menos mal que tengo el oro de esos herejes”.
Estaba anocheciendo y faltaban dos horas para el embarque. Deambuló por callejas solitarias confundido con las sombras y por fin se decidió a acercarse al Balia Beltza con la máxima precaución. Le extrañó que no hubiese luz en el interior y sin embargo la puerta se abrió con solo empujar. Entró y cerró rápido. En el mostrador de entrada no había nadie, solo unas monedas de plata. “¿Dónde diablos se habrán metido esas brujas?”, pensó. Encendió unas luces y penetró en el interior. Bajo el resplandor vacilante de las velas el espectáculo que pudo contemplar era aterrador. Sobre la cama revuelta de la primera habitación se veía el cuerpo desnudo de la joven prostituta que tantas veces había acariciado. En el suelo yacía la mujer mayor con un reguero, que creyó de sangre, que le corría entre los pechos. No se atrevió a comprobar si estaban muertas. ¡¿Qué había ocurrido allí?! ¡¿Quién podía ser el sádico que se había cargado a las dos putas?! No podían ser ladrones pues sobre el mostrador estaban las monedas a la vista. ¿Habrían ido a por él?, se preguntó horrorizado. ¿Y el oro? Corrió velozmente al cuarto del fondo y encontró los dos sacos donde los había dejado. Resopló aliviado. Se los cargó al hombro y al marchar echó una nueva mirada a los cuerpos. “Estarán en el Infierno, por pecadoras”, le salió de dentro. También se le pasó por la cabeza dónde estaría él si hubiese muerto, pero se lo quitó rápidamente del pensamiento. Cogió las monedas del mostrador, apagó las velas y salió del burdel camino del barco.
Desde el altozano que dominaba el puerto de Bermeo, frente a la isla de Izaro, Helene y sus dos acompañantes pudieron contemplar la figura inconfundible del dominico —no podía ser otro con sus sacos al hombro— salir apresuradamente del Balia Beltza y embarcar en La Mouette. Vieron cómo soltaban amarras y la embarcación se separaba del muelle, con los hombres a los remos. Después de doblar el espigón de la ensenada, izaron la pequeña vela y enfilaron hacia el cabo de Ogoño, con el fin de pasar entre la isla de Izaro y los islotes de Otzarri. Según se iban alejando, hasta perderse en la noche, Helene lamentó no haber cubierto de polvos de tejo y digital todo el interior de la arqueta para completar su venganza, pero se consoló pensando que habían recuperado el tesoro de los cátaros y que a Simón de Folquet ya le llegaría su hora. “¡Ojalá se vayan a pique!” No se le ocurrían ideas muy cristianas cuando pensaba en el fraile, y los cielos parecían estar de acuerdo con sus tenebrosos pensamientos, porque un temporal de viento y lluvia torrencial se fue acercando por el norte envolviéndolos en una oscuridad casi total. Siguieron el camino de la costa y al llegar cerca de Mundaka se refugiaron en el bosque debajo de una encina centenaria. La tormenta no tardaría en descargar. Desde que salieron del puerto no habían dicho una sola palabra.
—Espero que se hunda el barco en las peñas, pero a poder ser después de que al dominico se le ocurra abrir el cofre y ver el contenido —dijo Benicia.
—¿Estaban muertas, Harri? —preguntó Helene, sin oír lo que decía Benicia.
—No lo sé.
Pasaron la noche encogidos, mientras la lluvia descargaba con furia y los resplandores de los relámpagos iluminaban las marismas con luz espectral. Poco antes del amanecer se pusieron en marcha, dirigiéndose hacia el camino real. Algunos rayos empezaron a caer iluminando la isla de Izaro.
No habían terminado de salir del bosque, cuando desde detrás de unos árboles les salieron al encuentro tres hombres mal vestidos, con garrotes en las manos y cuchillos al cinto. Eran morenos, greñudos y sin afeitar de varios días y rápidamente hicieron descabalgar a los tres viajeros. Sujetaron a Harri entre dos de ellos mientras el tercero empujaba a las dos mujeres lejos de las cabalgaduras y se ponía a buscar en las alforjas. Si habían pensado que los viajeros eran mercaderes indefensos y presa fácil, con dos mujeres por medio, estaban equivocados. Mientras Harri se debatía como un energúmeno contra los que le sujetaban a duras penas, Benicia sacó su puñal y se lanzó a por ellos. Aunque apenas se veía a dos pasos de distancia Benicia fue capaz de pegar una cuchillada en el hombro al que sujetaba al joven, lo que le hizo soltar la presa con un aullido. Mientras, Harri se zafaba del otro y le daba un puñetazo en la cara. El que buscaba en las alforjas se volvió, sacó el cuchillo y acudió rápidamente en auxilio de sus compañeros. Rodaron los cuatro por el suelo, excepto el herido que se había sentado en el suelo presionándose la herida. Aprovechando la confusión, Helene se acercó a la mula, desató la ballesta que estaba amarrada y cogió una saeta cargándola con todas sus fuerzas. Apuntó al herido y le gritó: “Estate quieto o te mato”. Benicia en uno de los giros y trompicones de la lucha cayó al suelo arrastrando con ella a Harri. En un santiamén los bandidos blandieron, uno el garrote y el otro el cuchillo, y los alzaron para asestar a los dos caídos el golpe definitivo. Harri se giró en el suelo y la estaca le pasó silbando la cabeza. El otro estaba a punto de acabar con Benicia de una puñalada cuando una saeta le atravesó el cuello de parte a parte. El que estaba sobre Harri, al ver caer a su compañero, dio un salto hacia atrás aterrorizado, ayudó a levantarse al herido en el hombro y salieron los dos corriendo hasta desaparecer entre las encinas. Helene dejó caer la ballesta y se apoyó en un árbol con la mano en la boca y la mirada espantada. Harri y Benicia se levantaron tambaleantes y cogieron, tras varios intentos, las bridas de las cabalgaduras, que querían escapar sin saber a dónde. En medio de la oscuridad reinante parecían moverse en una danza macabra que los destellos del cielo hacían visible.
La tormenta estaba justo encima del estuario batido por las ráfagas de la galerna y los primeros rayos cayeron muy cerca. Uno de ellos iluminó por un instante la dantesca escena con el cadáver del bandido a los pies de los caballos asustados y el trueno retumbó bajo sus pies dejándoles paralizados. Fueron unos momentos dramáticos de los que tardaron en recuperarse. Harri partió la saeta para sacarla del cuello del bandido y hecho esto la arrojó lejos; escondió el cuerpo entre las zarzas para no dejar huellas y amarró la ballesta a las alforjas. Luego, sujetaron y tranquilizaron a las cabalgaduras y reanudaron el camino, mirando a todos los lados con miedo a que los compañeros de los bandidos los asaltasen de nuevo.
Estaba amaneciendo y un ligero resplandor por debajo de las nubes tormentosas dejaba ver el peñón de Ogoño, gris y blanco como una cascada de piedra cayendo del cielo. Atravesaron Mundaka y salieron rápidamente del camino real, porque vieron movimiento de gente armada. Caballeros, escuderos y soldados se concentraban alrededor de las casas-torre de la zona, como agrupando fuerzas para alguna batalla; seguramente preparando una de sus venganzas. Desde donde estaban hasta Gernika, que era zona de apoyo oñacino, corrían peligro de que alguien les pudiese reconocer o simplemente de que les requisasen lo que llevaban. Iban asustados y llevaban las capuchas tan bajas que apenas veían el camino. Por estrechos senderos que bordeaban la Ría llegaron a la ensenada de Portuondo, con su pequeño embarcadero, donde varias txalupas aguantaban a duras penas sus amarres, agitadas por la fuerte corriente de la marea que subía embravecida por el temporal.
Los viajeros llegaron empapados y cansados, temblando de miedo y de frío; y el aspecto de los caballos y la mula con sus orejas gachas y chorreando agua, era igualmente deprimente. La perspectiva de seguir cabalgando hasta Mendata en esas condiciones, en territorio enemigo y con el tesoro encima, les parecía tremendamente arriesgada.
Al ver las txalupas amarradas en el fondeadero, se les ocurrió la idea de embarcarse en una de ellas y subir por la ría hasta los muelles de Gernika, aprovechando la marea, y desde allí llegar andando a Mendata. Pero ¿qué iban a hacer con los caballos?, ¿y si les requisaban en la aduana la caja de las monedas? Además como eran de tierra adentro no sabían remar ni tampoco cuáles eran las zonas navegables del recorrido y sin duda acabarían embarrancados en el laberinto de las marismas. Descartaron la idea.
También pensaron en esperar a que bajase la marea y cruzar andando las ciénagas y arenales no cubiertas por el agua y vadear el estrecho canal que quedaba, por el punto de menos calado. Harri lo había hecho una vez pero era verano, cuando en el canal apenas había fondo y las aguas estaban quietas. Ahora, después de las grandes lluvias, con aquellos vestidos, la carga de los sacos y sin saber nadar ninguno de los tres, la empresa parecía imposible.
Finalmente optaron por lo más aconsejable, que era usar la txalupa para cruzar directamente al otro lado del estuario sin los caballos y siguiendo el canal cuando empezase a subir la marea. Era un corto trayecto favorecido porque el cauce en esa zona hacía una doble curva pasando desde el fondeadero de Portuondo hasta el de Arketa en la orilla opuesta.  El trayecto tenía además la ventaja de que, próxima al atracadero del otro lado, estaba la casa-torre de los Garunaga, amigos de la familia, que les darían cobijo e incluso les dejarían caballos o algún carro para llegar hasta Mendata.
Una vez decidido el plan, ataron las monturas, escondidas entre las encinas de la orilla, y trasladaron la carga de la mula a una de las txalupas, pero como estaba llena de agua tuvieron que volver hacia atrás porque le faltó poco para hundirse. Tendrían que achicar el agua embalsada antes de embarcar y de momento no estaba claro cómo lo iban a hacer pues seguía lloviendo a mares. Todavía faltaban unas seis horas para que bajase la marea y empezase a subir de nuevo y aunque ya había amanecido, los negros nubarrones no dejaban que la luz del día aclarase el paisaje, mientras la tormenta seguía en pleno apogeo. El viento soplaba con fuerza y las ráfagas de lluvia les hicieron buscar refugio de nuevo entre los árboles. La txalupa elegida daba bandazos de un lado para otro tirando de las cuerdas, como una mula asustada por los rayos. Esperaron pacientemente y no tardaron en comentar el último asalto.
—Me has salvado la vida, Benicia; has estado muy valiente —dijo Harri—, y no digamos Helene con la ballesta...
—No sé cómo he podido hacerlo.
—Ya no estoy para trotes —se lamentó Benicia—. Has visto lo fácil que me han tirado al suelo. De poco lo fastidio todo.
—Los tres nos hemos salvado la vida.
—Espero que no sepan nunca que hemos sido nosotras. Nos vamos a hacer famosas. Primero los de Belendiz, luego las dos prostitutas de Bermeo y ahora este desgraciado. Si nos descubren nos llevan a la horca.
—Cállate, no digas eso. No nos han podido ver bien. Estaba muy oscuro y además esos bandidos no son de aquí, parecían asaltantes del Camino de Santiago y no creo que se atrevan a denunciarnos. Ellos se lo han buscado.
—Una cosa, Harri. ¿Cuánto tardaron en hacer efecto los polvos en las dos mujeres? —preguntó Helene, que seguía dándole vueltas al posible final de las dos prostitutas. No acababa de creer que se hubiese equivocado con las dosis.
—En unos diez segundos se quedaron pálidas y sin sentido. No creo que estuviesen muertas, pero lo parecían. Primero le eché la dosis a la vieja, que estaba borracha perdida, y más tarde a la joven, tras un rato de “forcejeo”, como tú me dijiste. Brindamos los tres y enseguida se quedaron tiesas como estacas —contó Harri de forma un tanto ruda.
—Vaya con el monaguillo —comentó Benicia—. Forcejeo, dice… Ya puedes vigilarle con Blanche.
—Y qué me dices del dominico, con todo su voto de castidad —dijo Harri, como disculpándose.
—De castidad y de pobreza —dijo Helene—. Imagínatelo ahora, sentado encima de lo que piensa que es un tesoro. Me pregunto cómo el canalla pudo encontrar el lugar del escondite y llevárselo. Tuvo que ser la noche del asalto, cuando le vi rodeando la torre con una antorcha en la mano.
Pasó el tiempo lentamente, mientras las aguas saladas del mar se iban retirando atraídas por la luna y tras ellas bajaban empujando las avalanchas de agua dulce de las intensas lluvias, que llevaban consigo barro, troncos y ramas rotas. Estaba parando de llover pero las rachas de viento eran cada vez más fuertes. Se acercaba el momento de intentarlo. Harri se dirigió a la txalupa y miró en el rincón de la proa en busca de un cazo o algo similar para achicar el agua. Encontró uno de madera con forma cuadrada, junto a dos estrobos de cáñamo y una especie de ancla rústica hecha con una piedra amarrada entre cuatro palos, y se dedicó a ello con energía hasta dejarlo casi seco. La marea había llegado a su punto muerto, pero el agua de las riadas seguía fluyendo hacia el mar con fuerza considerable. Había que esperar a que el mar empujase de nuevo. La txalupa tenía dos remos en el fondo que engancharon con los estrobos en los toletes y un banco para los remeros. Cargaron los bultos en la popa y cuando se empezó a notar que la marea podía más que la riada, soltaron los amarres y subieron a bordo las dos mujeres; Harri empujó la embarcación hacia el centro del canal y pasó adentro de un salto.
Harri y Helene cogieron los remos y Benicia se sentó a popa encima de las alforjas para que no se las llevara el viento. La travesía resultó más arriesgada de lo esperado. Por un lado, iban haciendo eses por la diferencia de fuerza de los dos remeros y, por otro, el encuentro de la riada y la marea formaba corrientes peligrosas, lo que hacía difícil gobernar la embarcación, sobre todo para gente inexperta como eran ellos.
Avanzaron penosamente y hubo momentos en que el fuerte viento que venía del mar formando olas caprichosas los empujaba contra los bancos de arena dejándolos encallados durante un tiempo, hasta que la subida de la marea y los empujones de Harri, que tenía que bajarse, los volvía a poner a flote. Helene tenía las manos despellejadas y Benicia se tuvo que sentar entre Harri y Helene para tirar del remo entre las dos. Los troncos a la deriva golpeaban contra el casco sonando con si se hubiera partido. Estaban doblando ya la curva del canal para enfilar el fondeadero de Arketa, cuando una remada al aire sin tocar el agua lanzó a Helene y Benicia de espaldas, cayendo de cabeza al fondo de la txalupa y quedando patas arriba, conmocionadas, con el remo entre las manos. Esto, unido al viento que soplaba con ráfagas cada vez más violentas y con la txalupa a la deriva, convirtieron la escena en un espectáculo dramático y descontrolado. Harri tuvo que parar de bogar con un remo para no empezar a dar vueltas y cuando pudo hacerse con el remo suelto, ayudar a las dos mujeres a levantarse medio aturdidas y él sentarse a bogar con los dos remos a la vez, la embarcación había quedado a merced del vendaval y de la marea y se deslizaba veloz hacia las peñas de Kanala. Intentó remar en dirección contraria pero al quedar la embarcación atravesada respecto al viento, una ráfaga violenta la cogió de costado y la lanzó hacia las rocas negras de la punta que cierra la ensenada. Pudo esquivar el choque de milagro dirigiendo el bote de nuevo hacia el centro del canal, pero el esfuerzo fue tan grande que el estrobo del remo derecho se rompió, quedando otra vez la embarcación a la deriva. Harri no pudo hacer nada para enderezar el rumbo y la txalupa fue derecha a estrellarse contra la Punta de Isla Bekoa. El golpe fue terrible y la txalupa quedó destrozada, con la mitad de proa incrustada entre los peñascos y la mitad de popa saltando en pedazos y sumándose al remolino de troncos y ramas que habían bajado con la riada. Los tres náufragos salieron proyectados sobre las peñas donde quedaron agarrados como lapas para no caer en las aguas turbulentas. Las alforjas con la caja del tesoro, junto con la ballesta y las saetas de Harri, desaparecieron bajo las aguas agitadas del canal.
El verdín que las peñas amortiguó el golpe y poco a poco comenzaron a moverse A primera vista no tenían más daños que unos rasponazos y cortaduras en los brazos y el rostro. Se sentaron pálidos y asustados. Harri se santiguó como las beatas al entrar en la iglesia; Helene y Benicia musitaron unas jaculatorias en occitano. Media hora después todavía seguían en la misma postura, mirando hipnotizados el sitio donde se habían hundido las cien monedas de oro de Béziers.
Helene, Benicia y Harri salvaron la vida milagrosamente en los negros riscos de Kanala, pero el tesoro de los cátaros quedó sepultado para siempre en las arenas de la ría.

06 -

La tormenta había amainado pero seguía lloviendo intensamente. Con el ánimo por los suelos, los tres de Zarragoiti volvieron a quedarse en silencio, atrapados en sus reflexiones. Helene, todavía sin quitarse de la cabeza la imagen de la saeta en el cuello del bandido y la escena del prostíbulo con las dos mujeres, quién sabe si muertas, no podía creer que había perdido el tesoro cátaro que había jurado entregar a sus dueños. Se sentía responsable. Cada uno a su manera, los tres lamentaban internamente la pérdida de las monedas, la fuga del dominico y la muerte del pobre diablo que les había asaltado. Solo les quedaba el consuelo de imaginar la rabia del clérigo al comprobar la chatarra que llevaba en la arqueta, y se complacían viendo su esqueleto en el fondo del mar agarrado al cofre del tesoro, como en una historia de piratas. Luego, subieron la cuesta doloridos y derrotados, entre madroños y encinas, camino de la casa-torre de Kanala.
La familia de los Garunaga les recibió con los brazos abiertos. Conocían bien a los Zarragoiti y admiraban a Helene de Montalban por su valor y su belleza, que eran famosas en los pueblos de Urdaibai. Fue una gran sorpresa verles aparecer a la puerta de la torre sin monturas y empapados, con los vestidos rasgados, pálidos y cubiertos de arañazos. Tello, el jefe del linaje, con su esposa María y sus dos hijos, Iñigo de veintidós años y Ioanne, una atractiva joven de veinte, con la que Harri ya se había cruzado alguna vez en las fiestas populares miradas prometedoras, les atendieron en la gran cocina junto al fuego. Les curaron los cortes y rasponazos, les dieron ropas secas y les invitaron a quedarse el tiempo necesario, ofreciéndose a llevarles a Mendata al cesar las lluvias.
Se juntaron todos en el salón de la primera planta, alrededor del gran fuego, para escuchar las peripecias que les habían traído hasta allí de forma milagrosa, como salidos del mar, y las últimas noticias sobre el asalto de los oñacinos a la torre de Montalban, que ya se habían extendido por toda la comarca.
Con el resplandor del fuego del hogar en su mirada, Helene les contó el horror de la destrucción del castillo y el incendio posterior. Cómo lo contemplaron impotentes desde el caserío de Zarragoiti, temiendo que los asaltantes continuasen con ellos su sangriento cometido. Sin duda desconocían que ella vivía allí desde que se casó con Eneko y les vieron marcharse dando aullidos después de la matanza. Mataron a todos los que vivían en la torre, sus dos hermanos Roger y Arnaud, la mujer del primero y sus dos hijos pequeños, junto con dos criados. El espectáculo, cuando horas después pudieron entrar en el edificio quemado, fue sobrecogedor y no pudieron hacer otra cosa que enterrar en el prado cercano los cuerpos medio carbonizados. El linaje de Montalban desaparecía para siempre entre el humo y las cenizas. Siglos antes se habían salvado de las hogueras de la Cruzada Albigense, pero era su destino acabar entre las llamas en un país lejano.
Siguió un gran silencio a las palabras de Helene que tuvo que hacer un gran esfuerzo para dominar su emoción, mientras una lágrima asomaba en los ojos de su hermano Harri. Joanne, sentada junto a él, le consoló poniendo la mano en su hombro.
Luego, Helene continuó narrando las aventuras del viaje a Bermeo tras las huellas de Simón el dominico, del que sospechaba que era el causante de aquel asalto y del robo de sus ahorros. No quiso mencionar la arqueta con las cien monedas de Béziers.
Escucharon con gran admiración las gestiones de Helene con el Prior de los Franciscanos, la recuperación del dinero en el burdel del puerto, la escapada por mar del fraile y finalmente el robo de la txalupa, el abandono de las monturas en Portuondo, para acabar naufragando junto a las peñas de Isla Bekoa donde habían perdido, además de la embarcación, todas sus pertenencias, entre ellas el cofre del dinero. Tampoco les contó nada de la muerte del bandido la noche anterior.
Tello y su hijo, que siguieron con interés y emoción el relato, les dijeron que con las riadas de los últimos días era casi imposible que lo perdido hubiese quedado por los fondos de alrededor, pero que de todas formas bajarían a buscarlo en la siguiente marea baja. Terminado el relato, Harri se acercó a la bella Ioanne que había estado escuchando la historia junto a la ventana y miraba hacia las marismas con aire soñador.
La torre de los Garunaga era una sólida construcción de planta cuadrada y tres alturas, con unos hermosos matacanes en lo alto de los muros. Situada en un promontorio junto a la Ría, dominaba todo el estuario hasta Gernika. Desde sus almenas se podían vigilar también los movimientos de sus enemigos de las casas-torre de Gana, Munitiz y Madariaga, al otro lado del canal, destacados oñacinos que apoyaban al rey de Castilla. Subieron todos a lo alto del torreón para estudiar el escenario de la última aventura, situar el lugar del hundimiento de la txalupa y señalar la posición de los caballos y la mula en la orilla opuesta.
El hijo mayor Iñigo dijo que no podían dejar las monturas donde estaban ahora porque las podían robar fácilmente y porque su presencia y la falta de la txalupa les iban a delatar. Estaban muy cerca de la torre de Gana. Se ofreció a ir a recogerlas cuando las aguas de las riadas y las fuertes mareas se calmasen un poco. Para ello utilizaría alguna de las embarcaciones grandes del fondeadero de Arketa, a cuyos dueños conocía, y con tres o cuatro bogadores se apañarían para meter los animales a bordo y traerlos a este lado. Sugerían, por tanto, los Garunaga que se quedasen en el castillo hasta que el tiempo mejorase y pudiesen recuperar con los caballos. Helene agradeció vivamente la propuesta, lo que les permitiría regresar a casa con dignidad, en sus propias monturas y sin presentar el triste aspecto que tenían ahora. Ya era suficiente humillación volver con las manos vacías, habiendo perdido las monedas de oro y dejando escapar al traidor dominico.
Harri se ofreció enseguida para acompañar a Iñigo en la operación de rescate y Ioanne, encantada de que se quedasen unos días, empezó a maquinar de forma inmediata la mejor manera de verse a solas con Harri sin que nadie se enterase. Estaba tan segura de que el joven Zarragoiti no iba a poner reparos…
Una vez aceptado el plan, arreglaron rápidamente el reparto de aposentos y algo más tarde se sentaron a comer todos juntos en la gran mesa de la cocina que se extendía frente a un enorme fuego bajo. No faltó la carne de jabalí y el buen vino para reponer las fuerzas y el ánimo de los viajeros, y para estrechar los lazos entre las dos familias, en una larga sobremesa en la que los mayores no tardaron en comentar los desastres y horrores de aquellas luchas entre linajes que en otros tiempos habían sido buenos vecinos y los jóvenes desaparecieron sin que nadie se enterase.
Los Garunaga contaron a Helene y Benicia los últimos atropellos cometidos por los oñacinos, como el que había sufrido recientemente el castillo de Arteaga por los soldados de los Muxika, en un nuevo enfrentamiento de los dos linajes más poderosos de la comarca. Además los Muxika y los Butron, otra de las grandes familias de Bizkaia, se habían asociado a través de lazos familiares y constituían una fuerza imposible de frenar. Un ejemplo claro de las barbaridades que se estaban cometiendo por todo Bizkaia, y del odio increíble que se venía generando entre los señores más engreídos y violentos de cada bando, era la pugna de los linajes de Zurbaran, Arbolantxa y Legizamon por demostrar su poderío en Bilbao en la que los asesinatos estaban a la orden del día. Y eso ocurría entre los propios vascos, lo cual no era otra cosa que el reflejo y consecuencia de las feroces luchas que en el reino de Castilla se libraban para la apropiación de la corona y en las cuales el Señorío de Vizcaya era una pieza clave. En aquellos años terribles de mitad del siglo XIV las mujeres, por ellas mismas, por sus maridos o por sus hijos legítimos o bastardos, tomaban parte activa en las maquinaciones por el poder y los lazos de sangre eran en la mayoría de los casos peligro de muerte. El rompecabezas bélico con sus matrimonios y alianzas era un completo caos. Guerra civil castellana, guerra entre Castilla y Aragón, avance de las fronteras de Castilla sobre Navarra, intervención del reino de Inglaterra apoyando a Pedro I y del reino de Francia a Enrique II, escaramuzas contra los reinos moros del sur...
Luego, pasaron a hablar de los peregrinos cada vez más numerosos que acudían de toda Europa con destino a Santiago de Compostela. Los caminos de Lekeitio a Gernika se estaban haciendo cada vez más peligrosos con la presencia de bandoleros y truhanes que antes no pisaban estas tierras. Se había construido un hospital en Ziortza para atender a estos peregrinos y una posada nueva en el barrio de Zarra, cerca de la casa de los Zarragoiti.
Helene y María se quedaron a charlar animadamente junto al fuego y Benicia se acercó a la cocina para ayudar a preparar la cena y chismorrear con las criadas. Al atardecer Iñigo bajó hasta Arketa para elegir una embarcación de fondo plano, de las usadas para navegar por la Ría, y contratar a cuatro fornidos marineros.
Mientras, Ioanne y Harri habían subido a lo alto de la torre donde permanecieron largo tiempo contemplando el bello paisaje de las marismas y los soñadores matices de sus ojos. Alguna flecha perdida había atravesado también sus corazones y buscaban rincones por donde desaparecer discretamente. Ioanne sabía de uno al que con mucho misterio dijo a Harri que iban a ir. Era el pasadizo secreto, construido bajo tierra como vía de escape para los casos de asalto o asedio al castillo, que no se había llegado a usar nunca con ese fin. Conducía directamente a las peñas del borde del estuario y su salida quedaba despejada únicamente en la bajamar. Su acceso desde el interior de la casa estaba camuflado detrás de un contrafuerte en el fondo de las cuadras, donde se abría un arco ojival de poca altura, cerrado con una pesada puerta de madera.
Ioanne llevó de la mano a Harri, a escondidas de los criados, hasta llegar a la puerta. Sacó una gruesa llave de un agujero de la pared y procurando no hacer ruido la abrió y se introdujeron por el pequeño túnel que se alejaba cuesta abajo en la oscuridad. Allí estarían al abrigo de miradas indiscretas. Tanteando las paredes llegaron enseguida a una cueva que daba al mar con el suelo de arena y enormes rocas en el exterior que la protegían de ser vista desde lejos. Solo se podía acceder a ella en marea baja y la gente del lugar la llamaba La Cueva del Amor porque según una leyenda, dos enamorados habían muerto ahogados cuando la marea les sorprendió en el fondo de la cueva.
Además de la leyenda, que no le hizo ninguna gracia a Harri, Ioanne le contó que el lugar lo conocía porque una vez se había citado allí con un hijo del solar de los Gana, cuya casa-torre estaba justo enfrente, y que el mozo cruzó la ría nadando con la marea baja para encontrarse allí con ella (lo cual tampoco gustó nada al joven de Mendata). Pero como él era de los oñacinos y ella de los gamboínos, ese mismo día discutieron tan agriamente a cuenta de los crímenes de uno y otro bando, que se declararon odio eterno y no volvieron a verse.
El pequeño rincón arenoso junto al canal era un lugar mágico, escondido y acogedor, con las ramas de las encinas cayendo en guirnaldas desde la visera de los peñascos. La pareja dio un paseo por aquellas arenas efímeras que aparecían y desaparecían dos veces al día, contemplando la bella puesta del sol que teñía de rojo el horizonte.
Hay momentos en la vida en los que el amor y la suerte caminan abrazados y esto es lo que ocurrió en ese mágico lugar de las marismas de Kanala. En una de las vueltas amorosas que los jóvenes enamorados dieron sobre la fina arena de aquel refugio, la mano de Harri tropezó con algo duro bajo el cuerpo de Ioanne. Se apartaron un poco, pensando que era una roca que asomaba, pero de pronto a Harri se le encendió una luz y dijo emocionado: ¡los restos de la txalupa!
Salió fuera y reconoció inmediatamente el lugar. “¡Fue cerca de aquí donde nos estrellamos! Nuestras cosas tienen que estar bajo la arena. Pasó como una centella de la excitación del amor a otra igualmente placentera: la búsqueda del tesoro. “¡Vamos a excavar!”.
Se lanzó como un poseso a retirar con las manos la arena que cubría aquella punta dura y no tardó en quedar al descubierto la caja de madera con las monedas de Béziers. Las cuerdas que ataban la tapa estaban ligeramente aflojadas, pero no parecía que faltasen muchas monedas porque seguía pesando más que el plomo. “¡Es un milagro!”, clamó a gritos el joven mostrando la caja a Ioanne, que no entendía bien la alegría desbordada de Harri y pensaba con cierta frustración en el precipitado fin de la amorosa velada. Pero era una mujer práctica y le dijo a Harri que seguirían buscando para encontrar las demás cosas perdidas. Removieron la arena de alrededor y consiguieron encontrar dos saetas y una moneda en una grieta de la pared, que a Ioanne le pareció de oro. Siguieron buscando, pero la marea subía rápidamente y los primeros embates del agua comenzaron a entrar en la cueva. Harri se guardó la moneda en el bolsillo en recuerdo, pensó, de aquellos momentos de amor y fortuna, y subieron hacia la torre con el hallazgo milagroso. Las huellas de su visita fueron quedando borradas, la cueva se fue inundando y desapareció bajo las aguas.
—A lo mejor los amantes de la leyenda pudieron salvarse por este pasadizo. Y nadie lo supo porque era un amor prohibido. Igual fueron antepasados míos.
—Ya te pega —dijo Harri resoplando por el peso del oro sobre aquella cuesta resbaladiza.
La entrada en la sala, donde las mujeres estaban hablando con unas vecinas, fue triunfal. Harri depositó la caja sobre la mesa con un golpe sonoro y miró orgulloso a Helene. Ésta no pudo reprimir un grito de emoción y se lanzó a abrazar a Harri dándole un montón de besos. María, la esposa del señor de la torre, estaba asombrada, no solo por la felicitación efusiva, sino por las dos monedas, que parecían de oro, y que se habían deslizado por la abertura de la tapa y rodaron por la mesa. “Estos Montalban deben ser más ricos de lo que yo creía”. Helene metió con rapidez las monedas por la rendija y volvió a apretar las cuerdas que sujetaban la tapa.
—Estos son los ahorros de toda la vida de mi familia que el dominico se llevó la noche del asalto y que hemos conseguido recuperar en Bermeo —mintió la joven, sin añadir más detalles—. Ha sido como un milagro que hayan aparecido.
—¿Dónde la has encontrado? —preguntó a Harri.
—En la cueva del pasadizo secreto —se le escapó a Harri, sin darse cuenta de que había gente extraña delante y que Ioanne palidecía.
—¡Ioanne! —casi gritó María, fulminando con la mirada a su hija. ¿Quién te ha mandado abrir esa puerta? ¿No sabes que nadie debe saber que existe? ¿Qué estabais haciendo allí? —preguntó cada vez más encolerizada—. Verás cuando tu padre lo sepa.
—La joven, cuyo rostro había ido pasando de la palidez al color de las cerezas, no supo qué contestar y se quedó mirando al suelo. Harri se sintió obligado a salir en su defensa y dijo:
—La culpa ha sido mía, señora. Le dije a Ioanne que estaba seguro que las alforjas que traíamos en la txalupa estaban enganchadas en algún recoveco del fondo en las peñas de Isla Bekoa y que cuando llegase la siguiente bajamar pensaba bucear para intentar buscarla. Como no sé nadar ella me iba a sujetar con una cuerda. Ioanne me dijo que bajar por las peñas hasta el agua era peligroso porque estaban cortadas a pico y que intentar bucear sin saber nadar era una locura. Entonces me contó que ella sabía de un camino que nos llevaría desde la torre hasta el agua por debajo de las rocas. Bajamos por el pasadizo y encontramos la caja asomando entre la arena.
María, que había temido por el honor de su hija, se quedó más tranquila con la explicación, aunque los cambios de color de la cara de la joven no permitieron borrar del todo sus sospechas.
—Bueno, ya hablaremos con más tranquilidad cuando venga tu padre.
Despidieron a las vecinas explicándoles, como sin darle importancia, que aquella puerta daba a una bodega donde guardaban el vino y otros víveres, para refugiarse en caso de asedio y que la mantenían en secreto para que los criados no se emborrachasen. Cuando llegaron los hombres a casa para la cena, la caja estaba guardada y el ambiente era tranquilo. Estuvieron comentando la operación del día siguiente para la recuperación de los caballos. Iñigo ya había apalabrado la embarcación, cenaron tranquilamente y se fueron a dormir.
Pero, por razones bien diferentes, hubo cuatro camas en el castillo a las que el sueño tardó mucho en llegar.
Helene, sentada contra la almohada, repasaba los trágicos sucesos de las últimas horas y no dudaba de que el espíritu de su padre había estado continuamente a su lado para ayudarla. Tenía ahora el tesoro cátaro en sus manos y era su deber encargarse de su devolución. Seguía existiendo el peligro de Simón de Folquet, que al descubrir el engaño —y teniendo en cuenta su artera maldad y viendo en el horizonte el porvenir oscuro e incierto que le esperaba— era capaz de volver para recuperar el tesoro que había tenido en sus manos.
Luego pensaba en Harri. Siempre había creído que acabaría casándose con su hermana Blanche, por aquello del “milagro de las tejas” que decía Santxo Zaharra, pero tampoco le disgustaba la idea de que eligiese a Ioanne y así emparentarse con los Garunaga. El tiempo lo diría. Estaba agotada pero feliz.
Harri tenía en la cabeza un remolino de sensaciones dispares. No podía olvidar las caricias de Ioanne, el aroma de su piel y la pasión de sus movimientos. ¡Qué diferencia con la pelirroja del Balia Beltza! Por otro lado, repasaba con detalle la pelea con los asaltantes y el valor de Helene y Benicia, que le habían salvado la vida. Y luego, el momento de encontrar la caja y el orgullo de haber recuperado las monedas, su metedura de pata, el sonrojo de Ioanne; el paso de la Ría; el naufragio… En su vida había tenido tantas emociones seguidas.
En la cama de Ioanne todo eran nervios y preocupación. Daba vueltas y más vueltas y temblaba ante el castigo que le iba a caer de su padre por lo del pasadizo, pero más temblaba su corazón al recordar las caricias de Harri y lo fuerte y apuesto que era. ¿Tendría otro amor? ¿Sería un capricho pasajero? Cada diez segundos se le escapaba un profundo suspiro.
Donde había una batalla en toda regla era en el lecho conyugal de los señores de la torre. El tema, indudablemente, era su hija. Mucho debieron discutir, porque a la mañana siguiente no se volvió a mencionar el asunto del pasadizo, ni siquiera para llamar al orden a Ioanne; y después del desayuno ya había varios criados ocupados en tapar a cal y canto la puerta secreta. Si algún día tenían que escapar ya la tirarían abajo.

