Sugerencias

Foto: Oscar Martínez

24 de enero de 2017

Dora Jones




Dora Jones





01  En un hotel de la costa
02  La noche está enferma de recuerdos. - 20 -
23  La vuelta a casa
24 El Hotel Sea Cloud







           La Muerte tiene delegados perfectamente organizados hasta en el último rincón del Mundo. No hay diosa más seria y cumplidora que ella entre los dioses menores del Universo. De hecho, está al servicio de todos los demás. Su experiencia y su currículo son apabullantes. El Hambre, la Guerra, la Enfermedad, la Naturaleza, el Odio, la Venganza, la Ambición y muchos más, cuentan con sus servicios para conseguir sus propósitos desde tiempos inmemoriales.
En aquella ciudad de la costa de Cornualles, en la Delegación Local de la Muerte, el Delegado se preparaba para iniciar su ronda nocturna. Era la hora propicia, cerca de las tres de la madrugada. Cogió la lista de posibles fallecimientos correspondiente a ese día, que le facilitaba la Casa Central, y se puso el uniforme oficial, es decir, la máscara de calavera y el gran manto negro con capucha. Su cometido consistía en estar presente en todos los casos de óbito y levantar acta del lugar, causa de la muerte y nombre del finado; una especie de registro del cambio de residencia; en pocas palabras, era el notario de la Muerte.
Hacía mal tiempo y la noche era negra como el fondo de un hormiguero. No tenía muchas “incidencias previstas” anotadas, pero siempre existían situaciones incontroladas, que hacían atractivas las noches como aquella. Inició el recorrido por los hospitales de la ciudad, especialmente por los servicios de urgencia y las salas de la UVI. Todo estaba tranquilo, salvo un par de casos de enfermos terminales que no le hicieron esperar demasiado y que no tardó ni veinte minutos en testificar. Pasó luego por las zonas marginales y peligrosas de la ciudad donde tampoco había gran movimiento pues, debido al temporal, las calles estaban vacías y en los rincones y portales, donde se escondían los alcohólicos y drogadictos, la gente estaba dormida. Visitó las Residencias de ancianos. En una de ellas encontró a una señora de más de cien años que estaba en el último suspiro y se quedó esperando en un rincón, pero la viejilla aguantó y se tuvo que ir a seguir la ronda. Controló luego la lista de posibles suicidas, depresivos y demás, que llevaba apuntada, junto con tres casos de agresión doméstica, y tampoco observó nada sospechoso.
La ronda estaba resultando bastante aburrida y ya iba pensando en retirarse, cuando le llegó un aviso urgente de la Central diciéndole que en el Hotel Sea Cloud en el pueblo cercano de Mevagissey cerca de los acantilados se iba a producir una muerte violenta. Como la capa le permitía volar y las ráfagas del vendaval lo llevaban en volandas, en unos segundos estuvo en el lugar cual ave de mal agüero, su papel preferido. El viento y la lluvia de aquella noche desapacible golpeaban con fuerza en los ventanales del hotel y las olas de un mar encrespado chocaban furiosas contra el muelle cercano. Iluminados por el lejano resplandor de la ciudad, los acantilados presentaban un aspecto siniestro...
En el interior del hotel, la tranquilidad y el silencio eran los normales de un día de labor en una noche lluviosa, es decir, no se veía un alma y un empleado dormitaba en la recepción, aparentemente oyendo la radio con los cascos puestos. Después de la cena y terminado el baile de los jueves en el salón principal, los pocos clientes hospedados en el hotel se habían retirado a dormir y los visitantes habían marchado a sus casas.
El Delegado de la Muerte se coló en la habitación número cuatro de la planta baja, según señalaba el aviso, y se apostó detrás de las cortinas, quedándose a la espera. Por lo que veía, allí no había nada anormal, nada se movía. Dos personas parecían dormir en las camas juntas de una habitación doble, y la pequeña luz de una de las mesillas permanecía encendida, iluminando a un reloj de pulsera que marcaba las 2:50 h. La televisión estaba encendida y por las imágenes en blanco y negro que se veían podía ser una película o un documental sobre la vida de Jorge VI. El sonido era muy bajo.
“Es extraño”, pensó el Delegado, “los avisos del sistema raramente fallan, pero esta vez me parece que se han equivocado”. Se acercó un momento a las dos personas dormidas y comprobó que respiraban regularmente. Lo único raro era aquel polvo blanco en la mesilla. Pasó el dedo por encima y lo probó: cocaína, sin duda; de eso sabía más que nadie, sus archivos estaban llenos de casos... “Pero no es normal que estén dormidos... a no ser que hayan tomado también algún somnífero y entonces...“. Sonrió siniestramente. No tengo más que esperar”...
De pronto, el bulto que se acostaba junto a la lámpara encendida se movió y el Delegado tuvo que dar un salto para esconderse detrás de la cortina. Asomó el rostro enmascarado y vio a la persona sacar el brazo de debajo de la sábana, mirar primero al reloj, luego hacia la otra cama y a continuación levantarse sigilosamente. Era una mujer joven y estaba desnuda. Tenía en el rostro un gesto crispado y la mirada alterada, como si acabase de despertar de una pesadilla. Se acercó a la bolsa negra que estaba en la silla junto a la pared y, mirando de reojo varias veces, sacó una navaja de elegante diseño y la abrió, viéndose centellear la luz en su hoja limpia y afilada. La empuñó con firmeza y se movió sin el más mínimo ruido hasta llegar junto al otro cuerpo que dormía plácidamente. Levantó la mano con lentitud y dejando escapar unas palabras incomprensibles, clavó dos veces con fuerza la pequeña navaja en el cuello que estaba al descubierto. A continuación guardó el arma en la bolsa, recogió todas sus cosas y se vistió rápidamente, poniéndose un impermeable largo, un sombrero de lluvia de ala ancha y unas gafas negras. Luego, dirigió una mirada triste al bulto de la cama y salió silenciosamente de la habitación. El Delegado se quedó asombrado intentando imaginar qué podría haber ocurrido entre aquella pareja para que los de la Casa Central supiesen que se acercaba el fatal desenlace. Pero lo suyo no era conocer las causas por las que morían los hombres sino levantar acta de su desaparición de la lista de espera. Ya se encargarían otros dioses de la descripción de sus vidas.
Salió de la habitación detrás de la mujer, pasó por delante de la recepción sin perturbar al empleado en su duermevela, y marchó del hotel persiguiendo su objetivo. La noche no había terminado y el tiempo tormentoso era propicio. Su curtido instinto le decía que la segunda ficha estaba al caer.
En la habitación seguía la televisión encendida y sonaba ahora una vieja canción popular. Sobre la mesilla iluminada quedaba una novela de misterio, un vaso de agua y los restos de cocaína. De pronto, se empezaron a oír unos roncos quejidos de dolor procedentes del cuerpo acuchillado.
El recepcionista alzó la mirada sorprendido y en ese momento vio que la puerta principal del hotel se abría y se cerraba bruscamente sacudida por el viento. Se levantó a investigar extrañado pues sabía que un rato antes la había dejado bien cerrada y de paso ver de dónde venían aquellos gritos inquietantes que parecían salir del pasillo. Miró al exterior, cerró de nuevo la puerta con un escalofrío y se dirigió a la habitación de donde procedían los gemidos.
En el exterior una figura oscura, recortada sobre la espuma de las olas rompientes, tiraba al mar las gafas y la bolsa que llevaba y, sin protegerse del vendaval que agitaba su impermeable como una capa siniestra, desaparecía más allá de las luces de las farolas, subiendo la cuesta en dirección al acantilado. La luna apenas si asomaba un instante al paso de las nubes vertiginosas y el faro situado en lo más alto del abismo se hundía entre la niebla. Realmente era una imagen hermosa, pero ¡qué fotógrafo se iba a atrever a salir con su cámara aquella noche! Quizá Johnny Janzek el artista local...
El Delegado fue detras de la figura, mientras en el hotel un remolino de viento huracanado se llevaba consigo el lamento de la víctima que yacía en la cama, perdiéndose en el cielo hasta alcanzar las regiones del más allá.

En una de aquellas regiones se estaba celebrando una partida de ajedrez entre el Azar y el Amor, los dioses más fuertes del Universo. Dos ancianos venerables de largas barbas se sentaban frente a frente en una mesa con un tablero de mármol negro y blanco, en el centro de un paisaje infinito cubierto de niebla. Ambos vestían túnicas iguales, blanca el Amor, negra el Azar. Aquella partida venía repitiéndose desde los orígenes del hombre. Millones y millones de veces. El Azar era siempre el mismo y jugaba las negras. El Amor representaba cada vez a una pareja de enamorados. En este momento lo hacía en nombre de la pareja que dormía en el hotel. El Amor jugaba las blancas. De reojo ambos miraban con recelo a la Muerte en sus manejos por aquel hotel lejano.
La partida se había iniciado hacía tiempo, cuando los dos que dormían se conocieron y, aunque las piezas blancas habían avanzando firmes en los primeros movimientos durante algunos años, poco a poco las negras se hicieron fuertes con maniobras sutiles, inteligentes y, a veces, engañosas, y en los últimos años fueron ganando terreno, con las blancas cada vez más arrinconadas e indefensas, hasta llegar al jaque mate de la última noche en aquel hotel de la costa. Cuando los dos jugadores oyeron aquel grito desgarrado empujado por el viento, el Amor, con un gesto de rabia, tumbó la pieza del rey blanco sobre el tablero; se levantó y se fue alejando hasta que su figura blanca desapareció confundida con la niebla. La partida había terminado. En el fondo, el Amor nunca había estado convencido del enamoramiento de aquella pareja, y de hecho era la segunda partida que perdía con la misma mujer, pero le molestaba que El Azar ganara casi siempre y él solo pudiera aspirar a unas tablas.
—Tú insististe en darle a Dora una nueva oportunidad cuando le dejó a Johnny por este canalla —le gritó el Dios del Azar reordenando las piezas.

La persona del impermeable fue ascendiendo penosamente la cuesta del borde del acantilado en dirección a la punta más alta de éste. Una fuerte ráfaga le arrancó el sombrero, que desapareció en el bosquecillo cercano como si fuese un cuervo asustado. El Delegado le seguía a cierta distancia, flotando en el aire, con la máscara reluciente como en un carnaval mejicano. Lo que estaba haciendo no venía en el programa del día, pero llevaba muchos años en el servicio y sabía cuándo tenía una presa cercana. Su progresión en el puesto dependía mucho del número de registros que conseguía. Ya tenía uno anotado en su agenda. Estaba a punto de conseguir otro más. Eso sí, él no podía intervenir en ningún caso como, por ejemplo, dando un empujón a la persona que se acercaba peligrosamente al precipicio llorando amargamente.
Hubo un momento en que la mujer adelantó un pie hacia el vacío, donde las sombras de la noche y el sonido atronador del mar parecían ejercer una atracción irresistible, pero, en el último instante, vio la máscara pálida que giraba a su alrededor, como un cometa macabro de cola negra, dio un salto hacia atrás temblando y echó a correr cuesta abajo, llevando la muerte en el alma. No pudo fijarse en el hombre que desafiando la tormenta estaba fotografiando la escena con su cámara.
En el hotel de la costa se agolpaban varios coches de la policía y una ambulancia con sus luces giratorias. “Alguien herido por arma blanca”, comentaba el chófer a las personas que se acercaban, entre ellas el Delegado de la Muerte, que había guardado la máscara bajo la capa. “¿Herido? ¿No está muerto?”, preguntó extrañado. “¿Cómo me he podido equivocar?”, se decía luego, escondido en un rincón de la ambulancia camino del hospital. “No puede ser, dos muertos que daba por seguro, perdidos sin remedio, y el último por mi culpa. Esto sí que es mala suerte. Veremos cómo acaba la noche”.
Era un ocho de noviembre.




La vida de Dora, antes de llegar a Mevagissey, había sido realmente dramática. No había nacido en una familia normal y corriente sino en una especie de comuna de agricultura ecológica, en el sur de Inglaterra, no muy lejos del círculo mágico de Stonehenge. Sin llegar a ser una secta o una tribu tenía cosas de las dos. Fundamentalmente era una Comunidad Agrícola (ese era su nombre) asentada legalmente desde hacía años en el sur de Inglaterra, cerca de Amesbury y Salisbury, donde vendía los productos que cosechaba. Ocupaba un extenso terreno de campas y huertas de forma rectangular, cercano al río Avon, con una laguna en el centro y delimitado por una alta alambrada cubierta de hiedra y setos que se abría al exterior por una entrada con barrera vigilada por dos guardas. Un cartel dejaba bien claro que se trataba de una propiedad privada.
La Comunidad estaba formada por cerca de doscientas personas que residían en diferentes alojamientos, como caravanas, bungalós y algunas tiendas de campaña. Junto al lago tenían una serie de edificios de una planta con oficinas y los servicios necesarios, como almacenes, servicio médico, biblioteca, centro de enseñanza, gimnasio, salas de juegos y de audiciones. No se parecía nada a la imagen idealizada de gente bella y rubia de túnicas blancas y flores en el pelo de una comuna hippie, sino más bien todo lo contrario. Vestían ropas sencillas de supermercado, comían lo justo y estaban regulados por normas estrictas de convivencia. No existían más instituciones que la Junta de Dirección. Ni asambleas, ni matrimonio, ni familia. La junta la componían siete directivos —cuatro hombres y tres mujeres— que eran los dueños de los terrenos y los fundadores de la sociedad. Los demás eran voluntarios a los que se les aseguraba trabajo, manutención, seguridad y sexo, todo ello en régimen colectivo, lo cual para cierto tipo de personas era realmente atractivo que se avenían a pagar una alta cuota por su ingreso. Una vez admitidos en la Comunidad no se les permitía salir salvo casos excepcionales, aunque había unos cuantos seleccionados de confianza, los adjuntos, encargados de labores de vigilancia y de acudir a los pueblos cercanos para comprar, vender y llevar a cabo las gestiones necesarias. De cara a las autoridades locales cumplían todos los requisitos legales de registro e impuestos. De lo que ocurría de alambradas para adentro nadie del exterior sabía nada. Lo excepcional de esta colectividad era la organización interna, que se sostenía en base a tres pilares fundamentales: el trabajo, la obediencia y la promiscuidad sexual
Dora nació en la Comunidad y creció casi sin conocer a sus padres, pues ya a partir de tener uso de razón, incluso antes, se convertía a los niños en miembros independientes, especialmente destinados al aprendizaje de los distintos oficios y a los juegos de placer sexual. Sexo y diversión era la consigna para ellos y la educación estaba dirigida en ese sentido, incluidos los juegos de entretenimiento, las clases y hasta los ejercicios físicos. Se premiaba a los que mejor disposición y habilidad demostraban para todo tipo de actividad sexual y se castigaba a los que no ponían suficiente interés o se negaban a compartirlas. Sin embargo, no había sentimiento alguno de abuso ni de culpabilidad por parte de nadie. El invento era fantástico para las personas adultas, especialmente para sus creadores, los directivos, que no tenían que acudir a extrañas ideologías o explicaciones para abusar de los niños y jóvenes de la Comunidad, dejando a todos contentos. Aparentemente era una Comunidad feliz y bien organizada. El problema surgía cuando alguien pretendía salirse de las reglas.
Dora Jones había nacido rebelde. No soportaba ninguna imposición fuese la que fuese y según iba creciendo odiaba cada vez menos el verse obligada a mantener sexo con quien no le apetecía. Pronto se destacó por ser la más rebelde y castigada de la Comunidad. El castigo significaba quedarse sin comer y acostarse a la fuerza con los que había rechazado. Así empezó un martirio que duró varios años. Cuando le castigaban sin comer, robaba la comida. Cuando tenía que recibir a alguno de sus violadores, se escondía durante días entre los arbustos y setos junto a la alambrada. Fue creciendo delgada pero fuerte, atormentada por una única obsesión: escapar de allí. No hablaba con nadie, excepto con Jack, un joven de su edad, que había pasado por su mismo calvario y que, rompiendo todas las normas, se había trasladado a vivir con ella, en la misma tienda. Construyeron un mundo cerrado en sí mismos, dentro de otro mundo pequeño y miserable, que a la vez estaba cerrado para el resto del planeta. Solo salían de su burbuja para trabajar en la huerta y para cumplir a la fuerza el rito obligatorio del juego sexual de los jefes. Su actitud rebelde supuso para estos un desafío y un mal ejemplo que amenazaba al perfecto equilibrio y armonía del sistema establecido, por lo que acabaron tomando medidas para atajarla. Se formó el tribunal acostumbrado para casos de desobediencia o rebeldía, formado por los siete directivos y se convocó a declarar a los dos insumisos, a los que se acusó de romper las normas de la Comunidad y perturbar la convivencia. Fueron castigados a vivir separadamente en tiendas aisladas, a no tener relación con otros miembros de la Comunidad y a no poder participar en ninguna de sus actividades, salvo trabajar en las tareas agrícolas más penosas.
Un día Jack apareció muerto flotando en el lago. Se habló de un accidente y su cadáver desapareció algunas horas después. Nunca más se volvió a hablar de él. Dora sabía que había sido asesinado y comprendió que su vida estaba también en peligro. No tenía más horizonte que la huída. Poco después urdió un plan. Empezó a simular desórdenes mentales. Gritaba por las noches, pronunciaba frases incoherentes y su aspecto y la expresión de su rostro aparentaban un miedo atroz.. Durante el día se detenía al borde del lago, en el punto donde apareció el cuerpo de Jack, y se quedaba horas tarareando en voz baja y sacudiendo la cabeza arriba y abajo, y por la noche vagaba en camisón por todo el campamento de un lado para otro, agachándose y levantándose cada cierto trecho. Su estado deplorable jugaba a su favor, dándole más libertad de movimientos y así fue acentuando los síntomas de sus dolencias, adoptando el papel de loca perturbada. Sabía que no le iban a permitir salir nunca fuera del recinto cerrado, pero consiguió que nadie se le acercara, que no se preocuparan de ella y que finalmente ni siquiera se atrevieran a mirarla.
Lo que Dora pretendía, y con eso demostraba que estaba perfectamente cuerda, era moverse a su antojo y de alguna manera contactar con alguien del exterior para pedir ayuda. Por eso, en sus paseos se iba aproximando cada vez más a las alambradas del campamento, especialmente a las zonas próximas a caminos o senderos de los alrededores y alejados de los vigilantes de la entrada.
Una mañana distinguió una figura fuera en los campos que rodeaban la granja, no muy lejos de la alambrada. Se acercó rápidamente, avanzando a escondidas como un indio, hasta llegar a los alambres. Era un fotógrafo con una gran bolsa negra y una cámara colgada del cuello, que miraba curiosamente los edificios de la Comunidad. Estaba a unos quince metros. Ella levantó los dos brazos sacudiendo las manos y gritando con la voz ahogada: “¡Ayuda, ayúdame por favor!”. El fotógrafo se quedó mirando sorprendido y lo primero que hizo fue levantar la cámara y sacar unas cuantas fotos seguidas. Luego se acercó a ella.
—¿Qué te pasa?.
—¡Por favor, ayúdame! ¡Voy a morir, estoy encerrada! ¡Ayúdame!
—Cómo te llamas?
—Dora Jones
—No te preocupes, Dora, te sacaré de ahí. Mi nombre es Johnny. ¿Cómo se llama este sitio?
—Comunidad Agrícola de Salisbury. Tengo miedo, tengo que escapar como sea. Esto es peor que una cárcel. Nadie sabe lo que ocurre aquí dentro. ¡Ayúdame!
—De acuerdo, me voy a informar. Estate atenta y te dejaré un mensaje debajo de esta piedra con lo que pueda hacer. Confía en mí.
Ese mismo día Johnny se puso en movimiento. Primero fue a la entrada diciendo que quería visitar a Dora Jones, que era prima suya, pero le dijeron que allí no vivía nadie con ese nombre. Era lo que se temía. Luego fue al Ayuntamiento del pueblo cercano donde pidió el Registro del último empadronamiento y allí sí estaba registrado su nombre, fecha de nacimiento y el nombre de sus padres. A continuación fue a la policía local y presentó una denuncia de la desaparición de su prima Dora Jones, trabajadora en la Granja Agrícola, pero los policías le dijeron que aquella Comunidad era una propiedad privada y que sin sospechas claras de delito no tenían autorización para registrarla. Que no era la primera vez que ocurría algo parecido, pero que la Dirección les habían dicho que eran casos de personas que se cansaban de aquella vida y que se marchaban sin decir a dónde. Visto el panorama, Johnny escribió una nota que colocó bajo la piedra junto a la alambrada donde se vieron por primera vez. Le decía a Dora que estuviese lista para escapar el siguiente sábado a las doce de la noche en ese mismo punto. Ella recogió la nota tres días antes y pasó la víspera sin salir de la tienda, nerviosa de impaciencia y ansiedad.
Ese sábado, quince minutos antes de las campanadas de las doce en la iglesia del pueblo, Johnny dejó su coche detrás de unos árboles, a unos cincuenta metros del Campamento, y se aproximó cautelosamente a la cerca, procediendo a cortar los alambres próximos al suelo lo suficiente para el paso de una persona. A las doce menos cinco llegó Dora, vestida con vaqueros, zapatillas y una chaqueta de lana de color marrón. En la mano llevaba una bolsa de tela no muy grande con sus pertenencias. Pasó rápidamente al otro lado arrastrándose por el suelo y cogió de la mano a Johnny, corriendo juntos a campo a través, sin decir una palabra hasta llegar al coche. La noche era oscura y unos truenos lejanos taparon los ruidos. A través de sus manos sintieron el paso de una corriente cálida de mutua confianza. Subieron al coche, se miraron con un gesto de esperanza, un profundo suspiro y un “¡Dios mío, no me lo creo!” por parte de Dora, y se pusieron en marcha, perdiéndose en la noche.






Johnny Janzek era un fotógrafo free lance que vendía fotos de paisajes y arquitectura rural para revistas especializadas, sobre todo de Gales y Cornualles, y vivía en una casita cerca del mar, junto al puerto de un pueblo pesquero de la costa, Mevagissey. Hacia allí dirigió el coche, conduciendo por carreteras estrechas y sinuosas de segundo orden y mirando de vez en cuando a Dora, que se había quedado dormida, con dos marcas de lágrimas sin secar que le surcaban la cara bajo los ojos. Johnny estaba divorciado desde hacía unos cuantos años y vivía solo en aquella pequeña ciudad costera, ideal para su gusto, de pescadores y antiguos contrabandistas, con cuatro pubs donde refugiarse en las tardes de tormenta. Conocía a las mujeres no comprometidas del pueblo, sin que ninguna le atrajese especialmente, pero al mirar repetidamente el rostro de aquella joven desconocida se sintió conmovido por alguna razón especial, quizá impresionado por las circunstancias.
Dora se aclimató en seguida a la tranquilidad, la felicidad y el afecto que se respiraba en la casita de Johnny junto al mar. Vivieron unos años felices, recorriendo los pequeños pueblos de pescadores de la costa, sacando fotos y disfrutando de una vida sencilla, donde todos los del pueblo se conocían y donde estaban plenamente integrados. Y acabó enamorándose de la princesa rescatada.
Para Dora, Johnny era el hombre que le había sacado del infierno, al que estaba profundamente agradecida, pero una cosa era el agradecimiento y otra un amor que el fondo no estaba segura de sentir. La experiencia vivida en la Comunidad había cubierto su corazón de inseguridades y resentimientos, y solía permanecer callada, pues estaba acostumbrada a vivir en soledad, huyendo de las emociones y los sentimientos profundos. Se fue haciendo cada vez más huraña y silenciosa, a lo que ayudó el hecho de que Johnny tenía que estar ausente mucho tiempo debido a su trabajo. Sin embargo, la insistente educación sexual recibida desde niña, le había creado una dependencia que la hacía necesitar desahogo de alguna forma, aunque al mismo tiempo lo rechazara. Esto y el no querer depender emocional ni económicamente de Johnny la llevó a buscar trabajo en uno de los pubs del pueblo, donde pronto se hizo popular por su atractivo. Cuando Johnny regresaba, seguían haciendo la vida normal, pero su distanciamiento y sus engaños fueron haciéndose cada vez más evidentes. Se fue convenciendo de que ya no necesitaba la compañía de Johnny y que además le provocaba recuerdos y sentimientos dolorosos. Lo abandonó. A la vuelta de uno de aquellos viajes, Johnny se encontró con la dura realidad de que se acostaba con un cliente del pub desde hacía un tiempo y que su relación había terminado: sin más explicaciones.
Dora se fue de la casa y se trasladó a un piso del centro. Johnny dejó de aparecer por los pubs del pueblo, escondido en su refugio como lo hace un animal herido. Su último encuentro fue para regalarle la foto que le sacó junto a la alambrada de aquella comunidad maldita el día que se conocieron.
A partir de entonces el camino de Dora fue deslizándose por la pendiente de una vida sin control. Los traumas de la juventud habían dejado una fuerte huella en su carácter. De hecho anularon los posibles deseos de rehacer su vida. Rehuía el contacto con los demás y volvió a la costumbre de pasear solitaria al anochecer por los muelles del puerto, donde se sentaba fumando y tarareando durante horas. Frecuentaba los pubs y se le solía ver acompañada de personajes solitarios y de dudosa reputación. Ocurrió que después de dejar a Johnny y aficionarse a las malas compañías, se encaprichó de uno de aquellos contrabandistas, un londinense de buena familia con alma de pirata, atractivo, fuerte y desafiante, llamado Oliver Garfield, con el que inició un idilio apasionado.
Dora participaba activamente con los contrabandistas en sus actividades, sobre todo distribuyendo el vino y el coñac franceses en los bares que conocía bien y sirviendo de tapadera a sus actividades frente a las pesquisas de la policía, que los tenía vigilados pero nunca había dado con sus escondrijos. Fueron años de frenesí, pasión y decadencia, trufados de sexo, alcohol, drogas, aventuras y disputas, como dos enamorados de una película de corsarios. Sus peleas estaban a la orden del día, y más de una vez acababan violentamente.
Una noche de tormenta otoñal, en que el viento y la lluvia azotaban la costa, a la pareja se le ocurrió ir a bailar al pequeño hotel de la playa para celebrar el último alijo de borgoña y champán. Con sus sombreros e impermeables largos a la moda, se dirigieron al hotel Sea Cloud, que tenía música de baile ese día. Iban cargados por dentro de whisky y coca, como de costumbre, y para que aquello se asemejase a una celebración pidieron champán. No había más parejas en el salón y la pequeña orquesta de cuatro músicos tocaba con desgana bailables de todas las razas. No era extraño, por tanto, que el tango que se lanzaron a bailar pareciese que lo hacían sobre una pista de hielo y que terminasen aterrizando, primero contra una columna, y luego encima de una mesa, entre juramentos del filibustero. Estuvieron de acuerdo en dejar el baile para otra ocasión y a Oliver se le ocurrió la feliz idea de quedarse a dormir en el hotel, pensando seguramente en seguir la danza en un terreno más propicio.
Cogieron una habitación, se desnudaron y después de meterse una raya de coca, Oliver pasó al ataque. Dora estaba agotada y bastante borracha; lo que menos le apetecía en ese momento era hacer el amor y se negó en redondo; pero él insistió, se empeñó, discutieron, forcejearon y finalmente, después de varias bofetadas, la forzó sin contemplaciones. En ese instante, a ella se le presentaron vívidamente todas las múltiples violaciones que había tenido que sufrir en aquella Comunidad Agrícola de la infancia. Fue como un rayo de fuego que le atravesó el cerebro, un odio animal que le encogió el estómago de golpe. Ahora, sentía una repugnancia infinita hacia el hombre que tenía encima. ¡Nunca más!, gritó por dentro, ¡nunca más! Al terminar, él pasó a dormir a su cama, murmurando algo parecido a “para que aprendas“, y ella permaneció en la suya, largo rato, con los ojos como platos mirando al techo. En ese momento lo decidió. Puso la tele con el volumen bajo y esperó a que los ronquidos acompasados de Oliver le dijesen que estaba bien dormido. Aspiró otro poco de coca para coger valor y se levantó. El resto ya lo sabemos.
Lo que vio Dora al borde del acantilado fue realmente el naufragio de su vida. El paisaje espectacular y la tormenta en su punto álgido avivaron sus pesadillas. Las olas rugían al golpear las peñas y la luna parecía temblar con los empujones de las nubes. La luz del faro giraba y giraba como la vela rota de un barco hundido y su sirena de niebla sonaba en la noche como el lamento de un monstruo marino atrapado bajo el casco del barco. En la extensa bahía que se veía a sus pies la cresta espumosa de las olas semejaba las banderolas blancas del ejército de una película japonesa. Por la mente de Dora cruzaron, en ráfagas vertiginosas, retazos de sus recuerdos: demonios que hablaban de placeres prohibidos; gritos de niños aterrorizados; jirones del pasado, enganchados en las alambradas como soldados muertos; voces de violencia y muerte retumbando entre los truenos.
Y en medio de aquel caos, la flotante silueta del Delegado giraba en torno suyo, una y otra vez, con su máscara blanca iluminada por los rayos, rozando su rostro. Cuando estaba a punto de abandonarse en el vacío, un fuerte golpe de viento la echó hacia atrás, apartándola del precipicio, mientras se llevaba en volandas la máscara de la Muerte, como una hoja seca que se pierde en la oscuridad. La sacudida le hizo volver en sí y, recuperando su dominio, comenzó a bajar por la cornisa dando la espalda al abismo. Le pareció ver una sombra que venía del hotel. ¡La habían descubierto!, tenía que escapar. Bajó rápida la cuesta y descendió hacia el mar por un sendero escalonado y sumamente peligroso. Conocía la existencia de un túnel al pie del acantilado en una pequeña ensenada de difícil acceso donde descargaban en otros tiempos las aguas residuales de los pueblos de la zona. No era un simple vertedero de alcantarillado sino parte de una extensa red de saneamiento construida con mampostería de piedras gruesas y bóvedas de cañón que permitían holgadamente el paso de un hombre formando un dédalo de galerías que comunicaban el túnel de la costa con la trama del alcantarillado de toda la región. Otro de los desagües acababa en el puerto. Pocos conocían el trazado, con sus puntos de entrada y salida, y todavía se mantenía como uno de los secretos mejor guardados por los viejos contrabandistas de la comarca.
En la actualidad los únicos que utilizaban las Cloacas, alternando el contrabando con el tráfico de drogas, eran los de la banda de Oliver, el apuesto filibustero londinense y sus matones, gente asilvestrada y astuta comandados por su lugarteniente Rafferty. Cuando un barco encallaba en las peligrosas rompientes de la costa, o una lancha con material de contrabando a bordo, se acercaba a los arenales procedente de Francia, de donde traían vino y coñac, allí estaban aquellos rufianes saliendo de la cueva apenas visible del acantilado, cargando lo que podían de las bodegas del mercante o del fondo de la lancha y desapareciendo tierra adentro por aquellas galerías sin luz, que conducían hasta el pueblo por vericuetos que solo ellos conocían. Se movían como ratas, de las que habían aprendido su andar sigiloso y rápido, su sentido de orientación en la oscuridad y su mirada astuta y vigilante, que les permitía esconderse ante la menor señal de peligro.
Después del crimen cometido, Dora sabía perfectamente que las Cloacas eran su única posibilidad de escape. Al llegar junto al borde del mar donde las olas revueltas golpeaban contra las peñas se metió por el túnel, desapareciendo por el hueco de la montaña como un cangrejo asustado.

“No ha llegado tu hora, Dora Jones”, dijo el Dios del Azar, hablando consigo mismo desde las infinitas brumas de su observatorio. “El Amor ha abandonado la partida que nos traíamos los dos, pero mis arañas no paran de tejer nuevos hilos que te llevarán por caminos inesperados”.
El Dios del Amor, triste y pensativo, contemplaba también el tenebroso espectáculo y se limitó a murmurar:
“La noche está enferma de recuerdos. Unos suben del abismo envueltos en niebla. Otros, corren a su encuentro vestidos de tormenta, de lluvia y de viento. Dora, ¿a dónde vas?”



