Sugerencias

Foto: Oscar Martínez

25 de mayo de 2017

El Grupo



Marianne von Werefkin. Vilnius (det.) 1914

EL GRUPO



01 - El despoblado

Todo empezó cuando quemaron el pueblo de un extremo a otro, a conciencia.
Los catorce vecinos autores de la salvajada —únicos ocupantes de la localidad—, contemplaron satisfechos desde una colina cercana cómo la pequeña población, ahora desalojada, ardía por los cuatro costados. Únicamente hubo un matrimonio anciano, de entre los catorce espectadores, que no pudo contener las lágrimas cuando la casita donde había vivido los últimos cincuenta años se despidió de ellos con un suspiro de chispas y humo al caer desplomada. El espectáculo, a la luz triste del ocaso, fue impresionante y al mismo tiempo terapéutico para las personas que lo contemplaban absortas, como si allí se quemasen todas las maldades y penurias sufridas a lo largo de sus vidas. Las casas de ladrillo y madera se fueron derrumbando una tras otra, entre llamaradas y explosiones, como hogueras de San Juan, y hasta la vieja iglesia de mampostería, sin ningún valor artístico, se vino abajo con estrépito, acompañada del último lamento de sus campanas.
Los pequeños trigales de los alrededores también fueron pasto de las llamas y los animales domésticos escaparon despavoridos. En pocas horas el pueblo quedó arrasado, convertido en brasas humeantes hasta que no quedó ni un trozo de madera sin arder. Solo se mantuvieron inalterables las gruesas piedras del antiguo torreón, que ya sabía de aquellos desmanes, y la fuente de tres caños que seguía manado agua, doble testimonio de que el pueblo no había llegado a tener agua corriente en las casas y de que la vida seguía su curso a pesar de los pesares. El grupo de la colina sacó las mantas, las provisiones y el vino que habían preparado y pasó allí la noche contemplando el grandioso espectáculo y brindando por su futuro
Al clarear, un madrugador aguacero descargó con fuerza sobre los restos ennegrecidos de la aldea, limpiando el hollín de los muros y arrastrando las cenizas en negros arroyuelos, de forma que quedaron las ruinas limpias de pecados y vacías de recuerdos. Exactamente igual que los corazones de sus hasta ahora pobladores, hombres y mujeres cubiertos por mantas compartidas, que contemplaban lo que había quedado de sus viviendas como los miembros de una tribu prehistórica viendo arder sus chozas entre el asombro y la aceptación. En ese momento, casi ritual, tomaron conciencia de que había nacido entre ellos un espíritu de grupo más fuerte que el de la mera vecindad y que su futuro dependía de que la unión y el coraje que habían demostrado al tomarse la justicia por su mano se mantuviesen en el futuro. Ya se habían entrenado en semejante actitud un mes antes, cuando echaron al cura del pueblo acusándole de acudir a la iglesia una vez al mes solo para poder cobrar su asignación, a sabiendas de que nadie iba a misa, de que no había bodas ni bautizos desde que la gente joven se fue a la ciudad y de que el ritmo de funerales era de uno cada cinco años dada la tradicional longevidad de los vecinos. Le habían amenazado con quemar la iglesia si volvía por allí.
El pequeño villorrio se había llamado durante los últimos cinco siglos Villapendones y a sus habitantes se les apodaba los “pendencieros” debido a lo rudo de su carácter, al fácil juego de palabras que gusta el pueblo para inventar apodos y gentilicios y a la dificultad de encontrar uno adecuado. Aunque algunos investigadores situaban la localidad sobre las ruinas de un poblado neandertal (al parecer otra sugerencia malintencionada acerca del carácter primitivo de los pendencieros), la fundación de la villa tuvo lugar en el siglo XV, cuando el rey Sancho X visitó la pequeña población cercana al río Ebro, mientras sus tropas descansaban tras la última escaramuza con el ejército del rey vecino. El recibimiento al soberano por parte de aquellos labriegos fue tan entusiasta, con todas las casas engalanadas de banderas, pendones y gallardetes, más el vino y los corderos asados que sacrificaron en su honor, que el rey Sancho —impresionado y agradecido—, les otorgó la carta fundacional con el título de villa y él mismo la bautizó como Villa de los Pendones, más tarde transformada en su nombre actual.
La ostentosa villa de entonces nunca llegó a tener más de doscientos habitantes y su posición estratégica en lo alto de un cerro, que la había encumbrado antes, sirvió, al acabarse las guerras, para que la ruina y la miseria se apoderasen de ella durante los siguientes siglos, hasta llegar a la situación lamentable que exhibía el día del incendio. Los grandes cultivos de viñedos que se extendían por las zonas llanas próximas al río habían contribuido a la escapada masiva de la población hacia aquellos pueblos prósperos y habían dejado a Villapendones alejada del progreso y destinada el olvido total de las instituciones.
En ese día señalado solo quedaban en el lugar estos catorce vecinos, que no eran tan mayores como para estar en una residencia de ancianos, ni tan jóvenes como para haberse marchado a vivir a la ciudad más próxima. Su edad oscilaba entre los sesenta y los ochenta años y disfrutaban de una salud excelente, propia de una zona rural de aire puro y alimentos sanos. Había entre ellos hombres y mujeres casados, viudos y solteros, pero ninguno tenía hijos ni allí ni en la ciudad. Sus oficios habían sido los tradicionales en pueblos similares, oficios que habían ido dejando de practicar, unos por la edad y otros por falta de trabajo, pues no quedaban en el pueblo ni compradores suficientes para sus productos ni empresas en las que prestar sus servicios. Ahora trabajaban para ellos mismos en lo que buenamente podían.
Los únicos que cobraban un sueldo eran el Alcalde pedáneo y su secretaria, que permanecían en activo. Luego estaban los jubilados, como el antiguo cartero, el mecánico, la maestra y el anterior contable de la oficina del alcalde que, junto a las dos viudas, eran los únicos que recibían una mísera pensión. Finalmente, a expensas de ese dinero que entraba en la localidad vivían los autónomos es decir, el carpintero, el panadero, el dueño del bar y su esposa, y las dos tenderas, casadas con el carpintero y el cartero, la una vendiendo pescado y carne de cerdo y conejo, y la otra leche y hortalizas que producían en unos cercados de las afueras.
En el pueblo no había —hasta que le echaron— más cura que el que acudía los domingos, porque el de siempre, el que vivía en el pueblo, había muerto hacía muchos años y no quedaban sacerdotes como para destinarlos a una población tan escasa y tan poco religiosa como la de Villapendones. En consecuencia, tampoco contaba la aldea con sacristán ni beatas que cuidaran de la iglesia ni, en general, liberales y gente de derechas, que también se acercan allá donde están los curas y el dinero.
Era pues, el de los catorce vecinos, un grupo variopinto de ciudadanos de sólidos principios morales con aromas izquierdistas y muchas reivindicaciones pendientes en su mochila, que ahora se había tomado la justicia por su mano. Más que en la venganza, el acto que acaban de protagonizar lo veían como una medida beneficiosa para el conjunto de la región, una forma drástica de regenerar las estructuras sociales y al mismo tiempo denunciar la indiferencia de la Administración ante el declive del mundo rural. En el incendio habían quedado destruidas otras casas además de las suyas, eso era cierto, pero estaban seguros de que, con las ayudas del gobierno, sus antiguos vecinos conseguirían otras nuevas en alguna barriada de la ciudad. En realidad, ellos (los catorce) eran los únicos sacrificados pues no pretendían conseguir ninguna vivienda nueva, sino marcharse del lugar para no volver. En ningún momento habían pensado en irse a vivir a la ciudad después del incendio y menos en quedarse a reconstruir el pueblo con la ayuda del gobierno.
Vista la total destrucción de la aldea —como si hubiese sufrido un bombardeo sistemático—, era evidente que la idea de darle fuego no fue fruto de un arrebato repentino de sus últimos habitantes, sino que estaba planificada de antemano. Desde hacía un año que las discusiones y reuniones preparatorias de los vecinos para llevarla a cabo habían sido intensas. Estaban todos conformes en que aquel villorrio de nombre tan estúpido y dotado de los mínimos recursos para vivir no merecía seguir figurando en el mapa. Todos los intentos de darle vida pidiendo ayuda al gobierno, como fueron la creación de una escuela como Dios manda, de un mercado, del asfaltado de las calles, de un depósito de agua potable con distribución a todas las casas, de un local social, de un campo de futbol, de alumbrado, saneamiento, etcétera, etcétera, habían sido sistemáticamente desoídos. Incluso la petición de un ordenador nuevo para el despacho del alcalde. Solamente había llegado dinero para poner tarima nueva y calefacción en la iglesia... y estaba siempre vacía. Esto y que el Banco hubiese negado un crédito para convertir la única tasca inmunda en una cafetería decente con pantalla de televisión grande para ver los partidos de fútbol, había colmado la paciencia de los catorce que resistían en el lugar. ¡Algo había que hacer y lo hicieron!
Fue, por tanto, muy sencillo llegar a un acuerdo en el tema del incendio. Solo había que prepararlo a conciencia, hasta el último detalle, para no caer en manos de la justicia, que seguramente no entendería sus motivos. Tendrían que hacerlo de forma que pareciera fortuito. Lo más difícil se presentó al discutir cómo organizar el futuro después del día D. Continuar juntos o marchar cada uno por su lado: esa era la cuestión. Durante meses se estuvo rumiando en público y en privado la conveniencia de tomar uno u otro camino. ¿A dónde iba a ir una persona mayor sin parientes y sin medios económicos? Al asilo, estaba claro. ¿Y qué iba a pasar si investigaban el incendio y acababan deteniéndoles? Acabarían en la cárcel, sin duda. A la gente le fue entrando el miedo en el cuerpo, tras las primeras reacciones de euforia, y empezó a pensar en las repercusiones de tal acción (últimamente la ley castigaba con dureza a los incendiarios) y en las ventajas e inconvenientes de permanecer unidos o enfrentarse solos a las consecuencias. La unión hace la fuerza, se repetían unos a otros. Y al final, quedó bien asentado en la mente de todos que seguirían en grupo, para lo bueno y para lo malo y, como en los matrimonios católicos, hasta que la muerte los separase. A partir de entonces todas las decisiones se tomarían en común.