07 -

Iñigo y Harri habían marchado al amanecer para aprovechar que la marea al bajar les ayudase en la travesía y Helene, Ioanne y Benicia subieron a lo alto de la torre para verlos asomar por la Punta de Arketa y alcanzar el canal a bordo de la gran embarcación de cuatro remeros, dirigiéndose al otro lado de la Ría, al fondeadero de Portuondo. Los dos jóvenes iban situados uno a proa y otro a popa, con sendas ballestas en las manos. Les saludaron levantando los brazos y al de un rato desaparecieron tras el islote de Txatxarramendi. El tiempo era gris pero no llovía y un ligero viento del nordeste levantaba rizos de espuma junto a la barra de Mundaka. Las aguas bajaban más tranquilas. Pasó el tiempo y la incertidumbre les fue poniendo nerviosas. Igual se había soltado alguno de los caballos y lo andaban buscando o, lo que era peor, los de Gana les habían preparado una emboscada. Hacía frío en la torre y la espera se les hizo eterna pero, al fin, asomó la pinaza a la derecha del islote, de vuelta al embarcadero, con un bogar frenético de los cuatro remeros. Se acercaron rápidamente y ya se podía distinguir el bulto de las cuatro monturas, sobre el fondo plano de la lancha. En la proa, con las piernas bien abiertas para mantener el equilibrio, se veía la esbelta figura de Iñigo con su ballesta en la mano. Pero en la popa no se veía a Harri, ni con su ballesta ni con el remo haciendo de timón. A las mujeres les dio un vuelo el corazón y comenzaron a gritar y hacer señales con sus pañuelos. La embarcación se dirigía a toda velocidad hacia el embarcadero de Arketa y al verlas Iñigo hizo gestos abriendo y cerrando los brazos y gritando palabras que se quedaron a medio camino. Luego, desaparecieron tras las peñas de la Punta de Arketa.
Algo había ocurrido. ¿Dónde estaba Harri? Helene y Ioanne bajaron de la terraza y salieron de la casa corriendo por el camino hacia la pequeña cala, que estaba a menos de una milla. Llegaron exhaustas a la orilla al mismo tiempo que los marineros sacaban el cuerpo de Harri y lo tumbaban sobre unas tablas del muelle, con la pierna derecha extendida y teñida de sangre. Estaba vivo, pero tenía una flecha clavada en el muslo. Iñigo organizó enseguida el traslado, mientras Ioanne cogía con fuerza la mano del joven, que le miraba pálido y agradecido. Con dos remos ligeros y una vela vieja improvisaron unas parihuelas y colocaron a Harri con cuidado, al tiempo que Helene le ataba una cuerda alrededor del muslo para cortar la hemorragia. Los caballos y la mula estaban ya desembarcados y Helene e Iñigo montaron en ellos y fueron hacia el castillo a preparar lo necesario, mientras Ioanne acompañaba andando a los cuatro marineros, que se encargaron de llevar al herido a buen paso. María les estaba esperando en el portalón de la casa y rápidamente fue abriendo todas las puertas hasta que dejaron al herido sobre la cama. Helene montó de nuevo en su caballo y salió para Mendata al galope. Al llegar allí contó rápidamente a Eneko lo sucedido a su hermano Harri, le encargó que fuese a buscar a toda velocidad al cirujano de Gernika, mientras ella corrió a la alacena de la cocina y, ayudada por su hermana Blanche, prepararon unos emplastos de hierba de San Juan, salvia y otras plantas especiales para cortar la hemorragia y evitar la infección, y metiéndolo todo en una bolsa, salió de nuevo en dirección a Kanala.
Cuando llegó al castillo de Garunaga, Harri estaba adormecido gracias a una infusión que María le había suministrado para quitar el dolor y su rostro presentaba un aspecto tranquilo, algo acalorado por efecto de la fiebre. Ioanne permanecía al borde de la cama con cara de susto y María y Benicia andaban de un lado para otro quitando mantas, trayendo toallas y vendas, abriendo las ventanas y sacando trastos de la habitación. Iñigo y su padre Tello, miraban desde la puerta, hasta que llegaron Eneko y el médico. Éste echó un rápido vistazo a la cara de Harri y luego a la flecha y en segundos se hizo cargo de la situación. Se quitó la ropa de abrigo y se remangó los brazos, pidió agua hervida y unas tenazas y mandó salir a todos menos a Helene y María. Sacó un frasco de la bolsa y colocó los instrumentos que iba a utilizar sobre una toalla limpia. Cortó el asta de la flecha con las tenazas y volcó el líquido desinfectante sobre la herida. Miró de nuevo a Harri, le tocó la frente y pidió a María que le hiciese beber algo más de la infusión de adormidera que le había dado antes. Esperaron unos minutos a que le hiciese efecto y mientras se lavaba las manos, Helene le explicó el preparado que había traído para evitar la infección. El médico le dijo que le vendría muy bien cuando le cerrase la herida. A continuación metió el cuchillo en la carne y fue cortando los tejidos con cuidado para no seccionar ningún nervio o vaso sanguíneo y finalmente sacó la punta de la flecha. Pidió a María que le ayudase a juntar los bordes de la carne y a Helene que absorbiese con un algodón la sangre que manaba suavemente y procedió a coser la herida con una aguja y un hilo fino. Luego limpió bien todo y le dijo a Helene que extendiera el emplasto que traía preparado sobre toda la zona y que vendase el muslo fuertemente desde la rodilla hasta la ingle. Antes, soltó la cuerda que Helene había atado para cortar la hemorragia.
No había sonado el Ángelus del mediodía en la ermita de Kanala, cuando todo había pasado y reinaba la tranquilidad en la casa-torre de los Garunaga. Tello, Iñigo y Eneko estaban sentados junto al fuego con una jarra de vino y un poco de queso delante y comentaban la escaramuza de Portuondo que, de poco, le cuesta la vida al joven Zarragoiti. Según contaba Iñigo, fueron los hombres de la casa de Gana, que al oír sus ruidos subiendo a bordo los caballos y los relinchos de estos, acudieron velozmente y les atacaron con sus arcos cuando despegaban de la orilla. Ellos respondieron con las ballestas, pero no pudieron evitar que una flecha alcanzase en la pierna Harri, que iba de pie en la popa de la embarcación. Era una afrenta más a sumar a todos los desmanes que venían cometiendo los oñacinos, pues estos de Gana eran parientes de los de Belendiz. Estuvieron hablando de ponerse en contacto con los de Arteaga a fin de organizarse y hacerse con más soldados para evitar hechos como el ocurrido, cada vez más frecuentes y más graves, como los recientes asaltos a sus torreones.
El cirujano había marchado, después de unos buenos tragos de la jarra de vino y de coger algunas monedas de las que le ofrecía la dueña de la casa-torre. Las mujeres estaban charlando en la cocina, situación que Benicia aprovechaba para desgranar un enorme manojo de alubias rojas que dejaba caer en un gran cuenco de madera. No estaba Ioanne, que permanecía sentada junto a la cama de su amado. Cuando se le pasase a Harri el efecto de la adormidera tenían muchas cosas de qué hablar. Éste debía permanecer sin moverse durante una semana, lo cual les llenaba a ambos de felicidad. Al cabo de ese tiempo, los de Zarragoiti mandarían una carreta para trasladar al herido de vuelta a casa.
Después de despedirse y de agradecer vivamente a la familia Garunaga todos sus desvelos, marcharon Helene, Eneko y Benicia hacia Mendata a lomos de sus cabalgaduras, con el caballo de Harri y la mula detrás y, por supuesto, con la caja de las cien monedas de Béziers bien amarrada en la grupa.
Exactamente no eran cien las monedas que viajaban hacia Mendata sobre la mula. Algunas estaban en la bolsa del dominico, quien sabe si en el fondo del mar; otras habían quedado perdidas en los arenales de Isla Bekoa, esperando otro milagro, quizá al cabo de muchos siglos, y una de ellas, pequeña y brillante, seguía escondida en el bolsillo de Harri, destinada a pasar algún día a las bellas manos de Ioanne.
Lo primero que hizo Helene cuando llegó a la casona de Zarragoiti fue reunir a la gente de la casa y abrir la caja de las monedas de oro de Béziers, que extendieron por encima de la mesa. Era un tesoro magnífico que ni el incendio de la torre ni el salitre del mar habían conseguido estropear. La efigie del rey santo de Francia brillaba como si les estuviese enviando un mensaje.
—Bueno, ya lo tenemos. Ahora tenemos que devolverlo a sus dueños—dijo Helene—. Es la voluntad de mi padre y el derecho de los cátaros que resisten en Occitania.
—Es ley de honor y figura en el testamento —asintió Santxo Zarra—. Yo tendría que ser el encargado de llevarlo tal como me sugirió tu padre, pero estoy muy viejo para viajar hasta aquellas tierras, cruzando las montañas de Navarra. Tendrás que ir tú, Helene, porque hablas occitano y sabrás dónde localizar a las familias cátaras que reunieron estas monedas o a sus descendientes.
—Así es, y estoy decidida a hacerlo cuanto antes —afirmó Helene—. Había pensado realizar el viaje con Harri y Benicia, como lo hemos hecho a Bermeo, pero Benicia también se siente mayor y Harri tardará en recuperarse. Creo que lo mejor será que me acompañe Eneko y para eso necesita contar con tu permiso para dejar la casa, como heredero del linaje.
—Por supuesto que lo tiene, Helene —respondió Santxo—. Eres para mí como una hija y confío plenamente en tu coraje y decisión así como en los de mi hijo. Sé los peligros que os aguardan pero estoy convencido de que los superaréis.
—Yo también quiero ir —dijo Blanche, que se había entretenido en contar las monedas, apilándolas en montoncitos de diez. Soy fuerte y no le tengo miedo a nada.
—Si querida —le dijo Helene—. Eres muy fuerte pero muy joven y bella, como para andar por esos caminos y dormir en posadas siniestras. Más vale que te dediques a controlar al hijo de los Zarrabeiti que te ronda más de la cuenta.
—Pues lo haría mejor que tú —refunfuñó la hermana, ruborizándose—. Además a mí me gusta Harri. Faltan once monedas, hay ochenta y nueve —añadió para cambiar de tema.
—Estarán en el fondo del mar… o quizá las gastó el dominico —dijo Helene, recordando el tiempo que el traidor las tuvo en su poder.
—Bueno —cortó Santxo—. Una vez decidido, tenemos que preparar bien el viaje. Es mejor que lo emprendáis lo más pronto posible, antes de que llegue el invierno.
—En mi opinión —intervino Eneko, por primera vez, pero era claro que ya había hablado del tema con Helene—, creo que lo más acertado sería viajar como peregrinos siguiendo el Camino de Santiago. Es la mejor manera de pasar desapercibidos y de no correr excesivo peligro.
La idea no era mala. Los peregrinos del Camino, que viajaban en uno y otro sentido, paraban en la posada cercana a la casa y les sería fácil estudiar a los viajeros, imitar sus vestimentas e incorporarse a la marcha caminando arropados. Decidieron que irían a pie, lo cual era menos arriesgado que moverse a caballo en el que su presencia sería bastante más notoria. El viaje sería duro y largo pero más seguro, incluso para las monedas que irían mejor camufladas en bolsas bajo el faldón de cada uno que en un cofre, que sería lo primero que les robarían.
Prepararon la expedición a conciencia. Escribieron entre todos una carta en latín al Obispo de Toulouse, en la que explicaban las fechorías de Simón de Folquet y que llevarían en mano por si tenían que usarla al llegar a la antigua ciudad cátara. Helene no descartaba que el dominico estuviese maquinando alguna venganza, después del ataque de rabia que le habría dado tras la burla humillante de la arqueta de oro falso y con la amenaza de excomunión que pesaba sobre él. Tenía que saber, por el testamento de Ioannes de Montalban, que el tesoro debía ser devuelto al acabar las persecuciones y estaría al acecho esperando su oportunidad.
Construyeron las bolsas de las monedas con cuero fuerte bien cosido, provistas de correas para atarlas a la cintura. También mandaron hacer dos zurrones grandes para llevar ropa y calzado para el frío y la lluvia, así como abundante dinero, un par de cantimploras y unos pequeños puñales que les sirviesen tanto para comer como para defenderse. Helene no se olvidó de incluir la carta al Obispo y otra carta con el sello del obispado de Toulouse que su padre había recibido años atrás con el perdón de su hija y que les serviría para identificarse. Tampoco olvidó de colgarse al cuello sus bolsitas de hierbas venenosas. Harri desde su refugio en Kanala les había enviado dos varas fuertes de avellano que había tallado él mismo, para que su espíritu fuese con ellos.
Durante unos días frecuentaron la venta para familiarizarse con el ambiente de los peregrinos, los idiomas que se usaban en la ruta, la forma de vestir, los peligros que podían encontrar, la distancia que hacían al día, el hospedaje, la comida, en fin todo lo que salía a relucir en aquellas conversaciones de taberna a las que ni Helene ni Eneko estaban acostumbrados. De aquellas charlas con unos y con otros dedujeron cuál sería la mejor ruta a seguir para llegar hasta Toulouse. Irían por el Camino de Santiago de la costa hasta llegar a Donibane Lohitzun. De allí tomarían el camino que conducía hasta Donibane Garazi, centro de concentración de peregrinos de toda Europa, donde se incorporarían a la ruta jacobea francesa, que les llevaría hasta Toulouse. Con el idioma no tendrían ninguna dificultad, pues durante la primera etapa hablarían euskera, hasta llegar a Sauveterre en el Bearne, y a partir de allí el occitano que Helene hablaba perfectamente.
Era la primera vez que hacían un viaje juntos lejos de sus tierras y Helene y Eneko estaban emocionados. Para Eneko se trataba de una experiencia nueva, porque nunca había salido de Bizkaia y su relación con Helene no había tenido otros horizontes que las paredes de las casas solariegas de ambas familias y la espesura de los bosques de Mendata. El viaje le llenaba de excitación. Para Helene era el retorno a sus orígenes, el rehacer un camino que años atrás había recorrido con sus padres y hermanos, huyendo de la persecución de la Iglesia. Ahora todos habían muerto, menos su hermana Blanche y su querida Benicia. Su apellido también había desaparecido y la torre que habían edificado en esta tierra que les acogió estaba destruida. Pero los de Montalban volverían a empezar. En su interior sentía que se había abierto una nueva etapa en su vida. Que la herencia de la doctrina cátara y las creencias animistas de su nueva familia se estaban fusionando y formando en ella un carácter nuevo que le impulsaba a vivir y a luchar. Ella era la cabeza visible de una nueva generación que colmaría de felicidad y orgullo al solar que la había acogido. Pero antes tenía dos promesas que cumplir: la devolución de las monedas de Béziers y la venganza contra el dominico.
Se despidieron de Santxo Zaharra, que les acompañó hasta la venta y les abrazó como un oso, y de sus hijos que quedaron al cuidado de Blanche y Benicia.
Iniciaron la marcha al amanecer de un día gris de mediados del otoño, desapareciendo entre la niebla y los robles del camino de Ziortza.

08 -

Simón de Folquet tenía menos de marino que de santo, que ya era difícil, y nada más doblar el espigón de salida del puerto de Bermeo negoció con el patrón para no tocar un remo en toda la travesía a cambio de las monedas que había recogido del mostrador del burdel; cosa que al dueño de La Mouette no pilló de sorpresa pues ya se había fijado en aquellas manos largas y pálidas, más entrenadas en coger el hisopo para ahuyentar a los demonios que en agarrar una herramienta de trabajo. Se retrepó en el sitio que ya tenía preparado entre los dos sacos sagrados que constituían su equipaje: uno con sus hábitos, el breviario, la cruz de plata, el rosario y algunos documentos, y el otro con el tesoro no menos sagrado de los cátaros, el cofre con las monedas de oro de Béziers, bien envuelto en gruesa mantas de lana.
—¡Ah!, si supiera este estúpido patrón lo que llevamos a bordo— se decía, mientras pasaba la mano por encima de la arpillera.
“—¡Ah! si tú supieras lo que llevas de verdad en el cofre, canalla renegado”, replicaba una voz desde el cielo, aunque no se llegaba a oír con el ruido de la tempestad.
Para no ser marinero tenía la rara virtud de no marearse con los terribles saltos que daba la embarcación zarandeada por las olas. El mar estaba encrespado, la tormenta se había desatado y la quilla negra de La Mouette pasaba rozando las peñas afiladas de Otzarri. Solo un milagro impedía que la embarcación se hundiera para siempre. Cubriéndose bien con un capote se fue quedando amodorrado en su rincón y le dio por recordar algunos pasajes de su azarosa vida.
Era hijo bastardo de un destacado preboste de Toulouse al que no llegó a conocer y, siendo pequeño, lo dejaron al cuidado de un tutor bearnés que lo educó sin interés ni miramiento alguno, procurando enderezar a palos las malas tendencias que ya demostraba, y con el que aprendió latín, occitano y francés, además de aplicarse a la fuerza en la mortificación, el ayuno y el temor de Dios. En ese celo el tutor seguía las doctrinas de misticismo y pobreza que el catarismo estaba divulgando por toda Occitania y de ahí le venía seguramente su obsesión posterior por la riqueza, la lujuria y la venganza contra aquellos herejes que le habían amargado la juventud. Con esta preparación tan edificante no tuvo otra elección que ingresar en la Orden de los Predicadores (los dominicos) que Santo Domingo de Guzmán había fundado en aquella ciudad el siglo anterior con el fin de acabar con la herejía albigense. Alcanzó enseguida fama como predicador por sus atronadores sermones en los que fustigaba con ardor los vicios que él mismo practicaba, cuando dejaba el hábito colgado detrás de la puerta y se perdía por los lupanares de la ciudad. Con los dominicos también aprendió a espiar, perseguir y llevar ante los tribunales del Santo Oficio a los cátaros que se escondían por los arrabales de Toulouse, y que en esa época andaban organizando movimientos de resistencia en la clandestinidad. Las grandes familias de la ciudad habían caído en sus garras y a la fama de predicador y de fraile austero y santo, se sumó la de riguroso y cruel inquisidor y pronto se acostumbró al olor de las hogueras donde ardían los blasfemos, tal como les había ocurrido a los Moissac en su escondrijo de Bizkaia.
Pocas familias importantes de Toulouse se le habían escapado de las manos: entre ellos los Moissac, que ya estaban en el Infierno, los Villeneuve, los Authier, los Calignac..., cuyos hijos buscaban venganza por la muerte de sus padres y que estuvieron a punto de cortarle la cabeza en una de sus escaramuzas, razón por la que tuvo que escapar de la ciudad rumbo a Pamplona. Algún día acabaría con ellos. Pero ahora tenía otras preferencias. Primero, debía defender su inocencia en los Tribunales Eclesiásticos y librarse de la excomunión —su fama y el oro que llevaba encima le ayudarían a ello—, y con ese motivo se veía empujado a realizar lo que siempre había deseado: viajar a Roma o a Florencia y buscarse un puesto en el palacio de algún cardenal o, quién sabe, si en el mismo Vaticano, para ir alcanzando poder e influencias y de paso disfrutar de los placeres de la vida.
¿Qué significaba frente a eso el sufrir como un perro en aquel cascarón y luego tener que ir caminando hasta Toulouse haciéndose pasar por peregrino? Las sacudidas del barco le estaban moliendo los huesos. Sintiendo la forma del cofre debajo de las costillas y acariciando la arpillera como si fuese una mujer, se acordó de repente de la hija de los Moissac... Era atractiva aquella mujer. Recordaba que se llamaba Helene. La conoció en la torre de Montalban cuando la confesión del criado, donde estaba cuidando del viejo moribundo aunque ella vivía en la casa cercana. Le gustaba su mirada decidida y su cuerpo esbelto No le hubiese importado encontrársela en el Balia Beltza en vez de la pelirroja. Estaba ya empezando a excitarse, explorando su desnudez imaginada, cuando de pronto se quedó helado: ¡Claro, no estaba en la torre durante el asalto! No había muerto y tenía que saber que al confesar al criado se enteró del asesinato del señor de Belendiz y que lo había contado a sus descendientes. Seguramente le vio también marchar con la arqueta de las monedas.
Luego, le había seguido hasta Bermeo y le había denunciado ante las autoridades de la Iglesia. Ahora se explicaba por qué los alguaciles le buscaban y las acusaciones de robo, asesinato y lo del secreto de confesión. Tenía que ser ella. ¡Maldita bruja! Bueno, pues se iba a quedar con las ganas. No le cogerían tan fácilmente. Y siguió recreándose en sus bellas curvas imaginadas.
Una ola gigantesca les pegó de costado, llenó de agua la embarcación y se llevó con ella las deducciones del fraile y sus pensamientos lujuriosos. El patrón le puso en la mano un balde y le obligó a achicar el agua, hasta que dejó de cubrirles los pies. Después del esfuerzo quedó agotado y se tiró de nuevo entre sus sacos. ¡Maldita bruja, repitió!
La esbelta Mouette, con el viento a favor y la panza vacía de agua, navegaba a gran velocidad. Una vez pasado el cabo de Ogoño se fue alejando de la tempestad y las grandes olas del noroeste la fueron llevando en volandas al ritmo acompasado de los remos. Simón se despertó cuando doblaban el cabo Higer y se dirigían al puerto de Hondarribia. Preguntó al patrón dónde estaban y cuando le dijo que no seguían hacia el norte porque al otro lado de la bahía se veía movimiento de tropas y navíos de guerra cerca de Donibane Lohizune, al principio montó en cólera por no poder llegar hasta un puerto de Bretaña, pero luego, lo pensó mejor, y se dijo que Hondarribia era un lugar perfecto para pasar desapercibido y que en las circunstancias actuales el mejor refugio para él en Francia no era Bretaña o Normandia sino su propia ciudad, es decir Toulouse. Y desde Hondarribia a Toulouse la ruta del Camino de Saint Jacques era el mejor cobijo para maleantes y viajeros clandestinos.
Buscó una posada en la parte vieja de aquel pueblo plagado de soldados, contrabandistas y balleneros y se quedó a descansar y reponerse del dolor de espalda que le habían dejado las sacudidas de La Mouette y el achique de su panza negra. Permanecería unos días en Hondarribia para recuperar fuerzas y hacerse a la nueva vida de paisano lego.
Se convenció a sí mismo de que todo iba bien, había cumplido la misión de eliminar a los herejes que buscaba y tenía el suficiente dinero para organizarse a gusto el futuro. Allí no le conocía nadie y no se imaginaba a los aldeanos de Mendata siguiéndole hasta Francia; o sea que se relajó y comenzó a pensar en el viaje a su Toulouse natal. El pequeño detalle de su excomunión por faltar al sigilo sacramental y la posibilidad de que lo buscase la Iglesia no le quitaban el sueño. Tenía que convencerse de ello para disfrutar de la vida de ahora en adelante. ¿Quién lo iba a buscar por aquellos parajes? De todas formas andaría con cuidado porque el brazo de la Iglesia Católica —bien lo sabía él— era lo suficientemente largo, sobre todo por aquellas tierras de herejes y brujería, como para descuidarse.
Necesitaba ropa nueva y un animal de carga para llevar los sacos. Salió con el dinero que le quedaba de la bolsa de Judas y volvió con ropa de peregrino, incluido un sombrero negro de ala ancha para tapar la tonsura, un bastón de madera de castaño y un burro. Luego volvió a salir a comer y beber a gusto. Pasó por delante de varios burdeles cerca del puerto pero no estaba para mancebías, porque tenía todo el cuerpo magullado por el viaje y prefería acariciar de nuevo el oro de los cátaros a seguir agitándose sobre olas de carne y hueso. Comió y bebió como un obispo al terminar la Cuaresma y se retiró temprano a su habitación con ánimo de dormir veinte horas seguidas para recuperar fuerzas.
Antes de los rezos a pie de cama, cosa que seguía haciendo por pura rutina, pues ya sabía que no le iban a servir de mucho, quiso cumplir un capricho que no había podido satisfacer con tanto ajetreo: contar las monedas del cofre y sentirlas de nuevo en sus manos. Según el testamento debían ser cien, menos las diez que guardaba aparte, noventa en total. Una fortuna. Puso la arqueta sobre la mesilla de noche y la volcó con suavidad. Él también pensaba hacer montoncitos de diez, para facilitar la suma, pero cuando vio el contenido esparcirse sobre la mesa: cucharas de latón, llaves de hierro y demás chatarra, sufrió tal ataque de descomposición mental y física que tuvo que sacar la bacinilla de debajo de la cama y arrojar todo lo que había comido. Pálido como un muerto se tumbó en el camastro y allí permaneció media noche mirando al techo sin decir palabra ni hilvanar un solo pensamiento. Solo su respiración agitada dejaba ver que seguía vivo. Cuando por fin salió del trance, las blasfemias y maldiciones que profirió desvelaron a toda la posada. Se imaginó rápidamente cómo violaba a Helene, la despellejaba viva, la cortaba en trocitos y los aplastaba con el pie; y aún así no consiguió desahogarse. Lloró, gritó, mordió la arqueta hasta saltarse un diente, pegó puñetazos en el armario, tiró de un manotazo al suelo la chatarra que le miraba desde la mesilla y poco a poco fue serenándose al tiempo que una oleada de ira le fue devolviendo el color al rostro.
Pudo imaginar perfectamente cómo Helene se dedicaba al cambio de las monedas en el Balia Beltza. Ya le extrañaba que después de eliminar a las prostitutas, con algún veneno sin duda, no hubiese encontrado el cofre con el oro. Era lista la maldita bastarda, lo cual aumentó de forma considerable su deseo de yacer con ella y sodomizarla.
Finalmente consiguió tranquilizarse y pensar. Ella tenía ahora el tesoro y él estaba en aquel sucio pueblo perseguido por la justicia y con un futuro incierto. Lo que le decía la razón era que debía tirar los hábitos de dominico, vender el burro y marcharse a cualquier lugar del mundo con sus diez monedas de oro y la bolsa de los Belendiz; olvidarse del asunto y empezar una nueva vida. Pero su orgullo, su deseo de venganza, y la ambición de conseguir el resto de las monedas de Béziers, le hicieron recuperar su habitual carácter depredador y pensar con frialdad en la mejor forma de hacerse de nuevo con el botín. Aprovecharía para terminar para siempre con los últimos restos de la herejía albigense. Ahora podía aprovechar para acabar con ellos y dejar Toulouse limpia de herejes.
Sabía, por el testamento de Moissac que las monedas debían ser devueltas a las familias cátaras que quedaban en Toulouse. Su sitio estaba, por tanto, vigilando su posible entrega en esa ciudad. La conocía como la palma de la mano y tenía sicarios y espías de los tiempos de inquisidor, que podrían trabajar para él. Aquel de Mendata que intentase llegar hasta los cátaros de la resistencia, caería en sus manos, y si era Helene la encargada, mejor que mejor. Viajaría después a Roma y a cambio de la recuperación del tesoro cátaro, intentaría anular la excomunión que pesaba sobre él y si no lo conseguía se quedaría con el oro y desaparecería.
Se levantó con el ánimo algo más dispuesto, a pesar del color ceniciento de su rostro. Buscó por el pueblo una casa de préstamos y vendió la arqueta a un judío, pues era en sí misma una joya valiosa hecha de madera de cedro y ágatas incrustadas. También vendió el burro, porque ya no lo necesitaba y no era propio de un peregrino ir montado en un borrico o llevarlo detrás como si fuese a una feria. Además tenía que ahorrar. Ahora sí que tenía todas las trazas de un peregrino auténtico; todas menos las del arrepentimiento. Se tiró a la espalda el hatillo con sus “armas” de dominico retirado —hábito, cruces, rosario y demás (quizá le hiciesen falta) y se puso en camino hacia la tierra que le vio nacer. Allí le esperaba la venganza y la fortuna o la cárcel y la miseria.
El tiempo lo acompañaba en sus oscuros pensamientos: había una niebla espesa, el viento de costado era helador y no paró de llover en todo el día, mientras su silueta negra, con sombreo de ala ancha y bastón de peregrino, avanzaba solitaria por la Ruta Jacobea.

09 -

Dejando atrás los bosques de Mendata, el Camino de Santiago en dirección a Gipuzkoa que recorrían los Zarragoiti era todavía más solitario que el que iniciaba Simón de Folquet al otro lado de la frontera. A finales de otoño eran muy pocos los atrevidos que hacían la Ruta de la costa en una época que amenazaba con fríos y nieves. La mayoría de los peregrinos aprovechaban el verano para sus recorridos desde lugares lejanos. Ni en un sentido ni en otro se veía un alma. Únicamente los cuervos bajaban de vez en cuando de las copas de los árboles, avanzaban unos pasos por la calzada buscando algún resto de comida y remontaban el vuelo dando graznidos.
Helene y Eneko caminaban silenciosos envueltos en la niebla y en sus pensamientos; con los bastones que les regaló Harri en la mano, las monedas de oro en la cintura y el recuerdo de los suyos en los corazones. Helene iba pensando en que llevaba ya tres muertes en su conciencia (cinco, si las prostitutas de Bermeo habían muerto con sus pociones) y además tenía planeado vengarse del fraile dominico tan pronto como lo tuviese a mano; y realmente, estos pensamientos —se decía—, no eran los más adecuados para un camino de penitencia y arrepentimiento como el Camino de Santiago. Pero lo cierto era que iban en sentido contrario, como si viniesen de regreso, y algo tendría que simbolizar aquello. Su religión había evolucionado en gran medida desde que llegó a Mendata y sobre todo al conocer y convivir con los Zarragoiti, hasta el punto de que sus creencias se iban acercando más a las leyes de la Naturaleza y al don natural del hombre que a las prohibiciones y mandamientos cristianos.
Recorrieron los caminos hacia el Este sin grandes contratiempos y en cuatro días estaban ya cerca del puente que unía los territorios de Gipuzkoa y Lapurdi, cruzando el río Bidasoa. Con los escasos peregrinos que iban encontrando en dirección opuesta o coincidían en los albergues pasaron algunos apuros pues les preguntaban sobre los últimos milagros del Santo o sobre distancias, posadas y lugares de interés del Camino, de los que, como es de suponer, no tenían ni idea, dado que sus conocimientos no pasaban de Mendata. De hecho, Eneko apenas había llegado a saber si Santiago era un santo o un pueblo. De todas formas pudieron enterarse de que Francia e Inglaterra estaban en guerra desde hacía decenas de años y el territorio labortano, a donde se dirigían, sufría en ese tiempo interminables episodios bélicos, ya que formaba parte de la Corona inglesa.
En vista de eso, antes de cruzar el puente, decidieron hacer una parada en el puerto de Hondarribia que se extendía en la orilla izquierda de la ensenada formada a la desembocadura del río, un pueblo parecido al de Bermeo, con sus muelles de atraque en el exterior de un recinto amurallado y que trepaba sobre una ligera colina coronada por un castillo impresionante. Al ver el fondeadero, repleto de barcos amarrados, a Helene se le ocurrió que la embarcación de Simón de Folquet pudiera muy bien haber atracado allí, para evitar algún encontronazo con los ingleses si seguía la costa hacia el Norte. En aquella atmósfera bélica y fronteriza, el bullicio y ajetreo del pueblo creaban un ambiente propicio para moverse sin control ni vigilancia y, por tanto, perfecto para pasar desapercibido, incluso para un fraile mal encarado como Simón, que lo mismo podía seguir disfrazado de marinero o haber recuperado sus hábitos de dominico.
Cuando los dos viajeros llegaron al puerto, aquello parecía una torre de Babel, por los muchos idiomas que pudieron escuchar: euskera, inglés, francés, romance navarro, castellano y occitano. Y eso sin arrimarse a los estrechos callejones de los moriscos y los judíos. Lo primero que hicieron los Zarragoiti fue dirigirse a los muelles y revisar una por una las embarcaciones que permanecían fondeadas, buscando a La Mouette, con su casco negro y su vela gris. No la encontraron, por lo que acudieron a la Cofradía de Navegantes, una caseta alargada de madera, junto a la lonja de pescado. Allí les informaron que el barco había llegado dos días antes, había descargado la mercancía y estaba de regreso hacia Bermeo, porque no se atrevieron a continuar hasta Bretaña por miedo a los ingleses
—¿Con la misma tripulación? —preguntó Eneko.
—No, uno de los marineros franceses se quedó en tierra.
—El dominico —exclamaron a un tiempo Eneko y Helene.
—¿Dijo hacia dónde se dirigía?
—Habló de ir a Toulouse y preguntó si había problemas en la frontera.
Inquietos por la noticia, fueron a buscar una posada en el interior de las murallas, ahora moviéndose con más precaución y vigilando a cualquier marinero o paseante con cara de ave rapaz. A estas alturas de su huida, el predicador tenía que haber descubierto el engaño de las monedas y habría cambiado de planes. Podía ser peligroso ponerse a su alcance.
El movimiento en el interior del pueblo al anochecer era frenético, una vez suspendidas las actividades del puerto y cerradas las puertas de las murallas. Puestos de vendedores de todo tipo de mercancías eran recorridos arriba y abajo por soldados que podían pertenecer a cualquier país o señor, clérigos, peregrinos, mujeres con extraños tocados, moriscos con sus chilabas, judíos, todos ellos mezclados con chiquillos desarrapados corriendo entre perros, burros e incluso ovejas. Gritos, ofertas, tropiezos y empujones. Nada parecido a lo que estaban acostumbrados Helene y Eneko, que muy de vez en cuando bajaban al mercado de Gernika; incluso peor que Bermeo. La cercanía de la frontera y la situación de guerra permanente en el país vecino, hacían hervir a aquella población que aprovechaba a fondo sus oportunidades de hacer negocios ilegales, como, por ejemplo, la usura, la estafa o directamente el robo. Y a la lista de los variopintos viandantes de las callejuelas de aquel mercadillo, se podían añadir los contrabandistas, balleneros, militares, prestamistas y un sin fin de oficios de gente con instinto depredador. Y, claro, estos eran los personajes que poblaban las tabernas donde Helene y Eneko intentaron cenar. No iban a encontrar un fraile con tonsura reluciente pero sí algún marinero con aire siniestro o un rufián disfrazado de peregrino.
Apretando bien las bolsas de las monedas para que no tintineasen y cubriéndose con las capuchas, entraron en una de ellas que por lo menos no tenía junto a la puerta el canal de desagüe de todas sus inmundicias. Así y todo el golpe de olores que recibieron al entrar de poco les hace volverse para atrás. El acre aroma de las lámparas de aceite de ballena, el olor agrio de la cerveza, el vino y la sidra derramados por doquier, el humo de las grasas quemadas de la cocina y el tufo del personal, pusieron a Helene al borde del mareo, pero se rehízo pronto y delante de un plato enorme de pescados a la parrilla y una jarra de sidra, se olvidaron enseguida de los malos olores. Cenaron a gusto y se quedaron a pasar la noche en la posada cercana al monumental castillo fundado por los reyes de Navarra.
Al día siguiente se levantaron temprano, compraron algunos alimentos para el camino, y se dirigieron al puente fronterizo. Los peregrinos, aunque marginados socialmente, como si fuesen judíos o musulmanes, gozaban de un fuero especial, que les permitía cruzar libremente los peajes, aduanas y fronteras sin ser revisados ni pagar impuestos. Reemprendieron, por tanto, la caminata abandonando el Camino de Santiago de la costa y cogieron la dirección de Donibane Garazi, para enlazar desde allí con el Camino Francés que les llevaría hasta Toulouse. Estaban animados porque iban sobre la senda del dominico, que habría tomado el mismo itinerario y, sin duda, era mejor ir por detrás de él que tenerlo a sus espaldas.
No dudaba Helene de que en los planes de Simón de Folquet, la única esperanza que tenía de salir del aprieto en que se encontraba, perseguido y sin dinero, era llegar a su Toulouse natal y permanecer al acecho con el fin de vigilar la entrega del tesoro de Béziers a las familias cátaras de la clandestinidad; y, llegado el momento, caer sobre ellas, encerrarlas en prisión acusadas de robo y herejía y quedarse con las monedas. Conocía bien la ciudad y podría contar con más de un espía de sus buenos tiempos de inquisidor y no tardaría en localizarles cuando llegasen.
El predicador pretendía recuperar las monedas y ella acudía a devolverlas. Forzosamente acabarían encontrándose y, aparte del oro cátaro, ambos tenían un deseo en común: la venganza. Para Helene era una cuestión de honor y de limpieza: honor del nombre de los Moissac, que debían cumplir con el mandato encomendado, y limpieza de la faz de la Tierra de un miserable como Simón de Folquet, vengando a sus hermanos y a todas sus víctimas. Al llegar a Toulouse tendrían que andar con gran sigilo y para eso contaban con la habilidad de cazador de Eneko para moverse entre los animales del bosque.
Efectivamente Eneko era un consumado cazador, fuerte y ágil, acostumbrado a perseguir a jabalíes, lobos y zorros por los bosques de Urdaibai; tan astuto, paciente y silencioso como ellos, sabiendo esconderse y seguir sus huellas hasta tenerlos acorralados. La mejor y única manera de evitar que el dominico los cazase junto a los cátaros en el momento de entregarles el tesoro, era atacarle primero, ir directamente a por él. Según seguían por la ruta jacobea caminando en silencio, envueltos en la humedad de la niebla y el sonido monótono de sus pasos, iba Eneko pensando en las mejores artimañas a emplear para cazar al “lobo” Folquet cuando llegasen a la ciudad.
Toulouse, era para él lo mismo que un bosque desconocido; tendría que estudiar a sus habitantes como animales urbanos: los lugares más frecuentados en que acudían a comer y beber, sus madrigueras para dormir, los senderos que frecuentaban, los puntos ideales para el acecho y finalmente el lugar elegido para el ataque. Serían los mismos donde el dominico husmearía hasta captar el rastro de los olores cátaros de los que tendría imborrable recuerdo, de cuando brotaban de las hogueras en que ardían los herejes. Callejuelas oscuras, tabernas siniestras, posadas escondidas, criptas de monasterios, rincones y campanarios de iglesias, palacios abandonados, viejos hospitales, eran los puntos donde la gente perseguida viviría escondida.
Iba a ser una lucha de cazador y alimañas y durante las largas horas que duraban las caminatas, Eneko y Helene se fueron preparando para no fallar llegado el momento de entrar en acción.
Pararon en Donibane Garazi, un importante punto de encuentro de los diferentes Caminos de Santiago de toda Europa, y recorrieron los albergues de peregrinos pidiendo a los que procedían de Toulouse toda la información posible sobre la situación actual del “bosque” al que se encaminaban. Esta era una tarea que le correspondía a Helene, pues había estudiado allí en su juventud y hablaba perfectamente el occitano y el francés. Eneko, que se las apañaba con el euskera en posadas y tabernas, se dedicaría a vigilar discretamente a todos los peregrinos que regresaban hacia Toulouse. El dominico tenía que estar entre ellos.
Por la estrecha calle de Santiago que subía desde el río entre la iglesia de Notre Dame y las murallas, no perdieron ocasión de preguntar en posadas y mesones por algún forastero que hablase francés o latín y con aspecto de clérigo retirado, “aroma” que no se le podía escapar a una posadera, a pesar de la falta del hábito y de que el pelo de la tonsura ya estaría crecido. Era como buscar una aguja en un pajar en aquel abigarrado mundo de peregrinos, comerciantes y artesanos, y poco probable que el dominico hubiese vuelto a vestir sus ropas de fraile, al estar condenado por la Iglesia, aunque las noticias tardasen tiempo en llegar hasta allí. Podía aparentar ser un hombre de leyes o escribano, pero lo lógico para pasar desapercibido era camuflarse de peregrino, como hacían ellos.
Cuando pasaron por delante de un torreón siniestro con dos guardas armados a la puerta —que un zapatero les describió como la prisión donde se encerraba a los bandoleros de la Ruta Jacobea—, no resistieron la tentación de preguntar por el dominico Simón de Folquet, asesino y ladrón famoso de Toulouse, como dijeron. Los soldados no sabían nada de ese nombre, pero tenían a dos rufianes occitanos en el calabozo y les dejaron verlos tras las rejas por si era alguno de ellos. Bajaron a lo profundo de las mazmorras y contemplaron a los dos desgraciados sujetos a la pared con gruesos grilletes. Las miradas de perros apaleados que les lanzaron los condenados no se parecían en nada a los ojos de acero del predicador, por lo que marcharon rápidamente del lugar, llevando un escalofrío en el cuerpo, que solo se les pasó con la segunda jarra de vino en la venta donde se detuvieron a comer
Dejando atrás la tierra vasca, por el extremo oriental del reino de Navarra, penetraron en el Béarn por Sauvaterre. Quedaron maravillados del puente fortificado que cruzaba el río Olorón, de sus murallas y del castillo del vizconde. Eneko no había visto nunca pueblos tan bellos y prósperos como Garazi y Sauvaterre y, aunque no descuidaba la guardia, disfrutaba enormemente del viaje. Sauvaterre era también parte del Camino de Santiago, paso obligado de los peregrinos que enlazaba tanto con Oloron y Toulouse hacia el oeste como con Orthez en el norte. Pararon allí para descansar y pasar la noche y localizaron una posada de aspecto acogedor llamada La Leyenda, junto a la iglesia de Saint André, cuya portada se quedó contemplando Eneko, intrigado por la inclusión de la luna y el sol entre los relieves de los santos.
Por fin, en aquella posada les informaron de un personaje misterioso que parecía encajar en la descripción del dominico. Había dormido allí dos noches antes. Vestía zamarra de piel negra con capucha y unas calzas de lana también negras. Su barba de varios días y sus ojos huidizos y brillantes le daban el aspecto de lobo que encajaba con el disfraz. Por suerte para ellos lo llevaban por delante y conociendo su aspecto no les sería difícil controlar sus movimientos furtivos. De todas formas, ellos también se tenían que guardar de ser descubiertos, porque el dominico conocía a Helene del día de la confesión del criado, aunque a Eneko nunca lo había visto. En las ventas y albergues siempre miraban discretamente antes de entrar. Hubo un día, después de pasar Saint Gaudens, que les pareció verlo desde lejos recogiendo agua en una fuente del camino. Se pararon y desde detrás de un árbol esperaron a que avanzase unos cientos de pasos. Lo tenían en el punto de mira y lo siguieron a una distancia prudencial.
Sin embargo al acercarse a Toulouse, le perdieron de vista al otro lado del gran puente, donde el camino real se bifurcaba en múltiples desviaciones, bajo arcos y pasadizos que se perdían entre las viejas casonas de ladrillos rojos. La ciudad había perdido el antiguo esplendor de los siglos XII y XIII cuando era el centro espiritual y cultural de Occitania y sede del catarismo. Capital del Condado de Toulouse, había pasado a la corona de Francia al morir el Conde Raimundo VII, defensor de los cátaros, acusado de hechicería y excomulgado por el Papa. Desde entonces la ira de los dioses se había cebado con la ciudad. A la Cruzada albigense dirigida por Simón de Monfort contra los cátaros, le siguió la inacabable guerra contra Inglaterra, la instalación de las sedes de los Dominicos y de la Inquisición en la ciudad, el exilio de muchos de sus habitantes y, finalmente, la Peste Negra, grandes inundaciones y terribles incendios que asolaron la ciudad y redujeron a los habitantes a la décima parte, hasta convertirla en la población oscura y poco poblada que encontraron Eneko y Helene aquel otoño de mediados del siglo XIV. Situada entre ríos y canales, se prestaba a todo tipo de refugios, fácil para esconderse, pero difícil para vivir en la clandestinidad, en medio de una población tan escasa.
La familia de Helene era de Montalban, una de las primeras villas fortificadas de Occitania, situada a diez leguas al norte de Toulouse, y su madre, Constance, había tenido grandes posesiones en la ribera del río Garona, que pasaron a manos de los inquisidores. Tenían parientes en Toulouse y Helene había estudiado en su juventud en la ciudad, viviendo en casa de los grandes señores occitanos, pero, ahora, aquellas casonas las habitaban los herederos de los franceses llegados del norte con la Cruzada, premiados por el rey en agradecimiento a su apoyo en la lucha contra los herejes aunque muchas de ellas permanecían abandonadas.
Helene conocía la ciudad. Había llegado el momento de cumplir con su misión: la devolución del tesoro que los cátaros perseguidos habían puesto en manos de su padre para salvarlo de la rapiña de la Iglesia. No sabía por dónde empezar para localizar a las pocas familias cátaras que en vez de escapar prefirieron esconderse. No estarían en la zona principal de la ciudad, aunque hubiesen sido personajes notables en su tiempo, sino todo lo contrario, habitarían seguramente refugios y viviendas escondidas, con entradas secretas. Sus pesquisas debían centrarse en las mujeres de apariencia humilde y en sus lugares de afluencia, como los puestos de los mercados, la entrada de iglesias y conventos, las tiendas de telas y utensilios diversos y las fuentes y lavaderos públicos. Ella, también, tendría que adaptar su ropa y sus movimientos a ese escenario para pasar desapercibida.
La misión de Eneko era muy distinta. Él debía localizar al fraile e impedir que se acercase a Helene y a sus parientes cátaros. No descartaba que el dominico supiese que le perseguían, porque el camino había sido muy largo y a veces solitario y podía haber reparado en las dos siluetas que, aunque a mucha distancia, aparecían siempre por detrás. Seguramente les estaba ya espiando. Era consciente de que el dominico estaba jugando dos partidas simultáneas: en una iba a la caza del tesoro de los cátaros, y en la otra tenía que evitar ser cazado, tanto por la Iglesia como por sus perseguidores. No le iba a resultar fácil hacer las dos cosas a la vez. El escenario le era favorable al fraile, que conocía el terreno. En cambio, para Eneko, la ciudad-bosque que él esperaba encontrar, con densa vegetación para esconderse y vigilar sin ser visto, había resultado ser un páramo de árboles pelados, fácil para las emboscadas pero difícil para moverse de un sitio a otro sin quedar al descubierto. A partir de ahora, su manera de pensar, sus movimientos y su actitud serían los de un experto cazador de alimañas, pero adaptándose al paisaje.
Helene estuvo contando los días transcurridos desde su conversación con el Superior de los Franciscanos de Bermeo y le pareció que mucho tenía que correr un emisario hasta Toulouse para entregar la carta con la petición de excomunión al Obispo, antes de la llegada del dominico a la ciudad. En contra de lo que en un principio habían pensado Eneko y ella, era lo más probable que Simón volviera a lucir sus hábitos para refugiarse en los numerosos conventos de la Orden que había en la ciudad. Podría usar las ropas de peregrino para sus andanzas nocturnas, pero, durante el día, se movería con tranquilidad entre los numerosos dominicos y franciscanos que recorrían sus calles.
Se alojaron en una posada situada entre los dos ríos de la ciudad, pero alejada de las zonas frecuentadas por los peregrinos. Lo primero que hicieron fue cambiarse de ropa, para vestir como los habitantes del lugar. Helene compró también un cátaro de agua para completar el atuendo y Eneko un hacha, no para descuartizar al dominico, como le preguntó Helene, que todo podía hacer falta, sino para moverse a su antojo por la ciudad sin llamar la atención, cortando leña en el campo en uno de sus extremos y transportando el haz al hombro hasta el otro, parando por el camino, descansando y observando, sin hablar con nadie. Así, en pocos días, tendría un conocimiento bastante exacto de los distintos barrios de la población y de los lugares a vigilar, como los conventos de los dominicos y los palacios y otras dependencias de la Inquisición, además de los movimientos de frailes, inquisidores y soldados.
Los días siguientes se dedicaron a moverse discretamente por la ciudad con recorridos variados y por lugares concurridos, Eneko con su hato de leña y Helene con su cántaro acudiendo a las fuentes del centro. Al mediodía se juntaban en algún mesón para comer y a la noche se retiraban a la posada donde comentaban sus pesquisas. Se notaba mucho movimiento de soldados y quizá había transcurrido el tiempo suficiente para que el Obispo de Toulouse y la misma Inquisición estuviesen ya informados de la excomunión y demás acusaciones que pesaban sobre el predicador y hubiesen dado orden de prenderlo, por lo que este —al enterarse y aunque no se hubiese presentado con su nombre—, estaría de nuevo con su aspecto de lobo peregrino.