Con el tiempo, Johnny Janzek fue recuperando la sensatez y el equilibrio perdidos a causa del abandono de Dora y pudo concentrarse de nuevo en su trabajo, superando un largo período de dejadez y pesimismo. Si alguna vez había mantenido una esperanza remota de que ella volviera, se le había quitado últimamente al verla repetidas veces junto al elegante contrabandista por la calle principal del pueblo. Contemplar a Dora alegre y sonriente con semejante compañía contribuyó a que acabara de borrarse del todo la imagen romántica de la dama rescatada por su caballero andante.
Influyó también en esta evolución del ánimo de Johnny su decisión de volcarse de nuevo en la fotografía de reportaje, convertida casi en rutinaria al dedicar tanto empeño en retratar a su idealizada compañera. Incorporó una nueva creatividad a sus fotografías y sin él darse ni cuenta las imágenes fueron adquiriendo un tono más poético y original. Estimulado con los resultados comenzó a pensar en la forma de dar a conocer sus obras. Indagó por el pueblo en busca de locales donde poder exponer y pronto empezó a hacerlo, primero en un pub, luego en una sala del Ayuntamiento y después en una galería de arte. Consiguió algunos premios, expuso en los pueblos cercanos y alcanzó cierta notoriedad en la prensa local. Incluso sus fotos turísticas para las revistas con las que trabajaba aumentaron de cotización. Su vida recuperó la tranquilidad de sus viejos hábitos bohemios, con los que antes se le identificaba en el pueblo, y volvió a frecuentar las tertulias y exposiciones de los artistas y gente progresista del mundo del cine y el teatro. Muchas veces le cogía la madrugada bebiendo cerveza con algún profesor de arte de la universidad o algún otro fotógrafo del pueblo.
Se podría decir que los desengaños del pasado amoroso estaban ya más que olvidados, pero el Dios del Azar, que no para nunca de jugar con las marionetas humanas, volvió a enredar los caminos de Dora y Johnny de una forma insólita e inesperada.
Casualmente la misma noche en la que Dora y Oliver habían decidido ir a bailar al hotel de la costa para celebrar el botín de su última partida de contrabando, en el mismo Hotel Sea Cloud cerca de los acantilados, Johnny clausuraba la exposición de temas marineros que había tenido colgada los últimos quince días. La gran sala donde se exhibían los cuadros de su modesta colección, estaba contigua al salón de baile y ambas cámaras quedaban separadas por un tabique con una hermosa vidriera que reproducía el velero de cuatro mástiles que daba nombre al hotel. Johnny charlaba con algunos amigos, comentando las fotos vendidas y los miserables precios en que se valoraban, comparadas con las pinturas al óleo. Era tarde y la gente se fue marchando, hasta quedar el fotógrafo a solas con el dueño del hotel, con el fin de retirar las obras sin vender y hacer las cuentas de lo vendido. No tenían ninguna prisa y el dueño invitó a Johnny a tomar un buen whisky de malta, que saborearon con placer, mientras la lluvia golpeaba en los ventanales y al fondo se oían los sones de la pequeña orquesta que luchaba por lucirse con el viejo tango “Por una cabeza” de Gardel. En ese momento, junto con la música, les llegó desde el otro lado de la vidriera, un gran estruendo acompañado de los gritos de los bailarines. Johnny, empujado por su curiosidad (o más bien por el Azar), se levantó y echó una mirada a través de una zona transparente de la vidriera, quedándose helado al contemplar la inesperada escena: el hombre y la mujer se encontraban tirados por el suelo, sobre los trozos de una mesa rota, entre risas y juramentos. La mujer era Dora y su pareja, cómo no, el contrabandista Oliver. “¡Será posible!”, se dijo, alucinado. Se apartó rápidamente y se volvió a sentar, como si no hubiese visto nada interesante, bebiéndose el whisky de un trago.
—Dos artistas del baile de salón se han pegado un trompazo y se han cargado una mesa —comentó—. Habrán tomado dos copas de más.
—A quién se le ocurre venir a bailar en una noche como esta —añadió el dueño, sin inmutarse—. Intentaré cobrarles la mesa.
Con el estruendo y el estropicio se acabó la música; los músicos aprovecharon para recoger los instrumentos y marcharse y volvió al salón la tranquilidad, con el relajante sonido de la lluvia en los cristales. La pareja se marchó también, algo magullada y trastabillando, y las luces del salón se apagaron. Johnny y el dueño del hotel terminaron tranquilamente sus copas y las cuentas, y el dueño, tras un apretón de manos y llevándose feliz el cuadro que se quedaba el hotel, se retiró a dormir, diciendo a Johnny que cuando terminase de recoger todo llamase al empleado de recepción para cargar los cuadros en el coche. Le dejó la botella junto al vaso. Eran ya más de las 2:30 de la madrugada. Johnny se quedó en la butaca, sirviéndose otra copa de whisky para recrearse un poco con el magnífico espectáculo de ver a Dora por los suelos con las bragas al aire y un pie con tacón de aguja sobre la cara del pirata. Unos minutos después se fue a la recepción, soltando un suspiro y meneando la cabeza por el camino. Mientras iba metiendo los cuadros en el coche, el empleado comentó lo del ruido en el salón de baile. “¡Vaya con la pareja! Iban por la segunda botella de champán. Al final se han caído bailando y han roto una mesa”, dijo. “No se tenían de pie y se han quedado en el hotel a dormir la mona. Seguro que los conoces porque son del pueblo”. Claro que los conocía Johnny, sobre todo a ella.
En el exterior soplaba el viento con fuertes rachas y la lluvia seguía cayendo con insistencia. Cuando terminaron de cargar, Johnny se quedó dentro del coche, sin arrancar, fumando un cigarrillo a la espera de que amainase un poco. Bajó un poco la ventana para ventilar el interior y en ese momento vio que se abría la puerta del hotel y una persona con impermeable, sombrero y el cuello subido, salía apresurada en dirección al muelle cercano y tiraba una bolsa donde rompían las olas. Luego se dirigió a la derecha subiendo hacia los acantilados junto a la cornisa. A pesar del aspecto irreconocible de la figura, Johnny supo enseguida que se trataba de Dora, por la forma de moverse y por las pulsaciones aceleradas de su corazón. El viento que le voló el sombrero, dejando su melena ondeando a la vista, se lo confirmó. Una luna de luz difusa asomaba a ratos entre negros nubarrones y dibujaba la silueta. A lo lejos el faro de Mevagissey parecía flotar entre la niebla que subía desde el mar. La escena era impresionante y su instinto de fotógrafo le hizo coger rápidamente la cámara y el bastón de apoyo y salir tras ella. Vio cómo se paraba al borde del precipicio y sacó varias fotografías. Luego le vio vacilar unos segundos interminables, en los que pareció estar a punto de arrojarse al vacío; iba a darle un grito, pero en ese momento Dora se volvió y comenzó a bajar corriendo, no en dirección a él y hacia el hotel, sino hasta desaparecer en un recodo por la cuesta del acantilado.
Johnny no conseguía entender qué hacía Dora fuera del hotel a esas horas, con la tormenta encima y probablemente todavía bajo los efectos del alcohol (quizá era debido a eso). ¿Dónde estaba Oliver y qué había ocurrido? Mirando hacia el acantilado y volviendo la vista al hotel solo se veía la lluvia cerrada y los jirones de niebla arrastrados por el viento; llegó a pensar que había tenido una alucinación. Regresó al coche a guardar la cámara y volvió hasta el punto por donde Dora había desaparecido. Reconoció enseguida el terreno: allí empezaban los toscos escalones que permitían descender hasta la ensenada del túnel de las Cloacas. Cada vez más intrigado, y sin pensarlo dos veces, comenzó la bajada, temiendo por momentos encontrar abajo a Dora despeñada. Llegó hasta la base del acantilado y se dirigió al túnel que ya conocía, único refugio posible al abrigo de las olas rugientes que rompían cerca de la entrada. Aparte de lo peligroso del acceso, allí no se acercaba nadie porque aquellas cloacas eran territorio exclusivo de los contrabandistas, donde hacían sus descargas y se escondían. Habían sido abandonadas cuando se instaló el sistema de saneamiento  moderno y ya solo las visitaban las ratas, los contrabandistas de Oliver y los pilluelos del pueblo. Entre ellos estaban Douglas y Tom, dos hermanos de doce y diez años que vivían en una casita de pescadores cercana a la de Johnny. Admiraban al fotógrafo, le hacían los recados y más de una vez le habían servido de ayudantes en sus reportajes, acarreando el trípode y los focos o distrayendo a la gente que Johnny quería fotografiar sin que se enteraran. Douglas era un chico despierto y soñador que cuando acompañaba a Johnny se sentía transportado a un mundo fantástico lleno de descubrimientos y peligros. Hubiese ido con él al fin del mundo. Lo adoraba.
Precisamente Johnny y los dos hermanos habían estado el año anterior haciendo un reportaje de estos túneles. Pero esta vez Johnny no tenía el foco que solía usar con la cámara. Se adentró unos metros por la galería, pero la oscuridad era tan intensa y el olor tan desagradable que no se animó a seguir adelante ni tanteando las paredes. Un par de ratas le miraron intrigadas. No se oía más ruido que el sordo tronar del oleaje que parecía rugir desde la profundidad de la cueva. Se acordó del mechero que llevaba en el bolsillo, lo encendió y pudo comprobar que salvo su mano todo lo demás seguía igual de negro por mucho que alargase el brazo. No pretendía lanzarse a recorrer el laberinto de galerías sino comprobar si Dora permanecía por allí cerca escondida o quizá dormida. Se registró los bolsillos en busca de algo que pudiese arder, pero solo encontró el papel con las ventas de los cuadros y el dinero que había cobrado. Guardó el recibo, separó dos billetes de una libra y prendió fuego a uno de ellos. Rápidamente se hizo una idea de la forma y dimensiones del túnel y en el tiempo en el que la libra llegó a esfumarse pudo avanzar unos metros y distinguir las piedras de las paredes. Cuando encendió el siguiente billete y alzó la mano para aumentar su alcance, comprobó que no había recorrido ni cuatro metros. Vio que los siguientes billetes que tenía eran de 20 libras, por lo que se lo pensó un poco antes de pegarles fuego. Enseguida se dio cuenta de que no merecía la pena seguir adelante a ese ritmo y gastándose las ganancias, porque estaba claro que Dora, conocedora por Oliver de los secretos de las Cloacas estaría más lejos y no iba a adelantar nada. Al día siguiente volvería con una buena linterna y la ropa adecuada. Regresó hasta el hotel empapado de agua y metiéndose en el coche marchó para casa. En el camino se cruzó con una ambulancia que le deslumbró con sus focos y tuvo que apartarse bruscamente.
Al amanecer del siguiente día, se le vio caminando en dirección del acantilado. Iba vestido de fotógrafo todo terreno, de cuando le tocaba patear bajo la lluvia caminos de barro en busca de dólmenes y ruinas antiguas por las colinas de Cornualles, pero solo como camuflaje. No llevaba la cámara ni al fiel ayudante Douglas. Solamente una potente linterna y, sin saber muy bien para qué, un rollo de cuerda. A medida que se acercaba al punto de bajada de la víspera vio dos coches de policía aparcados a la entrada del hotel. Se le cruzó por la mente el fugaz presentimiento de que algo había ocurrido relacionado con Dora y que ese algo era el motivo para que escapase en mitad de la noche. Instintivamente agachó la cabeza, se alzó la capucha del anorak y desapareció rápidamente peñas abajo. Llegó a la boca del túnel con la marea más baja que la noche anterior. El temporal también se había calmado y la mañana era gris y fría. Se metió decididamente por el hueco y cuando la difusa luz del día se fue quedando pegada por las paredes, enchufó la linterna. En pocos minutos había recorrido un buen trecho a pesar de lo resbaladizo del suelo y de la pendiente cuesta arriba. Unas cuantas ratas corrían por delante enseñando sus patas rosas y se paraban de vez en cuando a observar, como esperándole. El canal central de la galería arrastraba un caldo de olor nauseabundo con tropiezos que no se atrevía ni a mirar. Llevaba la linterna enfocada al suelo para saber dónde ponía el pie. De pronto, al levantar el haz de luz, le pareció ver que se acababa el túnel diez metros más adelante. Pensó que se había confundido y que seguía un túnel ciego pero, al acercarse, comprobó que se trataba de una curva en el recorrido, que seguía hacia la derecha. Este parón le sirvió para contemplar de cerca un bulto siniestro junto a la pared, que, de haberlo visto de lejos, le hubiese dado un susto de muerte. Se trataba de un conjunto de redes, mantas viejas, cuerdas y unas cuantas boyas que colgaban de varios garfios de la parte superior del túnel. Se aproximó para inspeccionarlo de cerca y al enfocar con la linterna, separando las redes, se encontró con un agujero camuflado en la pared del tamaño de una persona. Metió el brazo con la linterna entre las mantas pringosas, luego la cabeza y a continuación se coló dentro, pues había espacio de sobra para estar cómodamente de pie y sitio suficiente para servir de refugio y almacén. El pequeño recinto era en efecto la cueva de Alí Babá que utilizaban los contrabandistas para guardar el material de contrabando y todo lo necesario para sus actividades. Lo primero que vio sobre una caja fue el vestido verde que llevaba Dora la víspera en el hotel y unas medias de seda. Vio, también, otra caja sin tapa con pelucas, gafas, sombreros, barbas postizas, pinturas, todo lo necesario para disfrazarse. En una balda había botellas de vino y de whisky y latas de conserva. En otra, junto a diversas herramientas y varias antorchas, una caja de hojalata abierta con unos cuantos billetes en perfectas condiciones. Colgadas de perchas, ropas y prendas de todo tipo. Aquello era un verdadero camerino de contrabandistas. Solo faltaba el espejo. Por primera vez creyó notar un perfume de mujer que le traía buenos recuerdos (para qué negarlo). Pensó en la Dora de sus tiempos. No podía imaginársela metida en aquel laberinto de alcantarillas, ratas y olores fétidos. Al recordar a los policías delante del hotel, pensó en la posibilidad de un soplo de alguien de la banda o quizá del hotel para coger al contrabandista con drogas en su poder y que, avisada la pareja, Dora se había encargado de llevárselas antes de que llegasen. Eso encajaba con el hecho de haberle visto tirar una bolsa al agua, pero en ese caso por qué seguir escondiéndose; también era posible que lo más valioso siguiera llevándolo encima y decidiera escapar por las Cloacas. Pensó en joyas o dinero. Encendió una gruesa vela que encontró en un rincón, junto a una colchoneta y unas mantas, y con la linterna en la mano revisó a fondo todos los recovecos de la pequeña cueva sin encontrar nada importante. Estuvo un rato indeciso sin saber qué hacer. Si seguía los pasos de Dora y la acababa encontrando, ¡a saber cómo iba a reaccionar!; podía perfectamente enfrentarse con él y seguir huyendo hasta caer en manos de los matones de Oliver, que estarían esperando en las otras salidas. Además, sería imposible saber cuál de las diversas derivaciones que tenían las Cloacas había seguido. Decidió por tanto volver por donde había venido. Ya regresaría con más tiempo a registrar a fondo aquel recinto secreto. Pasó por delante del hotel, escondido tras los setos de la carretera (seguían allí los coches de la policía) y fue para su casa. Se quedó tirado en la cama mirando al techo, recomponiendo los acontecimientos de la noche. No podía saber que Oliver, el contrabandista, estaba ingresado en el hospital y que Dora, agotada y asustada, se había quedado dormida en un rincón de las Cloacas a varios kilómetros de allí, mientras las ratas, curiosas y comprensivas, vigilaban su sueño.
Oliver Garfield, en efecto, postrado en una habitación individual del hospital de St Austell, mascullaba juramentos que sonaban todavía peor debido a los tubos de oxígeno y al vendaje que le cubría el cuello hasta la boca. El único problema que tenía, desde el punto de vista de la salud, era la pérdida de sangre que había sufrido. Las heridas recibidas en el cuello le recordaban las matanzas del cerdo, en las que de joven se había entrenado a conciencia en el pueblo donde iban a pasar los veranos. Precisamente por estas fechas, pensó. Afortunadamente las cuchilladas que le metieron la maldita noche en el hotel, habían esquivado los vasos principales y podía contarla. Por eso en sus blasfemias contra los dioses principales que conocía dentro de su cultura marinera no había incluido a la Muerte, agradeciéndole el detalle. El Azar y el Amor, en cambio, no salían bien parados. Amor…, maldita hija de la gran puta esa Dora del demonio, decía entre dientes. Los dos sicarios que le hacían compañía, a duras penas conseguían entenderle a pesar de un léxico tan familiar, y eso que estaban atentos para recibir sus instrucciones. Cuando Oliver terminó de desahogarse, se quitó los tubos de la nariz y apuntando con un dedo al lugarteniente Rafferty le dijo:
—Quiero a esa bruja en 24 horas. Si le coge la poli antes y empieza a cantar estamos perdidos.
—De acuerdo jefe, ¿por dónde buscamos? Tú la conoces bien.
—Si ha desaparecido del pueblo como habéis dicho, y nadie la ha visto, ha tenido que esconderse en las Cloacas. Id allí cuanto antes y registrad el almacén. Buscadla por todos los sitios. Pon a varios hombres en los respiraderos y salidas de los pueblos cercanos. Al que la encuentre le daré 100 libras. Al que le deje escapar o la ayude le cortaré el cuello. ¿De acuerdo?
—Sí, jefe. ¿Qué hacemos cuando la encontremos?
—Te vas a encargar personalmente de vigilarla y tenerla escondida en nuestro almacén o en el piso franco hasta que me recupere. Le voy a dar su merecido, pero tú ni la toques. Me han dicho que en una semana estoy fuera.
Marcharon los contrabandistas y se quedó Oliver más tranquilo. Se volvió a poner los tubos y sonrió malévolamente, hasta que, de repente, un negro pensamiento le pasó por la cabeza: ¿Y si no ha sido ella y han sido otros los que me han apuñalado y ahora le tienen secuestrada y me piden un rescate? ¿Y si le hacen cantar y se enteran de todas mis redes de negocio? ¿Y si Rafferty ha fraguado un “golpe de estado” con la rubia? En pocos segundos la fiebre le fue subiendo y el aumento de pulsaciones activó el timbre de la enfermera.
—No permitiremos más visitas hasta que se le quiten los puntos —dijo enfadada, poniendo más suero en el frasco.

05  El fotógrafo y el policía

 




El inspector Higgins era un hombre peculiar. Nacido en la ciudad de Bath, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, y siendo sus padres profesores de arte y ciencias en su prestigiosa Universidad, era totalmente absurdo que ahora ocupase un puesto de inspector de la policía en la ciudad de St Austell y que le hubiesen asignado un caso en el pequeño pueblo de Mevagissey, pero el hecho tenía su explicación. La casa de sus padres estaba pegando a las célebres ruinas de los Baños Romanos y como creció rodeado de monumentos singulares de todas las épocas, no fue extraño que sus estudios derivasen a la rama de Historia. Dotado de una inteligencia analítica inclinada a la investigación, y con cierto espíritu aventurero en sus venas, la especialidad elegida fue la arqueología. Le apasionaban los descubrimientos históricos de ciudades perdidas, tumbas misteriosas y documentos enigmáticos del pasado. Por otro lado, era un gran aficionado a la Música Clásica, a la Fotografía y al Arte en general. En consecuencia, su nivel cultural era excelente para una persona normal y excepcional para un policía.
Al acabar la carrera, sus expectativas como arqueólogo se fueron apagando después de pasar varios años dedicándose a cepillar ladrillos romanos de entre los restos que quedaban en el país y poner miles de etiquetas en yacimientos prehistóricos de poca monta. Aprovechó, eso sí, para practicar la fotografía y durante unos años se apuntó como colaborador en los reportajes de una cadena de televisión en lugares lejanos. Después de aquella experiencia, y aprovechando sus dotes de investigador, su aguzado poder observación y su equipo fotográfico, le dio por montar una agencia de detectives privados, “Higgins & Higgins”, en la que su padre le aportaba los instrumentos de escucha y vigilancia que necesitaba. Al de poco tiempo (gracias a sus méritos y a la colaboración en un par de casos) dio el salto al Cuerpo de Policía de la ciudad, llegando a inspector sin necesidad de pasar por los peldaños del escalafón: agente, sargento y demás. De policía, por tanto, no tenía nada, incluso le repugnaba la violencia, pero no tenía mucho reparo en pegar unos tiros si hacían falta para detener a los criminales. Su especialidad eran los grandes robos, las estafas a gran escala y el tráfico de drogas, más que los homicidios y crímenes violentos, por lo que fue destinado a la localidad de Mevagissey, con el fin de liquidar los restos que quedaban de los antiguos contrabandistas, algunos de ellos reciclados en narcotraficantes.
Así es como nos lo encontramos en este pueblo costero cuando andaba ya por los cincuenta y tantos años. Soltero, en realidad, divorciado, se decía de él que al llegar a los cincuenta se dijo a sí mismo: “a la mierda con las mujeres”. Los que lo conocían mejor sabían que su vida en ese terreno se había repartido en tres décadas. De los veinte a los treinta, aventuras románticas; de los treinta a los cuarenta, felizmente casado; y de los cuarenta, una vez divorciado, a los cincuenta, el desmadre. Por eso, cuando llegó a los cincuenta, dijo lo que dijo. No era muy alto pero fuerte, de aspecto interesante, con cierto aire bohemio por el pelo largo que solía dejarse, algo impropio de un policía que acostumbra a llevar el pelo al cepillo. Se hizo popular en el pueblo.
A Johnny lo conocía, por su afición a la fotografía (no se perdía ninguna exposición) y por las charlas que había mantenido con él sobre el tema, cerveza en mano e incluso en la pared del despacho del inspector colgaba una preciosa foto del puerto firmada por Johnny.
A Dora, Oliver y Rafferty, también los conocía bien, sin charlas ni cerveza, y, en cuestión de fotografías, se podría decir que los admiraba, por los retratos en blanco y negro que tenía clavados con chinchetas en la pared de su despacho.
Precisamente, los estaba mirando con atención en este momento sentado en su silla, mientras aspiraba el aroma del café servido en una taza de porcelana del país. Desde su ventana, se veían muy cerca las minas de caolín que blanqueaban los Pequeños Alpes de Cornualles, como llamaban a las diminutas colinas de arcilla blanca de St Austell. Descolgó el teléfono y llamó a Johnny para verse a última hora de la tarde en Mevagissey. “Un par de cervezas y una charla informal en el Harbour Tavern, en el muelle central del puerto”, le dijo el inspector
Antes, al mediodía, dos agentes se presentaron en casa de Johnny, le acompañaron a la comisaría para tomarle una serie de datos y le informaron de los últimos acontecimientos del caso en el que estaba involucrado: el intento de asesinato del conocido narcotraficante Oliver Gardfield, su traslado al hospital de St Austell en estado grave y la desaparición de su compañera y principal sospechosa Dora Jones. La policía estaba procediendo al interrogatorio de los posibles testigos.
Cuando al atardecer Johnny acudió a la cita con Higgins, todas sus teorías sobre la huida de Dora se habían ido al traste. Parecía claro que su antigua compañera se había escondido en las Cloacas para escapar del crimen cometido (quizá pensó que había matado a Oliver). Pero también podía ser que otros se habían querido cargar al contrabandista y ella había conseguido huir, y asustada o interesada en esconder o recuperar un teórico botín, se dirigió rápidamente al pequeño almacén de las Cloacas. Pero, entonces, ¿qué es lo que tiró al mar al salir del hotel? ¿Serían drogas o, quizá, el arma homicida? ¿La estarían buscando los asesinos? ¿La policía? Solo de imaginarse a Dora en aquellos momentos se le nublaba el pensamiento y se le encogía el estómago. Por un lado pensaba en que ella se lo había buscado y por otro tenía unos enormes deseos de ayudarla. ¿Qué papel tenía ella en los negocios de la banda? Eran demasiados los enigmas como para presentarse en un interrogatorio sin saber lo que decir. “Una charla informal”... ¿qué le iba a contar al inspector?
—O sea —dijo Higgins, cortando sus reflexiones en la mesa del Harbour Tavern— que tenemos un intento de asesinato de un personaje conocido del pueblo y una mujer desaparecida, también bastante conocida. Y tú estás en la mitad de la escena, ¿no es así?
—Así es. Único sospechoso o único testigo. ¿Qué vamos a elegir?
—Bueno, tenemos también al dueño del hotel, el Sr. Almeida, al recepcionista, a dos camareros y a los cuatro componentes de la orquesta; a todos los cuales ya hemos interrogado. ¿Qué te parece si hacemos un repaso de tus movimientos a partir, digamos, de las 10:00 h. de la noche de ayer.
Johnny le contó al inspector todo lo que él había visto y dónde estuvo en cada momento, exceptuando, claro está, su bajada por los acantilados y su visita a las Cloacas. Él no se había enterado de nada de lo ocurrido hasta que se lo dijeron los guardias al mediodía. Claro que conocía mucho a Dora, desde hacía años. Y claro que habían sido amantes; también sabía quién era Oliver, como todo el pueblo, y que era el novio de Dora.
—¿No me irás a decir ahora que estamos ante un crimen pasional, eh, Higgins?
—No, por supuesto que no, Johnny —dijo el inspector—. Pero deja que te haga una pequeña composición de lugar.
—Dada la personalidad del herido, hablemos de los posibles móviles y por tanto de los posibles sospechosos del intento de asesinato (porque no me negarás que dos cuchilladas en el cuello cerca de la yugular es una intención clara de matar, ¿verdad?). Sigamos. El primero, que es tu caso, es el más lógico a primera vista: ataque violento e inesperado de celos al ver a la mujer, a la que posiblemente sigues queriendo, tirada por los suelos, borracha y humillada, en brazos de ese desalmado. Estamos hablando de móviles, no te pongas nervioso (Johnny se había revuelto en la silla). Luego está Dora, que por alguna razón que desconocemos: quizá alcohol con cocaína, más venganza, dinero, o, quién sabe, por verte mirando a través de la vidriera, decide acabar con el contrabandista. Pero resulta que desaparece. O se ha escapado o se ha escondido o la han secuestrado. Ya hemos revisado el hotel y hemos mirado en su casa sin resultado. Tercera posibilidad: ajuste de cuentas. Hay dos personas que han tenido oportunidad de hacerlo. El dueño del hotel y el empleado de la recepción. El empleado podría resultar ser un sicario de una banda de contrabandistas de la competencia, pero entonces no habría llamado él a la ambulancia. De todas formas lo estamos investigando. Y del dueño se sabe que tiene relación comercial con Oliver en productos legales de hostelería, pero se sospecha que compartía también una buena parte del tráfico de droga de la comarca. El resto del personal, los camareros y la orquesta, habían abandonado el hotel antes de la hora del crimen.
—Para concluir, tengo aquí apuntada una secuencia de horarios, que me gustaría contrastar contigo. Ya ves que esto no es un interrogatorio con un foco delante de la cara, sino un diálogo tranquilo con la intención de aclarar lo ocurrido. ¿Quieres otra pinta? El inspector se tomó un respiro, acabó su cerveza de un trago y pidió dos más. El pub estaba vacío y a través de los cristales empañados no se veía un alma por la calle. De vez en cuando les llegaban los graznidos de algunas gaviotas desde el puerto.
—Gracias, Higgins. Espero que no se me suba a la cabeza y me dé por confesar el crimen—dijo Johnny, más preocupado por Dora que por su situación de sospechoso.
—Confío que no; ya sabes que te creo incapaz de hacer una cosa así, pero tengo que atar todos los cabos. Bueno, también te diré que si Oliver no muere (puede que sean unas heridas sin consecuencias) y no presenta denuncia por lesiones, nosotros no pondríamos el caso en manos del fiscal y nadie se vería acusado. ¿Entiendes? O sea que hablemos con tranquilidad y con la verdad por delante.
Johnny, además de entender a medias, se quedó con la idea de que si Oliver estaba fuera del hospital en unos días, Dora podía estar doblemente en peligro: la policía y el contrabandista corriendo detrás de ella.
—Según las declaraciones del recepcionista —siguió Higgins— el crimen se tuvo que cometer entre las 2:35 h., cuando la pareja cogió la habitación 4 y las 3:00 h., que es cuando él oyó los lamentos, encontró al Sr Gardfield desangrándose y llamó a la ambulancia. Los de la orquesta y los dos camareros se habían marchado minutos después de las 2:35 h. y los únicos clientes del hotel esa noche era un matrimonio mayor que estuvieron en su habitación desde las nueve de la noche y no se habían enterado de nada.
—Bien —concluyó el inspector—. Tenemos por tanto un tiempo aproximado de 25 minutos en los que el hotel solo quedaban levantados el empleado de recepción, Almeida y tú. ¿Correcto?
—Correcto —contestó Johnny—, si el recepcionista no miente.
—Vale, eso ya lo investigaremos. ¿Qué hicisteis en esa media hora el director y tú.
—Pues hicimos las cuentas: gastos de luz, propaganda, coctel de inauguración y bebidas del autor (de poco le tengo que pagar la mesa rota); eligió el cuadro con el que se queda el hotel como derecho de pernada y nos tomamos una copa.
—Dice el camarero que bebisteis más de media botella del mejor whisky de la casa. ¿A qué hora se retiró el Sr. Almeida?
—Serían las tres menos cuarto, más o menos.
—¿Y qué hiciste desde esa hora hasta las tres en punto?
—Llevar al coche los cuadros que no se habían vendido. Luego volví a tomar un par de tragos para celebrar las cuantiosas ganancias y aprovechar la botella. Me marcharía cinco minutos antes de las tres.
—Ya que hablamos de eso, ¿a cómo estás vendiendo las fotos ahora? —preguntó Higgins, que al parecer había perdido interés en el interrogatorio—. Me gustaría una como la del despacho, pero para casa.
—Gratis, si acaba bien este asunto, inspector.
—Suena a chantaje.
—Pura amistad.
—Sí, sí, seguro. Y como somos amigos, permíteme un consejo: olvídate de esa mujer, Johnny. Ya sé, eso es cosa tuya, pero me parece peligrosa… Sigamos. Dicen los de la ambulancia que se cruzaron con tu coche cerca del hotel a eso de las tres y veinte, cuando llegaban. ¿Qué hiciste desde las tres hasta las tres y veinte? ¿Te quedaste dormido en el coche o saliste a pasear un rato?
—La verdad es que hacía una noche de perros —contestó Johnny, empezando a agobiarse un poco—. Me fumé un cigarro dentro del coche y, luego, pensando en el control de alcohol de tus chicos, me fui a despejar hasta el acantilado. La noche estaba impresionante, con la luna asomando entre la niebla y el faro viéndose en el fondo. Todo un espectáculo, lástima no llevar la cámara. Le hubiese gustado. Agarré una buena mojadura, me volví al coche y me fui rápido para casa. En efecto, los bestias de la ambulancia de poco me sacan de la calzada.
El inspector se retiró de la ventana, viejo truco que solía utilizar para que su rostro quedase a contraluz y la luz del sol diera al interrogado en los ojos, y se sentó en la mesa, mirando directamente a Johnny, en plan confidencial.
—¿Qué sabes de las alcantarillas, Johnny?
—¿Qué alcantarillas, inspector?
—No te hagas el tonto ahora, que me suena haber visto alguna foto tuya de los muelles del puerto en marea baja con el túnel del alcantarillado en primer plano.
—Ah, bueno, si se refiere a las famosas Cloacas de Mevagissey, sí que tengo oído algo. Salieron unas fotos hace algunos años en una revista.
—Que sacaste tú, por cierto.
—Eran otros tiempos, inspector, la época de los contrabandistas. Ahora deben estar llenas de ratas; ya sabe que están en desuso, las Cloacas, me refiero.
—Sí, claro. Tú también sabrás que algunos contrabandistas de desuso nada, por ejemplo tu amigo Oliver.
—Eso se comenta en el pueblo; y que la policía hace la vista gorda.
—Ese comentario te lo podías haber ahorrado, Johnny —dijo Higgins, y añadió acercando más la cara a la de Johnny—. ¿Y no podía ser que los contrabandistas sigan utilizando las célebres Cloacas? ¿Sabes que al pie de los acantilados próximos al hotel hay otra salida de los túneles?
—Tengo una idea —contestó Johnny, imaginando a Dora corriendo horrorizada con una antorcha en la mano—. Pero allí no hay quién se atreva a bajar.
—Pues parece ser que te han visto esta mañana camino del acantilado. ¿Se te cayó algo ayer o has ido a buscar alguna pista de tu amiga?
—Inspector —dijo Johnny, que ya empezaba a mostrarse inquieto—, me parece que se está inventando una teoría fantástica. Fui al acantilado para sacar unas fotos del lugar que me gustó tanto ayer y para las diez estaba de vuelta en el pueblo.
—Bueno, está bien —dijo Higgins echándose para atrás y relajándose—. Vamos a dejarlo por ahora. Solo una cosa más: No se te ocurra investigar por tu cuenta, ¿de acuerdo? Y no te muevas del pueblo hasta que esto se aclare; aunque te llame el Times.
—Ok, jefe. Gracias por las cervezas.
No le llamó el Times, por supuesto, pero tampoco se quedó en el pueblo. Se preparó a conciencia para una expedición por las Cloacas, a donde iría esa misma noche convenientemente preparado. Estaba dispuesto a encontrar a Dora antes que nadie.




Por el pueblo se había extendido la noticia del crimen del hotel como el fuego en un charco de gasolina. Los protagonistas de la tragedia eran bien conocidos y su situación estaba en boca de todos. El  poderoso Oliver Garfield estaba en el hospital, acuchillado como un cerdo en San Martín, pero vivo y jurando venganza; su amante, Dora, había desaparecido y era buscada como posible autora del intento de asesinato; el fotógrafo Johnny Janzek y el empresario Almeida habían sido interrogados como sospechosos por la policía; el inspector Higgins de la policía de Bath, famoso por su destreza en la captura de estafadores y contrabandistas, había sido encargado del caso y preparaba la persecución. Cada uno en su entorno tenía el suficiente número de amistades y conocidos como para que el suceso se comentase en el último rincón del pueblo y se hubiesen enterado hasta las ratas.
Johnny había decidido intervenir. Conocía a Oliver y a sus matones y sabía lo que estarían maquinando para coger a Dora. También conocía al sabueso Higgins con quien le unía una vieja amistad, que no cejaría en su persecución. Si quería ayudar a Dora a escapar tenía que localizarla antes que la cogiesen. Posiblemente estaba todavía en el interior de las Cloacas.
Había la suficiente expectación aquella tarde por el pueblo y sus alrededores, como para que Johnny tomase las debidas precauciones ante de lanzarse tras las huellas de Dora. Lo primero que hizo fue camuflarse como una rata de cloaca, es decir, se vistió de gris y negro de pies a cabeza, incluido un pasamontañas, gafas negras y botas altas de goma y preparó una pequeña mochila llena de pilas de linterna, agua y algo de comida, un pequeño botiquín y una brújula. Una vez terminados los preparativos, salió discretamente de su casa, tras esperar a que no hubiese nadie en la calle. Sabía que lo primero que iban a hacer, tanto la policía como los contrabandistas, era dirigirse a la entrada de las Cloacas en los acantilados, por donde se suponía que había huido Dora. Igualmente, mandarían algunos vigilantes por el desagüe del puerto, por si a ella se le ocurría volver al pueblo por los túneles. Por lo tanto Johnny no fue a ninguna de las dos salidas sino que se dirigió a la afueras del pueblo, tierra adentro, con el fin de localizar alguna de las viejas alcantarillas que comunicaban con la red general. Intentaba localizar alguna de las que ya había utilizado para su reportaje. El cielo estaba nublado, la noche era oscura y los escasos faroles del alumbrado público estaban a cien metros uno de otro por lo que se pudo mover como una sombra sin llamar la atención. Finalmente encontró una de las viejas construcciones de ladrillo con una puerta de madera que en otro tiempo servían de acceso al alcantarillado para el personal de mantenimiento. Miró la brújula para situarse, después de romper el candado con una piedra, y bajó los escalones de hierro hasta llegar al suelo de la galería. Sabía que una vez dentro desaparecía por completo el sentido de la orientación. Sacó la linterna y de nuevo la brújula y se hizo una idea de la dirección a seguir. La galería que iba hacia arriba se alejaba del pueblo, camino de la siguiente población, por lo que se dirigió hacia abajo hasta llegar a una bifurcación. La galería de la izquierda conducía al puerto y la de la derecha bajaba a la costa junto a los acantilados. Se dirigió, por tanto, en esta última dirección. Había pensado que las Cloacas estarían secas, pero pronto vio que el canal central, prácticamente desbordado, arrastraba todavía una buena cantidad de aguas residuales, mezcla de la que entraba por las alcantarillas, procedente de la lluvia y de los residuos fecales de las granjas aisladas que no disfrutaban del saneamiento moderno. El ambiente, por tanto era apestoso y el suelo resbaladizo. Imaginó a Dora en aquellas condiciones, sintiéndose perseguida y con la carga de una muerte en su conciencia y se le quitaron las dudas que tenía de ayudarla aunque le doliesen los recuerdos.
Estaba en forma, su buena linterna y las botas de agua le permitían caminar con bastante seguridad e incluso el mal olor y los posibles vapores pestilentes de las Cloacas quedaban filtrados por su pasamontañas de lana tupida. Sus problemas empezaron cuando llegó a nuevos cruces de galerías. Al no tener ningún mapa, la brújula solo le servía para saber si iba para el norte o para el sur y a la segunda encrucijada ya estaba perdido, porque el trazado de los túneles era como un laberinto. Se sintió desconcertado y se sentó a recapacitar en un sillar que sobresalía de la pared.

A todo esto, el Dios del Azar estaba ocupado en arreglar los horarios y las circunstancias adecuadas para que el inspector Higgins por un lado y el contrabandista Rafferty por otro, con sus correspondientes ayudantes, se liasen a tiros al meterse en las Cloacas. Cambió el sentido de los vientos, cargó de humedad las nubes y de electricidad el aire, hasta conseguir que descargase una tormenta tan fuerte que la brigada de Higgins no se atreviese ni a poner los coches en marcha y que los contrabandistas de Rafferty se adelantasen en la entrada del túnel.
El Dios del Amor dormitaba al frente del tablero, dudando si iniciar una nueva partida a favor de Dora y Johnny, como proponía el Azar, en revancha de aquella que había perdido dolorosamente unos años atrás. Le gustaba Johnny pero no podía fiarse de Dora después del anterior fracaso, a no ser que El Dios del Azar pusiese algo de su parte, como parecía.
El Delegado de la Muerte también tenía sus expectativas. Había recibido instrucciones muy concretas para no separase del posible campo de batalla; estaba sentado al borde del acantilado que ya conocía, y se frotaba las manos, tapado por su larga capa negra de tejido impermeable y su máscara de calavera. Aparte de la batalla que se avecinaba en las Cloacas, debía estar atento a un posible aviso porque les habían informado que el pirata Oliver, no sabían si debido al efecto de sus juramentos en las heridas del cuello o a un virus del Hospital, había sufrido una infección generalizada y estaba a punto de pasar a su registro de defunciones.

Los cuatro contrabandistas de la banda de Oliver, con Rafferty a la cabeza, se colaron por las Cloacas justo antes de la tormenta, horas después de que lo hiciera Johnny y se dirigieron rápidamente a su pequeño almacén en la primera curva del túnel. Vieron la ropa de Dora por una esquina y la caja del dinero prácticamente vacía por otra y se hicieron rápidamente con la situación. “La muy zorra”, dijo el lugarteniente, “vamos tras ella; seguro que se habrá perdido” “¿Y nosotros? ¿Cómo sabes el camino que ha seguido?”, preguntó uno de los sicarios” “Tú te callas, que no tienes ni idea”, le contestó Rafferty. “Coger antorchas y cerillas”. “No hay cerillas, jefe. Se las habrá llevado. Te habrás dado cuenta que ha cogido también el dinero”, dijo el mismo de antes, que disfrutaba buscándole las cosquillas. El Jefe soltó un juramento que retumbó en la cueva. “Pues búscalas mejor o te juro que las vamos a encender frotándote los cuernos contra la pared, hasta que salgan chispas”. Aparecieron, por fin las cerillas, prendieron las antorchas y salieron a la galería principal en el momento que se oían voces a la entrada de las Cloacas. “¡La pasma!”, dijeron a coro, “¡vamos, vamos, de prisa!”. Tenían la ventaja de conocer los recovecos como la palma de la mano, pero los perseguidores tenían la suya al contar con el resplandor de las antorchas que les señalaba el camino. “¡Mierda!”, dijo Rafferty al comprobar que no les distanciaban. “Hay que despistarlos. Apagad las antorchas y encended las linternas, apuntando al suelo”. Siguieron cuesta arriba, hasta acercarse a la desviación que conducía al puerto. Vieron allí unas luces de linternas y un par de figuras recortadas a contraluz. “Serán Douglas y Bannister que han subido desde el puerto”, dijo el contrabandista hablador”.

El Azar había manejado bien los tiempos.

—¡Alto, policía!—, se oyó un grito rebotando por la bóveda—. Levantad las manos.

Los piratas se tiraron al suelo, apagaron las linternas y empezaron a disparar. El blanco era fácil y cayó uno de los policías. El otro apagó la luz, se pegó a la pared y comenzó a disparar con su metralleta. Se oyeron varios gritos y luego todo quedó en silencio. Así transcurrieron varios minutos. Por detrás se acercaban Higgins y sus tres agentes, que habían conseguido acceder a las Cloacas, y que al oír los disparos, se tiraron al suelo y apagaron también las linternas. Aguardaron en silencio. Rafferty no era tonto. Había perdido otros dos hombres en el tiroteo y tenía que salir de su situación entre dos fuegos. Pensó rápidamente. “Vamos a volver al almacén arrastrándonos y sin encender ninguna luz”, dijo en voz baja a los dos que le quedaban. Volvieron reptando sobre la piedra fangosa y, una vez dentro, Rafferty encendió una antorcha y saliendo rápidamente al túnel la incrustó en una grieta de la pared, volviendo de inmediato a la cueva. Los policías no llevaban antorchas sino linternas y si veían una encendida a lo lejos y gente junto a ella, no dudarían que eran los contrabandistas. Raffery y los suyos no tenían más que esperar en silencio. Efectivamente al de un rato se oyeron varios disparos, unos de metralleta y varios de pistolas, los unos venían de arriba los otros de abajo, en una refriega que duró varios minutos hasta que la antorcha saltó por los aires y volvió la oscuridad y el silencio. Los contrabandistas no tenían prisa y quedaron a la expectativa. Rafferty escudriñaba a través de las redes que ocultaban la entrada y no veía nada excepto el rescoldo de la antorcha, que apenas iluminaba un cuerpo con uniforme, posiblemente muerto, agarrado a una metralleta. Tiempo después escuchó unas voces y se encendió una linterna por la zona donde estaba Higgins, en la parte baja del túnel. Había dos cuerpos caídos junto a él. La luz que le venía del suelo le iluminaba el rostro, esculpiendo una expresión de fiereza y venganza que le hizo parpadear a Rafferty. “Bueno, él se lo ha buscado”, pensó el pirata. “Ellos han perdido cuatro hombres y nosotros otros cuatro. Estamos en paz”.

“Parece cosa del Azar; ¿no dicen que las leyes del Caos tienden al equilibrio?”, pensaba el Delegado de la Muerte, tomando registro de los caídos en combate y los despeñados por los riscos. Están dando juego estos acantilados, no como la noche del hotel que me volví de vacío.
El Dios del Azar también estaba satisfecho. En realidad él solo movía las circunstancias. Los hombres hacían el resto.
En cambio, el Dios del Amor, que seguía los acontecimientos desde la distancia, no podía menos que sentirse dolorido. Ya sabía que el Azar no tiene corazón, pero aún así le parecía demasiado cruel. También era cierto que Dora y Johnny estaban algo más cerca uno del otro, pero ¡a qué precio!

El inspector Higgins no tuvo más remedio que renunciar a la persecución. Cuando se acercó con prudencia al punto de la antorcha y luego siguió hasta la esquina de más arriba, se dio cuenta de que había perdido a otros dos hombres. Se fijó en las redes y boyas que colgaban de la pared pero no les dio importancia. Vio, también, a los dos contrabandistas muertos. Así no podía seguir. A duras penas, y maldiciendo internamente contra la mala suerte, sacó los cuerpos hasta la boca del túnel con la ayuda del otro agente, subieron la cuesta del acantilado y desde el coche llamó a la Central para que se encargasen de retirarlos. Al subir, se fijó en los cadáveres de los dos contrabandistas que se habían precipitado al vacío. Con los brazos abiertos sobre las peñas parecían dos fantasmas en la noche, acusándole de su muerte. “¡Qué desastre!”, pensó, “y lo peor es que nadie tiene la culpa, pues ni siquiera se ha llegado a matar a Oliver” “¡Qué desastre!”, repitió, “¡cómo se cruzan a veces las cosas!”.
Mientras tanto, Dora permanecía sentada en el suelo contra la pared del túnel, temblando de frío, con la antorcha apagada a un lado y sin fuerzas para levantarse. Estaba perdida. Había andado bien orientada hasta que llegó a la bifurcación que ya conocía, donde se iniciaba la cuesta abajo que conducía al puerto, y que obviamente no siguió porque le conducía de nuevo a la boca del lobo. A partir de ahí caminó durante horas en dirección opuesta esperando llegar a las inmediaciones de alguno de los pueblos cercanos. De trecho en trecho le guiaban bocanadas de luz de antiguas alcantarillas que, además de claridad, volcaban sobre ella las aguas residuales de los barrios apartados. El resto del camino fueron resbalones y caídas en un avance lento casi a oscuras y sin rumbo, hasta que se le apagó la antorcha y cayó agotada. Todo quedó en silencio, salvo de vez en cuando el sonido desagradable de las goteras y las carreras y chillidos de las ratas. Se cerró bien el chaquetón de marino, se bajó el gorro de lana hasta la nariz y se quedó dormida.

Cuando despertó no supo el tiempo que llevaba dormida. Sintió unos fuertes escalofríos y se tocó la frente que tenía ardiendo. Al intentar moverse notó un pinchazo en la espalda y le empezó a doler la cabeza. Se dio cuenta de que estaba enferma. Apenas pudo incorporarse para sacar la pequeña linterna que llevaba en el bolsillo. La encendió iluminando el suelo a su alrededor y dio un grito de espanto al ver una docena de ratas a un metro de sus pies, observándola con atención. El grito le hizo empezar a toser y a las espectadoras dar un saltito hacia atrás. A mucha distancia se veía una galería con algo de luz que daba a las Cloacas cierta perspectiva. Intentó levantarse de nuevo, pero se derrumbó otra vez tosiendo. Entre las alucinaciones de la fiebre le pareció ver a Johnny cerca de ella al borde del acantilado. Se escondió debajo de la escalera de una de bajadas de acceso y quedó desvanecida.

En algún lugar del infinito espacio, envuelto en las nieblas del tiempo, los dioses del Azar y el Amor estaban discutiendo en torno al tablero de ajedrez.
—Fuiste tú el que tumbaste la figura del rey y diste por acabada la partida—, decía el Azar, con aire digno, envuelto en su larga túnica negra. Ahora no te lamentes. Además no hubieses ganado nunca con esa pareja.
—Pero ya sabes que Oliver no murió. Nos engañó la Muerte, metiendo aquel Delegado en el hotel y apuntando su muerte en el registro. Por eso di el juego por perdido.
—Pues ahora no podemos volver para atrás. Esa pareja ya está borrada de nuestros registros. No creo que la mujer pueda volver a sentir algo por ese hombre, que no sea odio.
—Pero ella debería tener otra oportunidad en el amor, ya que, de alguna manera, le hemos hecho perder la partida al equivocarnos.
—Bueno, así son los caminos del Azar, unas veces se pierde y otras se gana. Mis leyes están por encima de las contingencias humanas. ¿Qué propondrías para compensar ese fallo, tú que eres puro corazón?
—Le daría una oportunidad con su antiguo amante —contestó el Dios del Amor, con una mirada soñadora en su anciano rostro.
—¿Quién, el fotógrafo? —preguntó el Azar, sorprendido. Pero si ya quedó claro que ella no lo amaba.
—Han pasado muchos años y muchas circunstancias; bien lo sabes tú, que has jugado con ellos a tu antojo. Es posible que las cosas hayan cambiado desde entonces y con un poco de ayuda tuya…
—El Dios del Azar se quedó pensativo, considerando alguna posibilidad que no contraviniese las sagradas leyes del Caos y del Equilibrio. Finalmente le dijo al Amor:
—Vamos a ver lo que podemos hacer entre los dos. Dispón las fichas e iniciemos una nueva partida. Piensa bien cómo te manejas esta vez; estudia qué sienten los dos, qué se dicen, qué están dispuestos a ofrecer, qué recuerdan, qué aman ... Yo, antes, tengo que disponer algunos retoques para que el encuentro tenga lugar. Luego, la partida será imparcial y sin concesiones. Si consigues hacer tablas (la victoria ya sabes que es inalcanzable, pues nada ni nadie está por encima del Azar), la pareja podrá seguir juntos su camino.
—De acuerdo. Por primera vez te veo enternecido —dijo el Amor, con cierto sarcasmo.
—En absoluto. No podría regular el Universo si me dejo llevar por sentimientos humanos. Las Leyes del Azar (mis leyes), pueden parecer caóticas, incluso crueles muchas veces, pero no lo son, y conducen al equilibrio inexorablemente. Reconozco que en este caso la suerte no se ha portado justamente con esta pareja (otras la habrán tenido). Por eso accedo a tu propuesta y reconozco que tu labor con los humanos es admirable.
El Dios del Amor adelantó su peón blanco con cara de satisfacción.
Y de esta forma, las arañas que tejen las telas del Destino se pusieron a trenzar de nuevo el viejo hilo de las vidas de Dora y Johnny.
El Dios del Azar recorrió los túneles organizando las circunstancias que iban a decidir los próximos sucesos. La verdad es que estaba preocupado por la suerte de Dora. Contemplándola ahora, a punto de morir en el suelo de las Cloacas, sin más compañía que las ratas, fue consciente de que con ella las leyes aleatorias del Caos se habían inclinado hacia un solo lado sin contemplaciones. Le había “tocado” una vida dura, gobernada por otros, sin cariño y sin amor, y, cuando pudo tomar sus propias riendas, las cosas se le fueron torciendo hasta acabar perseguida y desahuciada. Sin suerte, como diría un humano. Era justo que interviniese.
Y mientras él preparaba el escenario, la Muerte se mantenía al acecho, dando instrucciones al Delegado para empezar la ronda diaria.


