Sugerencias

Foto: Oscar Martínez

28 de marzo de 2017

Los Cuentos de Bidarán












01 - EN UN RINCÓN DE BURDEOS





Durga llevaba un mes viviendo en una buhardilla miserable de Burdeos, ciudad de Francia donde había llegado como refugiado político. Era escritor (una de las razones de su exilio) y malvivía en un barrio marginal de inmigrantes, sin salir a la calle, casi sin comer, muerto de miedo... Pero, ahora tenía libertad y el futuro de su país estaba en sus manos. Tenía una misión que cumplir. Debía dar a conocer al mundo los hechos extraordinarios ocurridos en el pequeño país de Bidarán el último año, ignorados fuera de sus fronteras, en parte por la nula relación del país con el resto del mundo y en parte porque fueron considerados por los gobernantes actuales como secretos de estado y prohibida su divulgación. Temblaba, pero estaba decidido. Era consciente de que al contar aquellos hechos se estaba jugando la vida, a pesar de que iba a utilizar un nombre falso cuando los diese a conocer y de encontrarse en las antípodas de su país. No dudaba de que los agentes secretos de Bidarán acabarían encontrándolo tarde o temprano y pagaría su traición con la prisión o la muerte. Pero se había convencido de que aquellos acontecimientos que había vivido de cerca, así como la situación actual de su país, tenían que ser conocidos en el resto del mundo, y pensaba que el peligro al que se enfrentaba valdría la pena si con ello terminaba la locura que atenazaba a sus ciudadanos. Era como si una terrible maldición hubiese caído sobre las montañas de Bidarán. Pensaba en su vida anterior y no podía creer que de la noche a la mañana todo pudiese cambiar de una forma tan radical. El país del bienestar y de una modernidad original y ejemplar envidiada por sus vecinos amenazaba con convertirse en un pueblo controlado y reprimido al estilo de los regímenes comunistas de China o Corea del Norte. Pero no quería acordarse de los tiempos felices porque se le saltaban las lágrimas. El recuerdo de sus padres y sus amigos estaba ahora guardado bajo llave, porque tenerlos presentes suponía una carga de emotividad excesiva para la tarea que se proponía llevar a cabo. En cambio los recuerdos del último año lo llenaban de rabia y rebelión, que era lo que le empujaba a narrar los hechos. Quizá si sus denuncias ayudaran a revertir la penosa transformación que sufría el país podría regresar en un futuro no muy lejano.

Mientras bebía sorbo a sorbo de un vaso de vino sentado delante de un viejo portátil de segunda mano, Durga se preguntaba cómo empezar su relato. Dudaba sobre la forma de enfocar la narración, si redactarla como una experiencia personal o presentarla como una descripción periodística de los hechos. “Depende de en qué formato quiera sacarla a la luz. Publicarla como un libro ni se me ocurre, pues a cualquier editorial que la presente le parecerá una fantasía oriental sin ningún interés. Si quisiera subirla a la red sería inmediatamente localizado por los hackers de Bidarán. La única opción que veo posible es enviarla en un pen-drive a los principales periódicos, como un testimonio documental de primera mano, pero sin citar los nombres reales de los personajes, pues muchos de ellos serían detenidos”. Pensaba y bebía mientras la luz del día se iba apagando y la pantalla del ordenador iluminaba levemente su rostro de rasgos asiáticos acentuados por la concentración.

De pronto llamaron a la puerta, lo que le hizo dar un salto en la silla. Cerró el portátil, se levantó y se acercó a la entrada asustado.

—¡Durga!, soy Hoshi —, se oyó detrás de la puerta. (Hoshi era el tibetano que vivía en el piso de abajo, también refugiado).

—Hola, Hoshi, me has asustado, ¿qué quieres? (hablaban en chino mandarín).

—Hola, Durga, ¿tienes algo de beber? La soledad y el frío me están encogiendo el ánimo y los malos espíritus me rondan por la cabeza. Necesito un trago.

—Tengo vino, pero si a los espíritus les gusta no los vas a echar de la cabeza.

—Pues los emborracharé hasta que se duerman. ¿Qué estás haciendo?

Durga sacó una botella del armario y un vaso más y llenó los dos hasta arriba. No era la única botella que tenía; había unas cuantas más en el estante para sobrellevar con cierto valor el arriesgado papel de héroe que le habían impuesto.

Hoshi era algo más joven que Durga, de unos treinta años, bajo y fuerte como la mayoría de los de su país. Era jefe de obras. Marchó del Tibet, durante la última razia del Partido Comunista Chino, refugiándose en Nepal. Allí fue restaurador de casas antiguas durante unos meses y luego tuvo que huir a Europa porque le perseguían los espías chinos. Ahora trabajaba de gruista en un almacén de maderas.

—Estoy intentando escribir lo que está ocurriendo en mi país. Si consigo terminar antes de que me descubran lo enviaré a los principales medios de comunicación.

—Nunca hemos hablado de eso. En el mundo se conoce más o menos lo que pasa en el Tibet, pero de Bidarán no se sabe nada. ¿Por eso estás aquí exiliado? —preguntó Hoshi con curiosidad.

—Siempre hemos vivido a nuestro aire, en paz con nuestras propias ideas y costumbres, pero este año se han cometido una serie de crímenes en la capital, han muerto varios escritores, futuros dirigentes del país, lo que ha conducido a la crisis del órgano director y al control del poder por los sectores más reaccionarios. A partir de esos hechos el nuevo gobierno está intentando imponer un sistema político autoritario, a semejanza del de China a base de vigilancia, censura y detenciones. Pretendo denunciarlo ante la comunidad internacional.

—¿Y piensas que vas a conseguir algo escribiendo? —dijo Hoshi—. Mira los años que lleva el Dalai Lama fuera del Tibet, publicando libros, haciendo películas, dando conferencias por todo el mundo y ahí seguimos, cada vez peor...

—Sí, porque el Tibet es una nación grande, conocida y poderosa, y China no quiere perderla, pero Bidarán es un estado minúsculo. ¿Qué interés especial puede tener China para apoderarse de él? Un gran escándalo a nivel mundial podría pararle los pies.

Bebieron un trago y Hoshi permaneció un largo rato sin decir nada, quién sabe si saboreando el vino o dando vueltas a los que Durga le acababa de decir.

—Es posible que tengas razón, pero ¿ya sabes a lo que te expones?

—Sí, a que me peguen un par de tiros cualquier día o a que me congelen vivo si me llevan a Bidarán.

—¿Es verdad eso? Lo de congelar, digo.

—Claro que es verdad. Los bidaranos siempre hemos sido muy originales en todo. Ahora, te duermen con una inyección y te congelan. Te depositan en el cementerio de los glaciares y punto.

—Bueno, una muerte dulce. En nuestro país sabemos mucho de muerte por congelación con los Himalayas encima. Dame más vino.

Bebieron otro vaso en silencio. Sus mejillas anchas de pómulos pronunciados fueron tomando un color sonrosado y sus ojos rasgados brillaron con la luz de la bombilla de 40 vatios que colgaba del techo.

—¿Estás seguro de que los chinos están detrás de lo que ha ocurrido? —preguntó Hoshi.

—No, pero no pueden ser otros. A China le interesa duplicar la producción de energía hidráulica de Bidarán, con la que alimenta a sus alejadas regiones del noroeste; y lo quieren hacer a base de construir nuevas centrales por todos los lagos y ríos del país. Nos inundarán de embalses y presas, modificarán los cauces de los ríos, fundirán los glaciares, llenarán el paisaje de hormigón... todo un desastre para la independencia y el futuro de nuestra nación. Claro que los responsables directos de los cambios que se están produciendo allí son los propios bidaranos y entre ellos los más reaccionarios. Son los que nunca se han sentido cómodos con las reformas que se han llevado a cabo en la sociedad, los que nunca han sido capaces de acceder a nuestros órganos de dirección, los que desean un partido comunista, un gobierno fuerte, un ejército...

—Pero esos serán una minoría.

—Sí, no llegarán al diez por ciento. Por eso estoy convencido de que los chinos les apoyan.

—¿Tienen algún líder? —preguntó el tibetano.

—Existe un grupo con esa ideología que se hace llamar “Los guerreros de Altái” y su jefe es el director de una de las grandes farmacéuticas de Bidarán llamado Aleksei Kyzyl. Pero también hay otros menos llamativos incluso dentro del órgano director.

—¿Tú eres periodista, Durga?

—No, soy escritor de novelas y cuentos.

—¿Cómo conseguiste escapar?

—Ayudado por unos guías del norte del país con los que atravesé los pasos entre montañas de más de cuatro mil metros hasta llegar a Rusia. Una vez cruzada la frontera los chinos no me pudieron seguir

—¿Y todo esto vas a contar en el periódico?

—Si, eso y todo lo que yo he vivido en primera persona.

—Me lo dejarás leer, Durga. Yo te ayudaré a vigilar la calle y cuando vea alguien extraño con aire asiático te vendré a avisar.

—Gracias, Hoshi, eres el único amigo que tengo en este país.

—Tú dedícate a escribir y no te preocupes.

—Vale y gracias de nuevo.

—¿Cómo vas a titular el relato?

Durga abrió el portátil y en la pantalla se pudo leer en grandes caracteres: LOS CUENTOS DE BIDARÁN.

—¿No hay nada más?

—No. Cuando te vayas empiezo con ello.

—Suerte, Durga.

—Gracias, Hoshi, buenas noches. Llévate la botella.

Durga se situó en posición de escribir e inició el relato con el ceño fruncido. El tibetano se marchó silenciosamente y pensó al bajar por la escalera: ¿Cuentos? ¡Qué título más raro!


02 - LOS CUENTOS DE BIDARÁN




El pequeño país de Bidarán, de no más de cien mil habitantes, se encuentra perdido en el intrincado laberinto de montañas de la cordillera de Altái al sur de Siberia, prácticamente en tierra de nadie, en el punto geográfico donde se juntan Rusia, Mongolia, China y Kazajistán, y ha permanecido oculto a los ojos del mundo desde los terribles tiempos de Gengis Khan y Tamerlán.  Ignorado en buena hora por los grandes invasores de la historia, desde los mongoles a los turcos, los chinos y los rusos, y sin participar en las grandes migraciones de los pueblos nómadas de las estepas del Asia Central, podría parecer, debido a su aislamiento secular, que es un país poco desarrollado y anclado en sus viejas traiciones. Sin embargo, Bidarán es una de las naciones con más alto nivel de vida del planeta. Sus principales fuentes de riqueza son la energía hidráulica (más de mil ríos y lagos que alimentan los cientos de centrales hidroeléctricas del país) y la fabricación de productos farmacéuticos derivados de las propiedades medicinales de las plantas y los minerales que abundan en sus fértiles valles e inexpugnables montañas, especialmente el oro.

Ciertamente el nivel de bienestar que disfruta el país no sería posible si esa riqueza no se comercializara de alguna manera a través de la vecina China, con la que existe un acuerdo de Estado Asociado, al estilo del reino de Bután, y que organiza la relación comercial de Bidarán con el resto del mundo, incluyendo las labores diplomáticas y manteniendo, no obstante, su independencia política y cultural.

La población del país está escolarizada al cien por cien hasta el nivel universitario y todos hablan el bidarano, el chino y el inglés; la atención médica es universal y gratuita, y a partir de los veinticinco años todos los ciudadanos reciben un sueldo mínimo del Estado. No existen presidente, ni rey, ni ejército, ni bancos, ni templos, y el orden y la seguridad se mantienen con un cuerpo llamado de Ayuda Ciudadana, sin armas, especialmente duro con el tráfico y consumo de drogas y el contrabando a través de la fronteras, sobre todo con Rusia que tuvo ocupado el país en tiempo de los zares hasta el año 1922. Existen, en proporción reducida, minorías de rusos, kazajos, chinos y mongoles, algunos de ellos refugiados políticos de dichos países y la mayoría emigrantes de las zonas pobres de China y Kazajistan. Esto no quiere decir que, a pesar de sus grandes logros sociales, Bidarán sea un país beatífico, pues existe un nivel alto de delincuencia debido al alcohol y las drogas, el aprovechamiento escolar es bastante deficiente a causa de la escasez de profesorado y las condiciones de vida en las poblaciones de difícil acceso de las montañas dejan bastante que desear. Con todo, el grado de protesta y denuncia de la sociedad es relativamente bajo, incluso en las pequeñas zonas marginales de emigrantes y en los medios estudiantiles, que tradicionalmente son los más ruidosos.

La administración y dirección del país se lleva a cabo mediante un equipo colegiado de setenta personas que se van renovando continuamente. El sistema para seleccionar los colegiados es único en el mundo y es algo de lo que los bidaranos se sienten más orgullosos. Todos los años se celebran los que se llaman Concursos Nacionales sobre los temas considerados más importantes para el país y cuyos ganadores pasan a formar parte del Colegio Director sustituyendo a los colegiados de su especialidad que ocupaban ese puesto. Así se renueva continuamente el órgano regente y se incorporan las ideas nuevas que aportan los ganadores. De esta forma, la dirección del país queda en manos de los más preparados de todas las disciplinas. Todo ciudadano, hombre o mujer de más de veinticinco años puede participar en las fases eliminatorias de cada especialidad y acceder a la fase final en la que presentan sus proyectos en el concurso definitivo

Este sistema de concursos para acceder a los puestos de dirección da lugar a una efervescencia cultural y científica en todos los niveles de la población, tanto en la capital Sigur de veinte mil habitantes, como en los más pequeños y remotos pueblos de las montañas, con menos de cincuenta vecinos. Como los proyectos finales se desarrollan a lo largo del año y sus resultados se van dando a conocer al público, se discuten animadamente por todos los habitantes, tanto en la prensa y en las redes sociales como en la calle, en el tranvía o en los bares. Todos quieren participar, pero solo los mejores consiguen llegar a ser finalistas, lo que ya de por sí les da una gran popularidad y prestigio social. Teóricamente son los mejores en Economía, Desarrollo Tecnológico, Administración, Sociedad, Artes y Literaatura, Educación y Patrimonio, las siete ramas en que se divide el Colegio Director.

Desgraciadamente todo este sistema corre el peligro de derrumbarse debido los asesinatos de varios de los finalistas de este año que han hecho cundir el pánico entre los participantes. Los Concursos se han suspendido, el Colegio Director está a punto de ser dominado por los miembros más radicales y simpatizantes de la política china y se ha amenazado con la intervención de una fuerza de emergencia con la excusa de descubrir a los culpables. Se ha informado a la población que las medidas tomadas son provisionales y las protestas están siendo duramente reprimidas.

Los proyectos que este año han atraídos el interés de la gente, sobre todo en la capital, han sido el de Literatura en su apartado de Cuentos —siempre el más popular aunque no tenga una repercusión práctica inmediata— y el de Administración Pública en su especialidad de Enterramientos y Cementerios, porque los de Desarrollo Tecnológico, Finanzas y demás, que se celebraban en paralelo no tenían ningún atractivo.

El concurso de los cementerios no ha sido reivindicativo ni polémico, pero sí mucho más próximo para el personal. En el país no existe una religión oficial y ni el budismo ni el lamaismo tienen muchos adeptos. De las religiones tradicionales solo el culto a los antepasados permanece arraigado en la sociedad bidarana, acompañado de una cierta identificación filosófica y ética con las enseñanzas de Lao-Tse y Confucio. La creencia en el espíritu de los muertos y el respeto a la memoria de los antepasados ha generado una concepción de las sepulturas y por tanto de los cementerios, sumamente singular (como la mayoría de las cosas en Bidarán), que ha llevado en los últimos años a elegir la congelación y las tumbas de hielo en lugar de la inhumación. Aprovechando lo cientos de glaciares de la zona se está extendiendo la costumbre de depositar los cuerpos en fosas cavadas en el hielo de los glaciares y cubrirlas con agua, dejando el cuerpo como en una urna de cristal y con el rostro, en muchos casos, piadosamente oculto tras un paño bordado de seda. La temperatura de los glaciares se mantiene constante a los largo de los siglos a más de veinte grados bajo cero. El dilema ahora es cómo organizar debidamente estos “enterramientos” creando cementerios subterráneos mediante la excavación de grandes salas iluminadas en el fondo de los glaciares, donde la gente pueda honrar y “ver” a sus difuntos. Es un tema que ha mantenido a la población bidarana en pleno debate durante todo el año.

El concurso de Cuentos y Relatos fue, desde que se convocó, el más esperado por la mayoría de la población, porque durante el proceso participaban hasta los niños y todos seguían con interés y hacían suyas las fantasías de los escritores. Esos relatos tenían luego gran difusión en los medios de comunicación, en las escuelas y en las bibliotecas.

Para la final de este año se habían seleccionado siete concursantes y, desde el principio, la gente ya estaba impaciente en ir recibiendo las muestras de sus escritos según salían de la Residencia donde estaban concentrados y que se publicaban en los periódicos y en Internet, como si se tratara de novelas por entregas. El sistema es bastante despiadado para los escritores, pues se sienten presionados, influidos o simplemente aterrados por toda esa masa de lectores que comenta, critica, aplaude o se ríe de sus fantasías. Pero era el juego.

Con este sistema los bidaranos, además de elegir a sus representantes, se divertían, tenían sus favoritos y muchas veces sus ideas se plasmaban en los resultados finales.

Nadie se podía imaginar que el Concurso Nacional de Cuentos y Relatos fuese a tener un final tan trágico, hasta el punto de provocar una crisis tan profunda en el país, como se describe a continuación. Para analizar el desarrollo de los acontecimientos es necesario presentar en este informe quiénes fueron los escritores finalistas y cuáles fueron los cuentos presentados, pues tuvieron una importancia clave en la secuencia y explicación de los crímenes.



03 . LA LEYENDA DE MUNKO



Primer concursante: Biuri, licenciado en Historia y Literatura, veintisiete años.
Título de la obra: La leyenda de Munko el pastor.