La organización del grupo fue laboriosa y difícil. Una cosa era decir “vamos a vivir juntos” de ahora en adelante y otra muy distinta era tener una visión común de los problemas, nombrar un líder, manejar el dinero, repartir las tareas de cada uno, olvidarse de uno mismo en bien del grupo... todo eso había que pensarlo bien. De momento, no se trataba únicamente de pegar fuego al pueblo sin dejar huellas y marcharse. Debían, al mismo tiempo, asegurarse unos ingresos para el futuro y una unión suficientemente fuerte para evitar deserciones.
Para lo primero —quemar el pueblo— tomaron sus precauciones. Esperarían a un día en que el viento soplase en dirección a las tierras yermas de la zona sur, para evitar que las llamas se propagasen hacia los bosques del norte. Utilizarían manojos de ramas secas que primero prenderían con mecheros de gas. Una vez usados, guardarían los encendedores en una bolsa que al marchar tirarían en el contenedor de basuras de algún pueblo cercano. Los manojos arderían sin dejar rastro.
Para lo segundo hubo que llevar a cabo una labor meticulosa y paciente. Fue necesaria una concienciación extra de solidaridad y confianza mutua, trabajada a base de innumerables charlas, comidas y botellas de vino. Se fundó una Sociedad Limitada bajo el nombre de El Grupo S. L., con el capital social de los dos coches y una furgoneta que figuraban en propiedad de tres de los socios (el alcalde, el mecánico y una de las tenderas, la que vendía carne y pescado) y se abrió una cuenta bancaria a nombre de dicha sociedad a la que se derivaron todos los depósitos, gastos e ingresos de los catorce asociados, incluidas las pensiones de los jubilados. Mantenían separada la cuenta en la que se ingresaba el presupuesto anual para los gastos correspondientes del pueblo, que manejaba el alcalde. Fue el gesto más generoso y solidario del grupo pues, realmente, la mayoría de los miembros tenía muy poco que aportar. Pero, tal como lo habían comentado repetidamente, además de la suerte de escapar de una vida ruin y sin esperanza, el proyecto les ofrecía la posibilidad de convertirse en millonarios, si la idea del alcalde de solicitar una ayuda del gobierno, al declarar el incendio como daño catastrófico, salía adelante. Parte de esa ayuda entraría directamente en las arcas del Grupo y lo más probable es que nadie de la Administración subiese hasta el pueblo a verificar en qué se gastaba aquel dinero. En todo caso, el gobierno se preocuparía más en la reubicación de los otros vecinos en la nueva barriada de la ciudad próxima (vecinos que ya llevaban más de diez años viviendo allí) y que obtendrían una nueva vivienda sin comerlo ni beberlo. Nada que objetar por parte de los catorce pendencieros. “Que lo disfrutasen y que se olvidasen de Villapendones”. Si ese dinero llegaba a sus manos ya pensarían cómo dedicarlos a causas más nobles. Estas gestiones las llevaron a cabo con la mayor discreción el alcalde, su secretaria y el contable, que bajaron a la ciudad numerosas veces, hasta dejar las cosas arregladas a su gusto.
Según fueron avanzando los preparativos se vio la necesidad de tener un medio más cómodo y adecuado que los tres coches de que disponían, por lo que se decidió venderlos y comprar un autobús de tamaño medio donde poder llevar holgadamente sus equipajes e incluso dormir si fuese necesario. El mecánico, que había sido transportista, se encargó de este asunto y un día apareció en la aldea dando bocinazos a bordo de un autobús de treinta y seis plazas, de un color azul brillante dotado de aire acondicionado, váter y televisión, que no cabía por las estrechas calles del pueblo.
El asunto iba tomando aspectos tangibles y aquel regalo que les trajo el transportista dio entretenimiento a muchos de los socios que hasta el momento habían permanecido como meros discutidores del plan, porque de gestiones burocráticas no tenían ni idea. El mecánico, el tasquero y el carpintero se dedicaron a quitar las cuatro últimas filas de asientos del autobús y a montar un suelo cálido y elegante con las tarimas nuevas de la iglesia, construyendo a cada lado unos asientos con tapa donde guardarían sus pertenencias. Este espacio serviría para jugar a las cartas, como almacén y como dormitorio, si fuese necesario. Las mujeres recorrieron las casas vacías del pueblo, buscando lo que les podía servir en el futuro, que no era gran cosa, salvo algunas herramientas y utensilios de cocina, unas cuantas mantas y cojines de buena calidad y un arcón para las provisiones. Lo llevaron todo al autobús y no les quedó más que esperar a que llegase el día adecuado en el que el viento soplase en la dirección prevista.
Los últimos días transcurrieron con febril impaciencia. Los dedicaron a lavar la ropa que iban a llevar, preparar las bolsas de viaje y recorrer los rincones del pueblo recordando los tiempos felices de su infancia, cuando Villapendones era aún un paraíso para los niños. Había un ambiente de alegría y entusiasmo inusitados, como si les hubiese tocado la lotería y estuviesen preparando un viaje alrededor del mundo. No se vio en esos días viejos tristes sentados en un banco contemplando las hormigas, ni mujeres en el lavadero viendo indiferentes desbordarse el agua en los baldes, como antes ocurría. Todos estaban de acuerdo en que quedarse allí, en medio de aquella decadencia, era añadir un doble sufrimiento a la última etapa de sus vidas. El mañana les esperaba con los brazos abiertos.
No tardó en llegar un día nublado de aire primaveral en que la veleta de la iglesia se mantuvo constante toda la mañana, señalando el norte. Los vecinos consideraron que aquella brisa era la más apropiada para encender la gran hoguera. El mecánico llevó el autobús con todas sus cosas hasta el pie de la colina cercana. Luego, repartieron los mecheros de gas y se dirigieron al extremo norte del pueblo donde habían almacenado una montaña de arbustos resecos. Formaron una cadena humana para trasladar los manojos hasta el extremo sur y fueron dando fuego una por una a todas las construcciones, retirándose hacia el atrás según ardían y asegurándose de que todas las casas quedasen en llamas. Fue un trabajo duro que les llevó toda la tarde. En algunos puntos los incendiarios hacían un alto delante de sus propias casas, para llorar o maldecir a los demonios y a los recuerdos que escapaban de su muros, creyendo escuchar sus aullidos, que en realidad no eran más que los siniestros sonidos del incendio. La casa del alcalde, el bar del tasquero, las tiendas de carne y de frutas, la casita de la maestra, las dos casas con corrales y huertas detrás que suministraban leche, huevos y hortalizas al pueblo, la la tahona del panadero... así hasta las últimas moradas de los supervivientes que ahora abandonaban el poblado como si huyeran de la peste. Al terminar, echaron al fuego los arbustos restantes y se fueron lentamente hacia la colina sin dejar de mirar atrás, un poco asustados por el rugir de las llamas y el tronar de los derrumbes.
Al amanecer, los catorce pendencieros abandonaron la colina profundamente emocionados, como si hubieran asistido desde un palco al espectáculo de su propia obra, una tragedia griega escrita a lo largo de sus vidas. Una vez dentro del autobús, y antes de arrancar, el alcalde se puso de pie junto al conductor y pidió silencio:
“Bueno, ya está hecho y no hay marcha atrás. Ya hemos hablado lo suficiente durante los últimos meses para que alguien se eche atrás en el último momento. Pero, si lo hace, está a tiempo de dejar el Grupo”. Hizo una pausa como esperando ver algún arrepentido entre los oyentes, pero nadie se movió”.
“Bienvenidos a nuestra nueva casa. A partir de ahora, aunque nos alojemos en hoteles, en pensiones o en casas ajenas, este va a ser el lugar donde nos reuniremos y donde se tomarán las decisiones. Algunos de vosotros me han propuesto que sea el jefe del Grupo. Nada más lejos de mi intención. Habréis oído hablar de las tribus urbanas, de asociaciones de una y otra clase, religiosas, políticas o simplemente criminales. Todas ellas tienen unas reglas estrictas de obediencia, una ideología común, un líder al que siguen ciegamente. Pues nosotros seremos todo lo contrario. Aquí el único que va a mandar es el sentido común y el trabajo en equipo. Se discutirán todas las ideas y una vez llegado a un acuerdo actuaremos como una sola persona. Mi gestión terminará cuando vayamos a la ciudad demos parte a los bomberos y me vaya a ver al alcalde del municipio para informarle del incendio. Si me pregunta cómo no hemos dado la alarma antes le diré que los miserables tendidos de teléfono y luz del pueblo no funcionaban, y que posiblemente hayan sido estos la causa del incendio. Le haré ver la necesidad urgente de declararlo como daño catastrófico para conseguir del gobierno la ayuda correspondiente. A partir del momento en que salgamos de la ciudad todos seremos iguales y las decisiones se tomarán conjuntamente. Solo debemos tener en cuenta que nuestra meta es la supervivencia, el desarrollo de nuestras cualidades y si podemos ser útiles para alguien, mejor. Y no digo nada más. ¡Adelante y suerte a todos!”
—¡Viva el Grupo! —gritaron los demás.
 No había acertado el rey Don Sancho con el nombre que le puso al pueblo. Estaba escrito que aquella Villa de los Pendones desaparecería del mapa y solo se vería mencionada en la lista de despoblados de la región.