07  El sueño de Dora

 




El ruido de los disparos resonaba como un trueno por las Cloacas de Mevagissey. Podía venir de un lado u otro de donde permanecía Dora sin conocimiento, pues el eco deformaba el sonido y ocultaba su procedencia. Johnny se había quedado en mitad del laberinto, con una brújula en la mano y una linterna en la otra, en una encrucijada de tres desviaciones, sin saber qué camino tomar, se fijó en media docena de ratas que le estaban mirando desde una esquina. Oyó los disparos de la refriega entre policías y piratas. No sabía si se producían delante o detrás de donde estaba, lo que le hizo temer por Dora. Corrió sin parar durante unos cuantos kilómetros y cuando llegó al escondite pudo contemplar a Dora pálida y sin conocimiento. Le tomó el pulso y comprobó que tenía una fiebre muy alta. Al tomarla en brazos, Dora se despertó un momento, empezó a toser y pronunció unas palabras que Johnny no entendió; debía estar delirando. Le costaba respirar. “Tengo que llevarla urgentemente al hospital, creo que tiene neumonía”, dijo Johnny en voz alta, como si estuviese rodeado de amigos; “hay que darle antibióticos urgentemente”. Sacó su botiquín y el agua de la mochila y buscó las pastillas de penicilina que llevaba siempre para el caso de infecciones. Le metió dos píldoras a Dora en la boca y le hizo beber agua abundante. Luego, ella volvió a quedar desvanecida. “¡Johnny, a Truro!”, se dijo en voz alta, señalando hacia el túnel que seguía subiendo. Truro era la capital del Condado y debían estar cerca. Las antiguas Cloacas seguramente se iniciaban en el mismo centro de la ciudad.
Cargó con el cuerpo de Dora al hombro y como el Jean Valjean de Los Miserables en las alcantarillas de París, Johnny recorrió el último tramo de las galerías con el alma en vilo, tropezándose y cayendo, pues no conseguía alumbrar con la linterna el lugar donde ponía los pies. Lo mismo podían aparecer los contrabandistas por un lado y los policías por el otro, y entonces sí que estaban perdidos. Pero no se oían disparos, ni pisadas, ni voces; únicamente su respiración agitada y los chillidos de las ratas que huían espantadas
Por alguna razón le vino a la memoria la carrera que hicieron Dora y él cogidos de la mano, aquella noche que la ayudó a escapar de la Comunidad Agrícola. El calor de su cuerpo, que ahora le llegaba por el hombro y el cuello, se le metía hasta el corazón, llenándole de emoción y tristeza. ¡Qué extraño papel le estaba dictando el Azar en aquella enrevesada historia de amor y contrabandistas! Llegaron, por fin, a una alcantarilla de salida, por donde caían en cascada la luz y los ruidos de la ciudad. Sorprendentemente para Johnny, estaba amaneciendo, dando paso a un día despejado con el cielo de color rosa pálido. Salió al exterior, levantando la rejilla, y se encontró en la esquina de una calle importante de la ciudad, por suerte casi vacía a esas horas de la mañana. Se quitó el pasamontañas, y lo mismo hizo con el gorro de lana de Dora; consiguió parar un taxi madrugador al que pidió llevarles a urgencias del Hospital Civil. El taxista hizo el trayecto con la ventanilla bajada y entonces se dio cuenta Johnny del aspecto lamentable que debían presentar y el olor fétido que desprendían sus ropas.
Al llegar al hospital todo fue rápido y eficiente. Le cogió a Dora el chaquetón y el bolso que llevaba debajo en bandolera y se la llevaron en volandas en una camilla, después de que Johnny explicara al médico de urgencias los síntomas y las pastillas que había tomado. Dora seguía sin conocimiento y él ya no la volvió a ver.
Pasó por Recepción a rellenar el informe de ingreso, aguantando impávido las miradas que le lanzaba la secretaria, con bastante asco y un poco de miedo, exactamente como si fuese una rata gigante. Improvisó sobre la marcha los datos que le pedían: nombre, Dorothy McGuire; edad, 45 años; estado civil, soltera; lugar de nacimiento, Salisbury; residencia, 48 Swan Street, Mevagissey. Nombre de él, John Adams; parentesco con la paciente: vecino. Cogió las cosas de Dora y se fue.
Estaba hecho polvo física y anímicamente. Conocía la ciudad y no tardó en localizar un hotel próximo al hospital. Cogió una habitación y se duchó durante un cuarto de hora con agua hirviendo. Se acostó y durmió seis horas seguidas. Luego, salió a comer a un restaurante cercano y volvió en seguida a seguir descansando sin saber qué hacer. Aprovechó para revisar el bolso de Dora. Llevaba una cantidad de dinero importante, producto, sin duda, de las últimas operaciones de Oliver y los suyos con el vino francés y el armagnac. Algunos documentos, ropa, gafas, una peluca negra, productos de aseo y poco más. Luego se dedicó a limpiar pacientemente el chaquetón de Dora, su bolso por fuera y su propia ropa con el jabón del hotel, aprovechando las toallas pequeñas del baño. Puso la ropa a secar encima de los radiadores y se tumbó de nuevo en la cama, para pensar con serenidad en los últimos acontecimientos.
¿Qué iba a hacer ahora? No estaba muy seguro de sus sentimientos. Quería a Dora (a pesar de todo), pero no estaba muy seguro de que ella le quisiera a él, aunque acabase de salvarle la vida por segunda vez. Además, se consideraba ya mayor para meterse en aventuras amorosas, como supondría el rescatar a Dora de las garras de Oliver y convencerla para que cambiase de vida. En ese momento recordó que ella estaba en la creencia de que Oliver había muerto y en las Cloacas había tenido tiempo para meditar en su situación y enfocar el futuro de otra manera. Podía contemplar la posibilidad de asociarse con Rafferty, que siempre le andaba acosando cuando no estaba el jefe, y seguir con el negocio en otro lugar. El lugarteniente era un hombre atractivo, con su aire deportivo y su perilla, soltero, algo más joven que ella y que estaría encantado de cambiar de aires después del zafarrancho de las Cloacas. Sin embargo, si Johnny le decía que Oliver estaba vivo, Dora no se atrevería a escaparse con el lugarteniente y él tendría las puertas abiertas.
Pasó la noche dándole vueltas al tema y por la mañana acudió al hospital. El médico le confirmó que Dora padecía una neumonía aguda y que se encontraba de momento en la UVI con oxigenación artificial y tratamiento antibiótico. Si todo iba bien al día siguiente la podría visitar, aunque todavía seguiría con fiebre alta. En una semana estaría recuperada. Le felicitó por la penicilina y el agua que le había suministrado, lo que había evitado que las dificultades respiratorias alanzasen un nivel más grave. Johnny respiró tranquilo. Al día siguiente estuvo junto a ella, pero no pudieron hablar porque estaba amodorrada y cuando abría los ojos y parecía querer decir algo, eran incoherencias y pesadillas provocadas por la fiebre. Hubo un momento en que creyó entender “non, je ne regrette rien”, de la famosa canción de Edith Piaff que a ella tanto le gustaba, pero luego pareció empezar llorar y se volvió a dormir. Johnny dejó el bolso y el chaquetón en la silla, le besó la frente sudorosa y se marchó. No esperó nada más y decidió no contarle que Oliver estaba vivo.
Ese mismo atardecer tomó el tren para Mevagissey. Durante el trayecto miraba pensativo las suaves colinas del paisaje, doradas por los últimos rayos del sol, en un claro simbolismo de abandono y punto final de no sabía qué. Al llegar la noche ya estaba en su casa. No la volvería a ver hasta mucho tiempo más tarde.

El Delegado de la Muerte volvió de Truro también de vacío. Se había salido de su zona, que era St Austell y Mevagissey, para rematar la sesión tan fructífera de las Cloacas, pero le había fallado aquella mujer por segunda vez. Era dura de pelar. De todas formas el día anterior había registrado ocho casos no previstos en la planificación de la semana, lo que le hacía regresar feliz y contento, casualmente, en el mismo tren que Johnny, sin usar el disfraz por supuesto.
La verdad era que los tres Dioses estaban satisfechos, a pesar de los ocho muertos y un enfermo grave de la jornada. ¿Qué importancia tenía eso, si se cumplían sus designios? La Muerte, no podía quejarse. Su Delegado había estado correcto en su papel, estando puntualmente en los lugares adecuados. En realidad, el Delegado era ella misma, pero como tenía que estar en mil sitios al mismo tiempo por todo el mundo, lo del Delegado local era una forma de expresarse y organizarse para llevar bien los registros.
El Dios del Azar, por su parte, había acertado en sus manipulaciones para empujar la balanza de la fortuna hacia el lado de Dora, e incluso pensaba que la enfermedad le sería finalmente favorable. Johnny, Rafferty y Higgins, se habían movido según los hilos que sus arañas habían ido tejiendo. Todo estaba controlado.
El más emocionado era el Dios del Amor. Estaba encantado porque ya tenía en perspectiva dos nuevas propuestas amorosas para Dora en sustitución de Oliver: la de Rafferty, con la que no había contado hasta ahora, y la de Johnny que, en la nueva partida de ajedrez reiniciada con el Azar, había conseguido una sensible ventaja en su posición, aunque él no lo sabía.

Los que no estaban contentos, más bien todo lo contrario, eran Rafferty y Higgins. El último volvió a la comisaría cabizbajo y maldiciendo, con cuatro bajas y sin ninguna detención. Bien es verdad que había eliminado a cuatro contrabandistas, pero el principal responsable de la muerte de sus hombres se le había escapado y la novia de Oliver posiblemente se había ido con él. Tenía que organizar una batida general por todas las Cloacas y los escondrijos del pueblo y pedir ayuda a los pueblos cercanos.
Rafferty, por su parte, y los dos sicarios que le quedaban, siguieron por las Cloacas hasta que encontraron la salida en un pueblo cercano. No podían volver a Mevagissey después de haber matado a más de un policía (no sabían cuántos), porque estarían en busca y captura por todo el país. Tenían que desaparecer cada uno por su cuenta. Ya se ocuparía él más delante de la astuta Dora y acabaría localizándola tarde o temprano.
Era una noche de sueños extraños en el sur de Cornualles. Dora, envuelta en fiebres y pesadillas, soñaba que un hombre salido del mar la salvaba de morir ahogada. Johnny, despertándose un montón de veces, soñaba que las ratas se convertían en lobos que atacaban a sus perseguidores y él conseguía subir por un muro interminable. Rafferty, entre los vapores de la botella de aguardiente que se había tomado, creía verse apretando el gaznate de Oliver, mientras Dora se reía en un rincón; y Higgins, el bueno de Higgins, también solitario en su cama de soltero, soñaba que un coche le seguía por la carretera a punto de cogerle.

En el mundo de los dioses no había noche, ni aguardiente, ni nada que soñar, porque soñar es solo de humanos.


08  Los jardines perdidos de Heligan

 




Al sexto día de ingresar en el hospital de Truro, Dora fue dada de alta, recogió sus cosas y se fue a buscar un hotel donde descansar, recuperarse y esconderse. Tenía dinero de sobra y, en vista de eso, reservó una habitación en el mejor hotel de la ciudad, donde nadie la buscaría. Antes, entró en una boutique de ropa y en otra de zapatos y se cambió lo que llevaba puesto por otro conjunto más elegante. Para completar el atuendo se puso la peluca negra y las gafas de sol que llevaba en la bolsa y se pintó los ojos y los labios. Pálida y delgada como estaba parecía una dama de la buena sociedad. Como en el hospital, al despedirse, le habían llamado repetidamente señorita McGuire, leyó bien los papeles de ingreso y de alta y pudo ver, extrañada, los datos que allí constaban. Le gustó lo de Dorothy McGuire y se dijo que de ahora en adelante se llamaría así. Tenía que hacerse con nuevos documentos de identificación por medio de alguno de los conocidos de la banda. Estaría con su amiga Alice, la de Pentewan. Pero, ¿quién era John Adams? ¿Quién era el desconocido que la había salvado en las Cloacas y la había llevado al hospital, cambiándola de nombre? Todavía estaba muy cansada y confusa. Lo que le venía a la memoria parecían pesadillas en las que aparecían revueltos unos y otros personajes y situaciones.
No le pidieron documentación al registrarse en el hotel, seguramente por su aire distinguido, su sonrisa y el billete de 20 libras que dejó disimuladamente al alcance de la mano del recepcionista. Permaneció en el hotel una semana en la que se dedicó a reponerse, comiendo y durmiendo a gusto, a intentar poner en orden sus recuerdos y a organizar su nueva vida. Estaba casi convencida de que el misterioso John Adams no era otro que Johnny Janzek. Atando cabos, recuperó de su memoria fugaces visiones de él: a través de la vidriera, luego cerca del acantilado bajo la lluvia y finalmente en las Cloacas cuando la tenía en sus brazos. Estuvo pensando en cómo se pudo arreglar para sacarla a hombros de los túneles y llevarla hasta el hospital; en cómo le había salvado la vida según le contó el médico dándole penicilina y, luego, creyó recordar que estuvo a su lado y que habían hablado algo allí. ¿Qué le había dicho? ¿Y ella? La había salvado otra vez y había demostrado cuánto la quería. Luego, se había ido. Dora sintió, al pensarlo, un nudo en la garganta y empezó a llorar al recordar lo mal que se había portado con él. ¡Cómo podía ser tan imbécil y desgraciada!
A las mañanas, con el desayuno, le traían el periódico; y uno de esos días grises y lluviosos en que la tristeza del paisaje parece atravesar los cristales, se llevó tal sobresalto que a punto estuvo de devolver el té que estaba bebiendo. En la segunda página venía una noticia sin apenas comentarios: “El conocido marino de Mevagissey, Oliver Garfield, relacionado con el narcotráfico, que había resultado ileso de un intento de asesinato la noche del pasado día 12, se recupera lentamente de sus heridas en el Hospital Central de la ciudad. La policía sigue buscando al autor o autora del crimen y ha ordenado la búsqueda y captura de su amante y de su lugarteniente, no descartándose tanto el móvil pasional como el de un ajuste de cuentas, relacionado con las drogas. El inspector Higgins, famoso sabueso de Bath, ahora asignado a la comisaría de Mevagissey, ha sido encargado del caso y no ha querido hacer, de momento, ninguna declaración”.
Dora se quedó varios minutos en blanco. ¡Estaba vivo! Ahora sí que podía estar en apuros. Por un lado, se le quitaba un gran peso de encima al saber que no había matado al canalla de Oliver pero, por el otro, con éste vivo, estaba más sentenciada que con la policía por detrás. De todas formas, a lo mejor la policía no la perseguía si el contrabandista se curaba y no presentaba denuncia, pero también estaba el hecho de que se había apoderado del dinero del contrabando y las drogas. Conocía a Higgins y sabía que no dejaría de aprovechar la oportunidad para pillar a todos y liquidar el tema del narcotráfico en el sur de Cornualles. Solo de pensar en Oliver saliendo del hospital y convocando a sus sicarios, se le ponían los pelos de punta. Empezó a pensar que se le habían ido las manos al hacerse la dura en la vida y moverse a su antojo sin escrúpulos ni corazón. Todos aquellos años de ser ella misma (como se repetía a menudo), buscando su conveniencia y su placer, sin ningún miramiento ético ni afectivo, le pasaron por delante amargándole el bienestar adquirido en la semana de descanso. Volvió a pensar en Johnny…, había estado tan cerca de ella otra vez; pero, ahora, intuía que se alejaba de nuevo de su lado. ¿Por qué se habría marchado sin esperar a que se pusiese bien?
Su vida estaba en peligro y, de repente, la soledad se le presentó tan cruda y real como no la sentía desde que vagaba medio loca por la Comunidad Agrícola en su juventud. Estaba sola y tenía que huir. Su casa estaría vigilada y su cara expuesta por las paredes de la ciudad. Policías y contrabandistas estarían ya en su búsqueda. No podía volver. Afortunadamente tenía dinero. Conseguiría nuevos documentos y se marcharía del país. Lástima no tener a Johnny para irse con él a donde fuese.
Pidió en el hotel unos mapas de Cornualles, de Gales y de Devon. Después de leerse toda la propaganda turística que le facilitaron, decidió que Exeter, capital del condado de Devon y una de las ciudades más antiguas de Gran Bretaña, era un sitio ideal para refugiarse y proyectar su nueva vida como Dorothy McGuire. Antes tenía que visitar a Alice Berger la de Pentewan, un pequeño pueblo costero al sur de Mevagissey. La conocía de los tiempos en que ella y su marido trabajaban para la banda de Oliver, al que suministraban toda clase de documentos falsos. Localizó su teléfono en el hotel y la llamó explicándole lo que quería. Alice se echó a temblar, pues ya sabía que estaba perseguida, pero no dudó en prometerle el trabajo. Le pidió que le mandase por correo cuatro fotos de carnet y los datos que quería y le prometió tener los documentos tres días más tarde. La llamaría por teléfono. Dora le envió la carta esa misma tarde.
Mientras Dora organizaba su viaje a Exeter, con una escala rápida en Pentewan, los personajes de la historia se movían sin descanso en Mevagissey.
Higgins llamó a uno de sus ayudantes.
—Vais a localizar a uno de los contrabandistas de Oliver, al que llaman “El Hablador”. Me han dicho que no lo tienen en la “morgue” con los otros, por lo que andará escondiéndose. Estoy seguro de que participó ayer en el tiroteo de las Cloacas. Contactad con algún confidente, localizadlo y me lo traéis aquí. Si pone pegas, lo detenéis como sospechoso de asesinato. ¡Ah!, y lanzad lo antes posible la orden de busca y captura de Rafferty y de Dora Jones, con foto incluida. Él, por su parte, iba a tener una charla con Oliver en el hospital, si es que seguía vivo.
Higgins recibió al “Hablador” en la sala de interrogatorios de la comisaría y no tardó en meterle el miedo en el cuerpo. Tenía la pistola del pirata encima de la mesa, requisada al detenerle, y lo primero que le dijo es que estaban a la espera de las balas recuperadas en los cuerpos de los policías. Le mencionó de pasada la soga que esperaba al asesino de un poli, y que él era el principal sospechoso; con eso y el gusto por la palabra del contrabandista, consiguió que le contase su vida y milagros. Llegaron a un acuerdo, sin necesidad de abogados. Entre otras muchas cosas, Higgins se enteró de la existencia del refugio de las Cloacas; la dirección de un piso franco; quién se encargaba de blanquear el dinero (por allí salía el Sr. Almeida); dónde camuflaban los coches y cambiaban las matrículas; y el nombre de diversos camellos. Del tema de prostitución él no sabía nada, era cosa particular del jefe. De las armas y los documentos y matrículas falsas se encargaba Rafferty. ¿Qué papel tenía Dora en la banda? Pues, ella se encargaba de distribuir las bebidas por todos los pubs y de recoger el dinero.
Una vez despachado al rufián camino del calabozo, Higgins se fue a su despacho frotándose las manos. “Los tenía en el saco”, se dijo, “pronto haría una redada. Solo le faltaba localizar a Dora y a Rafferty”.
A la tarde acudió al hospital a visitar a Oliver y tratar de sacarle algo de lo sucedido la noche de las puñaladas, pero no pudo conseguir nada porque el enfermo había desarrollado una infección hospitalaria, que se había extendido por todo el cuerpo, y su vida corría peligro. La mala vida que arrastraba y la carga de intoxicación que llevaba encima cuando lo hirieron, no facilitaba su recuperación. Estaba en la UVI.

Es curioso, se decía el Dios del Azar, los dos amantes ingresados en el hospital casi al mismo tiempo, pasando en unas pocas horas de las drogas a los antibióticos. Es una de esas coincidencias que luego me achacan a mí, pero que en este caso yo no he tenido nada que ver. Muchas veces, las bacterias se me escapan de las manos y no las puedo controlar.

El Delegado de la Muerte, que seguía en la habitación de Oliver escondido detrás de un biombo, confiaba en que la coincidencia no pasase de la similitud del tratamiento, y que el contrabandista dejase pronto el mundo de los vivos. Tenía trabajo pendiente y no le estaba permitido demorarse más en el registro de otros fallecimientos que se habían producido en el pueblo.
Por su parte, el Dios del Amor estaba un poco desanimado. La postura de Johnny de encerrarse en casa no encajaba del todo en sus planes, porque parecía haber renunciado a acercarse a Dora en unas circunstancias tan favorables. No obstante, había logrado, con un poco de ayuda por su parte, sembrar un atisbo de esperanza en ambos corazones. Por eso, avanzó un peón de posicionamiento en su partida con el Dios del Azar. De todas formas, seguiría atento las maniobras del astuto Rafferty.

En efecto, el lugarteniente de los contrabandistas no perdía el tiempo. Daba por hecho que Dora había conseguido escapar por las Cloacas y ahora estaría escondida en algún lugar seguro. No podía regresar a su casa ni a la de Oliver, porque estaban vigiladas. Tampoco podía volver al pueblo, donde era sobradamente conocida. “Debe estar en algún pueblo de los alrededores” se dijo, “tiene dinero, eso sí, (la muy zorra se ha llevado la pasta del último botín) y puede meterse en cualquier hotel y esperar tranquilamente a que se aburriesen de buscarla. Pero había una orden de búsqueda y captura por toda la comarca (para él también, pero ya se había afeitado la perilla y andaba con gafas negras todo el día. Claro que ella habría hecho lo mismo). Pero él no tenía que moverse, ni tenía que enseñar su documentación... ¡Ya está!”, se le encendió la bombilla, “necesita documentos. ¿Y quién nos ha facilitado siempre documentos falsos? ¡Los Berger! Hugh y Alice Berger, de Pentewan. Por ahí tiene que pasar. Pero… ¿qué voy a hacer cuando la encuentre? Bueno, ya veremos. La intentaré convencer para irnos juntos. Y si no le convenzo, pues ¡zás!, le quito el dinero y me la cargo”.
Dora había recibido ya la llamada de Alice y estaba preparando la bolsa de viaje. Los planes habían cambiado. Alice no quería que Dora fuese a su casa a recoger los documentos. Lo consideraba peligroso, porque habían detenido al “Hablador” y estarían vigilados. Le había propuesto quedar en un sitio turístico, a la entrada de “Los Jardines Perdidos de Heligan”, uno de los lugares más visitados de Cornualles, famoso por sus esculturas vegetales. No estaba muy lejos de Pentewan y la cogía de camino. Al día siguiente Dora cogió un autobús de turistas que salía de Truro y al mediodía estaba ya esperando en la entrada del parque. Había quedado a las doce con Alice y cinco minutos más tarde la vio llegar corriendo y toda sofocada. Se intercambiaron los sobres con los documentos y el dinero y Alice le contó que Rafferty la venía siguiendo porque el tonto de su marido le había dicho dónde habían quedado al creer que él también se iba a ver con ella. Les había oído hablar del dinero que Dora se había llevado. Debía escapar, le dijo, porque de él se podía esperar cualquier cosa. Alice se marchó corriendo. En ese momento Dora vio a tres hombres con gafas de sol, que se acercaban entre la multitud, destacando como manchas de tinta negra en un vestido de flores. Uno de ellos era Rafferty, sin duda, lo conocía bien. Haciendo gala de buenos reflejos, Dora se acercó a la oficina de entrada, sacó un ticket, dejó la bolsa con el sobre dentro en la consigna y se metió rápidamente en el Parque. Conocía la distribución de los distintos jardines, que había curioseado en el autobús, a cual más bello y original, y se dirigió a los más frondosos, donde podía despistar mejor a sus perseguidores. A pesar de los numerosos turistas y de lo complicado del terreno, cada vez que Dora volvía la vista, se encontraba con un par de gafas negras montadas sobre un sicario, destacando claramente entre los cabellos canosos y los vestidos alegres de los turistas. Se habían separado y probablemente en muy poco tiempo la rodearían. Se le ocurrió una idea. Se dirigió corriendo al jardín de las esculturas vegetales, se desnudó, oculta entre los arbustos, dejando la ropa escondida, y se metió en una de las charcas fangosas, revolcándose en el barro hasta cubrirse por entero. Luego se tiró al suelo, dando un par de vueltas en una zona de hojas secas, alejada del camino, y se quedó tumbada como una estatua. Se mantuvo quieta y cerraba los ojos cuando alguien se acercaba. Le sacaron muchas fotos y algunos turistas se quedaban extasiados, diciendo ¡qué preciosidad, qué realismo! A Dora le picaba todo el cuerpo, según el barro se iba secando, pero aguantó todo lo que hizo falta y la verdad es que su figura, un tanto erótica, fue ese día la sensación del jardín junto a la famosa “Doncella del Fango”, que yacía no muy lejos de ella. Vio pasar un par de veces a Rafferty y a sus matones, con sus caras revenidas, pero ni siquiera se fijaron, pues estaba claro que no eran amantes de las flores ni de la belleza. En cambio ella sí que se acordó de Johnny y se lo imaginó sacándole fotos y disfrutando del lugar. “En fin”, se dijo, suspirando, “qué le vamos a hacer. Otra vez será”.
Cuando los turistas empezaron a desaparecer (pensaba que incluso había llegado a dormirse) y estuvo segura de que los contrabandistas se habían ido, Dora se levantó, se lavó bien en un estanque de agua limpia; después de secarse un poco se vistió y salió tranquilamente del Parque, recuperando la bolsa. Se metió en los servicios y se puso ropa seca.
Jamás olvidaría aquella visita a los “Jardines Perdidos de Heligan”.


09  El demonio

 


 

Johnny había desaparecido discretamente de la escena, después de dejar a Dora recuperándose en el hospital de Truro, y permanecía prácticamente encerrado en su casa, para no dar pie a dudosos comentarios sobre su participación en el “asunto Oliver” y para evitar que, de paso, la gente del pueblo refrescase su memoria recordando la época en que él y Dora vivían juntos. Y así pensaba seguir hasta que aquel oscuro asunto de las Cloacas quedase aclarado. Suponía, por otro lado, que Higgins lo tendría discretamente bajo vigilancia. Pero al final su espíritu de reportero y su interés por la suerte final de Dora pudieron más que su prudencia y la promesa hecha al inspector. Tenía que volver a investigar en aquel laberinto de las Cloacas porque habían quedado enigmas sin resolver. Una imagen de Dora aparecía entre sus recuerdos de aquella noche: su vestido de satén verde y sus zapatos de tacón alto. Sin embargo, al hallarla desvanecida dentro de las Cloacas, la había encontrado vestida con vaqueros, botas y un chaquetón de marino. El cambio de ropa se había producido en el pequeño almacén de los contrabandistas. También allí había cogido el dinero. Pero había algo que se le escapaba. Todo lo que había visto en el almacén en su anterior visita no pasaba de ser el atrezo de la compañía; incluso el dinero que había encontrado en el bolso de Dora sería solo una pequeña parte de lo que aquella banda podía tener acumulado. Tenía que haber una especie de “caja de seguridad” en alguna parte, que solo conociesen los jefes.
El inspector Higgins no tenía ni idea de estos interrogantes, así como de la existencia de la cueva y lo probable era que no la encontrase nunca. Le tocaba a él resolver el misterio.
Para empezar, y antes de volver a las Cloacas sin que la policía se enterase, decidió disfrazarse en plan Arsenio Lupin y evitar así la malsana curiosidad de la policía y los maliciosos comentarios de los vecinos del pueblo. Si antes se había pertrechado como fotógrafo reportero, que era lo suyo, y se había enterado todo el mundo, ahora esperaba pasar desapercibido si se ponía por encima un abrigo largo y un pañuelo de mujer en la cabeza y llevaba en la mano una bolsa grande de hacer la compra. Si lo veían buscando entre las peñas, y se encorvaba lo suficiente, pensarían que “aquella vieja” buscaba restos tirados por el mar o lo mismo caracoles y cangrejos. Una mujer pobre podía llegar a ser invisible.
Llevaba en la bolsa una linterna grande como el faro de un coche, pilas, navaja y un martillo de geólogo por si tenía que hurgar en las paredes. Para llegar hasta la entrada de las Cloacas, en vez de bajar directamente por el acantilado también se podía recorrer el borde del mar desde los muelles del puerto cuando estaba la marea baja y es lo que hizo. El camino era más largo pero menos peligroso y además podría echar un vistazo entre las peñas por si veía la bolsa de Dora. Consultó los horarios y un amanecer en que había bajamar salió la “viejilla” sigilosamente de casa y siguiendo la playa hasta el final, se adentró entre las rocas cubiertas de un verdín recién mojado, bordeando el pie del acantilado. Entre el encorvamiento y los resbalones el disfraz de Johnny resultaba perfecto. El día prometía ser espléndido y el sol empezaba a teñir de dorados tonos los perfiles de las paredes, por encima de una capa de niebla baja que ocultaba las olas y el horizonte. Había paz en el ambiente. La mar estaba en calma. Sin saber por qué, iba optimista, aspiraba con placer el aire salitroso y se movía con ilusión entre las piedras resbaladizas. Entre murmullos acuáticos que le hacían de acompañamiento, Johnny silbaba la Canción de la Mañana de Grieg.
Los últimos temporales habían depositado en la orilla decenas de restos de naufragios o elementos de las cubiertas de barcos mercantes barridas por la tempestad. Cuerdas azules y verdes, trozos de madera pintada, boyas de color naranja, metros de nylon enmarañados con anzuelos amenazantes, jirones de redes; todo ello mezclado con objetos menos sugerentes como latas de cerveza y botellas de plástico. Y en medio de aquel almacén de “ultramarinos”, había un zapato de mujer incrustado en la grieta de una roca; era un zapato elegante de color dorado, con un tacón de aguja largo y fino: el zapato de Dora. Lo sabía porque lo había visto sobre la cara de Oliver aquella noche, al final de un tango que acabó sobre la mesa rota. Lo sacó del agujero y lo metió en la bolsa. No era fetichista pero le hizo ilusión. Siguió buscando y no encontró ni la bolsa ni el otro zapato. Vista desde lejos, su figura de ropajes negros agachada entre la niebla parecía salida de una novela de Dickens, el alma de la pobreza.
Es lo que pensaba el inspector Higgins, que había salido temprano a dar un paseo, y contemplaba a aquella pobre mujer recogiendo lo que el mar le daba para poder subsistir. ¡Qué miseria!, pensó, unos tanto y otros tan poco... En ese momento, le vino a la mente, por comparación, la imagen de Margaret Garfield (la otra cara de la moneda), envuelta en exquisitos vestidos y forrada de dinero, seguramente mal adquirido, y no pudo reprimir un gesto de desagrado. Reconocía el magnetismo que sentía fluir de ella y le preocupaba su débil capacidad de defensa ante su atractivo. ¿Sería capaz de apretarle las tuercas con lo del blanqueo del dinero de la droga? ¿Haría la vista gorda si ella se proponía ser seductora? La “anciana” desapareció finalmente de su vista y no pudo ver cómo, después de mirar a todos los lados, se introducía por el túnel de las Cloacas.
Nada más entrar, Johnny se quitó el abrigo y el pañuelo, que dejó en un rincón seco contra la pared, y empezó a caminar cuesta arriba por el túnel. Encendió la linterna y torció la nariz al sentir el repelente aroma que recordó enseguida. Fue muy despacio, registrando palmo a palmo la galería, desde el borde inferior de la pared hasta la cima de la bóveda, incluso el suelo por si hubiese una rejilla o una compuerta disimulada. Vio los restos de sus billetes quemados, numerosos casquillos de bala y restos de sangre que le recordaron el tiroteo que había oído cuando localizó a Dora debido al enfrentamiento de la policía con los contrabandistas.  Siguió adelante. Estaba cerca de los cortinajes de redes y mantas, que disimulaban la entrada al camerino de los contrabandistas. Penetró en el cuartucho y se quedó mirando el vestido verde de Dora, levantándolo en alto por los hombros, y lo acabó metiendo en la bolsa. Se guardó también las libras que quedaban en la caja abierta. Luego siguió escudriñando a conciencia con la linterna y el martillo, todos los rincones de la estancia, incluyendo las juntas de las paredes y hasta dentro de la colchoneta que estaba en el suelo. Colocó la linterna sobre un estante de la pared de forma que le iluminase y se puso a cortar los tirantes que sujetaban el colchón a una plataforma de madera. Retiró el colchón y vio que la plataforma tenía unas pequeñas bisagras en un costado. Metió la navaja por el otro y a duras penas consiguió levantar la tapadera. Debajo había un hueco de casi un metro de lado del que salía un extraño olor que no reconoció. Asomó la linterna y vio una escalera de aluminio apoyada en la pared al alcance de la mano. Bajó e iluminó el recinto. Se quedó boquiabierto.
Se encontraba en una cámara perfectamente limpia, con las paredes, el techo y el suelo recubiertos de material aislante gris claro, de unos dos por tres metros, con varias cajas de cristales absorbentes de humedad en los rincones y un agujero de ventilación en un esquina del techo. Una de las paredes estaba amueblada con estanterías metálicas, donde se podían ver placas de matrícula de coches, armas de todas clases y multitud de herramientas, así como latas de aceites, gasoil, disolventes y pinturas. Junto a la pared contigua había una mesa, también metálica, con un tornillo de trabajo y sobre ella una montaña bien ordenada de paquetes de plástico con polvo blanco que no había ninguna duda de que se trataba de cocaína o heroína. Había, también un pequeño generador de gasoil del que salía un cable que alimentaba una bombilla en el techo, a varios enchufes en la pared y unas resistencias de calefacción en el suelo. Un verdadero taller camuflado provisto de todo lo necesario
En un rincón se veía una caja fuerte antigua, probablemente llena de documentos y dinero suficientes para una retirada precipitada, llegado el caso, por parte de Oliver y quizá, también, de Rafferty. Oliver ya no iba a tener la oportunidad de hacerlo, pero algo le decía a Johnny que el lugarteniente no había tenido tiempo de pasar por allí después del tiroteo o lo había dejado sin tocar para tiempos mejores, sabiendo que aquella cámara secreta estaba a salvo. Una caja fuerte, dentro de una cámara secreta, en una cueva oculta, escondida en unas Cloacas que nadie sabía que existían; era como una “matrioska” rusa de la seguridad, un sistema perfecto, pensaba Johnny; mejor que un banco suizo. Estaba admirado y entusiasmado porque, de repente, se encontraba en las manos con unas cartas excelentes (póker de ases, por lo menos) a la hora de negociar con Higgins otros asuntos, como su implicación en la huida de Dora o la libertad misma de ella si era localizada. Estuvo a punto de coger un paquete de droga para demostrarle al inspector la verdad de su hallazgo, pero lo pensó mejor y lo dejó allí, porque solo le faltaba que le cogiesen con ella encima. Se quedó un buen rato allí porque era un momento para disfrutar. Para completar su felicidad tuvo la suerte de encontrar en un estante una botella de coñac francés, del bueno, que abrió de la misma para celebrarlo, y unos vasos (no sería la primera vez que se brindaba en aquella cámara) y pegó unos buenos tragos sentado en la mesa y lanzando un brindis tras otro: por Oliver, que en gloria esté, el contrabandista más grande de Cornualles; por el Dios del Azar, que lo ha puesto todo en mis manos; por el Dios del Amor, aunque no sé muy bien por qué…
Cuando se le fue pasando la euforia, decidió que era el momento de retirarse. Por si acaso, probó la puerta de la caja fuerte a ver si se abría, pero ya hubiese sido demasiado. Subió la escalera pensando en los millones que había allí enterrados y que podían ser suyos (fue un pensamiento fugaz) y cerró la tapa colocando la colchoneta en su sito, bien amarrada. Lanzó otra mirada a la cueva y, al ver las medias de seda de Dora tiradas en el suelo, las recogió para no darle pistas a Higgins si aparecía por allí. Luego salió al túnel y se dirigió a la salida pensando que se merecía una buena celebración. Volvió a vestirse de “abuela pobre” y marchó hasta su casa, primero dando saltos entre las piedras y luego, al acercarse al pueblo, dando pasitos cortos porque había gente en la calle.
A la hora de comer se dirigió al mejor restaurante de la ciudad, el Café Central de la calle de la Iglesia, donde iba cada vez que vendía más de tres cuadros, y se sentó en una mesa apartada dispuesto a disfrutar de una buena comida y de un buen repaso de los acontecimientos. Pidió croquetas trufadas, cangrejo y un solomillo con foie. Para beber, una botella de borgoña Côte de Beaune, de contrabando (ya sabía dónde repartía Dora el producto de calidad). Tenía toda la tarde para dormir, antes de hablar con el inspector. O igual lo del inspector se quedaba para el día siguiente.
Comenzó el repaso con una idea clara. Que su “ex” era la autora de las cuchilladas que mandaron a Oliver al hospital. Ni Almeida, ni el recepcionista, ni nadie. Johnny estaba seguro. Lo que había pasado antes solo lo sabía ella. No se imaginaba qué podía haber ocurrido. Oliver era un hombre violento y ambos estaban drogados; podían haberse peleado. Les vio aquella noche después de aquel tango con final rotundo (como acaban los tangos clásicos), cuando se fueron haciendo eses a la habitación; lo siguiente fue verla salir del hotel en dirección al acantilado. Estaba claro que se dirigió a las Cloacas convencida de haberlo matado; se cambió de ropa, cogió el dinero y escapó por los túneles hasta el lugar donde él la encontró. Luego vinieron los tiros, la escapada, y el hospital, hasta el momento en que la dejó convaleciente en Truro. A partir de ahí no sabía nada más de ella.
Por otro lado, Rafferty se había enfrentado a tiros con Higgins en los túneles y había conseguido escapar. Él o sus hombres se cargaron a varios polis y ahora eran buscados por asesinato. Eso también quería decir que cuando se produjo el enfrentamiento el contrabandista iba detrás de Dora.
En realidad, Higgins —seguía pensado Johnny— no sabía si Dora era la causante de la agresión a Oliver, pero estaba convencido de que había huido por las Cloacas después de estar con él y ahora podía haberse refugiado en cualquier lugar. Incluso para el inspector, Johnny mismo podía haber participado de alguna manera en el asunto. El inspector tampoco tenía pruebas concluyentes de la dedicación de Oliver y Rafferty al narcotráfico. Nunca se les había sorprendido in fraganti. Andaba bastante perdido. Por ese motivo, el descubrimiento de Johnny en la cueva, la droga, las armas, el dinero, eran clave para el desmantelamiento de la trama de Mevagissey y fundamental para el éxito y la carrera de Higgins. Lo tenía en sus manos. Al llegar a este punto de sus reflexiones, Johnny alzó la copa hacia un compañero imaginario sentado enfrente y se bebió el borgoña despacito, disfrutando del momento.
Al día siguiente Johnny llamó a Higgins y quedaron para desayunar en el Penwood Pub de St Austell. El inspector –que suponía a Johnny ignorante del caso— le puso al corriente de los últimos acontecimientos: el enfrentamiento a tiros entre contrabandistas y policías en las Cloacas, la captura de la banda y la desaparición de Rafferty, según el inspector, el verdadero responsable de la muerte de los policías. También le informó de la repentina muerte de Oliver en el hospital debido a una infección generalizada y de que su entierro tendría lugar al día siguiente en el cementerio de St Austell.
De Dora, le dijo que misteriosamente había logrado escapar a través de las Cloacas y que se le había visto con Alice Berger, antigua falsificadora de la banda de Oliver, en los Jardines Perdidos de Hilegan, cerca de Pentewan, para recibir nuevos documentos de identidad y que luego había desaparecido; se suponía que con otra apariencia, y con un nuevo nombre que los falsificadores Berger —también detenidos en la redada— habían declarado no recordar.
Según le dijo el inspector, la muerte de Oliver no había sido considerada por el fiscal como resultado de las heridas del cuello, que no eran graves en sí mismas, sino debido a la infección contraída en el hospital, por lo que no había más cargos contra ella que su posible colaboración con los contrabandistas en temas de blanqueo de dinero y de encubrimiento, lo cual, una vez muerto el jefe, era muy difícil de demostrar. De todas formas, como ella se creía autora de la muerte del pirata, y en un principio se había ordenado su búsqueda y captura, lo más lógico era pensar que estaría huyendo sin parar hasta el otro extremo del país (lo cual lo dijo con énfasis Higgins para que a Johnny no se le ocurriese la romántica idea de acudir en su ayuda). En su fuero interno, el inspector estaba seguro de que Dora andaba en estos momentos por alguna ciudad cercana, bastante tranquila con su nueva identidad. El único peligro, y esto sí que dejó de contar a Johnny, era que Rafferty la estuviese buscando, como le dijeron los Berger, para recuperar el dinero de la banda y escapar juntos, o para vengarse de la muerte del jefe y del desastre que se había montado por su culpa.
En realidad, el “dinero de la banda” no era lo que se había llevado Dora, porque esa cantidad era solo lo conseguido con el último contrabando de vino francés. La verdadera bolsa de los contrabandistas estaba en bancos suizos y controlada por la hermana de Oliver, Margaret Garfield. Margaret era una belleza de treinta y cinco años que vivía en Londres; había estudiado Economía y no tenía ningún contacto con la cuadrilla de mafiosos de Saint Austell. Ahora, eso sí, todo el dinero pasaba por sus manos. Residía en un apartamento cerca de la City londinense, donde trabajaba en un elegante despacho de asesoría fiscal, y no se le conocía pareja, ni masculina ni femenina. Era una mujer elegante, culta e inteligente. Higgins habría roto su promesa respecto a las mujeres, si hubiese tenido alguna oportunidad (solo se habían visto un par de veces, en las que Oliver había sido detenido y ella acudió a depositar la fianza).
El que sí estaba perdidamente enamorado de ella —o más bien de su dinero y de su cuerpo— era Rafferty, pero tenía el aviso expreso de su hermano de no posar ni medio ojo sobre ella a riesgo de perder los dos de un par de tiros. Oliver le había citado más de una vez la Biblia, “si tu ojo te escandaliza, arráncatelo”, que no sabía muy bien si venía a cuento, pero que sonaba muy amenazante.
Johnny se quedó pensativo, muy pensativo; hasta el punto en que el solomillo empezó a enfriarse y se lo comió con prisa y un poco nervioso. De repente, una sombra oscureció la pantalla de su cerebro, en la que estaba disfrutando de una película de intriga tan atractiva y con final feliz: la sombra se llamaba Margaret Garfield. Se rumoreaba que la hermana de Oliver, con su trabajo en Londres, manejaba las finanzas de la banda de contrabandistas, pero sin mancharse las manos excesivamente. Johnny la había visto en alguna ocasión y no creía que fuese tan tonta como para contarle al inspector los entresijos del negocio de su hermano, pero, ¿quién sabe?... La verdad es que era una mujer espectacular y, seguramente, peligrosa. Se le quitaron las ganas de tomarse el postre de melón al whisky que pensaba pedir y se fue para casa. Se tiró encima de la cama y a pesar de la carga de alcohol que llevaba encima le costó dormirse. “¿Higgins misógino, eh?”, fue lo último que pensó. “Ya me extraña”.