El pastor Munko estaba asustado por la terrible tormenta que le había sorprendido bajando de los montes Sayanes. Los truenos rebotaban en las paredes rocosas y el agua bajaba vertiginosa por los desfiladeros desbordando ríos y lagos. El rebaño de yaks se había dispersado y él buscó refugio en una cueva próxima al camino, esperando que cesase el aguacero. Como temía más a los rayos de la tormenta que a la oscuridad se metió hacia el interior de la caverna donde las descargas eléctricas no llegaban y los truenos se quedaban apagados en los primeros recovecos. Las cuevas siempre habían tenido para Munko un atractivo especial, mezcla de misterio y temor, provocado sin duda por la lectura de los cuentos y libros de aventuras de su niñez. Cada vez que entraba en una cueva desconocida tenía la sensación de estar a merced de fuerzas ocultas que podrían atraparlo para siempre, pero que al mismo tiempo actuaban sobre él como un imán y le invitaban a aventurarse en sus profundidades. Llevaba una pequeña linterna en el bolsillo porque más de una vez le había cogido la noche en el camino y no tuvo reparo en meterse dentro de la caverna lleno de curiosidad y atrevimiento, hacia la oscuridad y los sonidos propios del mundo subterráneo. Según seguía adelante el eco de sus pisadas se fue haciendo cada vez más ostensible en aquel profundo laberinto, solo roto hasta entonces por el sonido de las gotas de agua y el fluir de pequeños riachuelos transparentes. El juego de las sombras moviéndose con la luz de su linterna y el eco de los ruidos desde rincones invisibles fue haciendo mella en el ánimo de Munko a pesar de ser un hombre de la montaña fuerte y valeroso. Le dio la sensación de que los espíritus del mundo subterráneo estaban despertando con la entrada del intruso. Él no pretendía molestarlos, no obstante les pidió perdón. Se había refugiado allí por la tormenta y entraba hasta las profundidades solo por si encontraba alguno de los yaks perdidos de su rebaño. Siguió metiéndose en la cueva cada vez más adentro. Ni rastro de ganado. Flotaba en el ambiente un aliento mágico y siniestro y le parecía oír siseos por las esquinas ocultas. Para distraerse y alejar los temores le dio por pensar que era un hombre primitivo. “Las ropas se le habían convertido en pieles y la linterna en antorcha y él seguía avanzando por el retorcido pasadizo, cada vez más agachado y receloso, husmeando en la oscuridad profunda. Podía haber un oso de las cavernas en su sueño invernal o un chamán con las manos teñidas de rojo, dejando su huella en las paredes más recónditas. Estaba sólo y la llama se iba reduciendo poco a poco. Miró hacia atrás y hacia delante y estaba todo negro. Empezó a temer que no iba a poder encontrar el camino de salida. Pero, era un hombre valiente y no sabía lo que era la claustrofobia ni la ansiedad”.
Se sentó a descansar un rato. El silencio era total, salvo el ruido de una gota de agua que cada cierto tiempo caía sobre la piedra cerca de él, rítmicamente y sin parar. Las pilas de la linterna estaban a punto de consumirse y el último resplandor iluminaba una pequeña estalagmita como la yema de un huevo donde iba cayendo el agua y a la que se quedó mirando como hipnotizado por su exacta y constante repetición. Finalmente se apagó la luz y en la oscuridad y el silencio imperantes solamente se siguió oyendo, muy espaciado, el sonido de la gota al caer, limpio y cristalino, rítmico, hipnótico, eterno…Se fue quedando adormilado. Poco a poco dejó de sentir el cuerpo, que fue perdiendo consistencia y se empezó a diluir y a evaporar y notó que iba ascendiendo como el vaho de la escarcha al amanecer, impregnando la bóveda negra de la cueva. Fue transcurriendo el tiempo, imposible saber cuánto, y, finalmente, su yo vaporizado empezó a condensarse al contacto con la piedra fría, y, convertido en agua carbónica, fue resbalando lentamente por una enorme estalactita, hasta caer en el vacío y chocar contra el suelo. ¡Clink!... ¡Clink!... En su mente adormecida se fue formando una consciencia nueva, una imagen con el último brillo de una forma cristalina y un sonido musical de fondo, como un mantra, que se repetía eternamente. Pasó el tiempo, sin prisas, y lentamente empezó a coger consistencia y se fue materializando.
Munko se despertó helado de frío. Estaba mojado de arriba abajo y le dolía la cabeza en un punto, como si le hubiesen torturado con la gota china. Un tenue resplandor de un relámpago se coló por un agujero de la bóveda. Justo le dio tiempo para vislumbrar por dónde quedaba el camino de salida. ¿Cuánto tiempo había estado durmiendo? Ni idea. También pudo ver en ese instante de luz que toda su ropa, incluso sus manos, estaban cubiertas por una capa de hielo de color azulado. Así que tenía tanto frío, se dijo. Intentó frotarse el cuerpo y sacudirse pero notó que estaba tan rígido que no podía moverse. Además aquel hielo era especialmente duro, como el cristal, y el color azul debía ser efecto de la luz del relámpago. Era cosa de salir de la cueva lo antes posible, pensó, porque se debía estar congelando y con un poco de aire se le iría enseguida. Cuando se dio cuenta de la verdad, le empezó a entrar el pánico. Aquello que le cubría no era hielo sino carbonato cálcico cristalizado, el material con el que se forman las estalactitas y las estalagmitas. Afortunadamente el agua carbónica en su caída no le había tapado los agujeros de la nariz, los oídos y la boca y en los ojos le había dejado dos ranuras gracias a las cejas y pestañas. También la holgura de la ropa le permitía mover los pulmones y respirar. Mirando de reojo y palpando con la lengua pudo comprobar que la capa de cristal que le cubría podía tener unos tres o cuatro milímetros de espesor. ¿Cuánto tiempo llevaba dormido? No quiso ni pensar en lo que aquello significaba, pero empezaba a temer que estaba bajo los efectos de un maleficio de los genios de la montaña y que lo que parecía un mal sueño era la pura realidad. ¡Estaba envuelto en una coraza de piedra! Lanzó tal aullido de terror que algunas estalactitas débiles se rompieron y cayeron alrededor, con chasquidos siniestros que rebotaron por toda la cueva. “Bueno”, se dijo, “mantengamos la calma. En realidad, esto no es más que una especie de cáscara de calcita y a corto plazo no tiene por qué causarme problemas, solo tengo que arreglármelas para poder moverme y romperla”. Se acordó de pronto de que cuando se despertó estaba sentado y pensó que tensando todos los músculos al máximo y levantándose, la cáscara saltaría por los aires. Pero, no; lo único que consiguió fue despegar todo el bloque del suelo y caer rodando por la pendiente hasta dar con la cabeza en el fondo de una grieta. Le sonó como una campana grande dentro del cráneo, pero no se rompió ni la envoltura ni la cabeza. “Si no llego a ponerme el casco me la hubiese partido”, se rió de sí mismo. Aprovechó el hecho de que estaba tumbado para, moviendo los pies, intentar asomarlos un poco por fuera de la cáscara, cosa que consiguió con mucho esfuerzo y pudo sacar las piernas hasta algo más arriba de las rodillas. Se incorporó apoyándose en la pared y dio unos cuantos pasos. Recordó a los animales que andan sobre las patas sin brazos ni manos. Estuvo bastante tiempo pensando en la forma de liberarse, pero no se le ocurrió nada. Afortunadamente, nuevos relámpagos se colaron por las grietas del techo y eso le dio ánimos y le mostraron el camino de salida de la cueva. Se animó a iniciar la marcha, vacilante y confuso. Una vez de pie parecía una grotesca figura de los carnavales de su pueblo, de los que solo pueden mover las piernas mientras avanzan dando vueltas. Pero podía andar, que era lo importante. Así, por lo menos, intentaría salir de la cueva aunque estuviese inmovilizado de los muslos hacia arriba. Desde luego los golpes contra las paredes no los iba a sentir. Cada vez que tropezaba y se caía, quedaba en el suelo como una tortuga dada vuelta y le costaba ponerse de pie. Más de una vez se lanzó corriendo contra la pared, golpeando con la cabeza para ver si cedía la cáscara pero solo consiguió quedarse medio sordo por el ruido y atontado por el golpe. Por fin, milagrosamente, Munko, la roca viviente, salió al exterior.
Los árboles y la vegetación apenas habían crecido unas décimas durante el tiempo que había estado dentro, de donde dedujo que no había pasado mucho tiempo en el interior. Entonces, ¿cómo se explicaba la formación de la capa de calcita? No quería pensar en los espíritus de la cueva y en un posible encantamiento. Nunca se había metido con ellos ni se había reído de sus poderes. Lo que tenía que hacer era encontrar algún taller de cantero o herrería para romper la pesada envolvente. Había pasado la tormenta y se fijó que la luz de la luna, iluminando las montañas nevadas, le daba a su caparazón un resplandor fluorescente, que casi le iluminaba el camino. Lo que no podía saber era que también lo convertía de paso en un fantasma terrorífico. Lo pudo comprobar cuando se acercó a la choza de un pastor. La zona era muy agreste y estaba prácticamente despoblada. Empezó a sentir miedo. Los aullidos de los perros le pusieron los pelos de las piernas de punta (¿cómo se iba a defender si le empezaban a morder como fieras?); pero cuando salió el pastor de la cabaña y empezó a correr cuesta abajo, como alma en pena, con lo perros detrás, se dio cuenta de que quien causaba más miedo era él. Eso le hizo cambiar de perspectiva. A favor y en contra. Podía aterrorizar a los aldeanos y robarles lo que quisiera, eso por un lado, pero, también, podían seguirle a tiros y no dejarle acercarse a ningún sitio habitado. De momento, aprovechó la choza para descansar y comer lo que había dejado el hombre junto al hogar: pan y queso, a base de mordisquearlos como un ratón, apretándolos contra el suelo. ¡Perfecto!, se lo iba a pensar con tranquilidad, porque el asunto merecía la pena. Estaba seguro de que en el momento que quisiera se desembarazaría de aquella armadura pétrea (había intentado
Lo primero que hizo fue dirigirse a su pueblo, situado en uno de los remotos valles del río Ob y acercarse a su casa. De allí lo echaron los perros, que afortunadamente no se atrevieron más que a ladrar y también a base de tiros con escopeta de perdigones; las bolitas de plomo le rebotaban en la cáscara sin hacerle daño, pero se le clavaban en las piernas. Sus propios hijos le dispararon. Por mucho que gritaba ¡soy Munko!, ¡Fariya soy yo, tu marido!, como la voz le salía distorsionada nadie le reconocía, ni siquiera su propia mujer escondida por el miedo detrás de la ventana, y tuvo que huir corriendo. Comenzó así un periplo dramático que se convirtió pronto en leyenda. Estuvo deambulando durante días por las montañas de Altái. Comía lo que se dejaban los pastores en las cabañas abandonadas y algunas verduras de las huertas; si alguna vez se acercó a una cabaña habitada en busca de ayuda, los valientes que no huían lo echaron a pedradas. Se corrió la voz de que un monstruo de cuerpo de piedra, sin brazos y con piernas humanas, se refugiaba en la montaña, ahuyentaba a los rebaños y a los pastores, robándoles la comida (si se agachaba podía agarrar cosas con las manos), incluso había llegado a matar una oveja aplastándola con su cuerpo (en realidad fue porque se cayó encima cuando iba corriendo). Se convirtió en la extraña versión del viejo yeti de los cuentos. Hicieron batidas para acabar con él, pero Munko se refugiaba en el fondo de la cueva que le vio nacer con su nueva apariencia y nadie pudo encontrarlo. Fariya, su mujer, se preguntaba por dónde andaría su marido que llevaba tiempo sin aparecer por casa. Se habrá ido a la capital, pensaba,º y no podrá volver por la nieve.
La situación comenzó a ser desesperante para Munko. Así no podía continuar. Estuvo a punto de sentarse de nuevo en el mismo sitio de la cueva y dejar que la Naturaleza terminase su labor y lo convirtiese definitivamente en una roca más de la cueva, pero le faltó el valor para dejarse morir de hambre y de sed, con una gota resonando constantemente en su cabeza. Aquello hubiese sido una triple tortura. Lo que sí probó fue la solución del rayo. Subió al peñasco más alto de la montaña una noche de tormenta, y se puso derecho apuntando a las nubes, pero las descargas eléctricas parecían esquivarlo. Fue un espectáculo grandioso verlo como un faro de luz azul gritando al cielo en la cumbre de la montaña.
Llegó un día en que ya no pudo más. Buscó un cortado a pico en las laderas del monte Chapchan y se tiró de cabeza al vacío para estrellarse contra el suelo, cincuenta metros más abajo. Saltaron en pedazos los cascotes de aquel pedrusco viviente y rodaron hasta el fondo del valle, mientras el cuerpo de Munko quedaba sujeto entre los arbustos de la base del precipicio. Había muerto.
Unos días más tarde, unos montañeros encontraron el cadáver. Avisaron a su familia y lo enterraron en el cementerio del pueblo. La gente se preguntaba qué andaría haciendo Munko por aquellos parajes. Lo habrá cogido la niebla, decían, pero es raro, porque llevaba tiempo desaparecido y la muerte era muy reciente. ¿Dónde había estado todo este tiempo?
A la leyenda del monstruo de piedra se unió, en las charlas junto al fuego, lo sucedido a Munko, que muchos atribuían a un hechizo del Espíritu de la Montaña que, según decían las viejas del pueblo, tenía su morada en la cuevas, cerca de donde apareció su cuerpo. Nadie asoció las dos historias, excepto su mujer, que ahora recordaba con un estremecimiento los gritos de aquel fantasma que echaron del pueblo. 

04 . LA TABERNA DE LOS POETAS



La Taberna de los Poetas es el bar más popular de la capital donde se reunen estudiantes, profesores, escritores y artistas para discutir acaloradamente sobre los temas del momento y tomar sus bebidas preferidas el kymis y el arika, leche de yak fermentada y destilada respectivamente. Con una se acaloran y con la otra se emborrachan perdidamente. Es un local muy amplio, decorado como un templo tibetano, y con distintos ambientes, lo que favorece que los clientes se repartan en las diferentes mesas según sus gustos, profesiones y edades, sin ninguna separación entre hombres y mujeres. Porque las bidaranas son por lo general de fuerte carácter, siempre sonrientes, de voces agudas y que beben tanto como los hombres. Ideal para aquella taberna donde se discute de todo a voz en grito.

El relato del pastor Munko fue recibido con gran entusiasmo y generó intensos debates. Unos —los de más edad— opinaban que el pastor no se debía haber suicidado sino que podía haberse caído por el precipicio accidentalmente. Otros —un animado grupo de jóvenes empleadas de las fábricas de medicinas— decían que la mujer del pastor tenía que participar más en la historia. Un profesor de física afirmó que lo del tiempo que tarda Munko en convertirse en piedra no estaba bien explicado, lo que generó una fuerte discusión entre varios estudiantes. Una mujer de cierta edad se levantó de entre un grupo de señoras con aspecto de brujas y dijo que el cuento ganaría mucho más presentándolo como un encantamiento y haciendo aparecer al Genio de la Montaña en algún diálogo con el pastor; intervención que fue aplaudida ruidosamente y las viejas brindaron muy contentas con sus vasos de arika hasta arriba, dando una especie de aullidos como las aldeanas de los pueblos de montañas (que de hecho lo habían sido y no se habían adaptado del todo a la sociedad urbana). En medio de la algarabía se alzó la voz potente de un hombre joven de rasgos asiáticos muy definidos y bigotes lacios y largos al estilo de Gengis Khan:

—¡No tenéis ni idea! —clamó, haciendo acallar las voces— ¿No os habéis dado cuenta de que esta historia es una alegoría? El hombre inmovilizado por la acción sistemática y constante de la educación reaccionaria, endurecido por la rutina, petrificado por la inacción, empujado finalmente al suicidio por...

—¡Fuera! Fuera! —gritó la mayoría de los presentes, sin dejarle acabar—. ¡Vete a Mongolia! (Se trataba del revolucionario oficial de la ciudad, de origen mongol, al que llamaban Ogodei, algo tocado de la cabeza, que acostumbraba a soltar discursos por las plazas de Sigur).

Biuri, el autor del cuento, reunido con sus amigos, en el rincón de los escritores, tomaba nota e incluso algunas veces intervenía, escudado en su anonimato, y se permitía lanzar comentarios para provocar más debate.

Durante dos semanas estuvo la historia de Munko en boca de todos y la gente estaba pendiente ya del escrito del segundo finalista, cuando un hecho trágico conmocionó a los tertulianos de la Taberna de los Poetas y a la ciudad entera. Biuri apareció muerto en un callejón cercano a la Residencia donde había acudido a retirar sus cosas y despedirse de los otros concursantes. Tenía la cabeza y el tronco cubiertos por una masa de hormigón casi endurecido, que dejaba únicamente al descubierto las piernas, y cuando el hormigón fue retirado, se le pudo ver una herida mortal en la frente.

El crimen supuso un sobresalto enorme para la sociedad bidarana, especialmente para los ciudadanos de Sigur. Era una situación dramática a la que no estaban acostumbrados. No había crímenes sangrientos en aquella sociedad educada en la no violencia. La única prisión del país estaba llena de ladrones, traficantes, culpables de delitos sexuales y algunas peleas, pero los recluidos por homicidios se podían contar con los dedos. El Detective Jefe Ivan Surikov, de ascendencia rusa, director de la Ayuda Ciudadana, se encargó de la investigación al mando de media docena de detectives.

La primera idea de Surikov fue que se trataba de un acto de rivalidad de alguno de los otros finalistas del concurso, dada la pasión con la que se vivían estas competiciones, y quizá debido a un exceso de alcohol o drogas. Pero después de interrogar a los demás finalistas –una novelista famosa, un periodista, tres escritores y una bibliotecaria—, todos ellos horrorizados con lo sucedido, no le quedó tan claro. Aquella puesta en escena del asesinato, con la macabra representación de Munko con su caparazón, hacía pensar que la idea se le había ocurrido al asesino después de conocer el cuento. Sin embargo, no se encontraron huellas, ni el arma homicida, ni herramientas para hacer el hormigón, ni restos de cemento... y ello hablaba de una preparación y ejecución del crimen muy meticulosa.

Más probable le parecía a Surikov que existiese alguna relación del asesinato con el sistema de elección de miembros del Colegio de Directores, pues la víctima era unos de los candidatos a ocupar un puesto en la próxima renovación del órgano directivo. Tendría que investigar en esa línea, pero eso le llevaba a considerar sospechosos nada menos que a los setenta colegiados del gobierno. Era un asunto delicado que tendría que llevar con paciencia y suma discreción, al margen de los medios de comunicación y de los comentarios de la gente. También debía tener en cuenta al charlatán de Ogodei Khan que podía haber cometido el asesinato en un arrebato de su radicalismo mongol.

Pero mientras que Surikov y sus agentes empezaban a tomar contacto con la organización del concurso, se hacían con la lista de finalistas, de los miembros del Colegio y de todo el rosario de posibles sospechosos, la población ya había pasado el crimen a un segundo plano y estaba pendiente del siguiente cuento, incluso con más pasión que la acostumbrada.

Así que dos semanas después se presentó a los medios la segunda de las obras a concurso.


05 . EL TIBETANO






En Burdeos, Durga miraba a la pantalla del ordenador satisfecho de haber arrancado el informe a buen ritmo y recordando los detalles para el siguiente capítulo. Ya solo era cuestión de seguir cronológicamente los hechos. Cerró el portátil y salió a la calle pues tenía que ir dar clases de inglés a unos emigrantes argelinos que querían pasar al Reino Unido. Por un par de horas, dos días a la semana, les cobraba una miseria, pero eso le justificaba delante de las autoridades francesas, aunque al salir de Bidarán había conseguido sacar cerca de tres mil yuanes chinos con los que pensaba aguantar unos meses, antes de regresar a su país. Su permiso de residencia esperaba en alguna mesa oficial en situación de “en trámite”. Estaba seguro de que era la primera vez que los agentes franceses veían un pasaporte bidarano.

Después de la clase llamó a Hoshi y quedaron para comer en un restaurante italiano.

—Mi jefe es increíble —contaba este último, mientras cogía hábilmente los espaguetis con los palillos que solía llevar en el bolsillo—, se cree que todos los tibetanos somos monjes con la cabeza al cero. Y cuando me he quedado mirando los pechos de la secretaria al agacharse no se lo podía creer y se partía de risa.

—Eres un salido, Hoshi. ¿Es que no hay mujeres en el Tibet?

—Muchas más que hombres, y tenía bastante éxito, pero estas occidentales de caras pálidas y ojos grandes, que parecen asombradas, me atraen un montón.

—Tenemos que ir una tarde a los bares del centro a ver si ligamos.

—Genial, yo en tibetano y tú en bidarano. Verás qué triunfo.

—He oído que en esta ciudad entre estudiantes y emigrantes te encuentras todas las razas. Con un poco de chino, el inglés que yo sé y el francés que estás aprendiendo ya nos apañaremos. Tú, de entrada, solo tienes que sonreír, que es lo tuyo. 
—Como debe ser. Y tú vas de poeta exótico.