02 - El cura

El cura de Villapendones no se quedó muy contento después de ser expulsado por “aquellos bestias ateos del pueblo, de los que ya se vengaría en la primera oportunidad”. La mayor parte de sus ingresos le venían de lo que cobraba por atender a cuatro aldeas de la región que no tenían suficiente población ni categoría para disfrutar de parroquia propia, con su párroco correspondiente, y entre ellas estaba Villapendones. El cura acudía los domingos a las cuatro iglesias, desplazándose en su todoterreno negro de segunda mano, que se distinguía por el polvo de los caminos que lo cubría y por el rosario de gruesas cuentas de madera que colgaba del retrovisor. Él iba igualmente vestido siempre de negro, con un traje más que gastado y alzacuello amarillento por el uso, aunque en el maletero llevaba una sotana que le apretaba un poco y un sombrero de teja, de cuando era joven, con el fin de impresionar al párroco cuando iba a verlo para conseguir algún extra en su sueldo. También llevaba las ropas propias de su trabajo como la casulla, el alba, la estola y demás complementos. Iba preparado para oficiar allí donde se lo pidiesen, tanto para confesar como para celebrar misa, rezar el rosario o atender a un moribundo. En una maleta de cuero tenía, además del misal, una cajita con decenas de hostias sin consagrar así como el cáliz y la patena necesarios. Y, por supuesto, un par de botellas de vino de misa, que solía probar a cualquier hora para vigilar que no se estropease con tanto viaje. Se podía decir de él que era un cura freelance, es decir, un sacerdote moderno, a pesar de sus sesenta años cumplidos, y que buscaba dinero como podía para asegurarse una jubilación decente. Su trabajo le había costado llegar hasta allí, dada su modesta cuna y escasa formación, pero su gracia innata para adular a los superiores y su aire bonachón, fundamentado en su cuerpo regordete y su rostro rubicundo, le habían facilitado el tránsito por el duro camino del sacerdocio, aunque nunca consiguió llegar a tener su propia parroquia, lo cual era una de sus mayores frustraciones.
Aquel rechazo de los pendencieros le había llegado al alma y también al bolsillo pues era la cuarta parte de su salario, desaparecida de la noche a la mañana. Bien es verdad que tenía una serie de ingresos complementarios (capellán de dos conventos y una cárcel) y que sumados a los trienios que le correspondían, más algunos donativos (ya no se usaban los cepillos de limosnas, para su desgracia) hacían una cantidad respetable, considerando, además, que dormía y comía gratis en la casa parroquial de la ciudad. Pero aquella afrenta sufrida a manos de unos brutos ignorantes le había ofendido en su más profundo orgullo de ministro del Señor. Llevaba más de un mes desde que fuera “despedido” por aquellos sinvergüenzas y no había conseguido encontrar otra aldea perdida a la que prestar sus servicios. Eso era una situación grave para sus menguados ahorros. Fue entonces cuando tuvo la feliz idea de robarles a los de Villapendones algo valioso de su misma iglesia, que había sido la suya durante tantos años. En la sacristía no había nada de valor que no fuesen los distintos juegos de casullas, la ropa de los monaguillos y diferentes misales; y en el altar no quedaban más que el sagrario de latón, dos candelabros, velas y jarrones baratos. Pero en una hornacina de la pared del ábside estaba la imagen del patrón del pueblo que daba nombre a la iglesia: San Roque. Era una estatua de madera policromada (decían que del s. XVII) que debía tener cierto valor artístico y sobre todo un gran valor simbólico y sentimental para los habitantes del pueblo, ya que celebraban una romería muy popular cada dieciséis de agosto. Era el único día que los antiguos vecinos subían de la ciudad y dejaban algún dinero en las tiendas de Villapendones.
“Esto les tiene que joder un rato a esos pardillos”, se decía el clérigo, mientras pensaba cómo organizar el robo. Él tenía las llaves de la iglesia, pero lo que no podía era meterse con el coche hasta las escaleras, ya que sería como empezar a tocar las campanas para que se enterara todo el mundo. El San Roque —de metro y medio de alto— no pesaba mucho, pues lo llevaban en procesión el día de la romería hasta los monaguillos, pero no se imaginaba con él a cuestas a la noche por las callejuelas del pueblo. Si lo cogían aquellos brutos eran capaces de molerlo a palos sin ningún respeto.
Mientras tomaba su aperitivo en un bar de la Plaza Mayor de la ciudad, el antiguo cura de Villapendones cavilaba su venganza. No sabía qué iba a hacer luego con el santo, pero eso era lo de menos. Hablaría con el obispo (tenía unos cuántos temas para hablar con él, especialmente de tipo económico) y no le costaría mucho convencerle de que la estatua, de gran valor según él, debía estar en algún lugar de más prestigio y mejor cuidada, como la casa del obispado o el museo diocesano, en vez de en aquella localidad dejada de la mano de Dios. El problema era cómo sacarla de allí a la vista de los pendencieros. Finalmente se le ocurrió la idea. Se acercaría al pueblo a la hora de la siesta, dejaría el coche en las afueras y atraería a los catorce revolucionarios hasta el otro extremo de donde se encontraba la iglesia, pegando fuego a alguna casucha abandonada. Aprovecharía el momento de confusión en que los vecinos acudiesen a apagar el incendio para entrar en el templo y cargar con la estatua. La llevaría al coche, aunque tuviese que llevarla a rastras, y escaparía a cien por hora. Si por casualidad le cogían, podía decir que había visto el incendio desde el coche cuando pasaba carretera adelante y pensó en salvar la imagen sagrada de las llamas. Era un buen plan. Pidió otro vermú y se retrepó en la silla con las manos sobre la barriga. No era, desde luego, la imagen del sacerdote comprometido al servicio de los necesitados... “Tendré mis defectos”, pensaba, “pero por lo menos no soy de esos curas pederastas que meten mano a los niños de la parroquia”. “En vez de llevar la imagen al párroco podía venderla a algún anticuario”, siguió pensando, “pero eso creo que también es pecado grave, de simonía si no recuerdo mal”. De los de lujuria ni se acordaba; además, siempre le habían parecido pecados veniales.
No se lo pensó dos veces el clérigo de Villapendones para llevar a cabo sus planes. El mismo día en que los pendencieros abandonaban el lugar, salió después de comer hacia la antigua villa llevando en el todoterreno un bidón de gasolina y una caja de cerillas, y una gran manta para cubrir al santo. Por el camino se cruzó con un autobús azul reluciente que por poco le obliga a salirse de la sinuosa carretera que ascendía hacia el pueblo sorteando barrancos. No pudo reconocer a nadie por lo brusco de la maniobra y los brillos de los cristales, pero le pareció que le saludaban agitando las manos. “Turistas en ese inmundo pueblo. ¿Quién les habrá engañado?”, pensó. Llegó a lo alto del cerro a la hora prevista. Paró el coche. La quietud y el silencio eran totales. Ni un grito, ni un ladrido, ni siquiera el canto de un pájaro. No se veía un alma y ya de lejos le pareció algo distinta la aldea, como si no tuviese tejados rojos y las casas fuesen más negras. “En un mes no ha podido cambiar tanto”, se dijo, “a no ser que esos rufianes hayan puesto tejas de pizarra como en el norte”. De pronto se fijó en que no se veía la torre de la iglesia por ningún lado.
—¡Demonios! —exclamó en voz alta— ¿Qué ha pasado ahí? ¿Dónde está “mi iglesia”?
Se fue acercando lentamente hasta llegar a las primeras casas junto a la carretera. Bajó del coche y se quedó paralizado al contemplar las ruinas.
—No puede ser. Ha ardido el pueblo entero. Ha debido ser esta misma noche, todavía está echando humo.
Corrió hacia la iglesia temblándole las piernas y mirando de reojo a todas las esquinas temiendo encontrar a alguno de los pendencieros. Se le pasó por la cabeza la imagen del autobús. Podía ser que los bestias de los vecinos escapasen de las llamas como conejos, lo que no dejaba de alegrarle, pero también se los podía imaginar con teas en las manos pegando fuego a la iglesia, como habían prometido. Con el corazón afligido llegó a lo que quedaba del templo, donde tantas veces había rezado con una fe finalmente perdida. No le hizo falta la llave. Solo quedaban en pie partes de los muros. El tejado derrumbado cubría el suelo de la única nave, convertido en un revoltijo de tejas y maderos quemados, mojados por la lluvia. Dudó antes de entrar por miedo a que le cayese algún cascote encima. No podía creer que aquella iglesia rústica pero fuerte hubiese quedado tan destrozada. Allí estaban los restos de la torre y entre ellos las dos campanas que tantas veces había hecho sonar para llamar a misa. Pero, más que nada, lo que le tenía angustiado era la probable destrucción de la valiosa estatua de San Roque y la ruina de sus planes de venganza y enriquecimiento. Olía a quemado y a polvo de siglos. Le costó llegar hasta el altar, partido en dos por una gran viga ennegrecida. Saltando de un sitio a otro para esquivar los escombros todavía calientes, pisó un clavo escondido que le atravesó la suela, lo que le hizo soltar una maldición, mientras se apoyaba en el sagrario aplastado. Se quitó el zapato y el calcetín y vio un agujero sangrante más negro que el clavo oxidado y retorcido que acababa de pisar.
“¡Joder!, pensó, “me tendré que poner la antitetánica”.
Se apretó fuerte con los dedos alrededor de la herida para que sangrara y saliese el óxido, se amarró el calcetín como una venda y se puso de nuevo el zapato. Consiguió llegar hasta la pared del ábside. Milagrosamente la hornacina que servía de cobijo a la estatua la había salvado de un estropicio irremediable. Tanto San Roque como el perro que figuraba a sus pies parecían estar en buenas condiciones, salvo algunas manchas de hollín y de polvo. Pasó la mano por la pierna desnuda del santo para limpiarla y comprobar si lo colores se habían dañado con el calor y dio un salto para atrás, a punto de sufrir un infarto: la llaga en la rodilla con la que se acostumbra a representar la imagen del santo estaba sangrando...
“¡Milagro!, ¡milagro! ¡Oh, Dios mío!”, exclamó.
Cayó de rodillas y estaba a punto de arrepentirse y volver a creer en Dios y en todos los santos, cuando recordó que se había manchado las manos con la sangre del pie y no se las había secado, aturdido como estaba por la excitación del momento. Se sentó en el suelo y no paró de reír como un loco con sonoras carcajadas hasta que un trozo de viga quemada, agitado por las vibraciones, cayó a su lado y le hizo volver a la realidad. Permaneció sentado en un madero, pensando en su ridícula situación. “Hace falta ser idiota para meterse en estas aventuras” —hablaba consigo mismo—. “¿Crees que los pendencieros se van a enterar de que les han robado el santo? Seguro que no. Pensarán que se ha quemado. Aparte de que nunca sabrán que me la he llevado yo. ¡Menuda venganza que me he montado!... Por cierto, ¿dónde se habrán escondido?” (le pasó de nuevo por la cabeza la imagen del autobús y sus alegres viajeros)... “¿Serán los catorce del demonio los que me han saludado al cruzarse? ¿Habrán sido ellos los que han incendiado el pueblo? ¿Qué hago yo ahora?”
Siguió el cura sentado, considerando el asunto y pensando en los siguientes pasos que debía dar, mientras lanzaba miradas lúgubres a su pie agujereado y a la cara de San Roque. Parecía un madero más de las ruinas, negro como el carbón y con el rostro arrebolado como si fuera un tomate entre los escombros. Cuando las cosas se le ponían difíciles, su mente tortuosa acostumbraba a reaccionar con ideas casi siempre perversas pero, en el fondo, no dejaba de tener buenos sentimientos; posiblemente herencia de los cuentos lacrimosos que su madre le contaba de pequeño, o de las veces que había entonado, llorando de santa emoción, el Cantemos al amor de los amores cuando era seminarista. De momento no había resuelto el principal dilema: o vendía la imagen a algún anticuario para asegurarse un buen plan de pensiones o la entregaba al párroco en recuerdo de aquella devoción olvidada. También podía cortarla en trozos y venderlos como reliquias.
Miró a la estatua como disculpándose ante el santo por el sacrilegio que iba a cometer, y fue a por ella. La bajó de su pedestal, comprobando que pesaba más de lo que creía, y salió de la iglesia tropezando, cojeando y maldiciendo porque la estatua se le clavaba en el hombro, el perro le mordía en la espalda y le empezaba a doler la pierna. Paró a descansar en la fuente de los tres caños. Se descalzó de nuevo y se miró con dificultad la herida del pie con su feo color entre morado y negro. Lo primero que haría al volver a la ciudad sería acudir al Centro de Salud a que le viesen en urgencias. Contempló el pueblo todavía sin asimilar lo que había ocurrido y preguntándose qué diablos hacía él allí. El lugar parecía definitivamente abandonado y su aspecto era desolador. Una pareja de cigüeñas daba vueltas en el cielo intentando localizar el confortable nido de la torre donde criaban cada año. Nadie más iba a echar en falta aquel pueblo miserable, prácticamente desaparecido, y menos la imagen de San Roque. Se lavó bien las manos y la herida, limpió un poco la estatua derramando agua por encima, la secó con la manga y se la cargó de nuevo en el hombro. “Por lo menos he conseguido lo que quería”, pensó, al salir renqueando del pueblo. "¿Cuánto me podrán dar por ella? Aquí no la puedo vender. Tendré que llevarla a Madrid o a Toledo que está lleno de anticuarios". Ya dentro del coche, colocó la imagen en el portaequipajes y la tapó con la manta y las ropas de misa. Sin saber por qué se fue de Villapendones cantando unas letanías de santos que aprendió de monaguillo:
Líbranos de peste y males, Roque santo peregrino...