La nueva partida entre el Azar y el Amor, con la pareja de Dora y Johnny en juego, estaba en un punto emocionante. Ambos dioses, con sus largas túnicas pasadas de moda, miraban fijamente al tablero con gesto preocupado. La última jugada del Azar, comiéndose un alfil, había hecho retroceder a las blancas.
—Este chico me cae muy bien —estaba diciendo el Azar— y ¿sabes por qué?, pues porque pone mucho de su parte y es leal. No quisiera que le eches el lazo de nuevo, pues ya tuvo bastante con Dora la primera vez.
—Hombre, no todo fue culpa de Dora —contestó el Amor —. A mí también se me fue un poco la mano al dejar que él se hiciera tantas ilusiones. Pero el verdadero culpable de su fracaso fuiste tú, con tus complicadas coincidencias y golpes de mala suerte.
—Sigo creyendo que fue mejor para él, pero bueno, ya quedamos en que le dábamos a Dora una nueva oportunidad. Te veo distraído últimamente. Piensa bien en tus próximos movimientos.
—Lo haré, pero antes dime una cosa. Parece que cuando jugamos con la vida de los humanos (aunque no sea así realmente), muchas veces yo y, como yo, otros dioses menores, nos quedamos en una encrucijada sin saber hacia dónde inclinar la balanza de nuestras directrices; si lo estamos haciendo bien o nos estamos equivocando. Es lo malo de los dioses, ¿quién nos corrige? Ahora estamos en uno de esos momentos. Ahí tienes a Dora, a Higgins, a Margaret, a Rafferty, al mismo Johnny. ¿De qué lado caerá la moneda?
—La cara y cruz de las leyes aleatorias que rigen el Universo, tiene esas curiosas interpretaciones en la mente del hombre —sentenció el Dios del Azar—. El Cielo y el Infierno, el Bien y el Mal, Dios y el Demonio, el Yin y el Yang, dualidades que parecen necesitarse para conseguir el equilibrio, no son más que unas hipótesis humanas. Mis Leyes del Azar, el Caos y el Equilibrio final, son únicas y no duales: gobiernan toda la energía del Universo. A partir de esa Energía, nacen el Conocimiento, el Bien y el Amor, como evolución natural de la especie humana. El Mal no es más que un defecto, un fallo en la Evolución y el Demonio solo existe en el corazón del hombre.
Limítate a estimular y potenciar esas cualidades de la evolución humana. Todo lo demás es cosa mía.


10  Entonces llegó una araña

 




Margaret, vestida de negro de arriba abajo, era la única persona que, al borde de la sepultura, despedía a su hermano, junto al cura y los dos sepultureros. Desde lejos, Higgins y Johnny contemplaban la escena tras unos árboles deshojados, envueltos en una niebla pegajosa y fría que anunciaba la llegada del invierno. No había más parientes. Si Higgins esperaba que apareciese la amante o el lugarteniente, tan íntimos compañeros del finado hasta hacía unos pocos días, estaba listo. El resto de la banda o estaban muertos o entre rejas, a la espera de juicio. El ambiente que rodeaba el entierro era desolador. Unos cuantos cuervos, también vestidos de luto, jugaban entre las tumbas y parecían reírse del difunto con lúgubres carcajadas. Cada vez que el sacerdote hacía un alto en su responso, alguno de ellos parecía decir amén con su voz cascada. Más lejos, al fondo del cementerio y encaramado en la verja como un cuervo más, se podía apreciar entre la niebla la figura siniestra de Rafferty, que espiaba la ceremonia con su catalejo plegable de antiguo marino.
Johnny, ajeno (por una vez) a un escenario tan dramáticamente fotográfico, estaba pensando que lo que realmente quería el inspector era tener una charla con la hermana de Oliver, por lo que hizo un gesto a Higgins para acercarse ambos a la tumba. Al llegar junto a ella se quedó cortado viendo que Margaret y Higgins se besaban cortésmente. Ella era una mujer con estilo, realmente elegante.
—Hola Margaret, ¿cómo estás?, lo siento de veras.
—Hola, Peter —contestó ella—, gracias por venir.
—Este es Johnny —le presentó el inspector.
—¿Cómo estás, Johnny? Había oído hablar de ti.
—Encantado, Margaret, yo también de ti.
La saludó con un apretón de manos y un minuto más tarde Johnny se marchó discretamente con una excusa improvisada. Cuando se alejaba, iba imitándoles con entonación musical una octava más alta: “Hola Peter, ¿cómo estás? Hola Margaret”. “¡Vaya con el inspector misógino!”, pensó, impresionado por la belleza de la hermana.
Peter Higgins se quedó junto a Margaret hasta que terminó la breve ceremonia y luego caminaron juntos hacia la salida del cementerio. Ella parecía realmente triste y debía tener frío, porque aceptó con gusto la invitación del inspector a tomar un té en el pueblo.
Ambos tomaron una copa de vino blanco en lugar del té, luego otra y finalmente terminaron comiendo en un pub centenario junto al muelle de Charlestown. Después de comentar la vida descarriada de Oliver, su descontrolada relación con Dora y el triste final que había tenido, el interés de Higgins —aparte de los ojos profundos y castaños de Margaret, que no dejaba de apreciar— era conocer las rutas del dinero que llegaba y salía de la cuenta de los contrabandistas. Advirtió a la mujer de la posición delicada en que se encontraba, como colaboradora en las operaciones bancarias llevadas a cabo con ese dinero, aunque sabía que conseguir pruebas de alguna actuación ilegal sería casi imposible. Lo que realmente le importaba era que ese proceso no se volviera a repetir; que ni Rafferty, ni Dora, ni nadie de la trama, intentase sacar el dinero ni utilizar sus servicios nunca más y que, si se conseguía recuperar parte de ese capital, depositado en diferentes paraísos fiscales, se pudiese revertir en las arcas de la comunidad de Mevagissey. Si esto se hacía como él decía y con la mayor discreción, Margaret se libraría de cualquier cargo en su contra.
—Inspector —¿me estás diciendo que declararás en mi favor y que me librarás de cualquier responsabilidad en los saqueos de mi hermano?
—Así es, si cumples mis instrucciones.
—Eso me dejaría en deuda contigo.
—Confío en que sabrías pagarme —dijo Higgins con sonrisa que pretendía ser seductora. Tendremos que vernos a menudo para seguir la marcha de tus gestiones.
Ambos se ruborizaron levemente, mientras brindaban con sendas pintas de Austell Tribute, la mejor cerveza de Cornualles. Algo más tarde se despidieron (ella se volvía a Londres) con un beso bastante más cálido que el del cementerio. Como tenían que seguir hablando de evasión de capitales, blanqueo de dinero y otros temas, quedaron en reunirse en un punto intermedio más atractivo y discreto entre Londres y Mevagissey, que hiciese más agradable el encuentro; en Exeter, por ejemplo, propuso ella.

El Dios del Amor, que apenas se digna mirar a los no creyentes, tuvo que reconocer que algo se había movido en el corazón de piedra del inspector Higgins y aunque éste no aparecía ni en los últimos puestos de su lista de posibles enamorados, no tuvo reparos en concederle un número para las próximas partidas de ajedrez con el Dios del Azar. En cambio, este Johnny… le estaba resultando impredecible y no le ponía fácil la estrategia a seguir.
Y hablando del Dios del Azar, ¿qué hacia sentado en la parte de atrás del autobús que llevaba a Dora a la ciudad de Exeter? Se podría decir que estaba encaprichado con ella. La mala conciencia que tenía por la suerte esquiva que había perseguido a esta mujer en la vida, se estaba suavizando en vista de los buenos resultados de sus recientes movimientos de apoyo y, ahora, se sentía obligado a dejarla en buenas condiciones, lejos del alcance de futuros peligros. Contemplaba el paisaje, vestido de granjero local, como si estuviese en su casa.
Lo que no se imaginaban estos dos poderosos Dioses era que, esta vez, había sido la Muerte, que flotaba satisfecha por aquellos cielos con la ficha de Oliver en el bolsillo, la verdadera responsable de los caminos que iban a tomar los personajes que les tenían tan entretenidos. Siempre estaba al acecho y a menudo interfería en los planes del Amor y del Azar.

A Rafferty, por ejemplo, le rechinaban los dientes cada vez que echaba un vistazo a los cambios producidos en su situación desde la muerte de Oliver. De la noche a la mañana se había quedado sin dinero, sin jefe (no estaba muy seguro de estar a su altura o si eso era bueno o malo para él) y sin compadres (unos muertos y otros encerrados o escapados como comadrejas). Pero si algo le sumergía el estómago en vitriolo puro, eran las dos veces que Dora se había reído en sus narices y había escapado con el dinero. Ya estuvo pensando el día anterior en Margarte Garfield, la bella hermana del jefe, y en la puerta abierta para conquistarla que le había dejado la muerte de su hermano — rigurosamente cerrada hasta el momento—, pero la verdad era que, delante de aquella mujer, toda la arrogancia y supuesta autoestima que exhibía con otras se le venían estrepitosamente abajo. De todas formas, más adelante haría un intento de aproximación. No en vano, parte del dinero que custodiaba la nueva jefa le pertenecía a él por derecho propio. Incluso estuvo a punto de presentarse en el entierro para darle el pésame y hacerse notar como si fuese de la familia, pero la presencia del sabueso Higgins le hizo mantenerse a distancia.
Lo que verdaderamente le tenía ahora obsesionado era dar con el paradero de Dora. Le movían una serie de impulsos a cual más disparatados y enfermizos, con por ejemplo: convertirse en su nuevo amante, a lo que secretamente siempre había aspirado; reiniciar sus negocios juntos en algún lugar lejano; quitarle el dinero y pegarle dos tiros (que es lo que de verdad se merecía), satisfaciendo el instinto de venganza por el asesinato de Oliver y por todo el negocio que se había ido al garete; capturarla y, envuelta en cadenas, dejarla a la puerta de Higgins con un cartel que pusiera: “Yo fui cómplice de Oliver. Lo maté para quedarme con el dinero”; en fin, mil perrerías más, que de momento le aliviaban la acidez. Pero todo ello pasaba primero por localizarla. O sea, que se puso a ello con todas sus fuerzas y todas sus artimañas.
Lo primero que hizo fue visitar de nuevo al matrimonio Berger, que al ser meros falsificadores, sin riesgo de fuga, habían quedado en libertad condicional sin fianza. Llevó con él los instrumentos de tortura que solía utilizar en casos extremos con algunos clientes que no querían pagar y que había visto en alguna que otra comisaría, a saber: bolsas de plástico, arranca-uñas y un par de cables con los extremos pelados para conectar en el enchufe. Solo de verlos colocados encima de la mesa, los Berger, desnudos, sentados y bien atados a sendas sillas, se acordaron de pronto del nombre que habían adjudicado a Dora en sus nuevos documentos y que se había ido a Exeter. Luego tuvieron que sufrir unos cuantos calambrazos en las zonas más sensibles de sus cuerpos, hasta que Rafferty se pudo convencer de que no conocían la dirección de Dora en Exeter. Como en el fondo eran viejos conocidos y no tenía nada contra ellos (aseguraban que lo habían hecho para proteger a Dora), Rafferty les dejó unos cientos de libras por los daños causados. Eso les dijo poniendo cara de bueno, pero a continuación les advirtió de que tendrían que ponerse a fabricar su propio pasaporte falso y otros carnets, y que anduviesen con cuidado de lo que decían si les visitaba de nuevo la policía.
Volvió a Mevagissey para recoger sus cosas de la casa de unos amigos, donde había estaba escondido, y se acercó al puerto a despedirse del mar que le había visto crecer y donde quedaban hundidas todas sus ilusiones (también un contrabandista tiene las suyas). Luego cambió las placas de la matrícula del coche y se lanzó carretera adelante, camino de Exeter.
Antes había sido un rufián atrevido y desafiante, de pelo negro y perilla recortada, con un anillo en la oreja izquierda, valiente y sin escrúpulos. Buscaría un buen nombre para sus nuevos documentos. Se tenía que sacar fotos con su nuevo look que se había preparado. Ahora, con el pelo color castaño, unas patillas a lo Elvis Presley y un traje marrón, parecía un viajante en busca de su triste destino. De momento, este consistía en encontrar a Dorothy McGuire en una ciudad de cien mil habitantes que no conocía.

Todos los actores del drama, incluidos los Dioses, y exceptuando a Johnny (de momento), se encaminaban al nuevo escenario, en el que las arañas del Azar estaban ya tejiendo afanosamente sus telas.



Dora se quedó como una aldeana contemplando la Catedral de Exeter, con la bolsa de viaje en la mano y la boca abierta. Era maravillosa. No recordaba haber estado nunca dentro de una iglesia y por fuera solo había visto las pequeñas parroquias que fotografiaba Johnny en sus excursiones por los pueblos de la costa, como la de St Austell y, días atrás, la catedral neogótica de Truro, ambas desde lejos. Pero como había leído mucho en aquella época de tranquilidad y Johnny le había transmitido su buen gusto artístico, ahora era capaz de apreciar la enorme belleza de aquel edificio del siglo XII de estilo gótico-normando. Esta vez lo estuvo admirando con calma por dentro y por fuera.
Estaba contenta y, por primera vez en muchos años, relajada. El pasar de un pueblo de dos mil habitantes a una ciudad de cien mil, le producía una agradable sensación de anonimato que nunca había experimentado, pues siempre se había sentido controlada y vigilada. Vagabundeó por el centro, viendo tiendas, hasta que localizó el pequeño hotel que había elegido desde Truro, el City Gate, que en realidad era un pub con quince habitaciones en las dos plantas superiores, un jardín con estanque y una bodega que aprovechaba las ruinas de las murallas romanas que se conservaban debajo. Todo un lujo para la ex amante de un contrabandista, con varios miles de libras en el bolso y muchas más en el banco. La ciudad tenía un gran ambiente estudiantil, pues su Universidad formaba parte del complejo de la de Oxford y su campus ocupaba la quinta parte de la ciudad. Por otra parte, tenía tal cantidad de jardines que había obtenido el título de Ciudad Europea de las Flores. El Royal Albert Museum estaba al lado del hotel y la Catedral a cinco minutos. Había docenas de pubs y algún que otro night club. ¿Qué más podía pedir una mujer de mediana edad, atractiva, sin obligaciones ni compromisos y con dinero?
Lo primero que hizo a la mañana siguiente fue ir al Lloyds Bank y abrir una cuenta con su nueva identidad de Dorothy McGuire. Ingresó el dinero que llevaba en el bolso y a continuación transfirió a la nueva cuenta todo lo que tenía a nombre de Dora Jones en el Lloyds de St Austell, producto de su colaboración con Oliver, y de lo que se guardaba para ella cuando iba a Londres con los maletines cargados, en busca de la hermana del Jefe. Ambos hermanos hacían la vista gorda a sus escamoteos porque, realmente Dora, además de la amante, era una perfecta agente comercial a la hora de distribuir y cobrar el producto de contrabando. Cuando empezó a salir con Oliver, dejó de trabajar en el bar donde se ganaba la vida tras romper con Johnny, y pronto se hizo una experta en los trapicheos de la banda.
Antes de ir al banco se tiñó el pelo de castaño casi negro, olvidó para siempre las pestañas postizas y las pinturas de ojos y labios que gustaban a Oliver y estuvo de compras por las tiendas de ropa de Exeter con la intención de vestir con un toque elegante pero más deportivo, un poco al estilo de la ropa que llevaba cuando vivía con Johnny. Con su pelo natural entre rubio y pelirrojo era una mujer llamativa; ahora con el pelo negro y los ojos claros, su belleza resaltaba más. También su forma de vivir volvió a parecerse a la que llevaba los primeros años en Mevagissey.
Se iniciaba así una nueva etapa en su vida. Visitaba el museo y las galerías de arte con asiduidad, asistía a conciertos y daba grandes paseos por los parques de la ciudad. A ratos leía, a ratos escribía, a ratos intentaba olvidar. Pero esto último era lo más difícil. Había conseguido superar la adicción a la cocaína, bebía menos alcohol, pero cuando se acercaba la noche, los fantasmas del pasado la venían a buscar al hotel y juntos hacían la ronda por la parte antigua de la ciudad, en la que uno de sus sitios favoritos era el Ship Inn , pub de ambiente marinero donde, ya en el siglo XVI, sir Francis Drake, el corsario de la reina, bebía sus jarras de ron jamaicano. Las cuatro pintas de cerveza que se tomaba no le hacían dormir ni olvidar, y cuando los fantasmas se iban, venían los demonios; y cuando los demonios desaparecían, llegaban los recuerdos, y las noches se le hacían eternas. Los viernes y sábados después de cenar no dejaba de acudir a alguno de los clubs elegantes de la zona de hoteles, con música en vivo, donde fisgaba desde un rincón a los personajes noctámbulos de Exeter y tomaba las únicas bebidas fuertes de la semana. No le asustaba, ni mucho menos, ese ambiente y entonces sí que se aplicaba un par de toques de maquillaje para no desentonar. Tampoco le costaba mucho espantar a los mirones más atrevidos.
Pasaron de esta forma los meses de invierno, en los que la antigua amante del contrabandista disfrutaba durante el día como Dorothy McGuire, la señora agradable que acudía a leer a la biblioteca y a pasear por el parque, y durante la noche sufría el de Dora Jones, la criminal amante de un traficante de drogas, con un pasado tenebroso.
Llegó la primavera y la ciudad hizo honor a su título, llenándose de flores por todos los rincones. Poco a poco Dorothy había ido ganando minutos en su papel diurno y las noches en vela de Dora se fueron haciendo cada vez más cortas. El ambiente estudiantil contagiaba a la ciudad su alegría de vivir; llegaron los festivales de poesía y de música y todo parecía sonreír a la atractiva dama del City Gate Hotel.
El primer susto le ocurrió una noche en un night club cercano. Ella estaba sentada en una butaca del fondo, como siempre. Un hombre horteramente vestido, con traje marrón a rayas, camisa rosa y corbata azul, que llevaba un rato mirándola desde la barra, se le acercó sonriente con una copa en la mano. Solo de verle la silueta y su forma de andar, supo Dora de quién se trataba: Rafferty. Se quedó pálida sin saber qué hacer.
—Hola, jefa —le dijo, mientras se sentaba frente a ella—. Estás muy guapa y muy cambiada. Has adelgazado y me ha costado reconocerte. Llevo aquí un par de meses y te he visto varias veces por la calle, pero hasta hoy no he podido saber que eras tú, y ¿sabes por qué te he reconocido?: por la forma de coger el vaso con las dos manos cuando miras sin beber. Tienes muy buen aspecto. Estaba deseando estar contigo.
—Hola, Raff —dijo Dora, cauta y a la defensiva—. ¿Qué te trae por aquí? Ya sé que estuviste en Pentewan buscándome. ¿Qué querías, vengarte por la muerte de Oliver? Sin perilla y con el pelo aclarado, y ese horrible traje, significa que a ti también te buscan.
—Escucha, Dora —te voy a poner al día, porque creo que no te has enterado de cómo está el asunto. Todo se complicó desde el día en que se te fue la mano con el jefe y le diste dos puñaladas. Oliver ha muerto.
—Eso no hace falta que me lo digas y además no es verdad. Supe que había sobrevivido.
—En efecto, Oliver no murió por tus navajazos. Lo llevaron al hospital y murió una semana después por una infección que pilló allí. ¿Conoces a Higgins, ¿verdad? —preguntó Rafferty sin fijarse que Dora habría los ojos como platos.
—Sí, el inspector que lleva años queriéndonos coger.
—Pues es el que lleva la investigación de lo
que sucedió aquella noche en el hotel y a cuenta de sus pesquisas han venido todos los líos.
Rafferty le contó a Dora su enfrentamiento con Higgins dentro de las Cloacas, la muerte de cuatro policías y cuatro contrabandistas y la orden de búsqueda y captura contra ellos dos. Los demás de la banda estaban detenidos. Él había acudido donde los Berger para cambiar de identidad y una placas nuevas para el coche y allí se enteró de que ella se había citado con Alice en los Jardines Perdidos, para recibir también nuevos documentos, y que luego se vendría a Exeter. Fue a los Jardines pero no la encontró.
—¿Quién estuvo en el funeral de Oliver?
—No hubo funeral. Al entierro solo acudieron la hermana de Oliver, el inspector Higgins y Johnny el fotógrafo. Yo lo presencié desde lejos.
—¿Estuvo Johnny? —preguntó Dora, con voz apenas audible.
—Sí, pero se marchó enseguida. Higgins y Margaret se fueron juntos.
Se quedaron en silencio, esperando a que las noticias posaran en la mente de Dora, lo que aprovechó Rafferty para ir a la barra a por dos copas más.
—Ahora me llamo Brian Holmes —dijo, arrimando un poco más la silla a la butaca de Dora—. De Rafferty a Holmes; es una buena transición para un hombre que se ha regenerado como yo, ¿no te parece? Me he pasado al lado de los buenos.
—Eso no te lo crees ni tú. ¿Qué es lo que estás maquinando, Brian? —le preguntó Dora con ironía.
—Eso es de lo que quería hablarte, Dorothy McGuire —respondió, poniendo énfasis en el nombre. Tengo planes para los dos. Escucha.
Durante media hora estuvo el nuevo Rafferty hablando a la nueva Dora de futuros negocios. Nada de contrabando, ni Cloacas, ni drogas, ni nada de eso. Asuntos limpios, de guante blanco. Obras de arte, subastas, traslados y blanqueo de dinero, chantajes, soborno de testigos, etc. etc. Había todo un mundo de negocios prósperos esperando a dos personas con sus cualidades. Conocía a un par de abogados que se las sabían todas y que podrían colaborar. Y a una experta en finanzas, cuyo nombre no quiso mencionar. Dora lo miraba alucinada, pero no dejaba de prestarle atención.
Luego pasó a la parte más delicada de sus planes. La que había ido tomando cuerpo en su subconsciente a partir de la muerte de Oliver. Las dos mujeres que más había deseado en los últimos años habían tenido el mismo perro guardián, su jodido jefe; una porque era su amante y la otra porque era su hermana. Ahora, el guardián estaba en el infierno de los perros y el camino estaba despejado. Con toda la delicadeza, que nunca había tenido, intentó pintarle a Dora un paraíso de vida en común, lleno de amor, placeres, viajes, en fin, una hermosa manzana a la que Dora no le quiso hincar el diente.
—Mira, Rafferty —le dijo—, te agradezco mucho que pienses en mí y cualquier día de estos nos podemos permitir el lujo de dormir juntos (ni los sueñes, se dijo por dentro), pero de vida en común, amor y cosas de esas, olvídate. Bastante he pasado con un mafioso para volver a repetirlo unos meses más tarde. Déjame que piense un poco el tema de los negocios y lo iremos hablando.
—De acuerdo, Dorothy, tendré paciencia —dijo el rufián con su sonrisa cínica, más satisfecho de lo que se esperaba—. Pero no deberías olvidar una cosa: ese dinero que cogiste de la caja común al escapar y mucho de lo que guardas en el banco es propiedad de la banda, y en este momento la banda somos tú y yo. O sea, que vete pensando en que lo repartimos amistosamente y cada uno se va por su lado, o lo seguimos manejando juntos y lo vamos haciendo engordar. Además hay un dinero que guardó Oliver en la cueva, que está esperando a que vayamos a por él. Piénsatelo, lo dejo en tus manos.
—¿Y no te dejas a un tercero de la banda, que me figuro que tendrá algo que decir, y que, casualmente, es la hermana de jefe?
—¿Te refieres a Margaret?, esa ni se entera —mintió descaradamente; con seguir enviándole algún dinero para que se lo embolse en sus cuentas suizas tiene bastante. Bueno, me tengo que ir —añadió, en un claro intento de no seguir con aquel tema, lo que no pasó desapercibido a Dora—. Te llamaré la semana que viene para saber si lo has decidido y, si es así, abriremos una cuenta común, lo celebramos por todo lo alto y después de cenar, ¡noche de bodas!—terminó, riéndose, como si hubiese contado un buen chiste. Ya sabes que siempre me has gustado.
Se levantó, envió un beso con dos dedos a Dora, y diciendo que estaba pagado, se marchó, todo estirado, como un atleta después de recibir una medalla. La verdad es que era un hombre atractivo vestido de forma horrorosa.
“¡Será cabrón!”, pensó Dora, según le veía alejarse.
En la mente despierta de Dora habían quedado anotadas tres informaciones importantísimas, dejando aparte los torpes intentos de seducción del antiguo contrabandista: La muerte de Oliver por una infección y no por sus heridas; la vacilación de Rafferty al mencionar el nombre de Margaret; y, finalmente, la existencia de un depósito de dinero en la cueva de las Cloacas que ella ignoraba.
Por un lado, se había librado de Oliver (para ella representaba el mayor peligro), sin tener que responder de su muerte ni ante la justicia ni ante su propia conciencia. Esa era la mejor noticia que podía haber recibido. Luego estaba el asunto de Margaret. Daba por hecho que esta mujer estaba al tanto de todos los movimientos de la banda; incluso creía que era la verdadera jefa en la sombra y la que dirigía las operaciones de narcotráfico importantes. Tenía contactos entre los grandes tiburones de las finanzas de Londres y, como había comprobado en sus contactos con ella cada vez que le llevaba los maletines, era una mujer inteligente, fría y muy atractiva, incluso para otras mujeres, a las que solía recorrer con la mirada, como si se tratasen de futuras presas. Nunca se le había insinuado pero tenía que reconocer que junto a ella se sentía atraída y a la vez en peligro, como en una tela de araña. Pensaba que a los hombres les sucedería algo parecido. Había visto a Rafferty diciéndole a todo que sí y cayéndosele la baba en su presencia; cuando no estaba su hermano, claro. Conociendo a Rafferty como lo conocía, Dora no tenía dudas de que el objetivo principal de sus planes futuros era Margaret, no ella; pero también sabía que, por muy atractivo que se creyese, no tenía nada que hacer con la Garfield (no daba la talla ni de lejos), algo que sí podía tener Higgins (¿cómo se le había ocurrido pensar en él?). Sin embargo, lo que podía intentar el contrabandista era asociarse con ella, cubriendo aquel flanco que había dejado vacante su hermano y siguiendo con el negocio lejos de Mevagissey; o montando otro, como el que le acababa de proponer a ella. ¡Menudo trío!, pensó, y le dio un escalofrío al imaginarse dentro de una jaula como un petirrojo con una tarántula y una serpiente de cascabel.
Y sin embargo, a la noche soñó que hacían el amor los tres juntos. Se despertó sudando y se quedó sentada en la cama pensando que se estaba metiendo en un buen lío. Ni el sexo, ni el dinero, ni el riesgo habían echado nunca para atrás a Dora, más bien todo lo contrario, pero esta vez… algo le decía que se iba a arrepentir si seguía por ese camino. Se había hecho a la idea de una nueva vida y estaba encantada con la nueva Dorothy. Dora y su cuadrilla de fantasmas se veían cada vez más lejos. Entonces, pensó en Johnny… Era una buena persona y cada vez lo echaba más en falta. Volvió a dormirse y volvió a soñar. Johnny le sacaba fotos delante de la Catedral, ella estaba feliz y no paraba de reír...

El segundo susto se lo llevó Dora ese mismo fin de semana en el Royal Albert Museum. La exposición de Jack Vettriano era el acontecimiento artístico del año para el mundo cultural de Exeter y sus alrededores. El pintor escocés estaba de moda y había gran expectación para ver sus obras envueltas en un aire provocador, con una carga erótica más que insinuada. Cuando Dora llegó a la altura de un pequeño cuadro que en el catálogo le había llamado la atención por su título “Entonces llegó una araña”, se quedó de piedra al contemplar a la pareja que tenía delante, mirando y conversando sobre el cuadro: eran Margaret Garfield y el inspector Higgins. Higgins estaba admirando la luz y la composición típicamente fotográficas de la escena, en la que se veía a una mujer sofisticada tumbada en un diván, con un hombre detrás en la penumbra. La mujer era extraordinariamente parecida a Margaret. Dora se dio la vuelta bruscamente y salió de museo lo más aprisa que pudo, sin llamar la atención. Se metió en el pub que se encontraba justo enfrente y pidió una cerveza, pagó y se fue a colocar en una mesa junto a la ventana que daba al museo. “Es la Araña”, dijo en voz alta, aunque nadie la oyó. “Estoy segura de que es la jefa de la banda de narcotraficantes. Pero, ¿qué hacen ella y Higgins juntos? ¿Vendrán detrás de Rafferty? ¿Sabrán que estoy aquí? ¿Cómo han podido seguir su pista? ¿Será una coincidencia, una jugada del Azar?”.
El cerebro de Dora empezó a echar humo de la fricción que se producía entre sus neuronas. Quería hacerse con la situación antes de que la pareja saliese del museo; ahora que estaba en una posición ventajosa, al no saber ellos que estaban vigilados, pensaba seguirles. El único que sabía que ella estaba en la ciudad era Rafferty, pero no le cabía en la cabeza que fuese tan estúpido como para irse donde Margaret con el chivatazo de que ella estaba en Exeter; ni mucho menos donde el inspector, aunque fuese con un mensaje anónimo. Además, ¿con qué fin iba a hacerlo? ¿Qué sacaba con ello? ¿Justo ahora que esperaba acostarse con ella (una de sus obsesiones) y seguir juntos el negocio? No lo podía entender. A no ser que “la Araña” le hubiese pedido su cabeza a cambio de sus favores (Dora sabía demasiado y podía ser peligrosa para sus planes, ahora que no estaba su hermano).
Eso parecía encajar en los planes de Rafferty, pero no tenía sentido hacerlo antes de saber lo que ella contestaba y sacar el provecho que esperaba.
Por otro lado, ¿estaría Higgins en el ajo? La presencia del policía podía explicarse por su afición al arte, dado que la exposición merecía la pena y que Exeter no estaba muy lejos de Mevagissey. Lo verdaderamente extraño —y que a Dora le intrigaba más— era que estuviese con Margaret en plan turista, cuando ella se merecía más estar en una sala de interrogatorio que en un museo.
En ese momento la pareja salía por la puerta principal del museo y se dirigía a una zona de parking cercana. Conocía el coche de Higgins de tantas veces que Oliver y ella habían escapado de sus persecuciones por las calles de Mevagissey. Con el pelo negro y sin pintar no creía que le pudiesen reconocer, pero se puso las gafas, se acercó y pasó por detrás del coche cuando arrancaba. En la luna trasera se veía la tarjeta de aparcamiento de un hotel de Torquay, el Somerville. Si realmente paraban en la ciudad costera, ella estaba completamente equivocada y la pareja andaba por allí, no a la caza de contrabandistas sino en excursión de placer, o quién sabe si de negocios, conociendo a Margaret. Por eso estaban en Torquay, la zona turística por excelencia del sur de Inglaterra, conocida como la Riviera Inglesa. “La araña y el sabueso, ¡qué pareja más rara!”, se iba diciendo Dora, mientras corría en busca de un taxi. De todas formas, pensaba seguirles. Tenía curiosidad, tenía dinero y estaba, últimamente, aburrida. Además era una información que le podía servir en el futuro.
No era la temporada de verano, que es cuando la costa se llenaba de turistas, pero el Somerville era un hotel clásico y elegante, antigua villa vitoriana, situado en el centro de la ciudad; tenía todas las comodidades y seguramente Margaret ya lo conocía y por eso había quedado allí con Higgins. Torquay tenía a gala ser la cuna de Agatha Christie y ¡qué mejor ambiente para un inspector de policía y una presunta ladrona de la alta sociedad! Cuando no estaba controlada, ni acorralada, ni acompañada de sus fantasmas, Dora tenía un espíritu aventurero y novelesco y ahora, al bajar del taxi frente a la puerta del hotel, se imaginaba siendo una famosa detective a punto de descubrir las claves del misterioso robo de un collar de brillantes o algo parecido. Como era sábado, el hotel estaba animado y el continuo trasiego de clientes y empleados por el hall de recepción, el comedor y el bar, le permitió entrar y moverse discretamente por las distintas salas del hotel. Se asomó a la entrada del comedor y vio a la pareja en una mesa del fondo charlando animadamente. Ella se fue al bar y pidió una pinta de cerveza y un sándwich de queso, sentándose en una mesa desde donde se veía el comedor. De pronto se la ocurrió una idea. Dejó el impermeable en la silla y la comida en la mesa, le dijo al camarero que volvía enseguida y salió a la calle en busca de una tienda de fotografía para turistas. Localizó una muy cerca y compró un cámara compacta más pequeña que una caja de cigarrillos. Volvió al hotel y se sentó a comer tranquilamente. Tuvo tiempo de preparar el encuadre y el zoom adecuado, dejando la cámara sujeta entre la jarra y el plato y cuando Higgins y Margaret salían del comedor ¡de la mano!, disparó más de diez fotos seguidas. Luego se levantó corriendo y fue al mostrador de recepción, detrás de ellos. Se puso cerca y comprobó que pedían una sola llave, la 106, en el primer piso. Ya tenía lo que quería. No sabía exactamente para qué estaba haciendo lo que hacía, pero estaba segura que era una información valiosa, y además estaba encantada con la aventura. Lo de pedir la habitación 105 y escuchar a través de la pared ya le pareció demasiado. En vista de eso, se marchó del hotel a dar una vuelta por el pueblo y visitar la costa, famosa por sus playas. Y ya que seguía en su papel de detective, fue a conocer el Agatha Christie Literary Trail, un camino organizado que recorría los lugares que inspiraron los misterios más famosos de Miss Marple y Mr. Poirot.
Una brisa fría se levantó del English Channel y la niebla se fue extendiendo por la bahía, ambientando aún más los pasajes que de niña recorría la Dama del Crimen. Dora se quedó helada en el paseo y consideró que ya era hora de dar por terminada su jornada de espía. Fue a la estación y cogió el tren para Exeter, pensando que su vida sí que daba para una buena novela. En el camino de regreso le fue dando vueltas a la sorprendente aparición de la Araña (así la llamó a partir de entonces) en la escena. Daba por hecho que lo visto hoy era una maniobra de seducción por su parte para neutralizar posibles investigaciones de la policía. Pero Higgins no era tonto y lo más probable era que estuviese siguiendo el juego, hasta tener datos suficientes para llevarla ante el juez. “Mientras tanto, parece que no pierden el tiempo”, pensó Dora, no sin cierta envidia, pues llevaba una buena temporada sin disfrutar del placer de las ninfas. Imaginó a Margaret, Rafferty y ella otra vez juntos pero no en una jaula sino en la cama y, torciendo el gesto, se dijo: “con una bruja y un demonio por medio, más que el amor de las ninfas eso parecería un akelarre”. Cuando llegó a Exeter, los fantasmas de la “cuadrilla” la esperaban para hacer la ronda. Estaba ya tan acostumbrada a ellos y a sus malos modales que les contó las peripecias del día y las cervezas le supieron a gloria.

El Dios del Amor estaba molesto y defraudado con la marcha de los acontecimientos. “Tú me contarás”, le dijo al Dios del Azar, “¿qué es lo que buscan algunas mujeres en su relación con un hombre? ¿Amor?, ¡ja!, es para reírse. Te lo voy a decir: lo primero sexo, lo segundo seguridad y lo tercero adulación (detalles, atenciones y todo eso). O en el orden que lo quieras poner, que suele variar con la edad. ¿Qué pinto yo aquí?”. Y recogiéndose la túnica, levantó el vuelo y desapareció en el aire como una chispa que salta del fuego y se va apagando.
El Dios del Azar se frotaba las manos, dignamente, eso sí. Le gustaba el cruce de movimientos que sus arañas estaban trenzando. “¡Qué sensible es este Dios del Amor! Es un alma cándida. Enseguida se desanima. Desde que le comí el alfil lleva tiempo sin atreverse a mover una ficha. Con todo lo que hemos hecho por Dora… ¿Que ahora vuelve a las andadas? Bueno, eso ya es cosa suya.