—¿Sabes lo que nos haría falta, Hoshi? Un coche.
—¿Quieres robar un coche, Durga?
—No seas americano. Compraríamos uno superviejo.
—¿Con qué dinero?
—Tengo un depósito de yuanes de reserva.
—¿Sabes conducir? —preguntó Hoshi sorprendido.
—Claro, coches eléctricos. En Bidarán con toda la energía hidráulica que nos sobra la tecnología de los motores eléctricos está muy avanzada. Se fabrican coches eléctricos para la Ayuda Ciudadana y para algunos cargos importantes, e incluso está en pruebas un prototipo de helicóptero eléctrico. La gente no usa los coches porque la red de tranvías es excelente y alcanza lugares donde el coche no puede llegar. A mí me ha dejado alguna vez usarlo el Detective Jefe que es amigo mío.
—¿Eres amigo del Jefe de Policía?
—Pues sí. ¿Te extraña?
—¡No me va a extrañar!—exclamó el tibetano, cada vez más asombrado. ¿No tendrá eso que ver con tu exilio aquí y el informe que estás escribiendo?
—Termina los espaguetis y no hagas más preguntas, Hoshi.

—La última, antes de ir a mirar coches usados. ¿Quiénes de tu país saben que estás aquí?
—El director de Ayuda Ciudadana y mis padres.
—¿Tienes contacto con ellos?
—Esa es una más— contestó Durga, riendo. Pues sí. Tenemos un sistema a través de correos que funciona. ¿Por qué no me cuentas algo de tu vida? ¿Tienes novia en el Tibet? ¿Te has escapado de algún monasterio budista?
—¡Qué gracioso! —dijo Hoshi—. No, no tengo novia ni he sido monje. Mi historia es más prosaica y vulgar que la tuya. Como yo hay miles de tibetanos en Nepal y la India. Participé el año pasado en una manifestación independentista en Lhasa en la que hubo varios policías chinos heridos. Aparecí en la lista de fichados en busca y captura y tuve que escapar (me jugaba diez años de cárcel). Luego, en Katmandú, me avisaron que agentes de la policía secreta china andaban detrás de mí y salí disparado para Europa. Con cuatro yuanes y lo puesto llegué a Burdeos y pedí asilo político. Busque trabajo, me concedieron el asilo y aquí estoy buscando novia y ayudando a un policía bidarano— terminó, riéndose al estilo sherpa.



06 - HISTORIA DE PHILIPPE DUBONIER




Segundo concursante: Puku. Escritor. Cincuenta y cinco años.

Título de la obra:  Historia de Philippe Dubonier.



En un lejano país de Occidente reinaba un soberano querido y admirado por todos los ciudadanos. Era poderoso en la guerra, implacable con sus enemigos, pero bondadoso y atento con todos sus súbditos. De gran sabiduría y sentido el humor, amaba la música, las artes y los jardines y su reino era la envidia de los países vecinos.

En la capital de este reino vivía el rico comerciante Armand Dubonier con su anciana esposa y un hijo de treinta años llamado Philippe, al que habían educado con mucho esmero pero excesivos caprichos.

Cuando murieron sus padres Philippe heredó una cuantiosa fortuna. Enseguida se rodeó de una serie de camaradas a los que él consideraba amigos nobles y consecuentes. Amante de los convites y celebraciones, el joven se dedicó a organizar grandes fiestas en su palacete, consiguiendo que en pocos meses la fortuna heredada de su padre se fuese disolviendo hasta casi desaparecer. Se acabaron los banquetes y con ellos se fueron yendo los amigos, que se alejaron de su lado uno tras otro.

Herido por la ingratitud de sus falsos camaradas, el desengaño de Philippe fue terrible y derramó abundantes lágrimas, pues ignoraba que los hombres, por lo general, vuelven la espalda a los pobres y desgraciados.

Después de aquello, el joven hijo del comerciante Dubonier juró no volver a invitar a su casa a nadie de la ciudad sino a un forastero cualquiera y solo por una noche para no crear lazos innecesarios. Y como le seguían gustando las celebraciones en compañía, así lo estuvo haciendo a partir de entonces, en un plan más modesto, colocándose a la entrada de la ciudad y eligiendo al invitado de turno.

Una tarde que estaba Philippe, como de costumbre, en el puente de entrada, acertó a pasar por allí el mismísimo rey del país disfrazado de comerciante, cosa que solía hacer acompañado por un criado, con el fin de conocer de cerca la vida de sus súbditos.

Philippe, creyendo que se trataba efectivamente de un comerciante de fuera de la ciudad, se acercó al rey y le invitó a cenar en su casa, explicándole que solo lo podía hacer esa noche. Aceptó el rey, extrañado por la condición impuesta, y juntos fueron a la mansión del joven donde este le sirvió ricos manjares y contó a su huésped la razón de su proceder. El rey quedó muy impresionado por el desprecio y abandono de sus amigos y aprobó la sabia resolución del joven. Terminada la cena, el monarca expresó su gratitud calurosamente a Philippe y quiso recompensarle de alguna forma, por lo que le ofreció su ayuda en cualquier necesidad que tuviese, haciéndole saber que a pesar de ser un comerciante forastero contaba con poderosas influencias en la ciudad.

—No soy ambicioso y no quisiera abusar de vuestro ofrecimiento —dijo Philippe—, pero hay una cosa que me produce una pena constante. El párroco de la iglesia de mi distrito es un viejo cascarrabias, hipócrita y de mala lengua que con otros cuatros viejos de la parroquia no paran de murmurar y calumniar a los vecinos del modo más indigno. Si fuera el rey durante veinticuatro horas ordenaría que les den cien palos a cada uno de ellos a ver si dejan en paz a los habitantes honrados y pacíficos.

—Me parece justo el escarmiento que propones y no creo que me resulte difícil de conseguir, haciendo uso de mis influencias —replicó el rey.

—No os burléis de mi extravagancia. Es imposible que el monarca acceda a eta ridícula pretensión mía.

—Ya veremos —dijo el falso comerciante—. Debo marcharme ya y agradezco en gran medida vuestra hospitalidad pero, antes de despedirme, permitid que os sirva algo de vino.

Y el rey con un hábil gesto vertió unos polvos que siempre llevaba consigo en la copa de Philippe. Este bebió el vino con placer y unos segundos más tarde quedó sumido en un profundo letargo. El criado cargó con el joven y fueron al palacio real donde entraron por la puerta secreta que siempre utilizaban sin que nadie se enterara. Mandó el rey al criado y a su ayuda de cámara que le quitaran a Philippe la ropa que vestía y que le colocaran en su propio lecho.

A continuación el rey reunió a todos sus ministros y oficiales de la corte y les explicó que durante veinticuatro horas debían considerar a aquel hombre como si fuese el rey, obedeciéndole ciegamente en todo lo que ordenase. Todos entendieron que el soberano, muy aficionado a las bromas, quería divertirse a costa del joven comerciante y se inclinaron profundamente en señal de respeto y sumisión. El rey pasó la noche en una sala adjunta, separada por una cerrada celosía, para  poder seguir el espectáculo a sus anchas.

A la mañana siguiente, el ayuda de cámara mojó la nariz de Philippe con una esponja untada en vinagre y este despertó de golpe. Lo que vio le pareció un sueño y se dio la vuelta para seguir durmiendo, pero el criado le dijo:

—Majestad, permitidme anunciaros que es la hora de asistir al Consejo de ministros que os está esperando para la reunión de los viernes. Le vistieron con la ropa del rey y acudió aturdido al salón del Consejo sin saber dónde estaba, mirando atónito sus ropajes y los brillantes salones por donde pasaba, y preguntó uno por uno a todos los ministros que quién era él. Todos le contestaron que era el rey Luis XIV, al que se le llama el rey Sol, el amado por sus súbditos y temido por sus enemigos, mientras hacían una profunda reverencia.

Viéndose a sí mismo en un gran espejo, con aquellos vestidos tan espléndidos, rodeado de aquel lujo extraordinario y con semejantes personajes rindiéndole pleitesía, se convenció Philippe de que realmente era el Rey de Francia y que Dios había obrado una maravilla. En vista de eso, se tomó en serio su nuevo papel. Se ocupó de los asuntos del día, que resolvió con notable acierto, ante el asombro del mismo Luis XIV, que seguía observándolo todo desde detrás de una celosía.

Terminado el Consejo, mandó Philippe llamar al jefe de la guardia real y le dijo:

—Id sin pérdida de tiempo a la iglesia de San Eustaquio y apoderaos del párroco y cuatro viejos que siempre están con él. Los montáis en burros vestidos de harapos y los paseáis por el centro de la ciudad. Luego, le dais cien palos a cada uno en castigo por su maledicencia.

Unas horas más tarde volvió el oficial con la orden cumplida y el falso rey quedó satisfecho. El resto del día lo pasó Philippe contemplando los jardines reales y los salones del soberbio palacio con sus esplendidas riquezas. Disfrutó finalmente de un gran banquete al compás de la música y a los postres el primer ministro le presentó una copa de oro con vino preparado de antemano. Philippe la bebió con sumo placer e inmediatamente cayó al suelo como fulminado, igual que la noche precedente. Apareció entonces el rey Luis y ordenó que le vistieran con los mismos vestidos que había traído el día anterior y lo llevasen a su casa dejándolo tendido en su lecho.

Así lo hicieron y cuando el joven despertó al día siguiente, se llevó tal sobresalto al contemplar su modesto dormitorio, que comenzó a dar gritos pidiendo que se acercase inmediatamente su ayuda de cámara y luego el primer ministro. Acudieron, no los servidores reales, sino los vecinos ante tal escándalo e intentaron calmarlo, pero él seguía dando grandes voces asegurando que era el rey Sol y que le atendiesen como era debido. Quisieron todos convencerle mostrándole la casa y señalando su vestido pero él seguía clamando que era el monarca y se puso finalmente tan violento, dando patadas y puñetazos a los que le rodeaban que tuvieron que sujetarlo y llamar a los loqueros, que sin tardar le llevaron atado de pies y manos a un manicomio donde se encerraban a los lunáticos peligrosos. Allí pasó cierto tiempo en aquellas penosas circunstancias, molido a golpes cada vez que se rebelaba, hasta que el clérigo que le visitaba, le fue haciendo entrar en razón, y finalmente el joven acabó reconociendo que era Philippe Dubonier y que había sido juguete de una ilusión y que el comerciante que había recibido en su casa era la causa de sus infortunios. Con esa confesión y debido a su buen comportamiento consiguió salir de la casa de locos y volvió a sus antiguas costumbres, es decir a invitar a cenar a los forasteros que llegaban a la capital del reino.

Una tarde, estando sentado junto al río, vio venir al Rey disfrazado de comerciante, como en la primera ocasión. El monarca, que ya conocía las penalidades que había tenido que soportar el joven, traía la intención de compensarle generosamente por la broma pasada. Philippe en vez de corresponder al saludo dio la espalda al rey visiblemente enfadado sin decir una palabra.

—¿Qué es eso? —le dijo el rey—, ¿acaso no me conocéis? Soy...

—Sí, ya sé quién sois, el desalmado comerciante que arruinó mi vida con algún hechizo que me hizo creerme Rey. El hombre que me hizo volverme loco hasta el punto de ser encerrado en una jaula como una fiera furiosa. Mirad como tengo la espalda. Y le enseño la espalda y los brazos llenos de horribles marcas de los golpes de los loqueros.

El Rey sintió lástima y horror ante aquel espectáculo y abrazó repetidas veces al joven diciéndole que seguramente todo debía haber sido producto de un malentendido y acabó rogándole que le invitase a su casa para beber juntos y consolarle de las penas sufridas.

Philippe, que era un hombre inocente y bueno, consistió al fin y poco después cenaron muy a gusto, celebrando la noticia que circulaba por la ciudad de que al párroco de San Eustaquio el rey había ordenado que le diesen cien palos por dedicarse a la murmuración y la calumnia.

Al acabar la cena, el Rey Luis ofreció a Philippe una copa de vino con los polvos correspondientes diciendo:

—Bebamos a vuestra salud con la promesa que os hago de convertiros en el hombre más feliz de la tierra.

Bebió el vino el ingenuo joven e inmediatamente cayó al suelo dominado por el narcótico. Cargó el criado con el cuerpo inerte y lo llevaron al palacio real depositándolo en la cama del rey que ya había ocupado antes. A la mañana el rey ordenó colocarse a todos los ministros y los principales señores de la corte alrededor del lecho y un conjunto de músicos interpretó alegres melodías cuando el joven Philippe despertó.

—¡Ay! —exclamó el pobre hombre mirando a uno y otro lado con asombro y tristeza—. Aquí estoy de nuevo presa del mismo sueño que tantos palos me ha costado en el manicomio. De todo ello tiene la culpa un mal hombre que anoche recibí en mi casa y que seguramente será un brujo poseído por el demonio que me ha hechizado por segunda vez. Se levantó el joven del lecho y un ministro se acercó a hablarle tratándole de Majestad, Rey Sol y elegido de Dios.

—¡Apártate de mí, Lucifer! —gritó Philippe tapándose el rostro mientras el Rey, detrás de la celosía, se moría de risa.

Los oficiales y cortesanos obedeciendo las órdenes reales se pusieron a bailar al son de la música rodeando al infeliz joven, quien después de dar grandes gritos, decidió sumarse a la fiesta empezando a saltar y contorsionarse con grandes aspavientos.

En ese momento apareció el Rey de detrás de la celosía y con un gesto hizo callar a los músicos.

—¡Philippe Dubonier! —exclamó Luis XIV, con voz potente—. Deja ya de bailar porque me va a dar un ataque de la risa.

Dejaron los músicos de tocar y pararon los danzantes, haciéndose un profundo silencio. Philippe volvió la cabeza reconoció al monarca como el comerciante que había invitado y se dio cuenta en seguida de que todo había sido verdad y no había sido víctima de un sueño. Supo mantener la calma y reprochó al Rey la crueldad de su conducta para un hombre que no le había hecho ningún daño.

—Tienes razón —dijo el monarca—, y me arrepiento de mi proceder. Pero ya tenía pensado recompensarte. De ahora en adelante vivirás en el palacio, recibirás cien escudos de oro todos los meses y estaré dispuesto a concederte todo lo que me pidas.
Philippe se inclinó delante del Rey Sol, dando las más expresivas gracias por su bondad y por bien empleadas las penalidades sufridas.



07 . EL PLAGIO Y EL VENENO






Al terminar de leer el Delegado el cuento de Dubonier, una salva de aplausos se desató en la Taberna de los Poetas. Era un lenguaje que entendían todos y el exotismo de las lejanas tierras de Occidente todavía estaba metido en el subconsciente de los bidaranos de cuando leían en la escuela las historias de Carlomagno y Julio César, sin olvidar el toque asiático que desprendía. Daba la impresión que la mayoría de los literatos y otros artistas que abarrotaban el local estaban a favor de la obra, si se tenía en cuenta los bravos provocados, pero enseguida empezaron a salir del público algunas críticas y comentarios negativos, que no hicieron ninguna gracia al autor Puku, que desde el rincón de los escritores veteranos daba por sentado que su cuento de Luis XIV ganaría el concurso con suma facilidad.

Una joven muy atractiva sentada cerca del pequeño estrado donde el funcionario tenía su mesa y su botella de akira, se levantó alzando la mano tímidamente y dijo que no le gustaba el cuento porque no salía en la historia ni una sola mujer. A ver dónde estaban la Reina, las cortesanas y las amigas de Philippe. Y se sentó ruborizada aceptando el beso que le estampó en la mejilla su acompañante. Fue abucheada por todos menos por las señoras con pinta de brujas que seguían vaciando vasos de aguardiente a más velocidad que nadie.

—El lenguaje empleado por el autor es grandilocuente y suena muy arcaico —dijo un joven de la cuadrilla de los poetas, cuando se fue apagando el ruido

—Está escrito así a propósito. ¿Cómo crees que se hablaba en el siglo XVII en Europa? —contestó un señor canoso del grupo de Puku.

—¿Lo sabes tú? —replicó el joven poeta de pie con su vaso de akira en la mano. Apuesto a que no sabes ni quién era Moliere. Pregúntaselo al autor, que seguro que se sienta en tu mesa.

Una algarabía de gritos, silbidos y aplausos saludó las palabras del poeta, mientras sus amigos levantaban los vasos y brindaban por él ruidosamente. Iba a contestar el hombre canoso cuando se alzó desde el fondo una voz estentórea que hizo callar a todos los presentes. Quién iba a ser sino el popular imitador de Gengis Khan, el radical revolucionario del pueblo que no podía estarse callado si tenía delante a más de dos personas.

—No tenéis ni idea —empezó como casi siempre el bueno de Ogodei, entre gritos de ¡fuera! y ¡vete a Mongolia!

—Tanto poeta, tanto escritor ¿y ninguno se ha enterado que este cuento es un vergonzoso plagio?—, siguió Ogodei, sin inmutarse.

Hubo un gran revuelo entre los asistentes y de pronto el local se quedó en silencio.

—Dejadle hablar —dijo alguno.

El funcionario de la organización del Concurso, dejó de beber y afinó el oído.

Continuó Ogodei, satisfecho:

—¿Sabéis de dónde proceden muchas de las historias del libro de “Las mil y una noches” que os han leído en las escuelas y que muchos de aquí lo tienen en sus estanterías? Pues de Mongolia, no de Persia como se suele repetir.

Se oyeron murmullos por todo el recinto, afirmando unos y negando otros esta declaración del belicoso mongol.

—Pues bien, uno de los cuentos más conocidos, precisamente el que hemos escuchado esta noche en versión afrancesada procede originariamente de Mongolia en tiempos del Califa Harun al Rashid en el siglo VIII, y fue transmitido oralmente por todo el Asia Central. Podéis ir corriendo a la biblioteca y confirmarlo y luego seguimos hablando.

—Eso no es un plagio —saltó Puku, en defensa de su obra, aunque nadie podía saber que él era su autor—. Puede ser, en efecto un cuento de “Las mil y una noches” pero no es una copia, es una adaptación; incluso se podría decir que es un homenaje a tan fabuloso libro, sea mongol, persa o indio.

Llegados a este punto de la discusión nadie se atrevió a añadir algo más en público, aunque se siguió comentando en todas las mesas hasta que llegó la hora de cerrar la Taberna. No era la primera vez que el Concurso, no solo el de Literatura, se enfrentaba a un caso de plagio y el Delegado de la organización se marchó pensativo, no tanto como Puku, pero sí muy preocupado. “Nadie se habría dado cuenta si al mongol no le hubiesen dejado hablar”, pensó.

Ogodei salió del local y desapareció entre las sombras con una sonrisa siniestra.

Al día siguiente, la organización informó que efectivamente el segundo cuento presentado a concurso titulado “La historia de Philippe Dubonier” estaba tomado del libro de Las mil y una noches; que la obra presentada se consideraba un plagio y que, por tanto, quedaba descalificada.

Un gran escándalo se produjo en la ciudad con este fallo, pues la mayoría de la gente opinaba que, plagio o no plagio- la obra estaba bien escrita y era divertida y que venía a demostrar que el autor era un hombre cultivado y que podría ser un buen candidato para optar a un puesto en el Colegio de Directores del país. Pero el órgano directivo zanjó la cuestión con una nota de prensa en la que venía a decir que en las bases del concurso quedaba bien explícito que debían ser obras originales y que esta no lo era; y que un hombre que “engañaba” de esa forma difícilmente podía acceder a un puesto de responsabilidad en el gobierno de la nación. Puku, herido en su orgullo ante el rechazo a la que él consideraba una versión ingeniosa y meritoria de un relato universal, recurrió al jurado del Concurso aduciendo que más del cincuenta por ciento de la población estaba a favor de la obra. De todas formas la decisión final se tomaría en el próximo pleno del Colegio.

La polémica quedó definitivamente borrada, como arrastrada por un violento huracán, cuando dos días más tarde apareció muerto el autor de la discutida obra, conocido ante el público con su seudónimo de Puku. El cuerpo se encontró en su habitación de la residencia de concursantes, tumbado en la cama sin ningún signo de violencia y con una corona de cartón sobre la cabeza. En la mesita de noche había un vaso de agua con un aroma extraño que más tarde los análisis identificaron como un veneno letal.