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Desde que había llegado a la ciudad, el dominico vivía en tensión continua; una curiosa mezcla de excitación por la proximidad de su objetivo, que era buscar a Helene y sus monedas, y de miedo a que lo prendiesen en cualquier momento. Se había hospedado en el último convento de Dominicos en el que estuvo antes de huir a Pamplona después de informarse, por un antiguo fraile de aquellos tiempos en los que vivió allí, de que sería bien recibido; pero cuando varios días después, el mismo fraile le dijo que entre los inquisidores circulaba el rumor de que había sido excomulgado, tuvo que esconder los hábitos y buscar alojamiento en una posada de mala muerte. Maldijo la idea de haberse vuelto a hacer la tonsura de clérigo y entonces se le ocurrió que el mejor disfraz en aquella ciudad, después de fraile o peregrino era el de soldado, que llevaban siempre el casco puesto y andaban de vigilancia por todos lados sin llamar la atención.
Aquella pareja de falsos peregrinos que le venía siguiendo desde Hondarribia eran seguramente los portadores del tesoro cátaro y quién sabe si no era uno de ellos la famosa Helene de Montalban. Un siniestro pensamiento lujurioso le pasó por la mente, pero se dijo que no eran momentos para placeres, pero que bien podían entrar en sus futuros planes de venganza. Buscó cuatro sicarios para el caso del encuentro final y la detención de los cátaros resistentes y los repartió por la ciudad, atentos a su llamada. El siguió patrullando con disimulo en busca de la pareja.
Mientras tanto, Helene seguía su rastreo propio, aprovechando su apariencia de ciudadana del lugar, tanto por su aspecto físico como por su perfecto occitano. Imitando las tácticas de su marido, que comentaban a las noches, cuando se juntaban para cenar y dormir en la posada, se dedicó a recorrer las zonas humildes de la ciudad de fuente en fuente, charlando con las vecinas y fisgando en todas las entradas de las casas más escondidas. También entró en unas cuantas iglesias, atenta a sorprender a alguna devota que no se arrodillase delante de la Cruz, ya que los cátaros no reconocen el símbolo de la crucifixión de Cristo aunque no dejan de ser cristianos, y no halló ninguna hereje, señal de que los espías de la Inquisición estaban por todas partes. Cuando sacaba el tema de los cátaros las mujeres se callaban y marchaban enseguida. Alguna le dijo que no quedaba ninguno en la ciudad. Tampoco había lavaderos como correspondería a una ciudad de ese tamaño, solo encontró dos y, al parecer, lo normal era ir a lavar a los ríos y canales. Un día, que se encontraba en el más grande y limpio, un lavadero de grandes losas de piedra y muchos caños, cerca de la posada, se fijo en el tipo de ropa que dos jóvenes estaban apilando después de escurrirlas. Aparentemente eran ropas blancas como todas las demás, pero Helene se fijó enseguida en la calidad del tejido y los delicados bordados de las esquinas. Era ropa interior y de cama de gente rica, como las que ella había usado siempre. Miró con más detalle a los rostros de las jóvenes, medio tapados por capuchas, y le parecieron tan blancos y distinguidos como su ropa lavada. Cuando las dos muchachas cogieron sus cestos y se marcharon, Helene comenzó a seguirlas a distancia, con su cántaro vacío. Estaba nerviosa, porque al fin creía haber encontrado alguna pista.
En ese momento, Eneko atravesaba la plaza donde estaba el lavadero con su pequeño atado de leña. Helene lo vio y estuvo a punto de pararse, pero lo pensó mejor y siguió para adelante. Hizo bien, porque en el otro extremo de la plaza un soldado con una sucia cota de malla, casco de hierro y espada al cinto, observaba con atención la escena. Hubo una milésima de segundo en que las tres miradas pasaron como el rayo de un vértice a otro del triángulo. Cada uno de ellos sintió cómo los otros dos le miraban y se miraban. ¿Curiosidad, advertencia, identificación, coincidencia? El soldado permaneció en la esquina y el leñador y la aguadora siguieron su camino, cada uno por su lado. Ninguno hizo el más mínimo gesto de reconocimiento. Tres miradas y tres pensamientos distintos.
El soldado, que era Simón de Folquet en su última versión, había reconocido a la mujer de Montalban y se dio cuenta de la mirada que cruzó con el leñador, de donde dedujo que este era su acompañante. También observó que ambos se percataron que les miraba, luego era seguro que le habían identificado. No podía seguir a Helene con el leñador a sus espaldas y no supo qué hacer en ese momento. Se quedó quieto.
El leñador, Eneko de Zarragoiti, también con su última apariencia, observó que el soldado estaba mirando a Helene y pensó lo raro que era ver a un soldado solo y además con la cara adusta y ojos lobunos de un astuto depredador. Era sin duda el dominico y estaba claro que había reconocido a Helene. No se movió esperando la reacción del fraile. No lo podía perder de vista fuese a donde fuese y ninguno de los dos se atrevió a ir en pos de ella ni acercarse el uno al otro.
Helene, la mujer del cántaro, después de cruzar un rápido parpadeo con su marido, se había fijado también en la mirada fugaz de este hacia el soldado de la esquina y al dirigir hacia allí la vista sintió un escalofrío de miedo al encontrarse con sus ojos penetrantes. Era sin duda el dominico. Dudó si seguir a las jóvenes, (no sabía si eran cátaras), porque sería como conducir al fraile derecho a su objetivo, pero contaba con la presencia de Eneko a las espaldas del traidor.
Los jugadores estaban ya sentados a la mesa. Las cartas repartidas…el Azar moviendo los hilos.
Helene decidió seguir a las doncellas con los cestos de ropa. Sacó el puñal de dentro de los vestidos y lo puso a mano en el bolsillo de la casaca. Las dos jóvenes, después de dar varias vueltas por estrechos callejones, mirando repetidas veces hacia atrás, entraron en el pórtico de una iglesia y en lugar de pasar al recinto sagrado se metieron sigilosamente por la puerta de la torre del campanario, después de volver a mirar a un lado y a otro. Helene esperó unos minutos dentro de la Iglesia hasta que se aseguró de que nadie la había seguido. Luego se metió también en la torre. Había una escalera de caracol y al subir cinco o seis escalones de piedra, vio una pequeña puerta en el rellano, que estaba cerrada con llave. Todavía quedaba un rastro de aroma del jabón empleado para el lavado. Esa era la entrada secreta a la casa de las damas distinguidas.
Helene estaba segura de que se trataba de alguna familia de la nobleza cátara. Salió afuera y vio que aquella torre cilíndrica de acceso al campanario, adosada a la fachada de la iglesia, estaba pegada por el lado opuesto a un gran palacio de ladrillos rojos y vigas de madera que Helene, al salir, comprobó que tenía las ventanas y el gran portalón tapiados.
Estaba delante de un refugio de los cátaros y para cumplir su misión solo faltaba confirmarlo y volver con las bolsas de monedas. Vendría con Eneko al día siguiente pero, según regresaba fue pensando en que el dominico había salido a la luz del día, le había reconocido y presentaría batalla. Volvió a la posada, dejando el cántaro por el camino, poniéndose un pañuelo sobre el tocado y dando mil y un rodeos, hasta llegar a su cuarto y caer en la cama agitada y emocionada. Cuando llegase Eneko prepararían la entrega de las monedas. Tendrían que hacerse con nuevos vestidos para intentar engañar al fraile renegado en el último acto del drama, que estaba empezando a parecer un trágico baile de disfraces. Ya había pensado en usar hábitos de monja y de fraile franciscano, porque era lo que más se veía en la ciudad. Como no podía estar quieta comida por los nervios (¿dónde estaría Eneko?), salió de nuevo de la posada encaminándose a la calle de telas y cuerdas, que no estaba lejos y estuvo hablando y rebuscando con los tenderos hasta que encontró lo que buscaba. Compró el hábito y unas sandalias de cuero para los dos y volvió rápidamente a la posada.
Pasaron las horas y Eneko seguía sin aparecer. La tarde estaba avanzada, no había comido nada, y no pudo aguantar más en aquel estado de incertidumbre, por lo que se vistió de monja, cogió el puñal y salió otra vez a la calle. La ciudad no era tan grande como ella recordaba, la gente empezaba a retirarse a sus casas, los artesanos empezaban a cerrar sus tiendas y las calles iban quedando solitarias y siniestras. No podía ser difícil encontrar a su marido con su carga de leña. O al dominico, porque estaba segura que si veía a uno el otro no podía estar lejos. Volvió a la plaza donde se habían visto por última vez y se plantó en el punto donde estuvo Eneko. De allí se dirigió hacia la esquina desde la que Simón les había vigilado. Ese tenía que ser el punto de partida. ¿Hacia dónde?, pensó. Seguro que el fraile no fue tras ella porque Eneko habría salido detrás y le habrían cogido entre dos fuegos. Lo lógico es que se plantease la retirada hacia su guarida y que Eneko le siguiese los pasos. ¿Cuál sería su guarida? La Inquisición lo estaría buscando, ya no tendría conventos o iglesias donde guarecerse, por lo tanto su cubil estaría en los arrabales de la ciudad, junto al río. Se encaminó hacia allá, alejándose del centro, con la cabeza baja y el paso apresurado, cuando de repente vio en un rincón un hato de leña tirado en el suelo: era el que llevaba Eneko al hombro en el lavadero. Había pasado por allí, sin duda, y la dirección era la de las casuchas junto al río. Helene tenía el corazón en un puño. ¿Había seguido Eneko al dominico por aquellas callejuelas propicias para una emboscada? Era más fuerte que él y seguramente mejor luchador, pero ¿si le atacaba a traición? ¿Y si tenía algún cómplice?
En efecto, cuando el soldado-dominico marchó de la plaza, Eneko le siguió a una distancia prudencial. Tiró el amasijo de ramas secas que llevaba al hombro y se quedó con el hacha que enganchó en el cinturón de cuero. Tensó los músculos del cuerpo y adoptó una postura ligeramente inclinada hacia delante, tan dispuesta al ataque como a la defensa. Le vino a la memoria cuando en los bosques de Mendata siguió al último lobo que había cazado. El animal se había separado de la loba y los lobeznos, seguramente para despistar al cazador y proteger a los suyos del peligro, y le fue llevando por senderos retorcidos entre árboles y peñascos, sabiendo por sus repetidas miradas de soslayo que era perseguido. Les separaban veinte pasos y lobo y cazador iban caminando y parándose igual de silenciosos, igual de tensos, igual de salvajes. De improviso, la fiera se volvió y le mostró sus dientes de plata y sus ojos de fuego. Él se paró y aprestó su ballesta. Esperó a que el lobo se acercara pero el animal no se movió y se quedó al acecho, sin un solo movimiento, observando, esperando. Un ruido de hojas y jadeos le hizo volverse a Eneko hacia un costado. Dos lobos jóvenes se lanzaron sobre él con roncos gruñidos y los colmillos relucientes. Eneko pudo soltar la ballesta y agarrar la espada, con la que atravesó por la ingle a uno de los atacantes, que se alejó cojeando. Luego se enfrentó al otro que daba vueltas a su alrededor buscando un punto de ataque lejos de aquella punta de acero. Eneko se quitó la casaca, se la enrolló en el brazo izquierdo y la ofreció a aquella máscara de ojos amarillos, pelos encrespados y dientes con cercos de espuma, que se clavaron en la tela gruesa. Eneko descargó el golpe con fuerza y la alimaña soltó la presa y cayó rodando con un aullido lastimero. Se incorporó sangrando por la cabeza y desapareció entre las ramas bajas del bosque. El lobo grande dio un pequeño paso hacia delante y se paró de nuevo, encogiéndose levemente, preparándose a saltar. Otra vez se quedaron solos mirándose fijamente. Todos estos gestos los conocía Eneko a la perfección. Cogió la ballesta del suelo y comprobó que la saeta estaba en su sitio y el arma tensada, sin dejar de mirar a los ojos de su enemigo. Se fue acercando lentamente con la ballesta apuntando al pecho del lobo, luego se agachó rodilla en tierra para tener un tiro directo al corazón, lanzó un grito terrible de desafío y esperó el ataque. El lobo se movió como un resorte ante el grito, dio cuatro pasos como un rayo y saltó desde una distancia de más de tres pasos. Eneko disparó y se tiró a un lado. El animal cayó a su lado fulminado.
Esta escena se le presentó a Eneko como en una obra de teatro y le dio la seguridad de seguir adelante tras su presa y la advertencia de que el lobo-dominico le podía preparar una emboscada con sus lobeznos. No había nadie en aquellos callejones estrechos y retorcidos. Oyó unos pasos ligeros y luego volvió el silencio. Estaba en lo profundo del bosque. Cada rincón era como un árbol grueso con un posible enemigo detrás y aguzó los sentidos porque presentía el ataque. Fue vigilando las sombras, olfateando el aire, mirando el polvo que flotaba, estudiando las huellas en el barro reseco. Volvió a oír pasos y pararse de nuevo. Aquí están, se dijo, agarrando el hacha por la empuñadura y sacando el cuchillo con la mano izquierda. Había visto al dominico que observaba desde debajo de un arco al fondo del callejón. Saltó hacia delante varios pasos con rapidez hasta pasar la esquina y se volvió de repente. Los cuatro sicarios que esperaban tras el cruce, dos a cada lado del camino, se quedaron un momento sorprendidos y luego atacaron. Pero habían perdido el factor sorpresa con el que podían haber reducido al leñador y se lanzaron de frente a por él, recibiendo de lleno la primera descarga violenta del hacha de Eneko. Un par de lanzas saltaron hechas añicos y uno de los esbirros, recibió un corte en el pecho que le hizo tambalearse y salir corriendo como el primer lobo de Mendata. Luego se produjo una batalla a muerte de Eneko con los tres restantes, más el dominico que se lanzó con su espada. Golpes, abrazos, revolcones, cortes, pinchazos, hasta que un golpe certero de un sicario en la cabeza de Eneko dejó a este conmocionado y reducido. Le ataron los brazos y dos de ellos lo arrastraron en pos del fraile que les hizo señas para que le siguiesen. Otro de los mercenarios escapó sangrando en busca de socorro.
Algo más tarde, Helene seguía ese mismo camino cada vez más angustiada. La claridad del día se iba apagando y no se veía un alma por aquellos pasajes estrechos. Al doblar un recodo se quedó horrorizada al contemplar rastros de sangre en el suelo, huellas de lucha en el barro, trozos de lanzas y el hacha de Eneko medio enterrada, también con manchas de sangre. “Le han atacado y ha habido una lucha a muerte”, pensó Helene, sintiendo que el miedo y la ira se acumulaban en su pecho. “Se lo han llevado”. No faltaban ni veinte pasos para llegar a las pequeñas casas de adobe y ladrillo al borde del río. Se fue acercando silenciosamente con las piernas temblando y el puñal agarrado en la mano. Oyó voces y se detuvo a pocos pasos de la última casa. Había luz. Alguien gritaba en francés. Eneko contestaba a gritos en euskera. “¡Estaba vivo!”
La vieja puerta de madera estaba entornada y Helene atisbó por la rendija. Eneko estaba atado a uno de los pilares de madera que soportaban el techo de la cabaña. Sangraba por la cabeza. Delante de él Simón de Folquet sostenía la espada apoyada en la garganta de Eneko. Había perdido el casco en la refriega y tenía varios cortes en los brazos y en el cuello. Vociferaba como un poseso, con los ojos encendidos de un lobo herido, pidiendo a Eneko el escondite de las monedas de oro, entre maldiciones y blasfemias. Sentados en el suelo, contra la pared del costado, los dos mercenarios del dominico se estaban vendando con tiras de trapo las diversas heridas causadas por el furibundo leñador, que casi acaba con ellos. No tenían daños graves y cuando el capturado terminase confesando recibirían sus buenas monedas por el trabajo.
  Helene no pudo aguantar más, abrió la puerta de golpe y se lanzó ciegamente sobre el fraile con el puñal en la mano. Pero antes de dar dos pasos, uno de los sicarios le puso una zancadilla, luego se enredó los pies con el hábito de monja y finalmente cayó de bruces al suelo, mientras el puñal se detenía a los pies del dominico.  Este se volvió rápidamente y después de la sorpresa soltó una carcajada tan rabiosa y siniestra que parecía salir del infierno.
          -¡Al fin sois míos los dos! -gritó, al tiempo que sin soltar la espada arrancaba de un tirón el tocado de Helene y le obligaba a ponerse de pie, empujándole contra la pared-. ¡Maldita hereje disfrazada de monja! Seguro que llevas la bolsa de oro bajo las faldas... Ahora vamos a ver qué tesoro guardas ahí dentro, antes de que os atraviese de parte a parte a los dos.
          Con la punta de la espada cortó el cordón que sujetaba el hábito de Helene por la cintura y en un ataque de fiera obsesión comenzó a pichar y rasgar la tela por todos sus pliegues, arrancando jirones con la otra mano con la intención de dejarla desnuda, produciéndole cortes en la piel y y provocando gritos de dolor por parte de Helene y terribles amenazas por parte de Eneko.
—¿Sabes quién soy, hijo de Satanás? —gritó la joven—. Soy Helene de Moissac y estoy aquí en nombre de mis hermanos y de todos los cátaros que has quemado vivos. Es el día de la venganza.
En ese momento un fuerte golpe en la puerta y un grito aún más tronador dominó la escena, haciendo enmudecer a todos:
—¡¡Simón de Folquet!! ¡Quedas detenido en nombre de la Santa Inquisición! ¡No te muevas o serás hombre muerto!
Un caballero con casco normando, cota de malla, escudo en una mano y espada en la otra, estaba plantado en la puerta y junto a él cuatro soldados alzaban sus ballestas cargadas en dirección al clérigo. Este quedó paralizado unos segundos y después con una expresión en los ojos, primero de sorpresa, luego de rabia y finalmente de locura. Gritó ¡no me cogeréis! y escapó por la puerta del fondo que daba a un pequeño patio. Había arrojado la espada y saltó como pudo la tapia trasera y se dirigió corriendo al río, perseguido por los soldados y gritando angustiado: ¡son cátaros, cogedlos! Empezó a vadearlo, cayéndose una y otra vez entre los juncos, y no había dado diez pasos vacilantes con el agua por encima de las rodillas, cuando varias saetas lo atravesaron, cayó mortalmente herido y quedó flotando en las aguas turbias del Garona.
Helene había cortado las ataduras de Eneko y juntos desde el borde del río pudieron contemplar un rostro que no olvidarían en su vida, la horrible mirada final que el dominico dirigía hacia el cielo mientras la corriente lo arrastraba lentamente hasta desaparecer entre las sombras. Los últimos resplandores de aquel día que también agonizaba, mezclaron sus reflejos con la sangre de Simón de Folquet, tiñendo de rojo su mortaja de agua.

11 -

El miedo estaba asentado en la casa de las hermanas Villeneuve agazapado por los rincones. Vivían en un continuo sobresalto y cualquier ruido extraño: una rata en el zaguán, pasos imaginados en el ático o el crujir de las ruedas del gran reloj de la iglesia al otro lado de la pared, les hacía temblar y quedarse sin aliento. Sin duda, estos sobresaltos hablaban de temores más profundos, permanentemente instalados en el corazón de las dos jóvenes, como eran el terror a la detención inminente y a la cárcel; el pánico a la violación, la tortura y la muerte. Habían visto muchos horrores y habían vivido con esa incertidumbre y temor durante los últimos diez años, desde que la ejecución de sus padres en uno de los últimos episodios sangrientos de la represión contra los cátaros, les había dejado huérfanas y condenadas a vivir en la clandestinidad, en una ciudad pervertida por la presencia de clérigos, soldados, chivatos y miseria. Sus padres habían sido de los llamados Perfectos entre los cátaros y sobre ellos había caído todo el peso del odio y la sinrazón de la intolerancia religiosa, hasta acabar con ellos en la hoguera, cuando ellas aún eran niñas.
Las persecuciones casi habían terminado, en parte porque ya no quedaban apenas cátaros en la ciudad, pero el camino para llegar a la normalidad y al olvido era todavía muy largo y tortuoso para las hermanas Villeneuve.
Afortunadamente, su casa señorial en el centro de Toulouse permanecía en pie y aunque estaba confiscada y tapiada, como muchas de las propiedades de los herejes, la entrada secreta que la comunicaba con la iglesia les había permitido seguir utilizándola, pudiendo así vivir con cierta comodidad, sin dejar por ello de ser una madriguera oscura, sin más luz que las lámparas de aceite y el fuego del hogar, y sin otra ventilación que el tiro de las chimeneas. Vivían del dinero escondido cuando la Inquisición cerró el palacio y acostumbraban a lavar la ropa de algunas familias acomodadas de la ciudad. Solo salían de casa para comprar lo necesario y asistir a algunas reuniones secretas de los resistentes que, aunque permanecían dispersos por toda Occitania, tenían en Toulouse su base de operaciones.
Tras todos estos años de vida de catacumbas, habían crecido pálidas y delgadas, y parecían monjas de clausura dedicadas a la contemplación más que aguerridas resistentes. No obstante, en la medida de sus fuerzas, participaban en muchas actividades que su militancia les exigía como, por ejemplo, transmitir a las nuevas generaciones la doctrina cátara y mantener vivo el recuerdo de las atrocidades cometidas por la Inquisición y los cruzados normandos. Para ello, utilizaban los rincones y altares laterales de la iglesia contigua y asistían todos los días a las reuniones clandestinas con el Perfecto Roger de Authier en la abadía de San Sernín. Sus puntos de contacto y consignas los tenían en los lavaderos de la ciudad. Agnès y Catherine se dedicaron a esta lucha en cuerpo y alma, porque no había para ellas puente hacia el olvido sino hacia la venganza, ni otro objetivo que el castigo de los culpables y la recuperación de sus bienes. La religión cátara tenía sus propios mandamientos y entre ellos la no violencia, la castidad y vida austera dirigían sus acciones pero, tal como le había ocurrido a Helene, los sufrimientos vividos, las represiones continuas de todo goce y la imposición de unas normas tan rígidas en tan crueles situaciones les habían hecho olvidarse de reglas y mandamientos y si luchaban por la causa era para dejar de vivir con el miedo permanente, recobrar sus derechos y castigar a los causantes de su desgracia. Ya tendrían tiempo de ser Perfectas al llegar a mayores, pero antes necesitaban recuperar su libertad.
Cuando Helene y Eneko, después de cambiarse de ropa y curarse las heridas, acudieron el siguiente día al viejo palacio y llamaron a la puerta secreta, el susto que recibieron las hermanas fue mortal. En un primer momento se escondieron detrás de los gruesos cortinones del salón principal, en un reflejo infantil, y se quedaron tan mudas y quietas como los dibujos de las telas. Luego, cuando se repitieron los golpes y se oyeron voces de mujer al otro lado, se fueron acercando y pegaron la oreja a la puerta. Al oírse de nuevo la voz femenina diciendo que era Helene de Moissac, de Montalban, se atrevieron a abrir, asomando apenas sus dos caras pálidas con los ojos muy claros llenos de miedo, pero al ver a Eneko cerraron de golpe otra vez y se quedaron a la escucha. Helene les tuvo que explicar que era su marido y que tenían algo importante para ellas y, por fin, abrieron la puerta del todo y les dejaron entrar.
Agnès y Catherine estaban educadas en la nobleza occitana y, una vez perdido el miedo, demostraron ser unas perfectas anfitrionas y acogieron a los Zarragoiti con el máximo cariño y atención. Encendieron muchas luces en el salón, avivaron el fuego bajo y acomodaron a los visitantes en sillones confortables, sirviendo luego lo mejor de la escasa comida y bebida que tenían en su despensa. El ambiente, incluso con su atmósfera nocturna y cerrada, era acogedor y, al tiempo, señorial; y aunque los vestidos de los cuatro desmerecían notablemente, hubiese parecido una reunión de los mejores tiempos de la familia Villeneuve, de no ser por la gravedad de los temas que se trataron.
La conversación se centró en la historia de las dos familias cátaras, especialmente en las tragedias vividas; las matanzas de los hombres buenos, la expulsión de sus tierras y palacios de los parientes y amigos, el destierro de los que huyeron y la pobreza y el miedo de los que se quedaron. Luego, los años de la peste y las inundaciones, y a partir de ahí, la vida clandestina y miserable en una ciudad devastada, regida por los dominicos y los soldados de la Inquisición.
Este panorama expuesto con crudeza por ambas hermanas, turnándose en el relato con las mejillas encendidas, hizo crujir más de una vez los dientes de Eneko, que nunca había oído a Helene contar con tal detalle los sufrimientos de su juventud. Le entraron ganas de salir a las callejuelas de la ciudad al amparo de la noche, apostarse en un rincón oscuro, y atravesar con sus saetas a todo dominico o soldado de la Inquisición que pasase por delante. Y cuando Agnès y Catherine empezaron a hablar de la bondad predicada por el catarismo y llegaron incluso a mencionar la palabra perdón se levantó bruscamente y con el brillo del fuego en los ojos y los poderosos músculos en tensión, dijo con fiereza que jamás un cazador perdona al lobo que acaba de matar a su hijo. Luego, se volvió a sentar con aire confuso, murmurando disculpas en voz baja.
Después de este arrebato de Eneko, permanecieron callados junto al fuego a la espera de que los recuerdos descritos, como un humo pernicioso que enturbiara el ambiente, se fueran escapando por la chimenea.
—Olvidar... —dijo Helene con pasión—. Yo, que me he vengado, que he cumplido mis promesas, se supone que debía enterrar el pasado. Perdonar... es posible que perdonar sea más fácil... una vez cumplida la venganza, pero olvidar..., ¿cómo se puede olvidar si en la siguiente curva del camino vuelve a aparecer el miedo? Esos temores escondidos que aparecen sin avisar, como los pasos en la niebla o el eco en la montaña. ¿Acaso podríais olvidar vosotras todo lo que habéis pasado? ¿Podré yo olvidar el sufrimiento de mis padres y la pérdida de mis hermanos?
Se quedaron callados hasta que la brisa del silencio fue limpiando la atmósfera del horror de los recuerdos. Luego, Helene sacó el tema de las monedas de Béziers. Las hermanas Villeneuve habían oído hablar de ese tesoro, pero nadie de las nuevas generaciones sabía qué había pasado con él y dónde se podía encontrar. Cuando Helene y Eneko sacaron las bolsas y derramaron los luises de oro sobre la mesa quedaron deslumbradas. Helene les fue contando toda la historia del encargo de los cátaros a su padre, del tiempo del exilio, el asesinato de su familia, el robo de Simón de Folquet y la recuperación del tesoro; y, según iba relatando la historia, los rostros de Agnès y Catherine eran como dos máscaras de teatro griego, cambiantes al compás de los acontecimientos; a veces tristes y horrorizadas, otras felices y entusiasmadas...; los ojos como platos llenos de asombro en un momento y luego enrojecidos por la emoción y a punto de llorar. Cuando Helene terminó el relato con la muerte del dominico, las dos hermanas se levantaron y abrazaron a Helene con lágrimas en los ojos y alegría en el corazón, porque por primera vez en su vida sentían que el Destino estaba de su lado.
Durante un buen rato quedaron los cuatro ensimismados en sus pensamientos, hasta que las campanas del reloj de la iglesia, acompañadas de los ruidos extraños de los engranajes, que parecían sonar dentro de la casa, les dieron un nuevo sobresalto, volviéndoles de golpe a la realidad. Eran las doce de la noche. Un escalofrío le recorrió a Helene todo el cuerpo al recordar la última mirada del dominico... “Solo faltaba que el fantasma de este demonio me siga atormentando por las noches”, pensó.
Ante los ruegos de las hermanas, que se encontraban con los nervios a flor de piel, en plena sacudida de excitación y miedo, Helene y Eneko se quedaron a dormir, para lo cual prepararon entre los cuatro una de las múltiples habitaciones de la casa, después de desempolvar los muebles y sacar del arcón la ropa de cama que todavía olía a espliego. Podían quedarse allí todo el tiempo que quisieran porque se sentirían más seguras, dijeron las jóvenes cátaras con ilusión, apreciando con la mirada la recia estampa de Eneko.
Al día siguiente decidieron acompañar a Agnès y Catherine al lugar secreto de reunión donde los cátaros de la resistencia se juntaban todas las semanas para recibir información y consejos de uno de los últimos Perfectos de la zona de Toulouse. Se trataba de la cripta de la iglesia de San Sernín, lugar húmedo y sombrío que se encontraba fuera de uso pero cuyas llaves de acceso se habían transmitido los cátaros de unos a otros desde tiempos en que la ciudad, así como el Obispo y la iglesia, pertenecían a la doctrina albigense. Luego se dedicaron a recorrer la iglesia, que formaba parte de una vieja abadía de la orden de Cluny, y donde se veneraba la tumba de San Sernín, patrono igualmente de los navarros de Pamplona.
Agnès quería entregar cuanto antes las monedas al Perfecto para que él decidiese la mejor forma de administrar o repartir aquel tesoro. Roger de Authier era en la vida real un rico comerciante de telas bien conocido en la ciudad, con prestigio en la corte del conde de Toulouse y en el Obispado —sus mejores clientes—, y nadie se podía imaginar, aparte de sus discípulos más cercanos, que era uno de los últimos Perfectos que quedaban en Occitania.
Cuando lo encontraron en la cripta rodeado de una docena de discípulos, se quedó maravillado de que aquellas monedas, que él ayudó a recaudar entre las mejores familias cátaras de la región, volviesen de nuevo a las manos de los bones omes como si de un milagro se tratase. Había conocido al padre de Helene y estuvo presente cuando se le eligió como depositario de la arqueta con el dinero el día en que marchó con su familia para el exilio, en una dirección —hacia el Oeste—a la que no iba nadie de los escapados y que sería difícil de localizar por la Inquisición.
Desde entonces habían ocurrido cosas terribles para los cátaros y para la ciudad, y la llegada, como del cielo, de aquella riqueza serviría para reorganizar mejor la Resistencia y para ayudar a algunas familias que además de vivir en la clandestinidad vivían en la pobreza.
Helene y Eneko permanecieron unos días en casa de las Villeneuve. Volvían a usar sus ropas de peregrinos, que era lo más común en aquella ciudad, y acudían sigilosamente a las reuniones de la cripta. También visitaron la catedral de Saint-Etienne para ver las vidrieras que fascinaban a Eneko pues, como él decía, “contempladas desde dentro e iluminadas por el sol parecen visiones mágicas”. Las dos hermanas no paraban de hablar con Helene y le preguntaban especialmente acerca de sus creencias religiosas —ella también era hija de Perfectos del catarismo— y sobre todo de su renuncia a la castidad y su matrimonio con Eneko. Una nueva luz se había encendido en la oscura trastienda de Agnès y Catherine.
Una mañana el Perfecto se quedó con ellos al terminar la reunión y le dio a Helene una pequeña bolsa con doce luises de oro, parte de las monedas de Béziers que, según dijo, le pertenecían, porque también su familia había contribuido a reunirlas y como modesta compensación por todos los esfuerzos y sufrimientos que habían soportado para guardarlas y devolverlas. Todavía estaba maravillado de la terrible historia de Simón de Folquet y del arrojo que había demostrado la hija de uno de los hombres buenos de Montalban.
Los Zarragoiti aceptaron las monedas a regañadientes, pero les vino muy bien porque así podían emplear el dinero que les quedaba en la bolsa para comprar dos buenos caballos y unos vestidos dignos, con los que al día siguiente iniciarían el camino de vuelta al hogar. El regreso no lo harían disfrazados y escondiéndose por la ruta jacobea sino por las calzadas reales, parando en las mejores posadas, como dos nobles hacendados, que lo eran.
Fue al comprar los caballos cuando la sombra de la Inquisición se interpuso de nuevo en su camino. Las cuadras donde se vendían y alquilaban toda clase de cuadrúpedos, desde humildes borricos hasta briosos caballos moriscos, era un lugar muy frecuentado por los caballeros y soldados del conde de Toulouse, del Obispo y de la Inquisición. El jefe de la tropa que dio muerte a Simón de Folquet andaba ese día por allí seleccionando nuevos caballos para una expedición a Carcassonne cuando se fijó en Eneko y lo reconoció al instante. Recordó entonces cómo el dominico al huir había gritado que la monja y el leñador que estaba a punto de matar eran cátaros. En aquel momento, ocupado en la búsqueda del cuerpo del fraile y la detención de sus sicarios, no había podido fijarse en ellos aunque sí le extrañó la presencia de una monja en una reyerta que parecía un atraco y se preguntaba qué tenía que ver el conocido predicador benedictino, antaño eficaz inquisidor y ahora excomulgado y muerto, con aquella extraña pareja. Luego, no los había vuelto a ver.
La Inquisición ya no perseguía a los cátaros, a los que daba por eliminados en Toulouse, pero seguía más activa que nunca en la búsqueda de brujos, judíos y musulmanes. De todas formas, su deber era detenerlos y llevarlos ante el tribunal eclesiástico, y es lo que hizo el oficial de la Inquisición en el momento en que Helene y Eneko iban a subir en sus nuevos caballos a los que ya tenían equipados con las correspondientes alforjas donde habían guardaron sus pertenencias.
Fueron conducidos a presencia de los inquisidores y, aunque no existía ningún testigo que los hubiese denunciado —lo normal en estos casos—, les sometieron a sucesivos interrogatorios especialmente relacionados con Simón de Folquet y la herejía cátara. Durante dos días les hicieron todo tipo de preguntas, sobre todo a Helene, pues su familia aparecía innumerables veces en los escritos de los últimos treinta años, y a la mañana del tercer día Eneko quedó en libertad sin que el escribano consiguiera transcribir una sola palabra de su declaración en euskera. Estaba claro que era un rudo vascón que no sabía ni latín y finalmente lo dieron por imposible y le dejaron libre. Incluso le devolvieron los caballos con sus equipajes. Afortunadamente las doce monedas de oro las tenía Eneko en su bolsa.
En cambio Helene fue retenida en la prisión de mujeres a la espera de que volviese de viaje el juez principal del Tribunal, que muchos años antes había investigado a los Moissac y conocía bien a Joannes y Constance. En su tiempo los había interrogado y en lugar de encerrarlos en prisión de por vida les acabó facilitando el exilio gracias a un parentesco lejano que le unía con Joannes.
Según los interrogadores, Helene tenía muchas cosas que aclarar con el juez como, por ejemplo, si seguía practicando la doctrina cátara; qué hacía disfrazada de monja junto al fraile dominico; dónde había estado los últimos años de destierro; qué sabía del movimiento de resistencia; qué había pasado con el supuesto tesoro que, según los rumores, se había llevado su padre... Allí quedo encerrada en compañía de herboleras, adivinas, curanderas, y demás mujeres sospechosas de brujería.
Eneko volvió a la casa de las Villeneuve envuelto en nubarrones de ira e impotencia y contó a las hermanas lo ocurrido. Sin conocer el idioma ni la ciudad se veía totalmente incapaz de hacer algo para liberar a Helene. “Sois las únicas que nos podéis ayudar”, les dijo a las jóvenes. Éstas, que parecían vivir en un estado de miedo permanente, demostraron estar acostumbradas a este tipo de situaciones y que tenían más valor del que aparentaban. Espoleadas por la noticia animaron a Eneko a confiar en ellas y se pusieron rápidamente en acción.
Al día siguiente acudieron los tres a la reunión con Roger de Autier y le explicaron lo sucedido. Este tomó el asunto en sus manos y les prometió que ese mismo día empezaría a movilizar sus influencias poniéndose en contacto con cargos importantes del gobierno, así como del Obispado de la ciudad. Les recomendó no acercarse para nada a esos lugares oficiales y menos a la prisión porque podrían ser reconocidos.
—Seguid haciendo la vida de siempre sin llamar la atención y esperad el resultado de mis gestiones.
Permanecieron los días siguientes sin moverse de la casa, comiendo de lo que tenían en la despensa, sentados junto al fuego y hablando en voz baja, como si temiesen que las palabras escaparan a través de la chimenea oyéndose por toda la ciudad. Durante unos días no se vio un solo signo de vida en la casa de las Villeneuve. Ni un sonido atravesó las paredes, ni una sombra apareció subiendo o bajando por la escalera de caracol.
Eneko renegaba de su impotencia, daba vueltas a todos los recursos posibles y no veía manera de liberar a su mujer. Ni siquiera el estar conviviendo con aquellas jóvenes tan atractivas y distinguidas consiguió sacarle de sus tenebrosos pensamientos y, como un oso enjaulado, iba de un lado a otro murmurando maldiciones en su idioma natal.
Algo más alteradas estaban las Villeneuve con la presencia de un hombre en casa. El sonoro timbre de la voz de Eneko, el ruido de sus pasos, su olor, el brillo de sus ojos pardos, perturbaban sobremanera su imaginación, pues de los hombres solo conocían su apariencia externa, y de sexo, aparte de su propio cuerpo, no sabían otra cosa que las historias de violaciones oídas en la familia y las chanzas pícaras de las mujeres en el lavadero. Especialmente Agnès estaba que no quitaba ojo al fornido hidalgo vasco y aprovechó aquellos días de obligado encierro para hacerle mil preguntas sobre la vida en su tierra, cómo conoció a Helene, si estaban casados, si vivían con sus hermanos, si tenían hijos... un sin fin de preguntas como si se estuviese preparando para participar a no tardar en aquel tipo de vida completamente nuevo para ella. Y a la noche en la cama se acariciaba el cuerpo preguntándose con temor y con deseo si estaba preparada para romper su voto de castidad y gustar a un hombre como él.