“Estamos en Cuaresma, son tiempos de penitencia. ¿Dónde habrán ido a parar esos catorce salvajes del pueblo a los que tan bien conocía? En el fondo”, pensó, “son unos pobres desgraciados. Debería rezar por ellos...”

Con el alma inquieta y la mala conciencia gruñendo en su interior, el antiguo cura de Villapendones, arrancó el todoterreno y bajó la sinuosa cuesta del cerro con mucha precaución, confiando en no cruzarse con nadie por aquellas carreteras inhóspitas. La carretera estaba mojada. De pronto, al salir de una curva cerrada, vio unas huellas de frenazo brusco y de patinazo sobre el asfalto y la barrera metálica protectora destrozada. Una columna de humo negro subía del barranco. Paró el coche en la cuneta y se asomó al borde del despeñadero. A más de cincuenta metros en el fondo del precipicio se encontraba el autobús azul con el que se había cruzado a la subida, destrozado, sin cristales, aplastado y todavía envuelto en llamas.

—¡Dios mío! —murmuró el cura—. Estarán todos muertos. ¿Serán los catorce del pueblo o habrán sido turistas?

Era imposible que alguien se hubiera salvado, pero intentó buscar un acceso para bajar por el cortado. No pudo hacerlo. Totalmente consternado, mirando a un lado y a otro cono esperando ayuda, el sacerdote cayó de rodillas y estuvo rezando por el alma de aquellos desgraciados, muertos quizá en un momento feliz de sus vidas. Luego, cogió la estola del coche, se la puso al cuello y acercándose al abismo recitó la fórmula de la confesión: Yo os absuelvo de vuestros pecados en nombre del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo, haciendo la señal de la cruz.

El cura de Villapendones permaneció largo rato al borde de la carretera en pleno choque emocional, sin saber qué hacer, profundamente afectado. Pero no perdió la consciencia de su situación, que era realmente dramática. Había sido expulsado de aquel lugar un mes antes. Llevaba en el coche una estatua robada en el pueblo que acababa de ser incendiado. Los últimos habitantes de la aldea estaban muertos en el fondo del barranco cercano al pueblo. ¿Cómo iba a explicar lo que hacía él en medio de aquel desastre? Y de repente recordó palideciendo el bidón de gasolina que llevaba en el portaequipajes. Hubo un momento en que estuvo a punto de arrojar la estatua de San Roque al vacío y desaparecer de la comarca, pero le faltó valor para hacerlo. Finalmente optó por volver a la ciudad y quedarse sin salir de la casa parroquial. Sin comer y casi sin dormir permaneció horas y horas pensando en lo que debía hacer.

Al día siguiente, cuando ya se había hecho público en la prensa y la televisión el incendio del pueblo y el terrible accidente que había costado la vida a un número indeterminado de sus vecinos, acudió al párroco y le contó cómo, al saber lo del incendio, fue corriendo a la iglesia a retirar la estatua del santo patrón del pueblo y que la tenía guardada en el coche para lo que quisiera disponer.

El párroco, sorprendido y admirado por aquella cualidad insospechada del clérigo vividor y pedigüeño que tan bien conocía, le felicitó efusivamente por su celo y su valor y le prometió hablar con el obispo para que le asignasen una parroquia en la provincia.

Transcurrió un mes en un suspiro para la mayoría de la gente de la ciudad, pero no así para el antiguo cura de Villapendones, al que se le hizo eterno el tiempo transcurrido en el hospital donde estuvo a punto de que le cortasen la pierna debido a la infección del pie. Estaba impaciente el veterano clérigo por volver a la actividad, porque ya había hecho cuentas de lo que vendría a cobrar hasta la jubilación en la nueva parroquia y la pensión que le correspondería. En buena hora había decidido entregar la estatua al obispo. De otra forma andaría por ahí buscando anticuarios corruptos para obtener un dinero que seguramente sería inferior. Su fama se había extendido por la comarca y en la pequeña localidad que le habían asignado como primer destino de párroco —un lugar tranquilo rodeado de extensas plantaciones de perales, aguas abajo del río Ebro—, le esperaban con los brazos abiertos. También lo echaban de menos los antiguos vecinos de Villapendones, sumamente agradecidos porque gracias al rescate de la estatua podrían celebrar la procesión de San Roque en la ciudad, sin tener que acudir a la montaña; y le habían prometido un puesto para dirigir la capilla que la Iglesia pensaba abrir en la nueva barriada. Seguramente conseguirían que la imagen del santo fuese entronizada con todos los honores en el nuevo lugar de culto, cosa que el antiguo cura imaginaba con horror pensando en la mirada acusadora que le lanzaría la imagen por haber pensado en venderla. De momento, le había dicho el párroco que la guardase él hasta que se construyese la capilla.

Cuando, finalmente, salió del hospital y se instaló en la casa parroquial del nuevo pueblo, lo primero que hizo fue celebrar una misa mayor con gran solemnidad en su nueva iglesia, el primer domingo tras su llegada: misa cantada, casulla verde, monaguillos de rojo y blanco, incienso y velas por doquier y un hermoso sermón para darse a conocer a los feligreses. Se sentía en la gloria. Le pareció que el Cielo le compensaba por todos los sufrimientos de su vida pasada. Al llegar el momento de las oraciones en las que el oficiante ruega al Señor por las almas de los difuntos, se acordó de los “pendencieros” de Villapendones que se habían despeñado por el barranco. Desde la cama del hospital había visto en la televisión el entierro de aquellos diez desgraciados que —según se decía— escapaban del incendio del pueblo, del que habían sido sus últimos habitantes. Al parecer los cuerpos estaban carbonizados y solo se pudo identificar a la mitad de ellos por las dentaduras. Fue la mayor desgracia ocurrida en la comarca desde tiempos de la guerra. Ver llegando al cementerio la larga fila de los ataúdes llevados a hombros por los antiguos convecinos había conmovido al cura profundamente y, aunque dos meses antes le habían echado del pueblo, rezó por ellos.


“¿Diez desgraciados?... ¿No eran catorce?”