12  Los dos aprendices

 




Durante todo este tiempo en el que Dora, Rafferty, Margaret y Higgins— se enredaban más y más en los hilos del Azar, Johnny había permanecido alejado de estos sucesos pues no sabía muy bien cómo manejar el fantástico hallazgo en el sótano de las Cloacas. Después de ver a Higgins en amistosa compañía con Margaret en el entierro de su hermano no tenía claro si le debía informar o no. Si se ponían de acuerdo podían vaciar la cueva del tesoro en un santiamén y largarse juntos. De momento, mantendría el secreto.
Por otro lado estaba Rafferty. Había desaparecido la noche del tiroteo en las Cloacas y no se tenía pista alguna de su paradero. Johnny estaba convencido de que iba detrás de Dora con el fin de organizar el futuro de lo que quedaba de la banda o bien que la perseguía para vengarse por la muerte del jefe y el robo del dinero. Pero de lo que no se iba a olvidar era de los millones que esperaban guardados en el sótano secreto y, cuando pudiese, iría a por ellos. Si Rafferty se los llevaba, tanto Higgins como él se quedaban con las manos vacías, sin argumentos para sus planes.
Fueron precisamente los movimientos de Rafferty los que le obligaron a entrar en acción.
El antiguo lugarteniente de Oliver estaba tomando una cerveza en un pub de Exeter, feliz como un mono en un almacén de cacahuetes al recordar con deleite los éxitos logrados en la noche anterior. Había cerrado con Dora las bases del nuevo negocio, tras duro regateo. Ella ofrecía el dinero que había reunido de sus actividades con la banda, incluido lo cogido el último día, y él ponía todo lo que quedaba guardado en el sótano de las Cloacas, que intentaría recuperar de inmediato. Una vez llegado a un acuerdo, se fueron a cenar al mejor restaurante de la ciudad. Cenaron como reyes, bebieron como cosacos y, finalmente, se aparearon como felinos en la espesura de la selva.
Rafferty siempre había respetado a la chica del jefe, bien es verdad que a la fuerza, pero ahora se sentía orgulloso de haber seducido a la legendaria Dora Jones. Puestos a ser sinceros, era una mujer que no le interesaba mucho —estaba claro que eran incompatibles— y, una vez cumplido su capricho, no pensó ni por un momento seguir en ese plan con ella (la pena era no poder contarlo a los amigos, pensó). Su verdadera obsesión, la que le hacía perder el sueño, era Margaret Garfield, la hermana de Oliver.
Ese mismo día salió para Mevagissey. Fue directamente al puerto, vestido de contrabandista de los de antes (el mejor disfraz que podía llevar en aquellos tiempos de mafiosos de traje y corbata), es decir, un jersey grueso de cuello alto y un gorro de lana calado hasta las orejas. Recorrió los pubs de piratas para turistas que adornaban los muelles, hasta que dio con dos de sus antiguos compadres, anteriores a la banda de Oliver. Les mandó localizar a dos pescadores de confianza y quedaron en un rincón del pub “La cabeza del Rey”, para organizar la operación. Debían conseguir una embarcación de pesca preparada para faenar, diez cajas de pescado vacías y las típicas lonas de plástico amarillo para cubrirlas. Y un carro esperando en el muelle. Cuando estuvieron los cinco reunidos les dejó claras las condiciones: “Mil libras a cada uno y la boca cerrada durante el resto de vuestra vida. ¡Silencio o muerte!, ¿entendido?”, afirmó más que preguntó Rafferty, mirando a los ojos a aquellos chacales del puerto. “¡Silencio!”, contestaron a la vez. Ya con eso estaba dicho todo para los cuatro filibusteros. A continuación entraron en detalles. Rafferty bajaría a las Cloacas antes del amanecer con sus dos ayudantes. Llegarían a la cueva y abrirían el sótano, procediendo a trasladar las bolsas de droga hasta la entrada del túnel. Mientras tanto, los dos pescadores zarparían del puerto y se alejarían unas millas de la costa, dedicándose a echar las redes e intentar coger el pescado que hubiese por aquella zona. Esperarían así la subida de la marea y cuando se acercase la pleamar se arrimarían a la ensenada, justo enfrente de la boca de las Cloacas. Cargarían todo el material —Rafferty se quedaría en tierra con el contenido de la caja fuerte metido en una bolsa— y los otros cuatro embarcarían en la lancha dirigiéndose seis o siete millas mar adentro, donde volverían a echar las redes. Pasarían el resto de la jornada en la mar hasta que los pescadores del pueblo comenzaran la vuelta a casa, que solía ser al atardecer. Entrarían en el puerto y descargarían las cajas en el carro que tenían preparado: las bolsas de droga bien tapadas, los peces que habían cogido bien a la vista. Rafferty estaría a la espera en el muelle. Los dos pescadores se embolsarían las mil libras por el trabajo y se quedarían para llevarse la pesca y amarrar la embarcación. A esas horas la vigilancia de las autoridades aduaneras sería nula. El carro desaparecería por una esquina, en un callejón donde Rafferty habría aparcado el coche, y en diez minutos quedaría terminado el transbordo y la operación. Los compinches cobrarían lo suyo y se colarían en la primera taberna, como si no hubieran hecho nada, es decir, sin tomarse ni una pinta más de lo acostumbrado para no llamar la atención.
Ocurrió que el día señalado en el que la embarcación de los contrabandistas había salido del puerto y Rafferty , tras dejar el coche en el puerto, se dirigía con sus dos rufianes a la bajada del acantilado, Douglas y Tom, los dos rapaces del barrio de pescadores amigos de Johnny, habían madrugado también para ir a coger pececillos y quisquillas con sus pequeños salabardos en la cercanía del túnel de las Cloacas, aprovechando la bajamar, y en ese momento se encontraban tumbados sobre una roca mirando las estrellas y arrullados por el ir y venir de las olas. Ambos golfillos habían participado el año anterior en el reportaje que Johnny había publicado sobre los marineros de Mevagissey y sus famosas Cloacas y habían recibido buenas propinas. Consideraban al fotógrafo uno de los pocos habitantes de más de doce años de los que uno se podía fiar en el pueblo. Aquel rincón también les servía de escenario para sus aventuras. Cuando oyeron aproximarse a los contrabandistas, que bajaban con sus linternas maldiciendo lo resbaladizo de los escalones, se escondieron rápidamente en los huecos de las peñas. Douglas reconoció inmediatamente a Rafferty, el de la banda de Oliver, que solía ejercitar la puntería disparando contra las gaviotas. Lo odiaba. Entraron sigilosamente en el túnel detrás de los tres contrabandistas y los siguieron hasta llegar a las cortinas de redes que tapaban la entrada del recinto secreto. Se quedaron intrigados al verlos desaparecer tras el muro. Esperaron un tiempo prudencial y luego se acercaron silenciosamente a observar aquella entrada secreta que no conocían. Douglas separó ligeramente las redes para ver el interior y se quedó pasmado. ¡Aquello era una verdadera despensa! ¿Cómo era posible que no se hubiese enterado? Estaba claro a qué venía Rafferty: ¡a vaciar el almacén de los contrabandistas! Douglas comprendió enseguida que los saquitos de polvo blanco que estaban apilando eran de droga y que aquello le podía interesar a su amigo el fotógrafo —estaba al tanto del revuelo que existía en el pueblo con el asunto de los contrabandistas— y, mientras observaba a través de las redes cómo el pirata levantaba la colchoneta y abría la trampa, tomó una decisión: tenía que avisar sin falta a Johnny. Salieron los dos hermanos del túnel y marcharon disparados peñas arriba tomando el sendero que, una vez en el alto, descendía hacia el puerto. Douglas mandó a Tom a su casa y él fue corriendo hasta la de Johnny, donde llegó sin resuello, y dejó el dedo pegado en el timbre hasta que el fotógrafo abrió la puerta todavía dormido.
El chico informó a Johnny que los de Oliver se estaban llevando la droga de un escondite que tenían en el túnel de las Cloacas. Johnny se vistió como una centella, cogió una linterna y siguió a Douglas pensando en el bestia de Rafferty. “¿Quién iba a ser, si no?”
—¿Cuántos son?
—Tres. No se veía bien pero creo que uno era Rafferty.
Johnny se imaginó a Douglas y él persiguiendo a los tres contrabandistas por todas las alcantarillas del pueblo esquivando las balas y sin una maldita pistola (“aunque la tuviera no le iba a servir de nada”). Paró de correr. Le dijo a Douglas que necesitaban refuerzos y que se volvían para el pueblo. “Solo me queda una salida: recurrir a Higgins”, pensó mientras corrían ahora en dirección contraria. “Adiós mi póker de ases”.
—Tú te vas a casa, Douglas. Me parece que va a haber tiros y no quiero que te agujereen por mi culpa —le dijo, como si fuese uno más de la partida.
El chaval se quedó decepcionado, resoplando todavía por el esfuerzo anterior, pero todo emocionado y orgulloso por estar tomando parte en aquella aventura. Ardía en deseos de contárselo a Tom y ya estaba pensando en ir los dos juntos al acantilado a ver los tiros desde arriba.
Johnny corrió en busca un teléfono público y llamó a la comisaría de St Austell. El inspector acababa de llegar y tomaba el té junto a la ventana, mirando las colinas blancas de caolín que daban al paisaje un aire fantasmal, pues todavía no había amanecido. Estaba pensando en Margaret, con el ceño fruncido, cuando cogió el teléfono. Escuchó el relato de Johnny sin respirar; dejó la taza, cogió la pistola y salió como un obús de su despacho, dando órdenes a diestro y siniestro. Cuatro coches de la policía arrancaron rechinando las ruedas, despertando a medio pueblo y se dirigieron a Mevagissey. Recogieron a Johnny en el cruce de entrada al pueblo y este le fue explicando al inspector lo que habían descubierto los muchachos en la cueva. Douglas y su hermano los vieron pasar la caravana de coches negros con metralletas asomando por las ventanas como en las películas de gánsteres y les siguieron corriendo. Al llegar al acantilado, sortearon los coches de la policía y se apostaron tumbados en lo más alto de la cornisa esperando acontecimientos.
Los agentes de Higgins, con un sargento al mando y pertrechados como robots, iniciaron el descenso con grandes focos en la frente y sus armas preparadas. La bajada era peligrosa debido a los escalones desgastados y resbaladizos. De repente, uno de ellos patinó y cayó al vacío sin llegar a oírse ni un grito con tanto casco, lámpara y gafas como tenía en la cabeza. El oficial miró cómo caía a plomo y se incrustaba en las peñas con un ruido sordo y siguió arreando a sus hombres, ¡vamos, vamos!, como si se hubiese desprendido una piedra. “¡Malditos militares!”, pensó Higgins. Johnny que iba el último de la fila, se quedó horrorizado mirando a la oscuridad y pensó en la familia del pobre desgraciado. Miró al inspector, mientras seguía bajando. “¿Cómo puede este hombre conciliar su trabajo con su conciencia?”
Al terminar el descenso, los policías apagaron las luces y siguieron en silencio. Dos agentes se quedaron junto al cuerpo del caído. El resto se fue aproximando al túnel en silencio, agachados, reptando como escarabajos metálicos. Estaba amaneciendo y todo era gris excepto el uniforme negro de los policías. Encendieron los rayos infrarrojos de sus focos. En la entrada, dos siluetas trabajaban aceleradamente, apilando paquetes de droga sobre una roca plana. En la mar, a escasos cincuenta metros de las rocas, la lancha de los pescadores se balanceaba a la espera haciendo bailar sus pequeñas luces como luciérnagas. El oficial de Higgins hizo un gesto a sus hombres de acercarse por ambos lados y cuando los tuvieron rodeados gritó: ¡Policía! ¡Arribas las manos!
En ese momento, la embarcación de los pescadores que esperaban la señal para acercarse, pusieron el motor a tope y se alejaron de la costa antes de que nadie pudiese reaccionar. Uno de los policías disparó unas ráfagas de metralleta pero ya era demasiado tarde y Higgins le paró inmediatamente.
Cuando los policías esposaron a los dos contrabandistas y vieron que ninguno era el lugarteniente, Higgins y Johnny se hicieron con unas linternas y se metieron rápidamente por las Cloacas. Por el fondo de túnel se oyeron pasos corriendo y una luz que se encendía y se apagaba desapareciendo en la primera curva. Era Rafferty. El inspector mandó al oficial y varios hombres en su persecución y Johnny y él se metieron en el almacén secreto. Bajaron a la cámara escondida y se encontraron con media docena de paquetes de droga encima de la mesa y la caja fuerte vacía. Higgins soltó un juramento. “Se nos ha escapado con la pasta y los documentos de la banda. Hay que atraparlo”, dijo entre dientes. “Nos vamos; mandaré a los expertos a revisar todo bien y a tomar huellas. Por lo menos tenemos la droga”.
Al cabo de un rato, el oficial y sus escarabajos negros volvieron con las manos vacías.
Así acabó el golpe maestro del lugarteniente. “Es mucho Rafferty para cazarlo en las Cloacas”, pensó Johnny.
En efecto, el aspirante a jefe de la banda de Oliver, estaba ya muy lejos de las alcantarillas. Al final, Douglas y Tom que habían seguido emocionados la película, no pudieron saber si operación había tenido éxito o no—los de la barca, desde luego, se habían escapado—, pero al ver a toda la tropa subir la cuesta del acantilado se marcharon corriendo para casa. Ya se lo contaría Johnny cuando fuesen a pedirle la recompensa.
Lo primero que hizo Rafferty fue ir al pueblo a escondidas a recoger su coche, procurando no ser visto por los dos pescadores que se habían quedado, sin las mil libras, maldiciendo contra el obtuso patrón, al que habían atrapado de esa manera estúpida (daban por hecho que iba camino del calabozo con los otros dos) y preguntándose quién había sido el soplón.
También se lo preguntaba Rafferty, que no se imaginaba que Douglas se la tenía guardada por dedicarse a matar gaviotas. Enfiló la salida del pueblo y tomó la carretera a Exeter. “A Higgins que le den por saco y a la coca también”, iba diciendo con la radio a tope dándole al rock duro; “tienen la droga, tienen mis huellas y qué más da. Ya me persiguen por asesinato y, como he leído en una novela, “solo te ahorcan una vez”. Pero antes me tienen que coger, no todo está perdido. Yo tengo la pasta. En su mochila llevaba una montaña de dinero en billetes de 50 libras y una carpeta de documentos que podían ser un filón. Habría que estudiarlos. Dora no tendría más remedio que rendirse a sus pies. Quizá otra noche más de amoríos no le vendría mal a la orgullosa dama para dejar claro quién era el nuevo jefe. Siguió llevando el compás de cien decibelios por todo el camino.
En ese momento Dora estaba desesperada y hacía las maletas, repasando su nefasta actuación con Rafferty. Había entrado en el regateo del futuro negocio propuesto por Rafferty con la intención de saber hacia dónde apuntaban sus intereses con Margaret y cómo pensaba actuar para conquistar a la Araña y no ser atrapado por ella. Por nada del mundo se le ocurriría formar parte de sus planes, pero al final había caído en la trampa de aquel canalla. Siempre le pasaba lo mismo. Desde joven había sufrido, en el terreno sexual, la presión de dos fuerzas poderosas. Por un lado la dependencia creada en los años juveniles por el placer impuesto en aquella Comunidad de Salisbury y por otro la violenta repulsión y el rechazo generado por las violaciones que sufrió en los últimos años de su estancia allí. Llevaba mucho tiempo sin acostarse con nadie y sentía necesidad de sexo. El contrabandista era un canalla atractivo. Sus ojos negros, hundidos, de seductor, la atraían como un imán. El exceso de champán echó abajo sus últimas defensas y, al final, se entregó al juego con pasión desenfrenada. ¡Qué desastre! Fue un acto brusco, rápido y casi agresivo, como la pantera en la jungla. Cuando el asalto terminó y Rafferty se marchó sin un beso, ni una caricia, con un simple hasta luego, la habitación se fue oscureciendo y Dora se hundió en un pozo sin aire y sin luz, angustiada y vacía. Pesadillas de demonios, animales monstruosos y figuras retorcidas, la acompañaron toda la noche, como en un cuadro de El Bosco. Al despertar, decidió marcharse de Exeter. Había llegado al límite. Metió sus cosas en la bolsa de viaje, pagó la cuenta y se dirigió hacia la estación del tren. No sabía hacia a dónde ir, ni le importaba. Al atravesar un jardín que se encontraba en su camino dio una patada a unos narcisos, que salieron volando por el aire sin tener culpa de nada. La temperatura era fresca y caía una fina lluvia. No había primavera para Dora Jones: la amiga de Jack en la granja de Salisbury, la compañera de Johnny en sus primeros años en Mevagissey, la amante del contrabandista hasta hace unos meses, la puta de Rafferty en su última noche. A todos había traicionado. ¡Dioses de mierda!, blasfemó sin remordimiento alguno.

“No te lo tomes a mal, no sabemos a qué dioses se refiere”, dijo el Dios del Azar, cuando el Dios del Amor le echó la culpa de todo lo que estaba ocurriendo. “¿No crees que se podría referir a ti?”, le dijo. “Tú te empeñas en llenar de deseo y pasión sus corazones y luego resulta que lo que creías amor es sexo, posesión, seguridad y todo eso que decías el otro día”.
“Estoy convencido de que es a ti a quién insulta”, contestó el Dios del Amor, visiblemente enfadado. “Cruzas sus vidas sin ton ni son, a ver qué pasa, y luego la culpa es de los demás. ¿Por qué tuvieron que encontrarse el otro día en el pub?”
“Las arañas del Azar tejen y tejen sin descanso, sin saber qué vidas se van entrelazando. Las circunstancias siguen las Leyes del Azar; son objetivas. Luego, a ti se te ocurre pensar que entre las zarzas también crece el Amor y les haces escuchar cantos de sirena. Bueno, dejemos el tema, la partida de Dora y Johnny está complicada. ¿Ves?, ahora te has quedado sin una torre. Dora se aleja cada vez más y Johnny sigue más interesado en los amores de Higgins que en los suyos propios.”
“Pues Higgins y Rafferty parecen enamorados de la misma mujer. Eso habla en mi favor, ¿es que no puedes dejar de complicar las cosas?”, contestó el Amor, bastante crispado, precipitándose a comer un peón negro con su alfil.
“Eso de enamorados ya lo veremos. De momento, no te atreves a montar una partida de Higgins y Margaret, ¿verdad?”, le desafió el Azar zampándose el alfil.
“No, no me convence. Por lo menos mientras esté ese canalla de Rafferty por medio. ¿Has visto lo que le ha hecho a Dora? Se suponía que la estabas ayudando.”
“Tranquilo, si el Dios de los humanos escribe derecho con letras torcidas, según dicen ellos, ¿por qué no el Dios del Azar?”
Mientras tanto, el Delegado de la Muerte había levantado acta del fallecimiento de aquel policía que se había despeñado, pero le costó lo suyo encontrar su nombre. Simplemente era un número. Al final, apareció en el informe del inspector. Ese hombre sí que había tenido mala suerte.

13  Retorno a Wiltshire

 

Dora estaba dispuesta a cambiar de vida de una forma radical. Los últimos acontecimientos se lo estaban pidiendo, incluso se lo exigían, teniendo en cuenta las escondidas cualidades morales que habitaban en el fondo de su alma; aunque se podría decir que había puesto mucho empeño en aplastarlas. La muerte de Oliver con sus circunstancias espeluznantes, y, sobre todo, su torpe claudicación ante el rufián Rafferty, habían sido el empujón definitivo. Una nueva etapa se abría en su camino y no podía rechazar la oportunidad que le ofrecían los dioses, si es que realmente habían tenido algo que ver tanto con su desgraciada trayectoria como con su libertad actual.

—¡Ejem! —se oyó decir desde las infinitas llanuras del espacio, donde los Dioses del Azar y del Amor estaban concentrados en el siguiente movimiento de su partida de ajedrez.
—Por lo menos, alguien que se acuerda de nosotros —dijo el Dios del Amor—. Es fantástico tener unos Dioses como tú y como yo, a los que no hay que adorar, ni amarles por encima de todas las cosas, ni ofrecerles sacrificios, ni rezarles, ni dedicarles templos, ni pedirles perdón. El hecho de que, de vez en cuando, se acuerden de nosotros, aunque solo sea para reconocer nuestra influencia, es gratificante.
—Sí que es satisfactorio, en el sentido de que ese reconocimiento significa un acercamiento a la verdad —dijo el Dios del Azar, con seriedad y sin el más mínimo atisbo de “endiosamiento”. Pero no te distraigas y presta más atención a los próximos acontecimientos antes de mover ese caballo. ¿A dónde lleva el Azar a Dora? ¿Se aleja o se acerca a Johnny? ¿Qué va a pasar con Rafferty? Fíjate en cómo van encajando las piezas en busca del equilibrio.

Lo principal era eso, seguía pensando Dora, ser libre e independiente por primera vez en su vida. Tenía una nueva identidad, menos de cincuenta años, buen aspecto y buena salud, a pesar de los abusos. Solo le faltaba un poco de ilusión, algún objetivo por el que luchar y ser capaz de olvidarse de su horrible pasado. Esto último era el único nubarrón que ensombrecía un poco la soleada mañana de su viaje por la campiña inglesa
La velocidad del tren que la llevaba hacia el Este y los cambiantes paisajes que quedaban atrás, eran todo un símbolo y reflejo de los pensamientos que le venían a la cabeza, medio dormida. De momento había sacado un billete hasta Bath, a donde llegaría en menos de dos horas. Por lo que había leído, era una ciudad importante de grandes atractivos en la que merecía la pena pasar unos días, mientras sus planes futuros iban tomando forma. Al llegar, localizó un B&B en las afueras, junto al río Avon; se estableció rápidamente en su nuevo refugioy los siguientes días se dedicó a conocer la ciudad, pasear y pensar.
Desde su ventana, contemplaba con curiosidad el movimiento de las esclusas del río, con el trasiego de las barcazas llenas de turistas y, más allá, los preciosos campos de los alrededores. Visitó la grandiosa Abadía de San Pedro, antiguo monasterio benedictino del siglo VII y más tarde prototipo del gótico inglés (sus impresionantes vidrieras le hicieron recordar a Johnny, pues le entusiasmaban y no paraba de sacarles  fotos allá donde iba; de hecho todo lo que sabía sobre arte y arquitectura se lo debía a Johnny); recorrió los Baños Romanos perfectamente conservados, las casas georgianas y los pubs típicos del suroeste inglés. Era un entorno bello, elegante y muy agradable. A ello se añadía el bullicio de los estudiantes de su prestigiosa universidad, el ambiente musical y teatral por sus calles, reflejado en sus famosos festivales de música, cine, teatro y literatura; el festival de Mozart y el de Jane Austen en su Casa-Museo; todo un recreo continuo para alguien con tiempo de sobra como Dorothy McGuire, una visitante más de la vieja ciudad romana recientemente elegida como Patrimonio de la Humanidad.
Desde que llegó a la ciudad no se le juntaban, para la ronda de cervezas de la tarde, más que un par de fantasmas de toda la cuadrilla que tenía antes, y, como Dora solo tomaba ya una pinta al día, no les daba tiempo a ponerse desagradables. “Bueno, lo de las noches es distinto, pero ya se irá pasando con el tiempo”, se decía, cuando los demonios llegaban y no conseguía dormir tranquila. Fantasmas y demonios, partes de su vida, restos del pasado.
En resumen, no todo se había perdido, y todavía estaba a tiempo de enderezar su vida, si la suerte o el azar la acompañaban un poco, como decían los dos viejos dioses en las praderas siderales.
Había otro tema, que no era muy endemoniado, pero que tampoco le dejaba dormir en paz. Era el asunto del dinero, el dinero robado a la banda y el dinero adquirido a través de su colaboración en el contrabando; lo que le pasaba Oliver, lo que desviaba a su cuenta de las cantidades que salían hacia Londres en su maletín, lo que le regalaban los grandes traficantes… Era mucho dinero, que le empezaba a pesar demasiado y que estaba dispuesta a devolver.
Dora no podía acudir donde Higgins porque estaba pendiente de ser acusada, además de por robo y colaboración, por un intento de homicidio, y eso sería como poner la cabeza debajo del hacha. En cambio, Margaret, no solo estaba limpia de otros delitos, sino que podría haber llevado a cabo una maniobra de seducción con el policía, que le permitiría salir airosa del problema sin perder mucho dinero y seguir su buena vida en otros negocios. Claro que recurrir a la seducción también lo podría estar intentando Higgins en sentido inverso: conseguir de Margaret que la fortuna depositada en paraísos fiscales desapareciese del mercado del narcotráfico y se pudiese destinar a fines más nobles. Pero, ¿quién aseguraba que ambos no se enamorasen y planeasen un futuro en común, tanto en un sentido como en otro, es decir devolviendo el dinero o largándose con él?
Dora pensó en una maniobra arriesgada: quizá podría resolver con Margaret la devolución de ese dinero que la agobiaba. Hablaría con ella. El dinero ilegal que manejaba la Araña era cien veces mayor y estaba convencida de que, ahora que su hermano había muerto y la banda se había disuelto, la policía seguiría el rastro del dinero estrechando el cerco sobre su ella. Y por lo que parecía, Margaret intentaba negociar de alguna manera el asunto con el inspector.
Finalmente, tomó la decisión de viajar a Londres con el fin de entrevistarse con Margaret Garfield, convencida, como estaba, de que la bella princesa de las finanzas tenía sus puntos débiles. Si conseguía colarse en la negociación entre el inspector y la Araña, quizá podría resolver su situación, pues el objetivo venía a ser el mismo que el de Margaret: devolver el dinero y librarse de la justicia. ¿Y Rafferty?... Pues Rafferty que se olvidase de ella y se arreglase con los dos enamorados.
Una vez decidida a devolver el dinero robado y cómo hacerlo, Dora se quedó más tranquila. Únicamente le preocupaba que se fuera a quedar con una cantidad seguramente insuficiente para asegurarse un porvenir holgado, por lo menos hasta que consiguiese una forma de ganarse la vida. Pensaba que la nueva Dorothy debía a aspirar a algo más que trabajar de camarera. Ella siempre había soñado con tener un B&B pequeño y coqueto, con un jardín lleno de flores en algún pueblo de la campiña inglesa, o quizá una guardería de niños pequeños, a los que adoraba con la añoranza de una maternidad perdida. Por eso se veía fuera de Bath, aunque fuese una ciudad tan agradable para vivir.
En las siguientes semanas se dedicó a recorrer los pueblos del condado de Somerset, e incluso de Dorset y Wiltshire, viajando en tren o autobús. Por alguna razón subconsciente sentía una atracción especial hacia las suaves colinas y los pueblos antiguos y pintorescos de esta última región, donde había nacido pero que no conocía, porque nunca había salido fuera de las alambradas de la Comunidad Agrícola. Estudió sus cualidades turísticas, sus facilidades de comunicación, el número de B&B’s que tenían y hasta los pubs y el tipo de gente que vivía en ellos.
Y fue finalmente allí donde Dora encontró el pequeño pueblo de sus sueños: Lacock. Olía a cerveza, olía a humo y a carne asada. Sus casas de un solo piso y tejados puntiagudos —unas grises de piedra, otras blancas con vigas—, parecían de un cuento de gnomos. Todas con altas chimeneas que hablaban de fuegos encendidos en sus habitaciones. Las ventanas estaban emplomadas, los jardines discretamente escondidos en la parte trasera; por los senderos del campo se veía gente a caballo; en los alrededores crecía el trigo y la cebada (le hizo una especial ilusión enterarse de que celebraban todos los años un Festival del Espantapájaros). Había pubs del siglo XVIII, incluso una posada del siglo XV, cinco hoteles y un B&B, suficientemente grandes y alejados para que su pequeño hotelito, que ya imaginaba en la Calle Mayor, tuviese éxito. Era un pueblo rural con encanto, pero, además, Lacock no era solo atractivo para el turismo por lo dicho hasta ahora. Tenía uno de los museos de fotografía más emblemáticos del Reino Unido, el Fox Talbot Museum, antigua abadía del siglo XIII, y hogar de William Henry Fox Talbot en el siglo XIX, uno de los grandes pioneros de la fotografía, que inventó el proceso de negativo-positivo para la obtención de múltiples copias. “Otra vez el Azar”, se dijo Dora, cuando se enteró de su existencia... y, como era lógico, se acordó una vez más de Johnny.

—Esto marcha —exclamó el Dios del Amor, sonriendo por primera vez en mucho tiempo, mientras avanzaba un caballo en dirección a la Reina negra. Te habrás fijado que ha dicho el Azar y no el Destino o la Providencia, como dice la gente.
—¡Bah! —le contestó el Dios del Amor—, con eso no vas a ninguna parte (me refiero al caballo). En efecto, los humanos suelen decir ¡qué fatalidad!, cuando las cosas les salen mal, y cuando les van bien dicen: ¡me lo he ganado a pulso! o, incluso, ¡nadie me ha regalado nada! Esta mujer ha vivido mucho y está aprendiendo el por qué suceden las cosas.

De una forma o de otra, Dora siguió a lo suyo. Volvió a Bath contenta con su decisión y dedicó una semana a hacer los preparativos para fijar su residencia definitiva en Lacock. Lo primero que hizo fue obtener un extracto de su cuenta en el Loyds Bank y durante dos días hacer una separación aproximadamente justa de lo que creía que le pertenecía a ella y lo que consideraba como apropiación indebida y que había que devolver. Le salía una bonita cifra a su favor, que consideraba suficiente para vivir holgadamente en Lacock, incluyendo el préstamo par la posible compra de una pequeña casa con jardín; y por el otro lado, una inmensa cifra a favor de una vuelta a la legalidad. La primera la trasladó a una cuenta nueva, que abrió en un banco local de su nueva zona, el Wiltshire Community Bank, y la segunda la dejó en la cuenta antigua. El pasado y el futuro expresado en libras esterlinas.
Luego se compró una buena bolsa de viaje y una colección de ropa para todas las estaciones, que seguramente no encontraría en Lacock. El resto de la semana lo dedicó a charlar con la dueña del B&B donde se hospedaba con el fin de saber bien todos los requisitos y gestiones necesarias para poner en marcha un negocio como aquel y, también, todo lo relativo a su mantenimiento, limpieza, cocina, publicidad y demás preocupaciones del día a día de una casa de huéspedes.
Por fin llegó el día de la marcha. La primavera estaba avanzada y el tiempo era espléndido. Tenía ya pensado el nombre de su B&B en Lacock y por cada pueblo que cruzaba el tren se imaginaba una casita con un letrero pintado con flores en el que se leía Miss Dorothy B&B. Todo iba bien. Incluso sus cabellos habían recuperado su color rojizo natural. Dejó escapar un profundo suspiro de alivio y se quedó dormida.

14  Avanza el alfil blanco

 

Margaret Garfield pertenecía a una familia adinerada del municipio de Richmond, en el Gran Londres. El padre había sido un rico comerciante, que al morir relativamente joven, con cincuenta años, dejó una considerable fortuna a sus dos hijos Oliver y Margaret. La madre, siempre enfermiza, había muerto cinco años antes. Los dos hermanos, inteligentes y atractivos, recibieron una educación exquisita en colegios privados y cuando quedaron huérfanos estaban estudiando en la universidad, ella en la London Bussiness School y él en la Kingston University. Sus vidas, sin la necesaria vigilancia paterna, navegaban sin rumbo por todos los mares del lujo y el vicio londinenses, especialmente el hijo mayor. Los escrúpulos y las buenas costumbres de la época victoriana de sus padres, si los tuvieron, no formaron parte de la herencia y se quedaron con ellos en la tumba.
En aquellos años de estudiante, Oliver, que tenía una pequeña embarcación con atracadero en el Támesis, cerca de la casa familiar, no solo navegaba por aquellos mares del vicio (la famosa trilogía de alcohol, droga y mujeres), sino que se conocía al dedillo los más oscuros rincones de los muelles de Londres, los pubs y la gente de los bajos fondos, lo que le serviría más tarde para organizar sus negocios de contrabandista, bastante más que todo lo que aprendía en la universidad. De hecho, lo que más le gustaba era la vida de marino, diríamos con más propiedad la de bucanero, y cuando se aburrió de sus estudios de ingeniería y empezó a ser demasiado conocido en el mundillo del hampa londinense, se fue para el sur y se apuntó en la School of Marine Science and Engineering de Plimouth. No terminó la carrera, por supuesto, pero aquella etapa le sirvió para dominar las técnicas de navegación, hacer prácticas por medio mundo y, sobre todo, para conocer a fondo la costa a uno y otro lado del English Chanel, o Canal de la Manche para los bretones y normandos, con los que perfeccionó el oficio de contrabandista. Finalmente, eligió Cornualles para sus actividades y se estableció en el pequeño pueblo de pescadores de Mevagissey, donde le hemos conocido y donde acabó fatalmente sus días.
Su hermana Margaret era no menos viciosa y aventurera, pero más fría y calculadora. Esta faceta de su carácter y su belleza espectacular, la convertían en irresistible objeto de deseo para hombres y mujeres de su entorno. Miss Garfield, elegante, misteriosa, culta y sumamente inteligente, estaba considerada como uno de los perfiles más interesante e inquietantes del mundo de los negocios del Londres financiero.
Por supuesto que había terminado sus estudios con las más altas calificaciones y ahora trabajaba en una de las firmas más prestigiosas de la City. Su despacho estaba forrado por entero con madera de caoba y decorado con un gusto tan exquisito que solo con mirar los cuadros de las paredes y las alfombras del suelo, se cortaba la respiración del visitante. Para acceder a él se debía atravesar dos filtros de secretarias elegidas por ella. No obstante, en aquel espacio sagrado se habían visto figuras dignas de estudio y no muy recomendables, tanto figurines de la más alta sociedad, como artistas renombrados o como matones y confidentes de las más sucias alcantarillas. Porque sus contactos se extendían como la tela de las arañas, casi invisibles pero eficaces, y su habilidad para que las grandes fortunas procrearan sin sobresaltos y se multiplicaran, era bien conocida.

Una suave música de Vaughan Williams, la Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis, estaba sonando en aquella sala de acústica relajante, cuando un zumbido del interfono sacó a Margaret de su ensoñación. Su secretaria Rose anunció la visita, sin cita previa, de Miss McGuire, “una dama de aspecto elegante de, según su tarjeta, Lacock, en Wiltshire, que dice estar relacionada con su difunto hermano Mr. Garfield”.
“¿Mi hermano en Lacock?”, pensó Margaret, ¡qué raro!, como no sea un ligue…
—Dile que pase.
Cuando entró Dora en el despacho, Margaret se quedó de piedra, aunque lo disimuló perfectamente.
—¡Dora Jones! —exclamó, levantándose y fijándose en la ropa elegante de Dora y en su precioso pelo rojo—, ¡cuánto me alegro de verte! Estás guapísima.
—Hola, Margaret —dijo Dora, besándola—. Antes de decir nada, lo primero que debes saber es que yo no maté a tu hermano. No pude asistir al funeral porque la policía me busca y me he tenido que esconder y cambiar de nombre. Por eso vivo ahora en Lacock. Hay un montón de cosas que me gustaría hablar contigo.
—Dora, ya sé que no mataste a Oliver, pero también sé que le diste dos puñaladas, en una pelea, me imagino. Algún día tenía que acabar así. No pienses que lo echo de menos. Sí, tenemos que hablar, especialmente de dinero, ¿no te parece?
—Claro. ¿Sabías que mi nombre legal es Dora Garfield, porque tu hermano y yo nos casamos en secreto el año pasado? —soltó Dora de repente, haciendo como que sacaba unos papeles de la carpeta que llevaba en la mano.
Ahora sí que el rostro de Margaret se puso rígido de verdad.
—¿Y que, por tanto, su dinero, o por lo menos la mitad, incluido el que anda por esos paraísos que tú sabes, me pertenece?
—¿Es verdad eso? —consiguió decir Margaret, apoyándose en la mesa. ¿Cómo es que no sabía nada?
Dora dejó pasar un buen rato sin contestar a la espera de que el significado de sus palabras penetrase en el ordenado cerebro de miss Garfield y lo dejase más dúctil y receptivo para sus siguientes propuestas. La música de Williams invitaba a la reflexión.
—No, no es verdad—dijo al fin—, pero podía haber sido, después de los doce años que hemos vivido juntos, ¿no crees? Con esto lo que te quiero decir es que, si hablamos de dinero, debes tener en cuenta, también, mis intereses, no solo los tuyos como acostumbras.
Margaret se tragó como pudo la indirecta y el nudo que se le había formado en la garganta y empezó a respirar más pausadamente.
—Creo que te comprendo, Dora. Sí, tenemos que hablar —volvió a repetir—. Lo mejor será que vayamos a un restaurante del Soho y tengamos una comida tranquila.
—De acuerdo.
Rose les reservó una mesa en el Momo, un restaurante que Margaret conocía y fueron las dos a pie, paseando por las concurridas aceras del West End. La lluvia era muy fina y los ejecutivos de la zona se apresuraban a meterse en los pubs para tomar su pinta del mediodía junto a un trozo de pastel de carne con pepinillos.
La comida, exquisita, duró una hora y la charla de sobremesa otras dos, café y coñac incluidos. Dora contó a Margaret lo que ocurrió en el hotel Sea Cloud la noche que acabó con las famosas puñaladas a su hermano (era la primera vez que se lo decía a alguien) y, luego, su huida por las Cloacas, su enfermedad y, finalmente, su desaparición de la escena. Hablaron largamente de Higgins, de Rafferty y de Johnny. Así Dora se enteró del primer enfrentamiento de la policía con los hombres de Oliver, al día siguiente de su huida, que acabó con ocho muertos; y, meses más tarde, el descubrimiento por parte de Johnny del escondite secreto de las Cloacas, de la recuperación de la droga y de la escapada y extremis de Rafferty, con el dinero que Oliver guardaba. Dora, le dijo que Rafferty la había localizado en Exeter y le había propuesto montar un negocio de importación de vinos y licores con el dinero que pensaba recuperar del sótano escondido. No contó que les había visto a ella y Higgins en Torquay.
Pasaron a continuación al tema del dinero. La situación era la siguiente, según Margaret: El grueso del capital acumulado tras los muchos años de contrabando de Oliver, más las operaciones financieras que se habían llevado a cabo en la empresa de Londres, estaba a buen recaudo en diversos bancos de paraísos fiscales, controlado por ella y a nombre de los dos hermanos. Otra buena parte era la de la caja fuerte de las Cloacas que se había llevado Rafferty y ahora estaría guardada en oitro escondrijo o quizá ingresado en su cuenta, seguramente bajo un nombre falso; y la tercera parte engordaba la cuenta de Dora (pues ya sabía que parte de los maletines que le traía a Londres se quedaba por el camino). Discutieron un rato sobre cómo se repartían las ganancias en la banda y, al final, llegaron a un acuerdo.
La conclusión de la bella financiera era la siguiente: sabía que se encontraba en una situación delicada y que, en estos momentos, el emporio de los Garfield peligraba al estar bajo sospecha e investigación. “Voy a ser sincera”, dijo, “Rafferty está en situación de búsqueda y captura por asesinato y acabará cayendo, con bolsa y todo, tarde o temprano; por lo tanto, hay que recuperar ese dinero cuanto antes. Ese dinero junto con el que tienes tú sería devuelto a las autoridades, a cambio de unas condiciones penales asumibles que se negocien con Higgins. Lo mismo ocurriría con el dinero repartido en diversas entidades financieras, aunque es más complicado de localizar y demostrar su procedencia y me da un amplio margen de negociación. En definitiva, tú y yo nos jugamos el porvenir cara a cara con el inspector. Y Rafferty que corra todo lo que pueda para que no lo cuelguen, pero que antes suelte el dinero. No te recomiendo que te asocies con él. Ya le conocemos.
Dora estaba admirada de la frialdad y claridad con la que Margaret estaba reflexionando. Pero, todavía faltaba lo principal, según ella.
—Ahora —dijo Margaret—, hablemos de temas más delicados que pueden ayudar o complicar las cosas: el amor y la amistad. No me pega, ¿verdad?

—¡Atento! —dijo el Dios del Azar, sacudiendo por una manga al Dios del Amor, que se había quedado medio dormido delante del tablero, sin saber qué ficha mover—. Creo que te va a tocar intervenir.
—¿Cómo voy a intervenir si Johnny está a 200 millas de aquí, ordenando sus archivos y tomando cervezas con Higgins y la otra solo se preocupa del dinero?
—¡Silencio! —ordenó el Azar—, tú escucha, que hay otros actores en la escena y el ambiente favorece las confidencias amorosas.

—El caso —siguió diciendo Margaret— es que parece que a Higgins le estoy empezando a interesar, pero de una forma distinta que a otros hombres. No me mira con ese deseo vulgar de la mayoría y tampoco se siente intimidado conmigo. No lo sé definir, y a mí ese interés me produce una sensación que antes no había sentido. Simplemente, estoy deseando estar con él. Me parece que soy otra cuando estamos juntos. A veces le veo intentar acorralarme para conseguir destapar la trama de nuestros negocios; me amenaza, me dice que tiene pruebas suficientes para llevarme ante el juez; pero otras, en cambio, es como si quisiera ofrecerme una vía de renuncia a mi pasado y una fórmula de esquivar el peso de la ley. Desde luego que sabe que soy una pieza clave en esta trama y que he actuado de tapadera de muchos delitos, pero me da la impresión de que es un hombre que aprecia más la justicia que la ley y que llegado el caso no dudaría en burlar a la segunda si yo colaboro a favor de la primera. Además, está Johnny (Dora prestó más atención, si cabe). Yo apenas lo conozco. Le he oído decir a Higgins que es un hombre íntegro y creo que muchas de las inquietudes del inspector se las debe a él. Sé, por Peter, que está enamorado de ti a pesar del tiempo transcurrido; que te salvó la vida en las Cloacas y presiona al inspector para que no haya cargos contra ti por intento de homicidio. Luego, puso en bandeja a Higgins la recuperación del tesoro escondido de Oliver, me imagino que con la intención de conseguir su apoyo en tu causa.
Margaret se tomó un respiro y un buen sorbo de aquel Napoleón aromático y, cuando parecía que había dado por terminado su discurso, soltó de sopetón la frase que pilló de sorpresa a Dora e hizo que se ruborizase levemente y bajase la cabeza:
—Estás enamorada de Johnny, ¿verdad?
Dora se quedó en silencio mirando a la copa y un par de lágrimas asomaron en sus ojos sin llegar a caer. No contestó. Las dos mujeres permanecieron calladas un buen rato, hasta que el camarero les dijo discretamente que iban a cerrar.
Aquella misma tarde, Dora cogió el tren para Lacock. Como poniéndose a tono con su espíritu (¿por qué se sentía tan triste?) empezó a llover tan fuerte que el paisaje se fue borrando y los cristales se fueron empañando, creando una especie de burbuja, donde permaneció aislada del mundo exterior durante todo el viaje. Uno de sus fantasmas, uno de aquellos compañeros desagradables con los que tomaba cervezas en los atardeceres de Exeter, se sentó a su lado y en vez de hablar de sus errores y echarle en cara su mala vida, como tenían por costumbre, le transmitió un cálido sentimiento de consuelo y esperanza.