08 . LA AYUDA CIUDADANA




A un pueblo tan civilizado como el bidarano, educado desde la niñez en principios morales de respeto y pacifismo, donde las novelas y películas de policías y crímenes tenían escaso éxito; donde se tenía como un convencimiento inconsciente que la muerte solo le llegaba por edad, enfermedad o accidente, aquellos asesinatos lo conmovieron hasta en sus cimientos. Si a la ceremonia de sepultura de Biuri acudieron más de mil personas, en la de Puku, llevada a cabo en el cementerio del glaciar de Jokar, se juntaron más de dos mil. El espectáculo en el interior del glaciar fue impresionante porque esta necrópolis municipal, situada a diez kilómetros de la capital, se había inaugurado recientemente y se le habían incorporado los últimos avances en cementerios sobre hielo que el país estaba llevando a cabo. La línea del tranvía llegaba hasta el mismo arco de entrada y en el interior pequeños trineos eléctricos ayudaban en sus desplazamientos a las personas mayores, moviéndose silenciosamente. El recorrido entre las tumbas tenía un trazado irregular y la iluminación indirecta, tanto en el suelo como en las bases de los sepulcros, —donde cada propietario podía elegir el color deseado y que se mantenía encendida permanentemente—, creaba una atmósfera irreal y mágica al atravesar las gruesas capas del hielo transparente.

Delante de la tumba de Puku desfilaron una multitud de personas que se paraban haciendo una profunda reverencia hacia los familiares situados a la cabeza de la sepultura.

Nadie podía entender el motivo por el que se había matado a dos personas inofensivas del mundo de la cultura. Y si se pensaba que era debido a que ambos aspiraban a un puesto en el Colegio de Directores el asombro y la congoja eran aún mayores. Los ciudadanos, especialmente los de la capital, que eran muy dados a comentar y discutir los acontecimientos cotidianos en toda clase de foros, no pararon de especular sobre la posible identidad del asesino. La presión sobre el departamento de Ayuda Ciudadana y, especialmente, sobre su director Ivan Surikov, fue obsesiva durante los días siguientes.

Uliana, la esposa de Surikov, era una mujer de carácter, incluso excesivo para alguno de sus conocidos. Su marido, era todo lo contrario, es decir, tenía un modo de ser afable las más de las veces, aunque de muy mal genio cuando se enfadaba. Y como a lo largo de su matrimonio —siete años ya— habían disfrutado en mil ocasiones de todas las combinaciones posibles de sus temperamentos, ahora se llevaban estupendamente. A ello contribuía, también, que ella era tan inteligente como él y, aunque trabajaba de profesora de ruso en la Universidad, ayudaba con eficacia a Ivan en las investigaciones complicadas que se le presentaban. Tenía la figura de una bailarina del Bolshoi retirada, rubia y de rasgos muy marcados, mientras que él era moreno, ancho, tirando a grueso, de cejas pobladas y una cara cuadrada de gesto impasible. Hijos de emigrantes rusos, llevaban desde niños en Bidarán, donde habían llegado a ser personajes populares. No tenían hijos.

Cuando la noche del segundo asesinato se juntaron en casa para cenar, el tema de conversación no podía ser otro y la maquinaria deductiva de la pareja se puso en marcha inmediatamente. Tenían encima de la mesa copias de los dos cuentos presentados y los nombres de los concursantes.

—Lo primero que hay que estudiar es la identidad de los escritores, si había alguna relación entre ellos, su ubicación en la Residencia, sus familias y amigos, si tenían alguna ideología política o religiosa determinada... Encargaré a los detectives que se ocupen de eso.

—Que se enteren cómo han conseguido llegar a la final —apuntó Uliana.

—Si —dijo Ivan—. Hay que saber también quién es el colegiado al que va a sustituir el ganador de este año. Puede que no le guste nada el que le quiten el puesto. Tendremos que entrevistarle.

Esa era la primera de las ramas de la investigación. La segunda, la de los servicios técnicos: descripción de la escena del crimen, fotografías, huellas, forense y demás, le llegaría a Surikov en los informes correspondientes de los especialistas. Y luego, quedaba la tercera y más importante, la que  normalmente quedaba en manos del investigador ruso: la mentalidad del asesino y los motivos ocultos de los asesinatos.

—No hay que olvidarse de ese “emperador mongol” que anda dando mítines por el parque y que ya ha intentado torpedear el concurso —dijo Uliana.

—Cierto. Le llaman Ogodei Khan y ya lo tengo fichado como sospechoso. Aunque yo creo que es un chiflado inofensivo. Lo interrogaremos.

Este era a grandes rasgos el planteamiento inicial del Director de Ayuda Ciudadana. Y es lo que vino a declarar en una rueda de prensa multitudinaria frente al Palacio de Justicia. Se están siguiendo tres líneas de investigación, dijo a los periodistas: los concursantes y su entorno, los actuales ocupantes del Colegio Director y los círculos de ciudadanos críticos con el sistema, incluidos los grupos marginales como posible fuente de matones a sueldo. De momento no existe ninguna sospecha clara. Les mantendremos informados.

La gente de la ciudad no se quedó satisfecha con las buenas intenciones de Surikov y durante dos semanas anduvo removiendo el asunto de todas las formas posibles. Protestas en la sede del Colegio Director con fotos de las víctimas, tertulias en todos los programas de la televisión, artículos en la prensa, encuestas sobre la conveniencia de suspender el Concurso, discusiones en los bares... todo un barullo que alteró profundamente las actividades de la vida ciudadana.

Sin embargo, el ruido se fue poco a poco apagando y mientras Surikov y sus hombres seguían con sus investigaciones rutinarias, que hasta ahora no habían llevado a ninguna parte, los ciudadanos de Sigur comenzaron a pensar que si los asesinos pretendían tumbar el sistema elegido por los bidaranos para nombrar a sus gobernantes, lo que había que hacer era no dejarse intimidar y seguir con el Concurso, aunque, eso sí, vigilando día y noche a los participantes. Por lo tanto, una vez terminado el interrogatorio de los funcionarios de la organización encargados de la recogida y divulgación de los cuentos durante el proceso, así como a los empleados de la Residencia de Escritores, los agentes de Ayuda Ciudadana colocaron puestos de vigilancia en el edificio y se reanudaron las actividades.

La población conocía el nombre de los finalistas;  era por lo tanto una tortura para muchas personas saber que sus amigos y familiares estaban allí encerrados a merced del criminal. Y mucho mayor para los propios finalistas restantes, temerosos de estar en la lista negra de algún loco asesino. ¿Había sido casualidad que los dos asesinados fueran los primeros en enseñar sus obras —se preguntaba Surikov— o tenía el asesino un plan sistemático para ir matando a todos ellos según iban dando a conocer sus obras?

Llegó para los concursantes el momento de tomar una decisión: quién iba a ser el siguiente que enviaba su cuento a la opinión pública. Teóricamente le tocaba ahora al número tres. La lista de sus nombres con el orden de entrega de los relatos estaba en grandes letras en el atrio de entrada de la Residencia y se decidía por sorteo. Los cinco concursantes restantes (se les puede llamar supervivientes) estaban sentados entorno a la mesa de la sala de reuniones donde periódicamente se juntaban para informar a Kadir, el Delegado del Concurso, sobre la marcha de los relatos y relajarse tras las horas de concentración en sus habitaciones correspondientes. Estaban pálidos, nerviosos, descompuestos por la angustiosa encerrona en la que se habían metido. Ilu, Suva, Tabun, Yirgu y Nadi se miraban unos a otros, sin atreverse a abrir la boca, y los vasos de agua y kymis estaban sin tocar. Ni siquiera tenían encendidas las luces. Había anochecido. La oscuridad de la sala y la nieve que blanqueaba los cristales ayudaban a crear un ambiente de madriguera, de refugio ante el peligro inminente. El número tres correspondía a Ilu, la joven bibliotecaria. Ninguno se atrevía a mirarla.

De pronto, Ilu rompió a llorar

—No quiero morir —dijo entre sollozos—. No quiero participar. Nos van a matar a todos.

Los cuatro compañeros de tragedia: la novelista mayor, el periodista y los dos escritores, permanecieron callados mirando a la mesa, como si tuvieran delante algo escrito. No sabían qué decir. Al cabo de un rato, Ilu se levantó murmurando algo parecido a “lo dejo” sin dejar de llorar, y salió de la sala dejando la puerta abierta. Nadi , fue a cerrarla, miró por la ventana la ciudad envuelta en su abrigo blanco, vio a Ilu cómo se alejaba vacilante con el rostro tapado por la bufanda y se volvió a sentar.

Miraron a la famosa escritora que tragó saliva varias vecesantes de hablar.
—Y ahora ¿qué? —dijo Nadi, cogiendo un vaso de kymis—. ¿El número cuatro?—, y se le notaba cierta relajación porque él era el siete, el último de la lista (y, según pensaban los demás, seleccionado para la final gracias a la influencia de algún poferoso padrino).

—Tengo tres nietos pequeños —dijo Suva—. Me gustaría verlos crecer. He publicado más de treinta novelas, he ganado premios. No quisiera pasar por este trago. ¿Para qué?, ¿para tener un puesto en el Colegio durante seis o siete años? Creo que no me compensa. Ahora bien, no puedo ocultar que me da pena porque estoy segura que mi cuento iba a ganar. ¿No hay un voluntario que me sustituya? Dejadme para el final, a ver si este paranoico se olvida de nosotros.
—Bien —dijo Tabun, el periodista—, entonces me toca a mí. De acuerdo. Y no me asusta ese asesino. He andado solo por medio mundo y sé defenderme. De todas formas pediré un vigilante y un sistema de alarmas a la puerta de mi cuarto.
—Eso nos haría falta a todos —intervino Nadi.
—Pues lo pediremos —dijo Tabun—. Necesito un par de días más para terminar mi relato y luego lo entregaré a la organización.
Informaron al Delegado la nueva situación, se eliminó a Ilu de la lista de la sala entrada, se cambió el puesto de Suva por el de Tabun y se comunicó a la prensa que tres días más tarde se reanudaría la competición y se daría a conocer el tercer cuento del Concurso.


09 .EL VINO DE BURDEOS






Durga se echó hacia atrás en la silla, estirando los brazos y frotándose los ojos. Llevaba seis horas seguidas sin parar de escribir. Miró a la pantalla y retrocedió en el texto hasta el principio. Está bien, se dijo. Le estaba costando recordar muchos detalles, pero los cuentos los tenía grabados en un pendrive y los iba pasando íntegros al texto general. Pero antes los tenía que traducir del bidarano al inglés. Apagó el ordenador y se levantó. Luego seguiría. Necesitaba tomar una cerveza y estirar las piernas. Se puso los zapatos, cogió una chaqueta y salió de casa. Al pasar por la puerta de Hoshi llamó al timbre. Abrió este con una patata frita entre los dedos.

—Salud, bidarano, dijo—.¿Comment ça va?

—¿Te apetece dar una vuelta y tomar algo?

—Bien sur! Me visto y salgo. ¿Quieres unas patatas fritas? Tienen aceite de oliva.

—No, gracias. Tengo la boca seca. ¿Estás aprendiendo francés?

—Me he apuntado a una academia.

Bajaron a la calle y se dirigieron al centro de la ciudad, a la animada calle donde se juntaban los jóvenes extranjeros. Un colorido muestrario de bares y restaurantes de todas las partes del mundo, excepto Bidarán y el Tíbet, claro.
Entraron en una taberna irlandesa, donde se veían unas cuantas jóvenes rubias y pelirrojas, exóticas y atractivas para los dos asiáticos, y pidieron dos copas de vino de Burdeos, tan exótico para ellos como las pelirrojas.

—Algún día tenemos que ir a visitar las bodegas de la zona — dijo Hoshi, después de probar el vino—. Este es mejor que el que tienes en casa.
—Será el doble de caro. Dicen que aquí se hace el mejor del mundo —comentó Durga—. A las bodegas les llaman palacios. Podremos ir cuando aprendas francés.
—Mejor sería ir con dos francesas —dijo Hoshi, mientras sonreía a una de las pelirrojas, que le dio inmediatamente la espalda.

—¿Qué tal vas con la “novela”? —preguntó.

—Creo que bien, aunque me temo que me estoy extendiendo demasiado. Llevo ya nueve capítulos y no he hecho más que empezar. A ver quién se va a leer luego el mamotreto resultante.

—No te preocupes. Un periodista bueno te sacará enseguida una frase redonda por página. ¿Cuándo me pasas algo?

—¿Sabes bidarano?

—¡Qué voy a saber bidarano! Me imagino que lo estás escribiendo en inglés.

—Si, por supuesto, pero tendrás que esperar. Si me consigues una impresora barata te lo podré ir pasando. Estoy cansado, no termino de adaptarme a este clima.

Las jóvenes irlandesas ni les miraron al salir por muchas sonrisas que les lanzaron y tras tomar otro vino en un bar francés se volvieron para casa bordeando el Garona. 
Durga tardó en dormirse esa noche, pensando en sus padres y en sus amigas de Sigur. Quizá alguna de las chicas del bar le habían hecho recordarles. La nostalgia y la incertidumbre de su situación se apoderaron de su sueño y permaneció angustiado durante horas. A ratos se arrepentía de lo que estaba haciendo y temía por su familia más que por él, pero ya no había vuelta atrás. Tenía una misión que cumplir obligándole a seguir adelante y denunciar la tragedia de su país. En aquella lejana ciudad de Occidente solo había un alma conocedora de la situación de Bidarán y esa persona era él. No podía abandonar. El resto de la noche lo pasó recordando a Tabun y su cuento tenebroso. Se sentía débil.

A las seis de la mañana ya estaba sobre el teclado.

10 . LOS NIBELUNGOS




Tercer concursante: Tabun. Periodista. Treinta y siete años.
Título de la obra: El final de los Nibelungos.

Yulduz y Bojira eran dos investigadores naturalistas de la empresa bioquímica Ormon de Bidarán, enviados a orillas del lago Baljash en el vecino Kazajistán para estudiar y recoger muestras de unas algas de carácter endémico que se forman en los humedales más inhóspitos de uno de los depósitos de agua salada más grandes de Asia.
Tras un recorrido fatigoso por tierras kazajas a bordo de un todo terreno, habían llegado hasta el borde de las tierras fangosas de la orilla, en el extremo oriental del lago junto a la desembocadura del río Ayaguz. Lo primero que hicieron fue acercarse al agua y probar su salinidad, algo realmente extraño a miles de kilómetros del mar más cercano. Dejaron el coche a la sombra de un bosquecillo próximo y metieron el equipo necesario en dos grandes mochilas, incluyendo los frascos para las muestras y diversos reactivos químicos, comida empaquetada y sacos de dormir y se lanzaron a la aventura por aquellos parajes ignotos y solitarios.
El lago Baljash permanecía congelado seis meses al año y ahora, mediados de junio, con temperaturas cercanas a los treinta grados, la vida resurgía en todo su esplendor y la excursión prometía ser agradable e instructiva pues la zona era un paraíso natural donde crecían plantas y animales de épocas milenarias, como las manzanas silvestres, origen de las que se consumen hoy en día en todo el mundo. Sintieron la humedad del aire y el aroma ligeramente dulzón que brotaba del suelo. Tomaron un sendero por el borde del lago y fueron caminando un poco aturdidos por el encuentro repentino con un paisaje plagado de insectos, plantas acuáticas y flores de mil colores. La brisa cálida parecía tocar el arpa entre las cuerdas del cañaveral pero no todo era placentero en aquel paseo por el lago. Las zonas secas eran estrechas y costaba avanzar sin meter los pies en el barro. Había mucho movimiento dentro de aquellas aguas que parecían estancadas. Entre renacuajos y otras formas oscuras de aspecto siniestro, la sensación al hundir los pies allí dentro no era nada agradable.
Según la cartografía que llevaban, la zona de las algas estaba a unos veinte kilómetros de distancia y en todo el horizonte no se vislumbraba ningún rastro de presencia humana. Habían calculado cuatro o cinco días para hacer el recorrido de ida y vuelta y realizar los trabajos previstos. Fueron dejando atrás la parte ancha del lago, que parecía un mar inmenso, y empezaron a seguir caminos sinuosos a medida que el lago se estrechaba y avanzaba el día. La atmósfera se fue haciendo cada vez más densa y bochornosa y al caer la tarde decenas de escarabajos y libélulas revoloteaban alrededor de sus cabezas, enredándose en sus cabellos. Se acercaron a una zona pantanosa rodeada de juncos donde el suelo se encharcaba cada vez más, por lo que tuvieron que ir avanzando a base de rodeos intentando pisar por encima de las plantas secas del camino. Alzaban la vista y no era fácil orientarse porque el mismo paisaje se repetía hasta el horizonte. Bojira, que ya iba acelerado por los mosquitos, patinó sobre el barro y cayó de espaldas en mitad de un charco fangoso, quedando sentado, echando juramentos, con la mochila puesta y las manos hundidas en el barrizal. Yulduz, que iba varios pasos adelante, se volvió al oír el chapoteo y tuvo el feo detalle de echarse a reír a carcajadas. No era la primera vez que hacían trabajo de campo juntos y se tenían mutua confianza, pero a Bojira no le hicieron ninguna gracia las risas de su compañero.
—¡Mierda! —gritó Bojira—, ya me gustaría verte aquí y también al jefe chapoteando en el barro.
—Dicen que es bueno para la piel y para que no te piquen los mosquitos —dijo Yulduz, sin perder el humor, mientras ayudaba a Bojira a levantarse—. Buscaremos zonas más secas.
En vez de zonas secas lo que encontraron delante fue más barro, más pantano, más bichos y más cansancio, hasta que Bojira se cayó de nuevo y con el agua hasta la rodilla dijo a Yulduz que no podía más. Estaba oscureciendo y una bruma pesada se iba pegando a la superficie del agua como jirones de seda gris. Para empezar la excursión no está mal, pensó Yulduz con sorna. Y ahora qué. No podían quedarse allí en mitad de la ciénaga porque por las noches bajaba exageradamente la temperatura y necesitaban un suelo adecuado para extender los sacos. La magia del día se había desvanecido y los ruidos de los habitantes de la noche, siempre más siniestros, empezaron a oírse de repente: crujidos, siseos y, de vez en cuando, el grito agudo de un ave nocturna. Quién sabe si había sanguijuelas, caimanes o serpientes venenosas. Tenían que moverse cuanto antes. Sacaron las linternas de las mochilas y se dirigieron hacia una masa de vegetación oscura que se adivinaba entre las sombras de la lejanía. El trayecto se les hizo eterno, caminando a ratos hundidos hasta la rodilla, a ratos metiendo los pies en barro hasta el tobillo, sintiendo como manos viscosas que les succionaban. Finalmente llegaron hasta un pequeño islote seco con un bosquecillo de árboles enanos, donde se dejaron caer en el suelo, desfallecidos, como supervivientes de un naufragio. Una pareja de garzas remontó el vuelo asustadas en busca de otro lugar para pasar la noche. Terminaron los cantos nocturnos y se apagaron los brillos del agua. No había luna ni estrellas en aquel cielo encapotado. Poco después los dos científicos se quedaron dormidos, arropados por una manta de oscuridad y silencio.
La luz, el descanso y el canto de los pájaros, despertaron a Yulduz y Bojira. En el horizonte una suave luz púrpura dibujaba los perfiles de aquel mundo extraño, iluminando una franja del cielo entre el manto permanente de las nubes y la piel oscura del suelo. Acompañando a la aurora rosada, la vida diurna empezó a despertar, mientras los animales de la noche se escondían entre el barro y los juncos del pantano. Subieron hasta la parte más elevada de aquel islote, desde donde se contemplaba una gran extensión. Vieron que no estaban rodeados de agua sino que una estrecha lengua de tierra comunicaba por el otro lado con un dédalo de senderos cubiertos de vegetación, que se perdían en la lejanía en dirección a unas colinas rojizas, después de sortear decenas de pequeñas lagunas. El islote y las colinas eran una buena referencia para no perderse, por lo que Yulduz las buscó en el mapa, señalándolas con una cruz, ya que significaban el camino de vuelta en el caso de que se perdiesen. Según las anotaciones que tenían, la zona de las algas comenzaba por aquellas lagunas pero de momento no habían encontrado ni rastro de ellas. Avanzando por la zona seca el camino hacia las colinas se convirtió en un paseo agradable. Los rayos de sol hacían visibles los miles de insectos voladores que poblaban el lago, encontraron flores silvestres que no habían visto nunca y por primera vez disfrutaron de la excursión.
Después de una corta parada para comer, caminaron toda la tarde sin contratiempos y al anochecer habían recorrido ya los veinte kilómetros que tenían previstos para alcanzar su objetivo. Llegaron a las colinas rojas y se refugiaron debajo de una visera natural del terreno. Descargaron las mochilas y se sentaron a descansar un tanto frustrados por no encontrar ni una pequeña muestra de aquellos vegetales acuáticos que quería investigar la empresa. Cenaron unos sándwiches, bebieron de la cantimplora de vodka y se metieron en los sacos.
—¿Estarán mal los mapas? —preguntó Bojira, revisando la cartografía con su linterna.
—No creo. Lo que pasa es que, dependiendo de las fechas del deshielo y de las corrientes de agua posteriores, las colonias de algas se desplazan de un lugar a otro.
—Eso debe ser. Tendremos que seguir adelante.
—A ver si mañana tenemos más suerte. Buenas noches, Bojira.
Yulduz era investigador sénior, responsable de la expedición y Bojira era un químico joven que llevaba dos años en Omoron y trabajaba como ayudante de Yuguz en la investigación de minerales y proteínas de las plantas. Las algas del lago Baljash eran un objetivo importante en la sección de complementos nutricionales de la empresa.
—Buenas noches, Yulduz. El anochecer es magnífico.
Efectivamente, la paz que se respiraba y la pureza del aire eran excepcionales y el silencio era absoluto. La atmósfera invitaba a la serenidad y a un sueño profundo y sin sobresaltos. Se quedaron dormidos con un ..... gesto de relajación,
Sin embargo, no todo era quietud en el mundo de los pantanos. Los espíritus de lago estaban inquietos con la entrada de los dos intrusos. Cerca de la laguna donde se encontraban Yulduz y Bojira, junto a uno de los manantiales que alimentaban sus aguas, se estaba celebrando una reunión extraña. Seis ninfas de las aguas, bellas criaturas de largas melenas rubias, se sentaban en círculo. Sus hermosos ojos verdes resplandecían en la noche y su perfume de madreselvas se desplegaba por el pantano. Cada figura se veía envuelta por un aura de suave luz, que las recortaba sobre el fondo oscuro de la noche y, vistas desde la distancia donde se encontraban dormidos los dos camaradas, parecían esculturas esculpidas en hielo. Cuando cesaron sus murmullos, se levantaron, se aproximaron a los durmientes y los cogieron en brazos. Con sumo cuidado los trasladaron a una pequeña embarcación de color oscuro que estaba varada tras unos juncos en la orilla cercana y los depositaron en el fondo. Dos de ellas tomaron los remos y la barca se fue alejando hasta desaparecer en la bruma nocturna, silenciosa como una serpiente de agua.
En el cielo solo quedaba una franja de color rojo intenso junto al horizonte, último regalo del ocaso, cuyo reflejo entre los cañaverales parecía de hierro fundido. La barca de las ninfas fue sorteando los diques y bancos de arena de aquel laberinto acuático. Luciérnagas voladoras escoltaban la embarcación que navegaba lenta y silenciosa y a su paso saltaban de vez en cuando algunas criaturas desconocidas que dejaban en la superficie del agua brillos y burbujas fosforescentes. La extraña luz del anochecer reflejaba unos puntos rojos en las pupilas de las ninfas que destacaban sobre las siluetas oscuras de sus cuerpos desnudos. En ese momento despertaron Yulduz y Bojira y se quedaron alucinados, contemplando aquellos ojos rojos oscilando con el vaivén de la embarcación, sin entender y creyendo a duras penas lo que pasaba. Navegaron en silencio. La niebla que se iba extendiendo por el lago tenía un resplandor extraño que rompía la oscuridad. Era la luna, curiosa, enigmática, que asomaba entre las nubes por el otro lado del cielo.
De repente sonó un largo cuerno surgiendo desde la oscuridad del pantano y una bandada de aves acuáticas levantó el vuelo en unos juncos cercanos. Luego otra vez reinó el silencio, solo interrumpido por algún chapoteo misterioso. Las ninfas pararon de remar y la embarcación permaneció inmóvil, quieta sobre la balsa de agua, como un adorno sobre un cristal. Sonó de nuevo el cuerno y la lancha se deslizó lentamente en la dirección de donde venía el sonido, separando los jirones de niebla. Entre las sombras apareció la silueta negra de un islote con un enorme torreón circular medio derruido, rematado con almenas en su parte superior. Adosado a un costado otra torre redonda, más baja y de menor diámetro, posiblemente con una escalera de caracol en su interior, ayudaba a mantenerse en pie el conjunto. En las almenas una figura oscura hacía sonar el cuerno. A sus pies la roca del islote caía en picado, mientras por el otro lado los restos derrumbados del Castillo formaban una pirámide de piedras ennegrecidas y cascotes que acababa muriendo en el agua. Parecían las ruinas de una fortaleza arrasada.