12 –

Las hermanas Villeneuve hacía tiempo que habían renegado de las creencias de sus padres. Bastante habían sufrido a cuenta de ellas como para atarse de por vida a un camino de sacrificios y renuncias; y si continuaban trabajando en apoyo a la Resistencia era más por sus deseos de venganza y su respeto a Roger de Authier que por sus propias convicciones.
La llegada de Helene había sido el revulsivo que necesitaban. Su ejemplo había sido vital para sus planes y la muerte del dominico inquisidor, que representaba cumplidamente toda la represión y la maldad sufridas, había aplacado sus deseos de venganza. La detención de Helene fue el empujón final del Destino para hacerles cambiar su manera de ver el mundo. Les horrorizaba la idea de acabar también en prisión y estaban decididas a salir de la ciudad y buscar una nueva vida.
Cuando Helene las conoció, llegó a sentir piedad al verlas aprisionadas entre miedos y reglas, sin posibilidad alguna de salir de su vida enclaustrada. Parecían destinadas a ser las nuevas Perfectas de su religión, atadas de por vida a la castidad y la pobreza, pero, ahora, aunque le dolía que abandonasen la causa cátara, estaba contenta de haberles ayudado y no se arrepentía de que su influencia pudiese servir para animarles a dejarlo todo y escapar. Se les presentaba una vida difícil por delante, sin familia y sin hogar, pero siempre sería mejor que vivir escondidas con el estigma de la herejía. Mientras Helene rumiaba estos pensamientos en la cárcel, aprovechaba para aprender las propiedades de hierbas y pociones de plantas que no conocía de las mujeres que compartían su celda, la mayoría sabias campesinas de pueblos remotos del Pirineo.
En casa de las Villeneuve, Eneko y las dos hermanas se pusieron en marcha para llevar a cabo dos ideas que habían madurado los últimos días. Uno de los temas era la carta que había escrito Helene al Obispo de Toulouse denunciando las atrocidades de Simón de Folquet, donde quedaba explicada su relación con el dominico, así como el asentamiento de la familia Moissac en Bizkaia y el matrimonio de la joven con un hombre católico; datos, todos ellos, que interesarían sin duda a los inquisidores del tribunal y apoyaría su inocencia. Esta carta no la habían entregado y la llevaba Helene consigo. Era el momento de enseñarla. Se preguntaron si la habría dejado entre sus cosas cuando le detuvieron o si la tenía en la cárcel.
El otro asunto que no habían tenido en cuenta hasta ahora era el de las monedas oro de Béziers. Habían entregado al Perfecto ochenta y nueve, tal como había contado Blanche en Mendata con sus montoncitos de diez. Se suponía que las once restantes habían estado en poder del dominico desde el principio separadas del cofre y, por tanto, las tenía que llevar en su bolsa. Pero cuando el día de su muerte se disfrazó de soldado, con sus calzas y la cota de malla ajustadas al cuerpo, era seguro que no las había guardado entre la ropa exponiéndose a perderlas, es decir, que las había dejado en el lugar donde dormía. ¡Y allí tenían que estar!
Se repartieron el trabajo. Catherine fue a buscar la carta entre los vestidos de Helene guardados en las alforjas y no la encontró. Luego acudió a la reunión de Roger de Authier en la Iglesia y le explicó con detalle todo lo escrito en la carta, diciéndole que estaba en poder de Helene. Con esta información, Authier se entrevistó con el Juez principal, ya de vuelta de su viaje, con el que estuvo discutiendo y negociando la liberación de la joven y le transmitió los pormenores de la carta, especialmente el hecho de que Helene se había casado con un hidalgo católico de Bizkaia y que había abandonado la religión cátara. El Juez recordaba bien a los Moissac, tenía una buena opinión de la familia, las normas de la Inquisición no eran tan estrictas como antes, y solo necesitaba encontrar algunos resquicios legales para decretar su libertad. Se quedó satisfecho con el documento y pidió unos días para preparar el juicio y le aseguró que el asunto quedaría resuelto al presentarlo en el tribunal.
El Perfecto, con su aspecto de rico hacendado, visitó inmediatamente a Helene en la prisión, se aseguró de que en efecto guardaba la carta entre los pliegues de su vestido y le dijo que enseñándosela al Tribunal dos días más tarde quedaría libre.
Agnès y Eneko por su parte tenían un trabajo más complicado: localizar dónde había pasado la noche el dominico el día anterior a su muerte. La ayuda de la joven era fundamental para recorrer los albergues y posadas más alejados del centro, donde el fraile se había podido refugiar. Conocía los lugares más escondidos en los que solían ocultar a los resistentes que acudían a Toulouse. Recorrieron todas las callejuelas inmundas de la ciudad, entre ellas algunas por las que había pasado Eneko siguiendo al dominico la tarde fatídica. Había albergues de cien años que más parecían cuadras que lugares de descanso para los peregrinos. El dominico tuvo que andar por allí vestido de penitente, pero solo por dignidad y con dinero en el bolso era imposible que se hubiera metido en una de aquellas pocilgas. Preguntaron, casi por preguntar, pero nadie había visto un personaje como el que describían, a pesar de que en aquella época del año apenas paraban viajeros. Tenía que ser alguna posada escondida, sin ningún distintivo, pero aseada y con aspecto menos lúgubre que aquellos antros.
Finalmente la encontraron. Se llamaba La Occitana. En efecto, el peregrino vestido de negro había estado unos días, les pagó una semana por adelantado y no había vuelto. Agnès dijo a la posadera que su cliente se había alojado en su fonda en el centro de la ciudad y les había rogado que le llevasen las cosas que tenía en la posada. Pasaron a la habitación y allí estaban sus hábitos, la ropa de peregrino y sus bolsas. Llevaron todo a la casa de las Vileneuve y lo revisaron a fondo. Encontraron una bolsa con monedas de cobre, junto a la cruz de plata, un rosario también de plata de quince misterios y el breviario. En otra bolsa más pequeña estaban las monedas de oro. Al fin habían conseguido recuperar las monedas de Béziers. Las contaron y eran diez. Faltaba una. Seguramente la había gastado.
Cuando días más tarde salió Helene de la cárcel y se juntaron todos para celebrarlo. Agnès y Catherine sacaron de los arcones los mejores vestidos de sus tiempos de nobles damas, luciendo su pálida belleza, y eligieron para Helene un vestido de terciopelo azul que llegaba hasta el suelo. Fueron a comer al mejor mesón de la ciudad, encargando una comida digna de un obispo católico e invitaron al distinguido Roger de Authier y al no menos distinguido Juez principal de la Inquisición. Esta última invitación la interpretó Eneko como una jugada inteligente por parte de Agnès —de quien partió la idea— para reforzar la estima entre los dos importantes caballeros y asegurar a los resistentes cátaros de un aval importante con la Justicia de cara al futuro. Lo cierto es que disfrutaron todos de los alimentos y de la compañía. Helene les contó cómo se vivía en su tierra de adopción, un paraíso —según ella— si no fuera por las luchas banderizas. El juez habló de los cambios que se habían producido en Occitania en los últimos tiempos respecto a los cátaros y como se oliese que en la mesa eran mayoría explicó, mirando a Authier y a las Villeneuve, que las últimas tendencias dentro de la Inquisición eran de una ligera tolerancia hacia ellos, siempre que no se dedicasen al proselitismo ni practicasen violencia alguna. Salió el tema del dominico muerto y les informó que el asunto no había llegado al Tribunal ni a las altas esferas de la Iglesia para evitar malas interpretaciones, pero que se seguía buscando el cuerpo de Simón de Folquet, no encontrado todavía, para tener la certeza de su muerte. Un escalofrío le recorrió la espalda a Helene al oírlo.
Al día siguiente Agnès les tenía reservada una nueva sorpresa a Helene y Eneko: las dos hermanas habían decidido marcharse con ellos.
—Por supuesto que no pensamos ir hasta Bizkaia —añadió rápidamente Agnès al ver la cara de Helene, que vigilaba sus miradas hacia Eneko—, pero nos gustaría vivir en Orthez, la capital de Béarn, o quizá en Sauvaterre, y podemos viajar juntos hasta allí. Hemos elegido Orthez porque en tiempos de las más sangrientas persecuciones de la Cruzada albigense numerosos cátaros de Toulouse se refugiaron allí por ser tanto Orthez como Sauvaterre poblaciones tolerantes que simpatizaban con el catarismo. Seguiremos los pasos de Helene y su familia de hace diez años y quizá encontremos también un marido como Eneko...
Catherine les contó que había estado con Authier después de la comida para entregarle las monedas que había guardado el dominico. El buen hombre había decidido que esas diez monedas se las quedasen las hermanas, porque las necesitarían en su nuevo destino. (Agnès ya le había informado que querían iniciar una nueva vida lejos de Toulouse) y que al saber que tenían intención de vivir en Orthez, Authier le había dado otros cincuenta luises para ser entregados a los cátaros residentes allí, seguramente más numerosos que los que se habían quedado en Toulouse. El viejo palacio de las Villeneuve, junto a la iglesia, pasaría a formar parte de la red de refugios de la resistencia cátara, convirtiéndose en lugar de acogida de los desheredados de la causa, desperdigados y escondidos por la región, a los que las monedas de Béziers ayudaríann a recuperar al menos su dignidad y su esperanza.
La comitiva de los Zarragoiti y las Villeneuve, formada por cuatro caballos y un borrico con las pertenencias de las hermanas, se puso en marcha al amanecer de un día otoñal. Un sol cálido templaba sus espaldas y las hojas secas de los árboles caían a su paso como si fuesen ofrendas a los pequeños héroes de una batalla ignorada. Las sombras alargadas apuntaban hacia el poniente, para el matrimonio hacia su hogar querido, para las dos hermanas hacia un futuro incierto pero lleno de promesas.
Al llegar al puente de salida de la ciudad, Helene se paró y sacó de los pliegues del vestido la carta al Obispo con la que había conseguido la libertad, y con gesto teatral la tiró al agua, contemplando cómo se hundía lentamente en los turbios remolinos.
—A ver si el dominico la lee en el fondo del río.
—Olvídate de ese condenado —dijo Eneko, escupiendo sobre el río.
—Olvidar a Simón de Folquet es como querer tapar las goteras del tejado con una manta —repuso Helene, que a veces hablaba como Sancho Zaharra.
Cuando pasasen algunos meses, ya en su tierra, podrían comprobar si quedaban goteras de aquel dominico endemoniado. Se cogieron de la mano, se dieron un beso y siguieron el camino en silencio.
La ruta de vuelta no la hicieron por el Camino de Santiago, para evitar las ciudades más importantes, y eligieron sendas poco concurridas atravesando paisajes de suaves colinas y extensos bosques y parando en posadas primitivas donde solo se hablaba occitano y donde comían sin límite carne de caza y truchas recién cogidas de los valles pirenaicos. No tenían prisa ni cuidado alguno y el tiempo otoñal de lluvias suaves y árboles rojizos les fue acompañando a lo largo del río Oloron cruzando pequeños pueblos fortificados hasta llegar a Sauveterre.
Eneko prefería ir caminando, pues le resultaba más cómodo que aguantar el vaivén del caballo en lo alto de su grupa y así podía pararse cuando le venía en gana y coger de paso castañas, nueces y avellanas que guardaba en un saco en las alforjas del rucio. En los mesones del camino conseguía con ello a cambio buenas jarras de vino; y con el corazón libre de responsabilidades y venganzas disfrutaba como un chiquillo subiéndose a los árboles o tirando pedradas a algún cuervo despistado. Por primera vez desde que salieron de Mendata, silbaba contento y feliz; esta vez el oro que llevaba en la bolsa era realmente suyo. Ya llegarían las obligaciones y el trabajo duro cuando llegase a su casa. ¿Se preguntaba qué estarían haciendo su padre y su hermano todo este tiempo? ¿Estaría Harri curado del todo?
Las tres mujeres iban a la par en sus cabalgaduras sin dejar de conversar. Helene disfrutaba aleccionando a las neófitas hermanas en las cuestiones del amor y les recomendaba no tener prisa en buscarse un buen marido y que gozasen de su libertad y del dinero que ahora tenían.
—Claro, tú porque ya lo tienes —decía Agnès, mientras miraba con envidia a Eneko persiguiendo ardillas por las cunetas.
—Tendréis que encontrar una casa a vuestro gusto en Sauvaterre y, a poder ser, entrar al servicio de la vizcondesa de Bearn que tiene allí un castillo magnífico. No creo que os sea difícil hablando el mismo idioma y siendo de una familia conocida de Toulouse.
Llegaron a Sauvaterre, cruzaron el impresionante puente fortificado, llamado el Puente de la Leyenda, pagaron el peaje correspondiente en la gran puerta de madera y penetraron en el interior de las murallas. Poco después se apearon delante de la misma posada donde Helene y Eneko habían parado en el viaje de ida. Los posaderos, marido y mujer, reconocieron enseguida a los Zarragoiti, a los que veían ahora con ropa de más prestancia que la de peregrinos y acompañados de dos damas elegantemente vestidas.
Aquella noche celebraron una nueva despedida, esta vez menos ruidosa que la de Toulouse, pero más íntima y emotiva, envuelta en una tenue atmósfera de melancolía debida a la próxima separación y a la incertidumbre que se cernía sobre el futuro de las dos hermanas. Los dueños de la posada se sentaron a la mesa a los postres, pues los recién llegados eran los únicos huéspedes, y les invitaron a dulces caseros y un licor de moras que hacían en el pueblo. Se les veía con ganas de charlar y les preguntaron si habían encontrado a aquel dominico que andaban buscando. Pero al observar la reacción de los viajeros, cuatro rostros alarmados que se miraron fugazmente, se callaron con discreción. No obstante, Helene no tuvo reparos en contarles que el tal clérigo era un antiguo inquisidor excomulgado que tenía en su poder unos documentos que les interesaba recuperar y que, por fin, lo encontraron en Toulouse y pudieron conseguirlos, antes que los soldados de la Inquisición le dieran muerte. Luego, hablaron de su estancia en aquella ciudad, de su amistad con las hermanas Villeneuve y de la intención de estas de quedarse a vivir en Sauvaterre. Preguntaron por los vizcondes y la posibilidad de las jóvenes en entrar a su servicio.
Aquí la dueña de la posada se explayó a gusto. Les contó con mil detalles la vida de los vizcondes Gastón e Inés (el mismo nombre en castellano que la Villeneuve mayor), sobre todo de la vizcondesa, a la que solía atender como cocinera en las temporadas de caza que pasaban en el castillo de Sauvaterre, pues él era un gran cazador, que incluso había escrito un libro ilustrado sobre la caza. Eran personas de gran importancia: Gastón era también conde de Foix y ella era hermana del rey de Navarra y cuñada del rey de Francia. No tenía ninguna duda la posadera de que la señora del castillo las recibiría encantada y las nombraría damas de compañía, dado el aburrimiento con que se tenía que conformar en aquel pequeño pueblo de muchas vacas —como las de su escudo— y pocas mujeres de su nivel. Posiblemente las llevaría a vivir en su preciosa torre.
Estas perspectivas alegraron, como es lógico, el ánimo de las dos hermanas, que durante el viaje no habían conseguido deshacerse del miedo a vivir solas en un lugar desconocido, y estaban más que convencidas, por mucho que dijera Helene, de que la presencia de un marido junto a ellas sería una garantía de seguridad y confianza. Pero, viviendo en el castillo, la cosa cambiaba porque el tema de la seguridad quedaba garantizado y los posibles lances amorosos con los caballeros de la corte prometían estar al alcance de la mano y, entre una cosa y otra, la necesidad de buscar un marido podía resultar menos apremiante. Por lo menos eso era lo que pensaba Agnès...
—Pero mucho cuidado con el vizconde —advirtió la posadera—. Como buen cazador que es no deja escapar ninguna paloma que pase cerca de él.
—¿Es atractivo? —preguntó Catherine sonrojándose levemente.
—Sí que lo es. Por eso lo conocen como Gaston Febus.
—¿Qué es febus? —preguntó Eneko.
—Creo que viene del latín efebus-efebo que significa joven de buen ver —contestó Helene.
Eneko quiso saber también por qué llamaban al puente “el de la leyenda”. Le contestó el posadero:
—Según cuentan, en 1170 cuando murió el rey de Bearn Gaston V, antepasado del actual vizconde, que es el X de la dinastía, se acusó públicamente a su esposa la reina Sancha de haber provocado la muerte del hijo que había dado a luz, pidiéndose su condena. El rey de Navarra Sancho VI, hermano de la reina, decidió que sólo el juicio del agua podría justificar la acusación o demostrar su inocencia. La prueba se llevó a cabo en presencia de 3.000 personas que se congregaron en el borde del puente. La reina fue arrojada al río Oloron atada de pies y manos, pero en lugar de ser tragada por el agua furiosa, su cuerpo se elevó lentamente sobre la superficie llegando a tierra tres tiros de flecha aguas abajo. Demostrada su inocencia, la reina fue aclamada por la multitud. En reconocimiento a la Virgen que había invocado, bordó una rica capa que envió a la Virgen de Rocamadour. Esa es la leyenda.
Al día siguiente los cuatro viajeros dieron un paseo hasta el famoso puente, llevando los Zarragoiti sus caballos y alforjas preparados para el viaje, y se quedaron contemplando la vertiginosa corriente del río que bajaba crecido por las últimas lluvias.
—¡Qué brutos! —comentó Helene todavía impresionada por lo sucedido hacía doscientos años—. Espero que a su descendiente no le pase lo mismo.
Las parejas se despidieron allí mismo con fuertes abrazos y más de una lágrima por parte de las jóvenes Villeneuve.
—¡Iremos a veros!... —gritó Agnès cuando los Zarragoiti terminaron de cruzar el puente y cogieron el camino de su tierra.
El viaje se les iba a hacer largo. El tiempo había empeorado y hacía frío. Las finas lluvias de comienzos del invierno, con sus veladas nieblas tan propicias para la nostalgia y los recuerdos, les esperaban en los bosques de Urdaibai.
En el primer mesón en el que pararon a comer repasaron por primera vez ellos solos las peripecias de las cien monedas que en su día salieron escondidas de Occitania para librarse de la codicia de la Inquisición. Al final habían quedado sabiamente repartidas por un dios del Azar omnipotente y caprichoso. Doce de ellas tintineaban en el bolso de Helene y, quizá algún día, ayudarían a reconstruir la casa-torre de Montalban; otras diez, que en su momento el dominico había separado con prudencia de la bolsa, estaban ahora en poder de las hermanas Villeneuve junto a las cincuenta que debían entregar a los cátaros de Orthez, y las veintisiete restantes las destinaría Roger de Authier a las familias más necesitadas de los cátaros de Toulouse. Sumaban noventa y nueve ¿Dónde estaba la que faltaba?...
Cuando llegaron a la casona de Zarragoiti perseguidos por las primeras nevadas del invierno y ateridos de frío y humedad, se juntaron todos al calor del gran fuego bajo y con vino y comida abundantes encima de la mesa, empezaron a contar las aventuras del viaje, manteniendo en vilo y con los ojos brillantes a Santxo Zaharra, a Benicia y a los dos jóvenes Harri y Blanche, que para sorpresa de sus hermanos se sentaban bien juntos y con las manos entrelazadas. La emoción llegó al máximo cuando Helene contó la muerte de Simón de Folquet y el cumplimiento de la promesa de la devolución del tesoro. Fueron unas horas de profunda alegría. El sentimiento de una familia unida y feliz inundaba la estancia y parecía hacer brillar más las llamas del hogar mientras el viento y el granizo azotaban las ventanas.
—Solo me queda una incógnita sin resolver —dijo Helene, después de detallar el reparto final de las monedas—. Dónde está la que falta para completar las cien que trajo mi padre.
—¿A que es esta? —anunció triunfalmente Blanche abriendo la mano y mostrando el reluciente louis de oro.
—¿De dónde la has sacado? —preguntó Helene alucinada, como si hubiese sido un prodigio o un acto de magia.
—La encontró Harri en la cueva de Kanala junto al cofre y me la ha regalado como compromiso de boda.
Y la colocó junto a las otras doce que estaban sobre la mesa brillando como las ascuas del fuego. Helene estaba maravillada. No había existido ninguna profecía ni milagro por medio —por lo menos ella lo ignoraba—pero por distintos caminos todas las monedas habían vuelto a manos cátaras.
Quedaba así cerrado el círculo del tesoro de Béziers. Se cumplía también la sentencia de Santxo Zaharra, aquella que dice que viviendo bajo el mismo techo se termina siendo de la familia. Helene y Blanche, dos jóvenes occitanas venidas del destierro, pertenecían ahora a la casa solariega de Zarragoiti y estaban destinadas a perpetuar el linaje

13 -

Quién iba a suponer que el cuerpo incorrupto (no se podría decir lo mismo de su mente), insepulto y flotante que apareció entre los juncos de la ribera del Garona, guardase un soplo de vida cuando lo avistaron los gitanos en un pequeño remanso del río. Y menos que se tratase del cruel inquisidor Simón de Folquet, que en sus años jóvenes no había tenido reparos en mandar a la hoguera a las adivinadoras y curanderas de entre aquellos zíngaros nómadas que acampaban por temporadas junto al puente de Toulouse.
No era la primera vez que las aguas les traían a los gitanos algún cadáver a la deriva, del que aprovechaban desde el último cordón de sus vestidos hasta las uñas de los pies con las que tañían sus cítaras y mandolinas. A este del viejo inquisidor lo cogieron como un regalo del cielo pues el brillo de su cota de malla prometía un buen botín. Lo tumbaron sobre la hierba boca abajo para sacarle las dos saetas que tenía clavadas en la espalda dándolo por muerto pero, al meterle la navaja para extraer las puntas de hierro, el cuerpo dio varias sacudidas violentas y por la boca ladeada le salió un chorro de agua como si brotase del caño de un lavadero. Los dos gitanos que lo habían sacado del río escaparon aterrorizados. Cuando volvieron al cadáver con prudencia y miedo pudieron escuchar las mil maldiciones que entre barboteos empezó a soltar el dominico y, aunque no podía mover el cuerpo, vieron espantados cómo sus ojos echaban fuego cual ventanas del infierno, antes de volver a quedar inconsciente.
Para una raza tan supersticiosa como la de los gitanos del este de Europa, aquel personaje tendido en el suelo, vestido con ropas de soldado y más grande que la mayoría de ellos, era como la aparición de un ser poderoso y enigmático de un mundo desconocido que llegaba a ellos buscando salvarse tras ser abatido a traición por sus enemigos. Sus poderes sobrenaturales estaban a la vista al no haber muerto a pesar de ser atravesado por dos saetas y flotar en el río quién sabe durante cuánto tiempo.
Enseguida se reunió alrededor del cuerpo toda la tropa zíngara incluyendo a los ancianos, mujeres, niños y perros, con temor y respeto. Pronto se procedió a su traslado a la carreta de Tirza, mujer mayor de gran prestigio dentro del clan por su carácter enérgico y sus conocimientos de curandera, y de su hija Samira, una joven de extraña belleza, rasgos duros y ojos como el carbón, que tenía fama de echadora de cartas y adivinadora.
Ambas se encerraron con el moribundo y no salieron de allí en quince días. El consejo de ancianos había decidido que salvar a aquel personaje que les había entregado el río era un deber sagrado y posiblemente un presagio de buena suerte, un envío del cielo para su prosperidad y protección. Aplicaron las dos mujeres todos sus conocimientos de medicina natural, magia, ungüentos, conjuros y sortilegios y Samira aprovechó para estudiar las líneas de sus manos y echar repetidamente las cartas del Tarot sobre su cuerpo inerte. Pudo comprobar en tales signos el horrible pasado de aquel personaje medio muerto, que poco a poco se recuperaba del color verdoso con que lo habían encontrado, y el futuro más tenebroso aun que le aguardaba. Muerte, violencia y poder por todos los costados de los augurios y odio y venganza envolviendo los caminos del porvenir. Las cartas que se repetían una y otra vez eran el Diablo, la Papisa y la Muerte. Ante aquellas terribles señales madre e hija temían el momento en que aquel cuerpo ahora exangüe recuperase sus facultades y dudaban si no estaban curando al mismo Lucifer. Observaron cuidadosamente todas las reacciones a sus medicinas mientras el cuerpo iba volviendo a la vida y tomaron buena cuenta de las palabras que en sus delirios salían de su boca. “Cátaros” y “Helene” fueron las únicas que pudieron distinguir entre un sin fin de juramentos y maldiciones en latín.
Llegó un día en que las heridas se cerraron, fue mejorando su salud y Simón de Folquet recuperó la conciencia y abrió los ojos. Contempló a las dos gitanas con asombro y al tiempo se percató de que estaba desnudo bajo un camisón de tela basta. Por un momento creyó estar en un prostíbulo de Toulouse, agotado después de ayuntar con aquellas dos mujeres que le atusaban el pelo con sumo cuidado. Pero, aquella forma singular del habitáculo de madera y cortinas bastas que lo rodeaba y los cuatro ojos negros como el azabache que lo miraban con ansiedad mezclada de temor le trasladaron a una realidad bien distinta. Notaba la espalda como si le hubiesen apaleado a conciencia y se preguntaba que hacía él en un carromato de gitanos.
Pronto pasó a recordar la escena en la que saltaba al río perseguido por los soldados de la Inquisición y cómo se hundía en el agua con la sensación de dos puñaladas en la espalda. Luego le pasó por la mente la imagen de Helene de Moissac con el hábito de monja desgarrado y la entrada de los soldados en la cabaña. Se incorporó con violencia del jergón donde yacía y sus aullidos de dolor y rabia se oyeron por todo el campamento.
—¿Quiénes soy vosotras? ¿Dónde estoy? —preguntó con voz estridente y el gesto agresivo.
Tirza y Samira dieron un salto para atrás horrorizadas por el aspecto patibulario del dominico: el pelo revuelto en greñas, la barba rala y canosa, la piel del color de la cera y los ojos hundidos y crueles. Lo habían visto durante días con la imagen inerte y lastimera de un animal herido. Ahora veían a la fiera real con su mirada enloquecida. No eran mujeres asustadizas, por lo que pasado el primer susto y sin decir palabra obligaron a a Simón a sentarse por la fuerza y le dieron a beber el caldo que tenían preparado. Luego esperaron en silencio a que el soldado recobrase la calma y fuese tomando conciencia de su situación. Tenían, sin duda, más preguntas para hacer que él —ya les había parecido demasiado viejo y poco curtido para ser soldado— pero daban por hecho que no recibirían sus respuestas sino más juramentos.
De todas formas le contaron que pertenecían a un grupo de zíngaros acampados a orillas del Garona y cómo le habían encontrado prácticamente muerto flotando en el agua. Que durante varios días aparecieron varios soldados de la Inquisición revisando las orillas del río, por lo que el consejo de ancianos decidió levantar el campamento y marchar al otro extremo de la ciudad donde estaban ahora. Que llegó con dos saetas clavadas en la espalda y que le habían estado curando durante más de veinte días.
El dominico escuchó todo esto con atención y se tumbó de nuevo en el jergón de hojas secas haciéndose el dormido, para evitar las preguntas de las gitanas. Tenía la cabeza todavía confusa pero la mente le daba vueltas como la rueda de un molino: Su situación no podía ser más penosa. Se encontraba débil y respiraba mal debido a las heridas en los pulmones. Las autoridades lo daban por muerto y buscaban su cadáver para asegurarse de su muerte; el oro de los cátaros se le había escapado de las manos, había dejado de ser clérigo y ni siquiera podría volver a utilizar su nombre. Había fracasado conducido por su ambición y sus deseos de venganza hasta acabar convertido en un miserable sin nombre ni oficio. Adiós Simón de Folquet, el brillante predicador, el inquisidor implacable... En mala hora viajó hasta Bizkaia persiguiendo a aquellos cátaros endemoniados...
—¡¡Maldita bruja!! —bramó de repente al pensar en la culpable de sus males—. ¡Por Satanás, juro que le arrancaré el corazón y lo pisotearé en el barro! ¡Recuperaré el oro, incendiaré su casa y mataré a su familia! Y volvió a caer exhausto sobre la cama.
Las gitanas lo empezaron a mirar ya con desagrado no exento de cierto temor. Aquel misterioso caballero que les había enviado el destino no parecía ser un personaje que les fuese a servir de mucho provecho, sino un ser irascible y violento, del que solo podían esperar problemas. Pero iban atando cabos. Se habían fijado que el cabello de la coronilla era más corto que el resto de la pelambrera, prueba sin duda de una antigua tonsura, lo que indicaba que estaban ante un clérigo renegado que se había disfrazado de soldado. Por otro lado, las manos delicadas y el uso continuo del latín en sus delirios, les decían que se trataba de un personaje refinado y posiblemente rico. Y por fin, la mención a los cátaros, a una dama que se llamaba Helene y a la existencia de oro en algún lugar, las convencieron de que tenían en sus manos una oportunidad de enriquecimiento; aunque volviendo a mirar al herido les entraban escalofríos de puro miedo.
Tirza reunió al consejo de la tribu y les puso al corriente de sus impresiones sobre el hombre del carromato. Discutieron durante horas las acciones a tomar. Los más jóvenes querían amenazarlo con tirarlo de nuevo al agua para que dijese dónde estaba oculto ese oro del que hablaba; y si hacía falta darle uno cuantos garrotazos. Las mujeres, con cierta tendencia a la compasión, decían que lo mejor era abandonarlo tal como estaba en el Camino de Santiago y dejar que los peregrinos cuidasen de él. Finalmente los mayores, con Tirza a la cabeza, decidieron el plan a seguir: continuarían cuidándolo hasta que se repusiese del todo. Cuando se despidiese de ellos, lo seguirían y vigilarían sus movimientos, pues en algún sitio habría vivido y tendría seguramente familia o amistades, y allí estarían sus pertenencias; aunque si estaba huido lo más natural era que anduviese solo y a escondidas como un animal perseguido. De esa labor se encargaría alguna de las gitanas que echaban la buenaventura y que se movían libremente por todo Toulouse.
Simón de Folquet fue recuperando poco a poco sus fuerzas, ayudado por las tisanas de Tirza y los cuidados de Samira, con las que compartía el carromato cercano al gran fuego central, donde se reunían todos al llegar la noche. No se había cortado la cabellera ni las barbas para evitar ser reconocido en su vuelta a la ciudad, por lo que su imagen se estaba aproximando a la de un santón o brujo de las leyendas nórdicas, sin llegar no obstante a un aspecto venerable, pues sus ojos de brillo malicioso, sus ojeras violáceas y su piel pálida pegada a los huesos desmentían cualquier atisbo de bondad en su figura siniestra.
El invierno se echaba encima y los gitanos pensaban ya en marcharse hacia el sur como las aves migratorias, posiblemente hasta Zaragoza al otro lado de las montañas, pero la curación del misterioso desconocido y la sospecha de que en algún sitio le estaba esperando una bolsa de oro les hicieron retrasar la partida.
Hacía frío en el carruaje y Simón cada noche se arrimaba un poco más al lecho donde dormía Samira, no solo para quitar el frío sino porque sentía que sus fuerzas aumentaban cada día. Pero si se había propuesto comprobar su virilidad con la atractiva gitana, tan generosamente puesta a su alcance por la Providencia, se le quitaron las ganas la primera noche en que introdujo sus manos frías por debajo de la manta en busca de la cálida piel de la zíngara. Solo con rozarla con sus dedos, Samira se incorporo bruscamente y cogiendo un candelabro que tenía a su alcance le sacudió tales golpes por todo el cuerpo que lo dejaron descalabrado. La madre, que dormía con un ojo abierto desde que veía a Simón casi recuperado, puso también algo de su parte soltándole unos cuantos latigazos con las cinchas de los caballos, allá donde las heridas de las saetas estaban todavía sin cicatrizar del todo, amenazándolo con destriparlo si lo volvía a intentar. Con lo cual el renegado fraile quedó completamente molido y humillado. Él, el antiguo torturador de herejes y despiadado inquisidor, estaba a los pies de aquellas gitanas a las que consideraba poco menos que esclavas de raza inferior. ¡Más bajo no se puede caer!, pensó. ¡Malditas mujeres! Me las pagarán todas juntas... Incluía a Helene, por supuesto.
Más adelante, se enteraría de que la Ley Gitana prohibía a las mujeres mantener relaciones con alguien de otra raza bajo pena de expulsión de la tribu e incluso, si lo hacían con algún gitano antes del matrimonio, no podrían casarse nunca. Eso explicaba la reacción de Samira ante su torpe intento de seducción, pero el castigo había sido traicionero y salvaje y ya encontraría la manera de vengarse de las dos brujas.
La paliza retrasó los planes de los gitanos y del dominico, porque este tardó más de dos semanas en reponerse. Las primeras nieves habían asomado tímidamente en las cumbres del Pirineo y aunque el viento sur las hacía desaparecer de la noche a la mañana, cada vez eran más persistentes y eso era muy mala señal para los zíngaros, acostumbrados como estaban a vivir al aire libre. Decidieron, por tanto, levantar de nuevo el campamento y despedir al dominico con unos mendrugos de pan y ropas de gitano.
Vieron cómo se alejaba renqueando en dirección al centro de la ciudad, mientras ellos ponían en fila los carromatos y se dirigían a cruzar el puente en busca de los aires cálidos del sur. Como estaba previsto se detuvieron nada más cruzarlo y acomodaron los carros en una campa cercana. Las gitanas elegidas se dirigieron rápidamente en pos del antiguo predicador. Su barba crecida y sus greñas largas y descuidadas lo hacían parecer un salteador de caminos más que un clérigo prestigioso —como lo había sido tiempo atrás en aquella ciudad—, y las dos mujeres no tuvieron ningún problema para seguirle desde lejos.
Lo primero que llevó a cabo Simón de Folquet antes de pensar en futuras venganzas fue volver a la posada La Occitana, su último refugio en las afueras del pueblo, donde guardaba sus pertenencias, incluidas las diez monedas de oro. Había pasado casi medio año y no tenía mucha confianza en que las conservasen en su sitio. No eran casas de caridad los albergues que frecuentaba el antiguo fraile. Lo normal era que las monedas de oro hubiesen volado. Fue recorriendo las callejuelas del arrabal con su andar vacilante, renegando por dentro, y las gitanas lo siguieron a corta distancia.
Al entrar el dominico en la posada los dueños le miraron de arriba abajo y a continuación lo echaron sin miramientos a la calle debido a su pinta de vagabundo y a su olor a humo de la hoguera de los gitanos. Y el perro de la casa le saltó a las piernas haciéndole brincar como un payaso. Solo cuando les gritó que había dormido allí y que tenían allí sus cosas, recordaron su voz y lo reconocieron como el peregrino vestido de negro que había estado en la posada un mes antes. Una vez aclarada la situación le contaron que un hombre y una mujer habían venido de su parte y se habían llevadodiversos objetos de su equipaje dejando tan solo un bulto con su ropa.
Simón se puso pálido antes de montar en cólera y ponerse a blasfemar como no lo había hecho nunca. Hasta las gitanas que habían oído todo desde una esquina del callejón se quedaron de piedra y escucharon con atención las explicaciones de la posadera.
—¿Quiénes eran? ¿Qué aspecto tenían? —aulló el clérigo agarrando del cuello a la dueña en un ataque de furia. El marido que estaba cerca le arreó un manotazo en el cogote que lo tiró al suelo.
—El era un hombre alto y fuerte que cargó con las bolsas y no abrió la boca y ella una joven de aspecto delicado —dijo la posadera..
—¿Dijeron dónde vivían?
—No añadieron nada más y se dirigieron hacia el centro. Y ahora lárgate o te echamos el perro, que a saber de dónde has salido. Antes eras peregrino y ahora gitano.
De nuevo magullado y más derrotado que nunca en su vida, el fraile Simón miró el saco con la ropa, vio que tenía el hábito de dominico, se rió amargamente y echó a andar camino del centro de la ciudad, hundido en su propia miseria. Las dos gitanas se quedaron indecisas. 
                     -¿Y ahora qué hacemos? -se dijeron-. Si había oro ya se lo han llevado otros. ¿Cómo vamos a encontrarlos?
                        Y volvieron al campamento.




14 -

Simón de Folquet no había llorado ni una sola vez en su vida, ni siquiera al salir del vientre de su madre, pero ahora, sentado en el lavadero donde había visto a la bruja de sus pesadillas, le entraron ganas de estallar amargamente en lágrimas de rabia e impotencia, mientras roía el pan duro de los gitanos. Rumiaba el pan sin sacarle gusto, lo mismo que rumiaba sus últimas desventuras. De vez en cuando llenaba el cuenco de la mano en el caño cercano y bebía un sorbo para poder pasar el mendrugo seco, y el agua y las migas le caían por el pecho sin que sus manos hiciesen un gesto para limpiarse ni sus ojos se desviasen del punto del infinito donde fijaba sin ver su mirada extraviada. Las mujeres que estaban lavando cerca se alejaban de él con sus bultos de ropa y una mezcla de miedo y repugnancia.
Pasó allí el resto del día pensando en su negro destino quieto y cabizbajo, y algunos paseantes bien vestidos le arrojaron algunas monedas de cobre que recogió con avidez como si fuese un mendigo. Estaba pensando en algún pórtico recogido donde pasar la noche cuando unos soldados que hacían la ronda entraron por una esquina de la plaza y tuvo que marchar rápidamente por la esquina opuesta y adentrarse en las zonas más oscuras y peligrosas de Toulouse. Si a algo le tenía miedo el antiguo cazador de herejes era a los calabozos de la Inquisición, pues bien que los conocía desde este lado de los barrotes, y solo de imaginarse pasando una noche entre ratas y condenados, que le arrancarían hasta los ojos al quedarse dormido, se le ponían los pelos de punta.
Deambuló por los callejones siniestros sin rumbo fijo y de pronto se acordó de los sicarios que había contratado para acabar con el compañero de Helene. Sabía que se juntaban en un figón de aquella parte de la ciudad. No les había pagado, era cierto, pero seguramente no se atreverían a reclamarle nada cuando lo viesen aparecer, creyéndolo muerto, y le ayudarían en esta ocasión esperando su recompensa. Estuvo buscando durante un tiempo hasta que localizó la sucia taberna donde se refugiaban viejos soldados y matones de toda especie. Allí no le hacía falta andar con disimulos porque no desentonaba ni por fuera ni por dentro, es decir, ni en su atuendo andrajoso ni en su espíritu miserable.
Había mucha gente bebiendo y comiendo, la mayoría en bancos corridos. La luz era mortecina y el olor apestoso. Se sentó en una mesa del fondo sin pedir nada y se dedicó a observar con atención a los demás clientes. Conocía bien a sus matones porque más de una vez los había utilizado como espías y asesinos a sueldo. Sabía que alguno de ellos había resultado herido en su lucha con aquel vasco furibundo que acompañaba a Helene, pero esperaba que quisieran seguir a su servicio y cobrar su dinero. Vio a los dos que estuvieron con él hasta el final sentados en un rincón y se acercó disimuladamente.
—Soy Simón de Folquet —les dijo, echándose para atrás las melenas—. Os acordáis de mí?
—¡El dominico! —exclamó el que se llamaba Duravel, levantándose espantado—. ¿No os capturaron los soldados de la Inquisición?
—Escapé por el río y he permanecido escondido entre los gitanos. He cambiado de aspecto y de nombre. Ahora necesito vuestra ayuda para recuperar mi dinero. Luego os pagaré con creces lo que os debo.
—Contad con nosotros —dijo Cirilo, el otro sicario—. Estamos con la bolsa vacía y corren malos tiempos en Toulouse. Cada vez hay menos gente pudiente y las oportunidades son escasas.
—Yo sé dónde hay dinero en abundancia. De momento necesito comida y refugio. Mañana podemos empezar el trabajo.
—Estamos listos.
Aunque olía a vino rancio, aceite de quemar y mugre de años, el refinado clérigo de antaño se sintió en aquel antro llamado El Jabalí como en el palacio del Obispo por primera vez en muchos meses. Se despachó a gusto un cocido de garbanzos y un trozo de queso y se bebió una jarra entera de vino, mientras los sicarios le miraban asombrados de su nuevo aspecto y de sus nuevas maneras.
Pasó la noche con sus viejos compinches, durmiendo de un tirón. A la mañana siguiente se vistió con algunas ropas de ellos y les pidió un cuchillo de buenas dimensiones. Les ordenó que no le tratasen de usted y que a partir de ahora le llamasen Simón a secas.
La banda de los tres rufianes funcionó a la perfección durante todo el invierno. Bajo el mando del astuto Simón y con la experiencia y el arrojo de Duravel y Cirilo, actuaron como bandoleros, espías y llegado el caso como asesinos, sin que las autoridades llegasen a tener noticia de sus andanzas. Como bandidos, asaltando a los peregrinos que se atrevían a cruzar la ciudad por la noche o que se perdían por las callejuelas apartadas buscando albergues para dormir; también desvalijando a los cambistas y prestamistas judíos que tenían sus garitos en rincones escondidos y que no se atrevían a denunciar sus robos. Como asesinos, matando a más de uno por negarse a darles sus ganancias. Y, finalmente, como espías, buscando información sobre los cátaros de la resistencia, esto último obsesivamente planeado por Simón, quien no había olvidado que la mujer que se encargó de llevarse sus bolsas de la posada La Occitana no era Helene sino una joven distinguida que con toda seguridad era una cátara de Toulouse.
El objetivo, en primer lugar, era localizar a Helene y su compañero, a los que los matones ya conocían, y que andarían más despreocupados por Toulouse al creerle muerto, pero lo más probable era que hubiesen marchado de la ciudad y que las famosas monedas de oro de Béziers estuviesen  ahora en manos de los herejes que quedaban en Toulouse. De una u otra manera hurgarían por todos los rincones, iglesias, conventos y palacios abandonados donde quedase algún resto del perfume albigense.
Anduvieron varios días como ratones en busca de comida, pegando el oído a los grupitos sospechosos o siguiendo a distancia a los soldados de la Inquisición encargados de investigar las denuncias; y sin embargo todas sus pesquisas resultaron nulas. Si ellos eran expertos en esconderse de las autoridades, los cátaros de la resistencia lo hacían mejor hasta el punto de parecer invisibles.
Además, el resultado de los atracos cometidos durante aquellos meses solo sirvió para llenar la bolsa de los tres criminales con monedas de cobre y unas cuantas joyas que no colmaban las aspiraciones del antiguo dominico. Los peregrinos rara vez llevaban mucho dinero encima y a los prestamistas solo les pedían adelantos los pobres.
Por ambas razones Simón decidió apuntar más alto en sus objetivos: acosaría a la nobleza tolosana y a la jerarquía eclesiástica. Allí era donde estaba el dinero y la información. Conocía como nadie hasta el último rincón de los palacios de la aristocracia cátara de Toulouse, ahora ocupados por los descendientes de los normandos y los burgueses traidores que habían mandado a sus conciudadanos a la hoguera como, por ejemplo, su propio padre, antiguo obispo, del cual era hijo ilegítimo. También conocía sus nombres y sus costumbres. Iniciaron una etapa de rapiña más peligrosa pero mucho más provechosa. Aprovechaban cuando los nobles estaban de trabajo o de viaje, penetraban en las casas y maniataban a la servidumbre y elegían tranquilamente los objetos de valor. En algunos edificios especialmente protegidos, Cirilo y Duravel atraían a los soldados haciéndoles abandonar la guardia mientras Simón entraba en las casas y salía con el botín, cogiendo siempre objetos valiosos y a poder ser pequeños. A las noches trasladaban lo robado al arcón común en la pensión donde dormían y se reunían luego en El Jabalí a cenar y comentar la jornada.
El color de las monedas del arcón comenzó a pasar del rojo y el marrón del cobre sucio al blanco y gris de la plata, con destellos amarillos de algunas monedas de oro, más las joyas, cruces, anillos, candelabros, cálices y patenas de la opulenta religiosidad católica, que daban al conjunto los bellos tonos de las piedras preciosas y los metales nobles. Era una gloria verlo y de vez en cuando Simón metía la mano y revolvía con placer aquel aluvión de riqueza.
En poco tiempo, “la banda del diablo”, como se les empezó a conocer por el aspecto endemoniado del jefe de la banda —siempre vestido de negro con sombrero de ala ancha y rostro cadavérico— y su predilección por los objetos de culto sagrado, empezó a visitar las principales sedes y palacios de Toulouse: las residencias elegantes del Obispo, el archidiácono, los Comisarios de la Inquisición, los jueces, los conventos... Con una habilidad especial para actuar con rapidez y eficacia los tres socios consiguieron juntar una gran fortuna, que se repartieron religiosamente.
Ocurrió que una tarde en que fueron a cambiar algunas de las joyas y cálices a uno de los prestamistas que no habían saqueado por ser pariente de Cirilo, les sacó para pagar unas monedas de oro brillantes como el sol, pero que ellos no quisieron aceptar porque aquellos luises antiguos llamaban mucho la atención y preferían monedas de cobre o latón. No obstante, Simón se quedó como petrificado mirándolos y los cogió en sus manos, dándolos vuelta y acariciándolos como viejos conocidos. Hacía más de cien años que ya no se fabricaban y algo en sus entrañas le dijo que aquellas monedas habían estado antes en su bolsa.
—¿Cómo te han llegado estas monedas aquí? —preguntó con ansiedad al viejo cambista.
—Me las trajo un conocido comerciante de telas de la ciudad, el señor Authier. También quería cambiarlas por monedas corrientes.
—Nos las quedamos —dijo Simón, haciendo un gesto a sus socios—. ¿Cuántas tienes como estas?
Cinco, estas son todas. 
¿Te dijo si tenía alguna más?
No dijo nada.
Esa noche la cena en El Jabali fue especial. Prácticamente dejaron la despensa vacía de las mejores viandas y el mejor vino. Los dos matones no habían visto nunca tan alegre al viejo dominico como ahora.
—Estamos sobre la pista, compañeros —dijo a sus socios relamiéndose el vino que le mojaba los labios—. ¿Sabéis lo que valen cien monedas como las que hemos conseguido esta tarde? Pues ese es el tesoro de los cátaros que yo he llegado a tener en mis manos hasta hace bien poco. Se acabó el andar robando copones y relicarios. Hasta aquí hemos llegado. A partir de ahora nuestro principal objetivo es recuperar ese tesoro.
—¿Y cómo lo vamos a hacer —preguntó Cirilo.
—Siguiendo la pista de Authier.
Levantó la jarra y brindó por San Luis Rey de Francia, ante la mirada atónita de Duravel y Cirilo. El tabernero que los conocía como si fuesen de la casa no dudó de que el botín conseguido ese día era de importancia y aprovechó para cobrarles las deudas atrasadas y subir el precio del menú hasta el doble de su valor normal, lo que los conjurados pagaron sin protestar. Estaba casi convencido de que pertenecían a la banda del diablo, pero como prácticamente vivía a cuenta de sus consumiciones cada vez más copiosas y nadie sabía ni sus nombres, los aceptaba como si fuesen de la familia.
La búsqueda de Monsieur Authier fue como coser y cantar para los avezados criminales, que no tardaron en localizar los almacenes de telas que el orondo comerciante manejaba con provecho. Vigilaron cuidadosamente sus movimientos — había nevado y las calles estaban desiertas— y cuando les pareció oportuno le atacaron en una calle oscura, dejándolo inconsciente de un par de golpes y lo llevaron a una chabola abandonada junto al río, donde lo amordazaron y ataron a una argolla vieja de la pared.
Antes de empezar el interrogatorio, Simón se frotaba las manos, no solo por el frío. El antiguo inquisidor era, sin duda, un hombre sádico y un experto en conseguir confesiones donde no había nada que confesar y en obtener informaciones aunque estuviesen guardadas bajo juramento por los torturados. Media hora después de aplicar sus habilidades con el vendedor de telas ya tenía los nombres de quién le había entregado las monedas de oro y a quién las había ido repartiendo y dónde vivían cada uno de ellos. También pudo enterarse de sus actividades como Perfecto de los cátaros que resistían en Toulouse, pero eso ya no le interesaba al antiguo dominico porque, aparte de haber perdido su celo religioso, si lo denunciaba los jueces de la Inquisición le podían quemar a él antes que a los herejes.
El momento más grave para la integridad de Roger de Authier ocurrió cuando al confesar que todas las monedas que las hermanas Villeneuve le entregaron para su reparto las habían recibido de Helene de Moisac, a Simón, solo de oír su nombre, se le crisparon las manos en el momento que giraban el torniquete que apretaba el cuello del comerciante, de tal forma que estuvo a punto de matarlo de asfixia. Tampoco le hubiera importado —sería un hereje menos— lo tirarían al río y a ver si lo salvaban los gitanos, pensó el fraile con maldad. Pero no quería más complicaciones con la Inquisición de las que ya tenía y finalmente lo soltaron después de vaciarle los bolsillos. También se enteró de queHelene y su compañero vasco pensaban acompañar a las Villeneuve hasta Sauvaterre. No conocía a las jóvenes cátaras pero ya pregunatría por ellas.
Durante los días siguientes los tres maleantes se dedicaron a recolectar las  monedas de oro distribuidas entre los resistentes cátaros. Todos ellos eran gente pacífica, perseguida durante toda su vida, viviendo en lugares escondidos y con escasos medios para subsistir, por lo que aquellas monedas, convertidas en cobre, se habían escurrido en su mayoría por los agujeros de sus necesidades. Los pocos luises que quedaban aquí y allá fueron requisados sin contemplaciones y con total impunidad porque los cátaros, como había ocurrido con los prestamistas judíos, nunca se atrevieron a denunciarlos
Un día, de la noche a la mañana, desapareció la banda del diablo y cesaron sus actividades. Duravel y Cirilo aparecieron un mes más tarde por la calle principal de Toulouse relucientes como dos grandes hacendados llegados de Borgoña, lavados, afeitados y vestidos con elegancia. Nunca volvieron a pasar por El Jabalí ni a cometer delito alguno. La tranquilidad volvió a las calles de Toulouse y el invierno terminó plácidamente su recorrido por tierras occitanas esperando sin prisas a una primavera llena de promesas.
Simón, el dominico, ahora bajo el nombre de Louis de Montignac, cabalgaba sobre un hermoso corcel negro por el camino real de Toulouse a Tarbes. Barba y cabellos cuidadosamente cortados, capa negra y espada al cinto, representaba perfectamente al personaje que había diseñado para sus futuras andanzas: caballero al servicio del conde de Périgord. Los más de cincuenta años que tenía vividos y los dos agujeros de la espalda le hacían mantenerse un poco envarado en la silla pero, por lo demás, había recuperado la salud de sus buenos tiempos y físicamente se sentía en plena forma. Aspiraba con satisfacción el fresco aire primaveral y el aroma de los cerezos en flor del camino le daban a su semblante cierto brillo de optimismo. Además de sentirse fuerte tenía una gran fortuna. Nadie le conocía, nadie le perseguía. ¿Qué más podía pedir?
Sin embargo, su corazón corroído seguía destilando veneno, y sus pensamientos seguían siendo esclavos de obsesiones y deseos de venganza. Dos eran las pesadillas que repetidamente lo habían atormentado noche tras noche desde que se puso en camino: los luises de oro y Helene de Moissac. En la primera se veía a sí mismo intentando llenar una bolsa con monedas de oro que se escapaban inmediatamente por un agujero del fondo, cayendo entre las olas de un río agitado y oscuro; y por muchas que metía ninguna quedaba en la bolsa. En la segunda veía a Helene desnuda, voluptuosamente envuelta en una montaña de luises de oro, y cuando él se desnudaba y se arrojaba encima para gozar de ambas, Helene desaparecía y las monedas se convertían en una masa repugnante, viscosa y pegadiza, en la que quedaba atrapado sin poder moverse. Pero, afortunadamente, una noche descubrió que dejando sus luises a la vista cerca de la almohada las pesadillas desaparecían.
Durante el día, cuando se aburría de mirar las piedras del camino o de contar en latín las pisadas del caballo hasta que no sabía más números, se entretenía en repasar una y otra vez las cuentas de las dichosas monedas: “Diecinueve que tenía él, contando las cinco del prestamista judío y las catorce robadas a los cátaros de Toulouse; más las veinte que se había llevado Helene y las sesenta entregadas a las Villeneuve, sumaban noventa y nueve. Hasta sumar las cien de Béziers faltaba una que daba por perdida. Primero vaciaría la bolsa de las hermanas. Luego iría a por las veinte de la bruja de Mendata".  Más que el valor en sí de aquellos luises —el importe de sus latrocinios con la banda del daiablo era muy superior—, lo que le tenía obsesionado era que aquellas tres arpías pudiesen disfrutar de ellos. Era una cuestión de orgullo. No podía soportar que una mujer como Helene se riese de él y le ganase la batalla.
Por la ruta que había elegido para ir hasta Sauvaterre no se veía un alma. Los picos que se elevaban a su izquierda estaban cubiertos de nieve y los bordes del camino aparecían inundados por arroyuelos perdidos y trozos de hielo embarrados. Hacía mucho frío al caer la tarde y las ventas y mesones situados entre los pequeños pueblos del recorrido estaban cerrados. No había otro sonido en el camino que el borboteo de los regatos cercanos, la respiración acompasada del corcel y el canto de algunos pájaros a lo lejos. Por eso, cuando de repente le llegaban los ladridos de algún perro, se sobresaltaba como si despertase de un sueño y oteaba en la oscuridad buscando las luces de algún pueblecillo cercano.
              Embozado en su capa y poniendo su caballo al paso para que no le congelase el viento helado, cabalgaba medio amodorrado, arrullado por el rítmico y monótono sonido de los cascos, ensimismado en sus pensamientos: Le volvía de vez en cuando aquel insidioso consejo de su lado razonable que le decía que era el momento de olvidarse de todo y  pasar el resto de su vida disfrutando de su fortuna en el palacio de algún duque, por ejemplo en Bérgamo o en Florencia. Se estaba haciendo viejo, ¿por qué no dejar de una vez aquella obsesión nefasta?... Pero el orgullo se imponía una y otra vez; el orgullo y seguramente su obsesión por Helene, a la que deseaba con todas sus fuerzas. Ya tendría tiempo de viajar a la Toscana o incluso a Roma, uno de sus sueños dorados.
Siempre lo recibían bien en las tabernas y posadas, a pesar de su mirar siniestro, porque su porte de apuesto gentilhombre con espada y sombrero, y la bolsa llena de dinero que mostraba enseguida, como un salvoconducto, le abrían todas las puertas. Y así, de posada en posada, envuelto en su soledad y en las nieblas de los valles pirenaicos fue recorriendo leguas de colinas cubiertas de helechos secos y bosques deshojados hasta llegar a las puertas de Sauvaterre. Al cruzar el “puente de la Leyenda” un soldado de la guardia comentó: 
                  —¿Te has fijado en la cara? Parece el demonio.