“¿Qué te ha parecido esto, admirado Dios del Amor?”, preguntó el Dios del Azar. “¿Acaso están entrando en juego tus muchachos?”
El Dios del Amor no dijo nada, pero incorporándose en su silla, donde estaba un poco apoltronado, sacó una mano flaca desde dentro de la túnica y lanzó el alfil al ataque, amenazando a la torre negra, lo que dejó al Azar sin respiración. Luego se recostó de nuevo con una sonrisa beatífica en su rostro y se quedó mirando al infinito.

Lo primero que hizo Margaret cuando dejó a Dora en la estación y volvió a su despacho, fue poner todo el dosier de las inversiones de los “Hermanos Garfield” encima de la mesa y dedicarse a repasar punto por punto el lugar y la situación de el dinero, repartido por diferentes bancos y sociedades. Antes de hablar con el inspector seriamente necesitaba tener las cosas claras. Luego pidió un té a Rose y seleccionó en el equipo de música las Variaciones Enigma de Elgar. Cuando se relajó un poco, llamó por teléfono a Peter Higgins. Esta vez quedaron en un hotel de Bath, con la excusa del Festival Internacional de Música que se celebraba en la Termas Romanas a primeros de junio. Cuando colgó miró al calendario. Faltaban diez días y ya estaba impaciente.

Tres días más tarde recibía otra visita inesperada. Se trataba de “un caballero que no ha querido dar su nombre”, dijo Rose, “que dice ser socio de tu hermano”. Margaret apagó la música apretando un botón en un panel de la mesa y se quedó con el ceño fruncido. Precisamente en ese momento estaba pensando en Higgins; habían hablado mucho de música en Torquay, aquel fin de semana tan romántico. No estaba acostumbrada a tratar con hombres como el inspector. ¡Qué curioso! ¿Sería él? ¿Habría cambiado de planes? ¿Socio de Oliver? No puede ser. “Pídele la tarjeta por favor”, le dijo a Rose por el interfono. Entró Rose con una tarjeta, que dio a Margaret, donde ponía: Mr. Brian Holmes, Negocios Marítimos, Ltd. Mevagissey. Cornualles. “Hazlo pasar”.
Cuando entró Rafferty por la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja, guapo, engreído, con un traje de oficinista recién comprado, a Margaret se le cayó el alma a los pies.
—¡Vaya! —dijo, levantándose y dándole la mano—, si tenemos aquí al señor Rafferty, ahora Mr. Holmes, en persona. Los de Scotland Yard estarán temblando. ¿No tenías antes perilla? Negocios Marítimos… ¡buen nombre para un contrabandista! Pronto te pillarán, Rafferty.
—No, si tú me ocultas, Margaret —contestó— ¡Qué guapa estás! Siento de veras lo de tu hermano.
—¿Has venido aquí a buscar refugio, después de que te has dejado requisar el último alijo de coca y te has llevado el dinero que tenía guardado mi hermano? ¡Serás caradura! ¿Quieres que le llame a Scotty y te haga devolver hasta la papilla de los dos años, además de todo el dinero que me has robado? ¿O prefieres un paseo en barca por el Támesis con una rueda de locomotora amarrada al cuello?
—No sé por qué dices eso, Margaret, yo lo que quiero es negociar contigo —dijo Rafferty, cautamente, y con el rostro algo más pálido que a la entrada.
—¿Negociar? ¡Vamos!, no me hagas reír ni perder el tiempo, ya te estás largando —exclamó Margaret, ligeramente más excitada que lo normal, mientras llamaba por el interfono—. Rose, localízame por ahí a Scotty.
—Espera, espera —atajó Rafferty—, quizá tenga algo que te anime a tener una charla conmigo.
—¿De qué se trata?
—¿Sabías que en la caja fuerte de las Cloacas, Oliver guardaba una serie de documentos, además del dinero? Pues resulta que en esos documentos —cartas, recibos, facturas, transferencias, ingresos— aparece claramente la firma de una tal Margaret Garfield. ¿No crees que sería conveniente darles un repaso, con tranquilidad?
“¡Merde!”, se dijo Margaret, “¿será otro farol como el de la boda de Dora del otro día o tendrá razón este filibustero?”
—Puede que sea interesante echarles un vistazo —contestó con cierto aire de indiferencia, que Rafferty interpretó como una primera rendición con una sonrisa de hiena presta a darse un banquete.
—¡Qué bien! —exclamó—. Aquí tengo una copia de todo. Estúdialo. Los originales están bien guardados, como te puedes imaginar. No obstante, si quedamos esta noche y lo pasamos en grande, quizá te los regale.
—¿Qué es lo que pides, Rafferty? —dijo ella, sin hacer caso de la insinuación.
—Simplemente que me devuelvas “de una manera cariñosa” el favor que te hago y luego tú y Higgins os olvidéis de mí y del dinero. También quiero que me digas dónde puedo encontrar a Dora Jones. Sé que ha estado aquí. Estoy interesado en montar una sociedad con ella, pero alguien la ha asustado y ha desaparecido. Seguramente te vio en Exeter con Higgins el día que yo me crucé con vosotros cuando entrabais al museo. Por cierto, ¿qué hacías juntos en viaje de placer? Eso también le podía interesar al fiscal.
“Este canalla sabe más de lo que pensaba”, no dejó de constatar Margaret. “Habrá que tomar medidas”
—Está bien, Rafferty, creo que me tienes cogida... de momento. Buscaré la dirección de Dora y luego te llamo. El teléfono es el de la tarjeta, ¿verdad?
—Sí, te espero impaciente.
El contrabandista se despidió con una reverencia exagerada, que le sirvió para recorrer con la mirada el cuerpo escultural de Margaret y salió sin cerrar la puerta.
Dora se asomó y llamó a Rose.
—Vas a localizar a Scotty lo antes posible y, cuando lo tengas, venís los dos a mi despacho.
En otros tiempos, Margaret no habría tenido inconveniente en quedar con Rafferty, acostarse juntos, quitarle el dinero y los documentos y luego dejarlo en manos de Scotty para darle un paseo por el Támesis. Por un momento se le pasó aquella idea por la cabeza, pero luego lo pensó mejor. Localizar a Rafferty en Londres era difícil. Incluso para el mismo Scotty. Este escocés de 90 kg., mandíbula cuadrada y un pelo pajizo como rastrojo después de la siega, tenía una rara habilidad para hacer desaparecer al personaje más escurridizo de la selva urbana. Pero Rafferty estaba de paso, no había dejado rastros que seguir ni madrigueras que acechar y eso hacía la caza prácticamente imposible. Además, no era un cervatillo cualquiera sino una fiera entrenada y tan peligrosa como el escocés. El quedar con él y cargárselo en una esquina era muy arriesgado tanto para el matón como para su ella. Además, algo había cambiado en Margaret desde que conoció a Higgins. Una desagradable sombra de honradez se había colado por algún rincón de su conciencia y lo que era más curioso, el hecho de hacer el amor con otro hombre le resultaba ahora poco deseable.
Cuando aparecieron Rose y Scotty, le dijo a éste que había pensado premiarle por sus buenos servicios durante los últimos años y que le había conseguido el puesto de Jefe de Seguridad en la Empresa, un puesto fijo, con su buen sueldo y que a primeros de mes se presentase al señor Preston, Jefe de Personal. Le despidió dándole la mano.
—Buena suerte Scotty — le dijo— nos seguiremos viendo por los pasillos y en la puerta principal. Te necesitaré, sin duda
—Muchas gracias Miss Garfield, cuente siempre conmigo.
Se quedó a solas con Rose, su ordenador viviente, y le pidió que localizase todas las cuentas y los movimientos en los últimos cinco meses de Dora Jones, Dorothy McGuire, Brian Holmes y... no sabía ni cómo se llamaba Rafferty. Luego le pidió que llamase a este y le dijese que no podía quedar y le diese la dirección de Dora en Lacock. Se le había ocurrido una forma mejor para cazar al pirata: montar una vigilancia discreta en el pueblo de Dora y esperar a que se acercase por allí. Una vez localizado le seguirían a su madriguera y lo cogerían junto a su dinero y los documentos. Para ello contaría con detectives de la policía al mando del inspector Higgins. Otro gran triunfo para el sabueso de Bath. Otro tanto a su favor para convencer al inspector a devolverle los documentos. La cita en el Festival de Música tenía ese propósito, además de otros alicientes que le hacían gran ilusión.
Al de un rato, sonó el interfono.
—Ha llamado sir Edward Landford para concretar la cita de mañana a la noche.
—¡Vaya, es verdad! Se me había olvidado. Dile que me ha surgido un viaje imprevisto. Es tarde, Rose, ya te puedes ir.
Se echó hacia atrás en el sillón de cuero y se quedó relajada y soñadora contemplando el techo. Se le ocurrió poner una canción de Billie Holiday, I’m a Fool to Want You… “¿Qué me está pasando?”, dijo en voz suave, como avergonzada…

15  Dos partidas simultáneas

 




En el infinito paisaje donde habitan los dioses, existía una zona especial de nieblas azules y grises donde estaban ordenadamente distribuidas miles de mesas provistas de un precioso tablero de ajedrez de mármol blanco y negro, con fichas de jade, dispuestas para el juego. Los Dioses del Azar y del Amor, en sus infinitas repeticiones, se sentaban en cada una de las mesas y jugaban las partidas que dirimían la suerte de las parejas que el Amor presentaba ante el Azar.
El Dios del Amor estaba dispuesto a sentarse y luchar por una pareja nueva, la de Peter Higgins y Margaret Garfield, que se movían por Cornualles y el sur de Inglaterra perdidos entre dudas y confidencias. El Azar no podía perder, como ya sabemos, pero si el Amor conseguía unas tablas en la partida, eso significaba que no habría obstáculos para que la pareja tuviera una relación feliz. Si sus fichas perdían el juego, la suerte no iba a estar de su lado.
Las dos partidas que nos interesan se estaban jugando a la vez, según se iban desarrollando los hechos, y eso no tenía ninguna dificultad para los dos jugadores, porque una de las cualidades más sencillas de los dioses es su ubicuidad. Sigamos el juego.

Partida de Higgins y Margaret

—¿De verdad te atreves a apostar por esta pareja? —preguntó el Dios del Azar—. Un policía con una criminal, ambos con el corazón endurecido. ¡Hum!, no lo veo muy claro. Empecemos si quieres; mueves tú que juegas las blancas.
—Son los que menos mienten cuando se enamoran, ya verás —contestó el Amor, mientras adelantaba dos casillas el peón de la Reina— ¿Te has fijado en la mirada de Margaret? ¿Has visto la ilusión que tiene por acudir a la cita con Higgins?
—Sí, pero Higgins no lo tiene claro. La honestidad y el amor, la justicia y la pasión, acabarán chocando entre sí. Está jugando con fuego —contestó el Azar, colocando su peón negro enfrente del blanco.
—Ya veremos. Tú no compliques más las cosas, porque ahora las dos parejas van a empezar a cruzarse y bastante liado está el tema como para que la suerte o la desgracia intervengan más de lo que han hecho hasta ahora.
—De tanto meterte en el corazón de los humanos te expresas como ellos. Las leyes del Azar son igual para todos y no entienden de buena o mala suerte, ni de amores, aunque alguna vez me tiente el dar un empujoncito a la ley del equilibrio, como hemos hecho con Dora. De todas formas lo tendré en cuenta.

Partida de Johnny y Dora

—Este ataque del alfil ha sido en falso y lo acabarás pagando—dijo el Dios del Azar—, porque las lágrimas de Dora te han enternecido, pero son de cocodrilo. Margaret le animó a que le contase lo ocurrido con su hermano la noche del hotel como resultado de su vida descarriada; luego le hizo ver las virtudes de Johnny, le recordó que le había salvado la vida y que ahora estaba intentando salvarla de la cárcel. Para rematar, le forzó a pensar que está enamorada. ¿Qué más quieres? Pero dentro de una semana Dora se habrá olvidado de todo.
—Ya me encargaré de que no lo haga. De momento ha hecho un gran esfuerzo para librarse del pasado. Yo confío en ella.
—Estarían buenos los humanos si el Dios del Amor no confiara en ellos.
—En algunos sí, no en muchos.
—Pues prepárate para el siguiente movimiento pues creo que vas a perder el segundo alfil.

A primera hora de la mañana Johnny y Higgins tomaban sus brebajes calientes en el bar del puerto, sentados en una mesa junto al ventanal. Se había hecho costumbre el desayunar juntos, sobre todo después de la ayuda inapreciable de Johnny en el asunto de las Cloacas. Tenían aproximadamente la misma edad y muchos gustos y aficiones comunes. En sus charlas hablaban de fotografía, de música, de arte y cada vez más de problemas personales. Unas veces del policía y otras veces del fotógrafo; de éxitos y fracasos profesionales; de sueldos y ganancias. Nunca de amores, ni siquiera de mujeres. Hasta ahora... En ese aspecto eran reservados, tanto uno como el otro. Casualmente, en este momento hablaban de Dora.
Como a Higgins le habían destinado a Mevagissey en tiempos recientes, no estaba al tanto (en realidad nadie lo estaba en el pueblo) de la historia completa de las relaciones de Johnny y Dora. Sabía que habían vivido juntos, hasta que Dora se lió con Oliver, pero nada más. El inspector no tenía más que malas referencias de ella, pero, con todo, no le caía mal. Johnny le contó los buenos momentos de cuando vivieron juntos, sus excursiones, su lecturas, sus sesiones fotográficas... Estuvo a punto de .        se iban poniendo de acuerdo en que harían lo posible por ayudarla. Higgins ya tenía aceptado el hecho de que nadie la había denunciado por intento de homicidio ni por lesiones y el fiscal estaba también inclinado a no presentar cargos en atención a las circunstancias. A todos los efectos, Oliver había muerto de enfermedad. Quedaba el asunto del contrabando y el dinero robado. Si lo que le había contado Margaret al inspector en el Festival de Bath era cierto, Dora estaba dispuesta a devolver el dinero, a través de Margaret, y a reconocer su colaboración con la banda de Oliver, obligada como había estado por ser su compañera. Si todo salía como lo estaba preparando Higgins, Dora podía quedar totalmente en paz con la Justicia. Y Johnny, estaría encantado de que así fuese.
—Creo que te echa de menos, Johnny —dijo el inspector—. No debería decírtelo, pero esa es la impresión que sacó Margaret en la comida que tuvieron juntas en Londres. ¿Sabías que Dora atacó a Oliver porque éste la forzó violentamente aquella noche en el hotel de la costa?
—No, no lo sabía. ¿Ha estado Dora en Londres? —preguntó, haciéndose el distraído, mientras imaginaba a Dora volviendo a vivir las violaciones de La Comunidad Agrícola. “¡Qué horror!”, pensó.
—Sí, precisamente para proponer a Margaret la devolución del dinero malamente adquirido y que ésta lo negociara conmigo. No se había atrevido a tratarlo conmigo directamente porque creía que la policía la buscaba.
—Podía haberlo ingresado en una cuenta de la Policía.
—No, porque necesitaba conseguir con eso la inmunidad y sabía que yo lo estaba tratando con Margaret.
—¿Y qué va a ser de Margaret? ¿Cómo va el asunto contigo?
—Es un tema largo y complicado, Johnny. Otro día lo seguiremos hablando —contestó Higgins, levantándose, ligeramente sonrojado. Ahora hay que ir a trabajar.
Marcharon cada uno a sus ocupaciones con la sombra de una mujer imaginada tras sus pasos.

—¡Ah, Johnny!… parece el actor malo de la obra que estamos contemplando; no por sus facultades interpretativas, ni por la maldad de su corazón (todo lo contrario), sino porque debido a su falta de ambición pasa desapercibido. No pide nada, no busca dinero ni reconocimiento; podría parecer, incluso, un hombre triste por lo callado y solitario, pero no es así, ni mucho menos. Cuando sonríe o cuando le brillan los ojos hablando de cualquier cosa con entusiasmo, se puede pensar: ¡cómo no me había fijado antes en él!
¿Qué le falta a Dora para darse cuenta de una vez?
—No te emociones —le dijo el Azar al dios del Amor—. En esta partida el hueso duro es Dora.

No le faltaba razón al dios del Amor al hablar de Johnny. Era hijo de un profesor polaco, exiliado durante la Guerra y de una inglesa de Brighton. Nació y creció en esta ciudad del sur y cuando se dedicó de lleno a la fotografía, se estableció en Mevagissey, porque la costa de Cornualles le entusiasmaba; y al especializarse en reportajes turísticos y etnográficos, los pueblos y la historia de Gales y Cornualles se convirtieron en sus temas predilectos. Se había hecho con un nombre reconocido, por sus reportajes sobre los antiguos pueblos de pescadores, aunque lo que más le atraía eran las imágenes cargadas de misterio y poesía, como podían ser los restos megalíticos o los parajes de las leyendas del Rey Arturo y el Mago Merlín, al estilo de Stonehenge o Tintagel. Precisamente conoció a Dora cuando estaba llevando a cabo un reportaje sobre el famoso círculo de Stonehenge y el túmulo de Avebury, próximos a la Comunidad Agrícola de Salisbury. Su relación con Dora y su posterior abandono, le dejaron de herencia ese aire de personaje introvertido y solitario con el que ahora le veían en el pueblo y que antes no tenía. A pesar de todo, él había seguido con su ritmo de vida, dedicándose a la fotografía con más ahínco si cabe. Alto y delgado, con el pelo largo de color castaño y sus ropas oscuras y holgadas, tenía ese aire de artista bohemio que encajaba perfectamente con su trabajo y que le había hecho popular en el pueblo. Era querido, además, por las innumerables fotografías que había publicado de Mevagissey.
Sin embargo, los inesperados acontecimientos que se habían desarrollado últimamente en Mevagissey, habían descolocado un poco a Johnny en su rutina diaria. Y, aunque pretendía mirarlos desde una prudente distancia emocional (cosa que venía haciendo desde hacía años en todo lo relacionado con Dora), tenía que admitir que la historia de las Cloacas le había estimulado. El verse metido de lleno en aquella trama de los contrabandistas, estaba removiendo antiguos sentimientos de aventura y de solidaridad que había ido dejando por ahí escondidos a raíz de la ruptura con Dora; porque es bien cierto —se decía, como resumen, al regresar a casa—, que uno se vuelve un tanto egoísta y resentido cuando lo abandonan.
Pero la muerte de Oliver y el contacto directo con Dora, hasta el punto de llevarla en brazos por las Cloacas, salvarle la vida y estar a su lado en el hospital, le había roto todos los esquemas. De nuevo recuperaba aquella quijotesca emoción que le hizo romper la alambrada y salir corriendo, con ella de la mano, lejos de la granja maldita. Volvía a salvarla y estaba luchando con Higgins para librarle del castigo de la justicia. ¿Qué vientos del Azar lo empujaban a emociones olvidadas?
Tenía la suerte (seguía pensando, sin decidirse a entrar en casa) de contar con Higgins. El inspector era como un tronco de roble al que sujetarse durante las rachas fuertes del vendaval. Fuerte, íntegro, experimentado, le comunicaba una gran sensación de seguridad. Estaba contento con la amistad que se había iniciado entre ellos a raíz de los últimos sucesos. Tenían gustos parecidos y era de las pocas personas con la que podía hablar de música y de arte. Podía parecer seco y a ratos duro y distante (debido a su oficio, seguramente), pero cuando empezaron a hablar de Margaret notó en sus ojos un brillo melancólico que le hizo sentir más próximo. Johnny solo conocía a Margaret de vista, pero ya la tenía clasificada como una mujer peligrosa y no solo por su excepcional atractivo. Empezó a notar en sí mismo una cierta preocupación por el inspector. Esta última deriva de sus pensamientos lo convenció para no entrar en casa, coger el coche y marchar hasta la Comisaría de St Austell. Había dos nuevos datos en las últimas palabras de Higgins que estaban venga a dar vueltas en su cabeza: la cita de éste con Margaret en Bath y el viaje de Dora a Londres. La tela de la araña enredaba sus hilos.
Encontró al inspector mirando a través de la ventana. Johnny estaba convencido de que las colinas blancas lo ayudaban a concentrarse. Como ya le habían anunciado su llegada, Higgins preguntó sin darse la vuelta:
—¿Qué te trae de nuevo Johnny?
—Me he quedado con las ganas de saber si has reunido pruebas para inculpar a Margaret o por lo menos para presionarla a la hora de negociar su exculpación y la de Dora. Como has dicho antes que estuviste con ella en Bath…
—Johnny, lo que yo haga con Margaret es asunto mío —le interrumpió Higgins, ligeramente incómodo—. Coincidimos en el Festival de Música y salió el tema de Dora. Eso es todo. No tengo nada más que decir. Ahora es mejor que me dejes porque tengo mucho trabajo.
“Sí”, pensó Johnny, “vigilar las colinas blancas por si vienen los indios”. Se marchó sorprendido por la actitud de Higgins y no se quedó satisfecho. “¿Qué se traerá este hombre con Margaret?”.
Lo que no quería contar el inspector (y por eso su actitud antipática) era la noche tórrida que pasó con la princesa de las finanzas en el hotel de Bath. Cómo iba a contar que después del concierto y de una copa de champagne en el bar del hotel, Margaret lo acompaño a su habitación, donde pidieron otra botella, charlaron, bebieron y fumaron, y a continuación le montó el striptease más espectacular que jamás había visto Higgins. Estéticamente soberbio y absolutamente pornográfico. Un remolino gigantesco tragándose a una barquichuela en alta mar sería una metáfora ridícula para describir lo que le ocurrió al inspector en las horas siguientes. Por la mañana no es que no se acordase, es que no quería por nada del mundo recordar lo que habían hecho y hablado. Margaret se había levantado antes que él, había pedido el desayuno y le había besado apasionadamente, diciéndole que era la primera vez que se enamoraba de alguien en la vida. Que estaba dispuesta a hacer lo que él le pidiera, incluso a devolver todo el dinero que había robado. Higgins, como estaba todavía en una nube narcotizante, no se percató de la ambigüedad que se encerraba en la palabra “incluso” y se limitó a farfullar que él también la quería mucho y que haría todo lo que estuviese en sus manos para ayudarla a salir del aprieto. Hasta que el tren se puso en marcha hacia St Austell, no empezó a jurar y maldecirse por el lío en el que se había metido.

Partida de Higgins y Margaret

—¿Qué te ha parecido eso? —dijo el Dios del Amor, sacando el caballo a campo abierto, convencido de tener el viento a favor. Estos no son como Johnny y Dora. Estos van a velocidad de vértigo. ¡Amor, pasión, locura!, no hay nada más hermoso.
—Pues mira cómo me impresionan… —contestó el Azar, avanzando discretamente su peón una casilla. Pura comedia… o quizá tragedia. Ya veremos cómo acaban. De momento yo les cruzo sus caminos. No tengo favoritos, no tengo intenciones. Ellos luchan por un destino que no pueden controlar. Entonces, entras tú en la escena. Entonces, se acerca también la Muerte.

Tampoco sabía Johnny, aunque sí los Dioses, que Margaret había ofrecido a Higgins la cabeza de Rafferty a cambio de su salvación. Ya estaban todos dentro de la tela de la araña.


16  La caza del zorro

 


 

Rafferty se tuvo que tragar el veneno que acompañaba a la negativa de Margaret a salir esa noche. Cuando la secretaria lo llamó y se lo dijo, no le pilló de sorpresa; ya contaba con ello, dado el abismo que los separaba socialmente. Su procedencia de los bajos fondos de Mevagissey, dónde lo contrató Oliver al organizar su banda, era un obstáculo insalvable, aunque su aspecto y sus modales habían mejorado mucho gracias al dinero y al contacto con el navegante londinense. Ella se creía muy exquisita pero algún día la haría arrodillarse. Los documentos que tenía en su poder y su reconocido atractivo con las mujeres (él también tenía su orgullo) acabarían siendo persuasivos tarde o temprano. De momento quizá fuese más prudente estar lejos de ella y del chacal de Scotty. Tenía ya la dirección de Dora y atacaría por aquel flanco, que le parecía más favorable, aunque no acababa de entender por qué Dora lo había dejado plantado en Exeter.
Años de actuar fuera de la ley en una actividad tan clandestina como el contrabando, habían configurado a Rafferty como un perfecto animal depredador y escurridizo, al estilo del zorro o la comadreja. Por eso se movía a las noches, cuando la ciudad dormía. No tenía una madriguera fija y se desplazaba, con su nueva identidad y su coche camuflado, por pensiones y hoteles baratos de la comarca. Sabía que estaba haciendo el tonto y que lo correcto era haberse ido al extranjero con sus ahorros y el dinero de la caja fuerte, pero su ambición y sus obsesiones sexuales, le pedían un último esfuerzo para aumentar sus ganancias y satisfacer sus deseos, antes de desaparecer del escenario definitivamente.
Para ello su baza principal eran los documentos de Oliver. Si Margaret no se prestaba de buena gana a sus pretensiones, la sometería a chantaje. Le bastaba amenazarla con enviar los papeles, no a Higgins (del que no se fiaba, después de verles juntos), sino directamente a Scotland Yard. Recordó que Dora también aparecía en algunos papeles, aunque mencionada tan solo como una intermediaria. Empezaría por ahí.
La aproximación y acecho a esta primera presa no le fue difícil. Comenzó a visitar Lacock en plan turista y como los zorros del bosque, primero localizó la casita de Miss Dorothy B&B, luego estudió los movimientos y costumbres de Dora y finalmente decidió el día y la hora favorables para visitarla sin que nadie le viese. Pero lo que parecía fácil resultó complicado. Su primera aparición en la casa una noche de verano de calor sofocante, fue desastrosa y tuvo que marcharse con el rabo entre las piernas sin llegar a proponerle nada. Dora se quedó tan horrorizada de verlo allí que cogió el primer cuchillo de la cocina que tenía a mano y le amenazó con atravesarlo si no la dejaba en paz. Rafferty, al que le pasó por la cabeza la muerte de Oliver, no dudó ni un segundo en salir corriendo. Volvió otras noches, más humildemente, y consiguió que finalmente lo escuchara.
Probó todos los recursos que se le ocurrieron: negocios en común, huída al extranjero, promesas y amenazas, pero no hubo nada que hacer. Ella estaba dispuesta a devolver el dinero y cambiar de vida. Tampoco en este caso le valieron sus dotes de seducción (con lo cual su autoestima pegó un bajón considerable); pero a base de prometer información sobre Margaret y Higgins, y de la amenaza de que también aparecía en algunas cartas, consiguió que acepase el seguir viéndose en próximas visitas. Le traería los documentos y lo discutirían. Una cosa había conseguido: que Dora empezase a sospechar que Margaret no estaba jugando limpio con ella ni con Higgins.

Mientras tanto, el inspector organizaba la caza. Sabía por Margaret la dirección de Dora y su nueva identidad. También sabía que el antiguo lugarteneinte, ahora Brian Holmes, (no se rió poco al enterarse del nuevo nombre de Rafferty), acudiría a Lacock a entrevistarse con Dora. Más fácil no lo podía tener.
Era hombre de despacho y de poca acción, pero había leído las novelas de Jack London, que le encantaban, y estaba familiarizado con las sigilosas maniobras de los lobos del Gran Norte para conseguir cazar a sus presas, y así como el zorro actúa siempre en solitario y con recelo, los lobos lo hacen con emboscadas y en manada. Consideraba a Rafferty un depredador astuto y peligroso que ya se le había escapado dos veces en las Cloacas de Mevagissey. Debía preparar, por tanto, el ataque con paciencia y extremada cautela
Con la ayuda de un equipo de policías de Bath, antiguos compañeros suyos, preparó un discreto dispositivo para vigilar al contrabandista. Controlaron visualmente a todos los sospechosos que se acercaron al pueblo en solitario, lo cual no fue sencillo porque estaban en plena temporada turística pero, afortunadamente, la mayoría viajaba en parejas. Estaba claro para Higgins que el mejor atuendo para pasar desapercibido en Lacock era el de fotógrafo, dada la fama del Museo Fox Talbot. Así que vigilaron y fotografiaron a todo hombre de mediana edad, solo, con una buena cámara al hombro, que fuese visto por el pueblo varios días seguidos. Luego Higgins se fue con la colección de fotos a Londres a mostrárselas a Margaret. Él solo conocía al contrabandista de la foto que tenía clavada en la pared, pero ella lo localizó enseguida (seguía sin perilla y con una cazadora de ante). Aprovechó la rápida visita del inspector para decirle que los documentos de Oliver, ahora en poder de Rafferty, estaban en una carpeta de cuero negro con cremallera dorada. Probablemente los llevaría encima para enseñárselos a Dora.
Los policías pudieron rastrear fácilmente a Rafferty en sus visitas nocturnas a la casa de Miss Dorothy. Habían comprobado que llegaba al pueblo en un coche con matrícula falsa y que aparcaba en las afueras, detrás de la Abadía. Cuando salía de la casa de Dora, cogía el coche y desaparecía en dirección a la autopista que iba hacia Londres. Podían haberlo seguido, pero Higgins pensó que aquel aparcamiento era el sitio idóneo para detenerlo sin llamar la atención ni alarmar al vecindario. El inspector quiso estar seguro de que llevaba la carpeta encima y por eso se mantuvo a la espera. Un amanecer le comunicaron que el rufián salía del B&B con la bolsa de la cámara y una carpeta negra. Dio la orden de seguirle de inmediato y detenerlo al llegar al coche.
Algo salió mal. Una voz, algún brillo, el instinto animal…, lo cierto es que al llegar al aparcamiento Rafferty se detuvo, levantó las orejas en alerta y olisqueó el aire como un zorro que otea el peligro en un claro del bosque. Dejó la bolsa en el suelo y sacó una pistola de debajo de la cazadora. Se agachó detrás de un muro bajo de piedra y aguantó quieto varios minutos. Luego, corrió hasta pegarse a la pared de la Abadía. Un policía encendió una linterna y le dio el alto al ver moverse una sombra. Rafferty disparó hacia la linterna, mientras corría protegiéndose entre los contrafuertes y los miradores de piedra del Museo. Al llegar a la esquina del edificio se detuvo otra vez y esperó agazapado. Solo tenía una veintena de metros para alcanzar el otro lado del campo de césped que rodeaba el edificio. Cargó de nuevo el arma y cuando oyó acercarse unos pasos se lanzó a cruzar el espacio que le separaba de un bosquecillo, sin dejar de disparar. Estaba a punto de entrar en la espesura, cuando las ráfagas de los agentes, disparando desde distintos ángulos, le dieron de lleno en el cuerpo y cayó rodando en el suelo. Unos grajos salieron volando de las ramas más altas. Se hizo de golpe el silencio, como si el vacío hubiese succionado el eco de los disparos. Empezaba a amanecer con tintes violáceos en el cielo gris. Nadie más se atrevió a moverse en unos minutos. Finalmente los policías se aproximaron con precauciones al cuerpo, comprobando que estaba muerto.
Higgins se acercó al cadáver y lo contempló durante unos segundos con mirada triste y expresión interrogante en su rostro. Un policía le trajo la carpeta que había quedado junto al muro. Dio las órdenes oportunas y se marchó con un gran disgusto en el corazón. No le gustaba el que hubiese que matar en nombre de la ley, pero no tenía más remedio que aceptarlo. Tampoco le gustaba cazar a un hombre en una emboscada, con mínimas posibilidades de defenderse. Pero lo que menos le gustaba era la trampa que Margaret le había preparado al contrabandista, y a la que él se había visto empujado, con un resultado tan imprevisto como irreparable.

El Delegado de la Muerte, que había estado haciendo tiempo en el claustro gótico de la Abadía, se acercó al oír los disparos y, sin que a nadie le importase, levantó acta del fallecimiento. “No es un buen año para los contrabandistas”, dijo a modo de epitafio, remontando el vuelo junto a los grajos asustados.
—¿Es la fatalidad o la mala suerte?—dijo el Dios del Amor con triste sarcasmo—. En este caso, no me parece que el Azar haya intervenido mucho. Más bien pienso que él se lo ha buscado, ¿no crees?
—La verdad es que tú tampoco habías apostado mucho por él, y eso que andaba detrás de Dora y Margaret.
—¡Qué poco sabes del Amor, gran señor del Azar! Lo de Rafferty era deseo, obsesión, peldaños en la escala social, ganas de imponerse a mujeres que lo despreciaban. De Amor con mayúsculas, nada. Lo único que podríamos decir en su defensa es que todo ello era consecuencia de una niñez exenta de cariño y llena de miseria. Le tocó nacer cerca de las Cloacas. ¿Por qué? Eso tú lo sabrás mejor que yo.
—Yo pongo los vientos —contestó el Dios del Azar, en su lenguaje siempre enfático y sentencioso— y el hombre pone las velas y el rumbo.


17  Margaret

 




El té le estaba sabiendo a rayos a Margaret, a pesar de que era un té verde chino llamado rocío de jade, más caro que el whisky. La llamada de Higgins desde Lacock amenazaba con amargarle el día. No lamentaba en absoluto la muerte de Rafferty (una preocupación menos), pero el tono con el que Peter le había descrito el fatal desenlace, la había dejado preocupada. Con los documentos comprometedores en poder del inspector y las cuentas del contrabandista bloqueadas, su situación estaba cada vez más en manos del inspector, al que veía excesivamente honesto para sus planes. Y, sin embargo, esa era una de las facetas que, inexplicablemente, más le atraían de aquel hombre.
Como la descripción turística de cualquier país, la mente y el corazón de Margaret eran, cada uno por su lado, lugares de contrastes. Paisajes montañosos con vientos gélidos y nieblas perpetuas se alternaban con verdes prados cubiertos de flores. Grandes palacios y jardines versallescos se codeaban con las pintorescas casitas de los cascos antiguos. Ella siempre había sido así. Fría y calculadora en los negocios por un lado y de gran sensibilidad y pasión en sus relaciones amorosas por otro. Y tanto contraste, en realidad, lo que venía a reflejar era su falta de definición. No se hubiese podido decir de ella que era una mujer de una pieza (aunque lo pareciese más que nadie), sino de múltiples piezas cada una con personalidad y brillo propios. Y en lo relativo al sexo reconocía que tanto hombres como mujeres le satisfacían igualmente.
Así se explicaba que hubiese tenido alguna vez relaciones íntimas con Rose, su rubia secretaria de ojos azules y aspecto frágil y delicado, a la que contrató precisamente porque la conocía desde que eran jóvenes y le gustaba su forma de ser dulce, divertida y discreta. A sus múltiples admiradores de la alta sociedad los mantenía a distancia, con algunas concesiones puntuales, lo que la convertía en una de las mujeres más deseadas del centro elegante de Londres.
Lo del inspector Higgins le había descolocado por completo. En un principio, cuando le encargaron del caso, no dudó ni por un momento en que a un policía de provincias lo podría manejar sin problemas; simplemente utilizando un poco de influencias y dinero para evitar que se interesase demasiado por las cuentas de la banda. Cuando lo conoció en el funeral y se dio cuenta de su carácter fuerte y honesto, decidió cambiar de táctica y emprender el camino más atractivo de la conquista (habiéndose dado cuenta, además, que le había gustado). Sus sucesivos contactos por teléfono y un par de encuentros esporádicos, bien planificados por su parte, fueron preparando el terreno de la confianza mutua, y el fin de semana en Bath fue el remate triunfal de su estrategia. Su actuación (lo reconocía ella misma) había sido espectacular, y tuvo la gran satisfacción de ver al inspector sumarse al vértigo de la noria y caer finalmente a sus pies.
Y en efecto, aquella locura había dejado sus huellas por ambas partes. De pronto había empezado a confiar en Higgins, a creer que, aunque llegase a tener pruebas de su papel fundamental en la organización de los contrabandistas, haría la vista gorda y procuraría rebajar su responsabilidad a un simple blanqueo de capitales. Incluso, aunque tuviese los documentos de Oliver en sus manos. El pensar que ella se podía estar enamorando y que al inspector le podía pasar lo mismo (o quizá no, y entonces sería horrible), empezó a corroer las bases de su tradicional control de la situación. Por primera vez en su vida se sentía insegura. Apagó de un manotazo la Música acuática de Haendel, que le estaba poniendo nerviosa, y llamó a Rose.
—Rose —le dijo —¿vas a estar ocupada esta noche? Necesito estar contigo. ¿Podrás venir a casa?
—Claro, Maggie, iré encantada, hace tiempo que no estamos juntas; con esos amores que tienes por ahí…
—Eso es lo que me preocupa. Me gustaría salir de dudas. Prepararé algo para cenar.
—Fenomenal, llevaré una botella de vino bueno. Por cierto, ya he mirado lo de las cuentas que me pediste y he comprobado que las de Rafferty, Brian Holmes y Robert Kerry (su verdadero nombre), están confiscadas judicialmente; y las dos de Dora, una a su nombre y otra al de Dorothy McGuire, están activas y te he dejado los extractos encima de la mesa.
—Gracias, Rose, las nueve sería una buena hora. Ponte guapa.
—¡Mmmm!—murmuró Rose pasándose la lengua por los labios mientras salía.
Margaret quería saber hasta dónde llegaban las perturbaciones que Higgins había introducido en sus neuronas, hormonas o lo que fuese; y Rose era el perfecto laboratorio para comprobarlo; bella, cariñosa, suave como un dulce hecho de nieblas.
Luego vendría el siguiente encuentro con Peter, clave para su futuro; la dura realidad amenazaba con traer consigo el frío viento del norte. Nunca se le había pasado por la cabeza que pudiese ir a la cárcel, pero ahora, con la inseguridad, habían llegado también los temores.
Llamó por teléfono directo al Miss Dorothy B&B.
—¿Sí?
—¿Eres Dora? —preguntó— soy Margaret Garfield.
—¡Hola, Margaret! —contestó Dora, no muy sorprendida— ¿Cómo estás? Sabía que me llamarías después de la muerte de Rafferty. Me figuro que te habrás enterado por Higgins. Aquí no se habla de otra cosa.
—Sí, estuvimos hablando ayer y me contó todo lo sucedido. Estaba muy afectado por la muerte del pirata. También me comentó que había recuperado los documentos de la banda y que te había ido a visitar con ellos en la mano.
Era lo que de verdad le interesaba a Margaret; necesitaba saber si el inspector lo había comentado con Dora. Esta le dijo que los documentos tenían en efecto docenas de firmas de los dos hermanos en toda una serie de cartas, contratos, transferencias y recibos, que remitían claramente a la compraventa de material de contrabando y al tráfico de drogas. Higgins no conocía a Dora más que de vista, pero había estado muy amable con ella; le comunicó que estaba libre de todo cargo, excepto el asunto del dinero. Y respecto a ese dinero que Dora estaba dispuesta a devolver, le dijo que si lo depositaba en una cuenta del juzgado que el inspector le dio, quedaría completamente libre.
Dora lo había hecho inmediatamente y se mostraba encantada de haber pasado página definitivamente. Empezaba una nueva vida lejos de Mevagissey. No dejó de insistir en lo agradable y buena persona que le había parecido Higgins.
Margaret no se quedó tan satisfecha. Más bien se puso de tan mal humor que después de colgar el teléfono soltó un par de maldiciones y lanzó contra la pared el tiesto con narcisos que le había regalado Lord Landford. Se sirvió un whisky del pequeño mueble bar y se quedó pensativa.
De repente había volado el dinero que Dora robó en la cueva y el que había ido sustrayendo de los maletines que traía a Londres. Por otro lado, las cantidades que Oliver guardaba en la caja fuerte escondida en las Cloacas (que ella no controlaba, pero que debían ser una buena cantidad) y que se había llevado Rafferty, estaban también en manos del juez. Todos los cálculos que Margaret tenía hechos para reunir el dinero de la banda y distribuirlo por los laberintos fiscales que conocía se habían ido al traste. Parecía como si el sumidero de las Cloacas se estaba tragando de pronto el dinero acumulado durante tantos años. Y, para complicar más las cosas, Higgins tenía en su poder los documentos acusadores. Solo le quedaban dos salidas: o se iba a las Barbados y desaparecía del mapa, antes de que el círculo de la policía se estrechase, o jugaba la baza de Higgins hasta sus últimas consecuencias. La baza del amor, se dijo con un escalofrío. Otra vez el viento del norte pasó cerca con un silbido agudo, dejándole helado el corazón.
La noche con Rose fue más de confidencias que de placer. La cola de langosta con varias salsas que había preparado Margaret y el vino alsaciano que llevó Rose sirvieron para entrar en ambiente, hasta el punto de apagar todas las luces y encender dos grandes velas perfumadas. Rose parecía la Campanilla de la historia de Peter Pan, con su minifalda de color champán y una cinta en su melena rubia que parecía una diadema de estrellas. Estaba tan atractiva como una pequeña diosa. Se sentó en el gran sofá junto a Margaret y empezó a rozar su brazo con el dedo subiendo lentamente hacia el hombro, cuando la dama congelada le tomó la mano con delicadeza y le dijo que esa noche no quería sexo sino comprensión y desahogo.
A Rose no le importó demasiado la interrupción, pues para ella aquel juego solo significaba placer y diversión. No en vano estaba casada con el hermano de Scotty, más refinado y atractivo que el guardaespaldas. Le interesaba bastante más que su jefa recuperase el aplomo y la satisfacción que normalmente la acompañaban. Con Margaret le unía una gran amistad desde sus años jóvenes, cuando aquellos juegos tenían más importancia y en realidad no sabían bien lo que les gustaba. Estuvieron toda la noche charlando de los problemas a los que se enfrentaban (también Rose tenía motivos para preocuparse porque, si Margaret desaparecía, su trabajo estaba en peligro). Para Rose, la “solución Higgins” era la ideal. El inspector era un hombre culto, de buena familia, experimentado, que sabría protegerla y atenderla como se merecía, “no como ese lord de cara roja, de aspecto fofo”, que le mandaba flores todos los viernes.
—Una vida de aventuras, Maggie —le dijo en un momento dado—. Tienes que conquistarle como sea y todo quedará solucionado.
—¿Casarme, dices? —preguntó Margaret horrorizada.
—Tienes treinta y cinco años y mucho dinero, ¿qué más quieres en la vida?
No sabía lo que quería en la vida pero, al día siguiente, lo primero que hizo Margaret fue llamar a Higgins y proponerle pasar el fin de semana en Polperro, un pintoresco pueblo de pescadores cerca de Mevagissey, cuyos atractivos venían descritos en un folleto de propaganda turística que le apareció en el buzón. Él aceptó inmediatamente. Ella pasaría a buscarlo en su Bentley y haría la reserva del hotel (dos habitaciones, a petición de Higgins, por si alguien los identificaba). La conversación fue breve y formal, porque ninguno de los dos sabía que decir, y, sin embargo, tenían mucho de qué hablar y estaban encantados de verse.
Polperro era uno de los pueblos más bellos y pintorescos de la costa de Cornualles. En las aguas de su pequeño puerto se reflejaban tanto los barcos de pesca pintados de colores, que todavía faenaban por las cercanías, como las antiguas casas de piedra de los pescadores pintadas de blanco y cuidadosamente conservadas. Sus estrechas calles en cuesta impedían la entrada de coches en el pueblo, lo que permitía al visitante disfrutar de una ronda tranquila de cervezas en sus pubs de antiguos contrabandistas, y de un buen pescado fresco en sus restaurantes. En eso se notaba el buen gusto de Margaret y la prueba de que también sabía disfrutar de los placeres sencillos de la vida, más acordes con los gustos del inspector y bien lejos de la etiqueta de los clubs londinenses.