—Tenéis delante el Castillo de los Nibelungos, o lo que queda de su antigua grandeza —dijo una de las ninfas, hablando en bidarano con voz grave y aterciopelada—. Aunque no lo parezca está habitado y sus dueños están esperando la llegada de un ser humano que testifique el fin de su presencia en la Tierra, tal como está escrito en el Cantar de los Nibelungos. Por eso os llevamos a su presencia.
El perfil de la fortaleza no podía ser más enigmático y siniestro. Junto a la base de la torre menor se adivinaba un arco o puerta oscura, que posiblemente daba acceso al interior. Por aquel lado el edificio no tenía ventanas. Entre las piedras derrumbadas habían crecido unos arbustos retorcidos desde los cuales un par de lechuzas miraban fijamente a la barca según iba acercándose. Cuando ésta atracó y sus ocupantes saltaron a tierra, las aves salieron volando lanzando sus gritos lúgubres como si fuesen unas brujas asustadas. En ese momento Bojira aprovechó la distracción de las lechuzas y la oscuridad reinante y corrió agachado hacia la parte opuesta del islote. No sabía si su compañero y él estaban metidos en un conjuro extraño o si realmente los iban a encerrar en una mazmorra del Castillo, pero si entraba por el otro lado de las ruinas quizá podría ayudar a Yulduz y buscar una forma de escaparse. Fue dando la vuelta, descubriendo que la roca en la que se asentaba la torre era mucho más extensa por aquel lado. Vio una pequeña ensenada donde había dos pequeñas embarcaciones varadas, casi perdidas entre la bruma. Podrían escapar en una de ellas.
El torreón tenía por ese lado dos ventanas ojivales con vidrieras a la altura de la primera planta por donde escapaba una tenue luz amarilla como el velo de una dama prisionera. Había restos de otras edificaciones, incluido un patio de armas de planta rectangular y menor altura, con sus muros parcialmente derruidos. Una puerta vieja de madera medio rota, se abría a un hueco con escalones que desaparecían hacia abajo, donde la oscuridad era completa. Bojira se extrañó que no fuesen en dirección a la torre principal, pero se metió por allí con su pequeña linterna. Bajó decenas y decenas de peldaños y según sus cálculos llegó hasta situarse bajo el torreón principal, pero a muchos metros por debajo. Las paredes y los escalones eran de roca y se veían bien trabajados. Avanzaba emocionado porque había conseguido encontrar una posible entrada a la parte habitada del Castillo o un escape secreto de los habitantes del Castillo en caso de peligro. Llegó un momento en el que se acabaron los escalones y el pasadizo se hizo más ancho y de suelo enlosado, abierto a una gran cámara cuyas dimensiones no pudo Bojira evaluar con su linterna. Por algún lado existiría un acceso hasta la base de la torre. Dio una vuelta alrededor del recinto hasta descubrir en la pared una entrada que se perdía hacia arriba por una escalera de caracol con peldaños de madera. Estaba seguro de que conducía al interior del Castillo. Subió más escalones que los que había bajado antes hasta llegar a una puerta de hierro que se abrió chirriando al empujarla. Pasó al otro lado cegado por la luz y al abrir los ojos se encontró con un espectáculo sorprendente: Las seis ninfas y unos personajes de aspecto tenebroso, sentados en sillones regios en torno a un gran salón, le miraron tan sorprendidos como él. Yulduz estaba de pie hablando...
Mientras Bojira hacía sus descubrimientos, Yulduz y las seis ninfas, habían subido por la escalera de caracol y llegado a una gran sala de la primera planta iluminada por decenas de antorchas y con las paredes cubiertas de cortinas y tapices multicolores. Unas alfombras mullidas de tonos a juego daban al recinto un ambiente cálido y acogedor, bien distinto de las ciénagas del exterior envueltas en la niebla, y un fuego bajo encajado en una enorme chimenea de piedra aportaba el calor necesario. Diversos asientos estaban distribuidos a lo largo de las paredes, donde una reunión importante estaba a punto de empezar. Las seis ninfas del agua, se sentaron en seis sillones arrimados junto a la pared del fondo, visto desde la puerta de entrada. En otros sillones con respaldo se sentaban siete personajes vestidos de cuero negro, con espada al cinto, los verdaderos dueños del Castillo; todos ellos igual de horribles como dicen de los nibelungos, uno de ellos con un ostentoso anillo de oro en su mano izquierda que parecía el jefe. Se puso en pie ceremoniosamente y dijo
—Seas bien venido a lo que queda de nuestro Castillo. Soy Alberich, jefe de los Nibelungos, genios de las aguas, que sobrevivimos en estos pantanos desde tiempos inmemoriales. Los que aquí veis somos los supervivientes de esta gloriosa raza y guardianes de sus últimos restos y de su legendario tesoro. La llegada de un ser humano a estos parajes, hasta ahora oculta al mundo, nos anuncia el fin de nuestro destino. No os han traído aquí las ninfas como prisioneros sino como testigos. Está escrito que nuestra desaparición sea presenciada por un ser humano para que el fin de los nibelungos sea conocido en los anales de la Historia.
A pesar de su aspecto monstruoso, Yulduz no pudo menos que mirar con asombro y respeto a aquellos personajes, víctimas de pasadas discriminaciones y castigos, que solo conocía de los libros de Leyendas Occidentales, . Hubo unos murmullos en la sala esperando a ver a quién le correspondía el turno de hablar a continuación.
En el exterior del Castillo la noche cambiaba de ropaje. La luna llena lucía en todo su esplendor en un claro abierto entre las nubes. Sus blancos rayos penetraban en la sala, dibujando sobre la alfombra la silueta de los ventanales góticos. La atmósfera de la asamblea, antes acogedora y doméstica, se fue transformando en algo irreal y misterioso.
Las ninfas informaron de cómo habían localizado a los dos científicos acercándose por las lagunas y cómo aprovecharon su sueño para traerlos en su barca. Lamentaron que uno de ellos hubiese desaparecido al desembarcar pero confiaban en que terminase viniendo al Castillo.
A continuación se levantó Yulduz y explicó a los nibelungos los motivos de su presencia en aquella parte del gran lago. Relató su búsqueda de las algas medicinales y su sorpresa al ser secuestrados por aquellos seres sobrenaturales y conducidos al islote, que no figuraba en ninguno de sus mapas...
Fue en ese momento cuando Bojira apareció por la puerta de hierro escondida junto al gran hogar del salón...
¿Es este el compañero que habéis mencionado? —bramó el nibelungo, enfadado.
—Es mi ayudante —contestó Yulduz, acompañando a Bojira hasta el sillón contiguo al suyo. Tanto él como yo somos científicos inofensivos y no queremos causaros ningún mal.
Ya sé que no nos podéis hacer mal alguno. He dicho que vuestro papel es hacer de testigos. Y dos mejor que uno. Espero que cumpláis dignamente con el papel que la Historia os ha deparado y lo transmitáis al mundo. Lo celebraremos con una gran cena y os haremos partícipes de nuestra despedida.
—Pero antes —continuó diciendo, mirando emocionado a los dos bidaranos—,  quiero enseñaros el secreto mejor guardado de los nibelungos a través de los siglos: el Mausoleo.
Diciendo esto ordenó a sus compañeros organizar el banquete con la ayuda de las ninfas y a continuación condujo a Yulduf y Bojira por las escaleras que este acababa de subir.
—Este es el principal acceso a la Cripta de los Nibelungos. Aquí están enterrados todos nuestros jefes desde tiempos inmemoriales y debajo de sus tumbas está guardado nuestro tesoro, por el que tanta sangre fue derramada.
Bajaron hasta la cámara que Bojira había cruzado sin verla y Alberich fue encendiendo las antorchas de las paredes hasta dejar iluminada una cripta circular grandiosa de treinta metros de altura. Todo el contorno estaba rodeado de columnas y en la cúpula se veía un orificio circular por el que entraba una luz difusa. Desde las columnas al interior del círculo descendían unos escalones como si fuese un anfiteatro y en el centro se apreciaban unos sepulcros excavados en la roca y dispuestos en forma radial en torno a una columna monolítica, coronada por un águila de bronce con las alas desplegadas.
—No sabemos con exactitud de qué siglo es el Mausoleo. Lo más probable es que fuese edificado a principios de la Edad Media cuando los supervivientes de nuestra raza, que estaban siendo aniquilados por los burgundios, fueron rescatados por los dioses, que les permitieron establecerse lejos de la civilización en esta zona inexplorada del lago Baljash. Se cree que al hacer la excavación para construir su residencia apareció una veta de oro gigantesca, que ha permanecido desde entonces sin tocar, excepto para hacer los anillos que deben llevar los jefes hasta su muerte; como este que llevo en el dedo.
—Se construyó el Mausoleo encima del oro para enterrar a los sucesivos jefes y posteriormente se levantó el Castillo sobre la cripta para proteger el tesoro y como residencia de los siete Guardianes del Tesoro. Las ninfas. que son los genios del lago, lo han mantenido también bajo su protección. En breve todo esto que veis quedará destruido y sepultado bajo las aguas, porque está escrito que cuando llegue el momento los Guardianes se encargarán de que el Mausoleo desaparezca con ellos y el oro quede oculto para siempre.
—Este final, al que vais a asistir, está preparado desde hace siglos. Para ello se excavó un túnel que va desde la zona superior de la cripta, lo podéis ver allí arriba entre las sombras, hasta la roca del acantilado al pie del Torreón. Allí termina en una compuerta bajo el agua a un metro de profundidad, perfectamente sellada con cemento y alquitrán. Cuando llegue el momento pondremos en marcha el proceso de destrucción rompiendo el sellado y abriendo la compuerta. El agua del lago entrará en tromba sobre el Mausoleo, quebrando las columnas y en poco tiempo todo el monumento se vendrá abajo. Poco después, con la caverna completamente rellenada por el agua, empezarán a fallar los cimientos del Torreón, que se desmoronará finalmente como un Castillo de arena. Todo habrá acabado. Ahora volvamos arriba que los demás nos estarán esperando.
Una gran energía se desprendía de aquella atmósfera y según Alberich iba hablando Yulduz creyó ver pasar delante de sus ojos toda la historia trágica de aquella raza perseguida por su fealdad. Destino cruel el de su belleza escondida, como el de su oro legendario…
En la sala contigua al salón se sentaron los invitados en una mesa larga, mientras dos de los nibelungos iban y venían desde el fuego bajo, donde estaban asando todo tipos de alimentos. Patos y gansos por un lado, pescados grandes y pequeños por el otro; cerveza, vino y aguardiente de los cañaverales. La fiesta continuó toda la noche, hasta que las primeras luces del amanecer entraron teñidas de rosa por las ventanas ojivales.
Como despedida, el jefe Alberich les invitó a subir a la plataforma superior del Castillo para admirar el paisaje. En realidad era su despedida, porque sabía que lo iban a contemplar por última vez. Subieron por unas escaleras de piedra interiores y llegaron a la terraza entre los restos de las almenas derruidas. La niebla, siempre presente, parecía un mar infinito con las crestas coloreadas por los resplandores de una luz púrpura que teñía el horizonte. Se veían algunas colinas, árboles y rocas, como flotando en el aire; también alguna laguna brillando enrojecida entre jirones de niebla y todo lo demás era un manto infinito, que sugería el vacío, la nada. Qué duda cabe que algo de eso estarían pensando los nibelungos, cuando, tras unos minutos de contemplación, tocaron el cuerno por última vez con un sonido largo y quejumbroso.
Bajaron todos en silencio, recogieron sus cosas de la sala y salieron del Castillo. El jefe Alberich se despidió con un gesto de orgullo y serenidad en su rostro y les explicó los siguientes pasos. Los nibelungos se quedarían en el islote y pondrían en marcha el proceso de destrucción, rompiendo la compuerta que daba paso al agua. Luego entrarían rápidamente en el Mausoleo, donde ocuparían su puesto de Guardianes, cumpliendo así su destino. Mientras tanto los demás se embarcarían y se alejarían sin demora.
La barca de las ninfas seguía allí atracada y las seis bellezas del agua subieron a bordo, después de informar a los bidaranos dónde encontrarían las preciadas algas, y se fueron alejando. Yulduz y Bojira, se dirigieron a los botes que había visto este último en la orilla opuesta de la isla. Embarcaron y se distanciaron unos cincuenta metros, pues querían ser testigos de la última derrota de los nibelungos, que, según pensó Yulduz, en realidad se convertía en victoria, porque a través de los siglos, el oro seguía permaneciendo en sus manos y seguiría así para toda la eternidad. Vieron a los siete Guardianes coger unas herramientas de entre las rocas y dirigirse al acantilado donde estuvieron entrando y saliendo del agua hasta que el último de ellos se alejó de un salto, mientras el agua se precipitaba con fuerza por el túnel, formando un remolino en la superficie del lago. Luego les vieron correr y desaparecer por la puerta del Torreón. A partir de ahí transcurrieron unos momentos angustiosos en que nada se oía ni se movía, aparte del agua que giraba vertiginosamente y los jirones de niebla que se colaban por el agujero. Yulduz y Bojira miraban sobrecogidos. Transcurrió mucho tiempo hasta que se oyeron los primeros ruidos sordos, como truenos lejanos, provenientes del interior del islote. Luego, sonó una fuerte explosión subterránea que hizo temblar las aguas, indicando que la cripta se había desplomado. Masas de polvo y piedras salieron escupidas por puertas y ventanas, mientras se oían retumbando bajo tierra los ecos de los derrumbes. Finalmente, con un sonido sobrecogedor, el Torreón se partió de arriba abajo y, destrozado en mil pedazos, cayó sobre las aguas hundiéndose en pocos segundos, entre remolinos de polvo y espuma. Durante unos instantes se sintieron los temblores subterráneos y las olas formadas por el hundimiento se alejaron en círculo de los restos flotantes hasta llegar a mover mansamente la embarcación de los bidaranos. Poco a poco la niebla se fue levantando y un amanecer luminoso y limpio se extendió por todo el lago dejando ver un paisaje pleno de quietud y silencio, como si todo lo ocurrido hubiera sido un sueño. Las ninfas habían desaparecido.
Lo único que convenció a Yulduz y Bojira de que no habían soñado fue la embarcación en la que ahora se alejaban remando. Se dirigieron hacia los cañaverales de la orilla dos kilómetro más al este, tal como les indicaron las ninfas, y enseguida encontraron abundantes ramificaciones de las preciadas algas rojizas que buscaban, destacando sobre las aguas turquesas del humedal. Pararon la embarcación y se inclinaron para verlas de cerca y tocarlas con las manos y se quedaron admirados de la belleza y el colorido de aquellas plantas acuáticas. Podrían haber llenado la barca entera si hubiesen estado cerca de casa.
—Me preguntó cómo habríamos podido coger estas algas si aquí parece que cubre más de dos metros —dijo Bojira.
—Hombre, yo creo que también las habrá junto a la orilla. Solo necesitamos llenar un par de frascos.
Sacaron los recipientes de las mochilas y los llenaron, añadiendo los aditivos necesarios para su conservación.
—Se me está ocurriendo una idea —añadió Yulduf—. ¿Sabes que podríamos usar la embarcación para hacer el camino de vuelta directamente por el lago?
—¡Claro! Eso es genial. Nos ahorramos kilómetros, barro y calor. ¡Qué pena que no nos podamos llevar a casa la barca como regalo de los nibelungos!
—¿Mejor que este? —preguntó Yulduz sacando del bolsillo un reluciente pedazo de oro como una manzana del Baljash. Me lo regaló Alberich al marcharnos.
 Tienes que escribir la historia, Yulduz. 
 Lo haré, Bojira, lo haré.