03 - Los supervivientes

Un mes antes, el flamante autobús azul de los pendencieros parecía un tocadiscos de alegres melodías cuando bajaba la cuesta del pueblo con los de Villapendones dejando las ruinas del pueblo todavía calientes a pesar de la lluvia y entonando a voz en cuello canciones de la niñez. Todos estaban contentos y realmente parecían los niños de la escuela yendo de excursión. Incluso la maestra, para completar la escena, se encargaba de recordar las letras y dirigir el coro. Fue tal vez el momento más feliz de sus vidas.
Pero al mecánico que iba conduciendo le fallaron los reflejos en aquella curva maldita, la más cerrada del descenso. Tenía setenta y dos años, apenas había dormido a la noche contemplando la gran fogata del pueblo y había bebido demasiado celebrándolo. Para cuando se dio cuenta ya estaba el autobús derrapando y cayendo por el precipicio.
Fueron unos instantes en que el tiempo pareció detenerse, como queriendo volver atrás, las voces de los cantores enmudecieron bruscamente, y entre la sorpresa, la incomprensión y el pánico, los pendencieros aspiraron en el vacío su último aliento, sintiéndose caer en el profundo vértigo de la muerte. El autobús se estrelló con gran estrépito contra el primer peñasco saliente, saltaron al aire cristales, trozos de chapa y gritos desgarradores; y siguió cayendo, arrastrando árboles y piedras, girando y aplastándose hasta acabar en el fondo hecho un amasijo de hierros, ruedas, asientos y cuerpos.
De la zona del motor empezaron a salir llamas que pronto se extendieron por la tapicería de las butacas y la tarima del suelo, y, cuando alcanzaron el depósito de combustible, la explosión fue sobrecogedora. Media hora después todo había acabado. Las llamas se habían apagado y había vuelto el silencio. Una débil columna de humo negro se elevaba lentamente desde el fondo del barranco, entre el brillo de la chapa azulada del resto de la carrocería y el esqueleto de acero del autobús. Un atentado terrorista no lo hubiera hecho mejor.
Minutos más tarde el ex cura de Villapendones contemplaba horrorizado esta escena desde el borde de la carretera. Se le vio hacer la señal de la cruz y marchar cabizbajo hacia su coche. No podía hacer otra cosa por aquellos desgraciados.
Sin embargo, no todos murieron. Cuatro de los pendencieros habían salido despedidos cuando los primeros golpes reventaron los cristales y el autobús empezó a dar vueltas sobre los árboles de la ladera. El azar eligió a los que estaban en los asientos de la izquierda, junto a las ventanas. Uno tras otro cayeron entre el follaje como arrastrados por un vendaval. Afortunadamente, las ramas y arbustos amortiguaron su caída hasta llegar al suelo, conmocionados por los golpes y rasponazos, pero ilesos. Tardaron varios minutos en recuperarse, darse cuenta de lo ocurrido y juntarse los cuatro, mientras el autobús ardía fieramente entre crujidos y explosiones en el fondo del barranco. Lo primero que hicieron fue bajar corriendo hasta el autobús, para ayudar a sus compañeros y recuperar sus pertenencias, pero no pudieron ni acercarse. Las llamas se habían extendido en un diámetro de veinte metros a causa de la explosión y amenazaban con quemar el bosque que los rodeaba. De pronto se dieron cuenta de que estaban en un nuevo peligro, amenazados por el incendio y encajonados en el desfiladero. Retrocedieron cuesta arriba siguiendo el rastro de derrumbes y árboles rotos que el autobús había dejado al caer y mirando entre ramas y arbustos para localizar algún otro viajero que hubiera salido despedido como ellos. No encontraron a nadie. Enseguida vieron que no podían subir por las paredes verticales del tramo final del cortado y tuvieron que bajar de nuevo y escapar de las llamas siguiendo el curso del pequeño riachuelo que aparecía y desaparecía en el fondo del precipicio. Se movían como autómatas en plena confusión mental, sin poder pensar en otra cosa que en salvar sus vidas, sin saber a ciencia cierta quiénes se habían salvado y quiénes se estaban convirtiendo en cenizas. Cuando estuvieron lo suficientemente alejados de las llamas y alcanzaron el terreno llano, se pararon a descansar y pudieron mirarse a la cara y reconocerse: el alcalde, la maestra, el carpintero y la vendedora de pescado eran los únicos supervivientes.
Destrozados anímicamente, cada uno miró a los otros tres sin decir una palabra, intentando asimilar que de los catorce “pendencieros”, que durante un año habían compartido la esperanza y la ilusión de un futuro común, solo quedaban ellos cuatro. De pronto el Grupo se había convertido en una pequeña familia en la que, a partir de ahora, el carácter y la historia de cada uno adquiría mucha más importancia. Los cuatro eran de edades parecidas (próximos a los sesenta y cinco) y los cuatro estaban ahora sin pareja, pues la tendera y el carpintero acababan de perder a sus cónyuges en el siniestro. La maestra era viuda y el alcalde llevaba diez años divorciado. Los hijos hacía muchos años que vivían lejos. Sin quererlo, empezaron a observarse con nuevas miradas. Los cuatro supervivientes se conocían desde hacía muchos años, cuando cada uno vivía su vida con su familia y sus problemas cotidianos; con sus rencillas, envidias y maldades como las hay en los pueblos pequeños. Se habían ido conociendo más según fue aumentando la marcha a la ciudad de los jóvenes y los matrimonios con hijos pequeños. Y cuando tan solo quedaron los catorce incendiarios —elegidos por una especie de selección natural debida a su edad, su coraje y su orgullo—, la relación entre ellos había llegado a ser lo más parecido a una hermandad de justicieros. Y, sin embargo, ahora que necesitaban recomponer sus vidas, se veían como unos desconocidos... Era como si hubiesen llegado de otra región u otro país y se conociesen por primera vez.
¿Qué quedaba de aquello que habían planeado? Todo un año de reflexiones, propuestas y discusiones; confabulados para acabar con la existencia de un pueblo que de todas formas estaba condenado a morir por la indiferencia de las instituciones. Con su acción habían dejado sobre la mesa de los responsables del país el suicidio físico de un pueblo, la incómoda evidencia del despoblamiento de las zonas rurales, un alegato contra el abandono de tantas localidades remotas, sin más culpa que la de estar alejadas de las autopistas del progreso. Un acto que se podría llamar heroico si no se hubiese destruido con él su identidad y los recuerdos de tantos vecinos que antes que ellos habían emigrado de sus hogares. Ya durante la noche de despedida habían hablado de hacer lo mismo en otros despoblados de la región, dejando claro que no se trataba tan solo de una reivindicación particular de los habitantes de Villapendones, sino el cumplimiento de una misión acusadora frente a los poderes públicos. En el fondo, no lo consideraban como una actuación violenta de unos desalmados sino una denuncia pacifista, pues no causaban daño a nadie, salvo a los recuerdos de los que alguna vez visitasen sus ruinas.
¿Qué quedaba de todo aquello?
Pasaron las horas sin saber qué hacer. Por un momento dudaron en volver y contemplar por última vez los restos del autobús, pues parecía que las llamas se habían ido apagando con la lluvia, pero les faltó el valor y por otro lado pensaron que enseguida llegarían los primeros auxilios, bomberos y guardia civil, lo que les hizo alejarse de nuevo.
Dados por muertos, sin casa, sin pueblo y sin parientes; desconocidos fuera de los límites del municipio, la única relación con el mundo de lo que quedaba de “los pendencieros” era la cuenta a nombre de la sociedad El Grupo, de la que solo el banco conocía su existencia. Y, afortunadamente, mantenían en los bolsillos del pantalón la cartera con sus DNI y sus tarjetas.
Antes de pensar hacia qué lugar dirigirse (¿a dónde iban a ir llenos de golpes y heridas, con la ropa hecha jirones, sin coche, sin comida?), los cuatro supervivientes decidieron buscar un refugio y pararse a reflexionar seriamente en su situación. De momento, debían evitar que los localizasen y los interrogasen. Enseguida descubrirían los dos incendios, el del pueblo y el del autobús, y se relacionarían ambos siniestros. Teóricamente, ellos no existían, habían perecido en el accidente, y así pensaban mantenerse.
El tiempo estaba lluvioso y gris. Se limpiaron las heridas en el arroyuelo y echaron a andar campo a través, bajo el peso de la tristeza y la incertidumbre. Encontraron un cobertizo de madera abandonado, de los que usan los labradores y los vagabundos, y se tumbaron en el suelo, sin hablar, esperando que la noche, la oscuridad y el silencio adormecieran sus sentimientos. En la lejanía se oyeron las sirenas de las ambulancias y los equipos de rescate. Unos perros siguieron ladrando hasta bien entrada la noche. Luego, solo quedó el sonido monótono de la lluvia sobre la cubierta de hojalata.