—¿Sabías que la leyenda más famosa de Polperro cuenta que el contrabandista Willy Wilcox, cuando era perseguido por las autoridades, se refugió en el laberinto de cuevas de la costa, donde quedó atrapado por la marea y jamás se le volvió a ver? —preguntó de repente el Dios del Azar—. Resulta muy apropiada para ser meditada por los actores de esta historia, aunque, seguramente, Margaret y Higgins no la habrán oído nunca.
—¡Cómo te gusta enredar con las coincidencias! —dijo el Dios del Amor—. ¿A quién se le ocurre traer a estos dos al pueblo de un contrabandista famoso que acabó de mala manera.
—Son las arañas del Azar que a veces tejen de cualquier manera. Además, ¿quién te ha dicho que el tal Wilcox no acabó escapando? Bueno, tal como están las cosas no me dirás que no es un buen punto de encuentro. Peligroso, pero romántico. ¿Qué más quieres para tu nueva heroína?
—No sé, no sé… —contestó el Dios del Amor—. No veo las cosas muy claras. ¿Qué pasa con Higgins?
—Lo veo indeciso, pero ella está lanzada. Si falla, sufrirás el jaque mate más rápido de la historia en tu defensa de los enamorados. ¿Vas a mover de una vez?
—Tienen ahora dos días para entenderse… —dijo el Amor adelantando tímidamente otro peón.
El Azar avanzó el caballo por el flanco izquierdo.
—Ya veremos…, la suerte está echada.


18  La suerte está echada

 


 


Antes de salir para Cornualles Margaret hizo llamar a Scotty y, junto con Rose, mantuvieron una conversación que duró más de una hora. Les informó de la cita con Higgins y de la importancia que tenía para su futuro lo que allí sucediese. Las instrucciones fueron claras y precisas. En el caso de que las cosas salieran mal, lo cual quería decir que el policía y ella no se habían puesto de acuerdo, les explicó lo que ambos tenían que hacer. De momento, Scotty iría con su propio coche detrás de Margaret y se mantendría vigilándola a distancia. Nadie en Polperro, ni tampoco Higgins, conocían al guardaespaldas de la princesa financiera, por lo que no necesitaba andar escondiéndose. Si tenía que huir, cambiaría de coche con Scotty. Rose estaría pendiente del teléfono a cualquier hora del día o de la noche.
A mediodía del viernes, el Bentley azul plateado conducido por Margaret volaba como un cometa por la autopista antes de desviarse por las sinuosas carreteras secundarias de Cornualles. Luego tuvo que tomárselo con más calma, mientras Scotty, con su Morris color rojo, la seguía encantado haciendo derrapes por todas las curvas. Un poco de acción era lo que más le gustaba de su trabajo. En la guantera llevaba su pistolón de 9 mm y una peluca de melena negra para tapar sus rastrojos rubios. En el asiento del copiloto viajaba su hermano, el marido de Rose, con el pelo también rubio pero más rapado que Scotty y con un tatuaje en la parte posterior de su cuello de toro, que infundía respeto. También llevaba un duplicado de las llaves del Bentley por si había que volver en los dos coches.
Margaret recogió al inspector en su casa de St Austell y en media hora aparcaban en el Talland Bay, un hotel exquisito a dos kilómetros del puerto de Polperro. El Morris rojo paró en la otra esquina del aparcamiento y el escocés se quedó dentro a la espera junto con su hermano.
Era una magnífica tarde de primavera. Los jardines del hotel parecían cuadros de Van Gogh, con narcisos amarillos por todos los rincones y el atardecer teñía de rosa el horizonte sobre un mar gris azulado.
Margaret y Peter pasearon por el pueblo, recorrieron los muelles del puerto, anduvieron con los pies descalzos por la pequeña playa y visitaron el Museo de Contrabandistas y Pescadores (a lo mejor tienen una foto de Rafferty, dijo Higgins de broma, y se rieron juntos). Después una primera pinta de cerveza en el pub The Three Pilchards, nadie podría decir que no eran una pareja feliz. Claro que tampoco habían tocado temas serios, asunto que, de mutuo acuerdo, dejaron para hablarlo en el hotel. Tomaron la segunda pinta en el Blue Peter Inn, el más antiguo y acogedor del pueblo y se quedaron allí a cenar. La cena fue sabrosa y el ambiente agradable.
—Venir a Polperro ha sido una idea genial —comentó Higgins, después de pedir al camarero dos copas de armagnac. Me encanta este pueblo, pero solo lo conocía de pasada. ¿Cómo se te ha ocurrido? Pensaba que los de Londres solo ibais Brighton.
—Pues la verdad es que no lo conocía y me gusta la costa de Cornualles, pero siempre he solido ir a St Ives. El día pasado me llegó con la correspondencia un folleto de Polperro y aquí estamos. Es un día feliz, Peter. Presiento que me acordaré siempre de este sitio.
Permanecieron los dos un rato en silencio disfrutando del licor y mirándose de vez en cuando a los ojos: ella con mirada ilusionada, él con expresión triste.
—Las cosas no pintan muy bien para ti, Margaret —dijo Peter de improviso...
Una corriente fría llegó de la puerta y sacudió ligeramente la llama de las velas, y Margaret sintió un fuerte escalofrío.
—Voy a hacerte un rápido resumen de los problemas que tenemos que resolver y ya te adelanto que me duele el corazón lo que te voy a decir:
—Tienes unos cuantos delitos financieros pendientes de investigación, como evasión de impuestos, fuga de capitales y blanqueo de dinero. Has ordenado operaciones de compra y venta por valor de varios millones de libras durante los últimos diez años, reconocidas con tu firma, como aparece en los documentos que guardaba tu hermano. Esto en cuanto a lo referente a cargos imputables que se están investigando y que acabarán demostrando tu responsabilidad. ¿Sabes cuántos años te esperan de cárcel si se demuestra la relación de estos movimientos con el tráfico de drogas?
—Recientemente —siguió Higgins, haciendo girar el armagnac en la copa— has intentado conseguir el dinero de Dora diciéndole que estabas negociando conmigo y el de Rafferty atrayéndole a la trampa de Lacock que hubiese conducido a su detención, pero que acabó con su vida. Durante este tiempo, has intentado por todos los medios que te ayude a salir del apuro, haciendo desaparecer los documentos comprometedores. ¿Qué piensas que podemos hacer ahora?
—¡Peter! —exclamó Margaret con el rostro tan blanco como el mantel y unos ojos tan profundos y suplicantes que casi fundieron el corazón del inspector—, todos estos intentos los he hecho por ti. Sí, es verdad que un principio pensé en utilizarte para escapar del desastre que se avecinaba pero, cuando te fui conociendo, solo quise ayudarte a resolver el caso y buscar la mejor solución para los dos. Me he enamorado de ti, Peter. Nunca me había pasado. Me tienes que creer.
Higgins dejó la copa sobre la mesa y sintió una especie de vértigo contemplando las lámparas del comedor moviéndose en ráfagas brillantes y el rostro de Margaret que se alejaba y acercaba difuso y desenfocado.

En la infinita llanura donde los Dioses jugaban la partida, se levantó de repente una fuerte brisa que hizo caer sobre el tablero la mayoría de las fichas, quedando en pie, únicamente, los dos reyes mirándose frente a frente.
—¡Demonios! —dijo el Dios del Azar, intentando recoger las figuras que caían rodando al suelo—. Nunca me había pasado esto. No habrás sido tú, ¿verdad? Ya sabes que no puedes modificar las circunstancias en ningún caso y que las fuerzas de la Naturaleza es una de mis armas exclusivas. Algo se me ha despistado.
—Son tus propias leyes del Caos y el Azar que están buscando el equilibrio —dijo el Dios del Amor, emocionado por las palabras de Margaret—. Y según ellas no tienes más remedio que aceptar las consecuencias. ¡Fíjate en el tablero! Me da la impresión de que tengo unas tablas al alcance de la mano. ¿No es hermoso el Amor?

La silla de Higgins también tembló y él tuvo que agarrarse a la mesa, aunque el vendaval iba por dentro de su corazón. Duró solo unos segundos.
—Yo también te he llegado a querer, Margaret —dijo, al fin—, pero cada uno debe afrontar sus actos. De todas formas vamos a intentar alcanzar el mejor de los arreglos. Yo creo que debemos ir los dos a ver al fiscal y hablar tranquilamente de los cargos que hay y del acuerdo más conveniente para ti. En mi opinión, muchos de los presuntos delitos que he mencionado son muy difíciles de demostrar y creo que por el hecho de reconocerlos, devolver una parte importante del dinero y de dejar bien claro que la trama de contrabando y narcotráfico va a quedar completamente desmontada, la pena que te caiga no será muy grande.
—¿Cuánto crees? —preguntó angustiada.
—Podrían ser cuatro o cinco años, como mucho. Luego está la condicional, tus influencias en las altas esferas y todo eso.
—No puedo ir a la cárcel, Peter, me moriría, dijo Margaret, con lágrimas en los ojos.
—Confío en que no tendrás que hacerlo. Lo siento, Maggie. Me gustaría que me creyeses que yo también te quiero.
Marcharon al hotel y Higgins la ayudó a caminar cogiéndole del hombro. Al llegar a sus habitaciones, cada uno con su llave, Margaret se le acercó y besándole en los labios le dijo:
—Peter, quédate esta noche conmigo, por favor. Te necesito.
—Lo siento, Margaret, ya sabes que no es posible.
Entraron en sus habitaciones y ambos se quedaron junto a la puerta, agarrando el pomo y dando vueltas a su extraño futuro durante un buen rato.

Aquella noche, ninguno de los actores de nuestro drama consiguió conciliar el sueño, ni siquiera los Dioses, que seguían discutiendo si debían comenzar de nuevo la partida, interrumpida por causas ajenas, o aceptar el dudoso resultado del empate.

Al día siguiente, Higgins, con las manos detrás de la cabeza contemplaba desde la cama las molduras blancas del techo, que parecían convertirse en el cuerpo desnudo de Margaret. Seguía sin estar seguro de que estaba obrando bien. Durante el desayuno acabarían de concretar los pasos que debían dar antes de dejar el caso en manos de la justicia. Hizo un par de llamadas y se metió en la ducha.
Margaret, después de serenarse y aceptar la situación con la determinación propia de su carácter, había tomado una decisión diferente. Realizó varias llamadas a Rose en Londres y a Scotty, que dormía en un hotelito cercano, dándoles unas últimas instrucciones. Luego se quedó pensando en Higgins, tumbada en la cama, mirando al techo.
Amaneció nuboso en Polperro. El más madrugador había sido el guardaespaldas, que ya estaba sentado en el Morris con un vaso de café de plástico en la mano, cuando el sol no había asomado aún por las colinas de Ash Wood. Al cabo de un rato apareció un coche negro de la policía (Scotty los identificaba al vuelo), que aparcó junto al llamativo Bentley de Margaret. Se apearon dos hombres de traje y corbata y se dirigieron al hotel. Scotty los siguió discretamente y su hermano Sean se quedó en la puerta. Después de pararse en la recepción, donde se identificaron, los dos policías se dirigieron al comedor acercándose a la mesa en la que Higgins y Margaret estaban desayunando. Higgins se levantó y presentó a Margaret a los dos tipos trajeados como agentes de Ministerio Fiscal de Bath.
—Estos señores quieren que les acompañes a Bath para aclarar algunos aspectos de unos documentos del Sr. Garfield encontrados en poder del Sr. Kerry, alias Rafferty, dijo el inspector secamente y como recitando.
—¡Les has llamado tú! —atajó Margaret, gritando—. ¿No íbamos a ir juntos? ¡Cómo has podido hacerme esto! ¡Eres un canalla! ¡Scottyyy!
En ese momento como un furioso toro lanudo escocés entró Scotty apuntando con su pistola a los tres hombres.
—¡Al suelo todos! ¡Inmediatamente! —gritó—. Quítales las armas Maggie.
Margaret les cogió las pistolas a los dos policías (ya sabía que Higgins no la llevaba nunca) y se las dio a Scotty.
—Vámonos —dijo éste, dejándola pasar. Toma estas llaves y corre.
Pasaron como centellas delante de la recepción y corrieron al aparcamiento. Scotty se metió en el Bentley, donde ya estaba su hermano al volante, se puso la peluca negra de mujer y salieron derrapando a la carretera general. El recepcionista, que se asomó a la puerta del hotel, pudo ver el llamativo coche azul con el rubio y la dama que acababan de pasar, marchando a mil por hora.
Margaret, que había subido al Morris rojo, se caló la gorra de Scotty, arrancó el coche y salió tranquilamente del aparcamiento, sin llamar la atención, poco antes de que los policías y el inspector saliesen al hall y preguntasen a gritos al empleado por dónde había marchado la pareja. Todavía se veía al final de la cuesta el polvo levantado por el lujoso coche de los escapados. Subieron los tres al vehículo de la policía y salieron, también, con los neumáticos aullando. Adelantaron como locos al coche rojo, que se apartó prudentemente, y uno de los policías sacó un brazo y colocó una luz giratoria en el techo. Se aprestaron a una furiosa persecución, que era lo que más les gustaba. En eso se parecían a Scotty.
Mientras, Higgins, sentado en el asiento de atrás, iba pensando en lo extraordinaria que era aquella mujer. Él, en efecto, había entregado los papeles al fiscal y había preparado la detención discreta de Margaret, como mejor estrategia para su entrevista con el juez, pero estaba claro que ella no lo interpretó así y también tenía preparada la huida. Estaba orgulloso por no haber cedido de nuevo a los encantos de la princesa (y bien que le costó), pero, en el fondo, se alegraba de que hubiera conseguido escapar.
La persecución terminó en fracaso para la policía, pues el Bentley había desaparecido por las calles del extrarradio de Londres y, efectivamente, varios agentes lo habían visto cruzar como una exhalación con dos pasajeros que respondían a la descripción comunicada por radio. Era sábado a la mañana y la ciudad estaba tranquila. Los hermanos escoceses se dieron unas palmadas de oso en el hombro y se fueron a casa, dejando el Bentley en un garaje abandonado del sur de Londres.
Rose y Margaret se encontraron en Portsmouth, como habían quedado. Tomaron un té, mientras Rose le fue mostrando a Margaret los nuevos documentos, tarjetas, dinero y billetes para el ferry a Bilbao. También le había preparado un bolso de viaje y una maleta con todo lo necesario, incluido un pequeño ordenador portátil.
Margaret le contó lo sucedido desde el día anterior (“¿y no se acostó contigo?, ese es tonto”, comentó Rose) y lo perfectos que habían estado Scotty y su marido.
Hasta la hora de salida del barco, estuvieron hablando de los planes futuros. Rose tenía que seguir gestionando los trasvases de dinero a cuentas ocultas y borrando lo mejor posible las maniobras relacionadas con las actividades de Oliver. Si algún día las huellas que había dejado se iban borrando, empezaría a pensar en volver. Mientras tanto, estarían en contacto.
—¡Cuánto me gustaría irme contigo, Margaret! ¡Qué suerte!
—No creas, me voy con la miel en los labios…
—¿Por él?...
Margaret no contestó. Subió por la pasarela y le mandó un beso desde la borda.
El enorme barco panzudo se fue alejando del muelle, llevando a Margaret camino de un nuevo destino. Un viento frío del Norte lo empujaba hacia tierras más cálidas.

El Dios del Amor se quedó mirando al tablero, pensativo, con los dos reyes solitarios como dos estatuas mantenidas en pie, restos de un viejo templo derrumbado, y se limitó a murmurar: “Margaret, ¿a dónde vas?”
No era la primera vez que decía algo parecido.
Fuese donde fuese, el Dios del Azar no andaría lejos pero, ¿seguiría sus pasos el Dios del Amor?

19  El círculo y los huesos

 


 

“La temida banda de contrabandistas de Mevagissey ha quedado por fin desarticulada. Un gran éxito de los efectivos policiales de Bath y St Austell”. Estos o parecidos titulares se podían leer en todos los periódicos de Cornualles, en los de Devon, Wiltshire e incluso en alguno de Londres. Los principales diarios acompañaban la noticia con un amplio despliegue de fotografías y narraban la desarticulación de la banda, la muerte de los dos principales cabecillas y la desaparición de la que se consideraba el cerebro de la banda, la distinguida dama de la sociedad londinense Margaret Gardfield, a la que algunos de ellos daban por huida del país. Por expreso deseo del inspector no se había comunicado a la prensa ni el nombre de Dora ni el suyo propio.
Era una mañana espléndida de finales de primavera y Dora Jones, Johnny Janzek y Peter Higgins se encontraban leyendo los periódicos a la hora del desayuno. Dora, en compañía de su tranquilidad y de sus flores, estaba sentada en el jardín del Bed and Breakfast de Lacock y, desde su lejanía física y mental, veía aquellos acontecimientos como algo de un pasado remoto. Se fijó en las fotos firmadas por Johnny y recordó los tiempos en que hacían excursiones por los pueblos de la costa. Los otros dos lectores tomaban su té y su café respectivos en el bar del puerto de Mevagissey.
—Las fotos que publican son de pena, quitando las tuyas de Mevagissey y Polperro —dijo Higgins—. En esta que me han sacado delante de la comisaría, parece que soy yo el contrabandista. Menos mal que no mencionan mi nombre. ¿Y la de Margaret? ¿Has visto el pie que le pone el gracioso del periodista?: “Maggie la ladrona”. Afortunadamente las fotos que se publican en la prensa se olvidan en dos días.
—A no ser que alguien las recorte y las ponga en la pared —dijo Johnny, con sorna—. A mí me parece que está bien guapa.
—La voy a poner en el tablero porque ella está pendiente de búsqueda y captura por la Interpol —contestó Higgins, como justificándose, con unas tijeras en la mano—. Su caso no está cerrado.
—Lo cierto es que os la pegó bien pegada, ¿eh? Tus chicos, como les encanta hacer carreras, se lanzaron detrás del Bentley en vez del Morris de segunda mano. Muy inteligente la jugada. Y al gran sabueso le falló esta vez el olfato.
—Bueno, déjalo —dijo Higgins molesto.
—Ok! Y ahora, ¿qué vas a hacer? —preguntó Johnny—. Se dice por ahí que igual te ascienden y te mandan a otro sitio.
—No lo creo. Yo mismo les he dicho que no me interesa y que me estoy planteando dejar la profesión.
—¿Dejarlo? No te entiendo; ¿ahora que has resuelto un caso tan importante?
—Eso es lo de menos. ¿Sabes lo que es ser el responsable de la muerte de nueve personas? ¿Y andar a tiros por ahí como si esto fuese un western? No, no me va este trabajo. Hasta ahora siempre había estado en el despacho, entre papeles, interrogatorios, juicios y demás. Esto es distinto. ¿Te acuerdas aquello que te conté de la agencia de detectives que montamos mi padre y yo?
“Higgins & Higgins” ¿no? Ya me acuerdo.
—Pues me gustaría abrirla de nuevo.
—Eso es genial. Así te podrías dedicar a buscar a Margaret por tu cuenta...
—¡Qué retorcido eres! Ni se me había ocurrido, pero, mira, no es mala idea. Tendría que viajar por las Islas Vírgenes, las Bahamas, Barbados…No está mal. Necesitaría un fotógrafo para labores de vigilancia. ¿Qué te parece?, podríamos ser socios…
—No es ninguna tontería, me vendría bien un cambio de aires... Bueno, ahora en serio —dijo Johnny, recogiendo los periódicos y mirando alrededor como para asegurarse de que nadie le oyese—. Hay un asunto que quiero hablar contigo desde hace tiempo y una vez que se ha terminado el caso de las Cloacas puede que sea el momento oportuno. Escucha.
Por primera vez en muchos años, Johnny contó a alguien la trágica historia de Dora en la Comunidad Agrícola de Salisbury. Describió a Higgins la organización criminal que existía allí, bajo la apariencia de una sociedad modelo, defensora del medio ambiente y dedicada a la venta de productos ecológicos. El abuso de menores, la falta de libertad, la esclavitud sexual, la férrea disciplina, el castigo sistemático y el asesinato si era necesario, como en el caso de Jack el amigo de Dora. Le explicó el sistema autoritario de los siete jefes, las alambradas y los guardas armados de la puerta, y su legalidad de cara al exterior. Luego, le contó cómo conoció a Dora en el límite de la desesperación, cómo la ayudó a escapar y cómo huyeron juntos.
Higgins miraba a Johnny con enorme sorpresa e interés, mostrándose por momentos más intrigado.
—Me dejas asombrado cómo ni tú ni Dora me lo habéis contado antes. ¡Tanto tiempo sin decir nada! Ahora empiezo a ver algo más claro el comportamiento de vosotros dos desde que yo os conozco. ¿Y no les denunciasteis al marchar de allí? —preguntó Peter.
—Yo lo hice en Salisbury, antes de recurrir a romper la alambrada, pero la policía me dijo que sin pruebas claras de actos delictivos ellos no podía registrar la Comunidad, ya que era una propiedad privada. Luego, una vez fuera, lo único que quería Dora era alejarse para siempre de aquel infierno y nunca hubiese accedido a recordar y mucho menos declarar ante un juez todas las vejaciones que sufrió. Ahora es distinto.
—¿Crees que Dora estaría dispuesta a hacerlo ahora?
—No lo sé, Higgins —. Lo que yo quisiera con toda el alma es cargarme aquella Comunidad y mandar a los responsables a la cárcel. Y creo que tú eres la persona más adecuada para conseguirlo. Estoy seguro de que Dora, con las experiencias de todos estos años y una vez superados aquellos traumas, será la más interesada en colaborar y estará más que dispuesta a que aquella granja arda por los cuatro costados.
—¿Sabes en qué lío nos podemos meter si después de montar el escándalo y movilizar a la policía del condado no conseguimos demostrar nada? Si solo contamos con la declaración de Dora, cualquier abogado demostraría que todas esas terribles descripciones eran imaginación de una mujer perturbada, que había dejado la Comunidad por voluntad propia.
Higgins se mantuvo un rato en silencio como digiriendo lo que Johnny le había contado, cada vez más interesado y excitado por aquel caso de perversión organizada. No dudó ni un instante en sentirse involucrado en su liquidación de una forma ejemplar y definitiva. La justicia no podía permitirse ignorar tales aberraciones.
—¡Lo haremos, Johnny! —dijo, con los ojos brillantes—. ¡Pero tenemos que encontrar pruebas!
—¡Bravo, Peter! —exclamó Johnny, estrechándole la mano—. Yo solo, nunca me he atrevido a hacer nada porque me parecía imposible pero, desde que te conozco, le he dado vueltas al asunto y creo que podemos intentarlo. Has mencionado antes a la Agencia Higgins & Higgins, ¿cómo piensas que lo haríamos mejor, como inspector de policía o como detective privado?
—Buena pregunta, lo tendré que pensar.
Johnny estaba contento y encantado por haber conseguido interesar a Higgins en el tema.
—Pruebas… —dijo—. Tenemos que entrar allí de alguna forma. Suponte que encontramos la tumba de Jack, con sus huesos. Y tiene que haber más, estoy seguro. Un cementerio clandestino. Una colina llena de huesos cerca de los círculos enigmáticos de Avebury y Stonehenge. ¿Te imaginas la repercusión en la prensa?
—No te embales, Johnny. Lo primero sería hablar con Dora —dijo Higgins.
—Me da miedo. Le removeríamos todas sus emociones antes de tiempo y quizá sin necesidad. Investigaremos primero entre los dos y cuando tengamos algo sólido presentamos la denuncia y se lo decimos.
—Pero ella conoce perfectamente aquello por dentro, conoce a los jefes, la organización, los horarios; seguramente sabe dónde enterraron a su amigo. Necesitamos contar con su ayuda —insistió el inspector.
—Sí, pero desde fuera, lo que no puede es entrar allí para nada. Si nos descubriesen a nosotros dentro, no nos pasaría nada, pero imagínate que la descubren y la reconocen. Sería terrible. Ella nos puede describir con todo detalle los sitios y la gente.
—La idea es totalmente loca, Johnny —dijo Higgins, levantándose—, pero, por todos los dioses, me parece emocionante y creo que merece la pena.

La reconquista de los territorios oscuros del corazón de Dora ha comenzado —dijo el Dios del Amor, sacando la torre de su rincón al campo de batalla—. Dora y Johnny vuelven al punto de partida, donde tus hilos los había reunido por primera vez.
—¡Qué callado lo tenía Johnny!—dijo el Dios del Azar—. Mis arañas han maniobrado bien para conseguir que los dos personajes lleguen a este punto después de tantos años; pero tus manejos de recuerdos y añoranzas tampoco se han quedado atrás!
—Yo no he hecho casi nada. Pero, Johnny es así, soñador y leal; si quiere a una persona, la querrá siempre. Otra cosa es Dora. Yo no sé si sus males tienen remedio. Ella ha cambiado mucho y es probable que no quiera salir de su bola de cristal y prefiera seguir disfrutando de la paz que ahora tiene. Su concepto de la lealtad y el interés propio es posible que se parezcan más a los de un contrabandista que a los de Johnny.
—Entonces —insistió el Azar— ¿tú crees que no va a querer participar en la vendetta contra la Comunidad Agrícola?
—No, lo que yo creo es que Johnny prefiere que ella no participe. No solo por el peligro que pueda correr, sino porque le gustaría que un posible reencuentro no estuviese motivado por ese espíritu de venganza. La verdad —concluyó el Dios del Amor— es que no sé cómo actuar con Dora en este asunto.
—Ya lo veo venir —dijo el Dios del Azar—. Al final, no tendré más remedio que dar un par de toques aquí y allá.
—¿Cómo ese viento del Norte que está empujando a Margaret lejos de Higgins? —preguntó con ironía el Dios del Amor. Por cierto, no entiendo por qué has dado por anulada la partida correspondiente a ellos. Teníamos unas tablas o, por lo menos, un compás de espera...
—Tú me dirás qué pintaban los dos reyes mirándose uno al otro, bailando por todo el tablero. La partida quedó suspendida por causas ajenas, al ser barrida por el viento. Si algún día se vuelven a encontrar iniciaremos una nueva. Creo que es lo justo.

A la mañana siguiente, el fotógrafo y el inspector se juntaron para desayunar en el café de St Austell. Habían quedado media hora antes que de costumbre para tener tiempo para hablar. Huevos, salchichas, patatas fritas, pepinillos, tostadas, mantequilla y mermeladas diversas. ¡Qué menos para coger fuerzas! Cuando se quedaron solo con el café y el té delante, entraron en materia.
Higgins había decidido que las posibilidades de tener éxito en aquella batalla eran mayores dentro de la policía, contando con todos los medios en un momento dado, que yendo por libre, como dos detectives aficionados. Lo de Higgins & Higgins podía esperar. Ahora bien, todo el trabajo de investigación previo lo harían los dos solos, sin decir nada a nadie (él ahora tenía mucho tiempo libre), y si conseguían reunir las pruebas necesarias, informaría a sus superiores y a la oficina del fiscal correspondiente. Se trataba de no levantar la liebre ni despertar sospechas. Lo primero sería enterarse si las cosas dentro de la Comunidad seguían como en tiempos de Dora.
Respecto a esta última, y teniendo en cuenta el sentir de Johnny, el inspector sería el único encargado de contactar con ella e informarle del plan, sin mencionarle su nombre de momento. Explicaría a Dora que la policía de Salisbury había recibido algunas informaciones sobre actividades sospechosas dentro de la Comunidad Agrícola (que siempre había estado en su punto de mira), y que, a través del cuerpo de Policía de Bath, le habían elegido a él para investigar el caso. La colaboración de ella podría ser importante —le diría—para poder demostrar que esas informaciones eran ciertas y actuar en consecuencia.
—Tú vete pensando en cómo entrar dentro de las alambradas —le dijo Higgins a Johnny—, es lo primero que hay que conseguir. Hazte con una cámara lo más pequeña del mercado y yo traeré los trastos de espías del almacén de mi padre: prismáticos de infrarrojos, micrófonos, grabadora y demás. Tenemos de todo en la policía pero no quiero alertarles. Hoy mismo le llamo a Dora y quedaré con ella en Lacock.
La investigación, a la que llamaron “Operación Avebury”, en referencia al círculo de piedras de hace 4000 años cercano a la Comunidad Agrícola, se puso inmediatamente en marcha.


20  Operación Avebury

 


 


Dora pareció despertar de un sueño cuando Higgins le explicó sus planes. Se levantó excitadísima del sofá donde estaba tomando el té con el inspector y comenzó a dar vueltas a la sala como detrás de un recuerdo huidizo. Jamás se le había pasado por la cabeza la idea de vengarse de todos los sufrimientos pasados en la granja, porque le parecía imposible y porque les tenía miedo, pero, ahora, que se había abierto esa posibilidad, el furor y la rabia se agolparon en su mente, como si acabasen de ocurrir. Se plantó delante del inspector y gritó (más que habló), con el rostro encendido.
—¡Hay que colgarlos a todos!, Higgins.
—Entonces, ¿estás dispuesta a contarnos lo que recuerdes y a colaborar hasta meterlos entre rejas?
—Por supuesto. Haré todo lo que haga falta. Has dicho “contarnos”. ¿A quién más te referías? —preguntó Dora, intrigada.
—A los de la policía, claro —contestó Higgins, tras un instante de vacilación. Dora pareció decepcionada.
—¿No le has dicho nada a Johnny?
—Sí, por supuesto —dijo el inspector con cierto apuro—. Pero dice que él no tiene ni idea de lo que hay dentro de la Comunidad (“me parece que he metido la pata”, pensó según lo decía; “seguro que ella le contó todo”), pero que está dispuesto a hacer lo que sea. Ahora está muy ocupado con un encargo para una revista.
—Vale— dijo Dora—, como sin darle importancia, pero visiblemente decepcionada—. Voy a preparar un dibujo con todos los detalles del campamento, aunque es probable que haya cambiado algo. Te pondré los nombres de los jefes y su descripción física, que recuerdo perfectamente.
—Ya hablaremos de todo esto. Solo una pregunta: ¿recuerdas dónde enterraron a Jack? Sería una prueba definitiva.
—Sé que lo estrangularon con un cable y su cuerpo desapareció, pero había una zona donde creo que enterraban a los muertos que no declaraban en el juzgado del pueblo, porque no habían fallecido de modo natural, y allí les habrían practicado la autopsia. Lo pondré en el plano.
Quedaron para la semana siguiente y el inspector se levantó para marcharse dejando a Dora con las mejillas encendidas y el corazón golpeándole el pecho.
—Dora —dijo Higgins desde la puerta—, ¿No te hará daño revivir de nuevo todo aquello?
—Si conseguimos llevarlo a cabo me ayudará a liberarme, no lo dudes; y si me dejáis que los cuelgue de uno en uno, mejor todavía.
Se marchó el policía y Dora se quedó pensando en cómo sabía de la existencia de Jack y de su muerte. Estaba claro que Johnny se lo había contado. “Johnny está metido también en el asunto”, se dijo, lo cual la dejó más tranquila. Sin explicarse bien la razón, no le hubiese gustado que se quedase al margen de una historia que comenzó con su ayuda. No sabía que la idea había partido de él.
A partir de ese momento, la actividad de Higgins y Johnny fue intensa.
El inspector viajó a Salisbury y Amesbury y estuvo en los ayuntamientos interesándose por las Ferias artesanales y agrícolas que se celebraban a lo largo del año, pues eran las únicas épocas del año en que las puertas de la Comunidad se abrían para traer y llevar sus productos y quizá podrían aprovecharlo para entrar. En Amesbury había mercado todos los miércoles y en Salisbury los martes y sábados, a los que, efectivamente, acudían los de la Comunidad Agrícola con sus productos ecológicos. También participaban en la Feria de Artesanía de verano con muñecas de tela y otros trabajos de patchwork, que tenían bastante éxito. Al parecer eran autosuficientes. Aprovechó para preguntar por el funcionamiento de esta Comunidad, si era pública o privada, y qué requisitos eran necesarios para ingresar en ella. Le informaron que era una sociedad privada con cerca de doscientos miembros, que pagaban religiosamente sus impuestos y que nunca habían dado problemas, aunque, eso sí, corrían rumores para todos los gustos. Para pertenecer a ella había que entrevistarse con los responsables (en el registro aparecían dos nombres, un hombre y una mujer), ingresar una buena cantidad de dinero y cumplir una serie de requisitos. Pidió los nombres porque tenía pensado entrevistarse con ellos y se los dieron. En ningún momento se identificó como policía. Preguntó si eran buena gente, o si habían tenido alguna denuncia por malos tratos o abusos y le dijeron que de puertas afuera no se sabía nada de aquella comunidad, excepto los que venían al mercado y a la Feria, y de vez en cuando a las oficinas, y que solían ser siempre los mismos. Ninguna queja, ninguna información real, solo rumores. “Me han dicho que tienen alambradas para cerrar el sitio y guardas armados en la entrada”, les comentó. “Sí, tenga en cuenta —le contestaron— que la zona es solitaria y alejada del pueblo Están en su derecho”. “Seguro que en el mercado y en los pubs cercanos saben más de ellos”, le dijeron al marchar.
De vuelta en Mevagissey, Higgins se puso en contacto con Johnny, le contó lo que se había enterado y decidieron ir a Salisbury el sábado siguiente aprovechando que el inspector no trabajaba y que había mercado. Mientras, Higgins habló varias veces con Dora tomando nota de los datos que le iba suministrando. Le preguntó por los nombres que le habían dado y ella confirmó que eran los mismos canallas de entonces y que sobre todo Stephen Walker, era un demonio integral bajo la apariencia de un médico de aldea. Hablaron del sistema de recogida de productos y su envío a los mercados y Dora le informó de que todas las vísperas del día de mercado la furgoneta de la Comunidad recorría las huertas, seleccionando el producto y ordenándolo en cajas de madera. Al día siguiente la furgoneta marchaba al pueblo con Anne, Ian y Bobby. Estos formaban parte de los adjuntos, miembros de confianza de los jefes, que ejercían también labores de vigilancia. Había unos diez adjuntos. La Comunidad disponía de tres vehículos, la furgoneta y dos coches, que eran los que usaban los jefes. Nadie, salvo ellos y los adjuntos podían salir del recinto de la Comunidad, si no era con un permiso especial o por enfermedad grave y siempre acompañados. Dos veces al año se organizaban excursiones a lugares turísticos para las cuales se alquilaban autobuses. El aparcamiento se encontraba detrás del edificio de oficinas para que no estuviesen a la vista y contaminasen la idílica visión del paisaje.
El sábado a las 9:00 ya estaban Peter y Johnny, tomando un café en el pub de enfrente del mercado de Salisbury. Las camionetas de los granjeros estaban aparcadas en las calles cercanas y entre ellas, de un blanco inmaculado con hojas de roble pintadas a un lado y a otro del rótulo, se veía la furgoneta de la Comunidad Agrícola de Salisbury. En el puesto, los tres adjuntos terminaban de poner los precios a las frutas y verduras. Johnny se esforzó en intentar descubrir algo perverso en los rostros de aquellos tenderos con pinta de aldeanos, pero no lo consiguió. Aprovecharon para dar una vuelta por el mercado y acercarse luego a la furgoneta. La puerta trasera no estaba cerrada con llave, lo que podía ser una costumbre y eso la convertía en una opción. Dentro había unas pilas de cajas de madera, unos toldos, palas y escobas, rollos de cuerda y varias cosas más, lo que a primera vista parecía perfecto para esconderse y colarse en la Comunidad. Tenían que considerar esa posibilidad. Johnny estaba convencido de que necesitaban alguna prueba para obtener un orden de registro en toda regla. Luego vendría la búsqueda del cementerio clandestino y otras evidencias. Y para obtener una prueba nada mejor que su especialidad: unas fotografías. Si pudiera conseguir algunas imágenes de algún adulto abusando de los niños los tenían pillados.
Para Higgins, en cambio, el hacerles una visita y hablar con los jefes era como una idea fija, acostumbrado al buen resultado de sus interrogatorios (sabía cómo apretar a los maleantes y buscarles las contradicciones), y teniendo en cuenta, además, que no representaba ningún riesgo. Pero Johnny no tenía mucha fe en que sacase algo en limpio, salvo hacerse una composición del lugar y oír el rollo de aquellos predicadores. Tenían que pensarlo. Volvieron de Salisbury como si el coche no tuviera tubo de escape, con el cerebro echando humo por las ventanillas discutiendo los pros y los contras.
Al día siguiente Higgins se fue a Lacock a recoger el plano dibujado por Dora y a seguir informándose de todos los detalles posibles. Mientras, Johnny se dedicó a buscar una cámara de bolsillo, muy compacta y de alta resolución, para lo que tuvo que ir a Truro, la capital. Finalmente compró dos.
La información que trajo Peter fue muy valiosa para sus intenciones. Los horarios y los lugares felices, los happy rooms, como se llamaban, se hallaban perfectamente detallados en el dibujo. Al margen del continuo enfoque sexual de las actividades desarrolladas fuera de las tierras de cultivo, como clases, juegos, cine, lectura y demás, tenían organizadas dos sesiones de disfrute sexual diario, de media hora cada una: morning break a las 10:00 de la mañana y evening break a las 18:00 por la tarde, en las que se interrumpían las clases, los trabajos y los juegos y se practicaba diversos actos sexuales. Los happy rooms estaban distribuidos en pabellones colectivos amueblados con sofás, colchonetas y cojines de colores cálidos y armoniosos. El pabellón de los jefes estaba dividido en apartamentos individuales con todas las comodidades. De todas formas el paso de unos a otros lugares era bastante habitual. A Dora, en los últimos tiempos, la solían llevar al pabellón de los jefes.
Con esos datos y el plano sobre la mesa, Johnny estuvo estudiando minuciosamente durante varios días el plan de incursión en el recinto de la Comunidad. Sabía ya cuáles eran los pabellones con las ventanas desde donde se podía ver el interior y cuáles tenían el acceso más discreto entre el edificio y la alambrada. Sabía también qué horario le convenía más, según la posición del sol. Solo le faltaba tener una visión general del espacio para situarse y entender perfectamente el plano de Dora.
Habló con Higgins, explicándole el plan con detalle y diciéndole que necesitaba acercarse con el coche hasta el campamento para verlo con prismáticos y hacerse una idea de las distancias. El inspector le dijo que le venía muy bien y que podían hacer juntos el viaje, porque él quería aprovechar para presentarse allí y hablar con el Director.
Marcharon al día siguiente, después de un desayuno de guerreros celtas prestos para la batalla (esta vez el barman del puerto, que los vio acelerados, añadió dos lonchas de beicon frito). Por el camino Johnny se mordía las uñas, preso de nervios y excitación, pues iba recordando los lugares que hacía más de quince años había recorrido, primero solo y a la vuelta con Dora pálida, demacrada y llorosa, pero salvada.
Le dijo al inspector que le dejase detrás del árbol grande (ahora más crecido) dónde se ocultó aquella vez. Al llegar allí, le fue a señalar a Higgins el punto de la alambrada donde había hecho el agujero para que saliese Dora, cuando se le iluminó la cara con una idea.
—Peter, el agujero que hice hace quince años puede estar allí mismo sin cerrar. La maleza y el seto estaban muy crecidas en esa zona (por eso la elegimos y ahora está mucho más); es casi seguro que nadie lo ha visto en este tiempo. Lo tengo que comprobar. Tú sigue con tu plan y, mientras los guardas se entretienen contigo, yo me acercaré rápidamente a la alambrada. Luego, te espero en este mismo sitio.
Así lo hicieron. Johnny comprobó que efectivamente el corte de la alambrada seguía abierto, tal como lo dejó, y que el paso se podía volver a utilizar tanto para escapar en caso de necesidad como para entrar a la noche sin ser visto. Dio un rodeo pegado a la cerca hasta situarse fuera de la vista de los guardas y volvió hasta detrás del árbol grande. Desde allí, estuvo mirando con los prismáticos la situación de los pabellones y las oficinas y, aunque solo podía ver los tejados, los pudo identificar por el dibujo de Dora. Volvió Higgins echando maldiciones al cabo de media hora y regresaron al pueblo, sin parar de discutir, porque al inspector, como era de esperar, le habían tomado el pelo y no lo quería reconocer.
—¿Sabes lo que hay que pagar para ser miembro de este puticlub? —decía, como si estuviera justificándose de algo— Pues 10.000 libras a fondo perdido y te tienes que comprometer por contrato a cumplir todas las reglas, en plan monasterio benedictino (excepto la de castidad, claro), incluido el término in eternum, es decir,para siempre. ¡Y todo para tener sexo asegurado y comida ecológica! ¡Están locos! Estoy seguro que de los doscientos que hay ahí dentro, los mayores de treinta años son todos unos degenerados.
—Bueno, bueno —dijo Johnny, quizá algunos se salven—, no hace falta que te pongas así. O sea que mi plan no te parece mal, ¿verdad?
—Hay que prepararlo bien y así todo es arriesgado. Me he fijado en que hay vigilantes en los senderos principales. Lo que no he visto, tal como decía Dora, es ningún coche ni la furgoneta. Si realmente aparcan detrás de los edificios al volver del mercado, tú puedes salir sin que se enteren y ocultarte entre la espesura de los setos, hacer las fotos, pasar la noche allí y salir al día siguiente con ellos o por el agujero de la alambrada.
—Tendría que ser necesariamente un martes, que hay mercado en Salisbury y el miércoles en Amesbury: Así me escondería en la furgoneta en Salisbury, llegaría al Campamento, sacaría las fotos y al día siguiente,me volvería a meter para salir hacia el mercado de Amesbury. La salida sería más complicada porque tendría que estar dentro de la furgoneta mientras fuesen cargando los productos y lo más probable es que me descubriesen.
—Quizá fuese mejor apostar por el sistema de la alambrada, Johnny. No tendríamos que depender de mercados ni furgonetas. Si te cuelas una noche por el agujero, sacas las fotos durante el día y vuelves a salir a la noche siguiente correrías menos riesgos. Luego, con las fotografías en las manos, no haría falta dar explicaciones.
—De acuerdo —dijo Johnny—. El problema principal entonces va a ser el cogerlos con las manos en la masa (enseguida se arrepintió de lo que había dicho, porque le pareció zafio y una falta de respeto con las víctimas). ¡Cuánto me gustaría pillarle a ese Walker en plena acción!
Prepararon todo para el asalto. Johnny compró ropa de camuflaje, en realidad era de cazador, una lona de plástico de color verde oscuro para pasar la noche, una linterna y unas cuantas barritas energéticas para alimentarse. Metió las dos cámaras en los bolsillos y el carnet de fotógrafo profesional. Había probado las cámaras y se sabía el plano de memoria. Higgins llevó prismáticos, normales y de visión infrarroja y, aunque sin hacerlo a gusto pero sopesando los riesgos, cogió también su pistola reglamentaria. Su puesto estaba tras el árbol grande y era de vigilancia y cobertura.
El día señalado había luna llena. Era un inconveniente para andar de noche sin ser visto, pero estaban anunciadas fuertes tormentas y cuando Johnny y Peter se acercaron lentamente con el coche hasta situarse debajo del árbol, densos nubarrones plomizos se acercaban por el cielo a gran velocidad. Esperaron impacientes, contemplando el fantástico paisaje, y a eso de las tres de la mañana, las nubes cubrieron el cielo por completo. Se levantó una ligera brisa y estaba a punto de llover. Había llegado el momento.