             15 -
Agnès y Catherine Villeneuve entraron al servicio de la vizcondesa de Béarn como damas de compañía, pocos días después de su llegada a Sauvaterre. No tuvieron más que ponerse sus mejores vestidos y presentarse en el castillo acompañadas por la dueña de la posada. La vizcondesa quedó encantada de tener a su lado unas personas tan jóvenes como ella, bellas y cultivadas, que desde el primer momento de su llegada alegraron su vida y le distrajeron de sus deberes palaciegos consistentes en celebrar las hazañas guerreras de su famoso marido, tragarse sus continuas infidelidades y participar inevitablemente en las intrigas dinásticas de los reinos vecinos.
Les asignaron sus propios aposentos en la inexpugnable torre del castillo y una doncella que las atendía. Como en un cuento de hadas, pasaron a vivir de la noche a la mañana en el mejor de los sueños. Se lo merecían, sin duda. Se olvidaron rápidamente de sus penurias anteriores y se adaptaron a la vida palaciega como las flores mustias del camino a un jardín cuidado con esmero. Ganaron en belleza, alegría de vivir y habilidades cortesanas, y no volvieron a acordarse de Helene y Eneko ni de la vida rústica entre campos de labranza, niños y ganado que poco tiempo antes les hacían soñar. ¿Para qué querían un marido si en dos meses ya habían tenido más pretendientes que las propias cortesanas y hasta el mismo vizconde había visitado sus lechos, como tributo obligado por su acogida en el castillo?
La vida en la torre era placentera. Tenían músicos y comediantes que les alegraban las tardes lluviosas, visitas frecuentes de personajes famosos y grandes banquetes para celebrar cualquier acontecimiento por trivial que fuese. También su educación por orden expresa de la dama del castillo estaba cuidada. Tenían a su disposición libros de medicina árabes y judíos, canciones de gesta como la Canción de Roland, el Cantar de Mio Cid y el Cantar de los Nibelungos; y de poesía italiana como La Divina Comedia. Aprendían a tocar el salterio y el laúd con los músicos de la corte.
Según se iban multiplicando sus vivencias en aquel ambiente regio, la diferencia entre Agnès y Catherine se fue haciendo más evidente y así, mientras la menor se resarcía de los votos de pobreza y castidad del catarismo, que le habían amargado la juventud, Agnès —después de las primeras semanas de deslumbramiento y desahogo de los sentidos— se fue volviendo más seria y reflexiva y se tomó aquellas primeras experiencias como parte de su aprendizaje y recuperación del tiempo perdido. Catherine empezó dejándose querer por el primer noble apuesto que la cortejaba y acabó perdidamente enamorada del señor del castillo, que le dedicaba una especial atención por su juventud y su delicadeza. No tardó mucho en olvidarse de su condición de dama de compañía de la vizcondesa y estaba feliz rodeada de los galanteos de los atrevidos cortesanos y sintiéndose la preferida del vizconde. En cambio Agnès rechazó repetidas veces las insinuaciones del seductor Gaston y encontró en su joven esposa una amistad profunda y sincera.
Inés de Navarra, era una mujer desgraciada, que se casó con Gaston Fébus por imposición de su hermano el rey Carlos II, para incorporar el condado de Foix y el vizcondado de Béarn a la corona navarra. Era hija de la reina Juana de Navarra. El interés del vizconde para con ella no era otro que el de conseguir un heredero de sangre real, primero de la línea sucesoria por delante de los numerosos bastardos que dejaba por el camino. Aparte de esa actitud traducida en una relación sexual sin amor, el trato con su esposa era de extrema indiferencia y prácticamente solo se veían cuando los innumerables encuentros con reyes y reinas, condes y condesas, que intrigaban buscando matrimonios y alianzas, exigían su presencia. Por lo demás, el vizconde se dedicaba a la caza cuando estaba en Sauvaterre, pues esa era su verdadera pasión, y en su “Libro de la Caza” explicaba el arte de la cetrería y la cinegética con tanta minuciosidad y conocimiento que se convirtió en libro de consulta de toda la nobleza europea. Todas las artimañas y artefactos utilizados en el cruel deporte, fuesen halcones, perros, ballestas, trampas, redes o venenos, estaban perfectamente descritos en aquel libro, que para Inés no era más que un manual de entrenamiento detallado para la matanza de los enemigos. Su divisa preferida era disfrutar de “las tres delicias especiales de la vida: las armas, el amor y la caza".
Agnès e Inés se hicieron inseparables. El carácter franco y algo cerrado de la navarra encontraba en el espíritu reflexivo y abierto de la occitana un complemento enriquecedor y un estímulo para enfrentarse con su difícil cometido. Inés estaba deseando tener el hijo que su posición requería y, una vez cumplido, vivir libre según su propia conveniencia; y en eso coincidía con la Villeneuve.
Para Agnès, la vizcondesa era a un tiempo motivo de admiración y necesidad de ayuda, y ambas cosas la impulsaban a comunicarse constantemente con ella y a quererla cada vez más. Paseaban juntas por el bullicioso Sauvaterre, refugio de exiliados y paso de peregrinos, y visitaban los hospitales, los puestos del mercado y los talleres de artesanos. A veces, montaban a caballo y hacían excursiones a los pueblos de alrededor custodiadas por algunos escuderos del castillo. Estuvieron en Oloron y en Maule, y en este pueblo vasco cercano a la frontera, Agnès recordó con cierta nostalgia a Eneko al oír hablar en euskera a sus habitantes. Solo habían transcurrido unos meses pero ¡qué lejana e inocente le parecía aquella pasión que le hizo temblar al dormir bajo el mismo techo! Fue el primer hombre que le había gustado. Pensaba —y así le contaba a Inés—que Eneko y Gastón eran parecidos: fuertes y atractivos, amantes de la caza y de la Naturaleza. Helene tenía la suerte de que Eneko fuese un hombre pacífico, como su padre, y no participaba en las luchas banderizas. ¿Hubiese sido así naciendo entre príncipes y condes en un país en continuas guerras? El solía decir que, si hubiese querido, su padre Santxo Zaharra podría haber sido un señor feudal importante con su torre y sus vasallos. En buena hora no lo fue y ahora Helene era feliz con su familia. Pero, toda la influencia que el matrimonio vasco había ejercido sobre ella, animándola a buscar un marido conveniente, toda aquella envidia infantil, se fue viniendo abajo con el ejemplo nefasto de la unión de Gaston Fébus e Inés. La situación de la vizcondesa le parecía insoportable y Agnès hacía todo lo posible por ayudarla.
La residencia oficial del vizconde de Béarn y conde de Foix estaba realmente en Orthez, capital del vizcondado. Y mientras el vizconde, cuando no estaba guerreando, repartía sus estancias entre Foix, Orthez y Sauvaterre, esta última en la época de caza, su esposa Inés pasaba el verano y el otoño en Sauvaterre y el resto del año en Orthez. Por eso, al llegar el invierno la corte se desplazó a la capital y con ella se fueron las dos hermanas Villeneuve. Por un lado, con la satisfacción de Agnès, que así tendría la oportunidad de localizar a los cátaros procedentes de Toulouse y entregarles las monedas de Bréziers y, por otro, con la rabieta de Catherine, que veía con temor cómo su posición de privilegio cerca del vizconde iba a verse afectada.
Toda la vanidad, altanería y poder del vizconde de Béarn se encontraba reflejada en el castillo de Montcada, residencia de la corte en Orthez. Gaston Febus lo había heredado de su padre y lo había ampliado y embellecido convirtiéndolo en una fortaleza grandiosa e inexpugnable. Como el “puente de la Leyenda” de Sauvaterre, la colosal torre de Montcada tenía, también, su propia historia trágica. Según las crónicas antiguas uno de sus antepasados se empeñó en casarse por la fuerza con la princesa de un condado vecino al que había derrotado el de Béarn. La doncella le puso como condición que construyese un castillo que superase en altura a todos los que existían en el país. Lo hizo así el antiguo vizconde y diseñó una fortaleza en lo alto de una colina con un torreón de siete plantas escalonadas que se perdía entre las nubes y que tardó en levantarse más de cinco años. Llegó el día de la inauguración, con numerosos invitados de la nobleza y solemnes celebraciones, contempladas con admiración por el pueblo llano apostado en torno a las murallas. La princesa, acompañada por todo su séquito, subió lenta y ceremoniosamente las siete alturas. Cuando llegó a lo más alto de la torre, abrió los brazos al cielo y se arrojó al vacío muriendo en el acto.
Allá por donde pasaba el conde de Foix crecían las leyendas, relatos de hechos crueles o fantásticos, que normalmente él las atribuía a sus terribles antepasados, porque sus hazañas, como él decía, no eran inventos de los poetas sino victorias reales sobre sus enemigos.
El castillo de Montcada era famoso, además, por sus fiestas fastuosas, sus selectos invitados, desde reyes a obispos, y su dedicación especial a las artes y a la música. El invierno era largo en esa zona próxima a las montañas pirenaicas. Las campañas bélicas se iniciaban con la retirada de las nieves y la temporada de caza comenzaba a mediados de verano, por lo que era con el tiempo frío cuando la vida cortesana brillaba en su máximo esplendor.
Las hermanas Villeneuve se vieron arrastradas por los remolinos de semejante bullicio porque, además de los festejos, banquetes y acontecimientos artísticos diarios, el ambiente era propicio para todo tipo de comadreos, intrigas, enredos y conspiraciones. De familia pudiente, aunque de origen plebeyo, su apariencia delicada y elegante y la posición que se habían ganado en el castillo de Sauvaterre, las hizo destacar enseguida entre las numerosas damas de la nobleza que cotilleaban en el castillo de Montcada.
Agnès crecía en consideración y estima, y hasta el mismo vizconde le tenía respeto. Su ascendiente sobre Inés era bien visto por toda la corte, que había comprobado cómo su presencia cercana había suavizado el carácter triste y endurecido de la vizcondesa. Como ocurría en Sauvaterre, ambas hacían la vida juntas, tocaban música, jugaban al ajedrez y a los dados y salían a pasear por el pueblo, consiguiendo que se olvidase la imagen de indiferencia y amargura de la primera dama que tanto desentonaba en el ambiente bullicioso del castillo. Agnès estaba contenta, pero su misma posición ventajosa tenía sus inconvenientes. Las aventuras amorosas con algunos caballeros que la admiraban eran difíciles de fructificar en tales condiciones y lo mismo ocurría con sus posibles investigaciones en el mundo invisible de los cátaros de la ciudad; por lo que sus virtudes y sus monedas de oro permanecían bien protegidas y guardadas. Lo cual no dejaba de preocuparla, como si tuviese continuamente pendiente una promesa incumplida.
De Catherine se sabía que había sido la favorita de Gaston Febus en el pueblo fronterizo, pero en Orthez había por lo menos media docena de jóvenes con pinceladas de sangre real en sus venas que competían fieramente por lograr los favores del señor y estaban por encima de ella, y no tuvo otro camino que ponerse a la cola de las amantes y soportar las veladas humillaciones y desprecios que le dedicaban. En poco tiempo fue quedando relegada a un puesto secundario en aquel “harén” cristiano, e incluso se vio obligada a hacer de dama de compañía de alguna de sus competidoras. Así se le fue agriando el carácter tan dulce que había traído de Toulouse y se fue convirtiendo en una auténtica conspiradora en busca de una oportunidad para subir los escalones de su ambición.
Llegó un momento en que la Naturaleza y el Azar se pusieron de acuerdo en aquel rincón de Béarn, de tal forma que sus designios sirvieron para detener el alboroto palaciego que reinaba en el castillo de los vizcondes, acallando por un lado, e intensificando por otro, los rumores que se traía la corte sobre el destino de Inés, la dama ignorada, y Catherine, la doncella bienquerida. Ambas se quedaron embarazadas con apenas un mes de diferencia, fruto, sin duda, de los amores de otoño en el refugio de caza y sosiego de Sauvaterre.
El anuncio se produjo a mediados del invierno del año en que las hermanas habían llegado a Sauvaterre y ambos acontecimientos trastocaron por completo sus vidas. La primera consecuencia fue que las relaciones sexuales que mantenía con ellas el vizconde, últimamente más frecuentes con Inés, quizá buscando ese fin, quedaron suspendidas desde aquel momento, para alivio de la vizcondesa por un lado y para frustración de la antigua favorita por el otro. Con su embarazo, el más adelantado, Inés recuperó su posición y sus prerrogativas dentro del castillo y consiguió por fin ser tratada con respeto y con las máximas atenciones por parte de su esposo, así como de sus colaboradores y criados. De pronto, todo fueron halagos, obsequios y cuidados. Ya sabía que cuando diese a luz, aquellas deferencias y miramientos se borrarían como por arte de magia. Pero los meses que tenía por delante hasta entonces los viviría con la ilusión de una novicia que ha estado encerrada en el convento contra su voluntad y se ve de repente devuelta al mundo. Compartió con Agnès la buena nueva, lo celebraron en la intimidad e hicieron muchos planes para el futuro, quizá lejos de aquellas paredes.
Para Catherine, en cambio, su embarazo fue como el hundimiento del suelo bajo sus pies. Se había acostumbrado demasiado al apasionado juego del amor; se había convertido en una joven engreída y arrogante al verse tan admirada y deseada, y se había hecho ambiciosa al estar tan cerca del poder. Incluso había llegado a verse en el lugar de la vizcondesa... Inesperadamente todos sus sueños se vinieron abajo. ¡Más le hubiera valido ocultar su embarazo y tener el hijo a escondidas!... De la noche a la mañana pasó de ser la amante del señor del castillo —aunque hubiese perdido el primer lugar— a la futura madre de uno más de sus decenas de hijos bastardos, una de tantas lugareñas que el vizconde había llevado a su lecho. La rabia y la impotencia empezaron a devorarla por dentro. Y para agravar su situación, la relación con su hermana en aquellos meses se había deteriorado de tal forma que prácticamente ni se hablaban y no pudo consolarse con nadie. Y en su corazón comenzaron a anidar el odio y la envidia.
En un principio pensó en rechazar a la criatura que llevaba dentro acudiendo a las curanderas del pueblo y recuperar así los favores de Gaston. Pero luego recordó que los hijos ilegítimos de un rey, príncipe o conde eran valores con los que los nobles negociaban sus futuros casamientos y alianzas, por lo que jamás le permitirían recurrir a una solución semejante. Entonces se le ocurrió imaginar que si Inés no se hubiese quedado embarazada, ella hubiese sido la madre del futuro heredero, hijo ilegítimo sí, pero nacido en el castillo y siendo la amante favorita del conde. Llegado a ese punto de sus maquinaciones el siguiente paso solo al demonio se le podía haber ocurrido: ¡era el hijo de Inés el que no tenía que nacer!... Se quedó a un tiempo horrorizada y aliviada. A partir del día en que tuvo tal terrible pensamiento no pudo volver a dormir sin que las pesadillas y las apariciones fantasmales interrumpieran su sueño. Decidió mantener a la criatura en su seno. Ella también podía utilizar en su provecho a su hijo bastardo...
         Fue entonces cuando Simón de Folquet apareció en su vida...


16

Lo primero que hizo Simon cuando llegó a Sauvaterre fue buscar la posada donde había dormido una noche al volver de Bizkaia. Aparte de esa ocasión no había estado nunca en la pequeña villa amurallada, porque aquella zona de Béarn tenía fama de acoger a los perseguidos por la Inquisición y otros reclamados por la justicia, de donde le venía el nombre, y era parada obligatoria de los peregrinos del Camino de Santiago. Un inquisidor sanguinario como había sido él podía ser arrojado al río desde el puente de La Leyenda con una piedra atada al cuello. En cambio sí que había estado en el Périgord, el condado vecino, en numerosas ocasiones y conocía bien su capital Périgeux y el castillo del conde, del que se había nombrado a sí mismo caballero a su servicio. Ello le habría de servir para sus planes.
La posada era la misma en la que habían dormido Helene y Eneko y, posteriormente, las hermanas Villeneuve. Intentó congeniar rápidamente con los dueños a base de dejar hablar a las monedas de su bolsa, que extendió generosamente sobre la mesa, antes que abrir la boca. Pidió vino, se sentó a sus anchas, invitó a los posaderos a compartirlo y se dio a conocer como Gillaume de Montignac, enviado del conde de Périgord para entrevistarse con el vizconde.
Algo vio la mesonera en los ojos del viajero que no le gustó nada y que le recordaba haber visto antes en un rostro parecido.
—¿No haríais mejor, señor, en acudir directamente al castillo en vez de pasar la noche en esta humilde posada? —preguntó la recelosa mujer con el fin de tirarle de la lengua.
—¡Ah!, no me esperan hasta mañana —contestó el dominico—. Además estoy cansado del largo viaje y prefiero descansar en este lugar tan acogedor. ¿Podréis darme de cenar lo mejor de vuestra cocina? Tiene gran fama la caza de por aquí.
—¡Oh!, faltaría más, señor. Precisamente tenemos preparadas unas palomas al estilo bearnés que os harán soñar de placer. ¿De dónde sois, si puede saberse?
—De Toulouse mi buena señora. Y precisamente quería preguntaros sobre unas parientes mías de aquella ciudad que vinieron hace meses a vivir aquí o quizá a Orthez, dos hermanas jóvenes de la familia Villeneuve. Este pueblo es muy pequeño, ¿las conocéis acaso?
—Sí que las conozco, señor. Durmieron aquí una noche. Ahora son las damas de compañía de la vizcondesa Inés de Navarra.
—¡Qué gran noticia! Mañana las veré sin duda. ¡Traed esas palomas y sacad más vino, que lo voy a celebrar! Por cierto, vinieron con un matrimonio vasco amigos míos (aquí se le agrió un poco el gesto de la boca, lo que no pasó desapercibido a la posadera). ¿Se quedaron también por aquí?
La posadera no contestó pues ya estaba en la cocina, haciendo grandes esfuerzos por recordar dónde había visto aquel rostro tan siniestro. El marido, que parecía medio adormilado, se levantó de la mesa diciendo que iba a por el pan y más vino y se metió en la cocina con una sonrisa pícara en los ojillos.
—Te habrás dado cuenta de quién es, ¿verdad? —le dijo a su mujer.
—No consigo acordarme y sé que lo he visto antes.
—Claro que lo has visto antes —añadió en voz baja el marido, contento de su buena memoria— es el clérigo excomulgado que aquel matrimonio seguía para recuperar sus papeles. ¿Recuerdas? Se trata de Simon de Folquet el famoso inquisidor, que usa un nombre falso.
—¡Ahora ya sé! ¿Pero no nos dijeron que había muerto?
—Eso dijeron, pero el demonio no muere nunca.
—Estate callado y no le digamos nada más. Es un farsante. Nos dice que le espera el vizconde mañana en el castillo y no se ha enterado de que en invierno están todos en Orthez. Yo creo que viene detrás de las hermanas. ¿Serán cátaras? ¿Seguirá ejerciendo de inquisidor? ¿Sabías que en las cocinas del castillo se dice que la menor de ellas es ahora la favorita del vizconde?
—Ya me los has dicho por lo menos tres veces y no me extraña conociendo al señor del castillo. Mejor para ella. Ahora lo que tenemos que hacer es avisarlas de que este renegado va en su busca disfrazado de embajador del conde de Périgord. Mañana a primera hora marcho para Orthez.
Volvieron a la sala, donde Simón bebía de pie junto al gran fuego bajo, y colocaron en la mesa la cazuela con las palomas, el pan y el vino.
—Las he calentado a fuego lento para que no se estropeen —dijo la posadera como justificando la tardanza—. Las cociné ayer y ya sabréis que al día siguiente están más sabrosas. Que tengáis buen provecho, señor. Ahora os prepararé la habitación.
Comió el dominico con el apetito de un fraile obeso y se bebió tranquilamente una pinta de vino. Se le veía satisfecho: “Estoy sobre la pista”, decía para sus adentros. “¡Huelo a oro y a sexo!”...
Al subir a la alcoba detrás de la posadera aprovechó para preguntarle, como si antes no lo hubiese hecho:
—Aquel matrimonio vasco que vino con las jóvenes, ¿se quedó por aquí? Me gustaría saludarles.
—No, marcharon directamente para sus tierras —contestó la mujer, asustada por la mirada lasciva de aquel oscuro personaje. Buenas noches, señor.
Con las primeras luces del día el posadero cruzó cabalgando el puente fortificado, ahora cubierto por una espesa niebla que subía del río y cogió el camino que conducía a Orthez. Iba pensando: “Si está excomulgado no puede actuar como inquisidor, por lo tanto su interés por las hermanas no es por ser herejes. ¿Qué otra cosa puede buscar? ¿No será que realmente a quien persigue es al matrimonio vasco? De todas formas es conveniente que las jóvenes lo sepan. Buen chasco se va a llevar este diablo cuando hoy vaya al castillo... Puede que luego se dirija también a Orthez. Tendré que volver por otro camino... No sé si he hecho bien dejándole sola a Elise con ese hombre”.
El falso embajador de Périgord se presentó en el castillo cuando las campanas de la iglesia de Saint-André daban las nueve de la mañana y anunciaban los primeros oficios del día. Hacía frío y la niebla cubría el pueblo. La gran puerta estaba cerrada y le costó un buen rato y unos cuantos golpes con el puño de la espada para conseguir que por fin se abriese. Un escudero de guardia con una gran lanza en la mano le informó que el castillo estaba cerrado hasta la próxima primavera y que los vizcondes y toda su corte estaban en el castillo de Montcada en Orthez, a cuatro leguas al norte de Sauvaterre.
“Estos bearneses son más cerrados que la piel de una castaña. Me lo podían haber dicho los de la posada. Bueno, mejor. Orthez es la capital del vizcondado y el castillo de Gaston Febus, según dicen, es un hervidero de fiestas, consejos, invitados y celebraciones. Más fácil para abordar con discreción a los dos angelitos de Toulouse. Los sesenta escudos de oro que están en su poder pasarán a mis manos como por arte de magia sin que nadie se entere. Confío en que no los hayan entregado todavía a los cátaros pues no conocen a nadie. Tengo dos sistemas para hacerlo: o bien las convenzo para que me los cambien por el doble de lo que valen en dinero corriente y así les sería más cómodo de repartir (lo mejor sería tratarlo en la cama, con las dos a la vez o por separado, je, je), o bien les aprieto el cuello hasta que suelten las monedas. ¿A quién van a reclamar? ¿Quién va a hacer caso a dos damiselas que acaban de llegar?”
Se echó la negra capucha a la cabeza y dirigió su caballo hacia el camino de Orthez. Los guardias del puente le cobraron el peaje y lo vieron alejarse engullido por la niebla como si fuese un aparecido.
—¿Le has visto esta vez la cara? — dijo uno de ellos santiguándose—. Menos mal que se va del pueblo...
Arrebujado en su capa y con la espesa niebla borrando el camino, la marcha se hizo lenta e invitaba a la reflexión. Dando por sentado que por uno u otro procedimiento iba a conseguir las sesenta monedas de las Villeneuve, solo le quedarían por recuperar las veinte que se había llevado Helene. Verla a sus pies, humillada y con todos los escudos en su poder, era la máxima satisfacción que esperaba en la vida. Su venganza se vería cumplida. Incluso podría permitirse arrojar la bolsa con las cien monedas al fondo de un río. Le sobraba el dinero. Y pensar que la había tenido en el suelo al alcance de su espada, con su disfraz de monja hecho jirones, su piel rosa al descubierto, gimiendo y suplicando... ¡Qué cerca había estado de lograr su sueño!... La próxima vez no tendría a los soldados de la Inquisición para sacarla del apuro. “¡Ni su marido, ni la Iglesia, ni Cristo la iban a salvar!”...
“¡Claro que volvería a Mendata! Pero esta vez no como aquel furibundo predicador que hacía el ridículo atemorizando a los incultos aldeanos. Iría como caballero bien armado ofreciéndose como mercenario a cualquiera de los señores feudales de la comarca, por ejemplo al señor de Muxika o al de Albiz, los más poderosos entre los oñacinos. Su plan era asaltar la casona de los Zarragoiti con una docena de soldados del señor feudal y obligar a Helene a entregar los escudos de oro. Luego le haría besarle la mano de rodillas y se marcharía de allí para no volver a pisar aquellas tierras jamás”.
Esta última escena le permitió recorrer una legua por lo menos en una especie de éxtasis, como si se viese a sí mismo llegando a las puertas del Olimpo llevando de las bridas a un caballo blanco con Helene desnuda atada de manos como una esclava.
La niebla se fue diluyendo escondiéndose por las zonas sombrías y en la lejanía se comenzaban a ver las copas deshojadas de los árboles más altos. El río se adivinaba cerca por el murmullo agradable que durante todo el camino venía en su compañia haciendo que el paseo le resultase de lo más placentero.
El flamante caballero Guillaume de Montignac siguió con su monólogo silencioso. Ahora iba pensando en la mejor forma de presentarse en el castillo de Montcada y acercarse a las Villeneuve. ¿Cómo serían estas dos jóvenes herejes? Delicadas, las habían descrito en la posada. Por experiencia sabía que las herejes solían ser más atractivas y sensuales que las beatas. O, por lo menos, a él se lo parecían, provocándole deseos lujuriosos cuando asistía a las sesiones de tortura.
El primer dilema al llegar consistiría en cómo identificarse ante Gaston Febus. El vizconde de Béarn y conde de Foix era un noble poderoso, astuto y terrible. Tal como decían de él, si te veía con buenos ojos podía sentarte a su lado en la mesa. Si no le gustabas podías acabar en las mazmorras de la torre o expulsado a patadas del castillo.
En aquellos tiempos confusos en que Francia e Inglaterra estaban envueltas en una guerra inacabable, en que los problemas dinásticos enfrentaban en luchas enconadas a los reyes de Castilla, Aragón y Navarra y en que el Papa se había instalado en Avignon bajo la protección del rey de Francia, el vizconde hacía lo que le venía en gana y prácticamente su vizcondado era un territorio independiente. Con la Iglesia mantenía tirantes relaciones porque siguiendo la tradición familiar siempre había protegido a los cátaros y además conservaba públicamente a sus concubinas junto a él, desplazando a su legítima esposa. En las frecuentes disputas que tenía con sus vecinos los condes de Armagnac y Périgord salía siempre triunfante y su prestigio crecía a medida que sus arcas iban engordando. Todo ello, conocido perfectamente por Simón aún antes de emprender el viaje, lo había convertido en un gobernante déspota, cruel y engreído, sin quitar méritos a su apostura y a su poder de seducción con las mujeres —más bien todo lo contrario—, que reservaba para los tiempos de paz. Debía tener mucho cuidado con él y saber bien lo que habría de decirle.
Bien pensado, si se presentaba con embajador del Périgord y dados los continuos litigios que mantenían entre ellos, lo mismo podía acabar en el potro hasta confesar todos los planes bélicos del conde, de los que no tenía ni idea, o bien confesar que era un impostor. Por otra parte, si lo hacía como caballero mercenario rindiendo vasallaje al vizconde, lo podía mandar de inmediato a luchar contra el señor de Armagnac, con quien tenía siempre alguna reclamación territorial pendiente. De repente empezó a sentir que el asunto era más complicado que lo que le había parecido. No podía correr el riesgo de caer en su propia emboscada y quedar atrapado, quien sabe si durante años en la guerra o en el calabozo, lejos definitivamente de los escudos de oro. Le dio una especie de temblor solo de pensarlo, se sacudió la capucha y puso atención en el camino. Pensó que quizá le convenía abandonar el personaje de Guillaume de Montignac, por lo menos en la corte, a pesar de lo bien que sonaba, porque en definitiva no le aportaba nada positivo y, al contrario, le podía complicar la vida. Al fin y al cabo a Simon de Folquet no lo conocía nadie por allí y tampoco sonaba tan mal si no se le asociaba con la Inquisición.
La niebla se había convertido en una bruma casi transparente dorada por un sol pálido y sin calor, y a lo lejos se podía ver el perfil de Orthez con la silueta del torreón de Montcada dominando la ciudad. En vez de poner el caballo al trote como habría hecho unos pasos atrás, ahora refrenó la marcha y acabó parando el caballo al borde de la ruta. Se apeó, descendió hasta el río y bebió un poco de aquella agua helada que le despejó la mente y le apaciguó un poco los temores que de pronto le habían invadido. Sí, debía obrar con prudencia. Descartó la idea de presentarse como enviado del conde de Périgord y decidió que de momento no asomaría por el castillo. Se instalaría en alguna posada de prestigio de la ciudad y se dejaría ver como un caballero mercenario al servicio de quien lo contratase. Su entrada a la fortaleza tenía que ser por el patio de armas junto a la soldadesca, no por la sala de audiencias del vizconde, y su acceso a las hermanas Villenave lo haría a través de las doncellas de servicio, no junto a la señora del castillo. Una vez tomada esa decisión se sintió más relajado, volvió a montar en su corcel y partió al galope hacia Orthez.
El puente de entrada en la ciudad fortificada era muy parecido al de Sauvaterre con una gran puerta a los pies de un hermoso torreón, justo en el centro del vado. Preguntó a los de la guardia por una posada con establos que utilizasen los caballeros del conde y lo enviaron a la que se llamaba El Ciervo Rojo, junto a la muralla del norte. Allí repitió la misma operación que en Sauvaterre, sacó una bolsa con monedas que puso en manos del posadero y dejó caer su nuevo nombre —que a él le sonaba redondo y nobiliario— y su oficio, a sabiendas de que en breve su llegada a la ciudad sería conocida en los ambientes militares.
Durante los días siguientes se dedicó a completar su atuendo con un yelmo ligero, una cota de armas de paño blanco en la que hizo bordar los tres leones del blasón de Montignac y un escudo alto y terminado en punta en el que mandó pintar una gran moneda de oro según la muestra que enseño al armero. Y a partir de ahí se dedicó a pasear por el pueblo, a frecuentar los mesones y prostíbulos y mezclarse con los soldados y escuderos, que junto a los peregrinos de la ruta Jacobea y los comerciantes de Orthez llenaban las calles y las tabernas. No tenía prisa en satisfacer su venganza. Es más, el hecho de retrasar el momento dulce, mientras se dedicaba a la buena vida, lo llenaba de satisfacción.
Con el tiempo se fue haciendo popular entre la gente del pueblo —su aspecto, entre distinguido y amenazador era, desde luego, para llamar la atención— no solo entre los soldados que lo miraban con respeto, sino entre las damas que acudían al mercado y los aldeanos y artesanos que lo veían curiosear por todos los rincones, hablar con la gente y gastar dinero sin miramientos. Solo había dos lugares donde no se le había visto nunca: la iglesia y el castillo.
Llegó un momento en el que se sintió preparado para empezar a actuar. Había reunido la información suficiente sobre las hermanas Villeneuve como para intentar las primeras aproximaciones. Sabía sus nombres, a qué se dedicaba cada una y los lugares que frecuentaban. También se había informado de su belleza. Por lo que se había enterado, la más accesible era la menor de ellas, Catherine. Tenía fama de casquivana y ambiciosa. Había sido amante del vizconde y lucía con orgullo un embarazo del que se suponía era el hijo bastardo de Gaston Febus. Ahora, relegada a un puesto de menor importancia, era frecuente verla con los caballeros de la corte. A través de estos —a los que Simon iba ya conociendo en la posada y en los burdeles— podría acceder fácilmente a ella. Le había parecido sumamente atractiva. Esperaría a que tuviese el hijo, porque imaginaba que las cosas serían muy distintas para ella a partir de ese momento, y estaría más predispuesta a sus galanteos.
De su hermana Agnès conocía muy poco, excepto que era la compañera inseparable de la vizcondesa. Alguna vez las había visto juntas visitando el mercado, pero siempre con la guardia correspondiente detrás. También le pareció que la vizcondesa estaba embarazada, cosa al parecer frecuente entre las mujeres que rodeaban al vizconde. No iba a ser fácil llegar hasta la mayor de las Villeneuve. ¿Quién de las dos guardaría las monedas de oro? ¿Se las habrían repartido? ¿Las habrían entregado ya a los cátaros? Este de los cátaros era otro asunto que tenía pendiente. En el pueblo nadie quería hablar del tema, pero conseguiría localizar a alguno de aquellos herejes y tiraría del hilo hasta dar con las monedas, si es que las habían recibido.
El primer contacto que tuvo con Catherine fue en el torneo celebrado con gran pompa en la explanada que se extendía delante del castillo antes de las fiestas de la Navidad. No era la primera vez que Gastón Febus organizaba esta clase de eventos donde los caballeros más atrevidos competían para demostrar delante de sus damas su fuerza, valor y destreza. Se seguían con gran expectación los movimientos de los infanzones en los distintos juegos, con gran júbilo por parte del público asistente que aplaudía y vitoreaba las suertes y lances de los combatientes, elegía a sus paladines y celebraba ruidosamente sus victorias. Y el vizconde aprovechaba para deslumbrar a sus invitados con su poderío y entretenía al pueblo llano que lo adoraba.
Pero en aquella ocasión la puesta en escena tenía más grandiosidad si cabe. El vizconde celebraba el nacimiento de su primer hijo legítimo y varón, concebido por su esposa Inés de Navarra y bautizado con el nombre de Gaston, destinado a ser el futuro heredero de la dinastía de Montcada y Evreux. Clarines y trompetas atronaban el espacio anunciando el torneo. Los vestidos de las damas eran más lujosos que nunca y las armaduras de los caballeros y el enjaezado de sus monturas brillaban en todo su esplendor. Se repartieron al pueblo decenas de barricas de vino y cerveza y se asaron al aire libre cerdos, jabalíes y corderos.
Gillaume de Montignac acudió al evento con todas sus galas. Se paseó a caballo por el campo del torneo y, aunque pareciera por su estampa uno de los combatientes y algunos compañeros se lo pidieron, ni se le ocurrió participar en la liza pues era consciente de que su apariencia se quedaba en pura fachada y que, dada su edad y que su máximo ejercicio a lo largo de su vida había sido subir al púlpito a predicar, sabía que cualquiera de aquellos fornidos caballeros, con los que compartía vino y prostitutas, le partiría en dos a la primera lanzada. Y eso que las armas utilizadas eran lanzas sin hierro y con la punta roma o espadas sin corte conocidas con el nombre de armas corteses para evitar herir de gravedad al contrario. Pero ya le hubiese gustado recibir el premio que otorgaban las damas a sus vencedores de manos de la dulce Catherine que se sentaba en la primera fila del estrado, rodeada de damas con vistosos tocados y elegantes cortesanos. Se fijó en que lo miraba con curiosidad y él respondió con una leve reverencia.
Cuando se hizo un descanso en las competiciones para comer las viandas y bebidas repartidas por las mesas a un costado de la explanada, y los criados se llevaron los caballos y las armas, Guillaume de Montignac se acercó al grupo donde Catherine charlaba con varios caballeros del vizconde que vivían en su misma posada. Los presentaron y el antiguo dominico se las arregló para sostener una pequeña conversación en un aparte con ella. Sin duda que la joven quedó fuertemente impresionada por el aspecto de Guillaume, quizá también porque vio algo en aquel rostro siniestro que le hizo pensar en un posible colaborador para sus planes conspirativos. Ya lo había visto alguna vez en compañía de otros soldados y le había llamado la atención. No sabía Catherine que se trataba Simón de Folquet aquel inquisidor que creían muerto en Toulouse, porque el posadero de Sauvaterre, que viajó a Orthez con el fin de avisarlas, se lo había dicho a su hermana Agnès y esta no había querido contárselo a Catherine. Le extrañó que Agnès le pidiese los escudos de oro que al principio del viaje se habían repartido, para, según ella, esconderlos adecuadamente dada la vida desordenada que llevaba y no le pareció mal. Tras aquel encuentro, Guillaume y Catherine quedaron para verse a solas detrás de la iglesia de Saint-Pierre el domingo siguente.
Los fastos duraron tres días. El pueblo seguía disfrutando, comiendo y bebiendo gratis, los jóvenes caballeros se entrenaban para la guerra en aquellos torneos y las damas regalaban sus pañuelos bordados a los campeones con firmes promesas de amor. Gaston Febus parecía feliz, rodeado en todo momento por princesas y condesas que durante el día exhibían sus vestidos y sus gracias y por las noches se alternaban en la cama del vizconde.
Ni Agnès ni la vizcondesa asistieron a los festejos.