04 – Agua pasada

No pudiendo dormir y sin querer hablar para no atormentarse con la realidad que acababan de vivir, los cuatro supervivientes de la catástrofe se dedicaron a rellenar las horas inquietas de la noche repasando vivencias pasadas con quienes en esos momentos se tumbaban junto a ellos. Amistades y enemistades, experiencias y recuerdos daban forma al azaroso entrelazado de sus vidas en común, en el pueblo que acababan de destruir, cobrando ahora un significado que días antes no tenían. A retazos, como en el fluir de las ondas magnéticas en el espacio, aquellos detalles, impresiones, afectos y desafectos pasaban de forma misteriosa e inconsciente de una mente a otra, creando una especie de sentimiento de unión entre ellos y alimentando su mutua empatía.
El alcalde era un hombre simpático, jovial y hablador, elegido por la asamblea de vecinos como alcalde pedáneo de Villapendones años atrás y que cada cuatro lo volvían a elegir, no solo por su buen carácter sino porque había estado de concejal en el ayuntamiento del municipio representando al partido socialista. Había estudiado para veterinario pero nunca llegó a ejercer oficialmente pues hasta el ganado habían emigrado del pueblo con sus dueños, Su don de gentes y su educación prácticamente le obligaron a dedicarse a la política, cuidando en los ratos libres de las cuatro vacas y los gatos y perros de la localidad. Su mujer, a la que había conocido en la universidad, no había aguantado en Villapendones ni tres años, horrorizada con aquel mundo de comunistas maleducados, como ella decía, y se había divorciado marchando con el hijo a la capital y posteriormente el hijo había ido a trabajar al extranjero.
En general, el alcalde se llevaba bien con los vecinos, sobre todo con los otros trece confabulados del Grupo, con los que había mantenido más estrecha relación en los últimos años y a los que conocía perfectamente. Ahora que solo quedaban los cuatro, se alegraba de que entre ellos estuviese la maestra a la que admiraba y con la que mantenía una relación más cercana que con los demás. Con el carpintero acostumbraba a discutir ferozmente de política. Mientras el alcalde era partidario del diálogo con las instituciones, el carpintero era un hombre de acción y resolutivo. Había sido clave en las discusiones del último año. Si alguna vez se habían enfadado se debió a que la mujer del carpintero se había empeñado en poner puestos de fruta y verduras en la acera, fuera de la tienda, y el alcalde se los había prohibido. Esto no impedía que muchas tardes se juntasen con otros vecinos en la tasca del pueblo para tomar unos vinos y jugar a las cartas.
A la maestra, el alcalde le parecía un hombre muy agradable y servicial, que había hecho todo lo posible para que el Ministerio no cerrase la escuela cuando se quedó casi vacía por falta de alumnos. Incluso había conseguido que le ofrecieran otra plaza en un pueblo cercano, pero ella prefirió jubilarse pues no tenía coche ni quería marcharse de Villapendones, a pesar de que había nacido en Cuenca. Ya antes, cuando ella se quedó viuda, la había ayudado a organizar los papeles necesarios y desde entonces creció entre ellos una buena amistad y nadie del pueblo se habría extrañado si esa relación hubiese acababa en matrimonio. Pero ella era muy suya, de carácter fuerte y en cierto sentido mandona, como buena maestra. Delgada, menuda, con el pelo gris y ojos risueños, los rasgos de su cara y el gesto de su boca reflejaban la dureza con que la vida la había tratado. También sus dos hijos habían marchado lejos a trabajar, habían formado sus propias familias y no habían vuelto a pisar Villapendones. Estaba acostumbrada a vivir sola. Con la formación del Grupo de los catorce todo había cambiado y se había vuelto más comunicativa. Tanto al carpintero como a la vendedora de pescado la maestra apenas los había tratado, salvo en las pequeñas chapuzas y en las compras del día, pues nunca habían tenido niños en la escuela. La opinión que tenía formada de ellos era que se trataba de buenas personas pero los consideraba bastantes rudos e ignorantes.
El carpintero parecía construido de una pieza con el tronco de un tejo. De piel tostada y arrugada, todo él era cuadrado y fibroso. Este sí era comunista y bruto, haciendo honor al apodo de pendenciero. Era una persona fuerte, de carácter un tanto brusco pero digno de confianza. Tenía también atisbos de buen corazón, reservado para los muy íntimos, pero, por lo general, era gruñón y sacafaltas. Para él la menor de las injusticias era la peor de las ofensas. Estaba casado, sin hijos, con la tendera de productos de la huerta que ellos cultivaban, y había tenido sus más y sus menos con la vendedora de pescado y su marido a cuenta de algunos alimentos que vendían ambos y de los precios que ponían. Ahora, los dos —carpintero y vendedora— habían quedado viudos. Con el alcalde se llevaba bien, aunque no dejaba de criticar su conformismo ante la mínima respuesta de la Administración a los problemas del pueblo. De hecho, había sido el principal impulsor de la idea de quemarlo en señal de protesta por el abandono que sufrían las zonas rurales y el que propuso echar del pueblo al cura. A la maestra le tenía bastante respeto por su cultura y porque se había dado cuenta de que no se asustaba así como así de sus palabrotas y malos modales y lo saludaba amablemente.
La que se llevaba la palma en el mal hablar era la vendedora de pescado. No había nacido en el pueblo sino en un puerto del Cantábrico, de donde le venía el oficio, su descaro y su mala lengua. Se había casado con el mecánico —ahora fallecido en el accidente—cuando este trabajaba de transportista en un camión frigorífico que traía el pescado desde la costa al mercado de la ciudad. Más tarde compraron su propia furgoneta y montaron el negocio en Villapendones, de donde era el marido. Hicieron dinero. Era una mujerona con cierto sobrepeso, de formas exuberantes, pelo rizado teñido de rubio, cara sonrosada y ojillos azules. Solía llevar los labios pintados y casi siempre iba vestida con vistosas blusas de amplio escote y vaqueros ajustados. Al alcalde no le podía ni ver a causa de las multas que la había puesto por dejar la furgoneta junto a la tienda interrumpiendo el tráfico y por arrojar a la calle los baldes de la limpieza del pescado. Últimamente, a raíz de las numerosas reuniones de los catorce, en las que su marido había participado activamente, las relaciones había mejorado y, de hecho, la mayor contribución económica a los fondos del Grupo habían salido de su negocio, incluida la furgoneta. Al carpintero lo trataba de tú a tú sin complejos y a la maestra, con más humildad y atención por su cultura, por todo lo que había sufrido y porque era la que le compraba los pescados más caros y delicados.

Poco a poco, bajo las goteras de la cabaña donde se refugiaban, sumergidos en ese sentimiento casi familiar que se estaba formando entre ellos, los cuatro supervivientes fueron borrando de su mente los detalles, juicios y valoraciones de su vida anterior, tal vez pensando que aquello no servía ahora para nada, y que lo más sensato era olvidarse de todo y comenzar una nueva etapa de su vida. Aquello era agua pasada. Todavía les quedaba un largo período en el que recoger los frutos sembrados. Al final, cerca ya del amanecer, se fueron durmiendo con la mente en blanco y el corazón en paz.
Despertaron con los rayos del sol, las sirenas de las ambulancias a lo lejos y de nuevo el ladrido de los perros alterados. El aspecto que tenían los cuatro era deprimente; con la ropa sucia y rota, la piel llena de rasponazos y manchas de sangre, el cabello desgreñado y los rostros patibularios.
—¡Qué pintas debemos tener! —dijo la vendedora puesta en pie, ordenándose los pechos con ambas manos y alisando la blusa. ¿A dónde demonios vamos a ir ahora?
—De momento a la ciudad y sin correr —contestó el carpintero, estirándose como un gato y rascándose la cabeza—. Hay que sacar cuanto antes el dinero del banco, no vaya a ser que nos bloqueen la cuenta. ¿No es así, alcalde?
—Así es, aunque por ahora yo creo que está bien seguro. ¿A quién se le va a ocurrir mirar los nombres de la sociedad El Grupo? De todas formas sacaremos una buena cantidad hoy mismo porque tenemos que comprar ropa nueva y un vehículo para movernos libremente.
—Lo primero, vestirnos decentemente y comer —dijo la maestra, como dictando los deberes—. Y luego, hablar. Hay que pensar bien qué vamos a hacer en el futuro.
—De acuerdo —concedió la tendera—, lo hablaremos en la comida. Pero aquí no manda nadie ¿eh?—, no se sabe si dirigiéndose a la maestra o en general.
—En eso quedamos —dijo el carpintero echando a andar. ¡Vámonos!

05 – Del campo a la ciudad

Los pendencieros tardaron cinco horas en llegar a la ciudad atravesando los fértiles campos de la región. Extensos cultivos de pimientos, remolachas, olivares y viñedos, que, a la postre, venían a ser los verdaderos culpables de que los habitantes de Villapendones se fueran del pueblo. Eran el reclamo que ofrecía el progreso: mejores condiciones de vida, oportunidades de trabajo y acceso a los servicios de una ciudad próspera. Fueron esquivando carreteras y caminos, perros y labriegos, bajo un sol de justicia, y cuando alcanzaron las primeras casas de la ciudad estaban y muertos de hambre y completamente exhaustos, en especial la vendedora de pescado que resoplaba como una máquina de vapor. Buscaron un hostal en las afueras, para evitar encuentros con antiguos vecinos, y no salieron a la calle hasta recuperarse con una buena ducha y un largo descanso.
Una vez instalados lo primero que hicieron fue acudir a un cajero de su banco y sacar veinte mil euros que repartieron entre los cuatro. Les quedaba un saldo de cincuenta mil, que era toda su fortuna —y sin visos de aumentarla, porque los únicos ingresos que entraban en la cuenta del Grupo, a saber, el sueldo del alcalde y la pensión de la maestra, estaban a punto de desaparecer en cuanto les diesen oficialmente por muertos—. En la otra cuenta que manejaba el alcalde, donde el Ayuntamiento ingresaba anualmente el presupuesto de la pedanía, quedaba poca cosa, pero la dejaron abierta por si, con un golpe de suerte y la acostumbrada negligencia burocrática, les seguían desembolsando las sucesivas asignaciones del presupuesto.
A continuación se metieron en unos grandes almacenes y compraron todo lo necesario para vivir decentemente, incluida la ropa y el calzado totalmente negros porque estaban de luto y habían decidido vestir así en el futuro. Regresaron al hostal con cuatro enormes bolsas y, cuando volvieron a salir vestidos con sus nuevas ropas y con gafas negras, la chica de la recepción sufrió un susto de muerte pues parecían empleados de la funeraria. Y así como la maestra y el alcalde se veían más elegantes con las negras vestimentas, el carpintero y la tendera podían pasar como matones de la mafia siciliana.
Pasearon por el pueblo a sabiendas de que no los iba a reconocer nadie y tomaron un par de vinos por la zona de bares. No se hablaba de otra cosa en la barra de las tabernas. El incendio de Villapendones y la muerte de sus últimos habitantes habían conmocionado a la población. Se oían comentarios de todo tipo para explicar la tragedia. En el noticiario de las nueve los cuatro pendencieros pudieron contemplar el rescate de los cuerpos calcinados y los restos del autobús por parte de los bomberos y el helicóptero de la Guardia Civil, a base de escalas y enormes grúas, que había sido grabado en directo. El reportaje era impactante y sobrecogedor, sobre todo para los cuatro supervivientes que se quedaron pálidos observando el macabro espectáculo que transmitían las cámaras, con los morbosos detalles de los reporteros. Por el asiento que ocupaban en el autobús algunos de los cadáveres que se veían en las tomas, pudieron incluso adivinar a quiénes de sus compañeros correspondían. Fueron unos momentos dramáticos en los que la maestra estuvo a punto de desmayarse y los otros tres contuvieron a duras penas las lágrimas.
Habló el alcalde de la ciudad, luego el jefe de bomberos y finalmente el portavoz de la Guardia Civil. Confirmaron que el autobús había patinado en una curva debido a la lluvia y que no había habido supervivientes. Era difícil saber con certeza el número de víctimas y más aún identificarlas. Se vieron, también, algunas tomas de Villapendones incendiado la noche anterior con restos humeantes por los rincones. Se barajaban varias hipótesis para explicar la posible relación de ambos siniestros, sin descartarse que el incendio hubiese sido intencionado porque, según informaron los bomberos, el fuego se había originado en varios puntos distintos y la iglesia había empezado a arder desde dentro. La gente se preguntaba si el cura que regía esa iglesia sería una de las víctimas pues no se le había podido localizar por ningún lado.
Lo que pudieron ver los pendencieros de las ruinas del pueblo en la televisión, la vista desangelada y triste de Villapendones bajo la lluvia, no tenía nada que ver con el fantástico espectáculo que habían presenciado desde la colina. Aquella visión de sus casas en llamas y los sonidos y olores del fatal accidente, se les quedaron profundamente grabados en el alma y no los olvidarían nunca. Salieron del bar con las cabezas bajas, como podrían salir del camposanto los parientes cercanos después del entierro. En realidad eso es lo que eran: ni empleados de la funeraria ni mafiosos sicilianos. Eran los amigos más allegados de los difuntos.
Recorrieron la calle en silencio hasta que dieron con un restaurante. A pesar de toda su angustia tenían que cenar y, como pedía la maestra, hablar por fin seriamente de su situación. En aquella cena, que comieron con apetito, fueron planificando su futuro.
Desde el primer momento, los pendencieros descartaron presentarse a las autoridades pues, andando la Guardia Civil investigando, era como comprar entradas para ir a la cárcel. También desde el principio decidieron seguir juntos pasase lo que pasase. Ahora más que nunca tenían que permanecer unidos. Marcharían de la ciudad cuanto antes para evitar que algún antiguo vecino les pudiese reconocer —entre ellos el cura desaparecido— y se trasladarían en tren hasta algún pueblo importante de otra Comunidad, con el fin de poner por medio otra tierra y otras leyes. Allí comprarían un coche de segunda mano, a poder ser un todo terreno para recorrer los pueblos aislados, un ordenador portátil, una cámara fotográfica y cuatro móviles. Estudiarían la existencia de pueblos abandonados de La Rioja, Aragón y Navarra, que imaginaban numerosa, y a partir de ahí comenzarían a escribir la verdadera historia del Grupo. La idea era ir incendiando uno a uno aquellos villorrios olvidados y desaparecer. No dudaban que se acabaría descubriendo que el incendio de Villapendones había sido intencionado, pero lo que nunca se sabría es que los incendiarios habían sido sus últimos habitantes, muertos en el accidente, y si lo sospechaban jamás encontrarían prueba alguna, y si las encontraban, nadie podría saber que cuatro de ellos habían sobrevivido. Lo que sí tomarían nota la autoridades es que algunos radicales habían decidido denunciar ante la opinión pública, y de una forma drástica de alcance nacional e incluso internacional, el abandono interesado y planificado de los pueblos de difícil acceso y duras condiciones de vida.