11 . LOS SOSPECHOSOS




Cuando el funcionario Kadir, Delegado del Concurso, terminó de leer el tercer relato en la Taberna de los Poetas, una gran ovación estalló en el local haciendo temblar los cristales de las ventanas. La historia había gustado. Los dos protagonistas eran bidaranos y la empresa de bioquímica era bidarana. También las ninfas del agua, con su toque erótico, eran del gusto del subconsciente animista de los bidaranos. Coincidía que en el Teatro de la Ópera de Sigur se había interpretado días antes El ocaso de los dioses de Wagner con cantantes locales y la Orquesta Nacional.
—¡Tabun campeón! ¡Tabun campeón!—, gritaba la cuadrilla de borrachos del pueblo, muchos de ellos empleados de las empresas farmacéuticas del país.
Parecía que todo el mundo estaba de acuerdo. Hasta el mismo revolucionario Ogodei aplaudía a rabiar diciendo que los nibelungos eran los antepasados de los mongoles.
—Así sois de feos — contestaron los poetas.
Oficialmente la divulgación de las obras del concurso se realizaba a través de los medios de comunicación, pero era en la Taberna de los Poetas donde se daban a conocer en primer lugar y de viva voz. Por eso el detective Surikov y su esposa Uliana habían acudido también a la lectura del tercer cuento con dos objetivos muy concretos: conocer de primera mano la historia y circunstancias del relato y observar detenidamente al público que acudía a estas presentaciones. Estaban sentados en un rincón de la enorme sala de la Taberna, alejados del griterío. Algo les decía que el asesino podía encontrarse entre aquella multitud, pues en los crímenes anteriores la simbología que acompañaba al cadáver —envoltura de cemento y corona de cartón— aludía claramente a la escenografía del cuento. El asesino solo podía conocer la historia al oírla en la Taberna, porque en los medios de comunicación se publicaba días más tarde y los crímenes se habían cometido antes de su publicación. Tenían, por tanto, dónde mirar. Entre los empleados de las empresas químicas estaban algunos de los “Guerreros de Altái”, borrachos, belicosos y con tatuajes en los brazos. En la mesa larga junto a una de las paredes del local se sentaban unos cuantos miembros del Consejo Director, entre ellos, el que iba a ser sustituido este año, el señor Samo, escritor de novelas históricas de sesenta años, que llevaba siete en el puesto. Había también un grupo de rusos y uygures de los que trabajaban en las centrales hidráulicas. Numerosas mujeres de todos los círculos: escritoras, feministas, trabajadoras, artistas o meras acompañantes, aparecían mezcladas aquí y allá. Y, por supuesto el bufón de la corte Ogodei Khan con su clá de tres o cuatro mongoles. En lo que sí parecían estar todos de acuerdo era en beber como cosacos las bebidas nacionales de kymis y akhira.
Si Surikov y su mujer buscaban un asesino maníaco de apariencia normal tenían dónde elegir. Si lo que sospechaban era una conspiración también. Pero al final salieron de la Taberna sin una idea clara y con una larga lista de personas a interrogar. Uliana no pudo callarse lo que le rondaba por la cabeza:
—¿Por qué crees que el asesino utiliza algún símbolo de los cuentos? Si le matan a este, ¿qué escenario podría elegir? ¿Una cama de algas? ¿Un anillo de oro?
No estaba descaminada Uliana, pero no acertó del todo con la alusión a los nibelungos. La muerte de Tabun dos días más tarde sacudió con sorpresa y horror a la sociedad bidarana y convenció a Surikov de que tenían delante a un asesino en serie dispuesto a eliminar a todos los participantes del Concurso. Una violenta explosión había destrozado la habitación de la Residencia donde dormía el escritor y su cuerpo fue hallado entre los escombros. El simbolismo del crimen era escalofriante. El Castillo se había derrumbado sobre su creador.
La conmoción causada por el tercer asesinato precipitó los acontecimientos. Se suspendió provisionalmente la entrega de cuentos porque el mensaje del asesino era claro: si se seguían publicando seguirían muriendo sus autores. De momento, quedaban tres, que fueron retirados de la residencia y volvieron a sus hogares. Los agentes de Ayuda Ciudadana con el detective jefe Surikov a la cabeza fueron llamados a presencia del Colegio de Directores y conminados a descubrir al asesino en dos semanas o ser sustituidos por una policía organizada y armada. Se cerró la Taberna de los Poetas por su posible responsabilidad en la provocación e incitación a los crímenes. Los Guerreros de Altái organizaron sucesivas manifestaciones para pedir la suspensión definitiva de los concursos y el sistema de nombramiento de los colegiados. Los escritores y artistas promovieron actos de protesta por toda la ciudad por el cierre de la Taberna y la suspensión del concurso. Hubo conatos de huelga en las principales empresas químicas. Un estado de desconcierto se extendió por todo el país.
Surikov no sabía cómo enfocar el misterio de aquellas muertes. Tenía al mismo tiempo cien sospechosos y ninguno. No había encontrado ni una sola huella ni pista a seguir en las escenas de los crímenes. Las posibles armas o medios empleados por el asesino  —una piedra en el caso de Biuri, una sustancia mortífera en el de Puku y un explosivo casero en el de Tabun— eran de lo más comunes en un país montañoso, poblado de industrias químicas. Además, el asesino había sido extremadamente meticuloso. Ninguna cerradura forzada, ni manchas, ni huellas, ni descuidos. Se trataba, sin duda, de una mente calculadora y fría que sabía exactamente cuándo y cómo dar el golpe. También podía ser —y Surikov se inclinaba por esta posibilidad— un cerebro organizador ayudado por especialistas buscados entre los bajos fondos de la droga. Organizó a sus agentes y detectives para los interrogatorios masivos y él fue en busca de las mentes más destacadas y críticas de la sociedad de Siruk. Posiblemente alguno de entre ellos conspiraba para cambiar el gobierno de Bidarán, otros con ambiciones personales pretendían cambiar el sistema de selección y otros, en fin, estaban presionados o sobornados por fuerzas del exterior con la intención de controlar el país.
En su despacho de la sede central de Ayuda Ciudadana, el detective jefe colocó en la pared las fotografías de los principales candidatos a dirigir la posible trama asesina, con una etiqueta explicativa debajo de cada una:
. Alekxei Kyzyl, presidente de la principal empresa farmacéutica de Bidarán, Koligor. Supuesto ideólogo en la sombra de los “Guerreros de Altái”. Extrema derecha.
. Samo, del Colegio de Dirección. Colegiado de Literatura. Siete años en el cargo. A punto de ser sustituido. Escritor de sesenta años. De mucha influencia en el Colegio. Conservador.
. Ogodei Khan, de etnia mongola. Culto y estrafalario. Quizá se hacía pasar por revolucionario inofensivo.
. Boris Lernikov. Ingeniero ruso. Colegiado de Energía Eléctrica. Presidente de la Agrupación de Centrales Hidroeléctricas. Minoría rusa influyente.
. Kadir, Delegado del Colegio para los concursos y Director de la Residencia. Sesenta años (veinticinco en el puesto). Conocedor de todos los secretos del proceso.
. Qiu Tang. Colegiado de Finanzas. Padres chinos. De tendencias comunistas.
. Los tres concursantes que quedaban: Suva, Yirgu y Nadi. Tres escritores con ganas de alcanzar el poder. La más ambiciosa y sin escrúpulos podía ser Suva (esta última frase era sugerencia de Uliana).
. Ilu, la bibliotecaria que se había retirado
En total diez representantes de la sociedad bidarana, sobradamente conocidos en la capital, y que podían estar implicados en los crímenes más espantosos de la historia reciente de Bidarán. Era el momento de iniciar una investigación sistemática de todos ellos, no a base de interrogatorios en las dependencias de la policía, sino a través de entrevistas discretas y de una estrecha vigilancia de sus movimientos, costumbres y relaciones. Surikov conocía personalmente a Kadir y a Lernikov. Uliana a la experimentada escritora Suva y a la joven bibliotecaria. Empezarían por ellos
El detective jefe solicitó una reunión con el Colegio en pleno para exponer el nulo avance de sus investigaciones por la falta absoluta de pruebas o pistas a seguir y proponerles su plan de seguimiento de una lista de sospechosos, que no quiso dar a conocer, porque entre ellos figuraban miembros del Colegio. Para ello necesitaba tiempo, porque el proceso iba a ser lento y rogaba que dejaran en suspenso las medidas tomadas hasta el momento. Intentó convencer a los gobernantes de que así como ellos habían sido concursantes y ganadores en pasadas ediciones, los actuales finalistas tenían el derecho de acceder al órgano director llegando al final de la competición si así lo deseaban y estaban dispuestos a asumir el riesgo de hacerlo. También la sociedad estaba acostumbrada al sistema y exigía que se mantuviera en vigor, una vez recuperada del shock que supuso el último crimen. Confiaba, además, en localizar al asesino con todo el peinado sistemático que estaban realizando las fuerzas de Ayuda Ciudadana o cuando menos impedir que volviese a atacar de nuevo.
Los colegiados tardaron un tiempo en calmarse tras las palabras del detective jefe. Después de mil preguntas a Surikov y de agrias discusiones entre ellos, acordaron, por fin, someter a votación secreta si seguían adelante con el Concurso. De los setenta colegiados treinta y cuatro votaron a favor, veintidós lo hicieron en contra y catorce se abstuvieron.
Surikov volvió a su casa más contento que si le hubieran concedido el “Yeti de Oro”, la distinción más preciada que se daba en Bidarán a los deportistas. Contó a Uliana el resultado de la votación y esta comentó que si antes tenían a tres colegiados entre los sospechoso ahora estaba claro que eran veintidós, por lo menos, y desconocidos.
Al día siguiente se informó a Kadir de la decisión del gobierno y se le ordenó que hablase con los concursantes y que dispusiese todo para continuar con el proceso. Se abrió la Taberna de los Poetas, con gran alborozo de la gente de Sigur, y se anunció la lectura del cuarto relato para la semana siguiente.
Cuando Kadir mandó aviso a los tres finalistas para que volvieran a incorporarse a la Residencia y se reunió con ellos, no podía saber si habían recibido la noticia con alegría o estaban temblando de miedo. Era una situación que no se le había presentado nunca. Después de veinte años en el cargo había visto de todo. Porque no solo le tocaba lidiar con los escritores como este año, con sus fantasías y su ego a flor de piel, sino que cada año pasaban por sus manos siete finalistas de todas las disciplinas. Y había que ver la prepotencia de los financieros, o las peleas de gallos de los artistas, o el hermetismo de los científicos... Estos de ahora estaban pálidos y seguían mirando a la mesa como la vez anterior. Les explicó que la Ayuda Ciudadana les garantizaba que era imposible que volviese a ocurrir una nueva desgracia
Yirgu fue el primero en levantar la cabeza y mirar a Kadir.
—A Suva le correspondía presentar su obra en la tercera entrega y se negó a ello. Como consecuencia Tabun perdió la vida. Sería un abuso por su parte que ahora también se negase. Si no se atreve a seguir que lo deje. Pero si quiere ganar, como dice, que se presente ahora. Yo estoy dispuesto a tirar para adelante, pero no me jugaré la vida por nadie.
Nadi tragó saliva antes de hablar.
—Yirgu tiene razón. Suva debe ser la siguiente —dijo, lacónicamente, como si fuese la sentencia de muerte de un juez inflexible.
La cara de Suva se había puesto verdosa y las arrugas de su rostro parecían surcos de labranza. Los labios le temblaban. Pasó un largo rato sin decir nada y en la mesa no se movió ni un solo dedo. Por fin, dijo, con una voz que pretendió ser firme, pero que salió vacilante y áspera:
—Tengo el cuento ya preparado y estoy segura que voy a ganar, pase lo que pase. Me presentaré.
Llegó el día de la lectura y la expectación era tan grande en Sigur que se tuvo que improvisar un anexo de toldos en el exterior de la Taberna de los Poetas y pasar a una gran pantalla lo que ocurría dentro. 


12. UN CUENTO DESAFORTUNADO




Cuarto concursante: Suva. Escritora. Sesenta y dos años
Título de la obra: Los crímenes del Valle de Varlán.
Nota:
He decidido retirar este cuento del informe por considerarlo demasiado extenso, prolijo, lleno de tópicos y que refleja torcidamente el carácter de la sociedad bidarana de la montaña.
El relato hace una caricatura grotesca de personajes tan queridos para la gente del país como el Yeti o el Genio de las Nieves, llenando las páginas de crímenes horrendos muy alejados del gusto de los bidaranos. Fue silbado y abucheado por los asistentes a la Taberna de los Poetas. La reacción de la ciudadanía de Bidarán fue de repulsa y hubo críticas a la organización por haber permitido llegar a la final a semejante obra. Incluso se organizaron excursiones al Valle de Varlán para mostrar su solidaridad con los sencillos habitantes de los pequeños pueblos de la montaña, con sus creencias y mitos ancestrales. Al cabo de unos días en que la escritora no sufrió ninguna clase de atentado, más de uno llegó a pensar que era ella la autora de los anteriores crímenes, con el fin de eliminar a los otros finalistas. Sin embargo, parecía claro que el asesino no había actuado porque consideraba a Suva sin ninguna opción para el triunfo. Fue tan evidente el rechazo popular del cuento de Suva que la organización lo retiró del Concurso y la escritora tuvo que abandonar la Residencia.
La sociedad de Sigur pasó página enseguida, respiró aliviada por el final de los crímenes y ya estaba pidiendo que se diese a conocer el cuento siguiente. Quedaban solo dos concursantes, Yirgu y Nadi, y había gran expectación en conocer las obras que iban a presentar, porque eran dos jóvenes autores con gran proyección, el primero como novelista y el segundo como ensayista (nadie entendía cómo había llegado a la final de cuentos), con obras suyas en los escaparates de las librerías. Tenían la misma edad, cerca de los cuarenta, y eran igualmente populares, Además, existía entre ellos una rivalidad que transcendía lo literario. Tenía que ver con la ideología social y política de cada uno. En el fondo venía a ser un reflejo de la propia sociedad bidarana, manifestada en dos formas distintas de organizar el país. Yirgu consideraba el sistema actual un caso único en el mundo, avanzado y justo, celoso de su independencia, y Nadi echaba en falta un gobierno jerarquizado bajo el mando de un líder autoritario, que estableciese lazos más fuertes con China. Esta dicotomía de la sociedad se proyectaba, como es lógico, en la composición del Colegio de Directores resultando dividido en una especie de bipartidismo: los bidaranos y los prochinos. Y, como las decisiones del Colegio se tomaban en votación por mayoría simple, era de suma importancia la ideología del ganador del Concurso que automáticamente subía al órgano director.
Hasta ahora la proporción de los bidaranos en el Colegio venía siendo del orden de un sesenta-cuarenta, pero en los últimos años esta relación se había aproximado al cincuenta-cincuenta debido a los resultados de los otros concursos, especialmente los de Finanzas, Desarrollo Tecnológico y Administración, de siempre admiradores del modelo chino de desarrollo. El voto de Yirgu o Nadi podía ser fundamental. Las aguas estaban agitadas a raíz de los asesinatos y las encuestas pronosticaban un empate de las dos tendencias.
Faltaban dos meses para la formación del nuevo Colegio de Dirección. El Detective Jefe Surikov, defensor convencido del sistema que estaba en vigor, veía con temor que si antes de esa fecha no conseguía detener al asesino, los drásticos cambios que flotaban en el ambiente se producirían sin remedio. De hecho los primeros síntomas ya se estaban dando en la organización del país. El Acuerdo de Entendimiento Mutuo con China, hasta ahora puramente económico y tecnológico, se estaba discutiendo en el país vecino con el fin de incorporar una cláusula en el sentido de que China crearía un grupo de emergencia formado por doscientos policías armados, estacionados en la vecina región de Uighur, con la misión de intervenir en Bidarán en casos de extrema gravedad. También se hablaba de una jerarquización de los funcionarios del país, mediante un escalonamiento de los puestos por méritos y con un jefe por departamento. Y lo último que se comentaba en la ciudad era que el órgano director nuevo pensaba eliminar la etapa final de los concursos, eligiéndose a los ganadores según sus méritos anteriores. Con esto se pretendía evitar las alteraciones del orden público que se producían en la fase final con la lectura de las obras de cada uno.
Surikov pidió al Colegio que reconsideraran las medidas previstas y que le dieran un mes de plazo para encontrar a los culpables. Mientras tanto, rogaba que se siguiese el sistema tradicional para obligar a moverse al asesino y forzarlo a cometer algún error, único medio de poder localizarlo. El Colegio atendió a sus propuestas, apoyado por la encendida oratoria del veterano Samo, declarado defensor del régimen actual, que dirigía lo que se podía llamar el ala tradicional de los gobernantes. Consiguió que el Colegio concediese el plazo a Surikov con la condición de que si en el plazo de un mes no detenía al criminal y ocurría una nueva desgracia, se decretaría el estado de excepción y se recurriría al Acuerdo de mutuo Entendimiento con China.
Surikov salió ese día de la sede del Colegio rojo de ira y con una sensación de pánico metida en el alma. Antes de marchar ya había quedado con los setenta colegiados, uno por uno, para mantener una entrevista discreta y personal con cada uno de ellos.
Tenía que moverse con rapidez. Sus detectives mantenían en los locales de detención de Ayuda Ciudadana a una docena de gente del hampa y a tres empleados de la Residencia y uno de los Guerreros de Altái, que no habían podido presentar coartada para los días y horas de los asesinatos. Ordenó a su ayudante que vigilara estrechamente a Qiu Tang el colegiado de origen chino que lideraba la oposición. A él le faltaban, también, las entrevistas con los altos cargos de las empresas hidroeléctricas y farmacéuticas como Lermitov y Kyzyl. Uliana había quedado en ver a las dos concursantes. Organizó sus futuros pasos meticulosamente y llamó a Kadir, el Delegado de Concursos.
—Kadir —le dijo—, el Colegio ha dado el visto bueno para seguir adelante con el concurso, pero han fijado el plazo de un mes para detener al criminal. Si el siguiente concursante es asesinado, decretarán el estado de excepción y entrará el grupo de emergencia chino. Necesito hablar con Yigur, el siguiente de la lista. Prefiero hacerlo en la Residencia, sin que nadie se entere. Avisa a Yirgu y Nadi que vuelvan a instalarse allí cuanto antes para terminar sus cuentos respectivos. Antes de un mes tiene que estar el relato publicado y lo podrás leer en la Taberna de los Poetas. Llámame cuando estén en sus puestos.
—De acuerdo, Detective Jefe. Le llamaré inmediatamente.
Al primero que llamó Kadir fue a Nadi y estuvo hablando con él bastante tiempo, contándole las últimas órdenes de Surikov. Luego llamó a Yirgu y le comunicó que debía volver cuanto antes a la Residencia porque el Concurso se reanudaba y que el Director de Ayuda Ciudadana quería hablar con él.
La entrevista de Surikov y Yirgu se mantuvo tres días más tarde en el despacho de este último con el máximo secreto. Nadie —ni siquiera Uliana— supo hasta tiempo después lo que se habló en aquella conversación.