17


La vida de Helene transcurría apaciblemente en Mendata viendo crecer a sus hijos Iñigo y Oier, siguiendo su curso natural con las variaciones previsibles y normales del mundo del campo; más o menos como lo venía haciendo el molino cercano de Errotabekoa, que un día molía trigo y al día siguiente cebada, sin altibajos ni interrupciones, porque siempre había agua en la presa y sacos de grano esperando en el zaguán.

Santxo Zaharra y Benicia pasaban la mayor parte del día junto al gran fuego de la cocina, como lo habían hecho hasta que llegaron los fríos sentados en sus cómodas sillas en el portalón de la casa. Una nueva criada de nombre Amaia, natural de Arratzu, se había incorporado a la familia ocupándose de los trabajos del hogar y del cuidado de los dos pequeños de Helene. Eneko y Harri se dedicaban a ordenar la cuadra y el establo, ahora que los animales apenas salían al campo y llevaban de un lado a otro los fardos de paja, apilaban los sacos de grano y harina y extendían las manzanas, nueces y avellanas por el suelo del desván. En el fondo de la cuadra organizaban la pequeña bodega de barricas de vino y sidra del año y en general se dedicaban a mantener la casa solariega bien equipada y mantenida, haciendo reparaciones, cuidando especialmente del tejado en previsión de los vientos y nevadas de los duros meses de enero y febrero.

Harri practicaba con la ballesta, la lanza y la espada y a veces se ponía la armadura entera para familiarizarse con el peso. Para horror de su padre había insinuado alguna vez que le gustaría llegar a ser escudero del rey de Navarra. Se estaba convirtiendo en una máquina de guerra temible. Helene, en sus horas libres, se dedicaba a leer y escribir correctamente el latín, aunque solo tenía libros de ordenanzas que le traía Santxo de la ermita de las Juntas Generales. Había pensado en escribir las historias de la familia para transmitirlas a sus hijos.

Blanche se dedicaba a soñar... Se solía quedar horas en la ventana mirando pasar a los peregrinos del Camino de Santiago, personajes de lo más variopinto, a los que le gustaba saludar. Algunos vecinos, al verla, pensaban que sus padres la tenían encerrada, pues ni la veían en la iglesia —en realidad a nadie de la familia— ni trabajando en la huerta. Pero lo que Blanche hacía era pensar en el futuro. 
Harri estaba muy interesado en las luchas de bandos y las alianzas y enemistades de los distintos linajes, así como en la guerra dinástica que se libraba en Castilla y la historia del reino de Navarra. Blanche temía que eligiese la vida de soldado para luchar del lado de los ganboinos y en apoyo del rey de Navarra, pues últimamente le veía ejercitarse montando a caballo, corriendo al galope, saltando vallas y blandiendo al aire la espada que perteneció al señor de Belendiz.

Santxo no se cansaba de pedir a sus hijos que le contasen una y otra vez las aventuras que habían vivido para recuperar las monedas, que luego él repetía orgulloso a sus amigos, sacando los escudos del frasco y pasándoselos por delante de los ojos sin dejar que las tocasen. Las veinte monedas que Helene trajo consigo de Toulouse estaban dentro de un frasco de cristal transparente colocado en una especie de hornacina abierta en la pared junto al gran fuego de la cocina; un pequeño receptáculo encalado que se solía usar para dejar las grandes llaves de las puertas del caserío. Desde allí enviaban guiños rojizos a la familia reunida al atardecer junto al fuego, reflejando los dislocados movimientos de las llamas del hogar. Estaban en aquel sitio tan visible, como si fuese un pequeño altar, para recordar el coraje demostrado por los Zarragoiti al cumplir su compromiso con los cátaros.

Helene, convertida en la verdadera dueña y guardiana de aquella parte del tesoro, no se fiaba mucho del hueco tan a la vista en el que se adoraba al precioso metal dorado y tenía miedo de que alguno de aquellos visitantes que paraban en la casona —desde peregrinos pidiendo cobijo, hasta monjes mendicantes o amigos de los alrededores— cayese en la tentación y se metiese las monedas en la bolsa.

Por eso un día decidió que iba a cambiarlas de sitio buscando un escondrijo adecuado hasta decidir en qué emplearlas. Le pareció que el lugar ideal era en el muro de la torre, donde había estado durante tantos años, pensando, sin saber por qué, acaso recordando al malvado dominico, que un lobo no bebe dos veces en el mismo sitio.

Mientras decidían qué hacer con la torre de Montalban, Helene pensó que los muros seguían allí y que el agujero en el muro también. ¡Qué mejor sitio para guardarlo!... Así que un día cogió el frasquito de cristal con las doce monedas y lo depositó en el hueco del famoso “número áureo” del testamento de su padre, que estaba medio cubierto por las zarzas que invadían las ruinas. Con la ayuda de Eneko y Harri lo volvieron a sellar utilizando las mismas piedras ahumadas que lo habían mantenido oculto.
Esta vida rutinaria y feliz dio un giro repentino cuando un día lluvioso de principios de febrero llegó a la casona un mensajero a caballo cubierto de barro de las pezuñas hasta el casco procedente de la corte del rey de Navarra. Se apeó junto al portalón dando grandes voces, en medio de la alarma de la familia, y entregó un extenso pergamino enrollado que estaba destinado a Helene de Moissac.. Acogieron al emisario, le ayudaron a lavarse y le dieron de comer y de beber. Le señalaron una pequeña acequia para que limpiase el caballo y le dejaron descansando fuera de la casa a la espera de que fuese necesario enviar alguna respuesta, y se metieron todos al interior de la casa.
El pergamino estaba escrito en occitano y lo firmaba Agnès de Villeneuve. Los primeros párrafos que leyó Helene le hicieron palidecer y le parecieron tan graves que reunió a Eneko, Santxo Zaharra, Blanche, Harri y Benicia alrededor del fuego para compartir la carta con ellos. Fue leyendo lentamente con las manos temblorosas y parándose a cada momento para poder respirar, mientras los demás miraban hipnotizados el pergamino como si fuese una envoltura de donde salían monstruos amenazadores.
Las primeras palabras eran dramáticas: “Mi hermana Catherine murió hace unos días en Orthez”...
Luego, Agnès contaba cómo había sido la vida de las dos hermanas desde que llegaron a Sauvaterre; su entrada en el castillo como damas de compañía de la vizcondesa, hermana del rey de Navarra, el amor de Catherine hacia vizconde, del que se convirtió en amante, la amistad suya con la vizcondesa Inés y el traslado de la corte a Orthez para pasar el invierno. Después describía brevemente la vida suntuosa y desenfrenada que se llevaba en el castillo, el disgusto y el cambio de carácter de su hermana al perder el amor de Gaston Febus y finalmente su embarazo, se suponía que del señor del castillo.
Se informó en la corte que había muerto a consecuencia de un mal parto y que la criatura que esperaba murió con ella. Pero los rumores que circulaban por el castillo decían que había sido asesinada. Y lo relacionaban con el nacimiento del hijo primogénito de los vizcondes y la aparición en la ciudad de un caballero misterioso de nombre Guillaume de Montignac, que había hecho amistad con Catherine, y una supuesta conspiración de ambos para acabar con el heredero y proponer al hijo bastardo como sucesor de Gaston. Al parecer fueron descubiertos cuando huían del castillo, encapuchados, llevando al niño secuestrado y Catherine fue alcanzada y muerta por los soldados. Su compañero, que se suponía era Guillaume, había logrado escapar.
“Cuando una semana antes vi a ese caballero misterioso de cerca me di cuenta de que era Simón de Folquet —continuaba la carta—, el fraile dominico excomulgado que vosotros dabais por muerto y que el posadero de Sauvaterre ya me había advertido que nos seguía”.
Los rostros de los Zarragoiti revelaban sorpresa y espanto como si el humo de la chimenea se estuviese volviendo venenoso.
A partir de ese momento los acontecimientos se habían precipitado. El vizconde aprovechó aquellos rumores para insinuar que su esposa pretendía evitar que su hijo fuese separado de ella y la repudió delante de toda la corte, a pesar de la prohibición del Papa de Clemente VI desde Avignon, y efectivamente envió a su hijo recién nacido al castillo de Foix. Inés y Agnès tuvieron que marchar a Pamplona sin poderse llevar el hijo ni los cuantiosos bienes que Inés poseía en el castillo de Montcada, y fueron recogidas por su hermano el rey de Navarra Carlos II y sus cuatro hermanas. El futuro de Agnès en Pamplona se tornó incierto, pues su papel de dama de compañía y confidente de Inés no tenía ya razón de ser. Incluso alguna de las hermanas, más celosa que las otras,  había insinuado que no la necesitaban ni como criada.
“Aunque la vizcondesa me ayude temo que me tendré que marchar de la corte —terminaba la carta —. Estoy horrorizada. Lo único que me queda son las sesenta monedas de Béziers. Además me ha dicho Inés que el caballero Guillaume de Montignac fue visto hace poco en Pamplona por los informadores del rey. Estoy segura de que viene tras los escudos de oro. No sé qué hacer. Necesito tu ayuda”.
Helene dejó caer al suelo el pergamino que Santxo recogió y se fue a un rincón cerca de las velas para volverlo a leer, como si no creyese lo que había oído. Durante un largo período solo se oyó en la cocina el siseo de las brasas y el chisporroteo de los leños del hogar. Afuera la lluvia empañaba los cristales y un gris azulado cubría el paisaje. Algunos montes lejanos tenían una capa de nieve. El enviado de Pamplona esperaba paciente bajo el alero de la fachada y su montura mordisqueaba el montón de paja que tenía a su alcance. De su piel oscura salían nubecillas de vapor señal de que se recuperaba del frío del camino.
—¿Qué le decimos? —preguntó Harri mirando a su cuñada.
Transcurrieron unos segundos antes de que Helene dejase de mirar al fuego como hipnotizada...
—¡Que iré a Pamplona! —contestó con rabia.
Aquella frase fue como el ¡adelante! del capitán al frente de la caballería. Todo el mundo se puso a opinar, a dar ideas y a moverse de un lado a otro sin saber realmente que hacer. ¿Quién iba a ir? ¿Cuándo? ¿Con quién?
Despidieron al enviado con su mensaje y durante un tiempo no hubo paz ni sosiego en la casona de los Zarragoiti. ¡Todos querían ir! Pamplona no estaba muy lejos. Cada uno tenía sus motivos:
—¡Lucharé en el ejército del rey! —clamaba Harri.
—Me quedaré a vivir con Agnès —decía Blanche.
—Acabaremos de una vez con Simon de Folquet —prometía Helene.
—Me gustaría conocer al rey de los vascones —era el deseo de Sancho Zaharra.
—Podríamos ir cuando haga buen tiempo y comprar muchas cosas que no hay aquí —decía Benicia.
—¿Y yo me quedaré en casa a fornicar con la criada?... ¡Callaros de una vez! —gritó Eneko airado, mientras Amaia se ponía roja como un tomate.
Pasados los primeros desahogos provocados por las tristes noticias, las discusiones de la familia se tornaron más sensatas y empezaron a pensar de verdad en Agnès y en Simón de Folquet. La idea de que Eneko acompañase nuevamente a Helene se descartó, a pesar de los deseos de este de no separarse de su querida esposa, por la necesidad de que se quedase alguien al frente de la casa, dada la edad de Santxo. También por la insistencia de Harri en ir a Pamplona y por las reticencias de Helene —no dichas pero sí insinuadas— a que Eneko se encontrase de nuevo con Agnès, pues no se fiaba mucho de ninguno de los dos (¡pobre Agnès!, reconocía luego, tan bendita como es y yo pensando mal de ella). Además Harri era más fuerte que Eneko y conocía igualmente al dominico de cuando lo persiguieron por Bermeo. Santxo y Benicia eran muy mayores y Blanche tenía que quedarse a cuidar la casa y los niños. O sea, que irían Harri y ella, dijo Helene.
—Para cuidar a los niños y llevar la casa ya están Benicia y Amaia —protestó Blanche con energía antes los planes de su hermana—¡Yo me voy con vosotros o me voy sola! Y cuando Blanche se ponía terca era imposible llevarle la contraria...
Finalmente se decidió que irían los tres. No sabían muy bien qué es lo que les esperaba allí o qué era lo que tenían que hacer. Helene estaba nerviosa y preocupada. La tragedia de Agnès le obligaba a acudir en su ayuda; todo dependía de cómo se portaría Inés con ella, ahora que no se sentía aislada y menospreciada como en Orthez. ¿Le devolvería toda la amistad y compañía que Agnès le había ofrecido o la dejaría de lado en su nuevo papel de princesa de la corte navarra? Pero aun más preocupante era la presencia de Folquet en Pamplona. ¿Cómo se había podido salvar el malvado dominico? Empezaba a pensar que tenía poderes diabólicos ¿Corría realmente peligro Agnès? ¿Era su objetivo conseguir las monedas de Béziers dentro de sus planes de venganza? ¿Vendría luego a por ella? Lo cierto era que dentro de sí sentía como un imán trágico y poderoso que la arrastraba al encuentro del fraile como el remolino que arrastra al náufrago al fondo del abismo.
Esperaron a que en los cerezos de la huerta comenzaran a brotar las primeras flores y una mañana transparente de marzo iniciaron la marcha hacia la capital del reino vascón. Llevaban buena ropa, con casacas y gorros de piel de oveja, buena bolsa y buenos caballos, especialmente el morisco de Blanche, y una mula detrás con grandes alforjas que cargaban con los pertrechos de Harri, calzado de repuesto y vestidos elegantes para entrar en la corte. Los dos jóvenes no llevaban cascabeles en el gorro como los bufones del palacio pero casi lo parecía porque su corazón iba dando saltos y piruetas de lo felices que se sentían al viajar a la legendaria Iruña, a la ciudad de Sancho el Mayor, el rey vasco que había dominado la península tres siglos atrás. La ciudad de las cinco razas, francos, hispanos, vascones, árabes y judíos; de las artes y la letras; de la música y los comediantes; de las intrigas y los amores prohibidos. También de la miseria, la traición, la enfermedad y la muerte.
Helene cabalgaba seria y preocupada, pensando en sus hijos pequeños que de nuevo se quedaban sin sus caricias y en Eneko, que sentiría su marcha como un abandono. En cambio Harri y Blanche no paraban de imaginar las aventuras y experiencias nuevas que les aguardaban. Eso fue al principio del camino. Luego, cuando tuvieron que ascender las montañas nevadas y aguantar el frío de las zonas altas de la meseta, la alegría se les fue apagando y el camino se fue coinvirtiendo en un tormento; el destino final se tornó lejano y oscuro como los nubarrones que envolvían las cumbres. Suspiraban por la aparición de alguna venta que les ayudase a atravesar las llanuras despobladas de Araba racheadas por vientos helados, pero no encontraron ninguna hasta llegar a Salvatierra, una pequeña población amurallada situada en un alto y dominada por dos enormes iglesias fortificadas. ¡Otra Sauvaterre, pensaba Helene! ¡Qué diferente de aquella de Béarn y sobre todo qué diferencia de situaciones! Entonces llegaba allí con una Catherine joven e ingenua, como ahora iba con Blanche, llenas de ilusiones, fantasías en la cabeza y amores apasionados en su imaginación.
Los tres viajeros pasaron allí la noche y a la mañana siguiente reemprendieron la marcha. El resto del camino fue igualmente penoso. Llegaron a Pamplona muertos de frío, con el sol escondido en el cielo y el alma ensombrecida. El aspecto de la ciudad era impresionante y amenazador. Rodeada de un río caudaloso, se levantaba sobre un extenso cerro cortado por barrancos y era tal la acumulación de murallas y torreones por doquier que la ciudad entera parecía un solo castillo gigantesco. Atravesaron el puente y ya en la primera puerta que cruzaron les paró la guardia, inspeccionándoles y exigiéndoles el peaje correspondiente. Luego, subieron por una calle larga y empedrada en busca de algún lugar para pasar la noche. Encontraron el Auberge Plaisance, una posada con dos grandes hachas encendidas a cada lado de la puerta y un aspecto acogedor. Al fondo se divisaba la torre de una iglesia. El local estaba vacío. A Helene le extrañó que la posadera que les recibió les hablase en francés, pero a medida que se instalaban, se quitaban la ropa mojada y encargaban la cena, se pudo enterar de que tanto los dueños, un matrimonio de mediana edad, como las criadas, eran occitanos, y la alegría fue mutua al darles a conocer que ella y su hermana eran de Toulouse. A partir de ese momento hablaron en su idioma y fueron tratados como de la comunidad. Porque, como les explicaron en los días siguientes, Pamplona era una ciudad dividida en tres comunidades o burgos separados unos de otros no solo físicamente por fosos, barrancos y murallas, sino por sus características étnicas, religiosas y sociales. Cada uno tenía su propia iglesia, su sistema defensivo con altas murallas y torreones estratégicos y las correspondientes puertas de entrada y salida fuertemente custodiadas. Todo el conjunto formaba un recinto rectangular fortificado elevado sobre la llanura y rodeado por el río Arga en dos de sus lados. Pudiera parecer una ciudad inexpugnable, pero las crónicas decían que desde tiempos de los romanos había sido arrasada, invadida y repoblada en decenas de ocasiones. Era, además, la puerta de acceso de Francia a la península y paso obligado del Camino de Santiago. Como consecuencia de todo ello las tres partes de la ciudad tenían su propia historia, sus distintas ordenanzas, costumbres y privilegios, y aunque estaban regidas por una autoridad común, el rey de Navarra y el Obispo de Pamplona, las peleas entre las tres comunidades eran continuas y a veces sangrientas.
El principal de los tres  burgos era la Navarrería, así llamado por ser el corazón del reino, habitado desde sus orígenes por los vascones y sede de la corte del rey Carlos II y del Obispado. En él se levantaba la catedral, las casas de los cabildos y de los principales hidalgos, el castillo real y el palacio del Obispo. Era, también, el más grande de los tres. El segundo en importancia era el burgo de San Cernin, donde estaba la posada. La población era originaria del otro lado de los Pirineos, en su mayoría occitanos, y muchos de ellos cátaros huidos de las persecuciones de la Inquisición. Su iglesia principal estaba dedicada a San Cernin, en recuerdo seguramente de la basílica de Saint Sernin de Toulouse. Para Helene era una sorpresa agradable, para Blanche como volver a la niñez. Pensaron que Agnès, si la habían echado de la corte como temía, estaría viviendo allí. Y, por supuesto, el ahora llamado Gillaume de Montignac.
El burgo no era muy extenso y Helene llegó a imaginar que una mañana se iba a topar con cualquiera de los dos al doblar una esquina; pero la agitación que se vivía entre sus muros era tan agobiante y confusa que tal circunstancia parecía imposible. Mujeres de todas la edades y condición, soldados, clérigos, peregrinos, hidalgos, escuderos, mas todo tipo de caballos, burros y acémilas, se movían afanosos como hormigas por las calles bien delineadas del burgo. Desde luego los posaderos no habían visto a nadie parecido a las descripciones que ella les hizo de Agnès y del dominico. Era verdad que Helene no se imaginaba cual sería el aspecto que Simón de Folquet podría tener ahora aunque con ese nuevo nombre tan ostentoso lo lógico era que pareciese un caballero y no hubiese vuelto a sus hábitos de dominico. Aunque nunca se podía saber con aquel personaje siniestro que parecía tener un olfato especial para seguir a los cátaros... O a las monedas de Béziers que venía a ser lo mismo. ¿Qué poder mágico tenían aquellas monedas que, para bien o para mal, hacían juntarse a quienes las poseían?
Ahora sus dueños eran Agnès, Helene y Simón... Y estaban a punto de encontrarse.


18 –

Mientras todo esto ocurría, la extraña relación de Simon y Catherine había tomado caracteres novelescos a raíz de que Inés de Navarra y su dama de compañía Agnès de Villeneuve fueran prácticamente expulsadas de la corte de Orthez. La presencia de Catherine en el castillo de Montcada también había dejado de ser necesaria —era evidente que su dedicación a la vizcondesa como dama de compañçia había sido nula en los últimos meses—, y si el vizconde había decidido mantenerla en su proximidad era por el hijo bastardo que llevaba en su vientre, lo que le podría ser útil en el futuro, tanto en la guerra como en posibles alianzas dinásticas
En esa misma fecha el hijo legítimo del vizconde, bautizado Gaston como su padre, fue enviado junto a dos amas de cría y un pequeño séquito de soldados al castillo de Foix, donde sería educado como heredero del linaje.
Fue una sorpresa para todos que Catherine desapareciese el mismo día en que la vizcondesa y su hermana iniciaban el camino hacia Pamplona. La misma Agnès quiso despedirse de ella antes de marchar y darle las seis monedas de oro que le correspondían del tesoro de Béziers pero no la pudo encontrar. En un principio se pensó en la corte que las dos hermanas se fueron juntas, pero pronto se supo que no había sido así y corrió el rumor de que la habían visto camino de Oloron junto al misterioso caballero negro, como llamaban en el pueblo a Simon de Folquet.
Al tener conocimiento de esa desaparición, Gaston Febus montó en cólera por la pérdida de su futuro hijo que, bastardo o no, iba a ser descendiente suyo y lanzó en su búsqueda a un escuadrón de soldados, que recorrieron el Béarn en su persecución, sin saber realmente dónde ir. Registraron posadas y albergues; se interrogó a peregrinos y viajeros a lo largo de los caminos y a campesinos y comerciantes en los pueblos más pequeños. Se miró casa por casa en Pau, Oloron y Sauvaterre, sin resultado alguno. Habían desaparecido como el humo. Se llegó incluso a pensar que el siniestro caballero negro era un enviado del mismo Lucifer que había raptado a la joven Villeneuve.
—¿Cómo una joven a punto de dar a luz y un caballero de semejante catadura se han podido esconder sin que nadie los haya visto? —bramaba el vizconde—. ¡Cien escudos para el que los encuentre!
Pero no se consiguió dar con ellos.
Simon de Folquet sabía más que nadie de persecuciones y escondrijos. Media vida tras los cátaros le había convertido en un experto en disfraces y madrigueras. Sabía que les perseguirían los hombres de Gaston y se había preparado para ello, cuando salieron de Orthez aquella madrugada fría y lluviosa. Todavía no se explicaba bien cómo se había metido en aquella aventura a todas luces peligrosa. ¿Qué le importaba a él que el heredero del vizconde, cuando le llegase la hora, fuese el hijo legítimo o el hijo bastardo? Reconocía que, en un principio, cuando Catherine le prometió entregarse a él incondicionalmente después del parto si le ayudaba a matar al pequeño Gaston, se había sentido seducido por aquellas oleadas de odio y resquemor que salían de ella —con las que se sentía profundamente identificado, pues eran ya parte de su naturaleza maligna—, y por las promesas amorosas de un cuerpo juvenil tan difícil de conseguir a sus años. Pero, cuando lo pensó mejor, se dio cuenta de que por aquel camino lo único que iba a conseguir era ir derecho a la horca. Intentó convencer a Catherine que si llevaban a cabo su plan y mataban al infante, y más tarde se presentaba con su hijo en el castillo de Orthez, lo mínimo que le iba a pasar era que le quitasen el hijo y que fuese expulsada de Béarn como lo había sido la vizcondesa. Lo peor, que fuese degollada por haber intervenido en la muerte del legítimo heredero. Mejor era olvidarse del pequeño heredero legítimo e ir a la corte del rey de Navarra en Pamplona, donde Catherine sería bien recibida. Allí daría a luz bajo los cuidados de Inés, la hermana del rey, y de su hermana. El hijo crecería a salvo, educado como un príncipe, y podría ser utilizado en el futuro como rehén o como alianza con los francos o los occitanos, según los avatares de las guerras entre reinos.
Todo esto lo habían discutido Catherine y Guillaume en las tardes que se veían discretamente en el patio de armas del castillo de Montcada. La idea fue tomando cada vez más cuerpo y acabó convenciendo a los dos: a Catherine pues estaba muerta de miedo por las circunstancias en las que le podía llegar el parto y el hecho de tener a Agnès junto a ella la tranquilizaba sobremanera, y al antiguo dominico porque el nuevo plan le conducía directamente al encuentro de las monedas de Béziers y... de Helene.
El problema ahora, mientras cabalgaban hacia el sur en dirección a las montañas, era encontrar un buen refugio difícil de localizar por los soldados del vizconde. El dueño de la posada de Orthez, de origen montañés, le había hablado de un pueblo perdido del Pirineo a donde solo llegaban los pastores, las vacas y las ovejas. “Casas sólidas de piedra, buena comida y gente hospitalaria”, le había dicho. “Se llama Leskun y no tiene más de cincuenta habitantes. Si necesitas desaparecer durante una temporada es el sitio ideal. Desde allí se pueden coger distintas sendas de las que usan los contrabandistas para cruzar la frontera hasta Aragón o Navarra.
Leskun estaba a dos días a caballo. Los caminos estaban embarrados por el deshielo y todavía quedaba mucha nieve en las cumbres. Cubiertos de arriba abajo con largas túnicas de color oscuro hicieron el recorrido por atajos y senderos paralelos a la ruta principal, a veces al paso, a veces al trote mirando con temor a uno y otro lado y rodearon Oloron sin detenerse a comer ni a descansar. Pararon una legua más adelante en una posada de Bidos, un pequeño pueblo junto al camino, donde pudieron secarse, comer y quedarse a pasar la noche. Catherine estaba pálida, ojerosa, cansada y asustada. Era muy joven y nunca había estado sometida a unas condiciones físicas tan rigurosas. Y sobre todo tenía un miedo terrible a que le sobreviniese el parto antes de llegar a Pamplona. Al retirarse a los cuartuchos que les asignaron Simón se fijó en que estaba llorando y se quedó preocupado. Tardó en dormirse pensando en lo que haría si ella moría por el camino. Una travesía con temperaturas heladoras, un terreno abrupto, una caída, un aborto y todo habría acabado...
Aunque le costase reconocerlo, Simon sintió de pronto hacia Catherine un atisbo de cariño que no recordaba haber tenido desde hacía decenas de años, acaso desde tiempos de su niñez, y tuvo compasión de ella. Sabía que era una joven ingenua de buen corazón a la que la pasión, los celos y la frustración  habían llenado de odio su alma y, sin medir la consecuencia de sus actos, se había lanzado de cabeza a su desgracia. Se contemplaba a sí mismo con sarcasmo y se quedó admirado de verse acompañando a una chiquilla cátara, a la que debía ayudar como si fuese su hija. Él, todo un inquisidor despiadado y cruel, que había mandado a la hoguera a más de una joven hereje como Catherine.
A partir de Bidos hicieron el camino mucho más despacio. Había dejado de llover y cuando llegaron a Leskun el sol se estaba escondiendo detrás de las montañas dejando un resplandor dorado en el perfil de los picos nevados. El cielo se había teñido de azul violeta y la cumbre del Anie con su color rosado dominaba el grandioso paisaje del Pirineo. Hacía un frío intenso.
El pequeño pueblo de Leskun estaba situado en una cuesta pedregosa en mitad de un impresionante circo de murallones rocosos. Después de admirar la belleza de aquel paisaje, Simón pensó que si a alguien se le ocurriese cruzar tal fortaleza inexpugnable a comienzos de la primavera tenía que estar loco. “¿Y soy yo ese loco?”, se dijo, mientras esperaba a Catherine que venía por detrás con la nariz enrojecida y los ojos llorosos de frío.
Poco después de llegar, el dominico localizó al pastor que le había recomendado el posadero y este los acogió de inmediato en su casa, dispuesto a demostrar su hospitalidad con todos los medios a su alcance, lo que hablaba mucho en su favor dado el aspecto patibulario de los viajeros. El hombre descargó las alforjas y llevó las monturas al aprisco de las ovejas cubierto por una tejavana en el espacio trasero de la vivienda. Luego corrió a trasladar troncos de leña junto al hogar de la cocina y a atizar el fuego. Al mismo tiempo indicó a los viajeros la habitación que iban a ocupar en la que había dos gruesos jergones sobre armazones de madera y varias mantas y pidió a su mujer que pusiese a asar unos trozos de carne y a calentar la olla colgada del gancho con el caldo del mediodía. Él cogió un cazo, lo llenó de vino y lo puso a calentar junto a las brasas. Todo ello en un abrir y cerrar de ojos y todavía sin conocer el nombre de los recién llegados. A continuación marido y mujer se sentaron junto al fuego y esperaron pacientemente.
Al poco rato Simon y Catherine entraron en la cocina con ropa seca y expresión agradecida. Se identificaron y por sus nombres y por sus vestidos los posaderos supieron que eran gente importante. La mujer se santiguó al ver el estado de gestación que presentaba Catherine.
—¡Dios santo!, señora, si estáis a punto de dar a luz.
—Creo que me falta medio mes —dijo la joven susurrando y sujetándose el vientre en un movimiento instintivo.
—Tomad este caldo caliente, que os sentará bien. Con este frío es una locura cruzar el alto. Tenéis que esperar a que llegue el buen tiempo, señor —dijo dirigiéndose a Simon.
—Esperaremos a ver qué pasa —dijo este, poniendo la mano sobre el hombro de Catherine con gesto de padre preocupado.
Y bien que lo estaba. ¿Qué iban a hacer si la “hija” daba a luz antes de que las condiciones mejorasen? No lo quería ni pensar. ¿Volver a Orthez? ¿Seguir adelante con un recién nacido en brazos?
—Podéis quedaros todo el tiempo que queráis —dijo el posadero escanciando el vino caliente en unos jarrillos de lata. Ahora dormid tranquilos, nadie llegará hasta este refugio.
La vida en el pueblo montaraz resultó ser un bálsamo de paz para los dos viajeros, recién escapados de los bullicios cortesanos. Los paseos por los senderos que marcaban las ovejas, el aire frío pero sano del valle, la buena comida y sobre todo la tranquilidad de aquella vida ruda sin falsedades ni intrigas, templó el espíritu y fortaleció el cuerpo de la joven embarazada, y apaciguó el hosco carácter del despiadado dominico. Con todo su candor juvenil Catherine contaba a Simon las penurias pasadas en la época de las persecuciones, los interrogatorios de la Inquisición, la muerte de sus padres y la vida en la clandestinidad. Y el fraile renegado escuchaba por primera vez aquellas confesiones de una hereje sin que a continuación firmase la fatídica sentencia de la hoguera o el destierro.
Llegó un momento en que el inquisidor y la hereje se sintieron preparados para cruzar los montes y dirigirse a Pamplona. Habían pasado varios días de cálido viento sur y las flores silvestres llenaban los campos. Los pastores preparaban ya los rebaños para subir a los pastos de altura y, si todo iba bien, Simon y Catherine estarían un día más tarde al otro lado de la frontera. Salieron muy de mañana, después de despedirse del hospitalario matrimonio que tanto les había ayudado y con las alforjas bien provistas de queso, vino y carne salada. También les compraron dos mantas de lana de oveja y Simón les pagó todo generosamente. Montaron en sus caballos y se aventuraron cuesta arriba por la senda de los contrabandistas.
—Tened cuidado —les dijo el marido, tras explicarles el camino con detalle—. Con este viento del oeste se forman tormentas al atardecer.
Los primeros trechos resultaron un paseo primaveral, rodeados de hayas que empezaban a verdear y pisando el lecho de hojas secas tan cómodo para los caballos como bellos para la vista. Luego alcanzaron las praderas empinadas cubiertas de pasto y peñascos dispersos y, finalmente, desaparecida toda vegetación, entraron en la zona más peligrosa de la subida, con piedras sueltas y suelo rocoso y duro donde los cascos de las cabalgaduras resbalaban y desprendían centellas. En algunos tramos tuvieron que apearse y seguir caminando  por el riesgo evidente de despeñarse por la vertiente. Esto supuso un cansancio añadido para Catherine que tuvo que pararse a descansar repetidas veces. Llevaban varias horas de ascensión y su intención era alcanzar el collado y buscar un refugio para comer algo y reponer fuerzas.
Mientras tanto, unas nubes de panza oscura se habían ido formando sobre las impresionantes paredes que se alzaban a su izquierda, amedrentando aún más a los dos viajeros que se vieron obligados a forzar la marcha para alcanzar un lugar seguro. A partir de aquella zona comenzaban a formarse los neveros dejados por el invierno, que como velos de gasa cubrían el ascenso final a los grandes picos. Se les hizo imposible orientarse en la dirección debida. Tenían que dirigirse hacia la derecha y localizar la senda que descendía al otro lado de la montaña en dirección a Navarra, pero con las nubes cada vez más bajas y sin la referencia de las montañas que debían bordear, llegó un momento en el que se encontraron perdidos. Afortunadamente vieron cerca una choza de pastor construida contra un talud del terreno, con grandes piedras en las paredes y tejado de losas de caliza y se refugiaron en su interior dejando los caballos amarrados a un hierro de la pared.
El tiempo siguió empeorando, se levantaron unas ráfagas de viento frío que barrieron las lomas del collado y las nubes fueron descendiendo y ennegreciéndose hasta oscurecer el paisaje, como si fuese de noche.
Simon y Catherine se acomodaron en la cabaña sobre el suelo de paja aprovechando las alforjas y las sillas de las monturas. Había unas cacerolas viejas en un rincón y troncos y leña junto a un hogar lleno de cenizas y encendieron el fuego. Llevaban horas sin hablar y así siguieron durante un buen rato, mientras la fuerza del viento iba creciendo y sus quejidos lastimeros se colaban entre las lajas del tejado. Parecía que la tormenta les envolvía de lleno y en esas condiciones era imposible seguir y tuvieron que resinarse a pasar allí la noche. La temperatura había bajado considerablemente y no tenían más luz que la que se desprendía de los leños humeantes debido a la humedad.
Apenas la joven y el dominico se veían los rostros. Sentados junto al fuego, cubiertos hasta la cabeza con las capas, y en los ojos el brillo rojizo de las llamas, parecían dos brujos en una estampa de tiempos pretéritos.
Poco después empezó a granizar con fuerza, con un sonido sordo y monótono, que acentuaba el efecto de verse encerrados en un agujero bajo tierra. El humo del hogar tenía dificultades para salir por el agujero del techo e irritaba sus ojos. Una sensación de fatalismo se fue infiltrando en el ánimo de Simón y Catherine, creando un lazo de comunicación entre ellos imposible de imaginar días antes. Los pensamientos de ambos eran confusos. No sabían realmente si maldecir o celebrar su suerte.
Fue entonces cuando comenzaron los primeros sítomas del parto. La situación se tornó de repente caótica y angustiosa Ni ella ni Simon habían presenciado nunca un parto y no sabían nada de lo que había que hacer. Catherine, asustada, retorciéndose de dolor, dispuso las mantas sobre la hierba seca lo mejor que pudo y se tumbó a esperar con los ojos abiertos de par en par, el rostro pálido y sudoroso y las ojeras ennegrecidas. Simon se movió de un lado a otro, sin saber si darle vino a la joven, ir a buscar agua a un arroyo cercano, atizar el fuego o apagarlo para evitar el humo o, finalmente, ponerse de rodillas a rezar. Este último pensamiento le hizo reaccionar. Soltó unas maldiciones y recuperó la presencia de ánimo y su habitual carácter violento. Sacó de las alforjas la ropa interior de Catherine y la colocó debajo de ella para recibir a la criatura con limpieza. Luego, cogió el frasco del vino le dio a beber un sorbo y se sentó a su lado a esperar, cogiendo de la mano a la joven.
El parto fue un espectáculo imposible de describir. Entre gritos desesperados, sangre y los flujos propios del proceso y con Simon sujetando con fuerza a Catherine, salió la criatura del vientre de su madre, quedando inerte sobre aquellos blancos lienzos que seguramente habían visto otros lechos más placenteros. El niño tenía los ojos cerrados y no se movía. Catherine quiso incorporarse para cogerlo en brazos pero Simón se lo impidió con suavidad...
El hijo bastardo de Gaston Febus, el posible heredero del vizcondado de Béarn, había nacido muerto. Durante toda la noche lloró Catherine la muerte de aquel niño que no nunca llegaría a llorar, ni a hablar ni a ver las luces del fuego encendido, mientras Simon cogía su mano gruñendo con voz cavernosa palabras sin ningún sentido