Estaban cansados. Aquella noche durmieron los cuatro inquietos y sobresaltados, cada uno con sus propias heridas físicas y en el alma. Su único alivio era el Grupo, pequeño en número pero enorme en su necesidad de apoyo mutuo.
Al día siguiente abandonaron el hostal, bajo la mirada de alivio de la joven de recepción,  y fueron a desayunar a una cafetería cercana. El alcalde propuso comprar más ropa porque pensaba que ir de negro los cuatro juntos llamaba mucho la atención, sobre todo cuando anduviesen como cuervos en el paisaje por aquellos despoblados perdidos. Cambiarían de aspecto según la circunstancias y para ello se harían con diversas ropas de recambio, como de turistas, de aldeanos, deportistas, incluso de religiosos (comprarían alzacuellos para los dos hombres y cofias para ellas) y andarían muchas veces separados por parejas. Cuando estuviesen lejos de allí decidirían donde instalar el centro de operaciones. Se repartieron el trabajo: los hombres fueron a comprar los equipos electrónicos y las mujeres la ropa y grandes bolsas de viaje. Luego cogieron un taxi para ir a la estación y dos horas más tarde ya estaban recorriendo la ribera del Ebro en un tren de cercanías con dirección al sur de Navarra.
Los pendencieros no dedicaron ni una sola mirada al paisaje, en el que se alternaban los cultivos de remolachas y alcachofas sobre una tierra enrojecida por las lluvias recientes. Sus ojos seguían con avidez las noticias del periódico comprado por el alcalde en la estación. El incendio de Villapendones y la muerte en accidente de sus últimos habitantes llenaban las primeras páginas. Fotos impresionantes, declaraciones lacrimosas y huecas de las autoridades y un editorial en el que tímidamente se lamentaba del olvido en que se había dejado a algunos pueblos de la región. En una columna de la segunda página se veía una fotografía del cura de Villapendones con una estatua de San Roque en el portaequipajes del todoterreno, apoyado en una muleta y con un pie aparatosamente vendado. El titular rezaba: Heróico rescate de una valiosa escultura, y en el texto se describía cómo D. Inocencio Cascante, el sacerdote que hasta un mes antes atendía a la feligresía de Villapendones —labor que tuvo que abandonar por su excesivo trabajo—, había acudido presuroso a su antiguo pueblo con las primeras noticias del incendio. Con riesgo de su vida —unos cascotes desprendidos le cayeron encima aplastándole el pie—, había conseguido rescatar de las llamas la imagen de madera policromada de San Roque, de gran valor artístico y religioso pues era el patrón del pueblo. Ese mismo día fue ingresado en el hospital para curar de sus heridas.
—Será hijo de puta—exclamó el carpintero—. Excesivo trabajo, dice. ¿No recordáis que le vimos subir en su todoterreno? ¿Cómo sabía que el pueblo se había incendiado?
—No lo podía saber —contestó el alcalde—. Se enteró cuando subió al pueblo seguramente con la intención de coger la imagen.

—¿Por qué se le ocurriría robar el santo? Se arriesgaba a que lo descubriesen.
—En venganza porque le echamos del pueblo —apuntó la maestra—. Ha tenido la suerte de encontrárselo incendiado y ahora aparece como el salvador de la imagen.
—Sí, pero ya no puede venderla.
—Me pregunto cómo se nos pasó a nosotros atrapar ese botín—dijo el carpintero—. Nadie se hubiese enterado

—¿Acaso sabías que existía? —pregunto irónicamente la maestra.
—¡Hombre! Todos hemos visto el San Roque en las procesiones de agosto.
—Me gustaría tener una charla con él —dijo la tendera.
Llegaron a Tudela al mediodía. La tendera ya venía con la idea de llamar a la casa parroquial de la ciudad que habían dejado. Pidió el número al alcalde y desde un teléfono público habló con el ayudante del párroco. Le explicó que formaba parte de una comisión de antiguos vecinos del pueblo que estaban organizando la romería de San Roque con la intención de celebrarla este año en la ciudad. Querían saber dónde se encontraba la imagen para estudiar el recorrido de la procesión. Le contestaron que la tenía el cura y que la guardaba en depósito hasta que se construyese la capilla en honor del Santo. Nadie había pensado en la romería.
—¿No te digo yo? —exclamó el carpintero— Ese sinvergüenza quiere sacar dinero de alguna manera. Lo primero que tendríamos que hacer es apoderarnos de la estatua. En realidad es nuestra. Durante siglos ha pertenecido al pueblo. ¿Quiénes hemos sido sus últimos habitantes? Nosotros. Por lo tanto es nuestra.
—Totalmente de acuerdo —dijo la tendera.

—Tienes razón —dijo el alcalde—. Lo difícil va a ser recuperarla. No podemos aparecer por la ciudad así como así y además él está ahora en el hospital... Quién sabe dónde la tiene guardada. Alguien tendría que ir al hospital para sonsacarle algo, aunque sea disfrazado de cura. Él quizá pueda saber que cuatro pendencieros estamos vivos, si hace la cuenta de víctimas y vecinos, pero no sabe quiénes somos ni dónde estamos.

—O haciéndose pasar por anticuario —propuso la maestra—, con barbas y gafas.
—Buena idea. Creo que yo lo haría bien —dijo el carpintero.
—No, a ti es al que más conoce por las peleas en el bar.
—Entonces la maestra, disfrazada de monja.
—Ya lo discutiremos luego.
Cogieron un taxi y se fueron, por indicación del taxista, al hotel Remigio situado en el centro que tenía conexión gratis a Internet. Se registraron en dos habitaciones dobles, recorrieron el establecimiento y eligieron una salita discreta con televisión como centro de operaciones. Luego fueron a comer a Casa Julián, que según el taxista era el mejor de la ciudad: ¡qué menos que celebrar con una buena comida el maravilloso hecho de estar vivos después de caer por un precipicio!
Bebieron copiosamente los famosos vinos de la tierra, comieron menestra de verduras y cordero, y aquella celebración dejó constancia de la fuerte amistad, casi familiar, que se había establecido entre ellos. Los oficios que tuvieron en Villapendones quedaron en el olvido y sus nombres propios pasaron a primer plano. Se llamaban Jacinto, Lucía, Felisa y Pablo, nombres que correspondían al carpintero, a la maestra, a la tendera y al alcalde. Cuatro jubilados que dejaban atrás un triste pasado y que se habían propuesto cumplir una misión peligrosa y alocada.
No obstante, algo había cambiado en el planteamiento de la misión en la mente del Grupo. Durante el último año se había discutido, razonado y discrepado sobre los múltiples enfoques y razones que les condujeron a la quema de Villapendones. Enfoques de frustración, de impotencia, de injusticia, de abandono y de desprecio, que les hicieron reaccionar con violencia. Se sintieron encolerizados, solidarios, justicieros e implacables. Y lo demostraron con su acción por la tremenda. Ahora el enemigo había reaccionado con dureza. Ya no era una denuncia sino una batalla, y los diez muertos en el autobús eran las primeras bajas. A los sentimientos anteriores se sumó el de la venganza. No, los pendencieros supervivientes no habían olvidado a sus compañeros.