13. LAS IRLANDESAS



Durga se había quitado un peso de encima al escribir el capítulo anterior. Por un momento se había encontrado incómodo al tener que incluir un cuento que ridiculizaba a la sociedad bidarana en general y a los del Valle del Varlán en particular y, al final, lo había resuelto eliminándolo. Estaba satisfecho del modo en que, sin perder la secuencia de los hechos, había pasado de largo las descripciones morbosas de los asesinatos con los que Suva adornaba su relato. Además, como esta vez tras su publicación no se había cometido ningún crimen, no había necesitado describir con detalle las circunstancias y procedimientos que el asesino habría utilizado posteriormente para escenificar su acción, siguiendo el patrón de los anteriores asesinatos.
Bajó al piso de Hoshi con las últimas copias del informe (ya tenía la impresora que le había buscado el Tíbetano) y se las estuvo leyendo mientras saboreaban el vino de Burdeos comprado a medias.
—Es una historia fantástica, Durga. ¿De verdad que no te estás inventando nada?
—Por Tamerlán, te juro que no. Bueno, quizá algunas conversaciones. Ya ves cómo incluso he quitado ese cuento tan desagradable.
—Dime una cosa, Durga. ¿Sabes quién es el asesino?
—Creo que sí, pero no te lo voy a decir. Lo sabrás cuando envíe el archivo a Le Monde y al The Times. ¿Quién sabe si eres un agente secreto?
—¡Bidarano, canalla!, te habría pegado ya dos tiros —exclamó Hoshi riéndose. Creo que la historia te tiene algo obsesionado. Vamos a dar una vuelta. Me gustaría saber qué pasó con Suva. ¿Y la bibliotecaria joven que renunció llorando? ¿La conoces?
—Sí, y es una joven guapísima, pero un poco creída.
Fueron para el centro y no pararon de beber cerveza y de hablar de los personajes que iban saliendo en el informe de Durga. Hoshi estaba completamente metido en la trama. Pasaron por delante del Gran Teatro del siglo XVIII, con su impresionante fachada neoclásica formada por doce columnas, que a Durga le recordaba el Palacio de la Opera de Sigur. Se preguntaba qué música estaría sonando en ese momento en aquel palacio. ¿Música china?
—Vamos a ver si están las irlandesas —propuso Hoshi. En su país debía ser un soltero exitoso con las mujeres.
Se dirigieron a la zona de bares, animadísima por ser sábado a la noche. Como a ambos les gustaba la cerveza, recorrieron los pubs de franquicia Guinnes, trasegando pintas de cerveza negra. Hubo suerte y localizaron a dos de las chicas de Dublin en la taberna más ruidosa, la pelirroja con pecas que le había gustado a Hoshi y otra rubia de cara alargada y ojos claros. Esta vez la sonrisa de Hoshi rompió las barreras y al primer intento ya estaban los dos amigos compartiendo las negras bebidas con las chicas del lejano Occidente. Se llamaban Maudie y Kate y trabajaban de enfermeras en el Hospital Universitario. Aguantaban la bebida como si solo tomasen la parte espumosa, pero era al revés, en el vaso solo dejaban restos de blanca espuma con sabor a regaliz. Pasaron una velada alegre riéndose de todo hasta que al terminar la sexta pinta a Durga se le doblaron las piernas, se puso repentinamente pálido y le tuvieron que sentar prácticamente desmayado. Sin dudarlo un segundo las irlandesas lo llevaren a urgencias del hospital, donde vomitó por lo menos cuatro pintas nada más llegar. Le hicieron unos análisis, le ayudaron a recuperarse lo justo para poder andar y lo mandaron para casa. Hoshi paró un taxi y los cuatro fueron a la casa de Durga donde le dejaron durmiendo.
Así fueron los comienzos de una amistad inesperada.
El lunes a última hora aparecieron las irlandesas por la casa de Hoshi, le enseñaron los análisis y le dijeron que su amigo tenía todos los síntomas de agotamiento físico y anemia. Venían con varias cajas de suplementos de hierro y unas chuletas de carne para celebrar que Durga no tenía nada grave. Subieron al piso de arriba y encontraron al enfermo sentado frente al ordenador con dos jerséis y una bufanda y ni una sola línea escrita, mirando como atontado a la pantalla. Le mostraron los análisis, abrieron la botella de vino y pusieron las chuletas en la sartén; el aroma de ambos alimentos se extendió por el cuarto alegrando la vida de los cuatro extranjeros que estrechaban lazos de amistad lejos de su patria. Hicieron planes para ir de excursión a Saint-Émilion a visitar bodegas cuando tuviesen el coche que pensaban a comprar.
Al día siguiente, algo más recuperado y animado, Durga pudo continuar con el informe de Bidarán. Faltaban dos cuentos y el siguiente era el más importante. No recordaba exactamente la cronología de los hechos, pero le pareció interesante incluir ahora la conversación de Uliana Surikova con las dos mujeres participantes en el concurso y que, por distintas razones, habían quedado fuera de la final: la escritora mayor Suva y la joven bibliotecaria Ilu.


14 . ULIANA



Uliana Surikova fue a visitar a Suva en su casa del centro de la ciudad. En Bidarán no se usan apellidos, pero en los últimos años, ante la repetición de muchos nombres populares, se estaba poniendo de moda añadir al nombre propio el de la madre o bien una palabra poética. Así Suva firmaba sus libros como Suva Yorugli, que significa luz.
La excusa fue la literatura, aunque Suva ya sabía que Uliana era la esposa de Detective Jefe de Ayuda Ciudadana. “A ver qué me cuenta de los asesinatos”, pensó Suva, porque ya estaba dando vueltas a su próxima novela de misterio.
La conversación fue agradable y se centró principalmente en el nivel literario de los cuentos del Concurso, aunque enseguida se centró en la calidad del relato presentado por la escritora y en la injustificada y descarada eliminación que había sufrido, fruto, según ella, de la envidia miserable de la competencia.
—¿Quiénes crees que son esos competidores —preguntó cándidamente Uliana.
—No es que crea —replicó Suva—. Es que estoy segura. La Agrupación de Escritores Bidaranos no soporta que yo escriba al estilo de Agatha Christie o Anne Perry, las novelistas inglesas de crímenes; algo que, según ellos, es sumamente nocivo para la juventud del país. Pero mi editorial Dawn está especializada en novela negra inglesa y eso es lo que me pide. Estos escritores no han dejado de presionar a la organización para que retire mi cuento.
—Pero los habitantes del valle del Varlán se han sentido ofendidos por la descripción de los personajes y la caricatura que haces de los personajes mitológicos.
—Todo eso está orquestado por la Agrupación, como te he dicho, junto con algunos grupos nacionalistas que piensan que Bidarán es el paraíso terrenal, sin crímenes ni violencia. De eso sabrás tú más que yo. Siempre han querido intervenir en los concursos de literatura.
—Así es —contestó Uliana, contenta de la oportunidad de entrar en el tema que le interesaba, añadiendo a continuación:
.—¿Cómo has vivido estos asesinatos cuando estabas en la Residencia? Habrá sido angustioso.
—Terrible, de no poder dormir. Cuando terminé el cuento me veía desnuda y destripada en la mitad del bosque como una de las víctimas de mi relato.
“Te lo tienes merecido”, pensó Uliana.
—Y ¿qué opinas de los otros concursantes?—siguió preguntando— ¿Crees que alguno de ellos ha podido intervenir?
—Me parece imposible. Mira, la Residencia es como un hotel. Nadie se mueve sin que lo sepan los empleados. Cada escritor tiene una especie de suite con dormitorio, despacho y baño, cerrada con llave, y allí no entra nadie excepto los de la limpieza.
—Entonces, tú que te has metido en la mentalidad de los asesinos de tus novelas, ¿de quién sospechas que haya podido cometer los crímenes?
—En mi opinión se trata de un maniático asesino en serie, extraordinariamente inteligente. Dile a tu marido que eche un vistazo a los registros de Psiquiátrico.
Se levantó Uliana para marchar.
—Muchísimas gracias por el té y la conversación, Sua. Ha sido un placer estar contigo.
—Hasta cuando quieras, Uliana.
Se marchó la joven rusa no sabiendo qué opinar de la novelista quien, aparte de otras cosas, le caía bastante mal, y se fue pensando si la maníaca inteligente no sería ella.
La siguiente entrevista que tenía planificada era con Ilu, la bella bibliotecaria.
Tras una llamada por el móvil quedaron en una kymisería de la avenida principal de Sigur (las kymiserías son establecimientos muy populares extendidos por todo el país, donde se sirve el kymis, leche de yak fermentada, que tiene menos de tres grados de alcohol y que se consume a cualquier edad). El local donde se citaron las dos jóvenes era de los más modernos de la ciudad y tenía una decoración minimalista original, pero al mismo tiempo acogedora. No existía ni una sola curva ni un solo ángulo recto. Las paredes eran negras y las aristas, esquinas y separación de tabiques las formaban líneas de lámparas de un rojo intenso. El kymis en los vasos poligonales de cristal parecía tener luz propia.
Ilu era una joven esbelta, muy atractiva, de unos treinta años con el pelo negro brillante cayendo sobre los hombros y los ojos muy rasgados y sonrientes. Se decía de ella que era la amante del gerifalte de la industria farmacéutica y líder en la sombra de los Guerreros de Altái, Alekxei Kyzyl, aunque nunca se les había visto juntos. Lo cierto era que la envolvía un halo de misterio y muchos jóvenes estudiantes acudían a la Biblioteca solo por verla.
Ilu Estaba encantada de hablar con Uliana, a la que conocía porque ambas solían coincidir en los eventos sociales de la capital y atraían igualmente la atención de los medios. La admiraba por su estilo y porque sabía que había sido una gran bailarina en San Petersburgo hasta que una lesión en la espalda la obligó a dejar el ballet. Con sus vasos poliédricos llenos de kymis la conversación transcurrió agradable y cordial, hablando de las últimas tenencias de la moda y de los últimos espectáculos dignos de verse. Llegó un momento en el que Uliana pudo sacar el tema de los concursos, lo que ensombreció ligeramente el rostro de la bibliotecaria.
—¿Por qué te retiraste, Ilu? —¿Pensaste que corrías verdadero peligro?
—Era la siguiente en la lista, ¿sabes? A la primera víctima le pusieron un caparazón de cemento, como en el cuento; al segundo le dieron a beber polvos venenosos, como al Dubonier de la historia. Estaba clara la secuencia que llevaba el asesino. Y yo era la tercera. ¿Te hubieses quedado tú?
—¿Cómo era tu cuento?
—Es una historia fantástica. Trata de la aventura de unas jóvenes que se pierden en el desierto y las arenas las van absorbiendo hasta que desaparecen bajo ellas. Al final consiguen sobrevivir caminando bajo las dunas. Ya me veía enterrada viva.
—No me extraña, tuvo que ser terrible. Dime, Ilu, ¿quién crees que puede ser el asesino?
—No lo sé. De los tres concursantes que quedan vivos, descarto a Yirgu porque lo conozco, le veo a menudo por la biblioteca; es un buen escritor y mejor persona. Algo tímido pero atractivo. Tengo una cierta amistad con él (un ligerísimo rubor encendió los tersos pómulos de la bibliotecaria). Suva es muy ambiciosa y con la imaginación suficiente para preparar esas escenas en los crímenes. Y Nadi es peligroso porque es descaradamente pro-chino y algo se está moviendo en el Colegio de Directores en esa dirección.
—¿No piensas que los Guerreros de Altái podrían estar detrás de los crímenes? —soltó Uliana de improviso, pues ya estaba impaciente por llegar a esa pregunta.
—¡Qué va! Esos son unos folklóricos. Un poco brutos, que añoran los tiempos de Tamerlán, pero son inofensivos. La mayoría son de familias ricas.
—¿Conoces a Alekxei Kyzyl?
—Es un hombre encantador, Uliana, culto y elegante. Si piensas que tiene algo que ver con todo esto estás equivocada. Me gustaría presentártelo algún día.
Salieron del local y la rusa acompaño a Ilu hasta su casa, envueltas las dos en sus pieles siberianas por las calles heladas de la capital.
A la noche Uliana comentó con su marido lo hablado en las entrevistas.
—De Suva no me fío, pero Ilu no encaja en absoluto en el papel de una conspiradora y menos de una asesina. Creo que tiene una categoría humana de muchos kilates. Me gusta esa mujer.
—A mí también —dijo Surikov, como diciendo “y a quién no”, pero menos que tú Ulya.


15. NOSTALGIA



Durga permaneció largo rato mirando por la ventana, observando cómo la lluvia goteaba mansamente tras los cristales. Estaba comparando a Maudie con Ilu y las imágenes de ambas iban y venían sobre la pantalla empañada. La de Ilu aparecía una y otra vez hasta hacerle humedecer los ojos... Se sentía enfermo y deseando regresar a Bidarán. Ya faltaba poco, ¿qué estaría pasando allí?
Volvió al informe y se puso a escribir el siguiente cuento. Sabía la historia de Yirgu de memoria, antes de leerla.

 16 . EL CANTO ARMENIO 





Quinto concursante: Yirgu. Escritor. Treinta y dos años.
Título de la obra: Las piedras sagradas.