 19.-

Dos semanas más tarde del fallido alumbramiento en la cabaña de pastores, con un sol primaveral en el cielo, Catherine y Simon llegaron a Pamplona. El obligado descanso y la paz que había vuelto a su espíritu tras la pérdida de la criatura, facilitaron la recuperación rápida de la joven tolosana. En esas dos semanas había tenido tiempo para repasar aquel año trepidante que había transcurrido desde que salió de Toulouse. Aquellos apasionados amores con el vizconde los veía ahora como una locura de su mente joven, provocada por la salida repentina de la novicia al mundo real. Quizá había aprendido demasiado en poco tiempo. Incluso, si lo pensaba bien, se había librado ahora de un problema que a la larga le podía haber resultado nefasto. Roto los lazos con aquel seductor despiadado de Béarn y camino de encontrarse de nuevo con su hermana mayor, su corazón disfrutaba con la brisa de la primavera como un aire de gozo y libertad. Sus largas conversaciones con el caballero de Montignac durante su convalecencia también le habían hecho madurar y revisar sus convicciones, últimamente maltrechas por las dudas y las frustraciones. Porque habían tenido tiempo de hablar de todo: de los cátaros, del cielo y del infierno, de la moral, de la Iglesia y de la Inquisición. Se quedó sorprendida del gran conocimiento que de estos temas tenía el misterioso caballero, al que siempre había considerado una especie de conspirador, un mercenario que actuaba por su cuenta. Además de salvarle la vida —¡qué hubiese ocurrido de no haber estado a su lado!— sus ideas le abrieron multitud de aspectos de la mente humana que no sabía ni que existían. Era un hombre muy inteligente. No obstante se había fijado que en determinados momentos asomaban en su mirada unos destellos de soberbia, aún más, de venganza fiera, que la dejaban temblando.
Catherine nunca se olvidaría de aquellos paseos por las altas montañas del Pirineo, muchas veces apoyada en el hombro de Simon por causa de su debilidad, contemplando el infinito paisaje a sus pies y el vuelo majestuoso de los buitres. Curiosamente, si alguna vez en Orthez, en momentos de agudo resentimiento hacia el vizconde, se le había pasado por la cabeza tener alguna relación sexual con él, se le había borrado como por ensalmo la noche del desgraciado parto y, ahora, sus sentimientos eras los de una amiga, discípula o incluso hija. Y a él le ocurría algo parecido.
Para Simon no era tan fácil la adaptación a las nuevas circunstancias como lo había sido para Catherine, que estaba dispuesta a olvidarse de sus males pasados y mirar el futuro como una nueva oportunidad. Sus estructuras mentales estaban más oxidadas y al entrar en la capital de Navarra no tenía todavía las ideas claras de lo que debía hacer. Aquellas fantasías de chantajear a Gaston Febus con el hijo bastardo de Catherine, que por un momento lo habían seducido, más que nada para humillar a aquel prepotente cazador de cerdos peludos, se habían quedado enredadas en las faldas de la montaña y con ello se había quitado un peso de encima, pues ni su ambición era tan grande ni su corazón tan valiente como para soportar además de la excomunión de la Iglesia, la ira del vizconde de Béarn. Descartadas las intrigas cortesanas y los posibles amores con Catherine, que en algún momento de la historia había alimentado, solo le quedaba, al entrar en Pamplona, la recuperación de los escudos de oro de San Luis, supuestamente en manos de la mayor de las hermanas; un tema que había tenido sumo cuidado en no mencionar a Catherine.
Les costó localizar una posada con establos, una vez sumergidos de lleno en la vorágine de la Navarrería. Encontraron finalmente una de noble apariencia, Errege Aterpea se llamaba, cerca de la catedral donde se instalaron cómodamente, se bañaron, se cambiaron de ropa y volvieron a adoptar el aspecto galante de la dama de compañía Catherine de Villeneuve y del caballero Guillaume de Motignac.
Simon tenía en sus alforjas grandes cantidades de dinero, amén de fajos de títulos de propiedad de las numerosas posesiones arrebatadas a los nobles de Toulouse en sus correrías con la “banda del diablo” y rápidamente  Catherine y él asumieron su papel de personajes distinguidos. Estaban en la capital de uno de los reinos más prestigiosos de Europa. Antes de acudir al palacio real, renovaron su vestuario, se pasearon por la zona más elegante del burgo y acudieron al mesón más distinguido de la ciudad, el Usoak. El color volvió a las mejillas pálidas de Catherine y el mirar furibundo y torvo acostumbrado al rostro cetrino del antiguo dominico.
Cuando los dos viajeros se hicieron una idea de la organización de la ciudad, de las costumbres de los reyes y la nobleza y más detalles que los mesoneros les explicaron con amabilidad, vieron llegado el momento de dirigirse a la corte. Fueron al palacio real y pidieron audiencia con Inés de Navarra, la hermana del Rey.
Inés estaba ahora en su terreno, esto es, en una de las cortes más poderosas de Europa. Y aquí era la infanta Inés, hermana del rey e hija de la anterior reina Juana II, donde tenía los amigos y la influencia anterior a ser obligada a contraer nupcias con el vizconde de Béarn. Se quedó de piedra cuando contempló a aquellos dos personajes que parecían regresados de una pesadilla ya olvidada: la descarada amante de su marido y el misterioso caballero negro del que se decían cosas diabólicas en Orthez. ¿Qué hacían en Pamplona?
Los recibió en su gabinete privado.
—¡Vaya!, ¡qué sorpresa! La dulce Catherine de Villeneuve... ¿Qué ha sido de la criatura que esperabas? ¿Acaso ha ido a parar también a ese redil de herederos de nuestro querido Gaston que los hace engordar lejos de su vista? —preguntó con ironía.
—Mi hijo ha muerto al nacer, señora, cuando cruzábamos las montañas —contestó Catherine.
—¡Oh!... lo siento, Catherine —dijo Inés compungida—... De una forma u otra estamos las dos hemos perdido el hijo de ese degenerado vizconde, que Dios castigue. Escúchame bien mi querida Villeneuve, no te dejes llevar por la pena y olvídate de ese seductor despiadado. Creo que es mejor así para las dos. Pero, dime:
—¿Qué os trae por Pamplona?
—Quiero estar con mi hermana Agnès y pensaba que podía encontrarla aquí con vos. ¿No vinisteis juntas desde Orthez?
—Así es, pero las cosas son distintas en este palacio. Somos tres las hermanas del rey y las damas de compañía que ya están en la corte me atienden a mí también. Además estas damas son navarras y tu hermana es occitana y eso no les pareció muy bien a Blanca y María —explicó Inés, dirigiendo una mirada justificativa a las dos jóvenes que en un rincón hacían como que bordaban sin perderles ojo.
—¿Y dónde podré encontrarla? Todos os tenían como grandes amigas...
—Y seguimos siéndolo, pero ahora Agnès reside en un palacete del burgo de San Cernin, que es donde viven occitanos y franceses, con una asignación que yo le he procurado. Nos seguimos viendo, aunque no viva en el palacio. Preguntad por ella en la Rua Mayor junto a la iglesia... ¿Y quién es este caballero distinguido que te acompaña? Creo recordarlo de Orthez...
—Es mi protector, señora. Guillaume de Montignac. Él me salvó la vida cuando di a luz.
—Estoy a vuestra disposición, doña Inés —dijo Simon hincando la rodilla y besando la mano de la dama—. Soy un caballero de Fortuna que aspira a servir a los más poderosos señores.
—Lo tendremos en cuenta, Montignac, aunque parecéis un poco mayor para esos lances. De momento cuidad bien de esta joven doncella. Id con Dios. Y los despidió con un gesto de la mano, quedándose pensativa.
Mientras tanto, en el burgo de San Cernin, en un edificio de piedra con ventanas ojivales y una entrada en forma de arco, la joven tolosana Agnès de Villeneuve intentaba rehacer su vida lejos de los ambientes palaciegos en los que había vivido el último año. Era como volver a su Toulouse natal pero con la libertad de la que no había disfrutado. Ni la estricta religión que encorsetaba su vida, ni el miedo a los inquisidores, ni la vida en clandestinidad, se interponían ahora en su futuro. Era una mujer práctica y de aquel pasado oscuro solo le habían quedado unos pocos recuerdos: las amistades de Helene y de Inés, la preocupación por su hermana y... los sesenta escudos de San Luis. A Helene la imaginaba viviendo feliz y pacíficamente en la lejana Bizkaia, disfrutando de su marido y sus hijos. Visitaba a Inés cada día y juntas seguían paladeando los placeres de su posición regia, como la lectura y la música. De Catherine no tenía noticia. Se imaginaba que había tenido ya el hijo y que estaría ahora bien cuidada por el padre de la criatura, el vizconde de Béarn. Lo único que le preocupaba era su relación con el caballero negro, ya que su hermana ignoraba que se trataba del pérfido Simon de Folquet, al que seguiría dando por muerto. Y respecto a las monedas de Béziers no tenía las ideas muy claras. Según Inés, las familias cátaras de Pamplona llevaban mucho tiempo asentadas e integradas en la capital y no sería fácil encontrar personas en situación necesitada como para darles las monedas de oro, de las que seguramente no habían oído hablar nunca. Lo lógico era repartirlas entre su hermana, Helen y ella, y si alguna vez podían hacer algo por el catarismo, ayudar en todo lo posible. Con la paz de espíritu en su corazón, sin problemas de dinero y con una juventud y belleza que todavía llamaban la atención, estaba bien dispuesta a disfrutar de la vida y, si había lugar, conquistar a uno de aquellos vascones recios de la Navarrería.
Por eso fue un gran desconcierto para Agnès encontrar a su hermana y a Simon de Folquet en el portal de su casa, una tarde de tiempo cálido y luminoso cuando salía para su paseo diario. Nada más verla, Catherine se tiró en sus brazos llorando y riendo a la vez y diciéndole te quiero, te quiero... Antes de que Agnès pudiese reaccionar, le contó atropelladamente su escapada a escondidas del castillo de Montcada, su viaje por la montaña y el nacimiento de su hijo muerto en la choza de los pastores. Agnès no dijo nada, la miró de arriba abajo y la vio elegantemente vestida, bella pero algo demacrada y con una mirada suplicante que pedía perdón. La volvió a abrazar, diciéndole en voz baja: “Mi querida Catherine”... Entonces se fijó en Simon...
Agnès no había visto nunca al dominico y aunque había estado con Eneko en aquella posada de Toulouse para buscar las monedas cuando lo creían muerto, solo sabía de él por los relatos de Helene. Sabía que era un asesino, un inquisidor renegado, culpable de la muerte de la familia de Helene; que se había apoderado de las monedas de Béziers y que realmente se llamaba Simon de Folquet. El posadero de Sauvaterre lo había identificado. Tras unos momentos de vacilación, apartó ligeramente a su hermana y se dirigió a Simon con expresión airada:
—Simon de Folquet, dominico a la orden de la Santa Inquisición, ¿no es así como os llamaban antes de convertiros en el caballero Guillaume de Montignac?
—A sus pies, señora —contestó el caballero—. En efecto, ese era mi nombre antes de mi muerte y feliz resurrección. Pero aquello ya está olvidado; dominicos e inquisidores ya no se acuerdan de mí, afortunadamente—. Se había puesto pálido ante el inesperado reconocimiento, pero se recuperó en seguida. A tiempo para sostener a Catherine, que estuvo a punto de sufrir un desmayo, mientras la joven decía con voz quebrada: “Agnès, él me salvó la vida cuando tuve el parto... No sabía quién era...”.
Por un instante pareció que el cielo se cubría y que un viento helado barría la calle. Agnès, la serenidad personificada, vio que el encuentro exigía muchas explicaciones, cogió del brazo a su hermana y les invitó a entrar en la casa, donde les acomodó en una sala con chimenea y fuego encendido. Hablaron largamente de los últimos acontecimientos. Simon les contó cómo le salvaron los gitanos cuando los soldados le hirieron de muerte, su vida con ellos y su recuperación; el interrogatorio a Authier y las andanzas de la “banda del diablo” con la que se había enriquecido. Luego, el cambio de nombre, su huida de Toulouse para escapar de la Inquisición y su llegada a Sauvaterre.
—¿Por qué venías detrás de nosotras? —preguntó Agnès.
—Para recobrar las monedas de oro que el vasco y tú me robasteis de la posada, cuando todos me dieron por muerto en el río Garona. Más tarde pude saber que las que faltaban para completar las cien del tesoro de los cátaros —hubo un tiempo en que tuve todas en mi poder— las había traído a Toulouse Helene, la mujer del vasco, y las había entregado al comerciante Authier. Recuperé las que pude en Toulouse, pero una parte se las había llevado de nuevo Helene a su tierra y las demás, creo que sesenta, resulta que las tenéis vosotras. Por eso fui a Sauvaterre y posteriormente a Orthez. No nos conocíamos, pero el Destino tiene sus propios caminos y ahora estamos aquí los tres.
—¿Y por qué tanto empeño en conseguir esas monedas, si tienes tanto dinero? —quiso saber Catherine, que miraba a Simon con mil dudas en la cabeza, sin reponerse todavía del asombro.
—Es un asunto personal entre Helene y yo. Algo más fuerte que mi propia vida. No cejaré hasta que no tenga los cien escudos en mis manos y a Helene de rodillas aceptando su derrota.
—¿Que es lo que te ha hecho ella para provocarte tanto odio? ¿No eres tú quien debía arrodillarse y pedir perdón por haber causado la muerte de sus hermanos como ella nos contó?
—Helene es la causa de todas mis desgracias.
—Entonces, ¿la relación conmigo estaba motivada porque te facilitaba el acceso a mi hermana? —intervino Catherine.
—En un principio así fue. Luego tu embarazo y la descabellada idea de acabar con el heredero del vizconde o chantajearlo con tu futuro hijo, trastocó todos los planes. Finalmente, la triste experiencia de la montaña y las conversaciones que allí mantuvimos me hicieron cogerte cariño. Seguía con la idea de encontrar a Agnès y conseguir recuperar las monedas, pero ya entonces lo empecé a ver de una forma distinta. Antes no me preocupaba causaros daño, ahora no lo haría.
Estuvieron los tres un rato sin hablar intentando digerir aquellas declaraciones.
—Debes saber que esos ducados es lo único que tenemos —dijo Agnès—. Tú, entre otros, fuiste la causa de la ruina de nuestra familia. ¿Qué es lo que propones?
—Por eso mismo mi intención es resarcir esa deuda que tengo con vosotras y al mismo tiempo lograr mi propósito. Yo me quedo con las monedas y a cambio os doy el dinero de su valor multiplicado por diez o por cien, lo que necesitéis para vivir dignamente. Además, así no tendréis la tentación de devolverlas a los cátaros (¡qué tontería!) ni andar detrás de los cambistas judíos que os engañarían sin duda.
Un nuevo silencio se hizo entre las tres, esta vez más prolongado. De la calle llegaban los gritos de unos estudiantes borrachos berreando canciones tabernarias en latín y del cielo descendía una tonalidad violeta que teñía los cristales del salón. Se empezaban a encender las antorchas que iluminaban la Rua Mayor de la Navarrería y, finalmente, Simón y las Villeneuve se miraron unos a otros sin saber qué decir, pero acabaron levantándose.
Agnès salió decidida a la habitación contigua y volvió enseguida con una bolsa de cuero repujada con arabescos.
—Estas son los sesenta escudos de San Luis que nosotras tenemos. Cuando reúnas el dinero correspondiente te los entregaré. Ya no tiene sentido repartirlos entre los cátaros de aquí.
Simón besó ceremoniosamente la mano de Agnès, luego besó cariñosamente a Catherine en la mejilla y salió silenciosamente de la casa. Desde la ventana Catherine vio cómo desaparecía en la noche de Pamplona, seguramente en busca de un burdel o un mesón para celebrar la buena marcha de sus planes.



20.-

La expectación era máxima en la gran nave central de la Catedral de Santa María la Real. Se había anunciado la presencia del mayor poeta y músico del mundo conocido, Guillaume de Machaut, autor de innumerables poemas y creador del ars nova, la música polifónica sucesora del canto gregoriano. El hecho de que fuese uno de los músicos favoritos de la corte navarra y por otro lado su origen francés hizo que el pueblo de la Navarrería y del burgo de San Cernin llenase a rebosar el recinto. Se había preparado un estrado para los músicos en el centro del crucero y los reyes ocupaban sus tronos al fondo del ábside central. A la derecha del rey se sentaba su hermana Inés, gran amante de la música, de la que se decía que de jovencita había tenido amores con el gran músico, treinta años mayor que ella. Obispo, canónigos y clérigos diversos se repartían los lugares más próximos, mientras que los miembros de la nobleza, los hidalgos, caballeros, artesanos y pueblo llano se agrupaban a lo largo de la nave a una distancia de los músicos conforme a su categoría social. En unos asientos cercanos a los reyes estaban las hermanas Villeneuve, por expreso deseo de Inés y en la tercera fila de la nave se sentaba Simon de Folquet, más en su papel de caballero de Montignac que nunca.
No muy lejos, pero en la nave lateral y de pie tras una columna, tres viajeros de Bizkaia intentaban no perderse detalle del fantástico evento. Apenas se podían ver las cabezas de Helene, Harri y Blanche entre el gentío, pero ellos distinguían perfectamente los asientos de los reyes y la nobleza, aunque no sus rostros pues las luces no se habían encendido todavía. Los rayos del sol del atardecer atravesaban las elevadas vidrieras lanzando destellos de zafiros y esmeraldas sin llegar al suelo de la catedral que permanecía en penumbra. Cuando el rey se incorporó y a una señal suya entraron los músicos, encabezados por Guillaume de Machaut, un ejército de criados encendió las decenas de antorchas que se repartían por los rincones de la iglesia, contribuyendo mágicamente al esplendor del acontecimiento.
Se hizo un gran silencio mientras Guillaume de Machaut pedía la atención del coro. Fue en ese momento cuando Helene vio a Catherine y Agnès ceremoniosamente sentadas y vestidas como princesas, cerca del rey.
—¡Mirad! —exclamó, cogiendo del brazo a Blanche y señalando a las hermanas—. Allí están las Villeneuve. Pero... ¿no decía la carta que Catherine había muerto?
—¿Quién de ellas es Catherine? —preguntó Blanche. No se acordaba Helene que ni Blanche ni Harri conocían a las jóvenes de Toulouse. Les dijo quienes eran.
—Pues no parecen muy arruinadas, ni que una de ellas esté muerta —comentó Harri—. ¿Sería falsa la carta que llegó a Mendata?
Los hicieron callar porque la música había empezado.
Mientras se desarrollaba el concierto, Helene estuvo repasando lo que decía la carta de Agnès. Estaba claro que Catherine no había muerto como decía la carta y que Simon de Folquet estaba también en Pamplona. ¿Habían venido juntos? Conociendo al dominico, estaba segura de que su motivación principal era la venganza y parte de ese desquite incluía el apoderarse de nuevo de las monedas de oro, empezando por las que tenían las Villeneuve y terminando con las suyas. ¿Cuántos de esos escudos conservarían las hermanas? Era preciso hablar con Agnès cuanto antes, adelantándose a cualquier maniobra de Folquet. ¿Tendría Angès suficiente influencia sobre Inés y esta sobre su hermano el rey para denunciar a Simón como excomulgado y asesino? Helene recordó entonces las cartas que había enviado a los obispos de Toulouse y Pamplona después del asalto de los Belendiz a la torre de Montalban y pensó que eso también podría ayudarle a desenmascarar al falso caballero de Montignac. Agnès e Inés estaban allí mismo, y el Obispo, también. Tenía que aprovechar la ocasión.
Mientras se devanaba los sesos entre motetes y baladas de Guillaume de Machaut, Harri y Blanche disfrutaban absortos del espectáculo que se ofrecía ante sus ojos, más que de la música celestial que se ofrecía a sus oídos. Aquellos caballeros cubiertos de túnicas blancas bordadas con grandes cruces o escudos reales; con sus cabelleras largas sujetas con cenefas enjoyadas; sus brillantes cotas de mallas, su largas espadas colgadas del cinto y su mirar altivo, eran imágenes reales de los sueños más fantasiosos de Harri. Y para Blanche, la cohorte de damas en torno al rey era como un imán para su mirada. Sus vestidos de tejidos y colores magníficos, sus tocados exóticos sobre peinados arreglados de mil formas y sus gestos elegantes, significaban la imagen inalcanzable que deseaba para su apariencia de aldeana. Incluso llegó a sentir vergüenza al pensar en sus pelos revueltos y en sus ropas arrugadas que, seguramente, olían a caserío. Se juró que no la llevarían de vuelta a Zarragoiti ni a rastras.
Cuando terminó el concierto los reyes y el Obispo, seguidos por los músicos, se retiraron por la puerta de la sacristía, y los nobles de la corte permanecieron en el crucero en animados grupos, mientras el gentío iba saliendo de la iglesia, haciendo lo posible por ser vistos por la gente importante. Inés se reunió con las hermanas Villeneuve y los viajeros de Bizkaia Helene, Harri y Blanche se fueron abriendo paso para acercarse a ellas.
En ese momento Simón de Folquet, dispuesto a abandonar la iglesia, vio a Helene avanzar por el centro de la nave principal hacia el altar mayor abriéndose paso entre la gente que se retiraba. Se cubrió rápidamente el rostro con la capa y se escurrió por un lateral escondiéndose detrás de uno de los pilares. Permaneció mirando como viendo visiones. Conocía perfectamente aquel cuerpo y aquella forma de caminar, aunque solamente la había visto en dos ocasiones, la primera en la torre de Montalban cuando le llevó junto al criado moribundo para que lo confesara y la segunda cuando la tuvo de rodillas y medio desnuda en la caseta a orillas del Garona. Dos de los instantes cruciales de su miserable vida. Decidió seguirla discretamente aprovechando que la nave lateral estaba ya en sombras, mientras las próximas al crucero donde estaban los nobles disfrutando de su mutua compañía seguían encendidas.
Simón no conocía a la joven que acompañaba a Helene ni al apuesto escudero que iba con ella, pero por los parecidos que observaba estaba dispuesto a asegurar que la jovencita era su hermana y el mozo hermano de aquel vascón que se peleó con sus sicarios. No dejaba de preguntarse por qué Helene estaba en Pamplona. Cuando el trío de Mendata se acercó a las hermanas Villeneuve, la mayor de ellas dio un grito de sorpresa y se lanzó a recibir a Helene con los brazos abiertos. Lo mismo hizo Catherine que estaba a punto de llorar de alegría. Tras presentarse unos a otros, se dirigieron todos hacia done estaba Inés de Navarra que, enfundada en su traje regio, contemplaba asombrada a aquellos tres nuevos personajes tan alegres y atractivos que, pareciendo extranjeros por sus vestimentas, hablaban occitano. Simón permanecía sumergido en la oscuridad y poco a poco se fue retirando hacia la salida, más sorprendido que nadie, intentando atar los cabos sueltos de sus pensamientos.
Más tarde, sentado a la mesa del Usoak donde se enfrentaba a una liebre asada al horno, el viejo dominico se preguntaba:“¿Qué está pasando aquí? El viaje de esa bruja (se refería a Helene) tiene que tener alguna relación con las monedas de Bréziers. O quiere llevarse las que tienen las Villeneuve o ha traído las veinte suyas por alguna razón que no alcanzo a ver. No veo que pueda existir alguna otra conexión entre ellas. ¿Cómo conocía Helene que iba a encontrase aquí con las hermanas, si nadie podía saber que Catherine ha venido a Pamplona conmigo y que la salida de Agnès de Orthez fue tan inesperada y precipitada?
Simon, quizá influido por el ambiente de la catedral que le traía recuerdos de hacía tantos años, tiempos de fama y reconocimiento entre condes y obispos, se vio de pronto solo y viejo. Se encontraba en territorio desconocido y esta vez no tenía el apoyo de la Inquisición, como en Toulouse en la época floreciente de su poder, ni de sus matones cuando estaba excomulgado, ni como en la Bizkaia de los señores feudales. La oportunidad de comprar a las Villeneuve los sesenta escudos de oro se había esfumado con la llegada de Helene, pues estaba seguro de que les aconsejaría no aceptar el trato.
A medida que el dominico trasegaba en la fonda el fuerte vino de los navarros, se le iban ocurriendo soluciones cada vez más atrevidas: asaltar la casa de las hermanas y llevarse las monedas a la fuerza era una de ellas. En realidad, ¿qué significaban aquellos escudos para las Villeneuve ahora que tenían la ayuda ilimitada de la hermana del rey? Pero no quería hacer daño a Catherine. Podía hablar con ella y pedirle que se quedase al margen y le dejase hacer. Incluso no le importaría dejarles el dinero prometido. Si lo hacía así, tendría asegurada la primera parte de la conquista del tesoro cátaro, pero ¿qué hacer con Helene? ¿Cómo recuperar sus monedas si las tenía en Bizkaia? Pidió otra jarra de vino al mesonero y siguió pensando. Asaltar la casa de Agnès no lo podía llevar a cabo él en persona pues lo reconocerían y lo denunciarían de inmediato. Necesitaba más que nunca unos buenos sicarios a su servicio. Visitaría el burgo de San Nicolás donde se mezclaban francos y navarros de todas las clases sociales, y no le costaría encontrar unos buenos matones a sueldo. El vino le hacía aflorar sus tendencias más siniestras y despiadadas, y con los últimos tragos de la segunda jarra se le ocurrió la idea que buscaba para completar sus planes. Una cosa le llevó a la otra: secuestraría a Helene y pediría como rescate las monedas de Béziers que tenía en Mendata. “¡Por Baco”, se dijo, “tenía la solución en el fondo de una jarra de vino y no la había visto. ¡Bravo, Simon! Vinum quia bonun est
Mientras tanto, Blanche y Harri miraban por su futuro aprovechando el grupo que se había quedado en la catedral, y lo hicieron bien pues resultó de gran provecho para ambos. Blanche quería quedarse a estudiar en Pamplona durante el viaje lo había discutido con su hermana y al final la había convencido y consiguió que Agnés e Inés le prometieran ayudarla en el estudio de las artes liberales poesía, retótica y música— tal como se enseñaban en la floreciente escuela catedralicia de Pamplona. Por su parte, Harri, aprovechando la presencia de Luis, hermano menor del rey, le expresó fogosamente su deseo de luchar al servicio del rey Carlos. El conde de Beaumont-le-Roger, que estaba formando una Compañía de soldados para enfrentarse a los continuos hostigamientos de las tropas castellanas en el sur del reino, no dudó un segundo en aceptar a Harri en el grupo, al ver la corpulencia y la disposición del joven bizkaino, y le invitó a incorporarse cuanto antes en el castillo real.
Parecía que los destinos de Harri y Blanche tomaban caminos bien diferentes, lejos del tejado mágico y protector de la casa solariega de los Zarragoiti, pero ellos estaban encantados porque iban a estar al servicio del mismo señor, permanecerían juntos en tiempo de paz y cuando llegase el momento regresarían a su tierra y formarían un nuevo linaje. Y sobre todo porque lejos de casa se sintieron más libres y a la vez unidos que nunca.
En los días siguientes la actividad fue frenética en el Albergue Plaisence, donde se hospedaban Helene y los suyos. Había ocurrido todo tan deprisa que Helene estaba medio mareada y confusa. ¡Hubiese querido tener a Eneko a su lado! Reconocía que muchas veces se dejaba llevar por sus impulsos y que no tenía muy en cuenta a su marido. Luego se arrepentía y, ahora, lo echaba de menos. Él era un hombre reservado, pero tan juicioso como su padre y en estos momentos lo necesitaba. De pronto todo se le había complicado. Harri se hacía soldado, ¡con lo pacíficos que habían sido los hombres de su familia!..., y quién sabía en qué peligros se iba a ver envuelto y cuándo lo volverían a ver. Blanche se quedaba a estudiar en Pamplona y con todo lo que pensaba aprender y la vida a la que se iba a acostumbrar, ¿cómo iba a volver al caserío de Mendata? Luego estaba por aclarar el tema del matrimonio entre ambos jóvenes, que lo habían insinuado en la cena del palacio: ¿cuándo?, ¿dónde? ¿A quién demonios se le había ocurrido ir a Pamplona?, se decía a sí misma con acritud. Había resultado que Catherine estaba bien viva y que las dos hermanas vivían como princesas. De pronto se dio cuenta de que no tenía nada que hacer allí y lo que era peor, que tendría que volver sola a casa. Pero, ¿cómo iba a dejar a Blanche y Harri con Simon de Folquet cerca? ¿Ya estaban a salvo? Ella misma, ¿no corría también serio peligro con el dominico en Pamplona? Y así se pasó dos o tres días yendo y viniendo de casa de Agnès a la posada, sin saber qué hacer, mientras Harri y Blanche hacían, llenos de excitación, los preparativos para sus nuevos destinos, ella para instalarse en los albergues de estudiantes junto a las casas de los canónigos y él preparando su acomodo en el viejo castillo junto a las murallas de la Navarrería. Tuvieron que comprar ropa de cama, objetos de cuidado personal, más vestidos, zapatos..., es decir todo lo necesario para vivir por su cuenta, y Helene no podía hacer otra cosa que mirarlos con tristeza.
En ese lapso de tiempo, Simon había puesto en marcha la perversa maquinaria ideada para lograr su objetivo. Lo primero que hizo fue ir a la Judería en el otro extremo de las murallas, donde localizó la casa del prestamista que le habían recomendado en el posada. Depositó allí todo su dinero y documentos de propiedades, y al mismo judío, de nombre Daniel, le alquiló una pequeña bodega abandonada que aprovechaba las gruesas paredes de la muralla para dar forma a un recinto húmedo y oscuro. Constaba el pequeño almacén de una sola cámara a la que se accedía por una pequeña puerta de madera vieja de gran espesor y un corto pasadizo a continuación. El suelo estaba cubierto por un lecho de paja y restos de barricas podridas y en las paredes se veían argollas para colocar antorchas o, quién sabe, si para amarrar a los prisioneros. “Un buen refugio y a la vez mazmorra”, pensó el dominico, “perfecto para mis planes”.
Ese mismo día, al atardecer, Simon se acercó al burgo de San Nicolás y estuvo buscando las tabernas y mesones de peor aspecto. Localizó varias y al fin eligió la más sórdida, donde a la luz de unas lámparas de aceite maloliente se adivinaban sombras humanas de mirar siniestro repartidas por las mesas. Habló con el dueño en voz baja y este, tras escucharle atentamente y recoger las monedas que le dejaba Simón, hizo señas para que se acercase a un joven mal vestido, de ojos tristes, delgado y sucio, que estaba sentado en un rincón, entretenido en lanzar salivazos a un gato igual de sucio y delgado que él. No tendría más de diecisiete años, pero era tan alto como Simón y parecía fuerte.
—Este es Severino —le dijo el tabernero a Simon—. Come lo que puede robar y bebe lo que dejan los demás en la jarra. Pero es listo y hace lo que le manden, sea lo que sea, y sin preguntar. Podéis fiaros de él porque le interesa tener un buen patrón.
—Muy bien, vente conmigo —dijo Simon al joven—. Compró al dueño un pan, medio queso, un trozo de tocino y un par de velas y salieron del figón. Caminaron hasta la Judería y se metieron en la bodega que había alquilado a la mañana.
—Te vas a quedar aquí hasta que yo vuelva con instrucciones. Puedes comerte todo esto. ¿Tienes para encender las velas?
—No.
—Pues lo buscas. Te dejo la llave.
Cuando salía, se volvió Simon y le preguntó:
—¿Sabes leer?
—No, señor.
—Mejor. ¿Y montar a caballo?
—Sí, señor.
—Bien. Procura que no te vea nadie entrando y saliendo. Debemos pasar inadvertidos.
La primera parte ya estaba solucionada. A continuación se dirigió al mesón Usoak donde ya tenía su mesa en el rincón más apartado como era su costumbre. Encargó una pierna de cordero asado y una jarra de vino y preparó la siguiente operación. Después de cenar dio un paseo por la ciudad antes de ir a dormir al Errege Aterpea. Catherine ya no dormía allí pues había ido a vivir con Agnès en el palacete próximo a la catedral. El burgo estaba oscuro y solitario pues ya se habían apagado las antorchas de la Rua Mayor, las únicas que se encendían al atardecer y se apagaban con las campanadas de las doce, y sus pasos furtivos apenas resonaban en el empedrado. Se acercó al palacete y lo estuvo mirando por todos los lados, buscando algún acceso a las ventanas de la primera planta por donde imaginaba que Agnès habría ido a buscar la bolsa de monedas cuando Catherine y él estuvieron allí. Las rendijas de la pared permitían la escalada a un joven ágil dispuesto a todo como Severino. La ventana elegida daba a un callejón y su cerramiento consistía en una celosía ligera de madera. “Perfecto”, pensó, “no hace falta ni esperar a la noche. Se puede entrar fácilmente cuando no estén las hermanas en casa”. Dio otro repaso a la casa y se fue a la posada a dormir.
Al día siguiente Simon y Severino se encontraban en un cantón cercano a la vivienda de las Villeneuve esperando la salida de las hermanas: una a encontrarse con Inés en el palacio real como venía haciendo últimamente y Catherine a dar su paseo matinal por el burgo de San Cernin, donde se encontraba más a gusto y podía charlar con las tenderas en occitano.
Cuando Catherine desapareció de su vista, Simón señaló a Severino la ventana por la que tenía que entrar, le describió otra vez la bolsa de cuero que tenía que robar y él se marchó discretamente, embozado en su capa negra, en dirección de la catedral, donde se quedó disfrutando a gusto del color de los vitrales.
El espabilado sicario se aproximó a la casa, miró a uno y otro lado y trepó como un gato por la pared hasta alcanzar la ventana. Rompió la celosía de un golpe y penetró en el aposento. Rápidamente recorrió el lugar con la mirada, miró debajo de la cama, abrió los arcones que había contra la pared y encontró la bolsa de cuero repujado que le había descrito Simon. Aprovechó para coger los candelabros de plata y una cajita de metal con joyas incrustadas que habían estado sobre los arcones y salió de la casa por el mismo camino por el que había entrado. Para cuando Simon salía de la catedral con el espíritu reconfortado por la mística luz de la vidrieras, Severino ya estaba en su guarida acariciando aquellas monedas tan pesadas que parecían de plomo.
Llegó Simon, le quitó la bolsa al muchacho de un tirón, contó los sesenta escudos y los volvió a guardar. Luego, estuvo mirando los candelabros y el estuche que había robado. En el interior de la cajita vio una sortija con una esmeralda que reconoció era de Catherine. Se la guardó. Envolvió todo en su capa y lo llevó a la casa de Daniel el cambista. Le dejó la bolsa con las monedas en depósito para que la juntase a lo que ya tenía guardado allí y a continuación le vendió los candelabros y la arqueta tras un corto regateo. Volvió donde Severino, le mostró el dinero conseguido por las piezas robadas y se fueron a comprar con aquel dinero un caballo corriente a la feria de ganado que, según el judío, solía estar al sur de las murallas de San Nicolás.
—Este rocín es tuyo, Severino, y este es el dinero que ha sobrado. Encárgate de buscar una silla, bridas y demás pues pronto deberás hacer un viaje. Puedes usar la bodega cuando quieras y yo te buscaré allí o en la taberna cuando te necesite. Ya sabes, no me conoces de nada, ni así te torturen.
—Sí, señor. Dios le guarde, señor —acertó a decir Severino emocionado.
—Y a ti el Demonio, Severino, que estarás más a salvo.



21 –

El espanto de las hermanas Villeneuve, cuando llegaron a casa a la hora de comer, fue como si hubiesen encontrado un demonio escapando por la chimenea. Vieron los arcones abiertos y su contenido revuelto y los pedazos de la celosía del ventanal en el suelo.
—¡Aaaaaay! —gritó Catherine, presa de horror—. ¡Han entrado en la casa, Agnès, igual están dentro!
—Tranquila, ha entrado un ladrón, sin duda, —dijo Agnès, mirando de cerca la ventana y asomándose a la calle—, y se ha marchado al oírnos llegar.
—Han robado mi cajita de joyas y los candelabros.
—¡Y los escudos de oro!... —añadió Agnès, después de registrar los arcones. ¿Quién ha podido ser?
Miraron por toda la casa y no encontraron ninguna otra huella. Por un momento tuvieron la sensación de estar en el viejo palacio de Toulouse junto a la iglesia, cuando cualquier ruido las aterrorizaba.
Se sentaron a la mesa de la cocina e intentaron comer pero sin ningún apetito.
—El único que sabía que teníamos una bolsa con monedas de oro es Simon de Folquet —dijo Agnès—. Pero me extraña que haya sido él porque habíamos llegado a un acuerdo. Quizá ha querido ahorrarse el dinero que nos iba a dar. Cualquiera se fía de ese farsante. Lo extraño es que con su edad haya podido escalar hasta el ventanal.
—Yo creo que Simon es hombre de palabra —dijo Catherine, en defensa del dominico. ¿Por qué se iba a llevar los candelabros y mis joyas si le sobra el dinero? Ha tenido que ser un ladrón vulgar que se ha encontrado las monedas por casualidad.
—Puede ser —contestó Agnès—, pero entonces, podía haber robado más objetos de plata y otras joyas por el resto de la casa. Han podido ser dos, uno de ellos vigilando en la calle.
—Le habremos interrumpido en pleno robo y ha tenido que escapar.
—¡Hum!, tenemos que hablar con Helene enseguida.
Dejaron la comida en la mesa y salieron rápidamente camino del burgo vecino. En el Albergue Plaisence encontraron a Helene preparando una bolsa para Blanche. Harri tampoco estaba allí, seguramente en ese momento comía el rancho de los soldados. Le contaron las circunstancias del robo
Salieron las tres de vuelta al palacete de las Villeneuve, después de que Helene pidiera al posadero un carpintero para arreglar la celosía rota. Helene iba preocupada. Estaba convencida de que el ladrón había sido Simon ayudado por algún sicario pero, de momento, no quiso comentarlo con las hermanas. Ahora el fraile ya tenía las setenta y nueve monedas de las Villeneuve; el siguiente paso era conseguir las suyas. ¿Cuáles serían sus intenciones? ¿Viajar hasta Mendata ahora que ella estaba en Pamplona? ¿Se le habría ocurrido pensar que las veinte monedas restantes estaban escondidas en el mismo sitio donde las encontró la primera vez? Si era así, solo él conocía el escondrijo y ahora la casa-torre estaba abandonada. ¿Qué le costaba al dominico viajar hasta allí, sacar las monedas del agujero durante la noche y desaparecer? No necesitaba ni asaltos ni incendios, y una vez robadas nadie podría saber que el hueco de la pared quedaba de nuevo vacío. Incluso podría dejar una nota de agradecimiento como entonces... Le rechinaron los dientes de rabia. No tenía más remedio que volver a Mendata cuanto antes. ¡Ay! ¿Por qué no estaría Eneko con ella?...
Helene dejó a las Villeneuve renegando de las malditas monedas y marchó rápidamente a localizar a Blanche y Harri en sus nuevos alojamientos, pero este se había integrado rápidamente en las fuerzas reclutadas por Luis de Navarra y se encontraba ya destinado a la guarnición del castillo de Olite, desde donde vigilaban las continuas incursiones del rey de Castilla. Blanche seguía amueblando su pequeño aposento en una de las casas de estudiantes destinadas a las mujeres, que en la práctica era lo más parecido a un convento, y que compartía con Juana, una de las hermanas menores de Inés. Blanche se enfadó mucho con las Villeneuve.
—Esas tolosanas son un poco torpes —le dijo a Helene—. (Ella era también de Toulouse, pero no se consideraba occitana sino vasca). ¿A quién se le ocurre guardar sesenta escudos de oro en el arcón del dormitorio? Es el primer sitio que miraría un ladrón. Y enseguida añadió al ver la cara de su hermana:
—¿Piensas que ha sido el dominico, ¿verdad?
—Sí, no ha podido ser otro. Él solo o con un cómplice.
—¿Y qué piensas hacer ahora?
—Tengo que salir para Mendata inmediatamente, antes que a ese renegado se le ocurra ir lo más pronto posible.
—¿Y qué va a pasar con las sesenta monedas que tenían Agnès y Catherine?
—Pues lo primero que tienen que hacer es denunciar el robo y luego pedir la ayuda de Inés o del Obispo para detener a Simon. No sé por qué digo esto, pero me está pareciendo que las cien monedas de Béziers van a terminar definitivamente todas juntas. ¿En manos de quién? Ya veremos...
—Tendrás que volver sola a Mendata, Helene —dijo Blanche.
—Y cuanto antes. Ya me lo estaba temiendo. Veré si hay alguna partida de soldados del Rey que salgan para Vitoria o Durango y me voy con ellos.
—No te preocupes por mí o por Harri, hermana —dijo Blanche, cariñosamente—. Estamos en buenas manos. Ya sabes que Harri está fuera, ¿Verdad?
—Sí, os voy a echar de menos...
—Yo también a ti, pero tienes en Mendata a Eneko y la familia que te están esperando.
Se abrazaron las dos hermanas y Helene marchó envuelta en tristezas, sin saber cuándo volvería a ver a Harri y a Blanche. Nunca había estado tan sola... ni siquiera cuando la encerraron en la prisión de Toulouse; por lo menos allí tenía a las herbolarias y adivinadoras en la misma celda. Estuvo deambulando por la Navarrería de un sitio para otro, hasta que las tinieblas se adueñaron de las callejas del burgo. Lo que antes eran figuras fáciles de identificar como unas monjitas presurosas, caballeros con espadas al cinto y capas largas, grupos de peregrinos con su bordón y su calabaza, niños corriendo hacia sus casas, mendigos arrimados a la paredes, incluso algún que otro perro... ahora se habían convertido en sombras siniestras que parecían vigilar sus pasos. No conocía bien la ciudad y estuvo a punto de perderse. Siguiendo el cerco de las murallas llegó hasta la puerta de salida hacia el burgo de San Cernin. Tenía que cruzar el barranco que separaba la Navarrería del burgo donde estaba su posada y le entró miedo porque aquel corto trayecto de descampado estaba cubierto de vegetación y era propicio para las emboscadas. Algo en su interior le decía que estaba en peligro. No se aventuró a salir más allá de la puerta de la muralla y volvió hacia atrás en dirección a la catedral. Pensó en acudir de nuevo a la casa-convento donde se alojaba Blanche y pasar la noche con ella. Quizá las puertas de la casa estaban ya cerradas. Si no le abrían iría al palacete de Agnès...
De repente oyó pasos a sus espaldas, miró hacia atrás y antes de ver nada una manta oscura cayó sobre su cabeza y unos brazos fuertes la agarraron, la envolvieron y le taparon la boca. Luego cogieron su cuerpo en vilo y sintió cómo la llevaban corriendo sin decir una palabra. Respirando a duras penas a través del tejido áspero que apestaba a cuadra, con el cuerpo retorcido apoyado sobre un hombro huesudo y forrada como una momia, estuvo a punto de morir de asfixia y de terror durante un recorrido que le pareció de no más de doscientos pasos. Luego el hombre que la llevaba encima se detuvo, se oyó el ruido de una cerradura herrumbrosa girando, siguió unos pasos y por fin la dejó en el suelo sobre lo que parecía un montón de paja. Le quitó el saco de encima y Helene se quedó tumbada en la más completa oscuridad. Unos segundos más tarde, vio el chispazo de un pedernal y el arder de una antorcha. El hombre colocó la tea en un anillo de la pared y la luz que se fue agrandando iluminó por un momento su rostro. Unos ojos tristes, en una cara demacrada y sucia, se le quedaron mirando un instante y luego desaparecieron. Oyó cerrarse la puerta y todo quedó en silencio. Tardó un buen rato en recuperarse del sofoco y tomar conciencia de lo que había pasado. Cerró los ojos y permaneció quieta sin querer mirar dónde estaba encerrada, intentando comprender su situación. Olía a vino agrio y a humedad intensa. Al final, abrió los ojos y miró alrededor. No estaba en una cárcel ni en una cueva. Parecía una vieja bodega. Las paredes eran negras y rezumaban agua. En el suelo se veían restos de toneles y odres viejos de vino. Se levantó, cogió la antorcha y fue revisando el pequeño recinto, el pasadizo y la entrada. Empezó a gritar y a dar patadas a la puerta pero al otro lado no se oía nada. Miró por una rendija y todo estaba negro. Desalentada, se retiró al fondo de la cámara, colocó la antorcha en su sitio y se tumbó de nuevo. Se cubrió con la manta y poco después se quedó dormida, añorando a Eneko.
Le despertaron los ruidos que venían de la calle. Paso de carros, gritos de arrieros y de mujeres, ladridos de perros, rebuznos de burros y cascos de caballos. Estaba sin duda en una zona popular y fabril de la ciudad, lejos del centro, y por las voces en hebreo que escuchaba de vez en cuando pudo adivinar que no estaba lejos de la Judería. La antorcha se había consumido pero por las rendijas de la puerta se colaban los rayos de un sol mañanero. Se levantó rápidamente y estaba ya dispuesta a dar otra vez gritos y golpes cuando oyó girar la cerradura y se abrió de par en par la puerta dejando ver al muchacho de los ojos tristes de la víspera en toda su envergadura. Era flaco pero muy alto y parecía fuerte. Llevaba en las manos una jarra de agua, pan y queso, que dejó en el suelo, junto al montón de paja. Luego, salió rápidamente antes que Helene pudiese decir una palabra. Antes de cerrar la puerta, el mozo sí que habló y dijo lo justo:
—Estate callada. Si no..., e hizo un gesto rápido con el dedo a través de su flaco cuello.
Helene tragó saliva y se quedó paralizada mirando al queso como si fuese su cabeza degollada. Todavía no se daba cuenta bien de lo que podrían querer sus secuestradores. Porque no había duda de que eran más de uno. Aquel jovenzuelo no parecía capaz de organizar así como así el rapto de una dama distinguida en plena calle. ¿Qué pretendía el dominico —porque estaba claro que era él— con su encierro? ¿Acaso pensaba ir hasta Mendata y exigir las monedas, dejándola encerrada como rehén?
Afuera, a una distancia prudencial para no ser oídos, Simon y Severino comentaban los pasos dados.
—Bien, Severino, bien —dijo el fraile al de los “ojos tristes”—. Has hecho un buen trabajo. Me parece que te voy a nombrar mi escudero. Pero antes habrá que lavarte y adecentarte un poco porque tu próximo trabajo es delicado. ¿Has salido alguna vez de Pamplona?
—Soy de Barbastro, señor —y antes de llegar aquí he recorrido todo Aragón buscándome la vida. Mis padres murieron con la peste negra cuando yo era un niño. He sido carbonero, leñador y mendigo, he limpiado establos y letrinas de la gente rica, pero nunca he tenido buena fortuna.
—Pues la vas a tener a partir de ahora. Vamos a esa taberna donde te encontré a preparar el siguiente encargo. ¿Qué te ha parecido la prisionera?
—Es una gran dama, señor.
—Bien que lo es. Y tú que la has llevado en brazos, ¿cómo la has visto de carnes?
—Tiene unas curvas hermosas, señor.
—Eso me parece a mí también, Severino. Vamos a beber vino.
El plan que tenía Simon era el siguiente: Escribiría una carta a Eneko que Severino llevaría en mano hasta Mendata. En ella le informaría que tenía a Helene cautiva y le pediría al de Zarragoiti que entregase a su escudero los escudos de oro de los cátaros. Helene sería liberada cuando el mensajero regresase a Pamplona. Si no, su esposa se vería en peligro. Firmaría “Un buen amigo de los cátaros”. Al pie del pergamino dejaría un espacio donde Helene debía escribir afirmando que lo dicho arriba era verdad y que hiciese lo que le pedían. Firmaría: Helene.
Se despidieron, no sin antes Simón darle un último consejo a Severino:
—Vigila bien la bodega y no toques a la dama o te corto en tiras.
—Sí, señor.
“Cuando este se vaya de viaje ya me ocuparé de vigilarla como se merece”, pensó el dominico para sus adentros.
Mientras Simon marchaba al Errege Aterpea a escribir la carta, las hermanas Villeneuve, una vez repuestas del susto, fueron a visitar a Inés para in formarle del robo; pero por el camino Agnès cayó en la cuenta de que la antigua vizcondesa no sabía nada de los sesenta escudos del rey santo de Francia, con sus más de cien años de antigüedad, y se lo pensó mejor. “Aquellas monedas de oro eran una pequeña fortuna y, si se recuperaban, Inés dejaría de pasarle la asignación e incluso le podría quitar la casa que le había concedido. ¿Qué dirían sus celosas hermanas si se enteraran?” Lo comentó con Catherine y descartaron la idea. Solo les quedaba denunciar el robo a las autoridades, pero tampoco tenían muchas esperanzas de que les hiciesen caso. Daba la impresión de que a las jóvenes de Toulouse cada vez les interesaba menos el asunto de las monedas; en principio, porque realmente no eran suyas y en segundo lugar porque no hacían más que meterles en problemas y, teniendo la vida resuelta con Inés de Navarra, no las necesitaban. Además, Catherine casi prefería que no detuviesen a Simon y no le importaba que se quedase con los escudos. Fueron a comentarlo con Helene pero en la posada les dijeron que había marchado para su tierra. “¿Sin despedirse de ellas?”, pensó Agnès, “¡qué extraño!”.
Lo cual no era cierto porque Helene estaba encerrada en una lóbrega mazmorra de la Judería a la que se encaminaba Simon con un pergamino en la mano. Llevaba tinta, pluma y una tabla sobre la que escribir. Pensar que tenía a su merced a la causante de sus peores pesadillas y al mismo tiempo objeto de sus más ardientes deseos le hacía perder la serenidad. No obstante, no era momento para satisfacer sus pasiones ni su venganza. Abrió la puerta con encontrados sentimientos, porque sus deseos de forzar y humillar a aquella mujer eran tan grandes que se le nublaba la razón. Tenía que reconocer que, en el fondo, admiraba el coraje de la joven Moissac. La encontró sentada en el montón de paja mirando fijamente hacia la puerta. Era la primera vez que hablaban desde que se cruzaron gritos y juramentos en la chabola del río Garona, cuando ella estaba vestida de monja y él de soldado con una espada en la mano.
La escena vino a repetirse tal cual porque Helene nada más verlo se levantó y comenzó a maldecirle e insultarle, pero él le dio un manotazo en la cara y la empujó tirándola al suelo.
—¡Cálmate, bruja! — le gritó, enfurecido. Léete esto y fírmalo porque si no, tus días están contados.
—¡Canalla, renegado!, ni Lucifer te va a perdonar cuando llegues al Infierno.
Simon limpió la paja del suelo, colocó la tabla con el pergamino previamente escrito por él, le puso el tintero y la pluma delante y le dijo:
—Lee lo que yo he escrito y a continuación escribe lo que te voy a dictar. Al mismo tiempo desenvainó un puñal del cinto y se lo apoyó a Helene en el cuello.
—¡Escribe!
Helene leyó la carta aterrorizada, pero tuvo fuerzas para reponerse y se puso a escribir:
“Lo escrito arriba es cierto. Si no haces lo que piden me matarán”.
—¡Firma!
—Firma tú primero.
—Ya está firmado.
—Ahí pone “Un amigo de los cátaros!”
—Con eso basta. No puedo dejar ninguna prueba. ¡Firma!
Firmó Helene con su nombre y detrás escribió: Azkar etorri (“ven rápido”)
—¿Qué diablos has puesto aquí?
—“Te quiero”, en vasco.
—Pues dejarás de quererle cuando forniquemos juntos —dijo el dominico con saña, cogiendo el pergamino y saliendo bruscamente de la bodega.
—¡Severino! —oyó Helene gritar antes de cerrarse la puerta—. Trae tu caballo y prepárate para marchar de la ciudad.
La joven dama de Moissac se quedó desolada al recapacitar en los planes de Simon. Si el criado marchaba ahora hacia Urdaibai con el mensaje no estaría de vuelta antes de cinco días y lo mismo tardaría Eneko si venía en su busca. Durante ese tiempo, el fraile renegado, ahora sin la vigilancia de su escudero, podría cumplir impunemente sus obscenas intenciones. No podía quedarse allí esperando sin hacer nada. A las mañanas alguien abría la puerta —seguramente ese muchacho que se llama Severino—, le dejaba agua y comida y cerraba inmediatamente. Tenía que aprovechar ese momento para escapar.
Al día siguiente Helene estuvo junto a la puerta desde el amanecer atenta al menor ruido de la llave, pero pasó la mañana y no hubo ningún movimiento. Se retiró al fondo a dormir un rato y entonces se abrió la puerta y en unos segundos se volvió a cerrar. Vio en el suelo la comida y la jarra con agua. Pareciera como si  supiesen dónde donde estaba en cada momento. En vista de eso, arrastró la paja sobre la que dormía hasta arrimarla junto a la puerta, se sentó encima y no se movió de allí. Durante el día siguiente nadie se acercó a la puerta. Podía oír todo el trajín de la gente del pueblo dando voces, llevando animales, arrastrando carros que pasaban junto a la bodega, pero el ruido de la llave que ella esperaba no volvió a sonar. Quizá los secuestradores procuraban que no hubiese nadie en la calle que pudiera sospechar de su encierro. Estaba cada vez más angustiada porque temía que la siguiente vez en que se abriese la puerta podría ser Simón que acudía a por su botín. Esperaría seguramente a la noche. Tenía que hacer algo rápidamente. Entonces, al ver el montón de paja junto a la puerta, se le ocurrió una solución, arriesgada pero que podría darle la libertad. Lo prendería fuego.