06 – Sacerdos in aeternum

Prácticamente todos los antiguos habitantes de Villapendones se habían ido instalando en la ciudad cercana con sus familias en las últimas décadas. Y como muchos de ellos habían cambiado posteriormente de residencia o se habían ido al extranjero, nadie de la ciudad sabía con certeza cuántos vecinos habían quedado en el pueblo ni quiénes eran. Excepto D. Inocencio Cascante, el cura. En realidad, a los que se fueron ni les interesaba saberlo porque no les quedaban parientes allí y cuando subían en agosto a la romería de San Roque solo veían de pasada la iglesia, la taberna y las dos tiendas de comestibles.
En cambio D. Inocencio había acudido a Villapendones todos los domingos hasta el último mes para celebrar una rápida misa de un cuarto de hora sin monaguillo ni feligreses es decir, con el único fin de cumplir con el expediente y cobrar la asignación que le pasaba el párroco. Luego solía tomar un vermú en el bar para dejar constancia de su visita (“solo le falta pedir un recibo”, dijo una vez el contable) y compraba una barra de pan, que lo hacía bien bueno el panadero del pueblo. Hasta que llegó el aciago día en que los catorce rebeldes se plantaron en la puerta de la iglesia a la salida de misa y le dijeron que se fuera a robar a otro sitio y que si volvía por allí le quemarían la iglesia. En ese momento el cura se puso rojo como si se hubiera atragantado con una guindilla de la tierra y cogió aire para empezar a soltar anatemas y maldiciones pero, cuando vio de cerca las caras de los pendencieros, en especial la del carpintero —el tipo bestia con el que se solía enzarzar en violentas discusiones en el bar— salió disparado del pueblo. Fue un golpe bajo que no se esperaba, después de tantos años de coexistencia pacífica, y a raíz del cual se le envenenó la sangre con nefastas consecuencias.
Era, por tanto, el cura el único que sabía quiénes eran los catorce descreídos que resistían allí aferrados a sus raíces. Cuando vio por la tele los diez féretros en el solemne entierro y se confirmó que no se habían encontrado más víctimas, supo que había cuatro que se habían salvado de forma inverosímil o que no habían subido al autobús. “¿Dónde estarán?”, se preguntaba el clérigo. “En el pueblo no se han quedado porque los hubiese visto. Pero, ¿por qué no han acudido al entierro de sus compañeros? ¿Habrán sido ellos los que han quemado sus propias casas?” Un cosquilleo en la nuca le decía que ahora andaban por ahí buscando venganza. “Por la prensa se habrán enterado que me he llevado la imagen del patrón”.
“Hum”, murmuró D. Inocencio, empezando a preocuparse. “Lo primero que pensarán es que la guardo yo para venderla. Cierto es que todavía está en el coche, mientras el obispo no decida qué hacer con ella o construyan la capilla, lo que seguramente va para largo. Me gustaría saber quiénes son esos cuatro pendencieros del demonio. Ahora que estoy bien instalado, no quisiera que esos desalmados me amargasen la existencia. Algo me dice que el carpintero está entre ellos”.
Siguiendo con sus buenas costumbres, el buen cura tomaba el sol en la terraza del pequeño café de su nuevo pueblo, con su platillo de aceitunas y el vermú al alcance de la mano, mientras saludaba con amabilidad a los numerosos feligreses que le daban los buenos días con serviles inclinaciones de cabeza.
“¡Menuda parroquia me ha caído!”, se decía. “Si los de antes eran comunistas estos parecen del Opus. Y mira que es feo y triste este pueblo. Solo saben trabajar y las que no trabajan están en la iglesia todo el día: rosarios, novenas misas de salida, ensayos del coro de beatas... ¡qué agobio! Tendré que pedir horas extras... Me da que no voy a durar mucho tiempo en este santo villorrio. Además está demasiado cerca de Villapendones para cosa buena. Me gustaría ir a la Ribera Navarra. De allí me viene el apellido y son gente brava”.
Después de un largo trago al vermú (era el tercero), siguió con sus reflexiones:
“La verdad es que aquellos pendencieros no me caían mal, a pesar de lo brutos que eran. Si no fuesen tan rojos... No entiendo por qué les tenía que importar que hiciese misa aunque no fuese nadie. No creo que el párroco les cobrase mucho por mis servicios. Al menos a mí no me daba más que sesenta euros por cada misa, más el kilometraje. Aunque, quién sabe, el bestia del carpintero se quejaba de eso. En algún sitio leí que la Iglesia era una de las multinacionales más poderosas del mundo. Sé que el párroco ha recibido un par de herencias de unas ancianas que han donado todo su dinero a la Iglesia. A saber a dónde ha ido a parar ese dinero. A mí no me llega mucho de sus manejos, la verdad, pero lo cierto es que todo se pega. Podría conseguir la incapacidad a cuenta del pie y seguir cobrando... ¡Qué vida más perra! Hoy en día un cura de pueblo gana menos que un obrero del campo. ¡Hum!... volvió a murmurar, cada vez más convencido... creo que voy a vender la estatua. Para cuando construyan la capilla nueva ya estaré jubilado y lejos de aquí... “¡Que me busquen en Navarra!”.
El vermú que vendían en aquel bar era casi tan bueno como el vino de misa de la zona, de reconocida fama y del que el cura era un experto. Cuando se le estaban cerrando los ojillos, con el riesgo de quedarse dormido en plena plazuela del pueblo —¡menudo espectáculo! Ya era un escándalo verlo allí con el tercer vaso vacío sobre la mesa...—, una voz aguda le sacó de golpe de sus agradables proyectos. “¡Horror!”, pensó, conozco esa voz. Claro que conocía aquella voz desagradable que siempre le había recordado al chirrido de la tiza sobre una pizarra en su época en el seminario.
—¡D. Inocencio, qué sorpresa! ¡Cuánto me alegro de haberle encontrado! —dijo la voz—.¿Se acordará de mí verdad?
Recordaba perfectamente a aquella beata de Villapendones que le ayudaba en las labores de la iglesia y a la que un día tuvo la desgraciada ocurrencia de plantarle la mano en el trasero. Una pesadilla. Desde aquel día no lo había dejado en paz, acosándolo como una colegiala. Eran tiempos en los que el cura (un buen mozo por entonces) se había permitido algún que otro desliz con cierta mujer casada, aburrida del marido, que acostumbraba a desahogar en la confesión sus más íntimas tentaciones y fantasías. Pero una cosa era visitar discretamente a la dama en su casa cuando el marido estaba de viaje y otra llevar a la beata en su todoterreno a un bosquecillo cercano para que no espantase al vecindario con sus sobreagudos de ópera bufa. Afortunadamente había desaparecido con su familia en las primeras oleadas de renegados que se fueron a la ciudad.
—¡Doña Adelina! (no sabía si estaba casada, pero utilizó el doña para marcar distancias), ¡cómo no me voy a acordar! ¡Qué agradable verla de nuevo! ¿No vivirá usted aquí por casualidad?
Efectivamente, vivía allí desde hacía cinco años con su hermana y su cuñado y estaba soltera. Ya sabía que D. Inocencio era el nuevo párroco y eso le había hecho tanta ilusión que estaba deseando encontrarse con él para ofrecerse como sacristana o ayudante de la parroquia, como lo había sido en Villapendones. Se había enterado de que en la iglesia no había ni siquiera un monaguillo que le echase una mano y ella estaría encantada de hacer esa labor, sin cobrar nada, por supuesto. Aquel pueblo era muy devoto y todas las funciones se llenaban de gente, con el trabajo que suponía tener todo ordenado y limpio. Necesitaba ayuda sin falta. El siguiente domingo pasaría por la sacristía después de misa mayor y hablarían del asunto.
Al cura se le fueron los vapores placenteros del vermú como si le hubiesen baldeado con agua fría. Si momentos antes estaba considerando la posibilidad de colgar la sotana (sacerdos in aeternum, ¡quién inventaría eso!), ahora el mensaje de la tiza en la pizarra le seguía rechinando en los oídos y era clarísimo: “Escápate de aquí cuanto antes”.
No era la primera vez que Inocencio Cascante pensaba en dejar el sacerdocio. La fe entusiasta de los primeros años se le había ido apagando al mismo ritmo en que se iban marchando a la ciudad las almas más devotas y quedaban en el pueblo los pendencieros más brutos y descreídos. El ambiente anticlerical de Villapendones, totalmente insensible a la gracia de Dios, añadido a las penosas condiciones de un pueblo sin futuro ni esperanza, no tardó en tumbar la rama más mística de su personalidad y le fue transformando en el cura vago y resabiado en que se había convertido. Si aquella esposa que se aburría en casa no se hubiese marchado a otra ciudad... (y se hubiera divorciado, claro...) tal vez hubiera dado el salto porque, en el fondo, era un hombre apasionado al que no le hubiera costado esfuerzo alguno cambiar el amor a Dios por el amor a una mujer. Y aquella mujer le gustaba. Pero así era el pueblo de Villapendones, que todo lo envejecía y marchitaba, empujado por el abandono y el desprecio de los que mandaban. Por eso, como en la Biblia, fue destruido por las llamas que cayeron del cielo sobre ella, de la mano —quién sabe—de los furiosos pendencieros. Por lo menos es lo que pensaba el cura en sus divagaciones.

Una vez decidida su deserción, D. Inocencio preparó la estrategia. Escribiría al párroco presentando su renuncia a su ministerio actual, por motivos de salud, y solicitando la incapacidad permanente en la Seguridad Social, hasta llegar a la edad de la jubilación Con eso tendría por lo menos un sueldecito para ir tirando y allá donde fuese no le costaría mucho que le diesen alojamiento en la casa parroquial. Pero antes, si tomaba ese camino, debía vender la estatua de San Roque —aunque se sintiese un Judas Iscariote—, a poder ser por algo más que treinta monedas de plata (no podía olvidar la entrañable relación que había tenido con el Santo, al que rezaba a menudo, incluso para pedirle su ayuda en las necesidades más peregrinas, como que le subiesen el sueldo o le buscase las llaves perdidas del coche). Luego, cogería un autobús y se iría para Navarra. “¿A dónde?, pues a Cascante, ¿por qué no? Tendré parientes por allí que me echen una mano...”

“Y, si no, a Tudela, tierra en otros tiempos de cristianos, judíos y musulmanes, de algún converso y más de un renegado. Ideal para mis planes. Tiene que haber anticuarios o simplemente revendedores clandestinos a docenas. ¡Si habré visto yo robos en las viejas iglesias que me ha tocado visitar! De una se llevaron hasta el reclinatorio para comulgar”...