Qator y Oydina, dos jóvenes estudiantes de Historia de la Universidad de Sigur habían decidido pasar las vacaciones de verano en las lejanas regiones de la Gran Armenia de siglos pasados, situadas junto a los famosos ríos Tigris y Eufrates, cuna de las primeras civilizaciones de la Humanidad. Su espíritu aventurero, sus ahorros y su afán de salir siquiera un mes del círculo de montañas que les rodeaban, impulsaban sus deseos de realizar un viaje tan azaroso con la mayor ilusión del mundo. Más que conocer los lugares turísticos de esos países lo que les interesaba era visitar los puntos donde las civilizaciones pasadas habían dejado unas huellas destacadas en el devenir del género humano. Por descontado que el plan de viaje era el de trotamundos, es decir que, aparte de coger el avión desde el aeropuerto de Altái en la cercana China a Novosibirsk en Rusia —única forma sensata de cruzar las montañas de Altái—, y de allí a Ereván, el resto del recorrido lo pensaban hacer en tren, autobús o caminando. En sus mochilas cargaron lo mínimo pero no se olvidaron de incluir los sacos de dormir, unas túnicas negras con capucha, por si había que camuflarse entre monjes o musulmanes y unos libros informativos sobre sus dos objetivos fundamentales: las ruinas de Gobleki Tepe con los edificios más antiguos de la civilización humana y los monasterios medievales armenios junto al monte Ararat. A la excursión le pusieron el nombre de La región de las Piedras Sagradas, contando con que a la vuelta escribirían la crónica y si les quedaba bien la presentarían al próximo concurso Nacional de Literatura de Bidarán en la especialidad de Relatos de Viajes.
Siguiendo el plan sin contratiempos pero con largas esperas en los aeropuertos llegaron a la capital de Armenia un día bochornoso de mediados de junio. Después de dedicar unas horas a ver la ciudad y pasar la noche en un albergue, salieron a la mañana siguiente hacia el punto más lejano de su viaje, al sur de Turquía, en zona del antiguo Kurdistán. Un viejo autobús les llevó en viaje nocturno hasta Urfa, la ciudad más próxima a las ruinas, donde compraron comida y bebida para la excursión a pie que tenían para llegar a Gobekli Tepe, situado a 15 km. Acudieron a la oficina de turismo para pedir algunos mapas y los últimos detalles de las excavaciones y allí se encontraron con la desagradable sorpresa de que la zona de los templos estaba militarizada y cerrada a los turistas debido a los conflictos bélicos en la cercana frontera con Siria. Les recomendaron visitar el museo de la ciudad donde se guardaban algunos restos de esculturas y grabados de las famosas ruinas.
A Qator y Oydina no les quedó más remedio que tragarse el enfado y la frustración y se tuvieron que conformar con ver en el museo dos relieves de jabalíes de Gobleki Tepe y la estatua de Balikligol de 13.500 años, la más antigua efigie humana de la historia, un hombre de dos metros de altura con aspecto de extraterrestre. Se quedaron a cenar y dormir en Urfa y, al día siguiente, volvieron a coger el viejo autobús de Urfa a Ereván. Esta vez, ya de día, pudieron contemplar a gusto el paisaje, primero los túmulos de Gobleki Tepe a lo lejos, rodeados de alambradas, luego el lago Van, que recorrieron a todo lo largo desde la orilla sur y finalmente el monte Ararat acercándose en el horizonte a medida que avanzaban. Se apearon al llegar a la frontera entre Turquía y Armenia, sin llegar a la capital, pues los monasterios que querían visitar se encontraban en la franja oeste del país y, mochila al hombro, dieron comienzo lo que para ellos era la verdadera excursión.
Salieron animosos a buen paso, pues la marcha se hacía agradable con una ligera brisa que refrescaba el ambiente y atravesaron unos bosquecillos enanos en las afueras de la ciudad dejando atrás las últimas edificaciones hasta llegar a la zona donde se acumulaban las nieblas, antesala del nuevo mundo a descubrir. Pasaron la barrera brumosa y se encontraron en un paisaje parduzco, seco y pedregoso. Lucía un sol espléndido, el cielo era azul y el aire limpio. Era una zona casi desértica, ondulada por decenas de colinas redondeadas y sin vestigio de agua ni cultivos por ningún lado. A lo largo de la mañana hicieron fácilmente unos veinte kilómetros y cuando el calor se empezó a poner insoportable pararon a descansar a la sombra de unos árboles espinosos. Después de comer y beber ligeramente y de consultar los mapas de nuevo, se pusieron en marcha con bríos renovados por aquel suelo de piedras y polvo. El sol estaba justo en la vertical y dejaba caer el calor sobre sus cabezas como si fuese polvo de un volcán en erupción. Al cabo de una hora estaban ya empapados de sudor y con los pulmones ardiendo. Parecía que no podía haber vida por allí, pero no tardaron en ver unos lagartos grises tan grandes como conejos, que se escondían tras los arbustos resecos, enseñándoles los dientes al pasar. Qator le lanzó una pedrada a uno de ellos, pero el proyectil no hizo más que rebotar en aquel cascarón, mientras el bicho se limitaba a ejecutar un rápido parpadeo y asomar los dientes un par de centímetros más. Luego, según seguían caminando y vigilando a los reptiles, tuvieron que frenar de golpe porque su camino lo estaban cruzando en ese momento una procesión de escorpiones rojos con los pinchos como pendones levantados en alto. Arañas del tamaño de una mano con seis patas a cada lado aparecían aquí y allá dejando sobre el polvo del camino como golpes de remo de una trainera y ni siquiera se escondían a su paso. No se veía ninguna huella de presencia humana en todo el horizonte.
—¡Cielos! —, exclamó Qator, parando a sentarse sobre una piedra después de inspeccionarla bien por todos los lados y sacando la cantimplora—. ¡Qué país!
—No había visto arañas tan grandes en la vida —dijo Oydina—. Sus telas serán como redes de pesca.
Se remojaron la cabeza y siguieron adelante. Se sentían atontados por el calor y la marcha se hizo lenta y fatigosa. Subieron a una pequeña colina para orientarse y se refugiaron a la sombra de unos cedros aislados. El paisaje al otro lado era muy parecido, pero en la lejanía se alzaban unas montañas de color azulado con restos de nieve en las cumbres y en cuya base se dibujaban franjas verdes de vegetación frondosa. Entre las montañas y ellos se extendía una inmensa llanura de color rojizo, cortada en franjas más claras por cauces resecos de ríos antiguos. Se les quitaron las ganas de continuar caminando y decidieron quedarse a dormir allí mismo, porque el sol estaba próximo a esconderse tras las montañas. La temperatura había empezado a descender y la tarde se fue tiñendo de rojo por el oeste. La abundante fauna de aquellos parajes se había ido a dormir, excepto alguna lechuza que emitía de vez en cuando un grito lastimero.
Qator y Oydina permanecieron varias horas sentados, disfrutando del frescor de la noche y del espectáculo de la luna saliendo por el horizonte. Había una gran serenidad en la noche de aquel rincón olvidado del planeta y una energía latente y mágica parecía fluir de la cercana cima nevada del Ararat, el monte sagrado. El sonido melancólico de un duduk llegaba desde la base de la montaña. A pesar de la paz reinante estaban inquietos.
—Noto sensaciones extrañas —dijo Oydina—, como una premonición, como si algo horrible estuviese a punto de ocurrir.
—Yo también me siento incómodo, intranquilo, pero pienso que será debido al calor que hemos pasado. O a esa música imregnada de tristeza.
—No, es algo distinto, más abstracto. Me viene del fondo de la mente, como si los espíritus me hablaran.
—He leído en un libro que en esta región de Armenia ocurren fenómenos extraños sobre todo por las noches. Pueden ser difuntos extraviados que no han encontrado nunca su camino y vagan por las ruinas de sus antiguos monasterios. A principios del siglo XX se cometió con los armenios uno de los mayores genocidios de la Historia. Más de un millón de personas fueron expulsadas de su territorio y aniquiladas por el gobierno turco. Muchas de sus almas estarán perdidas por aquí... Dicen los creyentes que Dios ha decidido borrar esta región de la faz de la Tierra porque está maldita.
Durmieron inquietos esa noche, con la sensación de que en la montaña cercana se estaban produciendo ruidos extraños, que les despertaban, pero que luego no se oían.
Amaneció con la bruma ascendiendo del suelo al cielo como ofrendas de incienso. Los dos jóvenes salieron de sus sacos y contemplaron el paisaje. Parecía imposible cómo aquella planicie se había podido llenar de agua hasta cubrir la montaña con el Diluvio Universal, para que el Arca de Noé fuese a posarse cuando paró de llover. Por lo menos eso era lo que se preguntaba Qator que recordaba lo escrito sobre las múltiples expediciones que habían descubierto trozos de madera en altitudes donde no crecía un solo árbol. Según Oydina la historia del Arca era un cuento del Antiguo Testamento judío; que en realidad lo que había pasado era que Noé, si es que realmente existió, se había perdido en el mar Caspio debido a la niebla y a una racha de fuertes lluvias, en una travesía con la familia, cuatro cabras y unas gallinas, y cuando llegó al otro lado medio muerto después de varios días, se imaginó lo del Diluvio, el Arca y lo demás.
Cuando empezó a despejar apareció ante sus ojos el grandioso espectáculo del monte Ararat con sus más de cinco mil metros de altura y sus nieves perpetuas, el estandarte principal de la Armenia Histórica. A media distancia se alzaba un monasterio de piedra roja rodeado de murallas, que no habían visto la víspera, envuelto en los restos de la bruma, con la torre prismática y la cúpula piramidal, propias de las iglesias cristianas más antiguas del mundo. Se dirigieron hacia él sin dejar de admirar, hipnotizados, la impresionante silueta de aquel gigante montañoso que destacaba sobre una inmensa llanura verde. Parecía que estaban cerca pero la caminata se le hizo eterna porque pararon continuamente a refrescarse, temerosos de coger una insolación como les había pasado la víspera. No llegaron al templo hasta primeras horas de la tarde.
Al entrar en el recinto amurallado por una zona derruida, se encontraron en un pequeño descampado de hierba y peñascos rodeando al monasterio, en el que se levantaban filas de estelas tabulares de color rojizo, con unos dibujos perfectamente tallados en bajo relieve, que representaban cruces de extremos floreados y entrelazados complicados, recordando a las cruces celtas o a los arabescos musulmanes. Eran los famosos khakhars de los primeros tiempos del cristianismo armenio. El conjunto tenía un aire de desolación y misterio que se fue acentuando a medida que se acercaba el ocaso, al principio gradualmente como todos los atardeceres, pero enseguida a una velocidad que no podía ser normal, porque en unos segundos se encontraron en la más completa oscuridad. De repente, se había apagado la luz. Solo un pequeño resplandor iluminaba la cumbre nevada del monte Ararat. Algo había ocurrido, como si la cinta del tiempo se hubiese deslizado hacia delante en una máquina electrónica gigantesca. Estaban pasando cosas extrañas. La sensación de inquietud y ansiedad que Oydina y Qator habían experimentado el día anterior aumentó considerablemente. Un sonido semejante al zumbido de un cometa invisible cruzó el cielo de un extremo a otro, pasó por encima de sus cabezas como un soplido de los dioses y de nuevo volvió el silencio a sus mentes confusas. Habían estado contemplando las estelas un segundo antes y de pronto se encontraban en el interior del monasterio admirando los frescos de su cúpula y vestidos como dos encapuchados con las túnicas negras. No podían entender lo que había ocurrido y se estaban mirando alucinados, cuando un coro de voces graves empezó a sonar a sus espaldas y por una puerta lateral fueron entrando un grupo de monjes de largas barbas y ropajes propios de los popes ortodoxos. No había otra luz que los dos grandes cirios junto al altar. De un pequeño brasero encendido al fondo del ábside subían unas ligeras columnas de un incienso adormecedor. Se escondieron rápidamente detrás de las columnas y contemplaron la escena, escuchando casi sin respirar, en una disposición de ánimo semejante a un trance hipnótico. La música era grandiosa, como un canto gregoriano pero más melódico y espectacular. Los solos del Pope principal eran para poner los pelos de punta con su voz cavernosa y su rostro semejante al Cristo Pantocrátor de la bóveda.
El canto armenio se fue extendiendo por todos los rincones de aquella iglesia primitiva y sus tonos de bajo profundo comenzaron a ampliarse y ampliarse, haciendo vibrar el aire, el suelo y los cuerpos de Qator y Oydina, hasta convertirse en un sonido único, una nota grave, una vibración, en la que todo lo que existía en aquel espacio mágico entraba en resonancia. Algo semejante a un éxtasis más físico que místico. No supieron cuánto tiempo transcurrió. Habían perdido toda referencia con el paso del cometa. De repente, el sonido se hizo cada vez más grave, comenzó a bajar de frecuencia hasta el punto de confundirse con los latidos de un corazón. Luego bajó más todavía. Se podían contar perfectamente las ondas sonoras como golpes de timbal. Cada vez más graves, cada vez más fuertes, cada vez más lentas... Finalmente el último golpe sonó adelgazándose, como siendo aspirado por un sumidero. Todo desapareció en una especie de agujero negro y de pronto se hizo el silencio y la oscuridad.
Qator y Oydina cayeron al suelo conmocionados. Cuando se levantaron ayudándose el uno al otro, vieron que los monjes y el monasterio, las estelas y las murallas habían desaparecido. En la lejanía, el penacho de nieve del monte Ararat seguía despidiendo su luz rosada, colgado en el firmamento como el triángulo del Espíritu Santo. Las estrellas brillaban a su alrededor sobre el fondo de color azul oscuro de una manera especial, como no habían visto nunca, fijas, sin parpadear. Era todo sumamente extraño y Qator y Oydina se cogieron de la mano, desorientados, confusos, no sabiendo cómo reaccionar ante aquellas alucinaciones. Y así, otra vez de improviso, cruzó por el aire el meteoro errante o lo que fuese, con su agudo sonido acercándose desde el horizonte y alejándose a velocidad de vértigo. Inmediatamente después desapareció el monte Ararat y un amplio sector del cielo estrellado, quedando en su lugar el negro más absoluto.
—¡Están desmontando el paisaje! —exclamó Oydina, horrorizada—. ¡Los dioses están borrando la región maldita! —gritó llena de histerismo.
Salieron corriendo mientras un nuevo soplido sideral hacía desaparecer otro trozo del valle hacia el negro vacío. Envueltos entre los ruidos del desmantelamiento, se dieron cuenta que el correr no les iba a servir de nada. Como si alguien estuviese rasgando y tirando abajo el decorado de un teatro y dejando al descubierto la negra pared del fondo, fueron desapareciendo trozo a trozo los 360 grados del espectacular escenario que acababan de contemplar. Se quedaron parados. Solo quedaba un pasillo, en el que estaban ellos, que en unos segundos se enrollaría como una alfombra de la nada. Oydina y Qator se abrazaron fuertemente justo en el momento en el que un chasquido metálico llenaba el espacio...
Donde había estado la región de las Piedras Sagradas solo quedaba la oscuridad total, el vacío. Oydina y Qator pasaron a formar parte del polvo del Universo.


17 . ILU


Había gran expectación en la Taberna de los Poetas, tras escuchar el cuento de Yirgu que Kadir acababa de leer. Nadie se atrevía a aplaudir ni a levantarse para exponer su opinión. El ambiente era tenso. Había agentes de Ayuda Ciudadana por las cuatro esquinas del local, y entre los espectadores se encontraban el Detective Jefe y su esposa Uliana, así como las dos concursantes descartadas Ilu y Suva. Se había extendido el rumor de que en la sala podría estar el asesino y de que se iba a proceder a su detención en el mismo local. No faltaban, tampoco, los Guerreros de Altái, los de la Agrupación de Escritores Bidaranos y algunos miembros del Colegio de Directores. Surikov se dirigió al estrado y cogió el micrófono en sus manos.
—Ilustres conciudadanos —empezó—. Todos sabéis las delicadas circunstancias por las que está atravesando el país. Se está extendiendo una sensación de caos que yo, desde aquí, quiero desmentir. Tres asesinatos seguidos, de características similares, algo insólito en Bidarán, han conmocionado a la sociedad haciéndonos temer que estamos ante un intento de destruir nuestro sistema de gobierno y su forma de seleccionarlo, en este caso atacando al proceso de Concursos. Pero, como veis, en este momento lo estamos celebrando sin ningún impedimento ni reserva.
—El cerco en torno al asesino se está cerrando y puedo afirmar que tenemos un número muy reducido de sospechosos en el punto de mira y que en un plazo breve de tiempo vamos a proceder a su detención. Estoy convencido de que en esta ocasión no va a haber ningún crimen y que de aquí a un mes podremos dar por concluido felizmente este concurso escuchando aquí mismo la obra del último concursante y  otro mes más tarde saber quién ha resultado ganador.
—Quiero hacer desde aquí un llamamiento a la calma y a la confianza en las virtudes de este pueblo, tradicionalmente pacífico y tolerante. Muchas gracias.
Esta vez sí que aplaudieron todos los asistentes, felicitando a Surikov y estrechándole las manos. El ambiente se pudo finalmente relajar, corrieron los vasos de kymis y akhira, y la gente se dedicó a comentar el cuento de Yirgu y hablar de literatura. Por lo que se decía en los corrillos literarios la obra era muy buena y había gustado a casi todos por su ambientación misteriosa y su original desenlace, pero se encontraban en la extraordinaria situación de que no habría otro relato con el que poderla comparar si antes de un mes el último concursante, del que muchos no se fiaban, no había presentado su obra. Y el hecho de dar como ganador a uno de los finalistas sin competir con los demás no gustaba nada a la estricta sociedad bidarana. Por esa razón fue bien vista por la mayoría de la población, especialmente estudiantes y poetas, la sugerencia de la Agrupación de Escritores de recuperar a Ilu la bibliotecaria, ahora que parecía garantizado que no se cometería un nuevo crimen y que seguramente tenía su cuento terminado.
Se presentó el tema a la Delegación del Concurso, que a su vez lo consultó con el Colegio, donde se consiguió el visto bueno a regañadientes, ante la presión de los ciudadanos de Sigur y dada la popularidad de la joven bibliotecaria. Kadir, el funcionario Delegado, llamó a Ilu y le puso al corriente de las nuevas circunstancias.
No le dio tiempo a Ilu ni a pensarlo, cuando al día siguiente un suceso inesperado vino a dar un vuelco dramático a la situación que parecía controlada. Kadir llamó a Surikov informándole que al ir a comentar con Yirgu la siguiente fase de la eliminatoria, comprobó que este no había pasado por la Residencia a retirar sus cosas y que había desaparecido de su casa esfumándose como el humo. No había llamado a nadie, ni había dejado una nota, ni había enviado ningún mensaje por el móvil. El Detective Jefe informó a la prensa que se había organizado su búsqueda por todo el país sin ningún resultado. A la gente enseguida le vino a la mente el final del cuento de Las Piedras Sagradas, con la desaparición en el vacío de los dos personajes, y la relación pareció evidente a todo el mundo. Un nuevo crimen se había cometido y seguramente el cuerpo de Yirgu no se encontraría nunca, borrado de la faz de la Tierra como por un agujero negro.
Sin embargo, después de una primera reacción de la sociedad de Sigur, volviendo al pánico de los primeros asesinatos, surgieron en los medios de comunicación algunos comentarios con nuevas sugerencias sobre lo ocurrido. Podía ser, opinaba un comentarista, que Yirgu el escritor, hubiese huido del país para evitar que lo matasen; pero no parecía muy convincente porque con ese fin podría haber renunciado antes al concurso, como hizo la bibliotecaria. Otro periodista sugería que Yirgu podría ser el asesino, obligado a escapar al sentirse acorralado. Ambos analistas coincidían en que el final del cuento estaba como preparado para justificar la desaparición del concursante. Pero si él era el asesino, ¿no había dejado en bandeja la victoria final a Nadi, su competidor principal? Luego, estaban las dos ideologías que se enfrentaban en el país: los bedaranos y los chinos, intentando influir en la opinión pública a favor de sus candidatos. Si Nadi sustituía a Samo, el cincuenta-cincuenta de votos en el Colegio pasaría a ser de cincuenta y uno contra cuarenta y nueve a favor de los chinos y muchos indecisos aprovecharían esta corriente, con lo que la caída del sistema estaba asegurada.
De todas formas, decía la gente, fuese quien fuese el asesino, parecía que no se podría evitar el nombrar a Nadi como ganador. Era el único que quedaba.
Es lo que intentó la Delegación del Concurso dando el Concurso por concluido, apoyada por Qiu Tang en el Colegio Director y por empresarios influyentes como Alekxei Kyzyl. Pero fue entonces cuando la sociedad bidarana se movilizó en defensa de sus instituciones, de las que estaba totalmente satisfecha y orgullosa. Se lanzó a la calle en la capital y de los pueblos de la montaña bajaron cientos de personas para defender la continuidad de los concurso y con ellos el sistema de elecciones. Ahora existía una razón más poderosa para recperar a Ilu para la fase final del concurso. Los líderes de la oposición tuvieron que ceder y después de varios días de revueltas, la Delegación del Concurso anunció su intención de incluir a Ilu como concursante y seguir con la competición.
Llegados a este punto de agitación ciudadana, en el que la equilibrada y tolerante sociedad bidarana se veía forzada a tomar partido, el problema estaba en saber hacia qué lado se inclinaba la bella bibliotecaria. Y en eso, como en todo lo demás de su figura, Ilu era un completo misterio. La gente de Sigur le daba como vencedora por la brillantez que siempre había demostrado en sus entrevista y artículos, por ser mujer (en el Colegio de Dirección solo había 24 mujeres de setenta) y por su innegable atractivo. Pero si sus preferencias políticas resultaban ser pro-chinas, la causa de los tradicionales estaba perdida.
Fue sorprendente que Ilu aceptase a presentar su cuento sin ninguna objeción. Posiblemente pudo influir en ello la visita que el Detective Jefe y su esposa hicieron a su casa antes que Kadir comunicase con la joven y discutieran con ella varias horas. De lo que hablaron los tres en aquella conversación no se supo nada hasta tiempo después.
Ivan y Uliana volvieron a su hogar, satisfechos pero preocupados, y, después de una leve discusión por los celos de Uliana a cuenta de la belleza de Ilu, se enfrascaron en las incógnitas del “caso de los escritores”, como lo llamaban, acompañados de sendas copas de akhira de doce años.
—Ahora hay que estar atentos a la reacción del asesino—dijo Ivan.
—Se supone que aún sin conocer las ideas políticas de Ilu, lo que pretende es que Nadi acceda finalmente al puesto —dijo Uliana—. ¿Crees que intentará matarla como a los anteriores?
—Puede que lo intente, pero esta vez no le va a ser posible. Como hemos hablado antes, Ilu no estará en la Residencia, a pesar de las airadas protestas que pueda presentar Kadir diciendo que se incumplen las bases, pero hay un argumento que no puede discutir y es que Ilu ha escrito su obra en la Residencia y la ha entregado allí antes de renunciar. Por lo tanto puede irse donde quiera y, de momento, permanecerá en su casa cerrada a cal y canto y vigilada por mis agentes día y noche.
—Te veo muy convencido de que Yirgu no es el asesino, como se anda diciendo por ahí, y tampoco muy preocupado por su desaparición. ¿Me estás ocultando algo, Vania?
Surikov, quizá empujado por el alcohol y sobre todo porque el panorama oscuro de la investigación comenzaba a verlo más claro, decidió contarle a su mujer el asunto de Durga.
—¿Sabes quién es Yirgu, ¿verdad?
—Claro, sé que estuvisteis juntos hace años en Armenia viendo templos, lo que al parecer le ha servido para escribir el cuento de Las Piedras Sagradas.
—Así es. Yirgu es es el sexto concursante y no me dirás que el cuento no se merece el triunfo. La escena final se nos ocurrió a los dos después de los primeros crímenes, un día que hablábamos de la situación terrible del país y el riesgo que corríamos de convertirnos en una nación satélite de China, como Corea del Norte, con las fronteras cerradas y sin posible comunicación con el exterior, como ya estaba ocurriendo. Vimos la necesidad de que alguien saliese al extranjero y describiese en los medios el peligro en que nos encontrábamos. Yo, en ese momento, no podía confiar en nadie que estuviese al corriente de todo el proceso como él. Simular que su desaparición era un nuevo crimen ha sido genial.
—Le di dinero, le trasladamos hasta Novosibirsk por las montañas y de allí cogió un avión hasta Moscú y luego a París. Le hicimos un pasaporte con el nombre de Durga para poder comunicarnos con él por correo sin despertar sospechas. Ahora está en una ciudad de Francia, Burdeos, escribiendo el informe que se mandará a los medios en breve; el Informe Durga en nuestros códigos.
—¿Te puedes comunicar con él?
—Tenemos una dirección en la oficina de correos de Burdeos y otra en la de Novosibirsk. Yo le traslado los datos necesarios a través de uno de mis agentes que viaja periódicamente a la ciudad rusa.
—O sea que está a salvo, ¡es increíble! ¿Cuándo volverá?
—Cuando todo se arregle, Uliana.
Tal como había dicho, el detective envió el cuento de Yirgu a Novosibirsk con su mensajero y este lo envió a Burdeos para que Yirgu la incluyese en en el Informe Durga. Yirgu lo recogió en la oficina de correos y la incorporó a Los Cuentos de Bidarán.
Dias más tarde, en Sirgu, la población nuevamente alterada por la desaparición de Yirgu se disponía a conocer el cuento de Ilu entre la expectación y la incertidumbre. La Taberna de los Poetas, llena a reventar, guardó un silencio sepulcral cuando Kadir, pálido y ojeroso, comenzó a leer el relato de Ilu, mientras ella escuchaba desde casa su propio relato transmitido por la televisión.