22 -

Severino le había dejado dos antorchas, pedernal, yesca y grasa para encenderlas con el fin de que tuviese iluminación en la celda. Prendió una de ellas y la dejó colocada en la argolla de la pared. Colocó las maderas viejas de los toneles rotos sobre la paja y estuvo esperando a que la animación y el trasiego de gente por delante de la bodega fuese creciendo, al pasar la hora de la comida y, cuando creyó que la calle estaba suficientemente concurrida, cogió la tea y la aplicó al montón de paja. Inmediatamente se tapó la cabeza con la manta con olor de burro y se echó el agua que le quedaba en la jofaina por encima de la cabeza. Luego se retiró al rincón de la mazmorra y esperó. Una vez que el fuego tomó fuerza y un humo denso y blanco se extendió por toda la bodega, e imaginando que se estaba filtrando hacia el exterior por las rendijas de la puerta, se acercó a la entrada y empezó a gritar con todas sus fuerzas: “¡Fuego! ¡Socorro!”, así durante un rato hasta que las llamas le hicieron retirarse y la puerta ardió como el leño de un hogar. El recinto estaba llenándose de humo y Helene se arrimó a la pared mojada del interior más lejano tosiendo y respirando con dificultad a través del  grueso paño que la envolvía. Desde la calle le llegaba un gran alboroto, pues si a algo le tenían miedo los habitantes de la Navarrería era a los incendios, dado que su ciudad había sido completamente arrasada e incendiada por los franceses casi un siglo antes y todavía no se había terminado de reconstruir. Se oían gritos de ¡fuego! y ¡agua! y estaba Helene a punto de caer asfixiada, cuando un gran estruendo se produjo en la puerta y los restos a medio arder saltaron por los aires, ante el empuje de un ariete manejado por hombres fornidos. La salida de Helene cubierta por un gran velo negro que despedía humo por todos los lados fue aterradora, como un alma en pena saliendo del infierno. Uno de los hombres la cogió en brazos y le retiró la manta de encima. Luego, la llevaron a un hospital de peregrinos cercano mientras el pueblo seguía acarreando baldes de agua que arrojaban sobre los restos de paja.
Al caer la noche, después de una cena opípara en El Jabalí con la que Simon pretendía coger fuerzas para disfrutar de una larga noche —que esperaba fuese de placer tanto físico como sicológico—, dirigió sus pasos hacia la pequeña bodega del barrio judío, llevando en las manos dos copas y un frasco del mejor vino del mesón. Iba imaginando la pelea que iba a mantener con la bella y fiera prisionera al desnudarla, lo que le colmaba de excitación, cuando al enfilar la callejuela donde se ubicaba el antro vio un grupo de personas frente a la mazmorra y unas ligeras columnas de humo gris que salían lentamente de los restos de la puerta. Preguntó a los curiosos y le informaron que había habido un incendio y que al parecer habían sacado de dentro a una mujer que, según decían, llevaba algún tiempo encerrada allí por algún criminal. Los soldados del Obispo estaban buscando al causante por toda la ciudad. Simon, al oír esto, se cubrió instintivamente el rostro con la capa, escondió las copas y el vino y se marchó discretamente por las sombras, temiendo que algún vecino lo reconociera. Las cosas se le habían complicado al viejo lujurioso. Si antes lo habían excomulgado y perseguido por ladrón y sacrílego, ahora lo buscarían por secuestrador e intento de asesinato. Y su plan con Severino se había ido al traste. Aunque eso quizá se podía arreglar todavía. Lo importante era escapar de la ciudad cuanto antes. Acudió veloz a la posada y preparó el caballo. Luego se vistió con el hábito de dominico que siempre llevaba enrollado en el fondo de las alforjas para una emergencia y volvió a la Judería. Habló con Daniel, el prestamista y retiró todo el dinero que tenía allí, incluidas las setenta y nueve monedas de oro de Béziers. Si marchaba rápido hacia Bizkaia podía alcanzar a Severino —el caballo que le había comprado era bastante malo y el muchacho iría sin prisas— y si no, esperaría su regreso en los alrededores de Mendata, recuperaría las veinte monedas de Helene y desaparecería para siempre.
Mientras se dirigía a la puerta de la muralla de la Judería, cubierto el rostro con la capucha, Simón iba pensando en Helene. “¿Qué habrá sido de ella?”, se preguntaba. “Seguramente una chispa de la antorcha ha prendido en su lecho de paja mientras dormía y estará bien quemada, si no ha muerto. ¡Lástima de cuerpo!”. Cuando llegó a la puerta de salida del burgo, lo guardias encargados del peaje le hicieron apearse y le registraron a fondo. No tardaron en encontrar la gran cantidad de dinero que llevaba encima y los escudos de oro.
—Excesivo para un fraile —dijo uno de ellos, observándole la cara con desconfianza—, avisa a los soldados del Obispo.
Llegó el capitán de los soldados y sin dudarlo un instante mandó detener al dominico. Lo llevaron con las manos atadas, montado sobre el caballo y escoltado por los soldados. La comitiva atravesó el barrio judío camino de la prisión episcopal y durante el recorrido se oyeron numerosas voces y gritos: “es el caballero negro”, decía uno; “es el incendiario”, decía otro, “le he visto entrar más de una vez en la bodega, ha intentado quemarla viva”, gritaba un tercero., ¡A la horca!.. y Simon maldecía y gritaba también:
—¡Soltadme, imbéciles, esa mujer es una hereje!
Mientras esto sucedía en Pamplona, el escudero Severino, con la piel recién lavada y una ropa decente, avanzaba con aire decidido al trotecillo lento de su caballo viejo, por el camino real de Pamplona a Vitoria. Navarra y Castilla vivían envueltas en continuas escaramuzas y enfrentamientos, pero no se veían fronteras por ningún lado y nadie le paró ni molestó a lo largo del camino. ¿Quién se iba a meter con un chico flaco y desarmado con los ojos más tristes que el penco que montaba? Sin embargo, en su interior estaba contento y orgulloso. Por fin tenía un amo rico al que servir y un dinero en la bolsa que le permitía acceder a los pequeños placeres de la vida. Paraba donde quería, comía lo que le venía en gana y no tenía más problema que cumplir lo que le habían mandado. A la noche paró a dormir en Vitoria y, preguntando una y otra vez por el mejor camino, al atardecer del día siguiente llegó a Mendata.
Los de la casona Zarragoiti le recibieron como a una persona importante (eso, por lo menos, se lo pareció a él), pues llevaron el caballo al establo, con hierba fresca a su alcance, y a él le hicieron pasar a una gran cocina de enorme chimenea donde le invitaron a sentarse junto al fuego y le ofrecieron comida y bebida. Él preguntó por Eneko y le entregó el pergamino enrollado que traía guardado en el pecho. Le dejaron con Benicia, mientras los hombres se retiraron a otra sala con la carta. Severino no conocía el contenido del mensaje, pero sabía que le tenían que dar una bolsa con dinero y que si perdía una sola de las monedas le iban a cortar el cuello.
A Eneko y Santxo Zaharra la llegada del mensajero no les cogió de sorpresa pues esperaban recibir noticias de Helene desde Pamplona tarde o temprano. Lo que les causó asombro y estupor fue el contenido de la carta.
—¡Por todos los demonios! —exclamó Santxo—. ¿Sabes quién ha escrito esta carta? ¿No te recuerda nada la firma de “amigo de los cátaros”?
—Claro que me acuerdo. Es del malvado dominico cuando se llevó las monedas de la casa-torre y dejó aquel mensaje en el agujero. ¡Maldito renegado! ¿Cómo ha podido secuestrar a Helene?
—La letra del párrafo final es de ella.
—Sí, no hay duda. ¿Has visto lo que ha escrito detrás de su firma? “¡Ven rápido!”
Convinieron en que debían actuar con la máxima rapidez y por supuesto llevar las monedas. Si Eneko iba con ellas tenía todavía alguna oportunidad de librar a Helene. Si volvía el mensajero solo, su vida seguiría peligrando. Fueron a la cocina y se encararon con Severino, que se empezó a preocupar al ver sus rostros amenazantes.
—¿Quién te ha ordenado el encargo? ¿Cómo se llama? —preguntó Eneko.
—Lo ignoro, señor. Solo sé que le llaman el caballero negro porque viste siempre de negro.
—¿Cómo es de aspecto?
—Alto y delgado como yo, pero bastante más viejo. Con mala cara, barba negra y ojos hundidos.
—Es Simon, sin duda —dijo Santxo, aunque no lo había visto nunca. ¿Cuál es tu nombre?
—Severino, señor.
—Bien Severino, vas a llevar la bolsa con el dinero y mi hijo Eneko va a ir contigo. Saldréis esta misma noche y solo pararéis para comer. Si intentas alguna jugarreta Eneko te cortará la cabeza con su hacha. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—¿Dónde está encerrada la mujer que tenéis prisionera? —preguntó Eneko.
—En una bodega abandonada de la Judería.
—¿Se encuentra bien?
—Perfectamente, señor. Un poco incómoda, pero bien.
—¿Cómo has quedado para entregar la bolsa?
—La tengo que dejar en esa bodega cuando llegue.
—¿Tienes la llave?
—Sí, señor.
—Atiende —le dijo Santxo—, cuando lleguéis a la bodega en Pamplona, le das la llave a mi hijo y desapareces. ¿De acuerdo?
—Entendido, señor.
—Bueno, saca el caballo y vete ensillándolo. Prepararemos el dinero y algo de comer para el camino.
Mientras Benicia y Amaia llenaban dos bolsas con comida, sin entender nada de lo que pasaba, y Santxo iba al establo con Severino para ensillar el caballo de Eneko, este se dirigió rápidamente a la torre de Montalban, rompió el trozo de pared con una maza y sacó el frasco de cristal con las veinte monedas de oro, lo metió en una bolsa de cuero, envuelto en un paño grueso, y volvió a la casona. Se puso ropa de invierno, metió el hacha y un puñal en su cinturón y llenó las alforjas con lo necesario.
Severino estaba ya sobre su flaco rocín, con las bridas del caballo de Eneko en la mano. Benicia, Amaia, Santxo y sus dos nietos salieron al portalón a despedirlos. Eneko les dio un fuerte abrazo, montó de un salto en su corcel y salió al galope cuesta abajo. Severino le fue siguiendo a veinte pasos, emocionado con la aventura pero temiendo el castigo de su amo cuando viese que junto con las monedas le llegaba a Pamplona el marido de la dama encerrada. “Bueno”, pensó, “yo me dedico a cumplir las órdenes que me dan”.
Cabalgaron toda la noche sin decir palabra. La luna en cuarto menguante les fue acompañando durante un largo trecho del camino. Luego les dejó a oscuras, ocultándose tras los montes. Apenas se veía alguna luz en los pueblos por donde pasaron y los gallos todavía estaban durmiendo cuando pararon a descansar las monturas y estirar las piernas. Aprovecharon una fuente situada a la entrada de un pueblo para comer algo y abrevar a los animales.
—¿Cómo capturasteis a mi mujer? —preguntó Eneko a Severino.
—Fue fácil— contesto el siervo, como quitándole mérito—, la esperé en un callejón, le tiré una manta por encima de la cabeza y me la cargué al hombro.
—¿O sea que fuiste tú? —dijo Eneko— No te parto la cabeza de un hachazo porque me tienes que llevar hasta donde la tenéis encerrada”.
—El amo me ordenó que la llevase como fuese a la bodega... Yo solo cumplo órdenes —dijo Severino disculpándose y apartándose prudentemente.
—Pues ya puedes ir pensando que si te cogen lo soldados irás derecho a la horca. Además, como nadie conoce a tu amo, tú eres el único culpable...
—Sí que lo conocen, pero yo no he querido enterarme —añadió el joven muerto de miedo—. Lo conoce el tabernero donde solemos quedar y también el cambista judío donde el amo llevó a guardar las monedas de oro.
—¿Qué monedas? —preguntó el vasco.
—Las que robé en la casa de las dos hermanas francesas.
—¿Tú las robaste?
—Sí, trepando por la pared hasta la ventana.
—Cumpliendo órdenes del caballero sin nombre, ¿no es así?
—Sí, señor, exactamente como él me dijo que hiciera —contestó Severino en un inocente intento de señalar los méritos con los que había conseguido el puesto—. Luego, fui con él a casa del judío, donde dejó las monedas y le alquiló la bodega abandonada. También le vendió los candelabros que robé y me compró este caballo.
—En buena te has metido, Severino. No pueden ahorcarte dos veces, pero de una no te libra nadie. Si no te mato yo antes...
Tras este pequeño diálogo, Severino tuvo tiempo para meditar en su futuro durante el resto del viaje. Igualmente lo tuvo Eneko, que ahora veía más claras las maniobras del dominico para hacerse con las monedas de las hermanas Villeneuve y luego conseguir el resto secuestrando a Helene y pidiendo rescate. Se preguntaba si el fraile se dejaría ver cuando llegasen a la bodega. ¿Estaría dispuesto a liberar a Helene según lo prometido o tendrían que enfrentarse a muerte como en la choza del Garona? Acarició el hacha y siguió cabalgando.
Llegaron a Pamplona al atardecer. Rodearon las murallas y entraron en la Navarrería por la puerta de la aljama judía. Por el aspecto rústico de los jinetes, sus rostros cansados y el sudor de sus caballos, los guardias de la puerta vieron que venían de lejos y como no traían mercancías los dejaron pasar sin cobrarles el peaje. Enfilaron el callejón de la bodega y cuando estaban a unos cincuenta pasos se apearon de las monturas, las dejaron junto a un lavadero, y siguieron caminando procurando no llamar la atención de la gente con la que se cruzaban. Al llegar a unos diez pasos Severino se percató enseguida que la puerta estaba rota y quemada y corrió como un poseso alarmado y horrorizado. Eneko le siguió sin saber exactamente lo que ocurría hasta que se topó con el joven que salía de aquel agujero con la tez blanca como la cera.
—¡Han tirado la puerta abajo y la dama ha desaparecido! —consiguió decir Severino, temblándole la boca. ¿Cómo ha podido suceder? Nadie sabía que teníamos a alguien dentro...
Se dirigió a los que pasaban y les preguntó qué había sucedido. Una mujer contó que había habido un incendio, que todo el mundo acudió con baldes de agua y que rompieron la puerta y se pudo rescatar a una mujer a punto de morir asfixiada. Otro dijo que los soldados del Obispo habían detenido al criminal causante de aquello cuando intentaba huir de la ciudad y que lo habían llevado al Tribunal para juzgarlo de inmediato.
Eneko penetró en la bodega únicamente para saber cómo era la mazmorra en la que había estado prisionera Helene y salió con el rostro no blanco como Severino sino congestionado por la rabia y la angustia. Cogió del brazo al criado y lo llevó zarandeando hasta los caballos, pues le había visto en la cara su intención de salir corriendo y no parar hasta Ribagorza.
—Haces bien en querer marchar cuanto antes de Pamplona y no volver jamás, porque me dan ganas de sacar el hacha y empezar a golpes contigo, pero antes necesito saber un par de cosas. Llévame a la taberna donde sueles verte con el caballero desconocido. Tengo que comprobar si es realmente quien pienso.
Fueron a la taberna y el dueño le juró a Eneko que no tenía ni idea de quién era y de dónde procedía aquel caballero. Le dijo que unos días atrás había llegado a la taberna buscando algún rufián sin escrúpulos para llevar a cabo un trabajo delicado y que él le presentó a Severino. Ni siquiera cuando Eneko clavó el hacha en la mesa como acción intimidatoria consiguió obtener más información.
Acudieron luego a la casa de Daniel, el prestamista judío, quien no tuvo ningún inconveniente en informar a Eneko de todo lo que sabía de aquel personaje al que recordó de inmediato por la descripción que le dio Eneko y al mencionar el depósito de setenta y nueve escudos de oro.
—Sí, ha estado aquí varias veces. Creo que podré mostrarte el nombre —dijo el judío, poniendo sobre la mesa su pergamino de registros—. Aquí lo tenemos: Simon de Folquet. Lo cierto es que ayer mismo este personaje tan siniestro retiró el dinero que tenía y, por lo que se ve, intentó huir del pueblo, pero fue detenido y está siendo juzgado. He oído que se le acusa también de haber secuestrado a una dama de la burguesía occitana y de múltiples crímenes más. Mañana será la sentencia.
—Tú le alquilaste la bodega donde encerró a la mujer —dijo Eneko amenazante— Ayer alguien le pegó fuego y estuvo a punto de morir asfixiada.
—Sí, lo he oído y lo siento, pero te juro por Jahvé que no sabía el uso que se le daba a esa bodega abandonada.
Severino seguía todas estas investigaciones de Eneko con el alma en vilo. Tenía el rostro macilento y no dejaba de mirar a todos los lados, temiendo ser apresado de un momento a otro. Cuando salieron de la casa de Daniel, Eneko le dijo:
—Severino, coge el caballo y no pares hasta Barbastro. No te entrego a las autoridades porque eres muy joven y, como tú dices, solo has cumplido las órdenes que te han dado. Tienes dinero y caballo, vuelve a tu tierra y endereza tu vida.
—¡Gracias!, señor, así lo haré—, dijo Severino besando la mano de Eneko—. ¡Gracias, gracias!...
El muchacho marchó corriendo en busca de su caballo y ni siquiera el viento había cruzado nunca tan rápido el puente de la Magdalena como cuando Severino salió del burgo camino de Aragón.


23 –

El caso de Simon de Folquet se juzgó en el Tribunal Episcopal de Pamplona. En las declaraciones  realizadas a lo largo del juicio se fue interrogando a Helene de Moissac, a Catherine de Villeneuve, al posadero del Errege Aterpea, a Daniel el judío y al escudero Harri de Zarragoiti. Encima de la mesa del Juez Principal y como pruebas de la acusación, figuraban los setenta y nueve escudos de oro de San Luis que llevaba encima el acusado cuando fue detenido. Así mismo, un anillo con una esmeralda y una bolsa con abundante dinero y varios documentos de propiedad de edificios y terrenos a su nombre. Se había presentado también una carta de hacía varios años de Helene dirigida al Obispo de Pamplona, donde se relataban las fechorías del acusado cuando estuvo de predicador en Bizkaia.
La expectación era inusitada y la sala del Tribunal, presidida por el obispo Martín desde su sitial situado a un lado de la mesa de los jueces, estaba a rebosar. En lugares preferentes se sentaban los Infantes Inés y Luis de Navarra, hermanos del Rey, los delegados de la Inquisición de Logroño y Calahorra, el Cabildo al completo y personajes de la nobleza. Junto a ellos Helene, Blanche, Harri y las hermanas Villeneuve, esperaban su turno como testigos acusadores. No hubo nadie que se ofreciese a declarar en favor del acusado. Una abundante representación del pueblo llano llenaba las gradas escalonadas a ambos lados de la sala rectangular y en el centro, destocado y con las manos sujetas con grilletes, se sentaba sobre un banco liso Simon de Folquet.
Simon estaba vestido con el hábito sucio y gastado de dominico que se había puesto para escapar y tenía un aspecto deplorable. Moralmente derrotado por Helene, sentado en el banco de los acusados con la mirada perdida en el suelo, meditaba en el repentino giro de su suerte justo en el momento en que creía tenerla de su lado. ¡Había visto tan cerca el triunfo de su venganza!... Sin atender a lo que se decía en el estrado meditaba en el adiós a una vida de retiro y placeres en alguna corte de Venecia o de Roma con la que había soñado. Adiós para siempre, también, a aquellas monedas de oro que habían sido su obsesión. De vez en cuando levantaba la cabeza y buscaba, con una mirada que pedía comprensión, los ojos de Catherine, la única persona que a lo largo de su vida no le había odiado ni temido, que había compartido sus pensamientos, había agradecido sus cuidados y le había tratado con cariño.
Ajenas a estas reflexiones de Simon, las diversas declaraciones de los testigos fueron avanzando jaleadas por el público con exclamaciones, risas e insultos, cuando, de pronto, un murmullo de sorpresa se extendió por toda la sala. Por la puerta del fondo hizo su entrada un personaje en principio desconocido pero que pronto se supo que era el esposo de Helene, la dama secuestrada. Su porte recio con su larga melena sujeta por una cinta, su mirada arrogante de hidalgo vascón y su enorme hacha al cinto, impresionaron fuertemente a la audiencia; y cuando, tras una leve reverencia ante el Obispo y los Infantes, se acercó a Helene y ambos se besaron apasionadamente, el pueblo estalló en vítores a su favor y en maldiciones contra el dominico.
A petición de los jueces acerca de sus conocimientos en relación con el acusado, Eneko contó cómo Simón había inducido al señor de Belendiz en Mendata a incendiar la torre de los Moissac y matar a los hermanos de Helene y sus familias; y cómo fue entonces cuando robó las monedas de oro de los cátaros. Luego describió la emboscada que le tendieron Simon y sus sicarios en las callejuelas de Toulouse, donde estuvieron a punto de asesinarle, la irrupción de Helene en la caseta en la que le tenían encerrado y la intervención de los soldados de la Inquisición.
Solo le faltaba esta declaración al fraile excomulgado. Cuando terminaron todas las alegaciones prevista en el juicio, la lista de cargos era abrumadora. La declaración final de Helene delante de toda la audiencia, contando la historia de las monedas de oro de los cátaros desde que su familia tuvo que emigrar de Occitania a Bizkaia, hasta su encierro en la mazmorra de la Judería, dejó tremendamente impresionados a todos los asistentes.
El dominico, pálido y demacrado, no dejaba de mirar con sorpresa y odio a Eneko y Helene, mientras esta narraba la increíble historia de la persecución del antiguo fraile, seguida atentamente por los jueces. Y, aunque fue interrumpida muchas veces por gritos de “canalla” y “a la horca” en determinados momentos del relato, Helene, puesta de pie delante del Tribunal, pudo contar con detalle los momentos más destacados: el incumplimiento del secreto de confesión por parte de Simon, la matanza de sus hermanos, el robo del tesoro de Béziers, su huida a Bermeo y luego hasta Toulouse, la supuesta muerte del fraile a manos de la Inquisición, su nueva aparición en Orthez, bajo otro nombre, y su llegada final a Pamplona, donde la tuvo secuestrada.
No le sirvieron de defensa al acusado sus reconocidas dotes de oratoria con las que antaño atemorizaba a los feligreses, y que ahora malgastó acusando tanto a los cátaros como a la Iglesia de sus desdichas. Tampoco sirvió de nada la declaración de Catherine que relató cómo Simon le había ayudado en su desgraciado parto en medio de las montañas del Pirineo.
Los jueces eran clérigos expertos en argucias de todo tipo y las explicaciones finales de Simon, relatando su lucha contra la herejía cátara y sus prédicas contra la inmoralidad del pueblo, no consiguieron otra cosa que provocar las iras de los presentes, muchos de ellos descendientes de aquellos cátaros perseguidos. El veredicto fue unánime y fulminante: se le declaró culpable de todas las acusaciones y fue castigado con la pena de muerte. Según dictó el Juez Principal, la ejecución por ahorcamiento se llevaría a cabo al amanecer del día siguiente y su cuerpo permanecería colgado fuera de las murallas para escarmiento de los criminales.
La sentencia también disponía que el dinero del fraile pasara a poder del Tribunal, que lo destinaría a obras de caridad, y las monedas de oro que llevaba encima Simon cuando le detuvieron, fueran entregadas a Helene de Moissac, habiendo quedado claro que no existían terceras partes que las pudieran reclamar. El anillo con la esmeralda sería devuelto a su dueña Catherine de Villeneuve. Nadie se acordó del criado Severino, el cómplice aragonés que a lomos de su flaco caballo corría como un lebrel por los campos de Jaca.
Tan renombrado fue aquel suceso que cinco días después se celebró un gran banquete en el Palacio Real presidido por los reyes, organizado para dar más realce aún al acontecimiento que estaba teniendo eco más allá de las fronteras de Navarra. El rey Carlos II quiso aprovechar las circunstancias para lanzar veladas advertencias a sus enemigos, mostrándoles cómo en su reino se trataba a los traidores. A esta celebración había invitado además de al obispo Martin, al Cabildo y a otras personalidades del reino y a representantes de la nobleza europea, a los que además de agasajar convenientemente se encargó de poner al corriente de lo que se había dicho en el juicio.
Los reyes de Francia y Castilla le apodaban El Malo, no por razones especiales de su carácter sino por las continuas derrotas que les infligía, ya fuese en el campo de batalla con sus inteligentes tácticas militares o en los salones de los obispados, del papado o de los reinos de Europa con su habilidad diplomática. A ellos iba dirigida con cierta malicia esta celebración, así como a la Iglesia que los respaldaba, Iglesia que había criado en su seno personajes tan nefandos como el furibundo inquisidor Simon de Folquet. También era un aviso para Gaston Febus, con el que había roto todo tipo de alianzas a raíz del repudio de su hermana Inés. Era una forma de poner en evidencia, como se había relatado en el juicio, que el inquisidor Folquet, asesino, ladrón y excomulgado, se había paseado por delante de su castillo y el vizconde no se había enterado.
Más de cincuenta invitados se repartían por las mesas que se extendían por la gran sala de banquetes, formando un círculo cuyo centro estaba destinado a las más diversas y admirables atracciones que se organizaban en el palacio real en las grandes efemérides. Las mesas se fueron llenando de carnes asadas, verduras, frutas y bebidas de todas clases y numerosos criados se encargaron de servir los platos y escanciaron las copas. Los invitados esperaron a que el rey se levantara y cuando lo hizo alzando su copa de oro favorita, la dirigió primero a la reina Juana y luego hacia Helene en señal de homenaje y bebió de ella un pequeño sorbo. Se volvió a sentar y con ello dio comienzo la fiesta entre una algarabía de gritos, carcajadas y alegría.
Músicos, comediantes, poetas, juglares, acróbatas y bufones estaban ya preparados para su actuación en un salón adjunto separado del la sala principal por unos coloridos cortinones. Allí también ellos comían y bebían, se ponían sus vestimentas y ensayaban sus números entre risas, nervios y animada camaradería. Una de las principales atracciones anunciadas era la de un grupo de zíngaros que recorrían Europa con sus bailes y adivinanzas. Decían que no se había visto en el mundo una belleza como su principal bailarina. El atractivo de su cuerpo y sus artes adivinatorias la precedían allá donde iba. Se llamaba Samira. Iba a ser el final glorioso de la velada.
Pero la expectación y la animación estaban sobre todo concentradas en torno a la mesa de Helene, la heroína de la noche. El rey la miraba con orgullo, Eneko con amor y las damas con envidia. Se le acercaban caballeros, incluso clérigos, que querían saber detalles de algunos de los episodios más notables de su vida, apenas desvelados en el juicio, como la muerte del señor feudal que intentó forzarla o el enigma del escondite de las monedas de Béziers; o cuando se disfrazó de monja para perseguir al dominico. Eneko por su parte describía, como sin darle importancia, la persecución a Simon a lo largo del Camino de Santiago, su lucha contra los sicarios y la teórica muerte del fraile cuando fue abatido por los soldados de la Inquisición.
La fiesta iba in crescendo. Las manos de los comensales se movían ligeras de un cuenco de sopa a una pierna de cordero, y de un trozo de queso a una jarra de vino y también sin ningún reparo a las tiernas carnes de la dama que se sentaba a su lado. A los acróbatas y malabaristas apenas les hacía caso nadie y la música del arpa y el laúd se escurría hasta la bóveda envuelta en los vapores de la comida sin que ningún oído la apreciara.
Harri era otro de los focos de interés, especialmente para las damas de la corte. Con el atrevimiento de su juventud y la euforia del vino ingerido, narraba con floridos detalles lo que Helene callaba por discreción, como la escena del burdel de Bermeo y el envenenamiento de las dos prostitutas, la muerte del bandido que les atacó en el bosque, el naufragio en la ría y —¡cómo no!— el flechazo que le había atravesado la pierna dejándole una terrible cicatriz, que alguna de las admiradoras se atrevió a pedir que lo enseñara. Agnès, arrebolada, también, por el vino y por la cercanía de Eneko, que se sentaba a su lado, contaba a quien quería escuchar la vida de los resistentes cátaros de Toulouse y las degeneradas costumbres de la corte de Orthez.
Los poetas y juglares tenían que gritar para hacerse oír en aquel bullicio, pero ya estaban acostumbrados y aprovechaban la ocasión para improvisar nuevas estrofas y dejar escapar las mayores irreverencias y obscenidades.
Del clérigo excomulgado, cuyo cuerpo pendía ahora de un poste al borde de la muralla no se acordaba nadie.
Y así discurrió el gran banquete, ruidoso y desenfrenado hasta que llegó el turno de los zíngaros... Sonó una chirimía estridente, se retiraron los bufones y comediantes y apartando  los cortinones apareció la bella Samira rodeada de sus músicos con flautas y címbalos en las manos. Se acercó a la mesa de los reyes, hizo una profunda reverencia y se colocó en el centro del espacio abierto delante de las mesas, mientras los músicos se sentaban en el suelo al borde del círculo. Adoptó una postura recogida con los brazos extendidos hacia adelante y la cabeza inclinada hacia un lado y permaneció inmóvil como una estatua con su larga melena negra rozando el suelo, su cuerpo medio desnudo. Se hizo un profundo silencio. La expectación era inusitada y hasta los más glotones dejaron por un momento de masticar. Las grandes lámparas que iluminaban las mesas fueron apagadas y solo se mantuvo encendida la que proyectaba una luz cenital sobre la figura de Samira. Una suave melodía de la flauta fue creciendo como si viniera de lejos y el sonido de los címbalos fue creando un ritmo obsesivo que comenzó a agitar a la bailarina en casi imperceptibles convulsiones. Poco a poco el cuerpo se fue desenrollando como un falso nudo que se suelta de pronto sin sfuerzo, la flauta entonó un canción intensa y desgarrada y Samira comenzó la danza propiamente dicha con saltos, contorsiones, y ademanes totalmente eróticos, pues sus faldas de telas orientales del color del fuego tenían aperturas desde el suelo a la cintura. Tan pronto se lanzaba como una pantera de ojos encendidos hacia la mesa del obispo (que saltaba hacia atrás horrorizado), como se quedaba inmóvil de cintura hacia abajo mientras los brazos, las manos y los dedos seguían el ritmo de la música semejando las llamas de un fuego imaginario.
La audiencia contempló la exhibición con la boca abierta y la respiración cortada y al final de la danza, cuando Samira se dejó caer exhausta al suelo, prorrumpió en gritos y aplausos como nunca se habían oído en la corte. El rey mandó hacerle un sitio en la mesa —ella eligió sentarse a lado de Helene—, y él mismo le sirvió una copa de vino. Volvieron los bufones y los acróbatas, que se caían a la menor pirueta saturados de vino, y la fiesta siguió su curso final con frutas y licores dulces sobre la mesa, más ardiente y desenfrenada que antes..
Más tarde, cuando llegó la hora de los brindis y los invitados estaban ya borrachos, Samira se levantó y pidió silencio. Con voz profunda y un acento de idiomas milenarios, he aquí lo que dijo:
“Mi tribu procede de Hungría y todos los años recorremos el sur de Europa llevando nuestro campamento de un sitio para otro. Desde hace un mes estamos en Pamplona aguantado el invierno junto al río Arga. Hemos tenido una amistosa acogida con los vascones de la Navarrería, algo poco común para nuestra raza. Hace tres días me fijé en que colgaban a un hombre junto a la muralla próxima a nuestro campamento. Lo dejaron allí expuesto y pude verlo desde tan cerca que reconocí su rostro. No sabía su nombre, pero me acordaba perfectamente de él porque hace un año vivió con la tribu y durmió más de dos meses en mi carromato. Me interesé por la historia de aquel desgraciado y conseguí saber que se llamaba Simon de Folquet y me enteré de sus últimas hazañas.”
“En los relatos que escuché faltaba una etapa de su vida y siempre se acababa preguntando: ¿Cómo no murió ese fraile renegado por los flechazos de los soldados?... Ahora puedo contestar: Yo curé a Simon de Folquet y lo salvé de la muerte.”
Las palabras de Samira parecían en un principio de agradecimiento a los reyes y que solo interesaban a algunos nobles y canónigos que aprovechaban para desnudarla con los ojos, pero esta declaración despertó de pronto el interés de toda la audiencia.
“El año pasado estuvimos en Toulouse y montamos el campamento junto al río Garona. Un atardecer apareció entre los juncos de la orilla el cuerpo de un soldado moribundo, con dos saetas clavadas en la espalda. Lo recogimos y lo trasladamos a mi carro, donde mi madre, que es curandera, y yo lo estuvimos cuidando hasta que se recuperó. Su aspecto era realmente siniestro hasta cuando dormía, nos parecía diabólico e incluso llegamos a pensar que verdaderamente era un demonio porque no paraba de blasfemar e intentó violarme cuando recobró sus fuerzas. Nunca dijo su profesión ni su nombre. En las líneas de sus manos solo se veía la muerte. A las noches, en sus pesadillas febriles, repetía a menudo las mismas palabras: Helene y oro. Nunca pude  adivinar lo que significaban hasta ahora.”
Este relato impresionó fuertemente a los asistentes al banquete, pero no tanto como la belleza de la gitana, y muchos nobles, ansiosos de verla de cerca, se arremolinaron junto a ella con la mano presta... para pedirle la buenaventura.
En realidad, a nadie le interesaba ya la vida de Simon de Folquet, pero Helene y Eneko se alegraron de que quedase resuelto aquel enigma que les había intrigado y preocupado desde que sabían que estaba vivo.
Tampoco nadie se acordó de Catherine Villeneuve, como si fuese la única persona que había salido en defensa de Simon y la castigaran por ello. No era realmente así, porque bien sabía ella que el fraile era un criminal, que incluso estuvo a punto de matar al hijo legítimo de Gaston; pero durante el banquete estuvo distraída y no dejó de mirar al anillo de esmeralda que acariciaba en su dedo.
Terminó el festejo, los comensales se fueron retirando en pequeños grupos, volviendo a sus hogares eufóricos y satisfechos, con el estómago lleno y la cabeza flotando entre vapores placenteros, mientras en los límites de la Navarrería, allá donde la muralla se quiebra en ángulo recto, un cadáver colgado de la horca se bamboleaba con el viento, y los grajos dormían en el árbol cercano, esperando el amanecer, para seguir con su propio banquete. No habría tumba, ni cruz, ni epitafio para los restos del cruel inquisidor, como los de tantas víctimas que él había quemado en la hoguera...

¿Y las monedas de Béziers?...

Helene y Eneko volvieron a casa con los noventa y nueve escudos de San Luis. Con ellos se reconstruyó finalmente la torre de Mendata y quedó destinada al nuevo linaje que fundarían en un futuro no muy lejano Harri y Blanche, cuando él se cansase de guerrear y ella terminase sus estudios. La moneda que “faltaba”, ahora en poder de Blanche, se guardaría en el hueco del muro como símbolo de sus hazañas, recordadas innumerables veces junto al fuego, y las transmitirían a sus hijos.
Algún día, Blanche escribiría las Crónicas de Helene, la heroína de Mendata.