Los Dioses del Azar y del Amor, estaban fascinados viendo la obra desde el palco. Habían dejado en suspenso la partida de Johnny y Dora, para seguir el drama sin distracciones; aunque el Amor, viendo las circunstancias favorables, había aprovechado para lanzar un ataque arriesgado con la torre blanca.
—Luego seguimos —dijo el Dios del Azar—. Ya arreglaremos las cuentas más tarde con esa torre. Estoy intrigado con el tema del Campamento. La verdad es que no sé muy bien qué hacer con la tormenta, si descargar ahora a tope y retirarla cuando Johnny consiga estar dentro, o mantenerla todo el día. A veces el azar me sorprende a mí mismo. Sería estúpido por mi parte pretender ser infalible y saber lo que va a pasar.
—Eso te honra, Dios del Caos. En cuanto a mí, te diré que si lanzo ahora este ataque con la torre, es porque veo a dos corazones que luchan desde la distancia, y sin saberlo, por romper la barrera que los separa. Sigamos el drama.


21  El monstruo

 


 


Johnny salió agachado de debajo del árbol y fue saltando como un indio comanche, de mata en mata, hasta llegar a la alambrada. Enseguida descubrió la apertura y pasó al otro lado reptando. Asomó la cabeza entre los matorrales del seto y se orientó, visualizando su posición con el resplandor de los rayos lejanos. Estaba a unos cincuenta metros del objetivo. En todo el Campamento no había más que unas luces cerca de los almacenes y dos focos grandes en la verja de entrada. La lluvia que empezó a caer con fuerza tapaba el ruido de sus pasos y su silueta camuflada parecía el temblor del follaje, como si fuese el hombre invisible de Wells. Buscó una zona de vegetación espesa cerca de los pabellones del placer y se preparó un pequeño refugio con la lona de plástico, dispuesto a pasar la noche. Había elegido la sesión de las diez de la mañana por la orientación del sol, pero con este tiempo no iba a tener problemas de brillos ni contraluces. Era buena señal, el azar estaba de su lado. Faltaban más de seis horas para el morning break, o sea que se lo tomó con calma; no tenía sueño. De repente tuvo conciencia de que se encontraba en un lugar perverso. Un escalofrío le recorrió la espalda. Empezó a pensar en aquellos niños que dormían allí cerca; en lo que estarían soñando, en lo que estarían sufriendo. Pensó en la sumisión, en el abuso, en la humillación continua y le entraron impulsos incontenibles de llorar de rabia. Se acordó de aquellas palabras de la Biblia que aprendió de niño: “¡Ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeños, más le valdría que le atasen al cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar!” No sabía entonces lo que significaba escandalizar, pero imaginaba que tenía que ser algo terrible. Ahora lo comprendía bien. Él se iba a encargar de ponerles la soga al cuello. Un rayo que cayó cercano, tan próximo a él que sintió temblar la tierra, pareció apoyar este pensamiento y la tormenta descargó durante horas encogiendo el corazón de los malvados.
A las ocho de la mañana el ajetreo del nuevo día se extendió por toda la granja. Johnny se despertó entumecido. El cielo continuaba encapotado pero ya no llovía. Comprobó que las cámaras estaban secas y consultó de nuevo el plano a la pálida luz del amanecer. Pensó en acercarse a las ventanas, pero lo descartó enseguida. No debía moverse hasta que llegasen las diez. Ahora había gente por todas partes. Más tarde estarían dentro de los pabellones entretenidos en sus juegos y entonces podría acercarse y elegir la ventana adecuada. No quería un reportaje; él solo necesitaba una prueba. Dispararía a cada encuadre con las dos cámaras.
Cuando tenía que sacar una foto de las ¡que no podía fallar!, Johnny usaba siempre dos cámaras para asegurarse. Era una costumbre que tenía desde los tiempos en que un rollo se podía velar en un descuido o estropearse en el laboratorio, o te robaban la cámara, te la quitaba la policía o se perdía. Este era el caso. Pero además Johnny tenía pensado un recurso extra de seguridad: una vez tomadas las fotos, envolvería una de las cámaras en la lona de plástico y la arrojaría al otro lado de la alambrada. Así, si le cogían, las pruebas estaban a salvo.
Llegó la hora y las condiciones de luz eran perfectas para fotografiar, con un día gris que le facilitaba el camuflaje. Volvió a pensar en el azar que le era favorable. No podía fallar. Alcanzó los pabellones asomando lo mínimo en cada ventana. Se juró a sí mismo no pensar en lo que vería, fuese lo que fuese. El solo debía buscar el objetivo fríamente. Pasó por el de los niños, luego por el de los jóvenes y después el de los mayores. A través del cristal, llegaban a él lejanos sonidos de risas y canciones. Los pabellones hacían una ele y allí estaban los happy rooms de los siete jefes, construidos con materiales más nobles y cristaleras más grandes. Perfecto, podía ver el interior sin acercarse demasiado. Recorrió los siete con la mirada y finalmente ¡LO VIO! Era la primera vez que lo veía pero sabía que era él, por las descripciones de Dora y por su instinto de cazador. La escena que se desarrollaba dentro dejó un trozo de su alma muerto para siempre. Jamás la olvidaría.
Stephen Walker estaba de pie en el centro de un corro de niñas y niños, como de diez a doce años, que daban vueltas en torno a él, cantando al parecer una canción, al tiempo que llevaban el ritmo con las manos. Todos estaban desnudos. Cada cierto tiempo, uno de los niños se acercaba al Director y le frotaba con la mano el pene endurecido, llevando el ritmo de la canción. Un niño, una niña, un niño, una niña, parecían decir las voces cristalinas a través del cristal. Johnny no quiso esperar para ver cómo seguía el juego; apretó los puños hasta hacerse daño y respiró hondo hasta serenarse. Cogió las dos cámaras una en cada mano, se arrimó a la ventana y comenzó a disparar como si estuviera en trance. Si hubiesen sido pistolas, hubiese disparado igualmente, estaba seguro.
Pero los movimientos bruscos que hizo llamaron la atención de una de las niñas, que señaló a la ventana. Walker giró la vista y durante unos instantes pudo ver a Johnny alejarse corriendo. Dio un salto hasta la pared y pulsó un timbre de llamada, ordenando a los niños que cogiesen su ropa y desapareciesen. Unos segundos después, todavía a medio vestir, irrumpieron dos adjuntos en la sala. Les informó de la presencia de un intruso sacando fotos y les ordenó reunir a todos los demás vigilantes y atraparlo antes de que escapase. Johnny envolvió rápidamente una de las cámaras con la lona y, arrimándose a la alambrada, la arrojó al otro lado; luego, salió como un rayo en dirección al hueco de la cerca pero se detuvo al ver a dos vigilantes bloqueando el camino, que se dirigían hacia él. Fue hacia el otro lado corriendo, comprobando de reojo las pocas posibilidades que tenía de saltar la alambrada y vio de repente la furgoneta de los mercados, que parecía invitarle a buscar refugio y ocultarse entre cajas y lonas. Se metió de un salto, cerró la puerta y encendió la linterna. Se quedó helado: estaba completamente vacía y limpia. No podía esconderse…, pero tampoco se hizo necesario. Se abrió la puerta y veinte ojos de adjuntos le miraron con curiosidad y hasta con pena. Lo agarraron rudamente y lo llevaron a presencia de Walker. Le sacaron de los bolsillos la cámara, el carnet de fotógrafo profesional, las barritas, en fin, todo lo que llevaba encima.
—Vaya, vaya —dijo el Gran Jefe con sarcasmo— ¿qué tenemos aquí? Uno de esos paparazzi que van sacando a las tías en pelotas, ¿eh? ¿Por dónde has entrado, si puede saberse?
—Me han encargado un reportaje sobre la Comunidad Agrícola y siempre me ha gustado conseguir la toma más original. Por eso he saltado la alambrada.
—Original, ¿eh?—dijo Walker, riéndose—. ¿A que te ha gustado?
—Eres un monstruo pervertido.
—Más o menos como tú, ¿o es que esas imágenes que has sacado te las ibas a comer? Pues de momento, vas a tener que comprarte una cámara nueva; parece buena— añadió tirándola al suelo y pisándola con el tacón hasta destriparla. Y aunque nadie te va creer, ándate con cuidado en contar lo que has visto.
—Dadle unos porrazos para que escarmiente y
echadlo de aquí —añadió dirigiéndose a sus ayudantes.
Lo llevaron a empujones hasta la entrada, le dieron unos cuantos bastonazos y lo tiraron fuera de una patada, hincando la cara en el barro al caer al suelo.
Esto último lo vio perfectamente Higgins con sus prismáticos, y estuvo a punto de salir al contraataque, o al menos a recoger a Johnny, pero se contuvo, para no hacer sospechar a los vigilantes. Llegó Johnny a trompicones y apaleado, pero con una sonrisa reluciente en mitad de la máscara de fango de su rostro.
—Los tenemos, Higgins —dijo, resoplando—. Vámonos.
Por el camino, Johnny le contó al inspector todo lo que había hecho, visto y oído. Su torpeza al sacar las fotos y la estúpida escapada al interior de la furgoneta (cayó como un ratón en la ratonera); pero cuando le explicó lo de la segunda cámara y que ahora estaba a este lado de la alambrada, Higgins tuvo que quitarse el sombrero y decir impresionado:
—Eres el amo, Johnny, y encima ellos no han sospechado nada. ¿Qué tal tienes la espalda?
—Molida; pediré la baja.
—Pero si eres autónomo.
—Por eso.
Se quedaron a comer en Salisbury, después de celebrarlo con dos pintas de cerveza Sixpenny, lo mejor de lo mejor. A la tarde fueron a visitar los círculos de piedra de Avebury, que Higgins no conocía y, dado que la operación que se traían entre manos llevaba su nombre, era visita obligatoria.
Lo enormes pedruscos en mitad del pequeño pueblo, construido encima de un gran túmulo de 400 yardas de diámetro, daban un aire mágico al lugar.
—¿Y dices que aquí abajo está lleno de huesos?
—Es lo más probable —contestó Johnny—. Estos túmulos solían servir para cubrir los enterramientos hace cinco mil años.
—Quién sabe si los espíritus de aquí se han puesto de acuerdo con los muertos de la granja maldita y nos están ayudando.
—No me extrañaría. También el azar nos ha echado una mano.
—Todavía no hemos acabado.
A la noche volvieron y para Johnny no fue difícil encontrar el paquete de lona con la cámara dentro; comprobó que estaba bien y se la entregó a Higgins. Lanzaron una última mirada al siniestro recinto y se fueron para Mevagissey.


22 Los cuervos

 


 


Al día siguiente, la máquina de la Justicia se puso en marcha como una apisonadora. Higgins marchó a Bath y después de explicar a su superior el asunto con detalle, fueron juntos a Trowbridge, la capital del condado de Wiltshire, donde mantuvieron una reunión con el Jefe Superior de Policía acompañado de dos inspectores, el fiscal y su ayudante, el juez del condado y varios abogados. Johnny les relató en breves frases toda la historia de la Comunidad Agrícola desde que Dora era niña. Luego estuvieron viendo las fotos en el ordenador del Juez. Todo el mundo se quedó callado, como hipnotizados por lo aberrante y explícito de las imágenes. Después de un largo silencio, el juez empezó a dar órdenes a diestro y siniestro. Detención inmediata de todos los miembros de la Comunidad Agrícola. Prisión incondicional y sin fianza de los siete jefes y los diez adjuntos. Liberación lo antes posible de los menores de edad, después de identificarlos y destinarlos al cuidado de un equipo de psicólogos, paso previo a su inserción en los sistemas de ayuda social. Confiscación inmediata de todos los bienes de la Comunidad, así como del capital privado de los jefes. Expropiación de los terrenos de la granja, que pasarían provisionalmente a manos del National Trust. Secreto del sumario. Prohibición total y sin excepciones de reproducir las fotos del Sr. Janzek, que quedarían depositadas en el Juzgado. Inicio de las diligencias necesarias por parte de la policía del condado para depurar responsabilidades en el resto de miembros de la Comunidad. Etcétera, etcétera…
Salieron todos, a excepción de Higgins y Johnny. El juez los felicitó efusivamente y dijo a este último que ya vería la forma de separar alguna partida de los bienes confiscados para compensarle por su “renuncia” a los derechos de autor de las fotografías.
—Han hecho ustedes un trabajo excelente. Al inspector Higgins ya lo conocemos y todavía está reciente su gran labor contra el narcotráfico en Cornualles, pero lo de usted, Janzek, ha sido un trabajo excepcional. Los hemos tenido desde hace treinta años delante de nuestras narices y no nos hemos enterado —añadió, al despedirlos—. ¡Ah! Transmitan por favor a esa mujer que han mencionado antes, Dora Jones, que tanto les ha ayudado con sus recuerdos, que no deje de apuntarse a la lista de víctimas que se va a crear y cuya compensación la veremos en el juicio. Buenos días, señores.
La intervención de las fuerzas especiales de la policía fue digna de una película norteamericana: despliegue, avance, rodeo, ¡todos al suelo!, algunas patadas, esposas y al furgón. Pero como a Higgins y a Johnny ese espectáculo no los atraía en absoluto, se lo perdieron. No pudieron ver cómo se llevaban a Stephen Walker entre dos policías, pataleando y echando maldiciones. Se registraron los edificios, se llevaron camiones de posibles pruebas para estudiarlas y, por fin, se desenterraron los cuerpos del cementerio clandestino. Muchos huesos de bebés, seguramente muertos al nacer, y unos cuantos esqueletos de adultos, entre ellos el de Jack. La total impunidad con la que actuaban aquellos monstruos, les había permitido dejar el cable todavía arrollado en el cuello del desgraciado amigo de Dora.
Lo primero que hizo Higgins cuando terminaron las investigaciones fue llamar a Dora y contarle de primera mano la detención de sus torturadores. Se ofreció a llevarla a ver el campamento vacío, pero Dora dijo que prefería disfrutar contemplándolo una vez derruido sin dejar rastro.
La prensa se cebó con el acontecimiento del año pero realmente no supo qué contar y las únicas fotografías que se publicaron fueron las de la policía entrando al asalto y las de los jefes saliendo esposados. El alcalde de Salisbury presentó su dimisión, después de quedar en ridículo al reconocer que no se había enterado de nada durante todos esos años.
A su debido tiempo, llegaron las excavadoras y arrasaron todos los edificios, arrancando hasta los cimientos; se retiraron los escombros, se roturaron los suelos y, salvo algunos restos de alambradas, quedó el terreno como si allí no hubiera pasado nada desde los tiempos de Merlín. ¿Hasta qué profundidad se había metido la perversión en el terreno? No se podría saber, pero cuando se ofrecieron estas tierras a diversos granjeros de la comarca, nadie quiso enfrentarse con los espíritus.
Pronto los cuervos se hicieron los amos del lugar.
Una vez que todo se terminó, Higgins pasó un día por Lacock a recoger a Dora y luego fueron a visitar los campos donde hasta hacía poco el demonio se había entretenido en montar sus akelarres. Se sentaron en un promontorio y estuvieron mucho rato contemplando el paisaje. Era una mañana de verano, con nubes blancas y rosas como salidas de un cuadro de Constable. No se veía ni una casa y la paz y la tranquilidad se extendían como un manto de música. Incluso se podría creer que a los lejos sonaban las melancólicas notas de laúd que John Dowland tituló Lachrimae.
Higgins se alejó discretamente de Dora con ánimo de cazar un grillo que se oía cerca, como solía hacer de niño, cuando lo sacaba de su agujero con una pajita. En realidad, lo hacía para dejarla a solas con sus recuerdos. Se le ocurrió un pensamiento absurdo: el grillo era un contrabandista y su agujero las famosas Cloacas de Mevagissey. “Si hubiera tenido una pajita mágica no hubieran muerto aquellos hombres”. Encontró el agujero, lo intentó pero no lo consiguió. “En fin”, dijo, “dejemos al grillo que siga con su contrabando de semillas”.
Dora contemplaba absorta las escenas de su vida en aquel recinto, ahora vacío, como una gran pantalla de cine al aire libre: sus padres ignorados, su infancia perdida y su juventud destrozada. ¡Cuánto se había endurecido desde entonces! ¡Qué amargas consecuencias había tenido que pagar!
Cuando volvió el inspector de su caza infructuosa, le dijo:
—Peter, cuéntame otra vez la noche en que Johnny entró por debajo de la alambrada…
La pareja de cuervos que graznaba de vez en cuando, subidos en los restos de la alambrada, se burlaron a carcajadas: “Tócala otra vez Sam”, parecían decir…

—Dejando aparte a esos sucios cuervos maleducados, se podría afirmar que el corazón de Dora está preparado para volver, ¿no te parece?, —comentó el Dios del Amor, con un osado movimiento del caballo que, junto con la torre, pusieron en peligro al Rey negro—. El golpe de mano de Johnny ha sido fantástico. Y la reacción de Dora apenas se ve, pero yo sé que está avanzando en su interior de forma imparable. Creo que tengo las tablas en las manos.
—Ojalá sea así —dijo el Dios del Azar— Ayudé con la tormenta, la suerte estuvo en todo momento de su lado y las piezas desordenadas del puzle empezaron a encajar. ¡Fíjate en lo sucedido en esa Comunidad! El caos y la confusión habían imperado hasta ahora, pero el equilibrio se ha vuelto a restaurar.
—Y los damnificados por semejante caos, ¿qué crees que te podrían decir? ¿Quién los eligió a ellos para meterse en esa Comunidad maldita?
—El azar muchas veces es ciego pero, al final, las Leyes del Equilibrio se acaban cumpliendo. Esta es una buena reflexión para los humanos.


23  La vuelta a casa

 



Si seguimos los hilos del Azar, vemos a Dora en el jardín del “Miss Dorothy B&B”de Lacock rastrillando las hojas secas que un otoño cálido y ventoso ha hecho caer sobre el césped. Está tarareando una canción improvisada. Recuerda, sin saber por qué, las hojas del cerezo que en el jardín de la casita de Johnny tapaban el suelo con sus colores cobrizos y amarillos; cuando cogían las más grandes y rojas y las ponían a secar en los libros. Y las begonias que se empezaban a quedar sin flores. Y las alegrías que iluminaban las sombras como cuadros de Monet. “Estará enorme aquel cerezo”, piensa, como si lo estuviese viendo. ¿Quién rastrillará el suelo? ¿Quién recogerá las cerezas en junio? Recuerda con nostalgia aquellos lejanos tiempos de felicidad.
De pronto, se queda parada y siente un pequeño mareo. Se nota flotar en el aire y, ligera como una nube, se ve volando por el cielo como dentro de una pompa de jabón, liviana y llena de colores. Algo se rompe en su corazón, como una corteza de piedra que lo tuviera aprisionado. Desde lo alto contempla el jardín de Johnny con sus alegrías multicolores y las hojas doradas en el cerezo. Allí está él, agachado en el fondo, con su bufanda y su pelo largo, como un mago en busca de hierbas prodigiosas. Siente que necesita ir allí y acercarse a él por detrás y taparle los ojos y decirle ¿quién te ha venido a ver? Lo repite en voz alta y sus palabras se convierten en un sollozo prolongado. Ahora llora amargamente.
Al día siguiente de contemplar esta romántica visión, Dora estaba desayunando en el jardín y tenía el suplemento dominical en las manos. No solía cogerlo, porque era caro, pero ese día alguien lo había dejado en el felpudo de la entrada. Además, las noticias de actividades culturales, que era lo que le interesaba, no solían incluir casi nunca las de Lacock, que realmente eran muy modestas, comparadas con las de Truro o St. Austell. Precisamente de esta última población venía en la segunda página un resumen de las exposiciones y conciertos de la semana. Una foto le llamó enseguida la atención. Era un paisaje nocturno. Al mirarla de cerca se puso pálida: el acantilado, el faro, una silueta… ¡era ella!
Cerró los ojos alucinada. Como en una pesadilla, pasaron por su mente imágenes terribles que ya tenía olvidadas: la habitación del hotel, el rostro de Oliver, la sangre, el precipicio, las Cloacas… Resbaló el periódico de sus manos y cayó desvanecida sobre el respaldo de la silla. Poco tiempo después, un viento fresco otoñal abrió el periódico como si lo estuviese leyendo, hizo revolotear las hojas caídas del suelo y acarició su rostro, ayudándola a recuperarse. También se llevó las imágenes siniestras. Ahora le llegaban imágenes agradables de los tiempos con Johnny: las excursiones a Polperro, a St. Ives y a Tintagel; el castillo de Arturo, las cenas en las posadas antiguas, las noches de cariño… Ella recogió el periódico y leyó con avidez el texto; efectivamente, allí lo ponía: Exposición de fotografías de Johnny Janzek en la galería Margaret Cameron de St Austell. Permanecerá abierta hasta fin de mes. Levantó la vista y vio de nuevo el jardín de Johnny. Permaneció mucho rato sin moverse, a ratos cerrando los ojos, a ratos mirando al cielo con ojos soñadores. Al final, se levantó y tomó una decisión: ¡volvería a Mevagissey!
Durante dos días estuvo ajetreada preparando el retorno. No sabía lo que le esperaba, ni si Johnny se había casado, o si la había olvidado, pero tenía una cosa muy clara: quería volverlo a ver. No durmió en esas noches, pues necesitaba hacer limpieza; no de la casa, ni del jardín, sino de su corazón, de sus cuartos oscuros; necesitaba abrir la puerta del miedo y expulsar a todos sus fantasmas y demonios. Quería llegar libre a su encuentro. Colgó el cartel de “cerrado por vacaciones” en la puerta de entrada y se fue a la estación, con el periódico en la mano y su maleta llena de ilusiones. Cogió el tren de las 16:00 h. Le llamaría nada más llegar y quedarían en el bar del puerto.

En los planos infinitos de la geometría celestial la niebla se iba retirando a su refugio del horizonte, dejando ver una actividad frenética en la partida de Johnny y Dora. El Dios del Azar y el Dios del Amor, como en un cuadro de De Chirico, estaban de pie inclinados sobre el tablero, moviendo las fichas a un ritmo inusitado: las fichas blancas avanzaban, rodeaban, amenazaban y comían por todas las esquinas; y las negras respondían, comían también, pero retrocedían, se enrocaban y defendían al Rey. Se veía venir el final. Nunca había estado el Amor tan cerca de conseguir unas tablas con la suerte.


24  El hotel Sea Cloud

 

Johnny recibió a media tarde la llamada inesperada de Dora. Le dio un salto el corazón y se quedó sin saber qué decir.
—Hola, Johnny —dijo ella— he venido a ver tu exposición… y a estar contigo. Lo leí el otro día en el periódico y vi la foto del acantilado. Me quedé alucinada. ¡Todo lo que ha pasado desde aquel día! Me salvaste en las Cloacas. Y lo de la Comunidad Agrícola... Tenía necesidad de hablar contigo. ¡Cómo me gustaría que me contases todo! Parece que nos hemos estado esquivando desde que nos separamos.
Efectivamente, no era exagerado; la última vez que hablaron fue antes de que Dora lo dejase por Oliver... unos cuantos años. Ambos habían dejado atrás la juventud hacía tiempo y en sus voces se podían adivinar más las amarguras y desengaños que los años transcurridos; y tan atropelladamente empezaron a hablar y tenían tantas cosas que decir y preguntar, que decidieron quedar una hora después para ver la exposición, luego cenar y más tarde tomar una copa en el bar de del puerto.
A Johnny le pilló de sorpresa la llamada, pero tampoco le perturbó el ánimo excesivamente. Se quedó pensando un rato, sobre todo sorprendido. Para aquella cita no tenía muchas novedades gratas que contar, salvo las de los últimos acontecimientos, y, menos aún, ilusiones a las que recurrir; eso lo sabía de sobra. Quizá, todo lo más, compartir un trozo de su soledad y algún recuerdo erótico cogido con pinzas. Pero, bueno, al final había llegado a la conclusión de que el día, que se iba deslizando encapotado y aburrido, como todos los anteriores, quizá, al caer la noche, le reservase una estrella brillando entre las nubes.
A pesar del tiempo transcurrido y de los motivos de su separación, que ambos preferían no recordar, cuando se vieron se besaron en los labios en un breve contacto y se miraron a los ojos con cariño y curiosidad. En aquella mirada pudieron descubrir el estropicio propio más que el del otro, como si se tratase de un espejo. No hacían falta palabras. Y eso que se habían vestido elegantes para la ocasión, como solían hacerlo en el pasado (quién sabe si no eran el mismo traje y el mismo vestido, que ahora colgaban holgados de sus hombros cansados). Ambos se veían delgados pero con buen aspecto.
Durante la exposición hablaron de fotografía y se pararon delante de la foto del acantilado.
—¿Cómo sacaste esta foto, de noche y con el tiempo que hacía? —le preguntó—. Recuerdo que vi una sombra, pero lo único que quería era escapar.
—Estaba metido en el coche y, cuando te vi salir del hotel, te seguí. Al verte al borde del acantilado, en aquel escenario fantástico, no pude resistir sin sacarte la foto.
—Es maravillosa pero, ¿me hubieses dejado tirarme?
—No creo, estaba a punto de gritarte, cuando te diste la vuelta y bajaste corriendo.
—¡Qué noche tan horrible! Pero después de todo lo que ha pasado, ver la foto ahora hace que me sienta más feliz. Por cierto, te he traído un par de fotos que te van a gustar.
Sacó del bolso dos fotos que entregó a Johnny; una era la de ella en la alambrada con los brazos en alto; en la otra se veía a Higgins y Margaret saliendo del comedor de Torquay cogidos de la mano.
—Esta, ya la tengo puesta en un marquito en la mesa de salón, guárdala. La otra es genial, Dory, lo que me voy a reír. ¿Cómo la has conseguido?
—La saqué cuando estuve en Exeter; les vi un día y estuve haciendo de espía.
—Fantástica, ¡qué recuerdo para Peter! Le va a encantar.
—¿Tú crees que se gustaban?
—Estoy seguro. Cuando desapareció Margaret, me dijo que se había alegrado de que pudiese escapar y que, algún día, le gustaría encontrarse con ella en otras circunstancias, no precisamente como policía y estafadora. Creo que hacen una buena pareja.
Fueron a cenar y estuvieron hablando sin parar de todos los acontecimientos que ya conocemos. El verdadero tête à tête lo reservaron para las copas. Caminaron en silencio.
El Harbour Tavern estaba vacío porque era un día de labor y hacía mal tiempo. Incomprensiblemente se sentían como si el tortuoso camino que les había conducido hasta allí lo hubieran hecho juntos, pues de pronto se veían tan identificados como nunca lo habían estado. Era, seguramente, que el final del recorrido les hacía sentirse más próximos.
Después de sentarse en los taburetes de la barra y pedir las bebidas, tras unos momentos de vacilación, Dora rompió el silencio.
—¿Te has acordado de mí estos años? — preguntó sin mirarle, como para entrar en conversación.
—No —contestó Johnny, mintiendo descaradamente (para qué le iba a decir que todos los días).
—Mejor, yo tampoco —dijo ella—. Y sin embargo, te puedo asegurar que en muchos momentos he hecho las cosas como tú hubieses querido.
—Así te habrá ido...
—¡No lo sabes bien! Pero tampoco te ha importado mucho, ¿verdad?
—Tienes razón, perdona... Cuéntame.
—¿Recuerdas cuándo hablábamos de la puerta del miedo? ¿De lo que habría al otro lado? ¿De los demonios que todos teníamos guardados dentro? ¿Del pánico a dejarlos salir?
—¿Quieres hablar de eso? —preguntó Johnny, un tanto alarmado, poniéndose de pie—. Espera, vamos a aquella mesa del rincón, que me parece que el barman está preparando la grabadora y hace como que limpia los vasos.
—Creo que vamos a necesitar la botella —añadió, dirigiéndose al camarero, mientras cogía los dos vasos y la botella de whisky.
Se acomodaron en dos butacas del fondo, junto a una mesita redonda iluminada apenas por una lámpara de color verde; encendieron sendos cigarrillos y bebieron unos largos tragos tras chocar ligeramente los vasos, preparados para las confidencias (en especial Johnny, que ya no se acordaba ni de qué color eran las confidencias).
—¿No fue el miedo lo que nos fue separando? —empezó Dora—. La vida que he llevado desde entonces, y piensa todo lo mal que quieras, la puedes imaginar perfectamente y no te la voy a contar; pero hay algo diferente que jamás pensarías que he sido capaz de hacer: he abierto la puerta del miedo, he entrado hasta el fondo, he destrozado todo lo que había dentro, he tirado las paredes y barrido todo… y ya no existe. Eso es lo que quería contarte. ¿Quieres oír cómo ha sido?
Johnny apuró el whisky tan de golpe que el hielo de poco le salta un diente. Hizo un gesto con la mano, que quería decir adelante, mientras se limpiaba los labios y la corbata, y volvió a llenar el vaso. “El tema es para oírlo borracho”, pensó.
La puerta del miedo era una expresión que Dora y Johnny usaban mucho cuando discutían y hablaban de obsesiones y tabúes. Incluso, al principio, había llegado a ser un recurso entretenido, cuando jugaban a meterse en el supuesto recinto infernal del subconsciente y aplastar al miedo capturado, hasta librarse de su influencia. Como terapia y conocimiento mutuo era un ejercicio interesante, pero el problema se presentaba cuando uno no reconocía a aquel demonio como suyo, el juego se convertía en agrias discusiones y casi nunca llegaban a la fase final de liberación del trauma o lo que fuese. Pocas veces lo consiguieron. Tragó más que bebió el whisky a la espera de lo que venía y encendió otro cigarrillo, olvidando que hacía tiempo que había dejado de fumar.
El relato, por parte de Dora, del asalto y destrucción de su cuarto de los horrores fue, en efecto, más propio de una descripción del Infierno de Dante que del diván del psicoanalista. Según expresó ella misma, fue un acto de liberación total que llevó a cabo en vez de cortarse las venas.
 “Entré a saco en mi alma y fui destruyendo uno por uno todos los traumas, miedos, fobias y complejos. Me imaginé como una walkiria enfurecida, manejando un hacha de dos filos que iba cortando de un tajo todo lo que se le ponía por delante. Vi las cabezas que iban cayendo al suelo: cabezas de hombres que la habían aterrorizado, seductores de ojos turbios, fantasmas empujándola al precipicio, manos que la asfixiaban, policías que la interrogaban, mujeres que la insultaban, borrachos que se reían… Al monstruo del miedo le rebané el cuello limpiamente y a la bruja de ojos saltones, que me obligaba a esconder mi propio yo, la partí en dos de arriba abajo. Salté a golpes los cerrojos de las celdas donde estaban mis sentimientos; y el rincón de mis emociones reprimidas voló por los aires cuando le arrojé una de las bombas de mano que llevaba. Cuando todo fue muerte, sangre, humo y silencio en el recinto del miedo, caí desvanecida”. Johnny y el barman escuchaban alucinados.
Dora contó todo esto, con detalle, incluso poniendo nombres cuando hacía falta, mirando a Johnny a los ojos, bebiendo el whisky con los nudillos blancos al apretar el vaso. Su mirada era brillante y su palidez había desaparecido. Pasaron varios minutos. El ambiente del bar seguía tranquilo. En el equipo de música sonaba These foolish things de Lester Young. El camarero no paraba de limpiar vasos al fondo de la barra. Dicen que desde dentro se oye bastante bien las conversaciones de fuera, pero parecía concentrado en el brillo del cristal (Johnny estaba seguro de que era siempre el mismo vaso).
—Y eso es todo, Johnny —. Tenía que decírtelo.
—¿Y ahora cómo estás?
—Creo que bien, no tengo miedo y me siento en paz conmigo misma. Ahora puedo dejar que mis emociones me sacudan y conmuevan hasta dejarme malherida, pero te juro que estoy mil veces más lejos del precipicio que antes; que puedo llorar en un hombro ajeno, que consigo convertir en palabras mis sentimientos, que puedo mirar a los ojos con la esperanza de que me quieran como soy.
—Eso es estupendo, Dory.
—Johnny, no puedo ni siquiera insinuarte que hagas lo mismo —dijo ella, poniendo suavemente la mano sobre la de él—. Uno mismo tiene que tomar esa decisión, y creo que para eso hay que estar al borde del abismo. Por lo demás, la experiencia es terrible.
—¡Hombre!, no hay duda de que todo esto es pura imaginación, te lo has inventado para poder destruirlo. No puede ser verdad. ¿Cómo has conseguido que sea efectivo?
—Claro que es algo imaginario. No pensarás que voy a tener hachas de doble filo y granadas de mano en casa; pero si te sumerges en la oscuridad de tu mente, te pasas las noches revisando tu pasado y te dejas hundir en la conciencia más remota y oculta, al final claro que ves y sientes a los demonios del miedo con sus ojos rojos; y te los imaginas (¡claro que te los imaginas!) cuando esconden tus emociones en agujeros sin fondo y se tumban encima para que no se escapen; los oyes, los hueles y cuando, por fin, los decapitas y los destripas, disfrutas al verlo… y te sientes liberada.
—¿Y no se podría hacer lo mismo pero poco a poco, como jugábamos antes?
—No lo sé. Esto es más que un juego, Johnny ¿No has vuelto a entrar en tus rincones oscuros?
De hecho, reconocía Johny, él también tenía alguna que otra puerta bien cerrada y precintada, como las que aparecen en el desván en las películas de suspense. Se imaginaba cómo salían en tropel decenas de rottweilers enfurecidos echándosele al cuello. O lo que era peor, abrirlas y no encontrar nada, solo oscuridad y vacío.
—Mi cuarto del miedo —dijo— es como un agujero negro. Temo que voy a desaparecer si paso dentro. El miedo es a la nada, a la soledad, al vacío. Dicen que la pena que tienes cuando te dejan no es por la persona que se va sino por el hueco que deja. Dime, ¿cómo se vacía un cuarto vacío? Puede que lo intente algún día…
Se quedaron en silencio, hasta que cerraron el local y salieron a la calle, seguidos por la mirada deslumbrada del barman. En las calles del pueblo no había un alma y no quedaba un solo bar abierto. Fueron paseando en dirección a la playa. Hablaron de ir a casa de uno de ellos (Dora mantenía la suya vacía) a tomar otra copa, pero sin mucha convicción. Sus casas eran refugios en la niebla, acostumbradas a oír solamente sus pasos. No sería nada raro que, si notaban llegar a un extraño, las luces no se encendieran y las puertas se quedaran atrancadas; seguramente el frigorífico no se dejaría abrir y los grifos se quedarían sin agua.
Johnny propuso pasar la noche en el hotel de la costa (el Sea Cloud, ¿te acuerdas?), y a ella le pareció una idea estupenda. Se dirigieron hacia allí cogidos del hombro. Dora temblaba de vez en cuando como sacudida todavía por los horrores descritos y se apretaba con fuerza contra el cuerpo de Johnny. Su mirada, con los ojos muy abiertos, brillaba en la noche. Una débil sensación de calor se transmitía entre ellos a través de la ropa.
Soplaba un fuerte viento del oeste, cargado de aromas marinos y el aire era templado, aunque amenazaba tormenta. En el cielo sin luna se abrían algunos claros entre las nubes y unas pocas estrellas brillaban sorprendentemente, porque el aire era muy limpio. Una de ellas podía ser Júpiter, o quizá Venus, pensó Johnny.
Procedente del hotel llegaba música de jazz, que se acercaba y se alejaba, flotando en el viento: We'll be together again, con Billie Holiday “Noche de nostalgias” dijo Johnny...
—¿Te gustaría bailar, Dora? El salón de baile está iluminado.
—Me moriría de ilusión, Johnny.

—¿Sabes lo mejor de todo? —dijo el Dios del Azar—. Que con esta pareja nuestras fuerzas han estado equilibradas, tanto en el juego como en la vida real; y por eso hemos acabado en tablas. Hemos sido generosos, les hemos dado una segunda oportunidad y ellos han puesto todo de su parte. ¡Enhorabuena, Dios del Amor!, tu partida ha sido magnífica. Has aguantado con paciencia cuando las cosas iban mal y has arriesgado cuando había que arriesgar.
—Ha sido un honor, Maestro.


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